Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18


Recomiendo: Wildfire – SYML

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Capítulo 16:

Corregir los errores

"Cariño, por favor, toma mi mano

(…) No tengas miedo, eres mi roca

(…) Te respiro, eres tan dulce y tan hermosa

Como un incendio forestal dentro de mis pulmones

Me estoy quemando…"

Edward sabía que lo que había dicho podía significar muchas cosas para Bella, pero necesitaba sacárselo del corazón y que lo supiera.

—Bella, sé que para ti ya no puede significar nada, pero…

—Claro que significa algo, significa todo —lo interrumpió.

Ella ya no soportaba más lejanía, le dolía no estar con él, pero sobre todo ahora que entendía a cabalidad lo que sentía por ella, su pecho y su corazón querían gritarle lo que también sentía por su doctor.

—¿De verdad? —inquirió Edward, sorprendido.

Bella asintió y pasó sus brazos por su cuello, mirándolo a los ojos.

—Repite lo que me dijiste… por favor.

Él suspiró y sonrió mientras juntaba su frente con la suya.

—Te amo, mi Ojitos Marrones, eres el amor de mi vida junto a mis pequeños.

A ella se le escapó un sollozo.

—Yo también te amo, mi Dr. Torpe. Y sí, eres el amor de mi vida.

Los ojos de Edward lloriquearon y no tardó en besarla, respirando el aire de alivio al escuchar eso de su boca. Era lo que más ansiaba.

—Perdóname por lo que te dije, cariño, perdóname por los altercados que provoqué anoche y… por la estúpida borrachera, sé que fue desagradable, perdón. —Le besó las manos, cerrando los ojos con fuerza, para luego mirarla y encontrarse con esos ojos que amaba.

—Edward, te perdono, pero también debes saber que todo eso se provocó porque yo tampoco fui sincera al cien por ciento —le recordó ella—, y hay cosas que debemos hablar.

—Ya habrá tiempo para eso —insistió él, volviendo a besarla—. Ahora tienes a tres personajes que solo quieren estar contigo.

Bella se rio mientras se limpiaba bajo los ojos y se agachó para estar frente a los dos angelitos.

—Lamento no haber estar con ustedes estos días, ¿me perdonan?

Ava y Noah la abrazaron al instante, llenándole el rostro de besos, uno cada un segundo.

—¡Mami! —dijeron al unísono, llenándole el corazón.

—Lo eres, preciosa, nunca lo olvides —señaló él.

Renée y Charlie miraban desde dentro de la casa, contemplando con total admiración la sinceridad de los sentimientos que ambos expresaban. Para el policía ya no había dudas de que ese chico no iba a dañarla, no como lo hizo Jacob, minimizándola y provocándole inseguridades que ella jamás debía repetir. Edward a veces era torpe, sí, pero ya tenía certeza de cuánto la amaba y la respetaba y para él eso era todo lo que su hija necesitaba.

—Qué hermosos, ¿no? —preguntó Charlie, mirando a su esposa.

Ella dejó de sonreír cuando lo escuchó.

—¡Así deberías ser tú! —exclamó, mirándolo con reproche.

—Pero… Corazoncito

Renée dio media vuelta y se dedicó a preparar el desayuno, aun cuando mantenía un nudo en la garganta, su gordito no iba a convencerla, porque los recuerdos del pasado eran demasiados para solventarlos.

—Así que desesperaron a Maggie, ¿eh? —preguntó Bella, mirando a la pobre niñera.

—Voy a serles franca. Más les vale no ponerse de malas de nuevo porque ya estoy vieja para tenerlos de noche —afirmó la mujer, sacándole una carcajada a los dos.

—Deben comportarse, ¿cómo esperan que hayan más disfraces para ustedes si se ponen tan malvados? —Bella sonreía, dándoles toquecitos en su nariz.

—Es que te extañábamos —respondió Noah, acomodándose los anteojos.

—Yo también —aseguró Edward, quien sostenía a Ava entre sus brazos—. Ya puedes irte, Maggie, tienes el fin de semana libre.

—¡Gracias al cielo! —exclamó—. ¡Que tengan una buena reconciliación! —Les guiñó un ojo.

—¿Quién quiere ir a hacer el desayuno conmigo? —preguntó Bella, mirando a sus angelitos a los ojos.

—¡Yo! —gritaron.

—¿Y yo puedo ir? —preguntó Edward, acercándose para besar el cuello de su amada.

—Claro que sí, cariño —respondió.

Bella se fue dando brinquitos junto a los mellizos, metiéndose en la cocina para hacerle compañía a Renée. Edward iba a seguirlos mientras le miraba descaradamente el culo a su Ojitos Marrones, el que se translucía bastante en su pijama, pero un carraspeo le hizo dar un salto.

—¿Qué miras? —preguntó Charlie, que estaba escondido en una esquina, como un pequeño regañado.

