Capítulo 24
En comparación al de Arendelle, los muelles europeos en los que Elsa había estado tenían olores peculiarmente desagradables, denotando la diferencia de vida fuera de su reino, donde se procuraba por toda la región. En el suyo, solo lidiaban con el aroma a pescado, humedad y salitre, que no eran fascinantes, pero sí menos molestos que la combinación que respiraba en ese momento.
Lamentando el desamparo, Elsa no evidenció su malestar olfativo y caminó hacia donde la esperaba su carruaje, acompañada de Egil, el guardia que le cuidaba la espalda, y los hombres que llevaban sus baúles.
A pocos metros del transporte, hizo una señal a sus acompañantes para adelantarse y acomodar sus cosas, mientras ella aprovechaba para observar a su alrededor y moderar la excitación que tenía por haber llegado a Francia.
(Apartada de lo común.)
Después de buscar un espacio entre los barcos anclados miró el mar, cerrando ligeramente los ojos para tratar de ver más allá de la neblina matutina. No tuvo triunfo; y era inútil tratar, no alcanzaría a atisbar más que agua, estaban muy lejos del puerto de Calais, en el que podría ver Dorset sin catalejo.
Liberó un resoplido bajo y procedió a girarse. No obstante, en el transcurso de hacerlo se chocó con un cuerpo duro, que resultó ser un hombre, al que no vio a la cara porque estaba inclinado sin mirarle, sujetando un baúl.
Le pareció familiar.
El hombre pelinegro bajó la cabeza desde su posición.
—Dispénseme, yo iba distraído con mi equip… ¡Su Majestad! —La voz masculina cambió del francés a su idioma tan pronto como el propietario de ella se irguió y la reconoció.
Le pasmó encontrarse al ingeniero Erikson frente a ella.
—Lamento el accidente —repuso hermética, preguntándose si él la estaba siguiendo, pero no entendía cómo podía haber sabido de sus planes. Lucía genuino en su sorpresa, solo que ella misma fingía muy bien y estaba casada con alguien que lo hacía mejor para creerle por completo.
¿Habría interceptado su telegrama a Hans? ¿O había alguien que no le estaba siendo leal?
—Qué grata coincidencia, nunca pensé… vine a Francia por un trabajo. Es… Lo siento, Majestad, ¿se encuentra bien?
Asintió lacónicamente.
—Usted… ¿recibió mi carta?
—¿Carta? —preguntó con falsa ignorancia.
Él agrandó los ojos y se pasó las manos por los costados de sus muslos. —Oh, yo… eh… platiqué con un antiguo marinero del rey… y en ella… eh…
—Debo interrumpirlo, hay una obligación esperándome.
Erikson agitó la cabeza. —Sí, sí, lo entiendo, Majestad, no quiero ocupar su tiempo, es una persona importante. No le molesto más.
—Buena suerte, ingeniero. Puede enviarme otra carta si es necesario —ofreció por educación.
—Yo… Bien. Le deseo lo mejor, Majestad —dijo él tras una reverencia.
Realizó un asentimiento lacónico y se alejó hacia el carruaje, comentándole a su guardia que se apurasen en partir.
{…}
A unas horas del mediodía Elsa llegó a la capital francesa, arribando a la estación del Norte donde finalizaba el viaje en ferrocarril desde Picardie, y se habría sorprendido si no fuese su segunda ocasión visitando la ciudad.
La primera vez se había sentido admirada por la travesía en la máquina de fierro, el tiempo de traslado y la visión que le recibió en la concurrida ciudad parisina, cuya multitud y edificios podían ser intimidantes para una persona acostumbrada a la apacible y no tan poblada Arendelle. Era una probada de modernidad enorme, principalmente por las reformas instauradas por Haussmann, que ella trataba de seguir con entusiasmo por la arquitectura y el urbanismo de estas.
En su recorrido hasta el hotel en Élysée que Hans le había indicado, se dedicó a observar el panorama exterior, cruzándose con l'Opéra de Paris, el ostentoso y amplio monumento con frisos, columnas, estatuas y bajorrelieves que el chófer le aseguró verían con la ruta larga que tomaría de camino al otro distrito y ella no declinó hacer por su amor al diseño.
Si Hans supiera lo mucho que le gustaba todos esos sitios, habría hecho algún comentario cómico de la verdadera razón para aceptar su encuentro.
La cual habría sido más decente que el motivo principal de su viaje… yacer con él.
Elsa se sonrojó y por instinto se alejó de la ventana del coche.
No estaba en París por su responsabilidad con el reino. La "vergonzosa" causa su reunión era que, tras su carta, se sentía atraída por el acto entre ambos y no en embarazarse, aunque se reconfortaba porque un bebé podía resultar de ese interés y eso era más púdico.
Era ilógico que se negara a sí misma su motivación. Después de todo, con la partida de Hans ganaba tiempo para justificar su falta de gestación durante esos meses; no era absolutamente necesario que saliera de Arendelle, incluso si con el paso de los días envejecía. Asimismo, tenía claro que el destino tendría la voz cantante en el tema de embarazarse.
