-LADY OSCAR NEWS DREAMS-
Arco I: "Rosas"
Capítulo XXI: "Un Nuevo Sol Nace"
Habían pasado algunas semanas, y los integrantes de la familia Jarjayes habían sido los primeros en saber del compromiso de Fernanda y André. Marrón había estallado en llanto de la felicidad al saber que su único nieto se casaría, Emilie los felicitó de corazón y bendijo su relación, Oscar se mantuvo al margen, no tenía nada más qué agregar además de un simple "felicidades". Reyiner no había tomado del todo bien la noticia, pero decidió no meterse en el asunto a pesar de su rechazo a la alianza que habían formado su sirviente y la hermana de la delfina. Ambos prometidos habían suplicado que nadie dijera nada hasta que la austriaca lograra hablar con su hermana de aquella propuesta, y todos habían aceptado guardar silencio para no provocar un escándalo.
Fernanda había intentado hablar con su hermana en varias ocasiones, pero al final siempre terminaba cambiando el tema antes de confesar sobre su compromiso. Había decidido pedirles consejos a sus dos leales amigos: Victor y Gilbert, a quienes les contó la situación con la única condición de que no le dijeran nada a nadie, a ninguno le sorprendía en realidad que fuese a casarse con André después de estar al tanto de su relación a escondidas, pero, de cualquier manera, los consejos de ninguno habían sido de utilidad, por lo que decidió que simplemente lo mejor era ser directa con su hermana.
Era 27 de abril, Fernanda se encontraba de guardia custodiando la puerta de Madame Du Barry, quien había solicitado al Rey que fuera la austriaca quien la salvaguardara, orden que la joven no había podido desobedecer (sobre todo después de que Oscar aceptara con el único fin de mantenerla lo más lejos posible de ella durante sus jornadas laborales) aun cuando estuviera consciente de que la Condesa lo hacía con el único fin de menospreciarla por su puesto como guardia.
La rubia soltó un bostezo mientras esperaba a que algo interesante pasara, aunque por la hora dudaba que fuese a suceder. Podía escuchar desde el exterior los halagos que las damas en el interior tenían con la Condesa, muy probablemente debido a alguna nueva joya que recién habían enviado de parte de Louis XV, suposición nacida luego de haberse encontrado con un joyero que salía de Versalles al inicio de su jornada laboral.
-¡Pasó algo terrible! – Exclamó repentinamente un noble que corría a toda prisa hacia la habitación de Madame Du Barry, Fernanda se sorprendió con aquellas palabras que no pudo reaccionar a tiempo antes de que la persona abriera la puerta, claramente alterado. - ¡S-Su Majestad…! ¡S-Su Majestad está…! – Exclamó, jadeando por el cansancio.
-¡¿Qué le pasó a su Majestad?! – Preguntó Jeanne Bécu, poniéndose de pie con preocupación, girándose a ver al noble.
-¡Ha caído enfermo! – Confesó finalmente, dejando atónitas a todos los presentes.
-¡¿Qué?! – Exclamó Fernanda, acercándose a él. - ¡¿Qué le ha pasado?! –
-No lo sé con exactitud, debería hablarlo con el Comandante Oscar, está en este momento en los aposentos del Rey. – Respondió el noble, girándose a verla.
-De acuerdo. – Respondió Fernanda, haciendo una reverencia ante las damas para salir de inmediato a buscar a Oscar, con la excusa perfecta para dirigirle al fin la palabra sin ser rechazada por la otra. Afuera de los aposentos del Rey se encontraban los familiares aguardando noticias del monarca, Oscar, por su parte, estaba recargada en una pared algo alejada de los demás, con los brazos cruzados y los ojos cerrados, manteniendo la compostura en una situación tan delicada como en la que se encontraban.
Fue el 27 de abril de 1774 que, durante la cacería, el Rey Louis XV se desmayó repentinamente cuando la fatiga y un dolor de cabeza le superaron. Fue trasladado a Versalles inmediatamente y una asamblea de 14 médicos se presentó: 6 médicos, 5 cirujanos y 3 farmacéuticos examinaron al monarca. El Palacio permaneció tenso y ansioso…aguardando por noticias del Sol de Francia.
