Vigesimosegundo
—¡Hey!... ¡Hey! ¿Dónde vas?
—Tengo prisa, ya he acabado mi turno.
—¿Tanta prisa que sales corriendo? ¿Dónde vas?
—Eh… Me han, me han enviado un mensaje para una audición.
—¿Tienes una audición ahora? —me cuestionó comprobando como el reloj marcaba las 19:01 de la tarde.
—No, no, no es una audición, es, es una reunión del equipo de…casting que, que… —me quedé sin excusas, y con razón.
Un día entero. Me pasé la tarde y la noche del domingo viendo la televisión y comiendo pizza con Kurt, olvidándome, o al menos intentándolo de mi cita con Quinn al lunes siguiente.
La mañana no fue menos desesperante.
Me levanté a las 7 para realizar mi tanda de ejercicios antes de acudir a la conferencia de uno de mis antiguos profesores de teatro. Una hora más tarde salía dispuesta a apuntarme a la audición del casting para la obra que ya estaba en mi punto de mira, y de la cual ya me había aprendido prácticamente todo el rol del personaje al que pretendía dar vida.
A las 10 estaba en la cafetería, dispuesta a empezar el peor turno de los tres que podían tocarme. 8 horas con solo una de descanso para comer, hasta que llegasen exactamente las 19:00 de la tarde. Quería salir de allí corriendo y acabar con la ansiedad que me estaba provocando saber que iba a volver a verla, a solas. Pero Santana trató de evitarlo y a punto estuvo de descubrir mi mentira piadosa.
—Bueno, ya sabes, una reunión de actores… —continué.
—¿Una reunión de actores a esta hora? Es raro. ¿No?
—Qué se yo —traté de evadirla—. Solo sé que tengo que ir para informarme bien.
—Ok. ¿Pero regresas a cenar?
—Eh, si, supongo que sí —respondí sin saber muy bien si iba a ser verdad o no.
—Ok. ¿Entonces hablamos luego?
—¿Hablar? ¿De qué?
—¿Cómo que de qué? Ayer me dijiste que tenías algo muy importante que contarme.
—Oh, eso —balbuceé recordando cómo había olvidado por completo que ella ya sabía de mis intenciones.
—¿Qué sucede? ¿No quieres que hablemos? —me preguntó bastante confundida.
—Eh, sí, si claro. Luego cuando regrese te lo cuento. ¿De acuerdo? —dije aceptando la invitación. Para entonces ya habría aclarado todo con Quinn y sabría que debía o no contarle, por lo que el plan era perfecto.
—Ok. Pues te espero. Si no vienes a cenar al menos avísame. Tengo hambre ya, y aun me quedan dos horas aquí.
—Lo haré —le sonreí satisfecha por haber salido de aquella situación sin tener que ponerle más excusas absurdas. Y después de aquello no volví a decirle nada más, porque rápidamente abandoné la cafetería y me dispuse a recorrer las calles que me llevaban hacia la floristería.
Confieso que la relativa tranquilidad que me provocó tener medianamente controlado mi encuentro con Santana, no era suficiente como para caminar sin temblar. Sin notar esa extraña sensación en mi estómago y la presión en el pecho, como siempre que iba a verla.
Y es que en aquellas horas de trabajo estuve replanteándome mi situación con Quinn, pensando que tal vez así podría poner en orden todo lo que quería y necesitaba comentarle. Sin embargo, no sirvió de nada. No llegué a ninguna conclusión más que la de que no quería hacerle daño a Santana. Que a pesar de que me moría de ganas por seguir conociéndola de manera más íntima, no podía evitar pensar que estaba fallándole a mi mejor amiga. Y que por ello necesitaba saber que ambas, tanto Quinn como yo, sentíamos lo mismo. Que las dos estábamos dispuestas a dar el mismo paso o lo que fuera que tuviéramos que hacer para poder ser completamente sincera con Santana. O, en el caso contrario, olvidarlo por completo, como si nunca hubiera sucedido.
Y con aquellas dudas era imposible caminar firme, pero si me permitía llegar a mi objetivo apenas 10 minutos después tras recorrer las dos manzanas que separaban la cafetería de la Pequeña Gardenia.