Por fortuna nadie sabría o sospecharía.
Cuadrando los hombros, continuó atenta al recorrido, que en realidad fue corto; unos cuantos minutos más tarde se halló frente al Grand Hôtel. Este era un edificio de cuatro pisos con una fachada de mármol que tenía columnas alineadas en la primera planta, haciendo un pasillo lateral, y ellas contaban con capiteles góticos de enredaderas y cornisas curvadas; en pisos superiores había columnas con menos relieve y frisos decorados, además de balcones para las múltiples ventanas que poseía la construcción.
Le dio la impresión de que no era tan "notable" como presumía su nombre, pero debía depender de otros factores, como lo demostró el obsequioso tratamiento que recibió desde que le abrieron la puerta del carruaje, donde el blasón de su anillo y su apariencia destacada con su cabello rubio cenizo le indicaron su identidad al empleado.
La actitud solícita le hizo lamentar vender la opulenta residencia parisina años atrás, que ocupó en su única visita antes de decidir que no lo necesitaba entre sus posesiones.
En el vestíbulo solo vio dorado y rojo cuando un presentimiento le hizo voltear a su izquierda.
A lo lejos vio una inconfundible figura de cabellos bermejos.
Un ligero burbujeo rompió la calma de su estómago, que ignoró porque en ese segundo su marido ladeó la cabeza y sus ojos se encontraron en la distancia, haciendo que el espacio se sintiera denso y pequeño.
Arrogante, Hans esbozó una sonrisa ladeada y elevó su ceja.
Justo como lo recordaba.
Con un leve aumento de sus latidos, alzó su barbilla.
Aquel reconocimiento mutuo ocurrió en unos instantes, pues ella no se separó del empleado al que seguía mientras se dirigían a la recepción, donde pretendía pedir su llave por sí misma y no a través de un representante suyo, como se estilaría de una reina.
De soslayo, notó que Hans concluía su conversación con un apretón de manos. Conforme se encaminaba hacia ella, sintió que su cuerpo y el ambiente se tensaban más.
—Yo puedo encargarme de su Majestad —lo escuchó decir y tanto ella como el empleado se detuvieron. —Solo busque su llave, Pier.
El susodicho realizó una reverencia y se retiró. Por su parte, ella esperó a que Hans se colocara enfrente, en lugar de girarse, demostrando públicamente quién tenía más poder sobre el otro.
Su esposo se detuvo ante a ella y alargó su brazo, ofreciendo su mano; ella depositó la suya sobre los dedos extendidos desprovistos de guantes.
Inclinándose casi de forma imperceptible, él elevó su brazo y besó sus nudillos enguantados con lentitud. No apartó de su cara sus orbes esmeralda, que ardían como una flama, quitándole inocencia al gesto.
Se le hizo un nudo en el vientre.
—Majestad. —La sedosidad en voz barítona osciló ricamente.
Elsa asintió. Hans se enderezó mostrando seriedad en el rostro y un gran porte que hacía reconocer a los otros su valor.
El empleado regresó con la llave y se la entregó. Se disculpó tras prometer que su equipaje sería atendido de la mejor manera al llevarlo a sus aposentos en el primer piso —solo un dormitorio, porque sus actividades lo hacían lógico.
Ella guardó la pieza metálica y aceptó el brazo de Hans.
—¿Quieres refrescarte antes de almorzar?
Negó.
—Creí que llegarías más tarde —comentó él cuando iban por un corredor de linóleo los dos solos.
—No debiste interrumpir tu asunto —replicó notando que había un hermoso jardín central con una fuente, luciendo como un oasis en medio de un desierto. Tenía estatuas y era colorido, con pajarillos y mariposas volando por ahí.
Su presencia explicaba las paredes casi vacías.
—Ya estaba concluido. Me ofreciste una excusa más sencilla para callar al abogado.
—Claro. —Apartó su mirada de la escena encantadora. —Acortamos el tiempo de viaje tomando el ferrocarril en Amiens.
—Acertada decisión. No estarás tan agotada de viajar por horas en carruaje y podré disponer planes para los dos esta noche.
La llegada al comedor del hotel y la aparición de un empleado le impidió responder, pero un pálpito la recorrió en diferentes zonas al ver la promesa en sus ojos, la cual permaneció durante el almuerzo que compartieron con una charla sobre el negocio de los muebles.
(Del que olvidaría detalles.)
{…}
El lapso de cuatro semanas desde que Elsa le transmitiera su notificación para reunirse, hasta que se vieron, se sintió largo para Hans; sin embargo, finalmente la tenía accesible y podía satisfacer su deseo de cumplir sus pensamientos lujuriosos con ella, que habían despertado a su miembro en los meses pasados.
Y solo quedaban unos minutos, pues él había dado término a sus responsabilidades por el día y acababa de bañarse para ir a la cama. Aguardaba en el diván a su mujer, quien se había despertado hacía poco de su siesta, para cenar, y ahora estaba aseándose.
