"Venganza... El Pasado Regresó"
CAPÍTULO 19
«Viajemos a Chicago, el sábado por la tarde» le propuso Terry... «Podemos detenernos en un condado cercano y pasar la noche ahí... ¿Te gustaría?»
A Candy le pareció una gran idea, por lo que aceptó de inmediato la propuesta. Ella sabía que Terry no deseaba quedarse en la mansión de los Ardley... Su negativa le parecía por completo entendible, ya que después de lo que sucedió con Archie, resultaba lógico que Terry no se sintiera a gusto, quedándose allá. El joven Cornwell había enviado disculpas para ella, pero en ningún momento se disculpó con Terry. Lo mejor era que ellos se mantuvieran alejados.
El viaje resultó tal como lo planearon. Por la noche del sábado, llegaron a un pequeño condado y se hospedaron en un hotel, que se encontraba a orillas del lago Michigan. Dicho condado ya estaba muy cerca de la ciudad de Chicago, por lo que no sería un problema, retomar el viaje y llegar a tiempo para asistir al desayuno con Annie.
—La vista del lago es maravillosa... —expresó Candy, observando el paisaje desde la terraza del hotel—. Y eso que no es de día... —señaló ella, mientras Terry se le unía.
—También me gusta —aceptó él, después desvió su mirada hacia la chica—. Hace frío, será mejor que entremos... —aconsejó, posando su mano en el hombro de Candy—. No queremos que te enfermes ¿Verdad?
Candy sonrió, sintiéndose enternecida.
—De pronto, me recordaste a mi papá... Él siempre hace esa advertencia... "Cúbrete cariño, no queremos que te enfermes ¿O sí?" —ella intentó imitar la voz de Declan y Terry rió.
—Casi me muero, la primera vez que lo escuché llamándote "Cariño" —confesó él, mientras Candy se echaba a reír—. Te juro que no sé cuántas veces, voy a sentirme avergonzado, por haberme puesto celoso de mi propio suegro.
—Cualquiera puede equivocarse... Créeme, mi papá y tú son tan parecidos, que van a llevarse muy bien —Candy acarició el rostro de Terry y él con curiosidad, le preguntó:
— ¿Qué sentiste cuando te encontraste con él, por primera vez?
—Sentí demasiada emoción... Imagina, había hablado con él, sólo mediante cartas y luego... El verlo y escuchar su voz, fue tan impresionante... —la muchacha suspiró—. "Anais", me llamó cuando nos dimos un abrazo... Fue la primera y la última vez que él me dijo así.
— ¿Anais? Ese... ¿Era tu nombre? —cuestionó Terry, limpiando las lágrimas que habían resbalado por las mejillas de Candy.
—Sí... Es el nombre que me pusieron mis padres.
—Es un nombre hermoso... —susurró Terry, dándole un suave beso sobre los labios.
—Qué bueno que te gusta, porque hice un trámite para obtener un documento oficial... Hace más de un mes que soy Candice Anais O'Shea... —ella rió divertida—. No me importa si se escucha raro, yo quiero tener algo más de mis padres, no sólo el apellido.
—Me encanta... —dijo Terry, tomándola por la cintura, para pegarla a su cuerpo—. ¿Sabes? Anais, me volvía loco...
— ¿Ah sí?
—Sí...
—Has estado mucho tiempo con Candy, ¿No crees? —cuestionó ella, usando aquel tono travieso—. Si tú quieres, también podrías pasar algo de tiempo con Anais...
—Eres perversa... —le dijo él, haciéndola reír—. Pero acepto con gusto tu invitación... Así que ven aquí, Anais... El Señor Grandchester se muere por jugar contigo —sentenció Terry, antes de llevarse a su mujer a la cama, para hacerle el amor.
Un par de horas más tarde, cuando ellos ya se disponían a dormir, Terry hizo una inesperada propuesta...
— ¿Y si después de la fiesta, nos subimos a un tren y viajamos a Pittsburgh? —le dijo a Candy.
— ¿Va pedir mi mano, Señor Grandchester?
—Así es... Y además quiero que ya iniciemos con los preparativos para casarnos... ¿Quieres ir?
—Sí... Sí quiero, mi amor... —contestó ella, abrazándolo fuerte, pareciéndole increíble tanta felicidad.
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Chicago, era un sitio al que Declan había jurado, no regresar. Sin embargo, el cruel destino estaba obligándolo a volver... No sólo a la ciudad, sino también, al suceso que aconteció 25 años atrás y el cuál cambió el rumbo de su vida, para siempre.
Jamie no decía nada, pero él también se sentía mal, por tener que retornar al lugar en donde nació y en el cual, vivió la peor etapa de su existencia.
Ambos hombres, habían hablado muy poco, durante el camino que llevaban recorrido. No tenían mucho que decirse, no obstante, Jamie creyó que era momento de depurar el estado de ánimo de Declan, sabía que sostener una plática con él, quizás le ayudaría en algo...
— ¿Sigues preocupado por los niños y las mujeres? —le preguntó Jamie, observándole con atención—. Ellos están muy bien resguardados, no tienes por qué temer.
—Yo sé que estarán bien —contestó Declan—. Eso no es lo que me preocupa.
—Entonces... ¿Qué es lo que te está agobiando?
Declan dirigió la mirada hacia su cuñado y contestó:
—Me preocupa mi temperamento... Odio sentir estas malditas ganas de matar a Lanotte, con mis propias manos.