Estaba abierta, y eso no hizo más que aumentar mis nervios. Sin embargo, no pude verla en el interior a través de los ventanales. Ni tampoco cuando me colé y el repiqueteo de la campanilla que colgaba de la puerta, marcaba mi llegada.
No me había percatado en otras ocasiones, pero la floristería era realmente acogedora. O tal vez era la iluminación que en aquella hora necesitaba para poder contemplar las decenas o centenas de flores que se agolpaban por toda la estancia.
Había tantos colores diferentes y un olor tan especial, que era imposible no sonreír. Era una sensación tan agradable que incluso llegabas a perder un poco la noción de lo que hacías allí.
—¡Hola! —murmuré acercándome hasta el mostrador. Supuse que Quinn debía hallarse en la parte trasera y no me equivoqué.
—¡Voy! —la escuché decir, y a continuación algunos sonidos que pude asociar a platos o tazas.
Esperé varios segundos, y al ver que no aparecía me decidí a darle tiempo mientras me perdía entre todas aquellas flores. Flores que me llenaban de dudas, de curiosidad. Me fue inevitable pensar en los posibles mensajes que podrían entregarse con cada una de aquellas perfectas y sublimes plantas.
—El lirio de los valles.
Ni siquiera me asustó o sorprendió. La voz de Quinn sonó con sutiliza justo cuando yo me lanzaba a descubrir el perfume de una curiosa planta que mostraba un racimo de florecillas blancas.
—El Muguete para los franceses —añadió justo cuando yo ya olía con esmero la flor. Su fragancia era simplemente impresionante.
—¿Tiene algún mensaje? —pregunté sin dejar de mirar la planta.
—Mmm, es muy típica entre los franceses, y se las regalan los enamorados para desearse buena suerte, salud… Digamos que es como un amuleto.
—Huele muy bien —susurré sin poder evitar contener la sonrisa. Y es que había llegado a un punto en el que ya nada me sorprendía de Quinn. Tenía la convicción de que sería capaz de darme alguna respuesta a cada pregunta que le hiciera sobre cualquier flor que allí hubiese—. Es hermosa —añadí girándome hacia ella. Evidentemente me equivoqué al regalarle aquel piropo a la flor y no a ella.
No sé si era yo y mi estado de embelesamiento, o tal vez las mariposas que revoloteaban en mi estómago y la falta de oxígeno en mis pulmones, pero Quinn aquella tarde estaba más hermosa que nunca. Y eso ya era complicado. No tenía ni idea, pero mirarla por primera vez y descubrirla sonriente estuvo a punto de volverme aún más loca.
¿Cuándo y cómo había llegado a aquel estado por ella? Me pregunté acercándome.
—¿Qué tal? —me dijo sin perderme de vista.
—Bien, siento, siento que sea tan tarde, pero acabo de salir de la cafetería y…
—No te preocupes —me interrumpió—. No tenía otra cosa que hacer más que esperarte —volvió a sonreírme—. Vamos, pasa dentro —me invitó señalándome hacia la trastienda.
—¿Dentro?
—Sí, ahí estaremos mejor y más tranquilas.
No hubo réplica por mi parte. De hecho, la idea me pareció perfecta. Aunque pensándolo bien, llegado ese momento cualquier opción que me regalase la oportunidad de estar con ella a solas era perfecta. Daba igual las circunstancias o la situación. A solas con Quinn era como verdaderamente lograba descubrirla, y hablar sin temor a verme acorralada por preguntas, o la curiosidad de los demás. Así que acepté la invitación, y sorteé el mostrador para colarme en el interior de la trastienda. Pero como siempre algo estaba por suceder. Aunque al menos esa vez fue algo agradable, muy agradable.
Quinn no se movió de la entrada y aprovechó justo cuando yo me detenía junto a ella dispuesta a acceder al interior, para acercarse a mí sin miedos y saludarme con un beso en la mejilla. Miento si niego que no sentí un leve rubor ascendiendo por mis mejillas, aunque no me importó en absoluto.
Muchas veces me he preguntado cómo se debe saludar a alguien a quien hace apenas un día has besado en los labios. Bien, la respuesta me llegó gracias a ella. No importaba lo que hubiese sucedido antes, un beso en la mejilla era suficiente para relajar los nervios y lograr que te sintieras en calma.