Una divertida idea apareció en su cabeza al ser consciente de lo que ella hacía, por lo que se paró del diván, caminó al baño y abrió la puerta con la astucia de un zorro.
Elsa, con todo excepto la cabeza y los hombros sumergidos en el agua, miró hacia él, que embebió de la sugerente imagen a sus ojos. Al otro lado del cuarto, ella estaba en una gran bañera dorada, con su lechosa piel brillante por el agua y el contraste de la luz de unas velas.
La vista de ella bajó a su pecho descubierto y luego descendió hacia el mono de ropa interior que no hacía nada para ocultar su erección.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella con un cariz ronco en la voz, sentándose y dejando ver rutilantes esferas de agua en su cuerpo mojado.
Decidiendo no responder, acortó el espacio de la puerta hasta la bañera. Con la mirada de Elsa puesta en él, se inclinó e introdujo su mano en el agua sin tocarla a ella.
—En su punto —murmuró taimado.
Entonces la miró.
El aire de la habitación se calentó más. Los ojos cerúleos de su esposa expandieron el punto negro entre ellos y sus delgados labios se separaron.
Siguiendo las gotitas que resbalaban de su cuello y hombros, espió su silueta; un pecho blanquecino con deleitables picos rosados, un abdomen liso con la mitad bajo el agua, el cual terminaba en un triángulo donde una mancha oscura se asomaba entre las piernas tonificadas que en sus encuentros le envolvían con fuerza.
Se veía tal como la recordaba.
Con la boca seca, hizo el recorrido en sentido opuesto hasta llegar a su rostro, sin perderse el movimiento de su garganta al tragar.
Hans acercó su cara a la suya, llevando su mano mojada hacia la mandíbula de ella. Se sintió victorioso de que no detuviera sus acciones cuando le curvó su cabeza.
Cerró los ojos y la besó con hambre.
Despegando sus labios ampliamente, ella lo imitó y sus lenguas se encontraron en movimientos sincrónicos, compartiendo un ósculo húmedo que hizo vibrar sus sentidos y le dio a probar los rincones de su hechizante boca, que ni con el paso del tiempo había perdido su atractivo, sabiendo mejor.
Ella se asió a sus cabellos y él la retuvo de la espalda, aferrándose mutuamente para no perderse del otro. Jugaban sirviéndose de sus néctares, sus alientos, sus carnes y sus ruidos de placer combinados.
Y jugaron hasta que ninguno supo por qué llegó el fin.
Se apartaron con un jadeo. Hans elevó los párpados ralentizando su respiración y lamiendo el rastro de ella en sus labios; Elsa hizo lo propio obstruyendo la luz a sus ojos. Con la boca hinchada era tan pecaminosa que animaba su granujería.
Se hincó.
Sonriendo de lado, desplazó su mano al seno derecho de ella y deslizó sus dedos sobre él hasta rodearlo perfectamente, sin apretarlo; lo acunó como si fuera un objeto preciado. Movió su pulgar sin rozar la aureola y Elsa retuvo el aire, quedándose inmóvil.
Observando su rostro, realizó una serie de círculos que hicieron temblar la piel y luego presionó la redondez con suavidad.
Ella dejó escapar una exhalación.
Gustoso, con gotas de sudor en su espalda, él dejó caer la cabeza hacia el lateral izquierdo de su cuello femenino, en el que rozó sus labios cuando ella le dio libre acceso. Su esposa se estremeció completamente, sensible como era en aquella zona.
Le lamió el pulso acelerado y frotó su erguido pezón rosa con su pulgar, tentándola de forma ligera y perversa.
Esparció besos sobre su cuello y mandíbula, caminando hasta su oído, disfrutando cada temblor que la recorría entera. Sintió algo primitivo al saber lo que le provocaba y cómo nadie más conocía de lo que era capaz la reina del hielo.
—Había olvidado lo divertido de las bañeras —le dijo con voz áspera, llena de fiereza.
Aprovechó para llevar su otra mano alrededor de ella y atrapar el montículo descuidado, al que concedió atenciones más firmes que a su gemelo, haciendo que Elsa se arqueara, sujetando los bordes de cerámica y derramando agua al piso de cerámica.
—¿Alguien adivinará cuánto disfrutó la reina el baño?
Bajó la cabeza hasta la mejilla de Elsa, que abrió los ojos en el momento que su mano izquierda descendió al valle entre sus muslos. Sus orbes estaban oscurecidos y enormes, brillando como dos joyas.
Lamió una gotita salada de su pómulo caliente.
—¿Sabrá que el rey se aseguró de comprobar si su Majestad estaba limpia en todos lados? —preguntó rudo por la emoción fuerte que le daba verla responder a sus atenciones.
Elsa le hizo espacio entre sus piernas y jadeó arqueándose más cuando él acarició la carnosidad oculta y congestionada.
