Capítulo 21

Simba

Quizás todo parecía bonito alrededor de un alumno de Arte dramático. Sus clases de expresión corporal o los continuos ensayos con divertidos juegos de interpretación, creaban una imagen desfigurada de lo que realmente era estudiar una profesión como aquella. Pocos sabían que además de aquellas asignaturas, un estudiante del noble arte de la interpretación también tenía que pasar horas y horas delante de libros que hablaban de teoría del espectáculo, historia del arte o de lo que en aquella noche tenía completamente concentrada a Rachel frente a su escritorio; Historia y teoría de la literatura dramática del siglo XX.

Había momentos en los que creía que iba a caer dormida, pero el café la mantenía alerta en aquel día en el que se dedicó única y exclusivamente a estudiar algo que ya llevaba postergando demasiado tiempo, y que suponía un traspié para su objetivo si no lograba superarlo en aquel último cuatrimestre.

Y todo eso a pesar de recibir algún que otro mensaje de Quinn, suplicándole que no se tomase a mal el desafortunado encuentro con su madre la noche anterior, en la situación más comprometida que había tenido en toda su vida.

Por suerte, salir de la casa de los Fabray no supuso ningún inconveniente ni ningún momento vergonzoso. Judy supo ser consciente de la situación, y tras dejarle las toallas a disposición, les permitió aquel respiro para que pudiesen recuperar su ropa, y esperar a que el taxi recogiese a Rachel por la puerta trasera del jardín. Solo Quinn tuvo que lidiar con las preguntas de su madre, y la reprimenda por mantener aquel encuentro en su propia casa, siendo consciente de lo que podría suponer que Mel las encontrara en aquella situación, o la llegada de alguno de los trabajadores que continuamente salían y entraban del lugar.

Quinn aguantó estoicamente aquella reprimenda, excusándose en que solo estaban tomando un baño y su madre terminó creyéndola, o al menos eso es lo que le comentó por teléfono para intentar calmarla.

Rachel no la creía, por supuesto que no, pero valoraba el esfuerzo de la rubia por volver a recuperar su confianza, y evitar que se sintiese cohibida por volver algún día a la casa de sus padres. Algo que no pensaba hacer a corto plazo. Mejor dejar pasar el tiempo antes de volver a enfrentarse a aquella familia, que tan buena impresión le había dejado.

Por ahora lo único que le importaba era lograr que aquel día fuese productivo antes del fin de semana que se acercaba, y que estaba segura, le iba a traer más de un quebradero de cabeza. Al igual que hacía Marley desde hacía unas semanas, provocarle aquel dolor de cabeza continuo por no saber qué hacer o cómo ayudarle con su situación. Aunque eso parecía que estaba a punto de cambiar.

—¡Rachel! —exclamó Marley entrando en el apartamento— ¿Estás?

—En mi habitación —respondió sin apartar la mirada del libro.

—Ah hey. ¿Estás estudiando? —se interesó tras acceder al cuarto.

—Sí. ¿Qué tal? —la miró— ¿Cómo ha ido tu prueba?

—Fatal —optó por entrar y tomar asiento sobre la cama—. Me salió todo mal, hoy no es mi día.

—Vaya lo siento, pensé que lo tenías preparado.

—No, la verdad es que no, llevo unos días bastante descentrada —bajó la mirada avergonzada—. Oye, hoy en el club, Quinn me ha dado esto para ti —murmuró entregándole una nota que Rachel aceptó rápidamente—. No la he leído, te lo prometo, aunque Quinn me dijo que no importaba si lo hacía. Que no iba a entender nada.

Escríbeme con la hora y el lugar.

Nada más. Esa sencilla frase que la obligaba a llamarla para saber a qué hora y qué lugar hacía referencia.

—Rachel —musitó de nuevo Marley tras el silencio de la morena mientras leía la nota y trataba de sacar alguna conclusión lógica —¿Qué sucedió el otro día?

—¿Cómo? — la miró curiosa— ¿A qué te refieres?