—¿Mucho trabajo? —me cuestionó justo cuando yo ya accedía a la trastienda y me encontraba a Bleu tumbado en el suelo, mordisqueando un extraño hueso de goma. Aunque no fue eso lo que me llamó la atención.
—No, bueno…Sí, la verdad es que hoy ha sido un día bastante ajetreado. Época de Navidad, época de consumo —dije tras regalarle una pequeña caricia a mi amigo y deshaciéndome del abrigo—. ¿Y tú qué tal? ¿Has vendido muchas flores hoy?
—No tantas como quisiera, pero no me quejo —me respondió dibujando una leve sonrisa al observarme. Supuse que el uniforme de la cafetería le resultaba divertido—. Llevo toda la tarde preparando unos centros para un hotel. Es, es una buena oportunidad.
—¿Para un hotel? —me interesé.
—Así es, están organizando una cena para recaudar fondos o algo así, y están buscando una floristería para decorar las mesas y demás. Si les gusta lo que estoy preparando, voy a tener bastante trabajo en los próximos meses.
—Genial. Me, me alegro mucho. Ojalá funcione —fui realmente sincera. Nada me ilusionaba más que tanto ella como Emma pudiesen salir adelante tras todo lo vivido con su abuela. Y el trabajo era necesario para ello.
—Gracias —titubeó—. Puedes, puedes sentarte. ¿Quieres tomar algo?
Exacto. Ese era el detalle que me había llamado la atención nada más acceder al interior. Encima de una pequeña mesita, frente al sofá que presidía la estancia, había una bandeja con varias tazas y una jarra humeante.
—¿Has preparado té? —cuestioné tomando asiento.
—Eh, sí, claro. Ya sabes, es lo típico —bromeó, o al menos eso intuí al verla sonreír.
—Gracias, estaré encantada de probarlo —dije sin rechazar la invitación.
Ni siquiera me apetecía, pero el simple hecho de ver como se había tomado la molestia en prepararlo me hacía imposible rechazarlo. Y eso hizo.
Quinn me ofreció una de las tazas y se dispuso a verter el humeante té.
—¿Leche? —me ofreció, pero yo negué.
—Creí que la hora del té eran las cinco, no las siete.
—La hora del té es la hora en la que te apetezca tomarlo —respondió sin dejar servírmelo—. Es igual que el café. ¿Tú tienes una hora concreta para tomarlo?
—Eh… Pues no. Lo cierto es que lo tomo a cualquier hora.
—Pues igual el té. Aunque si vas a invitar a la Reina de Inglaterra procura hacerlo a las cinco, por el protocolo y esas cosas, ya sabes.
—Ya, lo tendré en cuenta —respondí sonriente. Al igual que ella hacia mientras trataba de relajar aún más nuestro encuentro.
Aquella cita debía ser para aclarar puntos no para crearnos más tensiones. Sin embargo, era inevitable no notar como cada dos o tres segundos el silencio nos invadía, y las dudas no regalaban una extraña timidez.
Lo peor de aquello, es que el silencio que nos acompañó mientras Quinn servía las tazas se prolongó más de la cuenta. Tanto que cuanto más lo pensábamos menos iniciativa teníamos.
Yo quería.
Quería empezar a hablar y que la conversación comenzase a fluir entre nosotras, pero no conseguía ordenar en mi mente lo que pretendía contarle. Estaba exactamente igual que estuve durante todo el día, con la necesidad de hablar con ella, pero sin saber de qué.
Por suerte Quinn tuvo más capacidad que yo en aquel instante, y tras dejar escapar varios suspiros y tocarse el pelo con nerviosismo, logró encontrar las palabras.
—Veras Rachel. Yo, yo realmente no sé cómo, cómo…
—¿Por qué estamos tan nerviosas? —la interrumpí al ver cómo volvía a atascarse.
—Pues no lo sé —musitó dejando escapar otro suspiro—, pero creo que se me va a salir el corazón. Y tenerte ahí sentada, con ese uniforme, no ayuda demasiado.
—Oh. Pero, lo siento, yo…
—Estaba bromeando —interrumpió ante mi extraño balbuceo—. Bueno, quiero decir que estaba bromeando, pero no significa que no estés preciosa así vestida. Ya, ya sabes —titubeó en un vago intento por evitar que la confusión se apoderase de mí—. Santana tiene buen gusto para elegir los uniformes, sin duda.
