¿Existía acaso algo más falaz que el resentimiento y el silencio?
Evidentemente, ambos contaban con estos conceptos tatuados en su piel de cristal.
Aún sabiendo que nada de lo que estaban haciendo podría ser lo correcto, decidieron continuar
La lluvia les otorgaba el ambiente perfecto para demostrar que, en el fondo de sus corazones, guardaban un atisbo de amor para su pareja.
Cada beso, cada caricia...
Formaba parte de un círculo de cariño que permanecía vivo en su alma.
Por un instante, olvidaron el motivo por el cual se habían distanciado. Mejor dicho, la razón por la cual Temari había abandonado a Shikamaru después de descubrir su infidelidad.
No existía terceros en discordia, ni rencores.
Eran el amor puro expresado en su máximo nivel.
Shikamaru sentía miedo. Temari siempre fue impredecible, pero su propuesta lo dejó atónito. Él creía que le reprocharía o, en su defecto, lo ignoraría y lo echaría fuera de la casa.
Pero no fue así.
Temari lo dejó pasar. Allí se percató de la soledad que acaecía en su espíritu.
Rodeada de tantos libros, notó su afán por querer esquivar la realidad.
Sumergida en un océano de dolor, amor y un tortuoso recuerdo, Temari dio rienda suelta a sus propios deseos.
Jamás había desautorizado de esa manera a su orgullo, coronando así a sus bajos instintos.
—Podría hacerlo una y mil veces, amor... —expresó en tono cansino. Sus ojos denotaban la falta de descanso y la soledad.
Había llorado. Eso era evidente.
A pesar de que sólo habían pasado unos meses, la herida no sanaría inmediatamente.
Fueron años que no podrían reemplazar con ningún otro recuerdo.
Ambos ocupaban un sitio privilegiado en el corazón del otro y, por ese motivo, Temari estaba tan destrozada.
Los cimientos que forjaron sus ideas de amor cayeron intempestivamente. Nada podría arreglarlo. Era imposible.
Salvo que...
—Dejame comprobarlo—desafió en su típico tono soberbio. Su confianza en sí misma había adquirido un crecimiento exponencial.
En ese juego, Temari no se dejaría vencer.
Y Shikamaru no sabía perder...
El Nara permitió que su esposa le quitara las prendas que habían sido víctimas de la tormenta.
Su cuerpo se había enfriado, pero al sentir sus manos recorriendo sus sitios más sensibles, el calor regresó inmediatamente.
Había olvidado qué sentía su cuerpo al ser tocado. No recordaba cuán feliz era al ser besado.
Shikamaru lo tenía absolutamente todo en sus manos y lo tiró a la basura sin tener un motivo de peso.
La rubia se encargó de soltar el cabello de Shikamaru y de secarlo con la toalla.
Se acercó intencionalmente a su cuello y lo besó con ternura.
Ambos cerraron sus ojos y silenciaron sus mentes.
Las suaves manos de Temari acariciaban el abdomen desnudo de su esposo y comprobaban que aún tenían el poder de despertar la piloerección.
Una sutil sonrisa se hacía notar en el rostro de la Sabaku No.
Inmóvil, Shikamaru sólo se limitaba a jadear y contener su desesperación por demostrarle a Temari cuán arrepentido estaba de engañarla.
—¿Aún tenés pensado seguir con esto? —susurró y detuvo su mano en el cierre del pantalón del Nara.
Shikamaru no quería volver a equivocarse. Temari usaría cualquier palabra que saliera de sus labios y lo usaría en su contra, claramente.
Estaba en una vil desventaja y sólo podía optar por ceder al juego de su esposa.
—Hasta donde seas capaz de soportarme, porque no pienso darme por vencido—espetó y sujetó la cintura de su esposa. Levantó su mentón y ambos cruzaron miradas. Ella sonreía. Él también.
—No perderé, Shikamaru. Nunca más... —respondió la rubia con un deje de superioridad.
Shikamaru la guiaba hasta su cama, pero su maniobra fue desviada por la observación de Temari.
Ella arrojó al Nara y fue despojándolo de todo lo que cubría su cuerpo: zapatos, pantalón y...
—Noto que conservás tu erección tal como lo imaginaba... —ironizó Temari al mirarle fijamente la entrepierna.