Edward se dio un golpe en el pecho para pasarse el nudo de nerviosismo.

—Ya da igual, Manos Largas, al menos te han perdonado y te lo has ganado con creces, ¡aunque te advierto que con mi pequeñita esas miradas te las evitas estando yo presente! —exclamó, levantando el dedo índice con severidad.

Edward iba a responder que lo iba a hacer, pero Charlie enseguida hizo un puchero y se puso ambas manos debajo del rostro, mirando al vacío con tristeza.

—Ella nunca va a perdonarme, ¿sabes? Creo que la he cagado de lleno.

El doctor suspiró, sin saber qué decirle.

—Renée lo ama, debe pensar en algo que usted pueda darle a conocer que la ama más a que a nadie y que esa mujer no significa nada.

—No lo sé, chico, a veces temo que eso la aleje más de mí.

—¿Sabe algo? La mejor manera de enamorar a una mujer es hacerle entender que es especial en nuestras vidas. Piense en algo que le haga recordar por qué decidieron casarse, así usted le demuestra con creces todo lo bonito que es amarse y que recuerda hasta los más mínimos detalles.

Charlie comprendía a lo que se refería él, por lo que aseguró que, durante el día, tendría algo en mente para hacerle entender a Renée que era la mujer de su vida.

Cuando Edward fue a la cocina, vio que Renée jugaba con sus hijos mientras intentaban hacer brownies de manera rápida. Bella estaba haciendo café y arremangándoles la ropa a los retoños para que no se ensuciaran. Esa imagen le gustó tanto que no se demoró mucho en acercarse a ella para besarle el cuello.

—¡Mida! ¡Estamos hacendo bowni! —dijo Ava, dando saltitos mientras contemplaba con total admiración la manera en la que Renée y Bella los ayudaban a hacer esas mezclas con chocolate.

Edward rio ante la forma en la que llamó la comida.

Sin embargo, los adultos se daban cuenta de que Renée estaba muy triste e intentaba actuar como si nada ocurriera.

—Mamá, ¿qué pasa? —inquirió Bella, intentando contener a los pequeños para que ellas pudieran hablar.

Su madre se encogió de hombros, sin saber qué decir.

—¿Estás tiste? —preguntó Ava, poniéndose un dedo en los labios mientras la miraba.

—Solo un poco, amor —le dijo ella, tomándola en sus brazos.

Bella sonrió al ver cuán dulces eran sus padres con los pequeños mellizos, era como si siempre hubieran sido una familia.

—Papi dice que pada no estad tistes debemos pensad en algo dindo —afirmó Noah, aferrado a las piernas de Bella.

—¿Y en qué piensan ustedes cuando están tristes? ¿Eh?

—En papi y mami. —Los dos miraron a la novia de su padre, la mujer que ellos habían decidido llamar mamá.

Ella se rio.

—Ustedes son un par de traviesos. ¿De verdad piensan en nosotros? —preguntó.

Los dos asintieron.

—¡Y en caballitos! —exclamó Ava, haciendo el sonido con su lengua.

Edward tomó la mano de Bella y se la besó, mirándola con anhelo. Esta vez quería hacer las cosas bien con ella, era cosa de ver cuán felices eran todos, como una familia. Su espíritu cariñoso y siempre atento, lleno de romanticismo, ya lo hacía pensar en cosas en el futuro, como llamarla Sra. Cullen, verla de blanco y… quizá… tener un pequeño bebé.

—¿En qué piensas? —le preguntó ella, tomándole la barbilla.

Él se guardó aquellas ideas para sí mismo y simplemente le dio otro beso, acción que sus propios hijos miraban con ternura. Para ellos, un beso era una prueba de profundo amor y no tenían duda de que papá amaba profundamente a Bella.

—En lo mucho que te amo.

La receptora de esos sentimientos se ruborizó. No estaba tan acostumbrada a que se lo dijeran de esa manera. Aunque no quisiera comparar, los recuerdos con Jacob siempre resurgían, por lo que era inevitable pensar en lo difícil que era para él decirle que la quería, o que al menos sentía que era alguien importante para ella. Eso también provocó que sus sentimientos tampoco fueran fácilmente exteriorizados, y sumado a su ansiedad, siempre le resultaba difícil decirle a alguien lo que sentía por él. Pero con Edward era todo tan natural y diferente, no sabía explicárselo.

Charlie entró despacio, muy callado, casi como un espectro. Cuando vio los brownies, sus ojos brillaron y fue como un ratón ante el queso, queriendo un poco. Se mostraba tímido ante los demás, por lo que los mellizos lo abrazaron, sin entender por qué parecía algo triste.

—¿Puedo comer un poco? —le preguntó a Renée, que estaba terminando de poner las nueces sobre la mezcla.

Ella no lo miró.

—Puedes hacer lo que quieras. Siempre es así —respondió su esposa.

