Los jardines del castillo relucían bajo la luz del sol como si acabaran de pintarlos. El cielo, sin una nube, se reflejaba en la lisa y brillante superficie del lago y una suave brisa rizaba de vez en cuando las satinadas y verdes extensiones de césped. Había llegado la última semana de agosto y con ella los exámenes. Los profesores ya no les ponían deberes y las clases estaban íntegramente dedicadas a repasar los temas que con mayor probabilidad aparecerían en los exámenes. El profesor Snape no se había vuelto a dirigir a Johanna para nada y eso hacía que la chica estuviera mucho más cómoda en sus clases. Era completamente invisible a ojos de su profesor. Y ella tampoco hacía nada para remediarlo.
Además de pensar en los exámenes también tenían el baile en mente. Los profesores habían dado su visto bueno y ya estaba todo preparado. Magie y Sarah eran las encargadas de que el baile saliera adelante, habían acordado que fuera un baile de máscaras y le habían pedido ayuda al profesor Heraclitus Godenhorn para la música. A pesar de estar ocupados estudiando, todos habían sacado algo de tiempo para ojear catálogos de túnicas de gala y pedir la suya vía lechuza.
Su primer examen, Teoría de Encantamientos, estaba programado para el lunes por la mañana. El domingo después de comer, Johanna accedió a preguntarle la lección a Emma, mientras tanto, Magie, Sarah y Ginger leían los apuntes de Encantamientos, tapándose los oídos con los índices y moviendo los labios sin emitir ningún sonido; Morpheus, John y Edward estaban tumbados boca arriba en el suelo y recitaban los diferentes encantamientos que habían aprendido moviendo a su vez la varita. Oliver, Jerry y Alan, que practicaban encantamientos de locomoción básicos, intentaban que sus plumas hicieran carreras alrededor del borde de la mesa mientras Marie escribía en un pergamino todos los encantamientos aprendidos como si le fuera la vida en ello.
Aquella noche reinaba un ambiente muy apagado durante la cena. Johanna y Emma no hablaban mucho, pero comían con ganas, pues habían estudiado con intensidad todo el día.
Fue una noche incómoda. Todo el mundo intentaba repasar un poco más en el último momento, aunque no parecía que nadie avanzara mucho. Johanna se acostó temprano, pero permaneció despierta durante lo que a ella le parecieron horas. Sabía que no era la única que no podía conciliar el sueño, pero ninguna de sus compañeras de dormitorio comentaba nada, y al final, una a una, fueron quedándose dormidas.
Al día siguiente nadie habló demasiado durante el desayuno. Ginger practicaba conjuros por lo bajo mientras el salero que tenía delante daba sacudidas; Alan releía Últimos avances en encantamientos a tal velocidad que sus ojos se veían borrosos; y John se dedicaba a hacer levitar cualquier cosa que cayera a menos de 1 metro de él.
Cuando terminó el desayuno, los chicos se congregaron en el vestíbulo, entonces, a las nueve y media, los llamaron para que entraran de nuevo en el Gran Comedor, que entonces ofrecía un aspecto totalmente diferente. Habían retirado las cuatro mesas de las casas y en su lugar habían puesto doce mesas individuales, encaradas hacia la de los profesores, desde donde los miraba la profesora McGonagall, que permanecía de pie. Cuando todos se hubieron sentado y se hubieron callado, la profesora McGonagall dijo:
- Ya podéis empezar. —Y dio la vuelta a un enorme reloj de arena que había sobre la mesa que tenía a su lado, en la que también había plumas, tinteros y rollos de pergamino de repuesto.
Johanna, a quien el corazón le latía muy deprisa, le dio la vuelta a su hoja y leyó la primera pregunta: a) Nombre el conjuro para hacer volar un objeto. b) Describa el movimiento de varita que se requiere. Rápidamente empezó a escribir, temerosa de que a respuesta se le fuera de la cabeza.
- Bueno, no ha estado del todo mal, ¿verdad? —comentó Emma en el vestíbulo, nerviosa, dos horas más tarde. Todavía llevaba en la mano la hoja con las preguntas del examen—. Ahora mismo me comería un troll, ¿No tenéis hambre?