-¡Sus Altezas, las Princesas Adelaide, Sophie y Victoire han llegado! – Exclamó el ujier, anunciando a las personas que entraban en la habitación.
-¡Oscar! – Exclamó Fernanda, acercándose a la Comandante que intentaba mantenerse al margen. - ¿Qué pasó con su Majestad? –
-La fatiga lo venció durante la cacería, lo trajeron de inmediato, hay en total catorce médicos con él en este momento, es todo lo que sé. – Respondió Oscar, sin mirarla a la cara.
-¿Crees que sea grave? – Preguntó Fernanda, intentando mantenerse calmada.
-No sé. – Respondió secamente la Comandante, desviando su mirada hacia el lado opuesto donde se encontraba la chica.
-¿Por qué...? – Intentó hablar, pero fue interrumpida por la potente voz de Adelaide.
-¿Cómo está la condición de su Majestad? ¿Cuál es su enfermedad? – Preguntó Adelaide a uno de los médicos que atendían al Rey.
-Estamos tratando de hacer nuestro mejor diagnóstico, solo queda esperar. – Respondió el doctor, volviendo al lado del monarca.
-¿Cómo está su Majestad? – Preguntó Marie, entrando al lugar acompañada de su esposo, su mirada se fijó en Madame Du Barry, quien sostenía la mano del Rey arrodillada junto a la cama del monarca. – "Madame Du Barry…" –
-¡Marie! – Exclamó Fernanda, caminando hacia su hermana. – Sus Altezas, les deseo de corazón que su Majestad obtenga su recuperación pronta. – Agregó, haciendo una reverencia.
-Muchas gracias, Fernanda. – Respondió Louis Auguste con honestidad.
-Oh, hermana… - Murmuró Marie, tomando las manos de Fernanda. – Me preocupa la salud de su Majestad. –
-Se recuperará, ya verás. – Respondió Fernanda, sonriéndole con dulzura. – Su Majestad es muy fuerte y valiente, se mejorará. –
-¡Su Majestad! Oh Dios, su Majestad debe estar sufriendo. – Murmuró Jeanne Bécu, aferrada a la mano del monarca. – Por favor, oh por favor, ¡mantenga arriba su fortaleza! – Su mirada se dirigió de reojo a la Princesa heredera, quien la miraba con desconfianza. – "Su Majestad estará bien pronto…oh sí, está cansado, eso es todo…él…él no podría morir así, oh Dios, aún hay tantas cosas que deseo…" –
-"Sería imprudente de mi parte si le contara la situación a Marie justo ahora, en estas circunstancias…" – Pensó Fernanda, retirándose la sortija del dedo con discreción para guardarla en su bolsillo. – "Tendré que esperar a que su Majestad se mejore…" – Pensó, dirigiendo su mirada a la cama donde reposaba el monarca, centrándola en la mujer que lo acompañaba. – "Debe ser difícil esta situación para Madame Du Barry…saber que su poder pende de un hilo junto a la salud de su Majestad, a pesar de lo que me hizo…siento pena por ella." –
[…]
Varias horas habían pasado y la noche había llegado. Los aposentos del Rey estaban a oscuras, a excepción por dos pequeños candelabros de velas: una que iluminaba la mesa donde los médicos compartían sus opiniones sobre la condición del monarca, y la otra que daba una tenue luz a la cama de Louis XV.
-Sirviente, apague las velas un poco, los ojos del paciente son algo sensibles a la luz. – Ordenó uno de los médicos, mirando de reojo al lacayo que los acompañaba en el lugar.
-Sí, doctor. – Respondió el joven, quien caminó hacia las velas que reposaban en la cómoda justo al lado de la cama, por accidente las golpeó y estuvieron a punto de caer sobre el Rey, pero afortunadamente las detuvo a tiempo, para su sorpresa, la luz que iluminó el rostro del monarca le permitió ver algo que lo alteró instantáneamente. - ¡Dios mío! E-Esto es…doctor… ¡Venga aquí, deprisa! –
-¿Qué pasa? – Preguntó el doctor, caminando junto a los demás hacia la cama del Rey, quedándose todos atónitos ante lo que veían. – Cielo santo…estas manchas rojas solo pueden significar… -
-¡Viruela! – Exclamó otro de los médicos. - ¡Su Majestad tiene viruela! –
La viruela…una epidemia viral caracterizada por un salpullido rojizo que cubre el cuerpo entero que, al eclosionar, causa hemorragia…la viruela era acompañada de una fuerte fiebre que resultaba mortal para el enfermo, causando miles de muertes alrededor de Europa.