Él quitó la mano como si le hubiera mordido una araña.

Los demás adultos intentaron actuar con naturalidad pero el rostro de tristeza de ambos era fatal.

—¿No quiedes comed? —le preguntó Ava, sosteniendo su preparación cerca del jefe de policía.

Él le apretó la mejilla con suavidad.

—¿Me das un poco?

—Sip.

Metió el dedo y lo probó, haciendo un sonido de gusto que a ella le sacó una brillante carcajada.

—Ahora al horno. ¿Qué me dices? —preguntó él, tomándola en sus brazos y ayudándola para que no se quemara.

Cuando Renée vio eso, recordó al Charlie que era cuando Bella era muy pequeña y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ambos se miraron, buscando arreglar las cosas pero fueron interrumpidos por Noah.

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Edward les peinó el cabello a sus dos retoños mientras esperaban que Ojitos Marrones bajara de las escaleras. Él tenía las manos hacia atrás, moviéndose como un pequeño a la espera de la chica que le gustaba. Cuando fue el momento, Bella se aferró del pasamanos, descendiendo hasta encontrarse con sus tres amores. No fue sorpresa que su Dr. Torpe quedara perplejo al verla usar un vestido tan hermoso y que se ajustase tan bien a su anatomía.

—Te ves tan hermosa —le confesó, ofreciéndole su mano.

Se besaron de manera apasionada y los pequeños luego fueron besados también. Vaya que esperaban uno de mamá. Estaban tan entusiastas.

—¿Y adónde me llevarás?

—A la aventura que no pudimos disfrutar.

Se fueron en el coche, disfrutando del paisaje. Edward constantemente buscaba la mano de su Ojitos Marrones y en las paradas se la besaba, sacándole suspiros. Jamás se acostumbraba o aburría de cuán cariñoso y atento era.

Bella se fue dando cuenta de que se acercaban a la playa de La Push, lo que le sorprendió bastante.

—Quiero que hagamos lo que tenía planeado para ese entonces —susurró él, tocándole las mejillas.

—¡Paya! —gritaron los mellizos.

—Enmendar ese momento tan hosco.

—Me encanta —afirmó.

Se bajaron en la playa segura, lejos de las rocas y manantiales. Los mellizos estuvieron de la mano con cada uno; temían que fuera a ocurrir nuevamente algo como lo sucedido en el pasado. Como el clima estaba más cálido que de costumbre, tanto Ava como Noah quedaron en sus bañadores. A ambos se les salía el ombligo de estos, mostrando sus barrigas abombadas e infantiles. Para Bella, aquello era su perdición, así que los tomó y les jugueteó, haciéndoles cosquillas. Edward miraba desde un extremo, completamente feliz de cuan cariñosa era esa mujer que amaba con sus mellizos.

—¿Quién quiere darse un chapuzón con papá? —preguntó Edward, sacándose torpemente el pantalón y la camisa.

Bella fue con él y entre besos le desabotonó la camisa.

—Mi guapo doctor —susurró ella, mirándolo con ojos deseosos.

Edward le besó el cuello y le prometió locura nocturna antes de ir tras sus pequeños, que corrían entre la arena mientras reían sin parar.

—¿Tú no vendrás con nosotros? —preguntó Bella.

—¡No traje bañador!

—¿Y eso qué? ¡Ven con nosotros!

Edward tenía a cada mellizo en sus brazos, jugando con las olas que chocaban con sus cuerpos.

—¿Qué dicen? ¿Traemos a mamá? —les preguntó.

—¡Sí! —gritaron entre risitas.

Bella caminó hacia atrás, queriendo escapar de Edward pero fue más rápido y acabó sujetándola de la cintura, llevándosela a las olas mientras los pequeños brincaban a su alrededor.

—¡Edward! ¡Me mojaré! —chillaba.

—¿Y eso qué? Siempre acabas así conmigo —le susurró al oído.

—Oh por Dios, eres un sucio.

—Por ti.

Se largaron a reír y Bella dio un grito ahogado cuando sintió el frío del mar. Antes de que pudiera huir, Edward la abrazó y le regó besos en los hombros, para luego tomar a los mellizos y unirlos a ese núcleo que sin duda iban a compartir con total anhelo el resto de sus días.

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Ya caía la noche y los pequeños dormían plácidamente sobre cada hombro de Edward. Bella los tapó con cuidado, preocupada como buena mamá y adecuando la temperatura para que no fueran a resfriarse.

—¿Adónde me llevas? —preguntó ella, tomando la mano de su doctor.

—Ya verás. Te encantará la sorpresa que te tengo.

No entendía qué sorpresa podría encontrarse en medio de los grandes bosques de La Push, con la vista al inmenso mar. Edward se veía emocionado y no era para menos, esto era algo que quería compartir con ella desde hacía mucho tiempo.

—Llegamos —afirmó él—. Mira hacia allá.