—¿Conocerá los sonidos que te provoca el favor del rey? —Masajeó y apretó esa pequeña protuberancia, inflamándose con los gemidos descontrolados de ella, que crecían y crecían en efecto a sus caricias. —¿La manera en que reacciona tu cuerpo?
Una exclamación la abandonó al alcanzar su cúspide y él soltó un ruido brusco al sentir su miembro temblar.
Su esposa tomó grandes bocanadas de aire y él, adolorido, se enderezó y buscó una toalla. Volvió con la tela afelpada; la ayudó a incorporarse y abandonar el agua, tras lo que procedió a secarla.
Ansioso, dejó la toalla caer y cogió a la rubia en brazos, saliendo del baño para depositarla en la cama de sábanas azules y doradas.
Allí, en esa y más ocasiones en la noche se dedicó a saciar el deseo de ambos en la única posición con la que ella estaba familiarizada, dejando para otra oportunidad las diversas formas en que podían acoplarse, presintiendo que su delectable esposa no se negaría.
Primero quería lo que se había perdido por meses.
{…}
En el despertar de su primera mañana en París, Elsa sintió dolor en su cuerpo, especialmente en sus muslos, que debajo de la piel tenían hilos que tiraban con fuerza.
Sus mejillas se calentaron al recordar cuándo fue la última vez que lo experimentó. Era una consecuencia que su mente había obviado al querer yacer con su esposo de nuevo; era lamentable que un acto placentero fuera seguido de tal molestia.
Y aunque debía desanimarla, no lo hacía. Tenía cierta emoción con lo inapropiado y esta era más grande que algunas enseñanzas de decoro recibidas por años.
Probablemente serían más efectivas si en ese tiempo formativo su mayor interés no estuviera en controlar sus poderes y conocer sus responsabilidades como futura reina.
Como si supiera de sus pensamientos, Hans dejó escapar un resoplido junto a ella. Se obligó a abrir los ojos, pero al ver que estaba sobre su costado, se acercó al respaldo de la cama para espiarlo desde arriba.
Lo contempló bien y suspiró al corroborar que seguía dormido.
Él se giró en ese momento y llamó su atención un bulto en forma de montaña a la mitad de su cuerpo.
Se llevó la palma a la frente cuando comprendió exactamente qué era. Su órgano de hombre. Aquella extensión de él que tenía el ingrediente líquido para embarazarla y que ya no le producía vergüenza al verla, sino excitación por lo que vendría.
La curiosidad le inspiró a cuestionarse el motivo de su estado igual al que tenía antes de querer entrar a su cuerpo, y no otras veces.
Era la primera ocasión que la veía así de todas en las mañanas que había despertado acompañada de él —de no irse de la cama temprano.
Tras unos minutos observando y preguntándose causas, la respiración de Hans cambió. Lo vio apoyar el dorso de la mano sobre su frente, gimiendo con algo similar a la frustración.
¿Estaría relacionado a su falo? ¿Sería su condición un problema? ¿Había dejado de funcionar?
Atenta al ver que se bajaba un poco de la montaña, pasó a preguntarse si podía desaparecer sin que saliera esa mucosidad, aunque un pequeño círculo de la sábana se veía mojado.
Tratando de resolver la incógnita con la vista puesta en su hombría, fue pillada por su dueño cuando este despojó a sus ojos del manto que los cubría. Al haber sido atrapada contemplando su órgano viril, era tonto fingirse escandalizada como se esperaría de una dama.
—Justo tenías que estar despierta —masculló Hans y ella vio que el bulto volvía a crecer, animando a su mente curiosa de respuestas.
Saltó por un roce en su pecho, que había olvidado estaba descubierto, y él soltó una sonora risa entrecortada.
Su interés por el conocimiento era superior a la indignación y su contención, de manera que no pasó lo acostumbrado; en su lugar solo se cruzó de brazos y se mantuvo atenta a la extremidad de Hans. Le daba vueltas sin atreverse a indagar por el tema.
Dudaba encontrarlo en libros; o al menos no se hallaba en la biblioteca de su hogar.
—Al parecer nunca has visto una erección matutina —apuntó Hans sarcástico, haciéndola entrecerrar los ojos por su descripción. —Querida, tu cabeza va a explotar de pensarlo tanto. Pregunta o ayuda.
Suspiró. Era tonto el recato sin le pilló estudiando su falo, y callar le dejaría sus dudas.
—¿Qué se supone que es una erección matutina? —Escogió aquel nombre que podía englobar todo.
Él bufó.
—Tenías que escoger lo aburrido. Obviamente estás más concentrada en saber que pasarla bien.
Aguardó paciente a que le contestara, viéndolo inspirar y exhalar unas cuantas veces, haciendo que otra vez el bulto perdiera tamaño. Al ocurrir eso, él se apoyó en sus codos y dobló una pierna para sentarse contra el cabezal de la cama, dejando la rodilla flexionada con una pose de escultura griega.