La mañana pareció tardar una eternidad en llegar para los doctores, quienes permanecieron en la habitación del monarca el resto de la madrugada. Al amanecer, los primeros en llegar al lugar fueron los Príncipes herederos a la corona, el Conde Mercy y Fernanda, seguidos por las hijas de Louis XV y algunos nobles.
-¡El Príncipe heredero y la Princesa heredera, abandonen la habitación de inmediato! – Ordenó uno de los doctores, corriendo hacia ambos delfines. - ¡Esta enfermedad es terriblemente contagiosa! ¡Los herederos al trono están en riesgo de contagio! ¡El Rey tiene viruela! –
-¡¿Ha dicho…viruela?! – Exclamó Marie aterrada. – Oh Dios, podrá ser… -
-Entonces, su Majestad ha… - Murmuró Louis Auguste, abrazando a su esposa de los hombros.
-"Si Louis XV muere…nosotros…" – Pensó Marie preocupada, con sus manos unidas en plegaria.
-Marie Fernanda, escolte inmediatamente al Príncipe y la Princesa heredera a la recámara más lejana de los aposentos de su Majestad, hay que evitar el mínimo contacto para que no haya un contagio en los futuros Reyes de Francia. – Ordenó Mercy, girándose a ver a Fernanda.
-¡Sí! – Asintió Fernanda, intentando controlar el temblor de su cuerpo por el horror de pensar en la cercanía que tenía con aquél pobre hombre moribundo en la cama, que alguna vez había sido un Rey poderoso y firme. – Vámonos, Marie, Su Alteza. – Suplicó la austriaca, tomando la mano de su hermana y su esposo.
-Andando, Antoinette. – Apoyó Louis Auguste, tomando a su esposa con sutileza.
-Sí, su Alteza… - Respondió Marie, siguiendo a su hermana y a su esposo fuera de la habitación, directamente hacia la recámara más lejana.
En el camino se cruzaron con Madame Du Barry, quien corría a toda prisa a los aposentos del Rey. Su mirada se cruzó primeramente con los ojos angustiados de Marie, Jeanne Bécu cortó el contacto visual casi al instante y lo dirigió hacia Fernanda, quien la miró con preocupación, como si le dijera sin palabras cuánto lamentaba su situación. En el fondo, ella también estaba preocupada, sabía que en el momento en que el monarca pereciera, ella caería junto a él.
La Condesa se dirigió directamente hacia la cama del monarca para tomar su mano con firmeza, demostrando ante todos los presentes que ella seguía ahí. – "Si no se recupera…si no se recupera, ¿qué será de mí?" –
[…]
Los días pasaron y la situación de Louis XV empeoraba cada vez más. Su cuerpo había comenzado a hincharse y rápidamente se pudría en vida, un olor putrefacto inundaba la habitación, su aspecto sin duda era el de un cadáver viviente. Finalmente, el 7 de mayo los médicos declararon que el Rey no tenía esperanza de mejorarse, así que dejaron el lecho del enfermo. El monarca solicitó la presencia de un cardenal, en un último intento de ganarse el descanso eterno en el cielo.
-¿E-Este es…el final…para mí? – Preguntó con dificultad el Rey, mirando con dificultad al monarca. – Quiero hacer…una confesión…al cardenal… -
-Si el Rey realmente desea recibir el perdón de Dios y entrar en el Reino de los Cielos, entonces debe probarlo. – Respondió firmemente el Cardenal, mirándolo con seriedad. - ¡Primero deberá deshacerse de la mujer que ha desafiado las enseñanzas cristianas y ha traído desgracia a Dios! ¡Destierre a Madame Du Barry de Versalles! –
La orden de destierro contra Madame Du Barry fue dada de inmediato por mandato del Rey…
-¡¿Qué?! ¡Eso es imposible! – Exclamó Jeanne Bécu, aterrada de la noticia.
