¿Libertad o nueva prisión?

Todo lo sucedido aquella noche se reproducía en su cabeza a manera de flashbacks, no era capaz de dormir de manera apropiada debido a esto. Durante 3 días, Magnus había fingido no despertar con el afán de no hacer frente a las situaciones que había vivido. El dolor en lo que quedaba de su brazo era intenso, pero gracias a los analgésicos que le administraban era un poco más soportable. Pudo escuchar cuando la enfermera se retiró de la habitación y decidió que era momento de comenzar de nuevo.

Abrió los ojos lentamente, le fue realmente difícil acostumbrarse a la luz de nuevo. Con sumo cuidado y algo de resentimiento en sus músculos por la falta de movimiento, comenzó a incorporarse. Era de noche y la tenue luz de una lámpara alumbraba la habitación. Su cama se encontraba al lado de una ventana y por ende, la luna brindaba iluminación extra. Mientras dirigía la vista hacia ese lugar, notó una figura extrañamente familiar. Sintió su corazón dar un vuelco al lograr identificar a la persona que lo observaba desde esa distancia segura. Era ella, la persona cuyo nombre desconocía por completo.

-Ni se te ocurra levantarte, estás muy herido.-Dijo ella, elevando su mano e indicando a su amigo que permaneciera en su lugar.

-Y...yo. Tú... tu... nom...bre.-Magnus hizo un esfuerzo por hablar, pero el sonido de su propia voz le provocaba incomodidad y se sentía incapaz de formular las palabras correctas.

Ella no respondió, simplemente le entregó una hoja de papel doblada por la mitad y desapareció en medio de la oscuridad de la noche. Con algo de dificultad y mucha tristeza, Magnus tomó el objeto, intentando extenderlo de manera adecuada para poder leerlo.

"A partir de este momento, tú y todos los demás comenzarán una nueva vida... una vida sin mí. Incluso en los últimos momentos que me quedan cerca de ti, sigo siendo cobarde y prefiero apartarme. Supongo que siempre fue más fácil huir y empezar de nuevo, pretender que soy alguien más. Nunca quise engañarte, pero al parecer tú me engañaste también, creo que estamos a mano entonces. Me iré lejos, a un lugar que me permita poner fin a esta guerra, solamente espero que eso suceda antes de que mi cuerpo sea consumido. Realmente no importa si nuestros recuerdos no son auténticos y sinceros, los atesoraré en mi corazón hasta su último latido.

No me busques, no busques más respuestas, sigue fingiendo que todo está bien. Seguramente te preguntarás cuál es mi nombre, si deseas saberlo tendrás que averiguarlo por cuenta propia. Nunca me conociste realmente, así que no me extrañes y sobre todo, no sufras por lo que pudo o no haber pasado. Debes ser fuerte y seguir entrenando, serás un digno sucesor de tu maestro, es todo lo que debe importarte ahora. Te aprecio, lo hago más de lo que debería, pero esas palabras sobran. Adiós y hasta siempre."

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos tras leer las últimas palabras de esa persona que le hizo prometer que siempre estarían juntos, apoyándose el uno al otro. Pero antes de que pudiera expresar su sufrimiento en total soledad, la puerta se abrió y alguien entró en la habitación: era Diana. Lucía bastante cansada y parecía que no había dormido. Grande fue su sorpresa al encontrar despierto al joven que reposaba en la cama desde hacía 3 días. Se acercó lentamente, como si estuviera incrédula de lo que veía frente a ella.

-¡Despertaste! ¡Creí que nunca lo harías! ¿Sabes lo preocupada que estaba por ti? ¿Sabes lo preocupados que estaban tus maestros?-Expresaba ella, mientras lloriqueaba de la emoción.

-Yo... yo no saberlo.-Dijo Magnus con algo de dificultad y la voz temblorosa.

Diana se sintió aún más sorprendida al escucharlo por vez primera. Su voz era un poco ronca y algo grave, aunque parecía tener cierta dificultad para organizar lo que quería decir. Era algo completamente normal, su lenguaje había sido limitado durante toda su vida y debía aprender a conjugar las palabras. Queriendo demostrar empatía, ella se acercó y le brindó un suave pero cálido abrazo.

-Tienes una voz muy linda.-Mencionó.

-No, no poder hablar bien.-Agregó el santo de Orión.

-Entonces yo seré tu maestra. Solía enseñarle a hablar a los niños pequeños durante las vacaciones, contigo será mucho más fácil porque ya conoces palabras, ahora debes aprender a usarlas.-Explicó Diana.

