.
Capítulo 22
"Sin aliento a respirar, sin palabras a gritar"
Parte 2
.
.
.
El párroco de la pequeña basílica gótica que cerraba la esquina de la Church Street, en los límites del Old Town, estaba acomodando las hostias en el tabernáculo después de haber terminado la misa cotidiana cuando se escuchó llamar por la inconfundible voz de la famosa estrella.
-"¿Se acuerda de mi, Padre Torres? Nos ha presentado Gordon Craig hace algunos días...".
-"¡Claro que me acuerdo, señor Graham!".
-"Puede llamarme Granchester, es mi verdadero apellido...".
-"Bien señor Granchester, estoy agradablemente sorprendido de volverlo a ver".
El anciano sacerdote se dió la vuelta lentamente viéndolos con perplejidad por el modo como estaban vestidos. Pero la sugestiva luz de colores de la ventana de mosaico, que reflejaba en centenares de esfumaturas sobre sus rostros radiantes, no dejaba espacio a preguntas.
-"Imagino que está intuyendo lo que estoy por pedirle..." lo preparó Terence con una sonrisa picante.
-"Definitivamente usted no es de las personas que pierden el tiempo...".
-"Oh no..." - rebatió él mirándolo con una intensidad en su mirada sufrida –"En este caso se equivoca, si que he perdido el tiempo… Sin embargo hay un momento en el cual las cosas se ven claramente y esperar parece realmente inútil. ¡Casenos, por favor, padre! ¡Le aseguramos que no estamos tomando a la ligera este compromiso!".
Orlando Torres encogió sus robustos hombros, sorprendido por el fervor de su interlocutor.
-"A decir verdad yo..." - replicó dudoso – "No estoy acostumbrado a celebrar bodas tan precipitadamente...".
-"¿Precipitadamente?" insistió de nuevo Terence.
-"¿Qué más necesita? La iglesia está vacía, tiene de frente a usted dos novios que no podrían amarse más y aquí tenemos los anillos...".
-"Por favor, padre Torres, casenos!" le suplicó también Candy.
-"¡Terence y yo tenemos derecho! ¡Nuestro amor ha superado tantas duras pruebas antes de poder finalmente existir. Permítanos hoy mismo consagrarlo ante Dios!".
Había una firme seguridad en aquellas palabras que salían implorantes de su boca.
Aquel hombre de Fé no necesitaba más pruebas.
-"Ha elegido bien, Terence" diijo volviéndose a poner los indumentos que se había apenas quitado ajustándose el cinturón.
-"¡Su novia parece una chica que no se da por vencida tan fácilmente!".
-"Oh no, tiene razón..." - le confirmó – "Podría plantarse aquí en la sacristía hasta que no lógre convencerlo de casarnos, padre… y puede estár seguro que lo conseguiría, yo sé lo que le digo. ¡Hay un Rottweiler escondido dentro de esta frágil y atractiva chica!".
-"¡Terence!".
Candy ruborizada le dió una patada como castigo por su comentario.
-"Cuanto me gusta leer el amor en los ojos de los jóvenes..." dijo el padre volviendo a abrir la puerta detrás de él tomando el cáliz en sus manos.
-"Y en los pies..." dijo Terence acariciando su espinilla adolorida.
-"¿Eso significa que acepta?" preguntó Candy.
-"¡Claro que acepto, no podría desilusionar su bonito rostro soñador, señorita! ¡Vamos, venid aquí, vamos a pedir al sacristán que nos consiga unos testigos!".
Terence lo detuvo en la puerta para un última petición.
-"¿Padre, puedo caminar junto a Candy rumbo al altar? Lo quisiera en verdad tanto...".
-"Está bien, está bien pero os pido que entréis a la capilla desde la entrada principal, avanzando juntos hacia mi. Ya estamos rompiendo mucho con los protocolos de la ceremonia, que el buen Dios nos perdone...".
.
El insólito como imprevisto rito nupcial empezó a llevarse a cabo.
Por el pasillo central iluminado sólo por la luz filtrada de las altos parteluces, una pareja de felices enamorados hizo su entrada con las inciertas notas de la marcha nupcial de un improvisado organista llegado al último minuto en el oratorio.