La honestidad con la que se expresó Declan, no impresionó a Jamie, porque él se sentía igual... Desde que supo de la reapertura del caso, no había parado de recordar, la noche en la que murió su hermana. Por años bloqueó ese tenebroso suceso, pero últimamente ya no podía borrar lo que había visto y escuchado; la escena se presentaba una y otra vez, dentro de su cabeza, haciéndole vivir de nuevo, todo el acontecimiento: Shannon gritó por mucho tiempo, luego se escuchó un disparo y después de eso no hubo otro sonido... Todo se quedó en silencio, el único ruido que Jamie pudo escuchar, era el que hacían sus zapatos, mientras él corría por el pasillo, para ver lo que había pasado.
—No pienses en eso... —recomendó James, sacudiendo aquellos recuerdos de su mente—. Mejor piensa en nuestra familia, piensa en Candy y las ganas que tienes de verla feliz... Ten fe y ten por seguro que, cuando esta pesadilla termine, todos nosotros sanaremos y podremos seguir adelante, porque habremos hecho justicia.
Declan asintió, sintiéndose un poco reconfortado con las palabras de su cuñado. No sería fácil poner en práctica todo eso que Jamie le proponía, más él sabía que, tampoco era imposible de lograr.
Tanto él, como Jamie, se mantuvieron callados, mientras observaban a través de las ventanillas del tren... Estaban cerca de su destino y aunque los primeros rayos del sol comenzaban asomarse, iluminando el verde campo de Illinois, ellos no podían percibir luminosidad alguna.
Ninguno de los dos, se dejaría envolver por la luz, hasta que todo eso terminara y sus corazones encontrarán la paz que necesitaban.
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«¿Le pido que reconsidere su asistencia a ese evento... Gino está en Chicago y usted corre peligro yendo hacia allá»
Las palabras de Roger, resonaban una y otra vez, dentro de la mente de Candy. Sin embargo, ella se sentía incapaz de atender la recomendación, que le hizo su viejo amigo.
Quizás era una imprudencia la que ella estaba cometiendo, pero no podía permanecer lejos de Annie... No estuvo cuando ella se embarazó, ni cuando nació Jared, Candy sabía que eso la decepcionó terriblemente y era consciente de que ya no podía seguirle fallando de esa forma.
Estaba resuelta a resarcir, cada uno de los daños que cometió, cuando se obsesionó con el caso de Lanotte. Sus planes de venganza habían quedado en el olvido y lo mejor que podía hacer, era recuperar la esencia de la antigua Candy, esa chica que jamás decepcionaba a sus seres queridos.
La enorme propiedad de los Ardley, apareció frente a sus ojos y de inmediato, Candy dejó de pensar en aquello que la preocupaba. Observó con detenimiento el paisaje y pensó:
«Siempre me impresiona regresar a este lugar... Es tan irreal...»
Melancólica, continuó mirando por la ventanilla, esperando ver la figura de su hermana. Casi de inmediato, Annie salió corriendo para recibirles y detrás de ella, sorpresivamente apareció Patricia O'Brien.
— ¡Oh Dios! ¡Patty está aquí! —exclamó Candy, haciendo reír a Terry.
—Sólo espero que ya no me tenga tanto miedo... —bromeó el joven, recordando que la chica O'Brien era muy tímida con él.
—Claro que no... Ella te admira mucho y siempre te tiene presente... ¡Oh Terry! Esto es maravilloso.
Él sonrió de nuevo y con cautela, manejó hasta llegar al pie de la escalinata. Una vez que se estacionó, Candy bajó del coche y corrió para encontrase con sus amigas.
— ¡Candy! —exclamó Patricia, abrazándole con emoción—. Cuánto gusto me da poder estar aquí, no sabes las ganas que tenía de verte.
—A mí también me da gusto verte, Patty estás tan hermosa... —mencionó la rubia, sintiendo mucha admiración por su amiga.
Annie observó a Candy y haciendo un puchero, preguntó:
— ¿No hay un abrazo para mí?
— ¡Claro que sí!
Las hermanas se abrazaron efusivamente, ambas susurraron algo en sus oídos. Candy sonrió nerviosa y Annie soltó una carcajada, estaba segura de que el silencio de su hermana, significaba que "todo" había sido maravilloso.
Patty por su parte, aprovechó para acercarse a Terry y una vez que estuvo frente a él, lo enredó en un cálido abrazo.
— ¡Cuánto gusto verte Terry! —exclamó emocionada.
—El gusto es mío, Patty —le dijo él, sintiéndose sorprendido, pues no esperaba que Patty lo recibiera de esa manera.
—Finalmente, estás aquí, con nuestra Candy... —añadió ella tomándolo por ambas manos—. Por favor, dime que ya le pediste matrimonio... Dime que ya no la vas a dejar ir... —susurró Patricia, para que Candy no la escuchara.
—Solo ve la sortija que adorna su mano... Esa es la respuesta que buscas —confesó Terry, observando el emocionado gesto de la chica O'Brien.
Rapido, Patty corrió hacia dónde estaba Candy y verificó su mano. Annie también miró con atención y de pronto ambas, gritaron muy emocionadas.
— ¡Oh Dios Candy! ¡Felicidades! Estaré feliz de ayudarte con todo lo que necesites —mencionó Annie, sin ser capaz de contener las lágrimas.
—Cuenta con mi ayuda también —agregó Patty, contagiándose con las lágrimas que Annie derramaba—. ¡Muchas felicidades!
Candy estaba tan emocionada que no pudo responder, sólo les sonrió y las abrazo a ambas. Una vez que dejaron de llorar las dos jóvenes se dirigieron a Terry, para felicitarlo y llenarlo de buenos deseos.
Archie observó la escena desde lo alto de la escalinata, cuando Candy se dio cuenta de su presencia, él bajó los peldaños y se encontró de frente con ella.
—Candy... Lo siento, me comporté tan mal contigo... Yo...
—No tienes que decir nada más, Archie, por favor, olvidemos ese asunto.
Ellos se unieron en fuerte abrazo y conmovido, Archibald añadió:
—Por favor perdona mi estupidez.