Bella siguió su indicación y se encontró con un terreno inmenso, lleno de árboles y una rivera preciosa. Tenía la mejor vista a la playa. Estaban construyendo la base de lo que parecía ser una casa.

—¿Eso…? ¿Qué es? —preguntó, mirándolo con los ojos muy abiertos.

Para Edward, su expresión le pareció tan tierna que no se aguantó la sonrisa.

—Hace un tiempo, venir aquí a Forks no era un panorama que me gustara en demasía. Siempre quise seguir mis especialidades en una ciudad grande y espaciosa pero acompañé a mi padre porque, bueno, le debía el servicio a la comunidad y sabía que él me quería cerca y a sus nietos. Le recordé que no iba a quedarme siempre aquí, que luego de unos meses iba a marcharme pero cuando te conocí supe que nunca iba a dejarte, nunca.

La garganta de Bella ennudeció.

—Compré este terreno sin pensarlo. Lo hice hace unas semanas, antes de que tú y yo… bueno… —Suspiró—. Lo hice pensando en ti, en cuánto quiero una familia contigo. Vivir una vida junto a mi Ojitos Marrones es el panorama más inmenso que alguna vez podría imaginarme —afirmó—. Y sé que quizá es muy pronto y puede asustarte que esté pensando en un lugar para los dos pero no sabes cuánto lo anhelo al mirarte. Eres la mujer que siempre soñé, Bella, y te amo, te amo de verdad.

Bella amenazó con las lágrimas y no supo qué decir ante sus palabras. Eran tan intensas y sinceras.

—Ya sabes, puedes correr ahora si te parece muy pronto…

Ella lo besó y ambos cerraron sus ojos, respirándose.

—Solo me falta pedirte algo que posiblemente sea innecesario para ti pero para mí sí lo es, y mucho —afirmó él.

Tomó su mano y se la besó con firmeza.

—Bella, ¿quieres ser mi novia?

Ella se rio ante cuán tierno era y entonces lloró, lo hizo de verdad, porque cada gesto era inmenso para ella. No se imaginaba un mundo sin él.

—Sí, quiero ser tu novia y todo lo que siga hacia adelante. Te amo, Edward.

Lo abrazó entre medio de los mellizos que dormían sin darse cuenta de cómo mamá y papá se prometían el mundo ante sus ojos.

—Te quiero aquí junto a nosotros en el momento en que este lugar esté listo. Sin ti no quiero nada —afirmó el doctor, rozando su nariz con la suya.

Bella sonrió.

—Estaré contigo, siempre.

—Te amo, mi Ojitos Marrones.

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Luego de esa tarde tan llena de sorpresas y promesas de amor, llevaron a los mellizos con sus abuelos y luego Edward dejó a Bella en casa.

En la entrada aguardaba Charlie, mirando al vacío, sentado en una de las baldosas del porche con la mano bajo la barbilla.

—Descuide, Sr. Swan, traje a su hija sana y salva —afirmó Edward, tanteando el terreno.

—No creo que te preocupe que lo invite a tomar algo, ¿no crees, papi? —dijo ella, como quien no quiere la cosa.

—Sí, sí, ve a prepararle algo —respondió distraído.

—Con permiso, Sr. Swan. —Edward iba a ir con Bella pero él se lo impidió.

—Quiero hablar algo contigo, Edward. ¿Puede ser?

Bella lo miró, esperando a que no fuer a darle una charla incómoda.

—Tranquila, que no es nada malo para él.

—Claro, Sr. Swan.

Cuando quedaron a solas, Charlie le palpó su lado del incómodo porche y lo escuchó suspirar por cerca de dos minutos.

—Necesito de tu ayuda, Manos Largas —afirmó el hombre.

—¿De mi ayuda? —le preguntó al policía.

—Siento que Renée va a dejar de amarme.

—No imagino que eso ocurra.

—Apenas me mira. Todo el tiempo parece recordar lo que ocurrió con Teresa y eso me apena tanto. —Tragó y miró al cielo—. ¿Qué puedo hacer?

—No lo sé, Sr. Swan, usted la conoce mucho más, han pasado años juntos…

—Sí, pero siento que la he decepcionado y no hay nada peor que eso. Tú eres romántico, detallista y todo eso, dime ¿qué harías para conquistar nuevamente a una mujer?

El doctor suspiró.

—Primero pensaría en algo que le guste, algo con lo que siempre ha soñado, sin olvidar que no es solo lo material lo que hace felices a los demás. ¿Qué le gusta a la Sra. Swan? ¿Qué la haría feliz?

Charlie recordó algunos momentos de su juventud.

—Le gusta la música… La que yo le cantaba cuando éramos jóvenes.

—Vaya, no lo imagino en ello.

—Pues toco la guitarra y a Renée siempre le gustó la idea de los mariachis y…

—¡Pues ahí lo tiene! —exclamó Edward—. ¡Regálele un concierto!