-Lo siento, Madame Du Barry, en estos momentos los guardias vendrán por usted… - Respondió Fernanda, quien había sido seleccionada por el Rey para entregar la noticia a la mujer. – Será desterrada inmediatamente de Versalles. –
Dos guardias entraron a la habitación en ese momento, tomando por los brazos a Du Barry y, sin decir una palabra, comenzaron a arrastrarla a la fuerza fuera del Palacio.
-¡No! ¡Su Majestad! ¡Su Majestad! – Exclamó alterada, intentando zafarse del agarre.
-¡Su Majestad ya ha tomado una decisión! – Dijo uno de los guardias, mirándola de reojo.
-¡No! ¡Déjenme estar al lado de su Majestad hasta el final! – Suplicó la mujer, al borde de las lágrimas.
-¡No puede! ¡Será expulsada de Versalles en este momento! – Negó el otro guardia, continuando su labor.
-No, deben soltarme, ¡debo regresar con su Majestad! ¡Su Majestad! ¡SU MAJESTAD! – Gritó alterada, en un intento en vano de liberarse de su inevitable destino.
-Su Majestad, ya he cumplido con mi obligación, informé a Madame Du Barry sobre su expulsión y me aseguré de que los guardias la escoltaran al jardín para esperar el carruaje que la sacará de Versalles. – Informó Fernanda, haciendo una reverencia al putrefacto monarca, intentando mantener la compostura a pesar del olor que inundaba la habitación.
-Du Barry… - Murmuró el Rey con dificultad, con pesar en su voz.
-"A pesar del tipo de persona que era, su Majestad de verdad le amó hasta el final…" – Pensó Fernanda, mirando de reojo al monarca. – Si me lo permite, su Majestad, me gustaría que permitiera que acompañara como escolta a Madame Du Barry hasta los límites de Versalles, por favor… -
-Protege a Du Barry…te lo pido. – Murmuró el Rey con su pesada voz, mirándola de reojo con dificultad. – Marie Fernanda de Austria… –
-Como ordene, su Majestad. – Respondió la joven haciendo una reverencia, saliendo de inmediato al jardín para alcanzar el carruaje antes de que partiera. – "Tengo que hablar con ella…al menos una última vez, ¡tengo que hacerlo!" – Su paso apresurado resonaba en los silenciosos pasillos que esperaban por noticias del Rey, finalmente al llegar a la entrada soltó un suspiro de alivio al notar que el carruaje seguía ahí, para su sorpresa, Oscar se encontraba también en el lugar, algo que sin duda la dejó confundida.
-Yo escoltaré a Madame Du Barry. – Ordenó Oscar mirando al guardia, quien asintió sin más y se retiró.
La rubia se dirigió hacia la mujer que yacía en el suelo para extenderle su mano. Jeanne Bécu negó con la cabeza y se levantó por sí misma y subió al carruaje en silencio, el cochero colocó un candado en la puerta como seguridad para que la Condesa no intentara huir y tomó su lugar para emprender camino.
-Hay muchas personas que le guardan rencor. – Agregó Oscar, mirando por la ventana a la mujer.
-No quiero tu piedad. – Negó Du Barry, sin mirarla.
-Hay un rumor de que será atacada, será mejor que la acompañe. – Insistió Oscar, montando su caballo.
-¡Espera! ¡Yo también voy! – Interrumpió Fernanda, alcanzándoles.
-No, tu esperarás aquí. – Ordenó Oscar con firmeza, evitando verla al mantener su mirada al frente.
-Su Majestad me ordenó proteger a Madame Du Barry hasta los límites de Versalles, así que cumpliré con esa orden, Comandante. – Respondió Fernanda, acercándose con su caballo, lista para montarlo.
-De acuerdo. – Murmuró Oscar, tomando la iniciativa.
El camino comenzó lento y silencioso, en donde ninguna de las tres mujeres decía ni una palabra, solo se limitaban a ver el hermoso cielo de ese día, Oscar cabalgaba del lado derecho del carruaje, mientras que la austriaca lo hacía del lado izquierdo. Fernanda apretó las riendas de su corcel, respiró hondo para tomar valor, y finalmente rompió el silencio en el ambiente.