Magnus mostró una leve y melancólica sonrisa, aceptando la oferta de la joven guardia de la corona. Permanecieron en silencio por un momento y Diana simplemente lo observaba. Parecía analizar hasta su alma por la intensidad de su mirada, cuestión que provocó algo de incomodidad al santo de Athena. Al percatarse de este hecho, ella intentó explicarse.

-¡Lo lamento! Es que... te ves muy diferente, no lo tomes a mal. Es un buen cambio y luces bien.-

Sorprendido por esas palabras, el pobre chico reunió todas sus fuerzas y se puso de pie. Se tambaleó por un momento, pero luego recobró el equilibrio. Buscó con la mirada y pudo encontrar un espejo de cuerpo completo del otro lado de la habitación. Se posicionó frente a él y casi se desmaya al verse. Su piel seguía siendo tan pálida como siempre, pero su cabello ahora era de un tono negro y sus ojos que antes eran de un color azul claro, ahora brillaban con un rojo intenso, parecido al vino tinto.

Diana tuvo que moverse rápidamente para impedir que cayera al suelo, al parecer, la impresión de verse había sido demasiado para él, además de encontrarse muy débil por la sangre que perdió debido a sus serias heridas. Se mantuvo un par de horas al lado de Magnus mientras era atendido por los trabajadores de la unidad médica. Muy dentro de su corazón, la joven asgardiana sentía que debía ayudar al pobre santo de Athena que tanto había sufrido. A duras penas y lo conocía, pero su intuición le decía que él iba a necesitar de un hombro en el cual apoyarse para poder superar cada una de las situaciones que seguro se le presentarían.

La timidez y la bondad del chico le hacían recordar los lejanos tiempos en los que ella y su difunto hermano Arthur eran unos niños. Ella siempre había sido más extrovertida que él y destacaba por su capacidad de relacionarse fácilmente con los demás, capacidad que había desarrollado al tratar con alguien tan silencioso y reservado como su hermano. Incluso sin poder hablar y tener una comunicación muy limitada, el pequeño niño creció hasta convertirse en un fiero guerrero. Su camino lentamente se estaba desviando a uno muy siniestro y, aunque Diana lamentara su fallecimiento, sabía que de no haber sido así... seguramente habría terminado convertido en alguien despiadado, cruel y hasta malvado.

Debido a ello, Diana no quería permitir que esa historia se repitiera. No deseaba un mal final para esa persona que ella consideraba inocente a pesar de que tal vez no lo era. Zale había resultado muy herido en la batalla, perdiendo casi por completo la movilidad de una de sus piernas. Por su parte, Leandros era incapaz de utilizar su cosmos, era como si este hubiera sido drenado por completo. Debían volver al santuario cuanto antes, pero seguramente allá nadie podría cuidar de ellos o de Magnus de una manera adecuada. Fue en ese momento que ella tomó la decisión de acompañarlos, pero sabía que eso significaría darle la espalda a una vida asegurada. Mientras analizaba su situación y se encontraba hundida en sus pensamientos, no se percató de que su ahora nuevo amigo y protegido había despertado. Lo notó hasta que él rozó su mano.

Ella sonrió y dijo: -No quiero que hables, no por ahora, simplemente quiero que me escuches.-Él asintió y ella prosiguió con su discurso. -Tengo una vida aquí, pero estoy cansada de que me digan cómo debo vivir. No soy muy diferente a un animal de circo, tienen comida y un lugar donde vivir, pero todo es a costa de su libertad e independencia.-

-Libre... Diana no ser libre.-Dijo Magnus en un tono bajo y suave.

-Así es, yo no soy libre. Tengo que hacerme cargo de muchas cosas y además, quieren que me case con una persona a la que no amo. Es decir, lo amo, pero de la misma manera en la que amé a mi hermano.-Explicó ella. -Joel tampoco me ama, él aceptó el compromiso por presión de sus padres. Acordamos que nuestro matrimonio sería solamente una fachada y que seguiríamos viviendo como los hermanos que hemos sido siempre.-

-Entonces debes liberarte, que el peso de la gratitud no te impida hacerlo.-Dijo una voz conocida para Diana.

Ella volteó rápidamente y se sorprendió al ver quién había entrado en la habitación. -¡Joel! ¡No quise decir todo eso! No sé qué tanto escuchaste, pero por favor... no lo tomes a mal.-

Él negó rápidamente y dijo: -Escuché lo suficiente y no quiero que te preocupes. Aceptaré cualquier decisión que tomes, recuerda que Arthur, tú y yo hicimos la promesa de apoyarnos mutuamente. Mereces ser libre, ningún favor debe atarte a un lugar en el que no deseas estar.-

Con esas palabras en mente y una decisión tomada, Diana se acercó a Joel y le brindó un fuerte y fraternal abrazo. Pasaron un par de días más y cuando los heridos por fin se encontraban lo suficientemente estables, era el momento de partir. La reina, el príncipe y los miembros de la guardia de la corona se encontraban reunidos para despedir a aquellos que habían llegado como sus invitados un par de semanas atrás.