Shikamaru se sentó rápidamente y, con una clara expresión de molestia, respondió:
—Aún sigo en carrera, amor. Mientras él siga despertándose, podré utilizarlo las veces que lo desee.
Así de frustrante era la vida y la realidad.
Así de cruel era el amor.
—Supongo que esa estúpida rubia no conoció ningún punto débil tuyo—espetó con resquemor.
Así jugaba Temari. Podría considerarse tramposa, pero a los ojos de Shikamaru no existía una mejor estratega que ella.
Enmudecido, él la miró con tristeza. Conocía muchas facetas de Temari, pero no entendía esta última.
Sin dudarlo, Temari quitó sus prendas con rabia. Sus expresiones mostraban la rudeza de sus actitudes.
Se abalanzó a Shikamaru, ubicándose justo encima de él.
Sólo así podía controlarlo...
El Nara masajeaba sus senos con suavidad. Deseaba que ese momento no terminara jamás.
Temari besaba su pecho y, con una de sus manos, sujetó el miembro erecto del moreno.
Él jadeó, ella utilizó su otra mano para callarlo y poder así lograr su cometido.
Con un ligero movimiento, a la velocidad adecuada a la situación y a su propia interpretación de aquel encuentro, Temari motivaba su instinto con la desesperación del Nara.
—Ay, Tem... —jadeaba bajo su mano. Ella lo quitó un instante para oír sus gemidos y notó cuán excitado estaba al verse dominado por la rubia.
Ella lo estimulaba con una estupenda rapidez, dejando tan tieso el miembro que a Shikamaru comenzaba a molestarle.
—No sigas... —suplicaba y mordía sus labios— o no podré...
Definitivamente, no pudo finalizar su frase.
Temari había ubicado su miembro en su interior y Shikamaru no se había percatado de aquel movimiento.
Las caderas de la rubia danzaban con premura. Tanto ella como él deseaban terminar y, al mismo tiempo, continuar.
Shikamaru contempló el cuerpo extasiado de Temari y sonrió al sentir su tersa piel junto a la suya.
Ubicó sus manos en los muslos de la rubia y siguió el ritmo que ella había adquirido.
Ambos gemían sin pudor.
Estaban entregados al placer.
—Maldición... –espetó Temari al notar que su cuerpo gozaba más de lo que había imaginado.
—No puedo más, Tem. No podré contenerme... —musitó Shikamaru y volteó el tablero a su favor.
Sin separarse, Shikamaru tomó la iniciativa, dejando a su esposa bajo su cuerpo. Él tenía el control de la situación, siendo capaz de cumplir con la promesa que le había hecho minutos antes.
Con una pasión desenfrenada, embistió a Temari y los gritos de su esposa se descontrolaban cada vez más.
Una y otra vez, Shikamaru contó cuántas veces se desveló pensando cómo podría recuperar su matrimonio.
Cada estocada era clave. Él no cedería.
Temari yacía exhausta debido a tanto placer recibido de su parte. Shikamaru estaba al borde del abismo.
—No olvides cuánto te amo, Tem... —susurró y terminó su combate completamente cansado.
Shikamaru observó el rostro de Temari. Ella lloraba y trataba de ocultarlo.
Sin embargo, él prefirió no preguntarle nada.
—Te amo, Temari. Haré lo que sea por vos, no importa cuánto me odies, yo siempre te amaré y lucharé para reconstruir nuestro matrimonio.
Esta vez, no lo disimuló.
Temari dejó caer sus lágrimas y su esposo las secó.
Su decisión estaba tomada.
Matsuri se sentía acompañada. Aunque era extraña la situación, no le molestaba que Kankuro se quedara en su casa y pasaran el día juntos.
Kankuro se destacaba por cocinar con mucha pasión y sus resultados eran excelentes.
Pero eso sólo contemplaba a las comidas chatarras.
Ambos comían hamburguesas preparadas por el Sabaku No.
Habían llenado la cocina de humo y, por ese motivo, la castaña abrió la ventana.
En aquel momento se dio cuenta de la tormenta que azotaba a Konoha.
Se quedó un buen rato contemplando la lluvia, pensando en cómo su vida se había apagado tan rápidamente.
—Mi madre solía decir que cuando el día estaba lluvioso, un alma estaba triste—exclamó Kankuro con tranquilidad.
Era gracioso verlo con su delantal de cocina puesto. Así de despreocupado era Kankuro.