Ella. Santana tuvo la clave para que yo volviera a centrarme y no dejarme llevar por los halagos de Quinn. Era por ella por quien estaba allí, y era por ella por quien debía solucionar lo que me pasaba con la británica.
—Ok, vamos, vamos a tranquilizarnos. No tenemos nada que temer, hemos, hemos quedado para hablar y aclarar lo que nos sucede. Así que no debe de ser muy difícil —dije tratando de mostrarme serena.
—Para mí lo es —musitó segundos antes de dar el primero de los sorbos al té, y yo la imité—. Para mí es difícil explicarte mi situación, Rachel.
—¿Por qué?
—Pues, porque no suelo hablar de mis sentimientos. No me gusta contar lo que, bueno, no me gusta hablar de mí. Aunque no lo parezca. Y creo que va siendo hora de ser honestas de una vez.
—Ok, te entiendo. No sé, tal vez debería empezar yo, así, así tú te organizas y…
—No —me interrumpió tomando una bocanada de aire—. No somos adolescentes. Déjame que te lo explique, que te hable de todo lo que me sucede desde el principio.
—¿Desde el principio?
—Desde que tenía 13 años —añadió desconcertándome.
—¿Qué? ¿Desde que tenías 13 años? —repetí extrañada.
—Sí. Porque lo que me sucede contigo es el resultado de toda mi vida. Y no puedo explicarte lo que me sucede si no te cuento desde el principio, lo cierto es que no sido del todo sincera contigo en estos días.
—Eh, ok —respondí sin dejar de centrarme en su mirada. Aunque ella me esquivaba constantemente—. Si es lo que deseas, adelante —la invité a que comenzara, a que dejase a un lado aquellos extraños nervios que no hacían más que obligarla a tocarse el pelo, y a mover su pierna continuamente. Tanto que empezaba a contagiarme a mí.
Quinn tomó asiento a mi lado y tras esperar varios segundos más, comenzó a relatar. Y de pronto sentí como todo se volvía terriblemente acogedor en aquella salita. Su voz hizo el resto.
—¿Recuerdas que te dije que abandoné el ballet por el futbol?
—Ajam…
—Bien, el motivo por el que hice eso fue por… por una chica— suspiró pesadamente—. Cuando, cuando estaba en el colegio no era una niña demasiado social, tenía bastantes problemas de adaptación y muchísimos complejos.
—¿Complejos? —dije sin poder creerla.
—Sí —me miró—. He sido una persona muy introvertida, muy tímida y, eso me provocaba una serie de complejos que me evitaban mantener relaciones sociales como cualquier otra chica o chico. De hecho, ese fue el motivo por el que mi madre me llevó a clases de ballet. Según dice, cuando estaba en la guardería jugaba siempre a solas, nunca prestaba atención a los otros niños —sonrió con desgana—. Era todo un espécimen de niña rara, y pensó que al acudir a esas actividades tendría más oportunidad de relacionarme.
—Oh, entiendo.
—Lo cierto es que cuando pasaron los años conocí a una chica en el colegio, y esta chica practicaba el futbol. Yo apenas hablaba con ella. De hecho, me daba vergüenza hacerlo —sonrió tímidamente—. Así que para poder ser su amiga decidí que quería dejar el ballet y jugar al futbol. Fue mi perdición. Yo no, yo no sabía que mi interés en hablar con aquella chica era atracción. Me hacía mayor y era más consciente de que me gustaba una chica. ¿Recuerdas lo que hablábamos en tu casa sobre sentir el impulso de besar a alguien y hacerlo?
Asentí evitando interrumpirla.
—Pues yo tenía ese impulso constantemente con ella, pero no me lanzaba. No te haces una idea de cómo me sentía, creía que si mis padres se enteraban me echarían de casa. Así que, así que decidí ocultarlo, olvidarme de esa atracción y tratar de hacer lo que hacían las demás chicas. ¿Y sabes qué? Gracias a eso logré relacionarme más, logré tener amigas y ser normal —musitó apenada.
—¿Normal? ¿Ser homosexual es ser anormal?