-No te guardo rencor. – Murmuró la austriaca, ganando la mirada de Madame Du Barry. – Sé que vertiste algo en mi bebida en aquél baile y por eso enfermé gravemente, sé que mientras estuve en cama fingiste ser mi amiga para ganarte mi confianza y poder usarme para humillar a mi hermana cuando tuvieras la oportunidad, quizá todas las cosas que me dijiste sobre André en aquél entonces eran mentira, y aun así… - Hizo una pausa, su mirada se había vuelto decaída. – No puedo odiarte, mucho menos guardarte rencor, si esta es la última vez que te veré, al menos quería que lo supieras. –
-Yo realmente llegué a tomarte aprecio, lo admito. – Respondió Du Barry, sorprendiendo a Fernanda. – Eres muy diferente a tu hermana, me sorprendió ver cuánto querías a un simple lacayo a pesar de tu rango y lo poco que te importaba que la Corte hablara de su relación, tuve la impresión de que ni siquiera te importaba presumir un vestido nuevo o una joya lujosa, te presentabas con ropas demasiado sencillas a comparación con los que vestían las demás personas en la Corte, ni siquiera te molestabas en arreglar tu cabello. –
-Desde pequeña he sido así, los lujos no son mi prioridad, me siento más cómoda cuando soy modesta con mi persona. – Respondió Fernanda, con su mirada firme sobre la Condesa. - ¿Puedo hacerte una pregunta? –
-¿Qué cosa? – Preguntó Du Barry, con una sonrisa.
-¿Tú crees que sea posible que Marie y yo no seamos hermanas? – Cuestionó finalmente Fernanda, con angustia y nervios reflejados con claridad en el temblor de su voz.
Oscar, quien se había mantenido al margen, fue atraída a la conversación con esa pregunta, por lo que dirigió su mirada de reojo a la Condesa en espera de su respuesta, prestando total atención en esta ocasión.
-Siendo sincera, sí. – Respondió Du Barry, sorprendiendo a ambas chicas. – Siempre me pareció que, aunque sus apariencias físicas fueran similares, eran demasiado distintas una de otra, mientras Marie Antoinette parecía ser rodeada por un aura noble, tú me diste más la impresión de una campesina bien vestida. – Prosiguió, dirigiendo su mirada a Fernanda.
-Ya veo… - Murmuró la austriaca, guardando silencio.
-Hay una hermosa vista del Palacio de Versalles desde aquí. – Agregó Jeanne Bécu, cambiando el tema. – El rumor de un ataque era mentira, ¿no es así? – Cuestionó, girándose a ver a Oscar, quien dirigió su mirada de reojo hacia ella. – Lo que la gente rumoreaba era cierto, alguna vez fui una prostituta. – Agregó, con una sonrisa en sus labios. – Oscar, quizá tu no sepas lo difícil y miserable que puede ser llevarse un pan a casa cada día, y yo hice cualquier cosa por conseguir un pan sin importarme si era bueno o malo. – Comenzó a explicar, ganando la atención de ambas mujeres a su alrededor. – Con mucho esfuerzo pude convertirme en Condesa y pude conseguir el favor de su Majestad, sin darme cuenta, en vez de pan llevaba diamantes y vestidos, uno tras otro, como si me alimentara de ellos, pero no tengo nada de qué arrepentirme, porque hice cosas que siempre había soñado. – Agregó con una sonrisa, luego cambió su mirada a una seria. - ¡Deténgase! – Ordenó, deteniendo al cochero. – Hasta aquí está bien, gracias, Oscar, Fernanda. – Pidió, mirando a ambas mujeres que detuvieron sus caballos, Fernanda se situó a un lado de Oscar, quien por primera vez no hizo el intento de alejarse de ella. – Esta amabilidad no la sentía desde que quedé huérfana a los 5 años, Oscar, eres una persona muy misteriosa ¿no? – Preguntó, mirando a la Comandante que la miró en silencio. – Fernanda, hay una última cosa que quiero decirte. –
-¿Qué cosa? – Preguntó la austriaca, curiosa de aquellas palabras.