—Todos nos equivocamos, olvidemos ese mal rato que vivimos ¿De acuerdo?
Archie tomó su mano, observó el anillo y con ternura, besó la mejilla izquiera de Candy.
—Deseo que seas muy feliz con Grandchester... Por favor déjame saber si puedo ayudarte en algo.
«Al menos el idiota se está portando bien con ella», pensó Terry, viendo cómo Candy abrazaba a Archie y le sonreía con alegría... «Este será un día muy largo...», aceptó el actor, obligándose a mostrarse sereno. Lo único que deseaba, era que todo eso terminará para que Candy y él se marcharan a Pittsburgh y pudiesen obtener la bendición de Declan... «¿En dónde estará Albert?», se preguntó, al tiempo que Candy se acercaba para tomarlo de la mano, e invitarlo a entrar a la casa.
Le parecía raro que no hubiese salido para recibirlos, solo esperaba verlo pronto, pues tenía muchas ganas de saludarlo y hablar largo y tendido con él...
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Albert observó con detenimiento, a la joven mujer que se encontraba frente a él... La muchacha se veía muy hermosa. El rubio magnate, no podía negar que fisicamente, ella era bastante atractiva.
Tristemente, el físico no lo era todo y eso, él lo sabía a la perfección. Que la muchacha fuese tan agradable a la vista, no era una razón de peso para casarse y formar una familia con ella.
—No era necesario que viniera por mí —le dijo la joven, en el momento en el que se encontraron—. No se hubiera molestado, Señor Ardley.
—No es ninguna molestia, además usted es mi prometida —señaló Albert, algo confundido, pues esa era la primera vez que ellos dos charlaban a solas... ¿Debían hablarse de usted?
Sin importar la manera en que lo trataba, Albert escoltó a la chica hacia la salida de la casa.
—Dejemos de fingir, Señor Ardley... Ni usted, ni yo, queremos esto...
— ¿Se refiere al matrimonio? —preguntó Albert y ella asintió.
—Mire... Ya sé que a mis 27 años, lo menos que esperan, es que me convierta en la esposa de alguien... Sin embargo...
Ellos habían llegado hasta el vehículo de la familia Ardley, el servicial chofer ya los esperaba, para abrirles la puerta, por lo que Albert dijo:
—Suba al automóvil por favor... Después hablaremos del compromiso, se lo prometo.
La muchacha dudó por algunos segundos, pero al final, terminó por aceptar la recomendación de quién se hacía llamar su "prometido". Albert por su parte, se sintió un tanto sorprendido, siempre había sido él quien se quejaba del compromiso. Nunca pensó que la chica Healy, tampoco quisiera casarse.
Para los Ardley, el matrimonio por amor, era impensable.
Todos los enlaces matrimoniales del clan, habían sido arreglados. Incluyendo el de sus padres y el de su hermana, Rosemary. Ambos matrimonios tuvieron éxito, porque los años de convivencia fortalecieron la relación... Por el contrario... Algunos no llegaban a entenderse. Ese era el caso de los Leagan: era de su conocimiento que la prima Sarah y su marido, no se toleraban.
La mansión de los Healy estaba muy cerca de la mansión de Albert, por lo que el traslado de un lugar a otro, fue casi instantáneo.
—Incluso podía llegar caminando... —susurró la muchacha, al ver que entraban a la propiedad de los Ardley.
Albert, no dijo nada, pero esbozó una divertida sonrisa.
Meribeth Healy, estaba decidida a tratarlo como basura...
«Está bien, señorita inmadura» se dijo él, viéndola de reojo... «Si quieres jugar rudo, lo haremos... Estoy muy lejos de ser el caballero que los Ardley, han estado empeñados en formar»
—Oh... Ellos ya están aquí... —mencionó Albert, al observar el coche que le había prestado a Candy y a Terry.
Meribeth frunció el ceño, no sabía de lo que el hombre hablaba, ni tampoco le interesaba. Lo único que ella quería, era que el tormento concluyera. Convivir con los Ardley, era la mayor de las desventuras, que le pudieron haber sucedido. Peor aún, sus padres la habían abandonado a su suerte ¡Apenas podía creerlo!
Cuando el chofer se estacionó, ella abrió la puerta y abandonó el vehículo, sin esperar a que le abrieran la puerta.
«¿Todo esto, para un bautizo?», pensó sorprendida, observando la decoración del jardín y sus alrededores.
—Sí, yo también pienso que es algo exagerado —afirmó Albert, adivinando su pensamiento—. Venga, Señorita Healy... La casa está hacia el otro lado —señaló, mientras Meribeth fruncía el ceño y caminaba junto a él.
El espectáculo de los "futuros esposos" tenía que comenzar. Ella sabía que tendría que calmarse y dar un buen show.
Meribeth no era del tipo de mujer, a la que le gustara asistir a eventos sociales, de hecho, por años estuvo evitándolos. Sabía que estaba prometida a un escocés nacido en América y que no había que nada que pudiese hacer al respecto. Se enteró de eso a los 20 años, por eso dedicó su tiempo de soltería para viajar y hacer lo que ella deseaba, pues el momento de cumplir con su responsabilidad estaba lejos, tenía que esperar a que el "heredero de oro" pudiera asentarse como patriarca.
¿Qué importaba si ella se hacía vieja, mientras esperaba? A nadie le preocupaba, porque tarde o temprano ella se casaría con el "maravilloso" William A. Ardley.
Meribeth no sabía nada sobre buenas costumbres, estaba segura de que cuando la Señora Elroy se diese cuenta de la poca gracia que ella poseía, pondría el grito en el cielo... Según su madre, Elroy Ardley era una mujer muy estricta e incapaz de perdonar errores.