—Algunas veces los penes amanecen erectos, no sé por qué. Me tranquiliza que lo haga como a la mayoría de los hombres, pues significa que todavía funciona. Me empezó a ocurrir por las mañanas después de los doce años.
Desde luego no era suficiente información de la causa, pero podía con eso.
—¿Entonces no solo se estimula cuando quieres… copular?
Él rió entre dientes. —Oh, sí. Aun si no quiero follar.
Era fuera de su control como esa viscosidad que aparecía en su orificio más secreto sin que pensara en el acto entre los dos, que en realidad ocurría desde sus catorce años, en la misma época que empezó a sangrar.
Pero aquello no explicaba cómo dejaba de estar erecto. Sospechaba que la montaña creció porque estuvo viéndolo, de acuerdo a los hechos; cuando él la atrapó mirándolo, su miembro pudo erguirse por su interés en la cópula.
Tenía que haber un modo de eliminar la erección, ya que dudaba que muchas mañanas o con sus doce años se apareara con alguien.
—¿La estimulación desaparece sin expulsar tu semilla masculina?
Le pareció que los ojos de Hans refulgieron con entusiasmo.
—No siempre, aunque es más sencillo. Y no debo follar para que me baje la erección, también hay otras maneras cuando no tengo ganas de esperar.
Una expresión lobuna dominó la cara apuesta de su esposo.
—¿Recuerdas anoche y otras veces cuando yo te acaricio en tus partes femeninas y tú llegas a un punto máximo de placer, viniéndote? Así como lo hago, tú podrías hacerlo en tu propio cuerpo, y lo mismo ocurre conmigo. Ésa es una alternativa, masturbándome o… practicando el onanismo, como podrías conocerle.
Algo prohibido por la iglesia, aunque no lo comprendía ahora si le ayudaba a resolver esa situación matutina que él tenía desde los doce. Y si copiaba lo que él hacía y tenía una respuesta como lo que provocaba en ella, tampoco alcanzaba a entender la razón exacta de vetarlo.
Era privado.
Ayudaba con la tensión.
Le gustaba.
Tal vez no servía para concebir, pero de no poder tener hijos como su hermana y Kristoff, ¿cómo borraría la rigidez que solo perdía con ello?
Seguramente pensaba como una pecadora, mas no era una gran devota por su crianza. Si Dios estaba en contra, no le permitiría reaccionar a esas atenciones.
—Me gustaría saber qué piensas, sobre todo porque no has escuchado de una alternativa más… otra manera que no implica las manos.
¿De qué…?
Él succionaba, lamía y mordía sus senos, hombros, cuello y orejas con la boca, la lengua y los dientes.
Y en Navidad ella había hecho algo similar.
¿Era lo mismo?
—No solo al genital del hombre.
¿Cómo había dicho?
Recordó cuando lo vio probar la humedad de su centro femenino y la invadió una imagen de él entre sus piernas abiertas, de la que no sabía qué decir.
Meses atrás le parecería sumamente escandaloso, como su disfrute de compartir cama con él… y en la actualidad la historia era distinta.
—¿Quieres que te muestre? —murmuró su marido sugerente.
De pronto cayó en la cuenta de por qué Hans estaba tan informativo.
Quería que ella se interesara pues quería hacerlo.
Sin embargo, ¿cuánto desconocía ella a su lado y se perdía por eso? Hasta ahora, las cosas hechas por él no solo eran "agradables", como describió Anna al acto marital… que de tal estado tenía poco que ver, porque él —cuyo desinterés por la propiedad podía haberle hecho gozar más— nunca había estado casado y contaba con experiencia.
¿U ocurría comúnmente al compartir cama y era regla tácita esconderle la información a las solteras, excusa para que Anna no se lo dijera antes de su boda?
¿O no dijo él en la consumación de su matrimonio que en su círculo las esposas permanecían cubiertas, situación que veía entorpecedora y ella coincidía?
—¿Por qué me preguntas?
Hans sabía de antemano que Elsa no tomaría el rumbo sencillo, pero se permitió apostar por él un instante, y la cuestión de ella le demostraba que había sido en vano.
Salvo que no podía frustrarse porque estaba cerca de su objetivo.
Encogió los hombros. —No voy a dar por hecho que te interese o te guste —respondió según su entendimiento de la interrogante; de no hacerlo sin esperar su acuerdo. —Una viuda con la que tuve sexo, muy interesada en las diferencias de la mujer con el hombre, tanto que a veces compite con la sociedad con sus acciones, me habló de un par de cosas y esa estaba entre ellas, esto me benefició. ¿Para qué negarse de un aprendizaje que te podría hacer pasarlo mejor? —inquirió con segundas intenciones, usando el equilibrio entre el deseo y la paciencia que debía tener por la ignorancia a la que sumían a muchas mujeres. —Claro está, si quieres que te muestre y lo encuentras placentero, mucho más adelante podrías usarlo para tu provecho.
