Palabra: eco.
Kacchan e Izuku
Under atmospheric haze
Just some stratospheric strays, we wait
And can we hold on our hearts
'Til the day brings the light
Dasher, Gerard Way & Lydia Night
—No, así no. Intenta engañarme con una finta.
Golpes, sudor, cansancio.
—No. Otra vez.
Un día más.
—Otra vez, Deku, maldita sea. Casi lo tenías.
—¿Eso es un halago?
—No.
Y otra vez, vuelta a empezar.
—¡Usa tus piernas, maldita sea! ¡Aprende a mantener tu equilibro!
—Kacchan, necesito descansar.
Un bufido.
—Sólo un momento.
—¡Kacchan!
—¿Quieres o no quieres mejorar?
Un suspiro.
Es tentador abrazarlo, decirlo que descanse todo lo que quiere, acabar tirados los dos en el piso. Pero apenas es mediodía y sólo pararon a comer algo entre una aldea y la siguiente. Siempre aprovechan una o dos horas para practicar. Casi siempre están demasiado cansados pero al menos pueden concentrarse en eso.
—No vas mal —dice, finalmente—. Ya me ganaste una vez. Sólo tienes que acostumbrarte a usar ese maldito báculo.
Deku asiente, en silencio.
Katsuki ha aprendido que el silencio es peligroso en Deku. Significa desgana, enojo, confusión, todo a la vez.
—Descansa lo que necesites —espeta, finalmente.
—¿Qué?
—Si sólo te agotas no servirá para nada —responde Katsuki.
Y pasan los días y las cosas siguen. Deku es fuerte y se acostumbra a pelear con el báculo en las manos. Puede usarlo para detener las estocadas de una espada y usarlo como defensa. La ofensiva son sus piernas y, Katsuki espera, la magia del báculo. A veces, cuando paran más de la cuenta en algún lugar, lo ve intentar controlarlo. No lo entiende. Para él la magia es algo instintivo. Un día sus manos empezaron a explotar. Punto. Aprendió a controlarlo para no causar destrucción allí donde ponía los pies; su magia nunca le había hecho daño cuando estaba intentando usarla y tenía cuidado de no sobrepasar sus límites.
Así que un día, mientras están en una habitación con dos camas —una de las cuales se va a quedar sin usar—, Katsuki se arma de valor para preguntarlo.
—¿Cómo es?
—¿Qué, Kacchan?
—El báculo, cuando lo usas.
Lo que supone es que usa a magia del ambiente porque Deku no tiene ninguna, nació sin ella: algo común entre los norteños pero no entre los salvajes de las praderas. Su mundo está impregnado de magia, allí a donde uno voltee; tiene sentido que el báculo use la magia el ambiente.
—¿Complicado? —Deku se muerde un labio. Kacchan palmea la cama a un lado de donde él está sentado—. No sé, Kacchan. No sé ponerlo en palabras.
—Inténtalo, idiota. —Si alguien puede describir cualquier cosa, es Deku.
—¡Kacchan!
—¡Te lo estoy pidiendo! —Una pausa—. Por favor.
—Bueno, es como si estuviera almacenando ¿algo? Magia, supongo. —Deku hace una mueca—. Algo muy pesado. Enorme y muy volátil. Como… bueno… Como. Eh. Tus manos. Si no lo controlas, en cualquier momento…
Katsuki asiente. Hasta ahí puede entenderlo.
—Y cuando sale. Es como un disparo de un arco. La fuerza regresa. Algo así. —Levanta su brazo—. Creo que diría que es como si se te metiera en la piel. Siento como va contra mis huesos, como los hace tronar. —Extiende la mano, llena de cicatrices—. Es casi imposible regular ese golpe. Y lo que sale es sólo magia concentrada. Creo. El báculo la toma del ambiente y la devuelve a él. Algo así. La magia no desaparece sólo… ¿se transforma? Y tampoco la crea de la nada. Por ejemplo, la tuya…
—Depende de mí energía —dice Katsuki— y de mi fuerza.
—El báculo la toma de su alrededor. Es como si me usara para canalizarla. —Izuku suspira—. ¿Se entendió algo?
—Algo.
Katsuki frunce el ceño. El báculo está recargado en la pared, frente a ellos. La piedra de la parte de arriba sigue verde, brillante como los ojos de Izuku. No hay duda de que es suyo.
Deku se queda mirando su mano.