Sus ojos color miel, observaron con cuidado el vestíbulo de la mansión y lo comparó con el suyo... La propiedad de los Healy no era tan ostentosa. Ellos eran auténticos escoceses y tendían a ser mucho más toscos que los americanos con ascendencia escocesa, estos últimos eran tan pomposos y "ridículos" como los aristócratas ingleses.
Cuatro años atrás, sus padres la mandaron a pasar una temporada en Londres, ellos tenían la esperanza de que ella aprendiera algo... Lo que fuera... Pero Meribeth, ya tenía su vocación bien definida y no hizo nada de lo que todos esperaban. Así que en resumen, ella era una calamidad andando...
—Señorita Healy, Señor Ardley... Los chicos les esperan en el comedor —anunció George Johnson, quien mostraba un rostro tranquilo y una sonrisa amable. Él, era lo más amable que la Señorita Healy había visto en esa casa.
—Gracias George, iremos hacia allá —respondió Albert, tomando sorpresivamente, la mano de Meribeth, provocando que ella se sonrojara y le mirara con timidez—. Venga... Es hora de que conozca a mis sobrinos y a mis amigos... No se preocupe Meribeth, van a caerle muy bien... —prometió él, antes de emprender el camino hacia el comedor.
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Gian Luca había estado escuchando la conversación que su padre y el Tío Claudio, sostuvieron. Lo hizo, a escondidas, detrás de la puerta que daba a la biblioteca.
Ellos no le habían dejado otra opción.
Primero, su padre había pactado con el bando contrario a O'Banion, nunca le dijo nada y en segundo lugar, estaba el tema del FBI, tampoco lo había enterado sobre por qué era tan importante que "El Marica y La Zorra" fueran encontrados. No entendía la fijación de su padre hacia ellos. Solo captó que existía algo, que sucedió en el pasado y que por ese suceso, los dos agentes estaban intentando cazarlos.
Un día antes, había recibido un reporte, que en realidad era para su padre, ambos agentes seguían desaparecidos, aunque se creía que por lo menos el tipo, estaba en Washington. Gian Luca no le dijo nada a Gino, y él mismo autorizó una nueva investigación, por lo que otorgó el dinero necesario para que los detectives pagaran por información. En el FBI, podrían tener a los mejores elementos, pero no todos se conducían de forma honesta, siempre había agentes que revelaban datos sobre las operaciones, que se llevaban a cabo.
«Usted, sabrá dónde se encuentra James Keating, le llamaré exactamente a las doce horas del día domingo»
—Luca.. Hijo... —le llamó, Claudio—. Creí que hoy estarías ocupado —señaló el hombre—. Tu madre no paraba de decir que, asistirán a una gran fiesta.
—Estaré listo, para cuando se llegue la hora... Ahora mismo, espero una llamada.
—Una llamada en domingo... Vaya... Debe ser importante...
Claudio estaba preocupado por el chico, pues él creía que Luca estaba perdiendo la confianza en ellos... Eso le parecía muy peligroso. Nadie dentro de la familia debería desconfiar.
Gian Luca observó el reloj, este marcaba que faltaban un par de minutos para las 12:00 p.m. Esperó pacientemente y justo cuando el reloj marcó la hora deseada, el teléfono sonó.
«Señor Lanotte... La información recabada arroja que el sujeto fue enviado a Chicago, hemos ido a su vivienda y corroboramos que él y su familia se han marchado»
—Está bien... ¿Y sobre la chica?
«Nadie sabe nada sobre ella, al parecer es una simple aprendiz, seguiremos buscando.»
—Muy bien, gracias...
Luca colgó el auricular, ante la curiosa mirada de Claudio.
— ¿De qué se trata, hijo? —cuestionó el hombre—. Por favor, no es bueno que te guardes las cosas, yo no soy como Gino, en mí sí puedes confiar.
—Lo sé... Pero no has querido hablarme de por qué mi padre está tan malditamente obsesionado con los dos agentes del FBI.
—Tu padre es así... Se obsesiona con cualquier tema.
—Mientras no me digan de qué se trata, yo intentaré sacar mis propias conclusiones.
— ¿Te han dicho algo sobre eso?
—James Keating, alias Aidan White, está aquí en Chicago... El muy cabrón se recuperó de la golpiza que le dí.
—Está bien, gracias por decírmelo... —dijo Claudio—. Será mejor que tu padre no lo sepa, yo me voy encargar de eso.
Gian Luca asintió, no obstante, se negaba a dormirse en sus laureles, seguiría investigando, lo haría a escondidas, porque él no estaba dispuesto a ir a la cárcel por culpa de los errores de su padre.
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«El mundo es muy pequeño», eso decía la Señotita Pony, cada vez que ella experimentaba un suceso inesperado.
«¡Vaya que lo es!» admitió Candy, reflexionando sobre lo que había sucedido en el desayuno, cuando le fue presentada la prometida de Albert... «De hecho, es pequeñísimo», añadió en pensamientos, mientras sacaba la ropa que usaría en la fiesta.
— ¿Qué te pareció la prometida del Tío Abuelo William? —preguntó Patty, al tiempo que esbozaba una sonrisa.
—Me parece que es muy agradable... —la mente de Candy, retrocedió un año atrás, cuando conoció a Meribeth Healy, ese día ella usaba un gorro, para ocultar su cabello, sin embargo, su rostro era tan amable y bello, que aunque fingiera ser un hombre, Candy supo de inmediato que se trataba de una mujer.
«Señorita White...», le llamó Meribeth «Bienvenida a su clase de defensa personal, yo seré su mentora en este proceso»
Meribeth parecía ser muy estricta, pero en realidad no lo era. Candy aprendió mucho de ella.