Los chicos comieron ansia, estaban todos famélicos. Las cuatro mesas de las casas habían vuelto a aparecer a la hora de la comida. Luego entraron juntos en la pequeña cámara que había junto al Gran Comedor, donde tenían que esperar a que los avisaran para hacer el examen práctico. Uno a uno iban saliendo a medida que eran llamados.
Johanna salió del examen con la impresión de que, en general, lo había hecho bastante bien. Aquella noche no tuvieron tiempo para relajarse; después de cenar, subieron directamente a la sala común y se pusieron a repasar para el examen de Transformaciones y Astronomía que tenían al día siguiente. Johanna fue a acostarse con la cabeza llena de complicados ejemplos y teorías de hechizos, además de imágenes borrosas de constelaciones.
El miércoles hicieron el examen de Herbología, en el que Emma se lució especialmente, y el de Historia de la magia. El jueves, Defensa Contra las Artes Oscuras. Johanna no tuvo mucha dificultad con las preguntas escritas, y durante el examen práctico realizó a la perfección todos los contrahechizos y rituales que el profesor Lodbrook le pidió.
Johanna se pasó la noche del jueves repasaron Pociones para el examen del viernes; era la prueba que más temía. Como era de esperar, el examen escrito fue excesivamente difícil, aunque creía que había contestado correctamente a mayoría de preguntas, pues había leído todos os libros sobre la materia que había en la biblioteca, e incluso alguno ilegalmente.
El examen práctico de la tarde resultó espantoso para todos. El profesor Snape había dejado un trozo de pergamino con el nombre de cada alumno en cada uno de los puestos preparados para el examen con los ingredientes más importantes de una poción. Tenían que adivinar de qué poción se trataba y que ingredientes faltaban. Una vez resuelto tenían que hacerla y entregarle una muestra al profesor.
Johanna se quedó pálida al darse cuenta de la poción que le había tocado. Ponerle en el examen el antídoto para venenos comunes que le había preparado aquella noche era una mala pasada. Pero por suerte sabía muy bien cómo hacerla y cómo dejar sin palabras al profesor. En la mesa había un bezoar y cuerno de unicornio, además tenía que coger bayas de muérdago y agua, pero ella incluyó los cuatro ingredientes que había descubierto en la poción mejorada que le había preparado el profesor. Bajo la mirada atenta de Snape, Johanna se levantó y fue a buscar los ingredientes que llevaba la poción original y añadió aguamiel, unas ramillas de menta, esencia de lavanda y mandrágora. Recordaba a la perfección los pasos a seguir para la perfecta ejecución de la poción.
Primero debía cocer la mandrágora, retirarla del fuego y conservar el agua. Seguidamente trituró un bezoar hasta obtener un polvo fino y lo añadió al caldero con el agua de mandrágora reservada. Lo calentó durante 5 segundos bajando ligeramente el fuego. Agitó un poco la varita y lo dejó reposar de 40 minutos con caldero de peltre, 34 minutos con caldero de latón y 30 minutos con caldero de cobre. Mientras ella esperaba, veía como los demás iban terminando su examen. La mayoría de las pociones de sus compañeras eran más sencillas o requerían menos tiempo de espera. Añadió 1 pizca de cuerno de unicornio y removió dos veces en el sentido contrario a las agujas del reloj. Hecho esto agregó despacito el aguamiel con dos ramitas de menta y removió una vez en el sentido de las agujas del reloj. Para terminar añadió la mandrágora cocida y la esencia de lavanda, agitó la varita y apagó el fuego. Entonces, con la poción acabada, se dio cuenta de que era la última en la clase. Su profesor examinaba los exámenes de sus compañeros como si ella no estuviera en el aula. Johanna rellenó un frasquito de la poción todavía humeante y fue a entregársela a su profesor. Dejó el frasco con cuidado encima de la mesa junto a un trozo de pergamino con el nombre de la poción, la descripción y justificación de los ingredientes usados y una breve explicación de la preparación de la poción. El profesor no levantó la vista de los exámenes y ella evitó cualquier tipo de contacto. Se apresuró a salir del aula sin hacer ruido para no despertar la atención del profesor, aunque en el fondo sabía que seguiría ignorándola aunque le prendiera fuego a su capa.