No podía ser más armoniosa aquella falta de perfección, en aquel sagrado y pequeño lugar en la campiña. El ambiente simple y profundamente místico era inundado por el sentimiento febril que unía a aquella mujer y a aquel hombre.
.
Candy y Terence caminaron juntos tomados del brazo hacia el altar tan emocionados que no se dieron cuenta de los tres rostros familiares que los observaban.
El Padre Torres los recibió mientras se ponían de rodillas y dió inicio a la ceremonia, empezando a leer con solemne voz las Sagradas Escrituras.
.
Conforme pasaban los minutos y el sacerdote los acompañaba en una sentimental ceremonia a su unión como marido y mujer, Candy no podía evitar pensar en todo lo que le había sucedido en el giro de pocos meses.
.
Tres meses para ser exactos.
Los que habían sido suficientes para que Terence trastornara todas sus certezas.
.
Y ahora... se encontraba ahí con él, casándose lejos de los Estados Unidos, en un lugar donde vivirían tal vez por el resto de sus vidas y que ella conocía solo por los libros del colegio y donde tendría que iniciar desde cero para reencontrar su propia identidad.
Había tenido el valor de renunciar a todo por él…
Sin embargo no sentía ningún pesar ni sensación de pérdida. Seguía viendo sus ojos ardientes y se sentía protegida y viva.
Con nuevas ganas de enfrentar el mundo y volver a empezar junto a él.
Él quien era capaz de sorprenderla siempre. Con el calor de su impetuosidad y la sorprendente delicadeza que siempre sabía mantener.
No había nadie más que lograra comprenderla así, en todos los aspectos, incluso los más escondidos.
Incluso había querido acompañarla al altar. No había ignorado el profundo significado que aquel gesto podría representar.
Y pensándolo mejor, aquel había sido sólo uno de tantos gestos silenciosos con los que Terence le había gritado su amor incondicional y atento, desde que se habían conocido en Londres.
Candy suspiró.
Tal vez su instinto lo había percibido desde el primer momento. Era el último nudo por desatar.
El fermento latente que llevaba dentro por tantos años tenía una sola explicación.
.
No, no habían sido solo tres meses.
.
Terence se había adueñado de su alma desde que se habían conocido, exactamente como él le había confesado. Su agitado mar de fascinantes contrastes la habían irremediablemente atraído y conquistado desde entonces.
Era un impulso que se había abierto camino en ella lento y prudente, para empezar a despertar en un presente que no permitía espacios. Pero ella, desorientada, no había logrado aceptar que amaba a dos personas al mismo tiempo. Por eso había huido. Y había escogido el mar calmado. El otro amor.
Y por eso Terence, quien inmediatamente lo había entendido, la había dejado libre esperando que madurara la fuerza que limpiaría su vista de aquel velo transparente que la confundía.
Cómo todo le pareciera tan obvio ahora...
Ella había siempre sabido lo que estaba buscando. Sus ansias eran menos atormentadas y visibles que las que animaban a Terence pero igualmente concretas.
Y era aquel y sólo aquel amor que había calmado su búsqueda.
¡Este sentimiento que le explotaba ahora en el pecho y que ella hubiera querido gritar sin más impedimentos era diferente a todo lo que hubiera sentido jamás!
.
.
Poco a poco que pasaban los minutos y que sus ojos se acostumbraban al contraste de rosa y negro de los trajes de novios cerca del altar, Anthony se sentía aún más un barco a la deriva.
Había ido a Inglaterra para tratar de salvar su relación y apelar a ese vínculo de comprensión y confianza que nunca los había traicionado, aún en los momentos más difíciles.
No tenía alguna seguridad, sólo una débil esperanza... la que nunca lo había abandonado.
Había aferrado sus esperanzas a ésos últimos recursos. Verla. Hablarle. Suplicarle.
Hubiera llegado tambièn a eso con tal de que regresara con él.
Pero la visión de aquella intimidad lo había trastornado más de lo que hubiera podido creer.
Desde lejos ahora podía ver más claramente.
No le gustaba para nada lo que estaba viendo pero debía reconocer que jamás, en aquella manera tan sincera, había podido entender cómo estaban las cosas en realidad.
Los había visto fundirse uno entre los brazos del otro y había sido golpeado con total brutalidad por aquella impúdica rendición para poderlo reconocer.