El rostro de su suegro comenzó a cambiar a medida que iba imaginando la situación.

—¿Crees que le guste?

—Por supuesto.

—¿Cuándo crees que es correcto?

Edward lo pensó muy bien.

—Pasado mañana, así de seguro tiene una recompensa por ello, recuerde que es fin de semana y, ya sabe, una buena reconciliación se hace cuando no hay preocupaciones al día siguiente.

Charlie sonrió y le palpó la espalda pero luego recordó algo.

—Espero que no estés dando ejemplos de lo que hiciste con mi hija, ¿eh?

El rostro de Edward se volvió pálido.

—Yo… No… En absoluto.

—Bien. —El jefe de policía se levantó y se estiró, mucho más animado—. Gracias por tu ayuda. Como agradecimiento puedes quedarte en casa esta noche, pero ojo, dormirás en otra habitación.

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Era una tarde solitaria para la casa de los Swan, al menos, eso había aprovechado Edward. En el instante en que Renée y Charlie se marcharon a trabajar, él salió de su escondite y se metió a la habitación de Bella, donde aprovecharon de hacer culminar todas las pasiones que llevaban desatadas desde que se habían separado.

Llevaban horas juntos, disfrutando de sus fantasías y su amor. No había espacio para el respiro. Un desayuno, un café, besos, caricias y hacer el amor, una y otra vez. Nada era más perfecto que eso.

Pero mientras eso se vivía con intensidad, Renée lloraba en solitario mientras recordaba cosas que no debía, atendiendo su humilde puesto de comida en la feria del pueblo. No tenía muchas ganas de ir a repartir los almuerzos de siempre, su corazón no se lo permitía.

—Vaya, qué sorpresa —exclamó la voz que menos esperaba escuchar en ese día.

Teresa.

—Oh, hola, Teresa —le dijo, esperando a que se fuera pronto.

—Qué novedad saber que te has decidido a trabajar luego de haberte quedado en casa a expensas de Charlie tantos años.

Renée suspiró, sin ánimo de mucho.

—Lo hago hace años. Además, no necesito del sueldo de mi hija para vivir —soltó de manera sarcástica.

—Claro, porque la tuya también vivía a expensas de un hombre. —Se rio, como si fuera un gran chiste.

—¿Qué has dicho? —soltó Renée.

A su hija nadie la tocaba.

—Lo que dije.

—¿Cómo te atreves? Te has pasado la vida insultándome pero con mi hija no te lo voy a permitir. Ni siquiera sabes por lo que ha pasado y si Charlie se entera de lo que acabas de decir de su hija, no va a perdonártelo.

La barbilla de Teresa se elevó de arrogancia.

—Como si a él le importara. ¿Te recuerdo lo que pasó mientras estabas embarazada? Ni te imaginas las cosas que prefería hacer conmigo antes que contigo. Con permiso, este lugar me da urticaria y, además, no soporto el olor.

Dejó a Renée con las palabras en la boca, imaginando a lo que podría referirse con respecto a lo que había dicho. Esos recuerdos seguían muy vivos, tanto que no se aguantó el llanto.

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Edward besó su hombro, sacándole un suspiro hondo. Bella cerró sus ojos y luego le acarició la espalda con cuidado.

—Te amo —le susurró al oído y Bella sintió que se estremecía por completo.

—Dilo otra vez.

—Te amo, te amo, te amo —repitió—. Nunca me cansaré de decírtelo. Nunca.

Ella se giró, cubierta solo con la cobija del sofá de la sala y se apoyó en su pecho, disfrutando de sensación que más echaba de menos: su doctor en su totalidad.

—Mi hermosa Ojitos Marrones, casi pierdo la cabeza sin ti —confesó, acariciando su rostro mientras la miraba a los ojos, maravillado con la mujer que había encontrado por primera vez en esa biblioteca—. Eres todo para mí junto a mis pequeños, todo, recuérdalo siempre, ¿sí? Nadie ni ninguna mujer significa lo que tú eres para mí.

—Excepto nuestra pequeñita… Mi dulce Ava —le recordó Bella, haciendo caminitos en su pecho.

Él le besó los dedos y se rio, porque sabía que era cierto.

—¿Vas a aceptar que soy un imbécil por decirte tantas mentiras? —le preguntó, mordiéndole el cuello hasta sacarle una coqueta carcajada.

—¿Qué mentiras, cariño?

—Ya sabes… Debes olvidar lo que dije torpemente, tú eres su madre, ellos te eligieron a ti, ellos… —Sonrió, perdiéndose en sus ojos—. Ellos te aman tanto como te amo a ti.

Bella sintió que le escocían los ojos ante el llanto acumulado.

—Te amo tanto, mi Dr. Torpe. Sabes que ya te perdoné y que volvería a confiar en ti mil veces si es necesario. Tú y mis mellizos lo son todo…

—Tu familia.