-Lamentamos mucho todo lo sucedido, el santuario brindará la ayuda necesaria para reconstruir la parte del pueblo que ha sido dañada.-Dijo Zale, haciendo una reverencia con algo de dificultad.

-No será problema, creo que ambas partes deben recuperarse antes de pensar en colaborar de esa manera nuevamente.-Mencionó la reina, los santos de Athena simplemente asintieron.

Luego de seguir el protocolo habitual, fueron acompañados a la puerta del castillo y justo cuando estaban saliendo, Diana comenzó a avanzar junto con ellos. La expresión pacífica e imperturbable de la reina cambió por completo a una de confusión al ver como su leal sirviente decidía marcharse. Aceleró el paso hasta alcanzarla, deseosa de confrontarla y pedir una explicación.

-¿Qué crees que estás haciendo? En ningún momento dije que ellos necesitaban ser escoltados.-Dijo, sujetando fuertemente el brazo de Diana.

-Majestad, lamento informarle que renuncio a ser su sirviente. Hay una nueva misión que deseo cumplir lejos de aquí y no quiero que nada me detenga.-Mencionó Diana.

-Creo que estar en medio de un conflicto como el que tuvimos te afectó mucho mi querida Diana. Vuelve al castillo y hablaremos de lo sucedido tranquilamente, incluso podemos dar un paseo si gustas.-Ofreció la reina.

-Lo siento, pero tengo que rechazar la oferta. No habrán mas paseos, lujos o comodidades que me retengan en este sitio.-

-¡Tú vas a quedarte y vas a casarte con Joel! ¿Te das cuenta de la oportunidad que te estás perdiendo? Todas las plebeyas desean casarse con el príncipe y yo te estoy dando la oportunidad a ti, simple basura sin valor.-La reina alzó la voz y habló con total desprecio. Levantó su mano, con intención de golpear a Diana, pero fue detenida por su propio hijo. -¿Cómo te atreves?-Exclamó.

-¡Déjala en paz! Yo no la amo y ella tampoco me ama. Esto es lo mejor para todos.-Dijo el príncipe.

Justo cuando todos pensaban que la situación se había calmado por completo, la reina abrió la boca nuevamente y dijo algo que logró detener a Diana: -Si te vas, no te diré quiénes son tus verdaderos padres.-Al escuchar esto, Diana se volteó furiosa. -Así es ¿Por qué crees que Arthur y tú eran tan diferentes? ¿Por qué crees que él te sobreprotegía y te trataba tan bien? No era tu hermano y él lo sabía. Se enamoró de ti y prefirió morir antes de que esos sentimientos afectaran su relación.-

-¡Mientes!-Gritó Diana, derramando algunas lágrimas.

-No miento. Te diré toda la verdad si te quedas.-Ofreció.

Diana se encontraba justo al medio de donde el camino se dividía en dos. Por una parte, tenía la oportunidad de una vida nueva y sin ataduras en el santuario. Sin embargo, esa verdad que había sido revelada a medias pesaría en su corazón durante cada día del resto de sus días. Pero prefería cargar con ese peso, ya después se las arreglaría para encontrar las respuestas que necesitaba. Se dio la vuelta y continuó avanzando hacia al frente, rumbo al santuario, su futuro nuevo hogar. Mientras caminaba, pudo escuchar los gritos iracundos de la reina.

No les tomaría demasiado tiempo llegar a su destino y justo antes de cruzar hacia aquel sitio, Diana dio un fuerte suspiro. Seguramente nunca sabría si lo que la reina decía era cierto o no, aún así, decidió no pensar en ello. A pesar de haber estado antes en el lugar, se sentía diferente en esta ocasión. Las miradas de las personas se posaban sobre ella al verla portar el típico ropaje de Asgard. Debían atravesar los templos zodiacales para encontrarse con la diosa y el patriarca. Magnus se detuvo en el templo de Aries para ser atendido por quien custodiaba el lugar. Por su parte, los dos santos restantes continuaron avanzando junto con Diana.

Todo iba bien, hasta que llegaron al templo de Virgo y su guardián los interceptó. De manera grosera y directa, Fenyang, el santo dorado que moraba allí preguntó: -¿Quién es esa mujer y qué hace aquí?-

-Soy Diana, guardia de la corona de Asgard y el santuario será mi nuevo hogar.-Respondió ella, poniéndose al frente.