—Cuando llegué borracha y estabas aquí con Quinn.

—Ya te he contado lo que sucedió.

—No me refiero a eso, me refiero a lo que lo que yo hice. ¿Le dije algo a ella? —preguntó avergonzada.

—¿Qué si le dijiste algo? —repitió tratando de entender el matiz que Marley parecía querer darle a aquella cuestión.

—Sé que no has querido decírmelo para evitar que me ponga peor de lo que estoy, pero hoy al verla se me vinieron imágenes a la mente, y tengo la extraña sensación de haber dicho algo que no debía.

Rachel no respondió. Dejó la nota sobre el escritorio, y dibujó una traviesa sonrisa al tiempo que regresaba la mirada hacia sus apuntes.

—¿Qué? —insistió Marley— ¿Por qué te ríes?

—Por nada.

—Rachel, por favor. ¿Qué dije? No te haces una idea de la vergüenza que he pasado hoy cuando se me ha acercado.

—¿Te ha dicho algo más aparte de darte esa nota?

—No, bueno sí —se mostró nerviosa—. Me preguntó si estaba bien, y… bueno —balbuceó—, creo que le di algo de pena.

—¿Pena? ¿Por qué dices eso? Ella no sabe nada, solo te vio borracha y ya está.

—Me dijo que, si algún día necesitaba algo, contase con ella —respondió confusa—. No sé, es muy raro, Rachel. Un año entero sin dirigirme la palabra y ahora me ofrece su amistad después de haberme visto así.

—No seas así —volvió a mirarla—. Quinn te ha dicho eso porque ve que eres buena chica. Te ha conocido un poco mejor, y por eso se ha preocupado por ti —explicó—. Ella es muy desconfiada, y saber que eres mi amiga, le da un plus de tranquilidad.

—No me convence, yo creo que lo ha hecho por pena. A saber que le dije.

—No le dijiste nada. Simplemente llegaste, me abrazaste y —sonrió divertida—, me dijiste; ¡Qué mujer, Rachel! ¡qué mujer!, sin dejar de mirarla a ella. Ah sí, y luego cuando te dije que íbamos a la cama, le insinuaste que ella también podía venir, con nosotras dos.

—¿¡Qué!?—exclamó nerviosa— ¿De verdad le dije eso?

—Sí, así es —respondió tratando de contener la carcajada—. Pero tranquila, Quinn no se lo tomó al pie de la letra.

—¿Te estás riendo de mí? No tiene gracia, Rachel.

—Cálmate Marley, Quinn sabía que estabas borracha —trató de tranquilizarla.

—¿Te ha dicho algo de eso?

—No, no me ha dicho nada —respondió tras ver la preocupación que empezaba a apoderarse de su amiga—. Ni siquiera me lo ha mencionado. Solo me ha preguntado por cómo estabas, nada más.

—Oh dios, oh dios —se levantó de la cama—. O sea, es lo último que puede suceder, faltarle el respeto a alguien como Quinn.

—Marley, ¿Quieres relajarte? Quinn no se ha ofendido, ni siquiera le ha dado importancia, es más, dudo que incluso recuerde que le dijiste eso.

—Tengo que disculparme con ella —murmuró ignorando la explicación de Rachel.

—No seas idiota, lo vas a pasar peor.

—¡Rachel! —exclamó acercándose a ella—. Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, no puedo quedarme sentada después de haberle dicho algo así.

—¿Qué? —la miró confusa— ¿Me estás diciendo que te gusta Quinn?

—¿Qué? No, yo no he dicho eso.

—Le dijiste que nos acompañara a la cama y antes de eso, me dijiste que era una mujer espectacular. Si estabas diciendo la verdad es porque te gusta. ¿No es cierto?

—No, no —interrumpió—, no saques las cosas de quicio. A mí no me gusta Quinn. A ver, es cierto que es hermosa y que cualquier persona se volvería loca por ella, pero no significa nada. Ella pudo entender otra cosa de lo que yo pretendía decir.