El corazón de Bella latió con mucha fuerza.

—Mi… familia —aseguró, volviendo a besarlo.

Ese mismo beso se transformó en el cantico de la pasión, olvidándose de su realidad, tanto así que no sintieron la puerta ni los pasos en el vestíbulo.

—Maldita sea —gimió Renée, sollozando mientras se apegaba a la puerta con el fuerte dolor en su pecho.

Lo que había visto era demasiado para ella, y ni hablar de su enfrentamiento con la imbécil de Teresa. ¡Cuánto la odiaba! ¡Si tan solo la hubiera jalado de sus cabellos!

—Ash, maldita víbora —susurró, limpiándose las lágrimas con fuerza.

De pronto, una fuerte música en vivo comenzó a sonar detrás de la puerta. A Renée casi le da un infarto ante la sorpresa y abrió la puerta para comprobar que no fuera una ilusión. Y no, no lo era, ¡eran mariachis! ¡Su sueño desde que veía telenovelas mexicanas en sus periodos libres!

—¿Escuchas eso? —preguntó Bella, estremecida entre los besos de su doctor.

—No, y no me importa —ronroneó él, dándole la vuelta, olvidándose de taparse el trasero.

Bella rio y se olvidó de la música.

Mientras, Renée miraba a los músicos con sus trajes típicos, entonando una suave melodía hermosa en medio de su antejardín. Ellos subieron por el porche y finalmente entraron a la casa. Antes de que ella pudiera preguntar más, vio a Charlie vestido de mariachi también, sujetando su guitarra, la que hace más de quince años no tocaba. Él sabía que gracias a ella se habían enamorado. La Sra. Swan caminó hacia atrás, topando con la sala y los mariachis siguieron caminando mientras hacían sonar su música, con Charlie dispuesto a cantarle con total romanticismo. Renée estaba a punto de llorar, y lo habría hecho con total emoción de no ser porque un grito ensordecedor de parte de Bella hizo que todos se giraran a mirar qué ocurría.

Y sí, todos vieron el trasero desnudo de Edward mientras Bella lo abrazaba justo debajo de su cuerpo, también desnuda.

—¡Mierda! —gritó Edward, tomando la cobija para tapar a su Ojitos Marrones.

—¡Oh Dios! —exclamó Charlie, queriendo taparse los ojos ante lo que veía.

Los mariachis seguían entonando su música, ignorando a los amantes desnudos que había sobre el sofá.

Edward quiso levantarse, pero luego recordó que no había ropa que pudiera ayudarle a ocultar sus partes íntimas en total disposición para entrar en acción, por lo que solo atinó a tomar un pajarito de porcelana que coleccionaba Renée en la mesa del café y se lo puso por delante, intentando mantener la dignidad.

—¡¿Qué hacen aquí?! —gritó Bella, ruborizada hasta el alma.

—¡Eso debería preguntarles yo! —dijo Charlie, también muy rojo—. Se suponía que habíamos acordado que ustedes se irían esta noche.

—¡Era mañana, Charlie! —le recordó Edward—. ¡El plan era para mañana!

—Oh… Cierto —respondió.

Renée se tapó los ojos.

—¿Plan? —preguntó ella.

Corazoncito, quería darte una sorpresa…

—¿Una sorpresa? No me interesan las sorpresas —afirmó.

—Pero…

—Quiero irme a dormir.

Charlie se quedó con la guitarra y el traje en la mano, mientras Edward seguía sosteniendo el patito frente a su intimidad y Bella se ocultaba tras la manta.

—No hay sorpresa, chicos, pueden irse —afirmó el jefe de policía, muy triste.

Cuando despachó a los músicos, miró a su hija y a Edward.

—Par de sucios —dijo con un hilo de voz, para luego ponerse a llorar como un pequeño.

Bella corrió hacia la habitación de su madre a ver qué ocurría, mientras que Edward, aún con el patito, se disponía a consolar a su suegro.

—¿Qué hice, muchacho? Solo me la he pasado amándola año tras año —se lamentó.

—Quizá solo necesita tiempo.

—Lo sé, es solo que… siento que jamás va a perdonarme. —Hizo un puchero y se limpió las lágrimas—. Hoy solo me queda trabajar, ya nada tiene sentido, solo trabajar. Hay tantas cosas que quiero decirle, pero nunca me escucha…

—Sr. Swan, antes que siga ¿puedo pedirle algo?

—Claro, claro.

—¿Me permite ponerme pantalón?

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Bella ya se había vestido y tocaba a la puerta de su madre, pero ella no contestaba.

Suspiró.

—Mamá, por favor, si necesitas soltar todo, puedes contar conmigo.

—Quiero estar sola, cariño, luego podremos hablar.

Ella suspiró y bajó las escaleras, dándose cuenta que Edward estaba solo.

—¿Y papá?