Fuera del aula le esperaba Emma con una sonrisa de oreja a oreja.
- Por fin hemos terminado. Y esta noche será el baile. – Le dijo su amiga. – ¿Qué tal te ha ido el examen? – Preguntó.
- Creo que puedo decir que me ha ido genial, aunque dudo que se refleje en la nota. Empiezo a dudar hasta de que me corrija el examen. ¿Qué tal te ha ido a ti?
Creo que bien, por lo menos me ha ido mejor que a Marie que ha convertido su poción cura forúnculos en un líquido viscoso verde. Parecían mocos embotellados. – Esto último lo dijo conteniendo una carcajada. – A mí me tocó hacer una poción herbicida. – Le explicó Emma. – El único problema es que creo que la he sacado demasiado temprano del fuego, al embotellarla me he dado cuenta de que debería haber adoptado un tono verde más oscuro, pero aparte de eso no me puedo quejar.
Las dos chicas siguieron hablando hasta llegar al dormitorio, donde la mayoría de las chicas ya se estaban arreglando para el baile. Sarah y Magie ya estaban preparadas. La primera llevaba una túnica de gala azul marino de manga larga y corpiño color marfil, mientras que la segunda llevaba una túnica color carmín vaporosa con las mangas anchas de gasa semitrasparentes, se había peinado su media melena rubia hacia atrás y se había adornado el cuello con una cinta de terciopelo a conjunto. Fueron las primeras en salir, pues tenían que terminar con los preparativos.
Ginger se estaba recogiendo su larga cabellera pelirroja en dos trenzas enrolladas que le daban el aspecto de un ramo de flores naranjas. Su túnica verde degradada combinaba a la perfección con sus ojos, estaba hecha de pliegues y recordaba a un capullo de flor a punto de abrirse. A Johanna le recordaba a los vestidos que llevaban las hadas en los cuentos que leía de pequeña. Maríe por su parte llevaba una túnica amarilla con un enorme agujero en su escote que no dejaba nada a la imaginación. A Johanna le pareció un poco hortera, pero no hizo ningún comentario.
Sin entretenerse mucho Johanna y Emma sacaron sus túnicas de gala nuevas y se vistieron. La de Emma era vaporosa color azul cielo con mangas de gasa y adornos brillantes en el pecho y la cintura. La de Johanna era verde esmeralda, sin mangas y con unos delicados adornos plateados alrededor de la cintura y la cadera. Emma miró a su amiga de arriba a bajo y guiñándole un ojo hizo un pequeño movimiento de varita. Entonces la estrecha falda se abrió hasta la rodilla mostrando las piernas de la joven.
- Así está mejor, no queremos que te caigas en la pista de baile.
Johanna miró su nueva falda y asintió con la cabeza. Entonces le pidió a su amiga que era mucho más habilidosa en las transformaciones que ella, que le hiciera un hechizo de cambio de color a su pelo para que las puntas que siempre había llevado azules se volvieran negras y así conjuntaran mejor con el vestido. Finalmente se anudó una tira de terciopelo negro en el cuello con un pequeño camafeo en el centro, era de su abuela y siempre lo llevaba con ella, pero aquella había sido la primera vez que se lo había puesto.
Ya arregladas, todas las chicas bajaron al gran comedor donde los chicos las esperaban. Iban todos arreglados con sus túnicas de gala y el pelo engominado, Oliver resaltaba con sus guantes blancos, pues parecía un mayordomo de época. Morpheus, con su largo pelo negro recogido en una cola de caballo, se acercó a Johanna. Se abrió un poco la chaqueta y le mostró una preciosa petaca plateada que guardaba en su interior.
- Alguien me lo ha conseguido. – Le dijo guiñándole un ojo. – No creo que haya más alcohol que algunas botellas de vino de elfo.
Juntos bajaron hacia el gran comedor. Poco antes de entrar todos se pusieron sus máscaras a conjunto. Al abrirse las puertas del gran comedor todos se quedaron boquiabiertos.