—Marley —la detuvo—, Quinn no piensa absolutamente nada. ¿De acuerdo? Confía en mí. Ni siquiera se acordará.

—Estúpida cerveza —se lamentó resignada mientras volvía a tomar asiento en la cama—. No volveré a beber en mi vida.

—Eso espero, a mí tampoco me gustaría tener que verte como te vi —se mostró más seria—, y mucho menos ver que lo pasas tan mal por culpa de esa.

—¡Basta Rachel! —la detuvo antes de que una sarta de improperios cayeran sobre quien ambas sabían— Ella no tiene la culpa, soy yo la estúpida.

—No, no me digas eso porque ella sí tiene la culpa. ¿Por qué te trata así si no tiene pensamientos de conocerte?

—Porque es una buena chica —respondió decaída—, y me lo ha dejado claro muchas veces. No puede tener nada con nadie, y no quiere hacerme daño. Le gusta hablar conmigo y yo acepté ese rol.

—¿Por qué no puede tener nada con nadie? —se interesó. Marley no le había revelado ese pequeño dato.

—Porque está centrada en su carrera. No, no quiere nada que la aparte de su objetivo.

—¿Te ha dicho lo que estudia? —preguntó curiosa.

—No, claro que no. Yo tampoco le he dicho lo que estudio.

—¿Y sabes al menos de qué curso es? ¿Si es de Los Ángeles o…?

—Sí, sí es de Los Ángeles y es un año mayor que yo. Bueno igual que tú.

—Dios —se desesperó tras varios segundos en absoluto silencio—, no entiendo cómo puedes con esa curiosidad, y como a pesar de no tener expectativas de conocerla, sigues hablando con ella. Te va a hacer daño, te vas a volver loca —dijo tratando de hacerla recapacitar—. ¿Cómo vas a ir por el campus pensando que cualquier chica puede ser Nala? Por cierto, vaya nombre ha elegido.

—Es su película de Disney favorita —explicó con ternura—, dice que cuando era pequeña la veía constantemente, porque no tenía con quien jugar, y soñaba con ser Nala.

—¿No tenía amigas?

—Eh no, al menos eso es lo que me dice. Por eso me siento tan identificada con ella, porque yo tampoco tuve amigas hasta que no entre en el instituto, y bueno… Mejor no recordar.

—Menudo equipo —musitó tomando el papel con la nota de Quinn.

—¿Qué equipo?

—Tú no tenías amigas, yo no tenía amigas, Kurt no tenía amigos y Quinn tampoco —balbuceó perdiendo la mirada en el papel.

—¿Quinn? ¿Pero no era animadora?

—Sí, pero fue animadora para conseguir amigas. Antes, cuando era pequeña, dice que la llamaban bicho raro —sonrió apenada—. Le, le gustaba meter insectos en botes.

—Vaya. ¿Y cómo una chica como ella no tenía amigas? Por lo que me has contado, su familia es bastante importante.

—Por eso mismo. Quinn nunca ha podido confiar en nadie, porque todos los chicos o chicas que se le acercaban, buscaban algún beneficio propio.

—Mmm, eso me resulta familiar —murmuró.

—No me lo recuerdes por favor —suplicó la morena—, no sé cómo consigo dormir con todo esto en la cabeza.

—¿Cuándo piensas decírselo?

—No, no sé si voy a ser capaz de decírselo —confesó—. Solo quiero que se olviden de ella. Santana, Santana me dijo que aguantase hasta que le quitase la obsesión a Jane. Me pidió que al menos lograse que fuese a la fiesta.

—¿Y va a ir?

—No lo sé. Espero que sí. Ayer me dejó entrever que haría lo que yo le pidiese, y es lo único que quiero. Se lo está pensando… Espera —se detuvo volviendo a mirar la nota—. ¿Hora y lugar? Está hablando de la fiesta —miró a Marley confundida—. ¿Va a venir?

—Pues no lo sé, si no lo sabes tú —respondió la chica—. Pero… ¿Cómo la has convencido? Me dijiste que ella no quería.

—Me debe una.

—¿Por qué?