«Mi familia es muy tradicional, no permitirían que yo sea un agente... Ni siquiera imaginan que estoy aquí en América», confesó mientras su rostro se sonrojaba «Ellos creen que estoy en Londres, aprendiendo cómo ser una dama y la esposa perfecta»
Ambas rieron con soltura, ante aquella revelación. Candy apenas la conocía, pero creyó que ellas dos eran muy parecidas, desde que inició su carrera como agente, esa fue la primera vez que se sintió en paz.
Nunca hablaron de sus vidas, se informaron sobre algunos datos, pero ninguno tan importante como para revelar algo sobre su verdadera identidad. Después de que concluyeron las clases, no volvieron a verse.
—Adoro cómo acomodas tu cabello —dijo Patty, haciendo que Candy abandonara sus pensamientos—. Yo he tenido que cortarlo.
—Se te ve muy bien... —puntualizó Candy—. He pensado en cortármelo, pero creo que alguien llamado Terrence, estaría algo decepcionado.
—Si a él le gusta, entonces no te lo cortes... —recomendó Patty con sabiduría.
El ruido de algunos automóviles se dejó escuchar. Candy se asomó discretamente por la ventana, para ver quiénes llegaban.
—La tía abuela... Y... —la rubia no pudo terminar la frase, pero Patty imaginó de quienes se trataba.
—Annie me dijo que la tía pasó unos días en la mansión de Lakewood, supongo que por eso viene con ellos —expresó la joven O'Brien, refiriéndose a los Leagan—. Escuché que Neil, finalmente se comprometió.
Candy observó a Neil y a una mujer, bajando del mismo automóvil, supuso que ella era su prometida. También, vio a Elisa, ella miraba de un lado a otro, como intentando encontrar a alguien.
El estómago de Candy se contrajo, conocía muy bien ese tipo de mirada... Lo vio una década atrás, en Lakewood, en aquel entonces, Elisa buscaba a Anthony; después volvió a verla, muchas otras veces, cuando estudiaban en Londres y ella buscaba desesperadamente a Terry.
Apretó los puños fuertemente... La Candy del pasado era capaz de comprender a esa espeluznante pelirroja, pero la Candy actual, no era tan comprensiva... Si esa mujer iniciaba un conflicto, entonces ella iniciaría la guerra.
—Tengo que ir a ver a Terry —le dijo a Patty—. Debo advertirle que ellos están aquí.
—Sí, pero por favor no te preocupes, esta vez todos estamos con ustedes y nadie va permitir que esos demonios se salgan con la suya —le hizo ver Patty, para calmarla.
Candy le dio las gracias y colocándose una bata encima, corrió hacia la habitación en la que estaba Terry, pues quería prepararlo para lo que venía.
Subió hasta la planta alta y dio un par golpes en la puerta, .
—Adelante... —dijo él.
Candy entró con cautela y lo observó. Él ya estaba vestido y lucía tan guapo, que ella no pudo evitar admirarlo.
— ¿Qué pasa que te veo tan asustada? —preguntó Terry.
—Los Leagan ya están aquí.
—Me parece perfecto —mencionó él, mientras se acercaba a Candy—. Quiero que esos dos imbéciles nos vean juntos... ¿De acuerdo? Quiero Elisa sepa que ninguno de sus trucos funcionó y anhelo que el idiota de Neil, se entere de a quién le perteneces —concluyó antes de enredar a Candy con sus brazos—. Ve a cambiarte... Yo te estaré esperando fuera de tu habitación.
—Está bien...
Ella se dio la media vuelta, para salir de la habitación, pero Terry se apresuró para alcanzarla.
— ¿Recuerdas la primera vez que estuvimos aquí? —Candy sonrió y respondió con un sí—. Quizás en la noche, puedas escabullirte y venir a concluir aquella bonita escena.
— ¿Estarás esperándome, desnudo? —cuestionó ella con interés.
—Sí... Justo como Dios me trajo al mundo.
Candy le dio suave beso, pero después salió huyendo del lugar. Terry por su parte, sonrió divertido y luego continuó alistándose.
No podía negarlo, estaba ansioso por ver la cara de los hermanos diabólicos ¡Moría por hacerlos rabiar una vez más!
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Carl disponía de un cuartel, para que su equipo se reuniera y se mantuviese allí, sin tener que preocuparse por su seguridad. Él ya no confiaba en nadie, por lo que, todo el proceso de investigación, era ultra secreto. La fallida operación contra Lanotte, le hizo entender que no podía confiar en nadie, que no estuviera dentro de su círculo.
Declan y Jamie se dirigieron al cuartel, apenas bajaron del tren. Sabían que Carl no estaba allí, pero lo que no sabían, era que su viejo amigo Roger, estaría ahí para recibirlos.
—Jefe... Joven Jamie... ¡Me da mucho gusto verlos! —exclamó el hombre, muy emocionado por verlos de nuevo.
Declan sonrió, se acercó a él y de inmediato le dio un abrazo.
— ¿Cómo es que estás aquí? Pensé que todavía estarías con tu familia.
—Ya sabe...Los muertos y los arrimados, apestan al tercer día... —contestó Roger en tono divertido—. Por eso sólo me quedé el tiempo necesario, mi sobrina se ha casado y yo he sido su testigo... En fin, me agrada mucho verlo aquí.
— ¿Y yo estoy pintado? —preguntó Jamie, acercándose para poder abrazar a Roger.
—Joven Jamie... También he da gusto verlo a usted... No sabe cuán preocupado me fui de Nueva York —Roger apretó su abrazo, después se retiró un poco, para poder observar al muchacho.
—Estoy bien, amigo... No pasó nada —mencionó Jamie—. Hace falta más, para que ese maldito enfermo pueda acabar conmigo.
Declan aclaró su garganta y sin poder contenerse por más tiempo, preguntó por su hija:
— ¿Viste a Candy? ¿Cómo se encuentra?