No le importaba tener que vestirse de lo que fuera con tal de ver sonreír a la gente.
Sin embargo, el Sabaku No estaba seguro de que, por más que Matsuri riera, ella no era feliz.
Él no podía hacer caso omiso a eso. Era frustrante para Kankuro que todo esto se debía a su propio proceder.
—Mi abuelo pensaba lo mismo. A lo mejor, eso sí es cierto... —respondió con un deje de tristeza.
A decir verdad, Matsuri deseaba que fuera Gaara quien estuviera allí, acompañándola.
—Las heridas del corazón duelen mucho más que cualquier herida superficial—exclamó de repente, captando la atención de la castaña. Una lágrima había caído y la secó de inmediato.
Ella había oído esa misma frase anteriormente.
—No sangra, pero el dolor es inmensamente insoportable. El portador de esa herida se consume a lo largo del tiempo... —acotó la castaña, sorprendiendo a Kankuro.
Ambos contemplaban la lluvia y suspiraban.
La mirada apagada de Matsuri le indicaba cuánta tristeza guardaba.
—Gaara solía decírmelo de niña. No lo he olvidado... —Kankuro notó una sutil sonrisa dibujada en su rostro.
Por más que se sintiera molesto, le agradaba verla así.
—Ese niño parece un tonto, pero es mucho más romántico que Temari o yo... —argumentó y soltó un pesado suspiro que no pasó desapercibido para Matsuri.
—Puede ser... —respondió. Si ahondaban en temas amorosos, podría quedar en evidencia y eso no sería favorable para ella.
—Gaara me confesó hace mucho tiempo que estaba enamorado de alguien. Creo que fue algún tiempo después de conocerte—las intenciones de Kankuro comenzaban a tomar forma. Él estaba dispuesto a adentrarse en un terreno complejo.
—¿Hum?—inquirió la castaña, desentendiéndose de la situación.
—Y bueno, él jamás me reveló el nombre de la chica—resopló —. Como un horrible hermano competitivo, acabé diciéndole lo que sentía por vos y eso se acentuó aún más.
Matsuri tragó saliva. Tenía miedo por lo que estaba por oír, pero necesitaba enfrentarlo.
—Más allá de lo sucedido, Matsu, quería disculparme y dejarte en claro que fue un error eso que te dije—exclamó y miró directamente a la chica—. Está más que claro que jamás podrías verme tal como yo a vos y debo conformarme con ser el amigo que siempre fui.
Matsuri era demasiado sensible en temas del amor.
Las novelas románticas y el drama eran los complementos explosivos en su vida.
—No me importará ser tu amigo si eso me permite continuar a tu lado. Aunque esto me duela, seré feliz con ver que vos sí lo seas...
—Kankuro, pero qué...
—Sé perfectamente que yo no podré ocupar un sitio privilegiado en tu corazón. Y lo acepto.
Matsuri estaba desconcertada. No esperaba tal confesión del Sabaku No.
—Sé que tanto Gaara como yo somos la familia que no tuviste, esos hermanos que deseaste tener y...
La carga era demasiado pesada para su débil cuerpo. Su corazón lo toleró hasta cierto punto.
Las palabras de Kankuro se perdían en su oído. Ya no lo escuchaba.
Odiaba la crueldad del amor. Quería desligarse de esa responsabilidad.
—Por eso...
—¡Estoy enamorada de tu hermano, Kankuro! —expresó con todo el dolor del mundo.
Matsuri había cerrado sus ojos. La culpa no le permitía verlo directamente.
Y eso era porque ella se había convertido en su verdugo, la mujer por la cual los hermanos Sabaku No estarían dispuestos a luchar.
Después de una película erotica, Kakashi había traído el postre.
Sakura lo esperaba sentada en el futon azul.
Ella se había vestido nuevamente, Kakashi sólo se había colocado las prendas inferiores.
El peliplata regresó con un recipiente repleto de crema batida y frutillas cortadas a la mitad.
Los ojos de Sakura se perdieron en el postre y Kakashi rió al verla.
—No olvido cuánto te gustaba comer esto—espetó y se sentó a su lado.
—Sos cruel, pero justo—referenció e intentó tomar una.
Kakashi detuvo su intención.
—No arruines mi sorpresa, niña... —regañó y la pelirrosa infló sus mejillas, avalando aquella broma.