—Ayer casi nos pilla su madre mientras estábamos en… —volvía a detenerse, pero esta vez al ser consciente de lo que estuvo a punto de decirle a Marley, sin ni siquiera pensarlo.

—¿Estabais dónde? —cuestionó inocente.

—Nada, olvídalo.

—¿Qué ocurre, Rachel? —se interesó tras ver como la morena desviaba la mirada y comenzaba a mostrarse nerviosa— ¿Qué pasó ayer? ¿No me digas que estabais haciendo algo y…?

—No, no —interrumpió—. No hacíamos nada, solo nos bañábamos en la piscina, pero se supone que sus padres no iban a regresar, y regresaron. Su madre nos vio dentro de la piscina.

—¿Y qué hay de malo en eso? ¿No podíais bañaros?

—Estábamos en ropa interior —musitó completamente ruborizada—, pero no hacíamos nada, solo… Bueno, quizás sí estábamos besándonos, pero nada más —se excusó ante la sorpresa de Marley.

—¡Rachel! ¿Estás con Quinn a pleno?

—No, quiero decir, no estamos juntas o sí —balbuceó confusa—, lo cierto es que no lo sé.

—¿Te has acostado con ella?

—No, no, claro que no —respondió rápidamente—. Te recuerdo que no me gustan las chicas. No estoy preparada para algo así ya.

—Pues no lo parece —bromeó— ¿Cómo es eso de que no sabes si estás o no con ella?

—No, no lo sé, no hemos hablado de eso. Solo, solo nos hemos dicho lo que nos pasaba y ya está.

—Y has salido a cenar con ella, te has metido con ella en la piscina en ropa interior y su madre os ha visto a saber en qué situación —repitió con una enorme sonrisa—. A eso se le llama estar con alguien, y tarde o pronto, vas a caer en su cama.

—¡Basta! No quiero hablar de esto contigo, te recuerdo que tú has necesitado emborracharte para confesarme que estabas loca por esa chica.

—No estamos hablando de mí.

—No quiero hablar de mi sexualidad —replicó volviendo la mirada hacia sus apuntes.

—¿Piensas acostarte con ella antes de decirle toda la verdad? —cuestionó interesada.

—¡No! —exclamó— ¿Cómo pretendes que haga eso? Me, me gusta, y si me acuesto con ella es porque quiero estar con ella —aclaró—. No podría hacer nada sabiendo que le estoy mintiendo y, espera… ¿Volvemos a hablar de mí? Ok basta, déjame que quiero seguir estudiando.

—Rachel —se levantó de la cama—, siempre te estás quejando de mí, pero tú eres peor. Esas amiguitas tuyas de la fraternidad te van a convertir en alguien en quien no eres. Deberías pararte a pensar y no seguir…

—Marley —la miró amenazante—, nada de sermones. ¿Ok? Y ahora, por favor, quiero seguir estudiando —la invitó a que la dejase a solas.

—Ok, que pases buena noche —murmuró dirigiendo sus pasos hacia la salida de la habitación.

—Gracias —susurró la morena aún molesta.

—¿Gracias por qué?

—Por la nota —le mostró el papel que había recibido de Quinn.

Marley se limitó a regalarle una mueca de absoluta resignación, y abandonó la habitación ante la atenta mirada de Rachel, que volvía a quedarse a solas para continuar con su intensiva jornada de estudios. Sin embargo, no iba a poder concentrarse a menos que saciara la curiosidad de aquella nota. Tras esperar varios minutos en los que escuchó como la puerta de la habitación de Marley se cerraba por completo, se apresuró en tomar su teléfono y hacer aquella llamada que había estado deseando hacer todo el día, pero que su orgullo no le permitía.

—Pensaba que no me ibas a perdonar nunca —se escuchó tras el auricular del teléfono de Rachel, pero la morena tenía otras intenciones.

—¿Cuál es tu película de Disney favorita? —cuestionó directa.

—¿Qué?

—Vamos, dime… ¿Cuál es tu película de Disney favorita y por qué lo es?