-¿Una mujer guardia de la corona aquí en el santuario? ¿No creen que ya fue suficiente con esa pequeña traidora que tuvimos antes?-Cuestionó Fenyang. -Me pregunto si el patriarca y Athena tomarán bien esto.-

-Lo harán, Diana es una gran guerrera y una gran persona.-Mencionó Leandros, rompiendo su silencio.

-No podría importarme menos.-Dijo el santo de Virgo, aproximándose a Diana. -Escucha, señorita guardia de la corona. No me importa si ellos o todos aquí te aceptan, yo no lo haré. Cuida tus pasos y tus palabras porque a la mínima actividad sospechosa, acabaré contigo en ese mismo instante. Una traidora se escapó, pero tú no correrás con la misma suerte.-Advirtió.

-La opinión o amenazas de alguien tan prepotente y orgulloso no podrían importarme menos.-Respondió Diana, mirándolo fijamente a los ojos.

Luego de aquella confrontación, ellos siguieron su camino hacia la cámara patriarcal. Fenyang lo lo expresó, pero tenía el presentimiento de que tras Diana había algo siniestro que ni ella misma sabía. Esta vez no se lo diría al patriarca, lo guardaría para sí mismo y se encargaría personalmente de descubrir el misterio.

La enorme puerta se abrió y los invitados entraron al lugar. Los 14 asientos frente a la gran mesa de reuniones se encontraban vacíos, a excepción de los lugares correspondientes a Athena y el patriarca. La carta de Leandros relatando lo sucedido los alarmó y los tomó por sorpresa completamente. Tuvieron una seria reunión en ese mismo momento. Discutieron sobre muchos temas, pero los 10 caballeros dorados que estuvieron presentes acordaron redoblar los esfuerzos para detener a Ares, especialmente ahora que tenía una aliada que conocía el santuario a todas sus anchas.

Debido a esto, incluso Keelan y Galatea fueron interrogados para recopilar toda la información que fuera de utilidad sobre la traidora. Athena simplemente guardó silencio, ella prometió proteger el secreto de aquella chica y estaba dispuesta a mantener su palabra. Los santos del cuervo y el escudo no revelaron nada importante de todas maneras. Ahora que Magnus podía hablar, sería su turno de brindar información y para eso acordaron que alguien debía ayudarlo a hacerlo adecuadamente. Recibiría una prótesis por parte del caballero de Aries, para sí entrenar y convertirse en el sucesor de Leandros de Acuario. Todas las piezas del rompecabezas se unieron perfectamente cuando Diana se ofreció para ayudar con tal tarea. Ella no lo sabía, pero se había convertido en un peón del siniestro juego de ajedrez que Ares había comenzado contra el santuario.

Luego de comentar el plan a los santos dorados restantes, decidieron que si Diana iba a quedarse, podría hacerlo, pero con una condición especial. Markos no deseaba una traición más. Confió en los santos de Escorpio, Acuario y Orión, pero sus esfuerzos no fueron suficientes. Esta vez tendría que confiarle esta nueva misión a alguien más, alguien que había demostrado su honor y lealtad al santuario incluso por sobre su propia nación.

-A partir de este momento dejarás de llamarte a ti misma una guardia de la corona de Asgard, serás Diana nada más. Un santo dorado te tomará como su aprendiz, así que vivirás con él durante todo tu entrenamiento. Tendrás que demostrar tu valor como guerrera y obtener una armadura.-Explicó Markos.

-Aceptaré cualquier condición.-Respondió ella, haciendo una reverencia en señal de respeto.

-Serás aprendiz de Fenyang de Virgo.-Mencionó Markos.

Al escuchar ese nombre, Diana recordó rápidamente el intercambio de palabras que había tenido con el susodicho momentos antes. Ya tenía experiencia tratando con gente desagradable, seguramente no le costaría mucho adaptarse a las imposiciones de aquel santo. "Solamente es un cretino, no tengo que darle tanta importancia a sus palabras hirientes." pensó ella. Encaró al patriarca y le brindó una cálida sonrisa. En una situación como esa, sonreír era lo único que podía hacer. Además, no podía dejar que su plan de ayudar a Magnus fuera estropeado por alguien, ni siquiera por un caballero dorado.

-Es sin duda alguna un gran honor el convertirme en la aprendiz de un miembro tan poderoso del santuario.-Expresó Diana, mostrando su rostro más sereno y su mejor sonrisa.

Al parecer, iniciar una nueva vida de libertad y tranquilidad iba a ser más difícil de lo que ella había imaginado. Sin embargo, ella estaba dispuesta a hacerlo con tal de no sufrir los mismos horrores que vivió en Asgard, horrores que dejaron su piel marcada de por vida.