Empezó a estremecerse y a oprimir los pliegues de su pantalón entre sus dedos, cuando siempre más lejos de él, los vió pronunciar sus apasionados votos.
.
Terence colocó el anillo en el dedo de Candy, sin poder contenerse de besarlo. Ella hizo lo mismo, besando primero el anillo y después la mano del hombre que había elegido para unir el propio destino.
El Padre Torres tomó el misal para concluir la ceremonia pero el esposo lo interrumpió pidiendo otra falta a las costumbres.
-"Espere, por favor, deme sólo un minuto...".
Cuando el padre se lo permitió, se giró hacia su esposa y con voz apagada que poco a poco se hacía más potente le dijo:
-"Dulce Candy, siempre te he hablado con mis silencios…
Han sido por años los confidentes y carceleros de mis sentimientos sordos…
Sin embargo un día le confié a una hoja mis pensamientos y todos quedaron ahí.
Se acomodaron y tomaron forma de versos.
Elegí regalartelos para que te hablaran de mi y de lo que realmente sentía, porque yo era incapaz de hacerlo. Estos versos permanecieron ansiosos hasta que se rebelaron al silencio.
Y tú los has sabido leer…
Hay una página en blanco al final de aquel libro.
La quiero llenar ahora con la última poesía que se está componiendo en mi mente. Y esta vez quiero que la escribamos juntos… porque se trata de nuestro amor...".
.
A pocos centímetros de su rostro empezó a recitar para ella.
- "Lo hemos alimentado con nuestras palabras y protegido con nuestras miradas
nuestro espantado amor que tenía prisa por nacer.
Lo hemos dejado crecer a pesar del miedo
nuestro tímido amor,
como un niño que descubre el mundo con sus dedos y con su boca.
Lo hemos respirado nuestro insensato amor.
.
Lo hemos sentido vibrar en la piel y explotar en nuestras gargantas
nuestro insolente amor que tenía ganas de gritar.
Lo hemos escondido, callado, alejado nuestro prepotente amor,
como un perro sin dueño que no se preocupa por sus pasos y entra por la puerta semi abierta.
Lo hemos temido a nuestro incómodo amor.
.
Lo hemos comido, bebido, tragado en cada suspiro robado y en cada escalofrío violento, en cada
promesa, sorpresa, desilusión, bofetada y lágrima.
Lo hemos buscado, soñado, acariciado entre las manos sin poder estrechar
nuestro inconfesable amor,
como un fuego indomable que todo lo invade y todo lo confunde.
Que ha sabido calentar el hielo del alma y leerle su absoluto deseo.
.
Y lo hemos defendido, con coraje y pasión,
nuestro profundo amor que está por encima de todas las cosas.
Lo hemos cuidado como un tesoro precioso
nuestro perfecto amor
que ha sabido donarse sin pretender, que ha sabido renunciar sin llorar.
Lo hemos entendido este nuestro verdadero amor.
.
Y ahora él tiembla lleno de vida.
Y se agita en nuestros ojos
nuestro desesperado amor que desea solo ser vivido.
Lo hemos luchado por él, enfrentado un océano de sentimientos de culpas.
Lo hemos conquistado, aferrado, estrechado finalmente en nuestros pechos,
como un rayo de sol que calienta y aturde cada dolor.
Lo hemos construido este nuestro incontrolable amor.
.
Dame la mano,
ahora solo tenemos que caminar...".
.
Siguiendo el sentido de su apasionada invocación, Candy colocó su mano sobre la de él.
- "Es lo que siempre he deseado, Terence..." le dijo suavemente
-"Caminar contigo, a donde sea que nos lleve nuestro camino… por todos los día que me quedan de
vida...".
.
Sensiblemente conmovido, el sacerdote volvió a hablar.
-"Creo que no haya nada más que agregar… Con el poder que me confiere la Santa Iglesia yo me siento
verdaderamente contento de declararos...".
-"Espere padre, por favor...".
Terence se volteó furioso como un tigre, reconociendo la procedencia de aquellas intempestivas palabras.
-"¿Anthony?".
-"Si, Terence, soy yo...".
Ante su lacónica respuesta, él se paró furioso frente a Candy.
-"¿Pero qué es lo que tienes en mente? No te permitiré arruinar este momento...".