—Rachel, era una cría, pensaba que ser homosexual estaba mal.
—¿Y no se lo dijiste a esa chica? —le cuestioné lamentándome al descubrir que Quinn no había tenido la misma educación tolerante que yo.
—No, nunca —respondió después de volver a beber—. No sé, digamos que me obligué tanto a ello, que incluso logré olvidarlo. O al menos no prestarle atención. Empecé a salir con chicos y bueno, era una adolescente, no había nada serio, solo algunos besos y ya está. Así que no me suponía ningún trauma fingir que aquello era lo que quería.
—¿Y Sam? —no pude evitar preguntarle. La curiosidad me invadió por completo.
—A Sam lo conocí cuando fui a la Universidad, y sí, en el caso de que te estés preguntando si de verdad me enamoré o solo era una tapadera, te diré que sí. Me enamoré de él. Estaba loca por él —añadió con un halo de añoranza que llegó a perjudicarme—. Pero mis dudas siempre existieron, y cuando me vine aquí supe que no tenía sentido. No podía entregarme por completo a una persona, si no estaba segura de querer estar con él. Y verme en Nueva York, sin la presencia de mi familia ni de mis amigos, me permitió sentirme un poco más libre. No sé si me explico. Aquí podía hacer y deshacer a mi antojo, sin miedo a lo que pudieran decirme o a provocar algún mal. Así que decidí acabar con Sam y empezar desde cero, siendo yo misma.
—¿Y lo has conseguido? ¿Has logrado ser tú misma?
—Hasta hace dos meses estaba convencida de que no sería feliz nunca. Que no encontraría a nadie que me hiciera perder la cabeza, y menos aún que fuese una chica —respondió mirándome fijamente a los ojos—. He, he conocido a varias desde que estoy en esta ciudad, y no conseguía sentirme fuerte, ni con ganas de buscar algo más. Seguía aterrorizada por dar ese paso. Hasta que un buen jueves, o desastroso según tú, tras discutir con Emma por ver quien sacaba a pasear a Bleu, me encontré con una chica que me desconcertó, y me hizo comprender que la suerte aparece en el momento menos esperado.
—¿Hablas de, de mí? —balbuceé sin poder asimilarlo.
—Te, te juro que cuando te encontré allí, junto al teatro, me moría de ganas por presentarme, por pedirte el teléfono o invitarte a tomar algo. No sé qué fue, Rachel, pero me resultaste tan jodidamente adorable que creí que no tenía razón al pensar que el mundo apestaba. Que jamás sería feliz. Todo, mi mal humor, mis malas experiencias y mi enfado con el mundo quedaron a un lado cuando te vi allí, asustada porque Bleu simplemente te miraba.
—¿Y por qué no me diste tu nombre? ¿Por qué no me dijiste nada?
—¿Qué querías que te dijese? Hola, soy Quinn Fabray, estoy completamente loca y soy bastante rara, pero acabo de verte dos minutos y me encantaría conocerte y salir a tomar algo contigo —bromeó—. ¿Querías que te dijese eso? Si lo hago habrías tenido más miedo que el que te provocó Bleu. Y lo cierto es que estaba tan idiotizada por ti, que ni siquiera pensé en nada. Me quedé como una estúpida mirándote y te dejé ir sin más.
—¿Y los otros días? ¿Por qué no me lo dijiste cuando nos encontramos de nuevo? Solo hemos discutido desde entonces.
—Rachel, después de aquel jueves, pasé varios días seguidos por el teatro con la esperanza de volverme a cruzar contigo. Pero no sucedió. De hecho, pensé que no iba a volver a verte nunca más. Y de pronto apareces ahí fuera discutiendo con mi hermana. ¿Te haces una idea de cómo me sentí?
—Pues, pues no la verdad. Yo solo sé que me sorprendió volver a encontrarte. Fue extraño.
—Lo fue, y duro.
—¿Duro? ¿Fue duro volverme a ver?
—Fue duro para mí ver cómo Bleu se comía unos bombones que eran para alguien especial. Fue una decepción descubrir que ya tenías a alguien en tu vida —susurró desviando la mirada hacia la taza—. Pensé que de nuevo volvería a quedarme con las ganas de conocer a alguien que me llamase la atención, y lanzarme.