Katsuki sigue la línea que marcan sus ojos.
Claro, las cicatrices.
Estira una mano, les pasa un dedo por encima. Allí donde están, la piel parece un poco más oscura, más estirada. Katsuki recorre los bordes con el dedo.
—Cada que las veo —empieza Izuku— recuerdo que debo aprender a manejar el báculo, son un recordatorio de que aún no puedo…
—No. —Katsuki lo corta—. No. Eso son estupideces. —Bufa—. Si quieres darle un significado místico a tus cicatrices de mierda que sea que el báculo es tuyo y punto.
—Kacchan…
—No.
Lo empuja por los hombros y Deku acaba acostado en el borde de la cama. Y Katsuki encima de él.
—¿Kacchan?
—Espera, no digas nada. —Katsuki hace una mueca. Deku lo mira directamente y el silencio se extiende entre ellos—. A menos de que quieras que. Mmm. Pare. Si quieres.
Una mano de Deku sube y lo toca en la mejilla. Es la que no tiene cicatrices.
(¿Está rojo?).
Deku sonríe, curvea los labios y en su rostro se forma la sonrisa más pura que Katsuki ha visto nunca.
(Está rojo).
Acaba forcejeando con su camisa —porque Deku ya no tiene el chaleco puesto— y en realidad sólo quiere ver su brazo entero. La ropa no debería ser tan difícil, piensa, mientras oye a Deku soltar una risa nerviosa y ayudarle.
Katsuki lo besa antes de hacer lo que se propone.
De sus labios pasa a su cuello.
—Kacchan… tus dientes.
Los dedos de Deku se le clavan en los hombros.
—No —dice Katsuki—, ahora no. Espera.
—Mmm.
Sus hombros. Las cicatrices empiezan un poco más abajo. Sus labios empiezan a recorrerlas. Allí donde la piel herida se une con la que no lo está pasan sus labios. Y a veces, su lengua.
—Kacchan.
—Deku, si pudiste resignificar ese estúpido nombre…
—No es estúpido, Kacchan.
—Sabes a qué me refiero. —Se detiene y alza la cabeza, buscando mirarlo directamente a los ojos—. Si pudiste hacer eso, por qué no lo haces con tus malditas cicatrices.
Deku le clava todavía más los dedos en los hombros.
—Pero las tengo y aun así… Shouto…
«… no está».
Katsuki adivina lo que sigue.
Vuelve a bajar la cabeza, a besarlas, una por una. Porque eso es lo que Deku se merece. No, no Deku. Izuku. Es lo que Izuku se merece.
—Deku, carajo, deberías poder ver…
—Izuku —corrige—. Dime Izuku, por favor, Kacchan. Por favor.
—Izuku.
«Deku no significa lo mismo cuando lo dices tú».
—Me gusta oírlo en tu voz.
—Izuku, tus malditas cicatrices demuestran que eres fuerte —musita, sus labios contra la piel de Deku—. Y ya sé que tengo la culpa de que creas que no. —Deja caer la cabeza y su frente choca con la clavícula de Izuku—. Carajo.
La mano de Izuku se entierra en la cabello.
—No, Kacchan…
—No mientas.
—No sólo hiciste eso —matiza Deku—. También eres la imagen de la victoria que tengo grabada en mis pupilas. ¿Recuerdas?
Se quedan así, callados, un rato, hasta que Deku lo empuja para que se incorpore un poco. Hay una sonrisa nerviosa en su rostro.
—¿Te gustan mis cicatrices, Kacchan?
—Mmm.
—Eso no es una respuesta.
—Ajá.
Deku le acerca su mano a sus labios.
—Me gusta cuando las besas, Kacchan.
Katsuki cierra los ojos. No sabe que está haciendo, no lo entiende.
—Usa mi nombre —pide.
—Katsuki. —En los labios de Deku, su nombre es más suave que la seda de un vestido de gala en el norte—. Katsuki, por favor.
Así que Katsuki toma su mano como los caballeros toman la mano de las doncellas y deposita un beso en el dorso. Y luego en cada cicatriz visible. Alza los ojos para buscar la mirada de Deku y la descubre fija sobre él; parece que espera todo ese halago de parte de Katsuki.
—De verdad te gusto.
—¡Kacchan! Después de todo, ¿te sorprende?
—Estás mal de la cabeza, Deku.
—«Izuku», Kacchan.