—Se ha ido al trabajo. Yo tengo que ir a una guardia extra, Emmett no ha podido asistir.

—Oh…

—Maggie traerá a los pequeños, te extrañan mucho.

—¡Pero si solo los vi ayer! —Reía.

—Quieren verte siempre. No los culpes, así me tienes a mí.

Se despidieron entre suaves besos y se prometieron amor, una y otra vez.

Ya se extrañaban.

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Los mellizos llegaron al poco rato y enseguida la llenaron de besos. Por Dios, cuánto la habían extrañado. Bueno, ella también. Cada vez que se separaba de ellos sentía que una parte de su corazón estaba lejos.

Bella había preparado cupcakes con forma de monstruito y mariposa junto a Ava y Noah. Se habían divertido tanto en su día juntos, esta vez sin incidentes.

—A papi le encantadá nuesto degalo —dijo Noah, ajustándose los anteojos mientras tomaba a Bella desde los lazos de su vestido.

—Uff, ¡se volverá loco! —afirmó Bella, tan feliz de poder pasar con ellos que apenas ocultaba la sonrisa.

—¿Mami? —preguntó Ava.

Cada vez que los mellizos le decían mamá, su corazón se volvía loco. Era como cuando Edward le dijo te amo por primera vez.

—¿Sí?

Bella se agachó y de pronto la pequeña le regó besitos mojados por todo su rostro.

—Hoy estoy muy feliz —le confesó—. ¡Quiedo que cocinemos siempe juntos!

Le sonrió y le acarició los cabellos, los mismos que había peinado con tanto cariño. Noah se le unió, pegándose a su cuello.

—¡Cuidado! ¡Los cupcakes de papá se estropearán! —Se rio—. Vamos a darle la sorpresa.

Se fueron juntos hacia la entrada principal del hospital, lugar en el que todos conocían perfectamente a los nietos del director e hijos del Dr. Cullen. Ver a Bella fue sorpresivo y enseguida comenzaron a barrer el suelo en el que estaba.

—Oh, qué gusto conocerla —dijo la recepcionista.

—¡Es mi mami! —le contó Noah, pegándose a sus piernas con orgullo.

—Por favor, pase, le notificaré al Sr. Cullen que su esposa ha venido a verlo…

—¡No! ¡Es una sorpresa! —respondió Isabella, corriéndose el cabello, sintiéndose hermosa para volver loco a su Dr. Torpe.

Los mellizos se llevaron un dedo a sus labios, afirmando que era un secreto.

—Claro, claro, ¿cómo negarnos? La sección de la urgencia está al fondo.

—¡Gracias!

Se fueron nuevamente entre brinquitos, esperando a sorprender al Dr. Torpe.

Mientras, Edward estaba revisando un electrocardiograma de una paciente que ya estaba pasando por su tercer infarto.

—Comienzo a pensar que usted viene para verme a mí, ¿eh? —dijo él, mirándola.

Ella, de pasados setenta años, no dejó escapar su pícara oportunidad.

—Está en lo cierto. ¿Está soltero, Dr. Cullen?

Edward abrió sus ojos y se dio media vuelta, sonriendo de terror. Al salir de la sala y pedirle a la enfermera que le inyectase el fibrinolítico, sintió luego las manos suaves y pequeñas de aquella mujer a la que amaba con fervor.

—¿Quién es? —preguntó ella con suavidad.

—Oh, déjame adivinar, ¿es una señorita hermosa y despampanante a la que le sale muy bien eso que hace con la boca…?

—¡Edward! ¡Sht! —Lo calló, sacándole las manos—. Están los pequeños.

Y no solo los pequeños, sino también las enfermeras y paramédicos, que estaban intentando soportar la risa.

—¡Dr. Cullen! —canturreó la viejecilla—. Me duele mucho el pecho, venga a revisarme.

Edward abrió sus ojos y tomó a Bella de la mano, escapando de ella.

—¡Y ponle algo para dormir, por favor! —le pidió a la profesional.

—¿Me estás siendo infiel con esa abuelita? —le preguntó Bella, cruzándose de brazos.

—Supieras que esa abuelita viene cada vez que puede con un infarto para ofrecerse como buen banquete —contó Edward, muy nervioso.

—Eso pasa porque eres un médico muy guapo —afirmó su Ojitos Marrones, abrazándolo desde el cuello para besarlo con total pasión.

Al separarse y sonreírse, Edward se agachó para darles un beso a sus hijos, y entonces se dio cuenta de que ellos le habían traído unos cupcakes hechos por sus propias manos. Fue tanta su emoción que no tardó en darles muchos besos a la vez.

—Son pada ti, papito —dijo Ava—. Lo hicimos con mami.

Edward les acarició sus mejillas y luego los tomó en sus brazos, para entonces robarle un nuevo beso a su Ojitos Marrones.