—¿Y por qué siempre me estabas peleando? ¿Por qué me has tratado tan mal si sentías, sentías eso? —mascullé sin poder creer que hablaba de sentimientos más profundos de los que yo podía imaginar.
—Porque me daba rabia. El día que me lanzaste el café estaba pasándolo mal por mi abuela, y para colmo, tú estabas allí y me ignorabas. Perdí la paciencia.
—Sabes que fue un accidente —le repliqué tratando de suavizar un poco la tensión.
—Lo sé, pero aun así no pude evitar explotar. Y ya sabes que lo siento.
—¿Y los demás días? ¿Tanta rabia te provocaba?
—Es, es extraño Rachel. Aquella tarde conocí a Santana y vi que estaba interesada. Acepté su invitación porque quise creer que tal vez podría intentar conocerla. No sé, es, es guapa, sexy, inteligente, no perdía nada. Y, además, pensé que me podría ayudar a no obsesionarme contigo —volvió a sonreír al tiempo que se lamentaba—. Y cuando había quedado con ella para tener una cita, ¡zas! Apareces tú de nuevo bajo la tormenta. No podía creerlo, Rachel. Eras como, como un imán. Me atraías a ti y cuando estaba cerca, había algo que me lanzaba lejos. Nunca me pasó algo así con nadie, y te aseguro que he intentado por todos los medios aceptar que entre tú y yo no podía pasar nada. Pero no me convencía en absoluto.
Te miraba y pensaba, ignórala, es absurdo, y en vez de eso te trataba mal, porque me daba rabia. Me jodía demasiado que la vida me estuviese poniendo constantemente delante de ti, y tú ya tuvieras tu vida perfectamente planeada junto a… Bueno, junto a él —evitó mencionar a Brian.
Llegué a creer que discutir contigo era lo mejor para no sentirme atraída. Pero siempre hacías o decías algo que rompía cualquier intento mío por poner esa barrera. Trataba de huir y tú te empeñabas en mantenerme cerca. Para colmo me preguntabas si era lesbiana y yo me sentía peor.
—Yo, yo no he hecho o dicho nada para hacerte mal, Quinn. Te lo prometo.
—Lo sé, y por eso cada día que pasaba, pensaba más y más en ti. Te aseguro que no he querido hacerte daño. Ni tampoco quiero crearte problemas ni que lo pases mal. Me, me lancé a besarte en el baño porque realmente temí por no volver a verte. Porque creí que iba a ser la última oportunidad de decirte lo que me sucedía. Y con la rabia y sin palabras, solo me salió besarte.
Te aseguro que no lo pasé nada bien en aquel día. No después de ver que te habías marchado de la cafetería por mí culpa. De hecho, creo que Santana empezó a creer que estaba loca, porque no podía parar de preguntarle por ti. Tenía, tenía miedo de veras, Rachel.
—Y si tenías miedo, ¿por qué seguías tratándome así? ¿Por qué no me dijiste lo que realmente te sucedía cuando fui hasta tu casa? Te recuerdo que me negaste que sintieras algo por mí.
—¿Para qué querías que te lo dijese? —se puso seria— Habías venido a decirme que no comentara nada del beso a Santana. Era obvio que te preocupaba más ella que yo o que tú misma, así que no tenía sentido llenarte la cabeza con más preocupaciones.
—Pero…
—¿Hubieras preferido que te dijera que estaba loca por ti? ¿Qué habrías hecho? Si incluso me preguntaste si estaba bromeando o no cuando te dije que te quedaras a dormir.
—Tal vez todo habría sido diferente —musité.
—¿Diferente? ¿En qué sentido?
—Pues, tal vez habría asimilado antes que a mí también me suceden cosas contigo —fui sincera, y sé que le sorprendió que lo hiciera de forma tan directa—. Discutir contigo solo ha provocado que pensara en ti constantemente, Quinn. Ni siquiera sabía por qué, pero lo hacía. Veía aparecer a Santana y solo pensaba, ¿habrá estado con ella? ¿Dónde estarán? ¿Por qué me ha dicho tal o cual cosa? ¿Por qué me ridiculiza? ¿Estará bien? Jamás en mi vida había pensado tanto en alguien, y te aseguro que soy bastante obsesiva cuando me enamoro.