Al sentir sus uñas en su palma, se percató que había empuñado la mano debajo de la sábana. Junto al leve asco en la boca que le dieron sus palabras, sintió disgusto. No debería causarle nada ese futuro lejano después de tener a sus hijos.
Distraído por eso, le tomó por sorpresa el beso de Elsa en sus labios, que había aprendido era la única manera en que ella manifestaba su deseo por acostarse con él, estando en privado.
Sonrió sobre su boca y la entreabrió para apresar los labios de ella, besándolos pausadamente antes de bajar por su mentón con el mismo ritmo.
Contento y sintiendo que su propia respiración y latidos se incrementaban, la hizo recostarse en la almohada con él posicionado entre sus piernas; a partir de eso se dirigió a su cuello grácil, en el que empezó a descender con roces de su boca y lamidos, animando su excitación. Saboreó vestigios de sus actividades nocturnas y algún rastro de jabón en su piel, combinados precariamente con su loción masculina.
Le brotó un gruñido involuntario.
Con sus manos, atrapó los montículos de su pecho y los moldeó como escultor hasta que terminaron por endurecerse, los probó múltiples veces y les dejó húmedos con su saliva, proclamándose dueño de ambos. Tenían su marca y cuando los tocara ella repetiría en su mente cada caricia recibida de él. Jadearía como ahora pidiendo más.
Al continuar por el abdomen liso, un tirón en su pelo le hizo saber dónde estaban las manos de ella y soltó un sonido gutural, picando con su lengua el diminuto remolino en el centro de su abdomen.
Fue más abajo, haciéndola retorcerse al besar el breve espacio que separaba su ombligo de su monte de Venus; se detuvo al alcanzar la línea divisoria de su piel con su valle de escasos rizos. Experimentó una sensación tan poderosa de triunfo al rozar su barbilla con la mata oscura de ella.
Elsa se quedó tensa y él frotó sus piernas con sus dedos.
Ante la falta de interrupción, él movió su cara y llevó su mano derecha a su femineidad, que contempló ávido mirándola de cerca por primera vez. Esa ladera rosada derramaba su gusto y palpitaba llamándolo.
Se hizo con un aire de expectación y lo expulsó de su cuerpo, trayendo un gemido a sus oídos. La frente se le perló de sudor, mientras el aroma ácido y propio de ella se tatuaba en su ser.
Después se dio un banquete con los jugos y la carne tierna de su cuerpo, haciéndola gritar y a él sentirse como verdadero rey.
{…}
Sin prestarle atención, Elsa se quedó con la vista puesta en el interior del ornamento que techaba a la cama.
Emitió un suspiro recordando aquella cosa que le atrasaba el sueño.
Al retirarse a sus aposentos, Hans y ella se cruzaron con un grupo conmocionado; iban al piso superior para atender a uno de los huéspedes femeninos cuyo parto se había adelantado.
Un sentimiento agridulce latía en ella. No tenía problemas con las embarazadas, porque a finales de mayo una de las empleadas del castillo había anunciado la feliz llegada, sino que ese bebé, además de estar a pocos metros, nacía muy cerca del tiempo en que el suyo podría haber venido al mundo.
Había aceptado la partida de aquel que perdió; sin embargo, era algo que provocaría un poco de tristeza a cualquiera si le ocurriese. Ni quería llorar o desgarrarse por el lamento, solo necesitaba pensarlo durante unos instantes y no guardarse eso.
Debía ser natural.
—Tal vez ya habría nacido o pronto lo haría, ¿cierto?
La voz suave de Hans rompió la quietud de la noche; su vigilia le había sido desapercibida, pero él notó la suya.
Sus hombros se relajaron. Su reacción era la misma y no tenía por qué encontrar explicaciones y justificarse a sí misma.
—Sí —respondió en un murmullo.
No sabía el periodo en que estuvo encinta, pero estaban por cumplir los nueve meses de haberse casado, si ocurrió de forma temprana. También pudo haber un nacimiento prematuro.
De cualquier manera, él habría estado presente, como lo demostraba en ese y otros momentos.
Movida por aquella certeza, deslizó su mano bajo las sábanas y cogió la de él, sin apartar la vista del techo. Hans le dio un apretón, fuente de calidez y emoción humanas. En su interior lo desapacible se esfumó, dejando el bonito sentir de ser comprendida y apoyada.
Por la mañana no sabía si sus manos se desunieron antes de dormirse, o si la sensación reconfortante la sumió en el sueño, que eventualmente les liberó.
(Mas le dio igual.)
{…}
Para aquellos días, Elsa programó visitas al presidente francés y a algunos embajadores en París, así como paseos de entretenimiento, aunque supuso que solo podría hacer los primeros y un poco de lo segundo por su cuenta mientras Hans estaba ocupado, porque él le invitó a acudir a los teatros y restaurantes juntos, dejando para ella sola sus reuniones, los museos y los parques.
Aceptó ya que su presencia haría que, de ser reconocidos, la gente se acercara solo unos minutos.