—Hmmm, aquí vamos... La faceta de padre absorbente ataca de nuevo... —dijo Jamie, para molestar a su cuñado.
—Lo lamento, ya me conocen... Si pudiera tomaría a mi hija de la mano y la traería conmigo todo el tiempo —expresó Declan en tono sarcástico.
—Ella está muy bien... Tan hermosa y radiante como el mismísimo sol... —dijo Roger, mientras Jamie reprimía una carcajada—. La señorita se puso muy contenta cuando recibió su carta, incluso también le mandó un mensaje... —afirmó, sacando la misiva de su maletín.
Declan tomó el sobre y sonrió emocionado, tenía muchas ganas de leerla, pero concluyó que sería mejor dejarla para después.
—Apenas pueda, iré a verla... Gracias por todo Roger.
Roger sonrió, pero se sintió muy culpable... Quería decirle a Declan que su querida hija se encontraba en la misma ciudad que él, pero le prometió a Carl no hacerlo... Al menos no por el momento, pues el plan era regresar a Candy cuanto antes a la campiña de la de nunca debió haber salido.
—También mandó una carta para usted, joven Jamie...
James tomó el sobre y sonrió con gusto.
—Vaya, menos mal que nuestro "solecito" se acuerda que también tiene un tío... Gracias amigo.
— ¿Cómo está la Señora Eleanor? —cuestionó Roger con cierta curiosidad.
—Ella está muy bien... Se quedó con Helen y los niños...
Esa respuesta fue suficiente para Roger y sin perder más tiempo, decidió ponerse a cocinar, para que todos ellos estuviesen bien alimentados, antes de ir al barrio irlandés.
Jamie no le dio más vuelta al asunto, y dijo:
—Parece que a Roger le cae muy bien la Señora Baker...
Declan no respondió nada, pues a su mente, acudieron las últimas palabras que intercambió con Eleanor:
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—Me quedaré unos días aquí con tu cuñada y los niños, pero pasando una semana, regresaré a Nueva York... Mantendré a Lanotte alejado de mí... No te preocupes, sé exactamente lo que tengo qué hacer.
—Si eso es lo que deseas, no hay nada más que decir.
—Debo ocuparme de mi proyecto, lo sabes, es muy importante para mí.
—Entiendo, no te preocupes...
—Declan... Yo...
—No te preocupes —repitió él—. No me debes explicaciones.
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Eleanor le miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada más. Después de eso ellos no volvieron hablar, Declan se marchó y ella no estuvo ahí, para despedirlo. Todo estaba dicho, ellos no tenían relación alguna, eran libres de hacer lo que desearan.
— ¿Declan? —le llamó James.
—Voy a darme una ducha... Dile a Roger que bajaré a almorzar en un rato,
Jamie asintió, pero al ver que su cuñado se retiraba, no dudó en dirigirse hacia la cocina. Tenía curiosidad por saber sobre qué tipo de relación tenían su cuñado y la actriz, sabía que Roger, era el único que podía hablarle sobre eso... Era él quien lo sacaría de dudas.
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La ceremonia del bautizo, se llevó a cabo dentro de la capilla, de la mansión de los Ardley. En ese religioso ritual, únicamente podían estar presentes los miembros más importantes del clan: Albert, Elroy, los Cornwell y algunos ancianos, además de los padrinos y de los abuelos maternos del bebé.
El resto de los familiares y amigos cercanos a la pareja de jóvenes padres, tenían que permanecer en un salón contiguo a la capilla, allí estaban: algunos miembros de la familia Britter, la familia Leagan, la prometida de Albert, Patricia O'Brien y por supuesto, Candy y Terry.
«No le muestres importancia a esos engendros...», le recomendó Terry antes de entrar al salón, «Tampoco bajes la mirada, mantenla en alto y no sueltes mi brazo»
Cuando ellos ingresaron al salón, Candy no dudó en dedicarle una sonrisa, a todos los que voltearon a verla, incluyendo a la horrenda familia Leagan, quienes no disimulaban el odio que sentian por ella.
«Así que es cierto... El bastardo de los Grandchester vino con la huérfana», pensó Sarah, recordando a la ridícula tía abuela y sus ganas de que la hospiciana, emparentara a los Ardley con la nobleza británica «Es un bastardo tía», le recordó Sarah, aunque Elroy no se inmutó y le hizo saber que el apellido era lo que le importaba. Además, también le confió que ella tenía la referencia, de que el Duque de Grandchester, jamás retiró los privilegios que el chico poseía.
Candy ignoró la terrible mirada que le dedicaba Sarah, lo hizo tal cual su prometido se lo pidió. Ambos pasaron dignamente, a un lado de esos nefastos personajes y se colocaron junto a Meribeth y Patty, la chica O'Brien tuvo que aguantarse la risa, porque encontraba muy gracioso, ver el gesto de inconformidad, en los rostros de la familia Leagan.
Habían pasado dos años y medio, desde la última vez que Candy convivió con los hermanos Leagan, los toleró única y exclusivamente, porque estuvieron presentes antes y durante del enlace matrimonial, de Annie y Archie. Ninguno la molestó de forma directa, porque ambos tenían prohibido acercársele, pero por supuesto, los patéticos e inmaduros hermanitos, intentaron hacerle daño.
La mirada de Elisa despedía una furia infinita... A pesar de todo el esfuerzo que hizo, no podía tolerar lo que sus ojos veían, Candice con Terry... Era como si estuviese sumida en una de sus pesadillas. No podía creer que alguien tan "poco agraciada" tuviera tanta suerte.