-Algo que siempre me llamó la atención de ti es tu acento naturalmente francés, lo reconozco a la perfección, porque es el mismo acento que se escucha en los lugares en donde yo nací. – Respondió Du Barry, con su mirada fija en la austriaca. – Por lo que veo, tú también tienes dudas de si realmente eres familiar de Marie Antoinette o no, así que escúchame con atención. – Prosiguió, con un tono más serio. – Si quieres descubrir la verdad de tu origen, deberías visitar los peores rincones de Francia, estoy segura de que ahí encontrarás una respuesta a tus dudas, después de todo…las personas que nacemos sin nada siempre reconocemos a nuestros iguales, sin importar si su vestido es de algodón o de seda. –
-¿Q-Qué…? – Murmuró Fernanda atónita, sin poder procesar aquellas palabras. – Yo no…yo jamás… -
-Reconozco a la perfección tu acento, no es algo que se aprenda, es algo con lo que se nace, y si mi intuición no falla, quizá tu lazo con Francia es más profundo que el de tu hermana con su país. – Agregó Du Barry, desviando la mirada. – Dale las gracias a su Majestad por esta consideración hacia mí, y…gracias por haber sido una amiga sincera, nunca lo olvidaré. –
-Du Barry… - Murmuró, sin saber qué decir.
-¡Vamos, hay que proseguir! – Ordenó Jeanne Bécu, y el carruaje siguió su camino en silencio.
Ambas chicas miraron partir el carruaje que llevaba a Madame Du Barry en silencio, bajo la luz del cielo que se tenía de color escarlata, indicando que el atardecer estaba por llegar. Oscar dirigió su mirada a Fernanda, quien se había mantenido con su mirada perdida, intentando procesar las palabras que había escuchado de aquella mujer que alguna vez fue su enemiga. Jarjayes dudó en hablar, pero finalmente decidió olvidarse de su orgullo y acercó su caballo hacia ella para colocar su mano en el hombro de la austriaca, llamando su atención.
-¿Te hizo dudar? – Preguntó Oscar, con cierta preocupación en su voz.
Fernanda asintió lentamente. - Mi cumpleaños es diferente al de Marie a pesar de tener la misma edad, siempre tuve complicaciones para aprender modales y demás porque no entendía del todo lo que los libros decían, sobre el acento que Du Barry mencionó…cuando era pequeña, me dieron ejercicios de habla porque mi madre creía que tenía un problema que no me permitía hablar correctamente, cuando aprendí francés ese problema desapareció…Oscar, son tantas cosas, y no sé… - Explicó, con su voz temblorosa. - ¿Y si ella tiene razón? ¿Y si las respuestas de mi pasado están más cerca de mí de lo que creo? –
-¿Realmente crees en la posibilidad de que seas hija de franceses que viven en la miseria? – Preguntó Oscar, sin poder aceptar del todo esa realidad. - ¿Qué motivo podría tener tu madre para haberte adoptado de ser así? Quizá solo estás dejando que las suposiciones de Madame Du Barry te afecten. –
-¡Es que nada tiene sentido, Oscar! Ella tiene razón, mi acento me provocó problemas de pequeña, problemas que jamás tuve cuando hablaba francés, y yo… - Replicó, desviando la mirada. – Yo siempre me sentí fuera de lugar, cuando llegué a Francia una nostalgia me inundó, como si pisara un suelo conocido…nunca serví para ser noble, pero al trabajar como guardia, al convivir con André, con Gilbert y su familia…me siento como si estuviera con las personas que me entienden, que son iguales a mí…y no sé…estoy tan confundida… -
-Fernanda… - Murmuró Jarjayes, sin saber qué decir. – Volvamos. –
-Sí. – Asintió Fernanda, sin decir nada más.
Ambas chicas dieron vuelta a sus caballos y regresaron a Versalles, con paso lento, en silencio, pidiendo en sus mentes porque Du Barry consiguiera seguir con su vida en el exilio.