—¿Enamoras? ¿Te has enamorado? —cuestionó y yo a punto estuve de perder la consciencia.
Quise responder rápidamente, pero las palabras no me salían. Básicamente porque no tenía ni idea de qué decir. Era evidente que Quinn me gustaba, y mucho más de lo que podía llegar a asimilar, pero, de ahí a enamorarme aún faltaba. ¿O no?
—¿Te has enamorado de mí? —preguntó con una leve mueca de ilusión reflejada en su rostro.
—Eh, no, no lo sé —balbuceé tratando de ser honesta conmigo misma y con ella—. No tengo ni idea Quinn. De hecho, llevo dos días pensando qué diablos me sucede contigo y no sé cómo describirlo. Solo sé que, que me gusta cuando estamos así, cuando no discutimos, y me miras como me has mirado ahora al quitarme el abrigo. O cuando me invitas a comer a un bar inglés —traté de bromear, pero Quinn no estaba demasiado concentrada en eso. De hecho, se limitaba a mirarme directamente a los ojos, tal vez tratando de asimilar también mis palabras—. Quinn —continué tras llenar de nuevo mis pulmones con oxígeno —. Me gustas, y no puedo evitarlo. Me gustas de una manera más, más especial que como te puede gustar una amiga, o alguien a quien solo encuentras atractivo. Y realmente no, no sé qué hacer con esto que me pasa.
—¿Intentarlo? —musitó ella tomando mi mano—. Si te gusto tal vez deberíamos intentarlo. ¿No crees?
—Ese es el problema —dije recordando el motivo que me había llevado hasta allí.
—¿Qué problema? ¿Es por Brian?
—Es por Santana —corregí.
—Pero, yo ya te he dicho que no tengo nada con ella.
—Acabas de confesarme que intentaste conocerla para probar…
—Lo intenté, pero estabas tú. Rachel, es cierto, tal vez si no te hubiese conocido, ahora estaría dándole una oportunidad a Santana. O, tal vez me habría acostado con ella una vez y ya. Que se yo. Pero lo cierto es que eso no ha sucedido por ti. No siento nada por ella, más que lo que puedes sentir por una amiga.
—Pero, pero sabes que ella si…
—Ella solo quiere meterme en su cama —volvió a acariciar mi mano—. Me lo dijo, fue sincera conmigo y yo le dije que eso no iba a suceder. Todo está claro entre nosotras, Rachel. Si sigue queriendo ser mi amiga, es porque le intereso como amiga, no como posible, bueno, ya sabes.
—Ok. Entonces… ¿Qué hacemos? —cuestioné casi sin voz. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo al aceptar aquello, pero no podía no hacerlo—. No quiero tener que contarle todo a Santana si no es algo serio.
—Me encantaría conocerte más. Me encantaría poder salir a cenar, al cine, o a pasear contigo. Me, me encantaría que me conocieras y poder ayudarte a entender que es eso que te sucede conmigo. Tal vez solo sea curiosidad, y decidas que estar de esa forma con una chica no es lo tuyo, pero yo estoy dispuesta a arriesgarme. No quiero perderme otra oportunidad, Rachel. Y tú me gustas. Me gustas mucho.
—Esto, esto es oficial —musité sin poder evitar que de nuevo el calor me inundara—. ¿Quieres que intentemos ser algo más?
—Quiero que nos conozcamos —dijo ella sin perder la sonrisa—. No tenemos que adelantar nada. Solo deja que me acerque a ti, déjame que pueda demostrarte que realmente no soy la estúpida que te trataba mal.
—Supongo, supongo que no tengo nada que perder —dije sin saber muy bien cómo actuar.
—Todo el mundo debe tener el derecho y la oportunidad de lograr lo que desea y quiere en su vida. El amor no es la excepción. Si no funciona, si no estamos a gusto conociéndonos, podemos hablar. Somos personas sensatas y estoy segura de que podemos llegar a buen puerto.
—Su…supongo que sí —balbuceé —, pero yo, yo también te quiero pedir algo a cambio.
—Si me vas a pedir que acepte que sientes algo por Brian, no tienes que hacerlo. Soy consciente de ello y no me importa. Si me das la oportunidad de conocernos, puedo competir con él.