-"Necesito hablar con Candy o siento que dentro de poco perderé las fuerzas" le contestó fríamente Anthony.
-"No!... tú no puedes...".
-"No creo que tu puedas decirme lo que está permitido en el amor, Terence, ¿no crees?".
-"¡Te haré salir de aquí a patadas!".
-"No Terry, cálmate, por el amor del cielo" intervino Candy.
-"Estamos en una iglesia… Yo… quiero saber que es lo que me quiere decir...".
-"Pero Candy...".
También Stear se levantó para ir a detener a su primo sin embargo Albert lo instó para que permaneciera sentado.
-"¡Dejemoslos hablar, Stear, tiene razón Candy! Anthony no es ni ciego ni tonto".
.
Candy se acercó a Anthony turbada.
Aquella bofetada con el que se habían dejado también había sido dolorosa para ella como si se la hubiera inferido a ella misma y el no haber tenido la oportunidad de aclararlo, y el saberlo abrumado por tal sufrimiento, había sido el costo más alto que pagar por su decisión; jamás podría vivir sabiendo que el rencor pudiera destruir sin piedad cada espléndido recuerdo de ellos en la memoria de aquel joven que aún era importante para ella.
-"Habla Anthony, te escucho..." lo instó intentando encontrar de nuevo aquella ternura en sus ojos que la observaban asépticos.
Anthony le rozó su mano, tocando el oro de los anillos como buscando la enésima irrefutable evidencia. Después, inesperadamente, le sonrió. Con una sonrisa triste pero benévola.
-"Si alguien me hubiera dicho sólo hace algunos meses que hoy asistiría a tu boda como espectador me hubiera reido descaradamente en su cara..." empezó a confesarse.
-"¡Pero era el destino que yo viviera también ésta absurda experiencia de vida!
Todo me parece una pesadilla, Candy… Quisiera que nos despertaramos de repente bromeando juntos pero sé que no será así… lo leo en tus ojos encendidos por el amor.
Es un amor que ya no me pertenece, tenía que verlos hoy escondido en las bancas de esta iglesia para poder aceptarlo.
Quiero que seas feliz, sigo queriendolo incluso ahora, sabiendo que no seré yo quien construirá junto a tí aquella felicidad. Era necesario que te lo dijera, antes de que salgas de aquí como la señora Granchester porque, perdoname pero, no tendré la fuerza para permanecer más tiempo y felicitaros.
Es difícil renunciar. Es difícil suprimir un sentimiento que late aún vivo en el pecho sabiendo que es inútil seguir alimentándolo…
Sé feliz… y no pienses en mí, sabré reponerme. Tú me has enseñado a no buscar excusas.
Pero te pido una cosa… ¡No me saques de tu corazón cuando los días se conviertan en años y nuestra historia te parecerá sólo un fresco viento que ha atravesado nuestra adolescencia!".
-"¡Yo no te olvidaré, Anthony… y tampoco quiero que salgas de mi vida!".
-"No sucederá, tesoro… el tiempo curará esta herida, estoy seguro..." le prometió mientras besaba su frente y la dejaba.
-"Eres una hermosa novia...".
Controlando sus emociones, Anthony le ofreció su mano a Terence.
-"Creo que ahora nosotros dos podemos abandonar las armas… ya no hay enemigo por combatir...".
-"Quisiera que no me guardes rencor, Anthony" le dijo Terence correspondiendo su saludo.
-"No lo haré, si sabrás amarla sobre todas las cosas, como lo hubiera hecho yo. Pero estoy seguro que no necesitas mis advertencias...".
Pareció alejarse pero de repente se volvió una vez más hacia él.
-"Deberías cambiar los narcisos* de tu jardín, Terence. Son el símbolo del amor no correspondido que desde hoy ya no forma parte de vuestras vidas".
Sin decir más, se disculpó con el sacerdote por la indebida interrupción y se dirigió a la salida.
Candy y Terence lo vieron llegar a la gran puerta de madera con pasos vacilantes y desaparecer detrás de ella.
.
El padre Torres los vió con una mirada confundida.
-"¿Hijos míos, queréis que continúe la ceremonia?".
Terence buscó respuestas en el rostro pálido de Candy.
Fue un momento de espasmódica espera que le aceleró peligrosamente la respiración.