Kakashi tomó la mitad de una de las fresas y la cargó con mucha crema.
—¿No pensás que es demasiado para que lo coma? —inquirió, desconcertada.
—¿Quién te dijo que vos lo comerías? —exclamó con seguridad.
Con una de las manos, Kakashi levantó el vestido de la pelirrosa, notando que no llevaba nada más que eso.
—Sabía que no habías perdido tu toque, princesa—espetó con picardía.
Kakashi depositó un camino blanco a lo largo de su muslo, llegando estratégicamente a su entrepierna.
Nerviosa por la sorpresa, Sakura se movía.
—¿Qué es lo que...? —exclamó y vio cómo el peliplata dirigía su rostro a la zona más sensible de todo su cuerpo.
—Es suficiente de mí por hoy. Vos sos la cumpleañera y me propuse darte todo el placer que pueda para mostrarte que yo puedo ser mejor que ese tonto niño.
Kakashi aún estaba resentido por Sasuke.
Sin embargo, esos pequeños placeres sólo eran exclusivos para el Hatake.
Con su lengua, barrió el rastro de crema que había dejado en las piernas de la pelirrosa.
Estremecida por cómo lograba despertar sus bajos instintos, ella se limitó a observar.
Con sus intenciones claras, el peliplata ubicó a la chica en la posición perfecta para alcanzar su objetivo.
Abrió sus piernas con ahínco y las besó ávidamente hasta llegar al punto que deseaba.
Su rostro, hundido en aquel rincón lujurioso que no podía olvidar, fue testigo de la excitación máxima de Sakura.
Su lengua estimulaba magistralmente cada rincón de su intimidad.
Su cuerpo se tensaba y se electrizaba.
Él sentía que se quemaba aún más en aquella hoguera.
Sakura acariciaba el cabello del Hatake mientras él obraba entre sus piernas. Su humedad era cada vez más intensa, sabía que eso le gustaba mucho más que cualquier posición sexual.
Sabía que el tiempo era limitado, así que trató de darle el mejor estímulo, jugueteando con suavidad y rapidez.
Su cavidad pedía por él, lo sabía a la perfección.
La saboreaba. Seguía siendo tan deliciosa como lo recordaba.
Deseaba no haber perdido contacto con ella y poder continuar con sus encuentros por mucho más tiempo.
Sin embargo, así fueron las cosas.
Ahora ella era una mujer que estaba saliendo con otro hombre y él, su juguete.
Kakashi sabía que eso acabaría más temprano que tarde, así que no dudó más.
Cuando notó que Sakura gemía más de lo que solía hacerlo, fue quitándose la ropa sin que lo notara.
La pelirrosa arquea a su espalda, deseosa de ser poseída por aquel demonio que la tentaba a pecar desde tiempos inmemoriales.
Kakashi no lo toleraba. Se sentía completamente molesto y eso se lo demostraba en cada encuentro.
Se sentó en el futón y ubicó a Sakura encima suyo. Ella, sin dudar un instante, se fusionó perfectamente con el miembro que hervía de pasión. Aunque se sintiera algo incómoda por la posición, no existía nada mejor que un compañero como Kakashi, quién podía hacerle olvidar lo que fuera.
Ambos participaban activamente del acto sexual. Con premura y deseo guardado por mucho tiempo.
Era definitivo. Kakashi era el amante perfecto para todas las ocasiones posibles.
Sakura se aferraba a su cabellera y gemía con fervor ante las estocadas de su amante.
No sentía culpa. Estaba completamente feliz de haber roto las reglas...
—Sasuke Uchiha jamás podrá igualarme—aseguraba el peliplata.
Sakura reía ante la provocación y sujetaba el cuero cabelludo de su amante con mucha más fuerza.
—Ahora podría decir que Sasuke es más joven y soporta hacerlo toda la noche...
Esto no pasó desapercibido por Kakashi. Él conocía el juego de Sakura y no pensaba dar el brazo a torcer.
—Bueno, espero que puedas seguirme el ritmo, muñeca. Si según me contás, Sasuke es capaz de eso, yo puedo mucho más de lo que pensás.
Desafiar a Kakashi era un pase directo al mismísimo infierno. Eso era seguro.
Pero Sakura no tenía intenciones de ir al cielo...