Le suelta la mano y entierra la cabeza en su cuello.
—Izuku.
Siente los dedos de Izuku en sus omóplatos.
—Mi nombre suena bonito cuando lo dices tú.
—Te estás repitiendo.
—Déjame en paz, Kacchan.
Siempre le había molestado ese estúpido sobrenombre. «Kacchan». «¡Kacchan!». «¡KACCHAN!». Sus primeras memorias están llenas de Izuku gritándola detrás de él, en sus oídos suena el eco de la voz infantil que tenía en ese entonces. «¡Kacchan!». Y comprende que quizá siempre estuvieron destinados a llegar a ese momento. A él besando la piel de Izuku, todo su torso desnudo y a Izuku diciendo «Kacchan» como un mantra, porque ese nombre siempre estuvo destinado para él.
—¿Cuántas confesiones llevas ya? —dice, cuando sus labios se levantan y sus manos buscan la cintura de Izuku y se entierran en ella—. No soy la clase de persona que necesita oír una mil veces…
—Y sin embargo, soy a persona que las da. —Izuku sonríe—. Déjame abrazarte.
Así que Katsuki lo deja. Se acuesta a un lado y deja que Izuku pase un brazo por su torso y se pegue a él.
—Seguiré entrenando. Todos los días. Voy mejorando. —Katsuki no alcanza a ver su expresión, pero sospecha que está sonriendo—. No quiero volver a lastimarme… y volver a fallar y… Shouto.
Entre ellos siempre está la sombra del príncipe. Katsuki ya se ha acostumbrado a verla. Es la que no le produce desasosiego y la única que lo deja dormir tranquilo. No es el maldito hechicero Pico-De-Pájaro al que mató en el piso y no en batalla, no es Mirai Sasaki y todas las maneras en que su muerte acosa a Izuku.
La sombra del príncipe Shouto Todoroki les recuerda que tienen un propósito.
Van por él y lo van a sacar de su palacio arrastrando. Quiera o no. Katsuki piensa gritarle que su desaparición hizo miserable a Izuku y que, como es su responsabilidad, le toca arreglarlo.
—Deberíamos dormir —sugiere, finalmente, antes de que a Izuku le vuelva entera toda la tristeza.
Izuku se recarga contra él, sin soltarlo.
—Sí, deberíamos. —Hay una pausa que se alarga en la oscuridad del cuarto—. Kacchan.
—¿Qué?
—Usa mi nombre —pide Izuku—. No sólo cuando estemos… Bueno. No solo.
—Ya.
—Siempre.
—Ajá.
—Es en serio.
—Izuku —dice Katsuki.
Izuku aprieta el abrazo.
—Izuku —repite Katsuki.
Los dedos de Izuku recorren su pecho.
—Izuku. —Sus labios sueltan el nombre una y otra vez y Katsuki no entiende por qué lo está haciendo, pero sigue—. Izuku.
—Gracias.
—Duérmete. Tenemos un largo día mañana.
Izuku asiente.
Si se apuran y cortan el entrenamiento para el que suelen destinar un rato en la tarde, podrían llegar a la aldea de Izuku por la noche. Podría volver a comer el pan de Inko Midoriya, cruzar el río, ver a su madre y a su padre. Mitsuki quizá le daría un zape apenas verlo y luego lo abrazaría. Imagina la voz de Masaru diciéndole: «Tu madre te extraña cuando te vas temporadas largas». Tranquila. Masaru siempre había sido el balance en la familia, el que se aseguraba que todo estaba en equilibrio, tan precario como a veces era.
El sueño tarda en llegar y está lleno
Cuando despierta ya no está al lado de Izuku.
—Ah, ya despertaste.
Gruñe.
A esas horas en la mañana su mejor reacción es gruñir y no más.
—Aproveché para practicar con el báculo —sigue Izuku, como si Katsuki le estuviera poniendo toda la atención del mundo—; con cuidado, claro, para no herirme. No sé si funcionó muy bien pero… Ah. Creo que puedo controlarlo mejor si no lo dejo absorber tanta magia. No tengo ni idea de cómo funcionará en medio de una pelea todavía, pero… —Katsuki gruñe—. Bueno. Pensé que después podía intentarlo y…
—Izuku —interrumpe Katsuki finalmente, aguantándose las ganas de ponerse la almohada en los oídos—, es demasiado temprano para esto.