Pero los ojos luminosos de su mujer volvieron a resplandecer sólo por él, asegurandole que nada había cambiado. Y no cambiaría desde aquel momento en adelante.
-"¡Claro que queremos, padre!" respondió Candy con convicción.
-"Terence Granchester, Candice White Andrew, yo os declaro marido y mujer. ¡Que el hombre no separe lo que dios ha unido!" proclamó solemnemente el sacerdote.
-"Puede … oh bueno vale… iba a decir, puede besar a la novia..." concluyó, mientras anticipándose a los tiempos los labios de los jóvenes ya se sellaban en un beso que no sabía esperar más.
.
Sólo cuando decidieron interrumpir el beso, sus amigos se acercaron para felicitarlos.
Ambos se sorprendieron por su presencia pero estaban extremadamente contentos de poder compartir aquella incontenible alegría con dos de sus seres más queridos.
-"Pequeña, ahora si puedo partir, te dejo en óptimas manos, ¿Verdad, amigo mío?" exclamó Albert sin poder evitar liberar algunas lágrimas.
-"¡Lo está y lo estará, puedes estar tranquilo!" le aseguró Terence.
-"¡Pero… hemos conmovido además al 'señor fortaleza' pecosa!".
Albert sonrió ante su comentario, secándose las mejillas.
-"¡Si, si Bryan estuviera aquí también él se burlaría de mí por esto… no he podido contener mi `tempestad emotiva´!
Lamento tanto tener que dejarte justamente ahora, Candy" dijo después de haber hecho una larga pausa.
-"Pero sé que estás haciendo lo justo y yo no puedo hacer otra cosa que apoyaros!".
-"Felicidades chicos, de corazón!" agregó Stear posando su mano sobre el hombro del novio.
-"¡Que la vida os reserve sólo lo mejor! y, os lo digo, no me hagáis esperar tanto. ¡Quiero tantos primos para mi hijo!".
-"Patty siente que será una niña, Stear, no empieces a fantasear demasiado..." lo reprendió Candy.
-"¿Fantasear? No… si ya he predispuesto un pequeño laboratorio mecánico! Será un inventor genial como su papá… y si será una niña… querrá decir que se convertirá en el varoncito de la familia y será la primer graduada del MIT. ¡Los Andrew ya están acostumbrados a los terremotos con falda!".
-"¿A quien te refieres, Stear? No me viene en mente ninguna con tales características..." dijo guiñandole un ojo Terence abrazando de la cintura a su esposa.
-"¡Creo que el terremoto con el que te has casado de seguro jamás te aburrirá , Terence! Sin embargo, asegúrate de contratar una buena cocinera si quieres que este matrimonio dure".
-"¿Albert, también tú? Vosotros los hombres cuando os unís sois terribles..." ironizó también la esposa fingiendo de ofenderse. Pero, inmediatamente después detuvo sus risas.
-"¿Crees que Anthony nos esté esperando afuera?".
Albert respondió seriamente.
-"No quisiera desilusionarte, Candy, pero creo se ha ido a la estación. Ha sido un día desgarrador para él. Tal vez es mejor que vayamos con él nosotros, es mejor que no afronte este momento solo".
-"¿Pero… tenéis que marcharos tan pronto? Podéis quedaros en nuestra casa por algunos días..." insistió ella.
-"No creo que sea oportuno, visto como están las cosas, además este momento es sólo vuestro, no tenéis la necesidad de tener huéspedes invasivos de quien preocuparos. Hay un barco que parte mañana en la mañana, si logramos tomar el tren esta misma noche podremos embarcarnos. Es mejor despedirnos".
-"Ni lo digas" objetó Terence.
-"¡Os acompañamos nosotros a la estación!".
Sin embargo Albert no se dejó convencer.
-"Hemos alquilado un auto, no os preocupéis. Habéis dicho que tenéis que regresar los anillos, ¿no?".
-"Si, los anillos...".
Candy se giró en busca de la pareja de ancianos.
-"No han venido a la iglesia… estarán aún en el parque...".
-"¡Entonces… mi talentoso amigo, demuestra cuánto vales también aquí, no te rindas nunca!" dijo en aquel momento Stear despidiéndose del amigo con un sincero gesto de ánimos.