Si bien debió haberlo evitado por el calor que le daba evocar lo que había dejado que hiciera, y que fue sublime, decidió por lo más beneficioso para ella.
Así pues, en su tercer día en París, el mismo que su cumpleaños, se halló con él en un bonito restaurante cerca donde estuviera el derrumbado Palais des Tuileries, destruido recientemente, tomando una cena temprana.
Y pasando un buen rato.
Por mucho que detestara que la inteligencia de Hans lo hiciera peligroso, era imposible negar que al mismo tiempo esta lo dotaba de la habilidad para conversar de diversos temas y hacer amena la plática en la comida… una vez acostumbrada a su petulancia y a los esporádicos e instantáneos comentarios provocativos que le dedicaba. Era mejor que la charla anodina que muchas veces tenía que sostener con otros.
Masticando su filete, se preguntó de dónde vino tal apreciación. Era la primera vez que podía señalar algo como eso.
Quizá la caja de chocolates a su lado, traída desde Suiza, tenía la culpa.
Moría por probarlos.
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —preguntó ella aprovechando su discusión sobre Peer Gynt terminaba. Sería educada y le devolvería el gesto amable.
Si era extraño que no supiera el suyo y él sí conociera el de ella, se debía a su coronación.
Hans sonrió de lado.
—El dieciséis de marzo.
Frunció el ceño.
—¿No es el mismo día que partiste de Arendelle? Debiste decirlo.
Él se inclinó a la mesa. —¿Qué me habrías regalado, Skaði?
Enarcó una ceja, haciéndolo reír socarrón.
—Lamenté privarme de una celebración de parte de mi pueblo, una gran forma de despedida. Me extrañarían menos.
—El único que lo hace es Skygge.
No pudo evitar suspirar al pensar en su pequeño compañero. También, apenas perceptible, la boca de Hans se movió en un amago de sonrisa. Sabía que no era indiferente a su felino, como aseguró su amigo Joseph Ross y ella descubrió al husmear.
—A él le habría gustado verte. Pero los gatos no aman el agua y…
—No podrías encerrarlo.
—En realidad solo acepta a Olaf, además de ti y de mí, y no podría atenderlo todo el viaje.
Por supuesto Skygge también tendría que viajar en una jaula y no salir de su camarote y su habitación. Sabía cómo era confinarse, aunque ella lo hiciera a sí misma después de un tiempo, y no le haría a alguien más lo mismo con sus propias manos; de modo que, si lo trasladaba alguna vez, tendría que ser yendo con Hans u Olaf.
Él asintió.
Sabía que no le había engañado. No había que ser listo para saber que a nadie le gustaría el encierro, así como para adivinar la relación consigo misma, pese a que se esforzara por mostrar lo contrario.
—La reina prescindió de su sombra en su viaje de placer.
(Si solo él supiera.)
Ese comentario fue apropiado para cambiar de tema y hablar sobre sus impresiones del museo de cera que había visitado de mañana.
Al finalizar su comida, regresaron al hotel atravesando el Jardin des Tuileries a pie, con el grillar y el hermoso color violáceo, rojizo y azulado del ocaso acompañando su travesía.
{…}
Elsa disfrutaba de un helado en una mesa del establecimiento cuando vio una figura conocida a al otro lado de la avenida, en un ómnibus.
Alfred Erikson también estaba en París.
¿Cuánta coincidencia podía existir hasta confirmar su sospecha?
Siguió disimuladamente el recorrido del transporte colectivo tirado por caballos hasta que se perdió a lo lejos. El ingeniero nunca giró el rostro en su dirección mientras gesticulaba en su plática con otro hombre, mas desconfió que no la viera; su cabello era un imán de miradas a la luz del día, aun si el sombrero para el sol le cubría una parte de él.
Oteó a varios metros para asegurarse que no apeara y saliera de alguna esquina; sintió alivio de tener gran rango de visión por la amplia calle —nada agradable para quienes intentaran barricadas.
—¿Recomendarías el lugar?
Casi pegó un salto al oír la voz de Hans, pero su instinto la hizo cerrar los puños y enderezarse con la vista al norte, encarándolo.
Su esposo juntó las cejas un segundo y después compuso una expresión burlona.
—¿Tus pensamientos merecerán una moneda?
La actitud de él consiguió relajarle su aprensión. Si Erikson se presentaba en su cercanía una tercera vez la conclusión sería definitiva y entonces demostraría por qué en ocasiones el título de la Reina del hielo no le quedaba mal.
—Tú eres quien tiene toque de Midas. —Él rió entre dientes. —Por otra parte, sí, lo recomiendo.
Pese a que el resto del helado en su plato se había derretido levemente debido al calor de junio y no lo había acabado.
—Tendré en cuenta tu refinado gusto. Ah, demonios, tenía que estar en París.
Hans soltó su imprecación observando detrás de ella y creyó adivinar a qué se refería.
NA: ¡Hola!