Jeanne Bécu Du Barry fue enviada a Rueil, un pequeño poblado al oeste de París, años más tarde, terminaría en el convento de Pont-Aux-Dames como prisionera. Bajo la protección del amor del Rey, arrasaba con todos los impuestos del pueblo y los gastaba a su voluntad. Una extravagante dama que incluso consiguió que mi hermana, la Princesa heredera, cediera a su autoridad…pero ese fue su final, el final de una mujer que tuvo el poder de una Reina sin tener una corona en su cabeza.
Eran las 6 de la tarde, y en Versalles todos guardaban silencio por el Rey. Louis Auguste y Marie Antoinette se encontraban en la capilla del Palacio rezando, angustiados por el peso que sus hombros cargaban.
-¿Su Alteza…? – Murmuró Marie girándose a ver a su esposo, quien temblaba en angustia.
-Oh, querida… - Respondió Louis, tomándola de los brazos para sostenerse junto a ella. – El mundo entero parece derrumbarse sobre nosotros, tan solo tengo 19 años…y pronto debo convertirme en Rey y regir sobre este país…es una importante labor… -
-Marie… - Murmuró Fernanda, mirando la escena desde la puerta de la Capilla, apretó sus puños frustrada, sin poder hacer nada para aliviar la angustia de aquellos corazones frente a ella. – "Madre…Marie…nuestra Marie pronto se convertirá en Reina… ¿Qué debo hacer? Quería escapar de todo al casarme con André, al convertirme en la esposa de un lacayo esperaba encontrar la paz que necesito en mi vida, quería alejarme de todo al huir con él a algún lejano lugar… Pero, ahora, ¿cómo puedo abandonar a mi hermana cuando está a punto de convertirse en Reina? ¿Cómo puedo alejarme de su lado para encontrar mi paz? Ahora estoy casi segura de que por mis venas no corre la sangre de los Habsburg, pero ¿cómo podría alejarme de mi amada Marie, que he adorado como una hermana mayor desde el día en que nací? Oh, amada madre, ¿por qué en Francia tuve que encontrar tantas emociones profundas que lastiman mi pecho? Mi amada madre…mi amada Marie…" –
[…]
-Su Majestad… - Murmuró Fernanda acercándose ligeramente a la cama del monarca, cubrió su nariz intentando alejar el putrefacto olor, un leve sonido le indició que el Rey la estaba escuchando, así que realizó una reverencia antes de hablar. – Ella dijo "gracias, su Majestad, por esta consideración hacia mí", se fue con una sonrisa. – Aquél sonido que escuchó en respuesta parecía indicar un intento de sonreír, así que supuso que Louis XV estaba feliz de escuchar aquellas palabras. – Nunca olvidaré la generosidad de su Majestad hacia mí, larga vida al Rey Louis XV. – Agregó antes de hacer una segunda reverencia y salir de la habitación.
La austriaca se dirigió hacia el salón donde se encontraban Oscar y Girodelle aguardando noticias, hizo una reverencia y tomó asiento junto a ellos, soltando un largo suspiro.
10 de mayo de 1774, 3:15 de la tarde. El Rey Louis XV, con un cuerpo hinchado, oscuro y descompuesto, lejos de ser reconocido…dio su último aliento y falleció.
Estruendosos pasos resonaron por todo Versalles, alegres gritos se escuchaban haciendo eco por los extensos pasillos del Palacio, algo que sin duda asustó a Marie y Louis Auguste, quienes se encontraban en su recámara llenos de angustia.
-¿Qué fue ese ruido, Alteza…? – Preguntó Marie, asustada. En ese momento la puerta se abrió de golpe, revelando a un grupo sin fin de nobles y servidumbre aguardando del otro lado, estando a la cabeza un rostro familiar. - ¿Condesa Noailles? – Preguntó la Princesa, preocupada por aquella repentina intromisión.
-¡El Rey ha muerto! – Exclamó entusiasmada la Condesa, con lágrimas en sus ojos y una enorme sonrisa en rostro. - ¡Larga vida al Rey! ¡Larga vida a Louis XVI! –
El mundo pareció quebrarse en pedazos para ambos jóvenes, quienes se quedaron atónitos ante aquellas palabras. La Condesa se arrodilló ante Marie y tomó su mano para besarla con una sonrisa.