—¿Película favorita? —balbuceó completamente confundida—, pues no sé, no tengo una favorita.

—¿No? —repitió extrañada— ¿Por qué?

—No sé. ¿A qué viene esa pregunta?

—¿No te gustaba el rey León?

—¿El rey León? Pues sí, supongo que también.

—Desde el día que al mundo llegamos —tarareó—, ya sabes, el ciclo sin fin Simba, Mufasa, Nala.

—Rachel. ¿Qué dices? ¿Por qué me preguntas eso? —volvía a cuestionarla extrañada.

—¿No te gustaba Simba o Nala? —insistió— ¿Recuerdas a Nala?

—Claro que la recuerdo, pero no entiendo por qué me preguntas por eso ahora. ¿Estás viendo la película o…?

—No, no nada —desistió—. Solo era por curiosidad.

—Mmm, curiosidad —musitó aún confusa—. Pensé que me llamabas porque querías o no, mejor dicho, porque necesitabas escuchar mi voz —bromeó—, pero veo que no es así.

—¿Narcisista? ¿Ególatra? No sabía que Quinn Fabray tuviese esos defectos —optó por dejarse caer sobre su cama—. De hecho, pensaba que Quinn Fabray iba a terminar llamándome para disculparse una vez más por lo sucedido ayer.

Un breve silencio roto por algunos suspiros de resignación fue la primera de las respuestas de Quinn.

—Siete mensajes, a pesar de saber que estabas estudiando y no quería molestarte, son suficientes para que me disculpes. ¿No crees?

—No hasta que me digas que significa la nota que le has dado a Marley, que por cierto está sorprendida porque le has hablado.

—¿Sorprendida? ¿Por qué? Solo me interesé por ella, quería saber si estaba bien y…

—Lo sé, me lo ha comentado —interrumpió—. Pero se siente mal. Piensa que le hablas por pena, por el estado en el que la vistes el otro día.

—No me da pena —respondió rápidamente—. Solo me preocupó un poco. Creo, creo que es buena chica y no sé, quizás yo deba ser un poco más abierta y mostrarle más confianza.

—Eso mismo le he dicho yo, pero no me cree. Además, está convencida de que estás ofendida.

—¿Ofendida? ¿Por qué?

—Por lo que dijo acerca de, bueno ya sabes, lo de dormir las tres juntas. ¿Lo recuerdas?

Una leve risotada tranquilizó el estado de Rachel que veía como la conversación, a pesar de estar supuestamente en mitad de una disputa, tenía sus momentos razonables y lógicos, llenos de toques de humor que hacían que hablar con Quinn fuese más encantador aún.

—Estaba borracha. ¿Cómo me va a ofender por eso? Además, en un caso hipotético, sería todo un halago y un lujo —respondió traviesa.

—¿Un lujo?

—Un lujo —volvió a sonar divertida—. Tú y Marley. ¿Dónde hay que firmar?

—¡Quinn! —recriminó la morena.

—Vale, vale, lo siento —sonrió—. Mejor tú.

—Quinn, no tiene gracia.

—Nadie está bromeando, dormir contigo tiene que ser una delicia —confesó sonando con una dulzura que traspasó el auricular.

—Ok, creo que esta no es la mejor conversación si quiero seguir estudiando —balbuceó completamente nerviosa.

—Cierto, lo siento. ¿Para qué me llamabas?

Ni idea, pensó Rachel tras aquella breve pero insinuante conversación en la que supo que Quinn estaba más que dispuesta a compartir cama con ella, y, probablemente, no para dormir precisamente. Y por culpa de eso la mente empezó a jugarle malas pasadas, y hacerle revivir escenas que se habían dado entre ellas, y otras muchas que procedían única y exclusivamente de su imaginación. De su delirante y excitante imaginación desde que había conocido a aquella chica y su sugerente encanto, cuando dejaba a un lado la timidez que solía vestir de cara a los demás.