—No, no, no estaba pensando en Brian —respondí sin ni siquiera creer lo que decía. De hecho, no había pensado en él en los últimos días.
—¿Entones? ¿Qué te preocupa?
—Me preocupa Santana —volví a insistir—, y sí, ya me has dicho que entre vosotras todo está claro y, bueno, no hay nada. Pero ella es mi amiga, y yo sé que cuando se enteré de lo que estamos haciendo no lo va a aceptar demasiado bien.
—¿Y qué puedo hacer para que eso no suceda? ¿Quieres que me aleje de ella?
—No, no —la interrumpí rápidamente—. Solo necesito que me prometas que no le vas a decir nada, que vas a dejar que yo se lo explique cuando sea el momento justo.
—Ok, tienes mi palabra. Seguiré comportándome igual con ella.
—Bien —respondí recuperando los nervios. Y es que, aunque ya todo estaba claro entre nosotras, y Santana no iba a enterarse antes de que yo se lo dijera, el simple hecho de tener todo atado lograba provocarme aquella sensación de nerviosismo.
¿Qué debía hacer a partir de entonces? Tenía a Quinn a mi lado, acariciándome la mano sin cesar y ofreciéndome tranquilidad, mientras me confesaba que sentía cosas por mí, que tuvo una especie de flechazo conmigo el día que nos vimos por primera vez. Aquel día en el que la fiebre me regalaba mi aspecto más tétrico y un herpes de adueñaba de mi labio. Cuando la tos evitó que lograse superar la audición para Funny Girl, y el mal humor acumulado de todo un día me hacía terriblemente insoportable. El peor día de mi vida, fue el mejor para Quinn. Era tan complejo y extraño que me iba a costar asimilarlo mucho tiempo. Sin embargo, allí, en aquel instante, debía actuar de alguna manera para continuar con lo que estaba sucediendo.
—Supongo, supongo que debería marcharme —dije por decir algo. Lo cierto es que no me apetecía en absoluto salir de allí.
—¿Ya? ¿No tienes más dudas? ¿No quieres que hablemos más o…?
—No quiero entretenerte demasiado. Estás trabajando —le interrumpí al recordar que la floristería seguía abierta.
—Lo cierto es que ya debería estar cerrando— respondió al percatarse de la hora —. Mmm ahora es el turno de Bleu.
—¿El turno de Bleu?
—Sí —sonrió divertida—. Emma está en un concierto de jazz o algo así, y no me queda más remedio que sacar a pasear al campeón —miró hacia el perro.
—Pues a pesar de lo que puedas pensar, creo que es un buen plan.
—Si tan buen plan te parece —musitó segundos antes de tomarse el resto de té que quedaba en su taza —podrías acompañarme. Si no estás muy cansada. ¿Claro?
—No, claro, te acompaño —dije sin pensar.
—¿Sí? ¿Te apetece?
—Sí. Me apetece, es más, el otro día me quedé con unas ganas terribles de comer esas patatas asadas del Holy Bush. Tal vez podríamos…
—¿Quieres que cenemos? —me cuestionó sorprendida por mi impulso.
—Son, son las 20:15, y llevo sin comer nada desde la 13. Creo que va siendo hora de cenar. ¿No crees?
—Perfecto —dijo ella recuperando una sonrisa que yo ya había empezado a extrañar. Una sonrisa que me contagió y logró que aquellos repentinos nervios se esfumasen definitivamente de mi cuerpo, permitiéndome pasar más tiempo a su lado y disfrutar de una cena que bien tenía merecida.
Dejó de importarme todo lo que podría hacerme sentir mal. No pensé en que, sin planearlo, estaba empezando a conocer a una chica, y no para ser su amiga precisamente. No pensé en que pasear junto a ella y jugar con Bleu en el parque me iba a lanzar a un abismo del que me iba a ser complicado escapar. No pensé ni siquiera en que en aquel bar podría estar el mismo psicópata que me quería comer con la mirada, y me iba a volver a encontrar con mi perfecto y ajustado uniforme de la cafetería. De hecho, ni siquiera pensé en que Santana aquella noche se le iba a enfriar la cena que había preparado para mí, mientras me esperaba pacientemente en el sofá. Por primera vez en mi vida no pensé en nada ni en nadie, solo en mí.