—¿De todos modos crees que podríamos probar? Con el báculo.
—Sí. —Una pausa, después de pensarlo mejor—. Sólo si estás seguro de que puedes controlarlo.
—Creo que sí. Estoy casi seguro.
Katsuki rueda los ojos.
—Hoy no —dice—. No quiero que lleguemos con tu madre y explicarte que estás magullado por idiota.
—¡Cierto!
Katsuki se incorpora en la cama.
—¿Lo habías olvidado?
—No —miente. Cuando Izuku se aleja de la verdad, su expresión es obvia. Las mentiras se le pintan en la cara. Katsuki alza una ceja—. Bueno…
Se pone rojo y Kacchan no puede evitar una sonrisa sarcástica.
Un rato después están de nuevo en el camino. No se detienen prácticamente a comer. Entrenan un rato, pero es apenas el suficiente para asegurarse de que a Izuku no se le ha olvidado nada básico. Cuando el sol cae ya no están demasiado lejos de la aldea en donde Izuku nació y creció. Siguen caminando hasta que se ven las primeras casas, el templo, la posada que está nada más entrar. Izuku prácticamente corre hasta la casa de su madre. Huele a pan.
Abre la puerta sin tocar y Kacchan lo sigue, detrás.
La casa de los Midoriya es muy pequeña, una casa más entre otras diez que son pequeñas, apretadas, donde apenas hay tres habitaciones diminutas y el salón principal se junta con el comedor y la cocina. Es acogedora, sin embargo.
—¿Mamá?
Una bandeja cae al piso.
No alcanza a romperse, porque es de latón, pero si a abollarse. Inko Midoriya corre hasta Izuku y lo abraza. Es más pequeña que él, pero tiene la misma mirada adorable de él. Katsuki desvía la mirada.
—Hola, mamá.
—Izuku…
Katsuki desvía la mirada.
Huele a pan recién hecho y ese es el olor que tiene su infancia antes de que todo se despeñara. Antes de que fuera capaz de usar magia.
—¿Quieres cenar? —pregunta Inko Midoriya cuando sueltan el abrazo. Alza la vista y por fin alcanza a ver a Katsuki—. También tú, si quieres.
Sonríe.
—Gracias —dice, secamente.
—¿Cuidaste a Izuku, Katsuki? —pregunta Inko Midoriya. Katsuki asiente y ve a Izuku ruborizarse—. ¿Irás a ver a tus padres?
—Mañana —aclara Katsuki—. De día. —Todo el mundo sabe que no es buena idea cruzar el Río Claro por la noche. La corriente es muy traicionera—. Antes de marcharnos.
Es imposible no darse cuenta de la desilusión de la madre de Izuku.
«Idiota», se dice Katsuki. «Imbécil».
—¿Volverán a irse?
Katsuki se queda en blanco. Sólo puede pensar en que no tiene derecho a poner triste a la madre de Izuku.
—Sí —interviene Izuku—. A la capital. Tenemos algo que hacer.
No especifica nada más. Inko sonríe, pero tiene una sonrisa triste. Suspira, acostumbrada a ver a Izuku ir y venir. Pero siempre descansaba entre viajes. Katsuki sigue en blanco porque siente que metió la pata hasta el fondo.
«Imbécil», repite, para sí.
—¡No será mucho tiempo!
—Vengan a cenar. —Inko Midoriya se dirige hasta la cocina—. Katsuki, si quieres, puedes usar el cuarto de invitados.
—Gracias.
Nadie dice nada más. Katsuki voltea su rostro a la ventana. Tan cerca de casa. Tan lejos.
Notas de este capítulo:
1) Ya casi acabé dos tercios de este fic y sigo yendo con la brújula a todo lo que da. El próximo capítulo es de Todoroki y espero reunirlos pronto. Sobre todo porque separados no voy a avanzar en el otro ángulo de su relación. (Aunque por un lado tener a Izuku y a Katsuki solos me ayudó a que se obligaran a relacionarse en santa paz y hablaran un poco. Y fajaran, también).
2) Dasher es una de mis canciones favoritas de Gerard Way en su etapa de solista y no suelo atraer mucho la atención sobre las epígrafes que pongo (tienen significado para mí y yastá) pero la verdad es que, aunque la letra no tenga una relación enorme con el capítulo, la melodía es muy la escena de Katsuki e Izuku en la posada.
Andrea Poulain