Sus gestos, su voz, su mirada se transformaban por completo cuando los sentidos se activaban entre ellas. Dejaba de ser dulce y cariñosa, para convertirse en pura seducción y sensualidad, tal y como le demostró la noche anterior en la piscina.

Y fue recordar eso y sentir como el calor se apoderaba de ella, y la dejaba sin respuestas a aquella pregunta que ya había formulado Quinn, y que esperaba impaciente tras el teléfono.

—¿Rachel? —susurró— ¿Estás ahí?

—Eh sí, sí —reaccionó a la llamada de atención.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué me has llamado?

—Por la nota, por tu nota, la que le has dado a Marley —explicó con los nervios a flor de piel— ¿Qué significa?

—¿Tú que crees?

—No lo sé —fingió tratando de hacerla hablar.

—Te debía una, ¿no es cierto?

—Ajam.

—Bien, he decidido que te voy acompañar en esa fiesta de Barbies a la que vas a ir.

—¿De veras? —trató de sonar serena, pero lo cierto es que su sonrisa ocupando gran parte de su rostro mostraba una satisfacción difícil de disimular.

—Sí, creo que es justo después de hacerte pasar el mal trago de ayer. Eso sí —añadió—, iré siempre y cuando me permitas marcharme cuando lo crea oportuno. No pienso aguantar algo que no esté dispuesta. ¿De acuerdo?

—Haremos una cosa —sonrió satisfecha—, nos marcharemos las dos cuando te canses.

—¿Las dos?

—Sí, y nos marcharemos a algún lugar, solas, sin esas Barbies que te sacan de quicio —bromeó.

—Ok, esto suena mucho mejor —respondió tras dejar escapar un pequeño suspiro—. Me temo que me voy a cansar muy pronto.

—Lo imaginaba —siguió con la broma—. Pero bueno, supongo que el que me acompañes ya es lo suficientemente importante como para hacerme olvidar lo que sucedió ayer con tu madre, obviamente. Lo otro prefiero no olvidarlo.

—Yo tampoco —susurró segundos antes de prolongar un silencio que se adueñó de la conversación, y que era fruto de los recuerdos que volvían a pasearse por la mente de ambas.

—¿Te parece bien sobre las diez? —fue Rachel quien volvió a retomar el hilo de la conversación.

—Me parece perfecto. ¿Dónde es?

—Greenfield Avenue —indicó—, en el 200. Es una casa, no es una residencia.

—Ok, anotado. ¿Te veo allí?

—Sí, allí estaré.

—Perfecto, espero reconocerte —bromeó.

—No tiene gracia —respondió conteniendo la risa.

—Cierto, no tiene gracia, como tampoco la tiene que siga entreteniéndote y no puedas prestarte atención a…

—A la historia y teoría de la literatura dramática del siglo XIX.

—Puff, ánimo.

—Gracias —sonrió segundos antes de volver a sentir como el silencio se apoderaba de la conversación, y no había nada que pudiese interrumpirlas.

Saber que estaban unidas por el teléfono, en la casi oscuridad de sus habitaciones, pensando en aquella sensación que provocaba que ambas tuvieran que parar la conversación por culpa de los pensamientos, de saber que la una esperaba a la otra y viceversa, empezaba a ser algo agradable. Nada que ver con la incomodidad que suponía al principio de sus encuentros, cuando las dudas las asaltaban por cualquier gesto o comentario.

Ahora, en aquella noche del jueves, y tras un mes viéndose prácticamente a diario, las sensaciones eran distintas. Muy distintas y agradables.

—¿Vas a dormir bien? —fue Quinn la que rompía el embaucador silencio que provocaba aquella amplia sonrisa en ambas.

—Lo voy a intentar. ¿Y tú?

—Llevo muchos días durmiendo bien, muy bien —respondió con dulzura.

—Me alegro que así sea.

—Si no lo consigues tú, solo tienes que escribirme o llamarme. Prometo hacer lo posible para que descanses. ¿De acuerdo?

—Lo tendré en cuenta —respondió complacida—. Buenas noches Quinn.

—Buenas noches, Simba