-"Con Candy a mi lado podría derrumbar sólo con mis manos las montañas, Stear, lo sabes..." le respondió Terence con decisión.
Candy también se dejó consentir por el expansivo entusiasmo del primo.
-"Por favor, cuidad de Anthony, Stear..." le pidió cuando se despidieron.
-"Estaremos cerca de él, Candy, no lo dudes. Por eso mismo hemos venido hasta aquí. Tú ahora sólo tienes que pensar en vuestro futuro e intenta no sentirte en culpa se te sientes tan feliz. ¡Es justo que así sea y te la mereces!".
-"Gracias amigos míos...".
El auto alquilado estaba aparcado justo a los pies de la breve escalinata.
Cuando Albert tomó su lugar y se asomó por la ventana Candy no se pudo contener y corrió a su encuentro para echarse a sus brazos una vez más.
-"¡Oh Albert, escríbeme pronto y no te canses demasiado! ¡Intenta ocuparte más también de tí! ¡Y saludame a todos, por favor! ¡Yo os pensaré continuamente!".
-"¡Vamos, Candy, deja de llorar como una niña! No creo que sea agradable para un esposo entrar a casa con la esposa inconsolable en lágrimas..." le dijo intentando hacer menos dolorosa la separación.
-"¡América no está tan lejos! No quiero sólo escribiros, quiero veros pronto ¿entendido? ¡Aún hay tantas cosas que tenemos que hablar… y quisiera hacerlo en persona!" le anunció misterioso mientras se despedían definitivamente.
.
-"Te entristece que se hayan ido, ¿verdad?" le preguntó Terence apenas se alejaron.
Candy asintió con la cabeza pero se apresuró a tranquilizarlo notando que empezaba a sentirse en culpa.
-"Claro que me entristece pero, a pesar de todo, estoy contenta de estar a solas contigo, Señor Granchester" bromeó apartandole del rostro un mechón de cabellos.
-"Bien, señora Granchester, porque me parece que tenemos algo pendiente usted y yo… que ahora tenemos el legítimo derecho de proseguir… ¡Devolvamos estos anillos y regresemos de prisa a nuestra casa, mi amor!".
-"¿Mmmm, de qué estás hablando? No me acuerdo de haber dejado nada... pendiente, tal vez te equivocas..." le maulló ella a la oreja esperando su pronta reacción.
-"¿Estas diciendo que mis besos se olvidan tan fácilmente? Creí que fuera absolutamente imposible...".
-"Eres un presuntuoso narcisista, Terence...".
-"¡Y tú una mentirosa, Candy!" dijo èl soltando una carcajada.
-"¡Entonces tu memoria necesita de una pequeña ayuda para refrescarla, mi señora!".
.
Molestandose con miles bromas y muchos más acercamientos fogosos llegaron al parque empezando a buscar a los alrededores.
No había ninguna señal de los ancianos.
-"Tal vez han querido que nos quedáramos con ellos..." dijo Candy quitándose el anillo del dedo para verlo de cerca.
-"Estoy pensando lo mismo. En verdad ha sido un hermoso gesto...".
.
-"Terence...".
-"Si, dime".
-"Mira...".
La chica le dió el anillo para que leyera en nombre grabado al interno.
"Terence...".
Terence pronunció aquel nombre sorprendido, quitándose temblando el anillo de su dedo.
Juntos leyeron el segundo nombre: "Candice´".
.
El viento que era cada vez más fuerte acarició sus rostros con una expresión de indescriptible maravilla.
En toda la historia de ambos nada había sido más extraordinario que la realidad.
.
Mientra una insistente lluvia cayó sobre su emocionado abrazo.
.
.
sugerencia musical: Can't Help Falling In Love, canción adaptada del
romance Plaisir d'amour de 1785 – versión cantada por Michael Bublè
.
.
.
.
** Mientras que en la cultura judía y cristiana el narciso representa un emblema de "renacimiento", el simbolismo derivado del mito griego de Narciso atribuye a estas flores, que Kyoko Mizuki / Keiko Nagita ha elegido asociar con el personaje de Terence casi en oposición a las rosas de Anthony, el significado de "incapacidad para amar" y "amor no correspondido". Quería que Anthony, un antagonista en la historia, tuviera una visión diferente de esas flores.