-Felicidades, Antoinette-sama. – Agregó la Condesa, sonriéndole. – Ahora es su Majestad nuestra Reina de Francia. –
-Oh… - Las lágrimas brotaron con rapidez de los ojos de Marie, quien sentía un claro nudo en la garganta. – Después de todo…el abuelo murió… - Su mirada se centró en su esposo, quien lloraba con dolor la muerte de Louis XV. - ¡Su Alteza! – Exclamó Antoinette, corriendo hacia Louis Auguste para abrazarlo con fuerza buscando consuelo para sus corazones destrozados, ignorando por completo los gritos de felicidad de los nobles que alzaban sus espadas y manos hacia ellos.
-Oh, Dios mío, por favor protégenos… - Suplicó Louis XVI en llanto, arrodillado en el suelo junto a su esposa, a quien se aferraba con fuerza. – Somos muy jóvenes para reinar, oh Dios… -
Oscar, Victor y Fernanda se acercaron por detrás a la multitud, pero decidieron mantenerse un poco alejados de aquella muchedumbre.
-Hurras por aquí, vivas por allá, el cuerpo del Rey ni siquiera se ha enfriado. – Murmuró Oscar, asqueada de la hipocresía de la gente.
-Todos adoraban al Rey Louis XV hace unos momentos, pero la memoria de la gente es corta. – Respondió Girodelle, mirando a su Comandante. – Al Sol poniente, Sol naciente, sin la esperanza de un amanecer mejor ninguna persona puede vivir. – Agregó, después dirigió su mirada a Fernanda, quien mantenía la vista baja. - ¿Todavía planeas irte a vivir a Arras después de casarte? – Preguntó, sorprendiendo a Oscar.
-¿André y tú planean mudarse cuando se casen? – Preguntó Jarjayes sorprendida, girándose a ver a la rubia a su lado.
-Era la idea, pero creo que tendré que hablar con él. – Respondió Fernanda, mirando la sortija en su dedo anular. – Mi adorada hermana acaba de convertirse en Reina de Francia…en estos momentos es cuando convertirme en un pilar para ella, no la puedo abandonar ahora. –
-Es una buena noticia, ¿no es así, Comandante? – Agregó Victor, mirando de reojo a Oscar con una sonrisa pícara, la cual fue borrada luego de que la mirada fulminante de Jarjayes cayera sobre él.
-"Un nuevo Sol nace para Francia…" – Pensó Fernanda cerrando sus ojos, apretando sus manos a su pecho. – "Me pregunto cuánto tiempo brillará antes de que las nubes lo cubran…" –
El ataúd del fallecido Rey Louis XV fue llevado a la Basílica de Saint Denis a la medianoche para su entierro, reguardando la carroza fúnebre sólo estuvieron 40 guardias imperiales y 36 sirvientes. Oscar escoltaba la carroza mientras las lágrimas caían por sus ojos, sin evitar la tristeza de su corazón. Pero Francia no lloró, después de todo, un nuevo Sol nace en el siguiente amanecer.
¡YAHALLO! xHimemikoYukix aquí~
¡Nueva actualización! ¡Se nos fue Louis XV! Y en el salseo extremo... ¡Du Barry le dio unas posibles pistas a Fernanda de su verdadero origen! ¿Será verdad lo que dijo o simplemente habrá sido una última mala jugada hacia Oscar y Fer? La noticia de la boda de André y Fernanda sigue siendo un secreto para Marie, quien acaba de convertirse en Reina, ¿se atreverá a contárselo o tomará una decisión diferente? ¡Todo puede venirse encima! ¿Oscar ya perdonará a Fernanda o seguirá ignorándola? ¡Espero sus comentarios de lo que podría venirse en el siguiente capítulo!
¡SALUDOS A Triny10 por tus reviews! Me encanta la perspectiva que tienes, y debo darte un punto a tu favor porque adivinaste el secreto de Fernanda en tu último review xD tranquila, André tendrá sus decepciones pero prometo que al final tendrá su final feliz :3 nadie quiere que ese hermoso hombre sufra xD
¡Dudas, comentarios y demás son recibidos en los reviews y respondidos en la siguiente actualización!
¡NOS LEEMOS!