—Qué mami tan linda tienen, ¿no? Yo creo que está hermosísima… —Su voz se perdió cuando la miró vistiendo esa tenida, junto con su cabello ondulado al viento y sus mejillas rosadas.

Cuánto quiso hacerle el amor en el instante.

Edward iba a decirles que ya estaba por salir para que fueran juntos a casa, pero la alarma de emergencias alertó a todo el personal.

—¡Tenemos código rojo, Dr. Cullen! —exclamó la enfermera jefe, sacando los monitores especiales y la bolsa de respiración.

Edward bajó a sus hijos y miró a Bella.

—Los veo después, cariño, tengo una emergencia.

—Oh… —exclamó ella, entendiendo.

—Fue una balacera —dijo uno de los paramédicos de la ambulancia, corriendo con la camilla desde el pasillo para ingresarlo a la unidad.

—Los policías quisieron repeler el asalto, pero los malditos dispararon a quemarropa.

—¡¿Policías?! —gritó Bella, muy sorprendida.

Una de las enfermeras más antiguas tomó a los mellizos para que no vieran lo que ocurría, pero Bella estaba de pie, escuchando cómo hablaban de que había policías heridos.

—¿Gravedad? —inquirió Edward, separándose de Bella.

Se estaba sacando el estetoscopio, esperando la camilla.

—Dos de tres y uno de categoría uno —respondió uno de ellos.

—Prioridad uno —respondió el Dr. Cullen—. ¿Nombre?

—Charlie Swan. Es el jefe, doctor. Quiso salvarle la vida a un pequeño dentro del banco mientras repelían el asalto.

Bella sintió un balde de agua fría y enseguida vio cómo ingresaba su padre con un orificio del que brotaba la sangre sin parar, justo en su vientre.

—¡Papá! —gritó Bella, saliendo de su trance—. Oh, papá…

Edward no podía creer lo que veía. Era su suegro…

Charlie estaba pálido y apenas consciente.

—Sospecha de perforación de aorta descendente —informó Edward—. No hay tiempo de cristaloides. Administración de coloide inmediato. Bella, por favor, sal de la sala —ordenó él con severidad.

Bella no reaccionaba. Ver a su padre tan herido fue algo que la mantuvo de piedra, sin poder siquiera pensar.

De pronto, el jefe de policía abrió sus ojos, mirando de esquina a esquina.

—Renée… Quiero a mi amor, quiero a mi Renée —pedía.

Edward sintió que se apretaba la garganta y Bella se llevó una mano al pecho, porque su madre aún no lo perdonaba y cuando lo supiera ella iba a morirse de dolor, porque a pesar de estar dolida con él, ambos eran el amor de sus vidas.

—Bella, cariño, por favor, ve afuera —siguió ordenando Edward, bañado en sangre.

Ella tuvo que obedecer, atragantada entre lágrimas que no podía soltar. Con los dedos temblorosos y la mente ida, tomó su móvil y digitó rápidamente el número de su madre.

—¿Bella? ¿Qué ocurre?

Cuando escuchó su voz, soltó un llanto tan profuso que hizo que Renée se levantara rápidamente de la cama.

—¿Qué pasa, amor? ¿Por qué lloras?

—Mamá… —Jadeó—. ¡Es papá! ¡Está desangrado! ¡Le han disparado! Por favor… Ven al hospital.

Renée soltó el teléfono, presa de un dolor profundo que le quitó el aire.

Charlie… Su gran amor. Dios mío, tenía que correr.


Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¡Sorpresa! Bueno, ¿qué les ha parecido esos te amo tan lindos entre ellos? El amor crece pero hay secretos que debemos contar y me refiero a Bella, ¿qué creen que piense Edward al respecto? Digamos que él ve una familia más numerosa y no sabe lo que Bella está pasando. La situación con Charlie y Renée ha sido muy triste y con ese final, aún peor. Lo más irónico, Edward es el único encargado de salvarle la vida a su suegro, ¿creen que lo logre? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

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Lamento mucho la demora respecto de este capítulo, pero para quienes no saben, tengo a mi bisabuelo hospitalizado en otra ciudad por COVID-19 positivo y yo me he tenido que encargar de llevar la información a toda la familia y hablar con las autoridades. Ha sido pesado, porque además de eso me he tenido que llevar sorpresas y momentos desagradables de algunas personas que les encanta hacer daño tanto aquí como por redes sociales. No es fácil, pero aquí estoy, dando la lucha ante tantas cosas personales. Intento ser siempre transparente con ustedes, por eso les cuento esto. Ya he podido mejorar mis horarios, por lo que seguramente nos vemos la otra semana con otra actualización de esta historia

Recuerden que quienes dejen su review recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, solo deben dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá

Pueden unirse a mi grupo de facebook que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents", en donde encontrarán a los personajes, sus atuendos, lugares, encuestas, entre otros, solo deben responder las preguntas y podrán ingresar

Cariños para todas

Baisers!