Usé los nombres de los sitios en francés porque me hacían menos cacafonía en el texto, solo no utilicé el de estación porque Gare es más complicado de asociar. De todas maneras: Calais tiene ese mismo nombre en español; Picardie es Picardía, donde hoy es la Alta Francia; Élysée, el Distrito VIII donde están los Campos Elíseos, zona elegante; l'Opéra de Paris es la Ópera Garnier (en 1875 comenzó a estar en ese edificio que Elsa ve); Amiens tampoco cambia, y en realidad la primera línea que iba a la Estación del Norte de París, la Gare du Nord, tenía escala en Amiens, no sabía por dónde más hubo líneas en los 80's, así que esa fue la ruta de nuestra protagonista; Palais de Tuileries, el palacio de Tullerías que hoy día no existe (en 1883 fue demolido) y solo permanece el jardín.
La París de hoy día es lo más cercano a la época de esta visita de mis retoños; Haussmann y Napoleón III la "mandaron", y esta ayudó mucho en términos de higiene, que necesitaban (aunque por la amplitud hizo difícil las barricadas que ayudaron durante la Revolución); además fue un ejemplo para otros países y contribuyó para hacer de París la metrópoli que es hoy. O sea, Francia siempre ha sido famoso, pero busquen cosas del trabajo haussmanniano y voilà, con sus pros y contras.
No es el mismo, pero el Hôtel Royal lo pensé como el Comédie-Française. Cuando no estaban los ascensores para personas, los pisos inferiores eran los mejores, mientras más escaleras tenías que subir, peor (qué chiste que ahora las suites estén hasta el cielo), por eso ellos están en el primer piso.
Por lo que entiendo, antes de diferenciarse de la masturbación en la práctica clínica del siglo XX, el onanismo se refería formalmente al acto de estimularse a uno mismo.
Me faltó esto en el capítulo correspondiente; como en los libros antiguos no hablan de necesitar la partida de nacimiento para casarse, pues dejé que Elsa no supiera la fecha de cumpleaños de Hans porque no había visto su certificado.
Peer Gynt es una obra de origen noruego de 1867. En 1882 se inauguró el primer museo de cera en París.
Comer helado en cucurucho se popularizó a partir del siglo XX, por eso Elsa no usa cono, aunque leí que en una obra de 1888 se tenía registro del cucurucho.
[Si lo desean, vayan a su buscador y pongan Belle époque: la edad dorada de París, es de NG, y se enterarán de otras cositas]
¡Y ya! Dejo para otros capítulo más información histórica.
Mi razón de escoger París no fue por motivos románticos, sino que hubo cosas de finales del siglo XIX que justificaban la presencia de Hans y otros ahí. La modernización de la ciudad por el Segundo Imperio francés y la visión de la sociedad de la época inspirada por la Tercera República Francesa, me parecieron interesantes para tener de fondo (de lo que verán más para el próximo capítulo). Asimismo, en ese entonces, según he leído, lugares que se prestaban para el "romance" eran Venecia, Viena y ciudades alemanas; obvio Francia tenía su encanto porque aparentemente eran más liberales, pero creo que nuestros tortolitos podían usar cualquier sitio y prender fuego entre los dos ja,ja.
Tengo la buena noticia de que ya escribí toda la jornada de París y el próximo capítulo lo publicaré en dos semanas, en viernes, sábado o domingo.
Bueno, pasando a partes de las escenas. ¿Quién se esperaba a Erikson ahí? Ya saben de cómo supo de la partida de Hans, aunque no lo dije muy claro; ese marinero perderá la cabeza si llega a oídos del pelirrojo. (¡Ay Troya! Recibirá de un regalito y vale madre si Hans no es griego.)
Y se recordaron, aparentemente lo admitieron de forma inconsciente ja,ja. Si casi se quitan la ropa en la planta baja del hotel.
Ahora yo suspiro, no saben cuánto pensé en la escena de Hans y Elsa con la erección matutina, siempre planeé que por su plática comenzaran a explorarse más, pero al escribir el capítulo a partir de mis borradores, me pregunté que tanto mantenía Elsa su personalidad; me pareció bien porque fue a París curiosa y entusiasmada "por su placer" (¡querías verlo!), creo que ella es ávida de conocimiento para preferirlo al bochorno y en esa ciudad ella está "alejada de lo común". Si no, un tropiezo mío.
La pequeña escena donde se toman de las manos no fue un retroceso, sí puede pasar que en la posible fecha de nacimiento de un bebé perdido entre la melancolía.
En fin, le dejo de tarea varias sutilezas. Nos veremos en el próximo capítulo, también largo.
Abrazos desde la distancia, Karo.
Guest1: No dejo de actualizar, ya estaba en edición, aunque me mareé de tanto hacerlo. Este capítulo es de casi 6 mil. Y ya tienes una idea de cuándo vendrá el otro je,je. Gracias por tu review.
Guest2: No sé si seas la misma persona, pero fuiste una persona suertuda, estaba haciendo mi nota de autora final. Espero que te gustara el capítulo. Gracias por comentar.