Candy no volteó a ver a Elisa, pero fue capaz de sentir su mala vibra. Terry por su parte tampoco le dedicó ni una sola mirada, eso provocó que la pelirroja y caprichosa muchacha, se sintiera desdichada. Minutos después, abandonó el salón y Neil salió detrás de ella.
—Cálmate... —susurró el joven Leagan, cuidando que nadie lo escuchara, pues Elisa se había refugiado en la parte del jardín, donde se podía ver que los invitados, comenzaban a llegar—. Me prometiste que no harías una de tus escenas —le recordó el muchacho.
—Ese tipo me está arruinando mi día... —dijo Elisa, cuyo infantil tono, exasperó a su hermano.
—Deja de estar al pendiente de él... Tan fácil como eso.
— ¿Así como tú has dejado de observar a la huérfana?
Neil no había sido capaz de ignorar la presencia de Candy, la muchacha se veía tan hermosa, que era imposible que no la mirara.
—Elisa... Por favor, no juegues con mi paciencia.
—Y tú no juegues con fuego... ¡Recuerda que tú prometida está aquí!
Neil decidió dejar a su hermana y de inmediato, regresó hacia el salón.
Elisa en cambio, tuvo que tomarse un respiro, antes de unirse nuevamente a su familia. Se mantuvo tranquila el resto del tiempo, pero una vez que la ceremonia concluyó, y que todos se dispusieron a dirigirse a la mansión, ella decidió interceptar a la pareja.
—Me apena que ya no estés actuando Terrence... —mencionó la joven Leagan, mostrándose amable—. Aunque debo decir que, es reconfortante ver que no estás desaparecido, ni ahogado en tu vicio con el alcohol.
«Ahora estoy sumido en un vicio, mucho más adictivo», quiso decirle Terry, al recordar sus momentos íntimos con Candy.
—Bonita forma de saludar Elisa, gracias... —expresó Terry con amabilidad—. ¿Nos permites pasar?
—Tengo curiosidad... ¿Vas a quedarte en Broadway o buscarás una oportunidad en el cine?
Elisa le hablaba a Terry ignorando a Candy, sin embargo la rubia no estaba preocupada por eso, sino por las preguntas que estaba haciendo, la neurótica joven...
—Querido... Todos los periódicos están hablando de tu estado de desempleo... —ella extendió un trozo de diario, que traía en el bolso e inmediatamente se lo entregó a Candy.
—Toma Candice y entérate de que aunque seas poco menos que nada, el clan Ardley no permitirá que te relaciones con un pobretón que renegó de su apellido y que ahora está desempleado.
La pelirroja se alejó de ellos, con una sonrisa en la cara, sintiéndose satisfecha por haberles sorprendido y dejado en aquel estado de desconcierto.
—Debe ser uno de los trucos de Elisa... —dijo Candy—. No te preocupes Terry, tiene que ser un malentendido.
Él tomó aquel trozo de periódico y leyó parte del contundente artículo, en donde Robert Hathaway, su jefe y al que creía un buen amigo, anunciaba su salida de la compañía:
"Terrence Graham, pidió permiso para ausentarse de la compañía hace 15 días, lo hizo por razones que no me fueron reveladas, lastimosamente, nuestros patrocinadores no han sido tan comprensivos como yo y en una reunión, se ha decidido apartar a Terrence Graham del Grupo Teatral Stratford..."
Él ya no siguió leyendo, no tenía caso continuar.
—Una forma muy "decente" de deshacerse de mí... —dijo Terry con voz entrecortada,
Candy sintió que un agudo dolor le oprimía el corazón.
«Todo ha sido por mi culpa...», se dijo, pensando en que si ella no se hubiese metido en problemas, Terry no habría tenido que dejar su trabajo.
—Lo siento tanto...
—No hay por qué lamentarse... Este hombre no merece que yo siga trabajando para él ¿Quién se cree que es?
—Pero es que... ¡No es justo! —exclamó ella—. Él te había dado permiso de ausentarte por un mes.
—Dice que la decisión ha sido los patrocinadores... Pero en fin... No hay de qué preocuparse, esto no cambia nuestros planes, yo tengo muchas ofertas de empleo, incluso una oportunidad de trabajar en Inglaterra... Me las arreglaré, tú estarás bien protegida a mi lado.
— ¡Oh Terry! Yo confío en ti y además también sé trabajar... Sé que estaremos bien, mi amor.
Aún en ese estado de furia que experimentaba, Terry sintió el cobijo de las palabras de su futura esposa. El dinero no era ningún problema, él tenía demasiado... Sin embargo, era su orgullo el que se había pisoteado y eso no iba quedarse así.
—Necesito usar el teléfono... —dijo él y Candy, comprendiendo, lo llevó al estudio de Albert.
Caminaron por el jardín e ingresaron a la mansión. Los invitados ya estaban por todo el lugar.
—Entra... —le pidió Candy—. Yo me quedaré por aquí, cuidando.
—No es necesario, si quieres puedes entrar.
—Prefiero darte tu espacio... Ve... Estaré bien aquí.
Terry no insistió más y Candy permaneció afuera, sentada en un pequeño sofá.
Janis Cornwell, la madre de Archie, iba pasando por el corredor y de reojo, alcanzó a observar a Candy. La mujer, había estado buscando a la joven, desde que llegó, sin embargo no había tenido éxito.
Candy también se dio cuenta de la presencia de su tía y casi de inmediato, se levantó de su asiento, para saludarla.
—Tía Janis... —la llamó Candy, mientras la Señora Cornwell sonreía, pues le caía muy bien la chica. Archie y Stear siempre le hablaron maravillas sobre ella. Esas cartas donde le contaban sobre Candy, fueron sanadoras y le hicieron ver que sus hijos, seguían siendo los chicos buenos, a los que ella educó.
—Hola cariño... Me da mucho gusto volver a verte —dijo, abrazándola—. Me alegra que hayas regresado a tiempo para la fiesta —Janis la tomó de la mano y la invitó a caminar a su lado—. ¿Qué tal tu experiencia como enfermera, en la Cruz Roja? —preguntó con interés, a lo que Candy contestó:
—Fue maravillosa, he aprendido mucho estando en aquellos lugares tan lejanos —la muchacha sonrió, sintiéndose miserable, por seguir mintiendo sobre aquel viaje que nunca hizo.
La tía se mostró orgullosa y le confesó que le parecía muy bueno, que una mujer dentro del clan Ardley, estuviese haciendo cosas tan grandes.
Patty las observó y Candy, al ver que Janis no tenía intenciones de abandonar la charla, le hizo una discreta seña a su amiga, ésta de inmediato comprendió y con una sonrisa, le comunicó que se mantendría atenta, para cuando Terry apareciera.
La Señora Cornwell continuó caminando hasta llegar a una de las terrazas, ahí se encontraba reunida una multitud de gente joven.
«¿Quiénes son todos ellos?», se preguntó Candy... Después concluyó que quizás eran amigos de Annie y Archie.
—Quiero presentarte a alguien muy especial... —mencionó Janis.
A la chica no le agradó esa propuesta, no obstante, no supo cómo zafarse de eso, porque no quería ser grosera con la mujer, sobre todo porque siempre se portaba bien con ella.
Caminaron hasta llegar a la baranda. Allí, Candy vio a un hombre cuyo perfil se le hizo conocido, pero no fue hasta que vio el rostro del susodicho, cuando se arrepintió de haber accedido al capricho de Janis...
—Cariño, te presento a Gian Luca Lanotte, él es hijo de unos queridos amigos... Gian Luca, esta hermosa chica, es mi sobrina Candice...
La mujer se mostró emocionada, pues desde que conoció al hijo de Gino y Victoria, no había dejado de pensar en que él y Candy podían hacer una bonita pareja.
Janis no tenía idea de nada... ¡Ni siquiera se había enterado de que Candy estaba acompañada! Había llegado a la mansión con el tiempo justo, y tenía semanas sin hablar con la tía abuela. Para ella, Candy seguía siendo la eterna soltera, que necesitaba con urgencia un marido.
«Hijo de unos queridos amigos», esa frase no paraba de repetirse, dentro de la cabeza de Candy. Un escalofrío sacudió su cuerpo, el miedo que sintió en ese momento, no se compraba a ningún otro... «¡El maldito Gino, también está aquí!»
Gian Luca extendió su mano y Candy la tomó, la estrechó con fuerza, sin dejar que el engendro de Lanotte, la intimidara.
—Es un placer, conocerla, Señorita Candice... —mencionó Luca, sin dejar de sonreír—. Por cierto, Candice es un nombre hermoso.
—El gusto es mío, Señor Lanotte... —contestó Candy, con firmeza—. Es usted muy amable.
Janis soltó la mano de Candy, anunciando que tenía que retirarse. La chica la vio alejándose y fue como si todo a su alrededor se detuviera, quiso marcharse también, pero Luca no le dio tiempo, pues inmediatamente la tomó del brazo.
—No cabe duda de que este, es mi día de suerte... —murmuró, cerca del oído de Candy.
—No sé qué hace alguien como tú, en un lugar como este... Pero si quieres evitar problemas, no me molestes ¿De acuerdo? —ella no se dejaría intimidar, así que le contestó de forma altanera, mientras intentaba zafarse de él.
Candy sentía que la sangre se le helaba por el miedo que estaba experimentando, pero a pesar de sentirse así, no dejó ver su nerviosismo. Continuó luchando por librarse de él.
— ¿A dónde piensas ir, princesa? —le preguntó Luca, al tiempo que sacaba una navaja y apuntaba directamente al vientre de la rubia—. He pasado todo este tiempo esperando, para verte de nuevo ¿Por qué crees que te voy a dejar ir?
— ¿Qué quieres Luca?
—Por lo pronto, hablar... —él se aseguró de que nadie estuviera observándolos, luego añadió—. Tengo muchas preguntas y estoy seguro de que tú tienes las respuestas.
—Hablemos entonces... Pero deja de apuntarme con esa sucia navaja.
—No hablaremos aquí... Así que camina.
Candy se resistió, pero Luca no cedió y la encaminó hacia las escaleras que llevaban hacia el jardín.
—Hablaremos, pero suéltame.
—Aquí no...
Volvió a decir Luca, empujando a Candy un poco más allá. Justo dónde se encontraba, el sendero hacia el vivero.
Para mala suerte de Candy, ninguna persona estaba cerca. No había nadie a quien ella pudiese pedirle ayuda. Habían doblado en uno de los senderos donde ya no se podía ver la terraza.
— ¡No, no pienso ir contigo! —respondió ella, ya no había más por hacer, así que decidió usar la fuerza para defenderse.
Gian Luca sonrió al verla tan decidida y con la punta de la navaja, volvió amenazarla.
—Tranquilízate... O la próxima vez, te la encajaré sin piedad...
Candy no se asustó y continuó luchando contra el muchacho, estuvo a punto de desarmarlo, pero él fue más rápido y la noqueó con un certero golpe sobre el cuello.
El joven Lanotte sonrió satisfecho y rápido, arrastró a la rubia hacia un cobertizo. Volteó para ver si había alguien cerca, pero por fortuna para él, no había absolutamente nadie.
—Ahora sí, maldita zorra... Hablarás conmigo, quieras o no —espetó Luca, dejando caer a Candy, sobre la helada losa.
Continuará...
¡Gracias por leer! ¡Les espero en el siguiente capitulo!
Saludos a: Jasfary Urrego, Letty Bonila, Pecas TG, Candyfan e invitadas.
