Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
»16
La vida de Hinata fue perfecta hasta la tarde siguiente. Tras un desayuno tardío y tranquilo con Naruto, Hinata se retiró a su cuarto a encargarse de la correspondencia que tenía a Lee al borde del infarto. Iba bastante bien cuando Jones la interrumpió para comunicarle que había ido a visitarla un caballero, el señor Neji Hyuga.
Cuando entró contentísima en el salón azul, su primo estaba de pie junto a la ventana, toqueteándose nervioso el corbatín marrón oscuro.
—¡Neji! ¡Vuelves a sorprenderme! —rio ella, recibiéndole con los brazos abiertos.
—Como no te encontraba en Konohagakure Park, pequeña... —Él sonrió y le devolvió el abrazo. La soltó y retrocedió unos pasos para contemplar risueño el vestido verde mar y crema. —Por lo visto, Londres te quiere.
Hinata sonrió vergonzosa y lo condujo al sofá, donde se instaló muy fina, con las manos recogidas en el regazo.
—¿Llevas mucho tiempo en Londres? —le preguntó ella.
—Unos días —respondió él encogiéndose de hombros. Concluí mis negocios en Portsmouth y fui directo a Konohagakure Park, luego te seguí aquí. —El joven le miró las manos, le cogió una entre las suyas y la examinó con detenimiento.
Hinata lo notó inexpresivo y se preguntó si su negocio habría fracasado.—¿Y bien? —lo instó. —¿Concluyó satisfactoriamente?
—Podría decirse que si —declaró sin dejar de mirarle la mano.
—¡Neji, eso es estupendo! Entonces ya tienes un puesto, ¿no? ¿de capitán? —le preguntó emocionada.
Él le soltó la mano despacio, se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en los muslos, y se quedó mirando al suelo.
—Hinata, tengo algo importante que contarte. Quizá deberías despachar al criado. —Hinata arqueó las cejas, preguntándose que querría contarle que no pudiera decir delante del criado. — Creo que es preferible que lo oigas sólo tú —murmuró sin dejar de mirar al suelo.
Un mal presentimiento se apoderó de ella. —Pero ¿qué...?
—Te aseguro que es un tema algo... delicado. Lo hago por tu bien.
Neji alzó la vista y la miró tan preocupado que a Hinata le dio un vuelco el corazón. Su primer pensamiento fue que algo le había ocurrido a la tía Kurenai o a una de las chicas. Ella intentó descifrar su gesto, pero él volvió a desviar la mirada y le cogió las manos con fuerza.
Hinata miró por encima de su hombro.
—Por favor, discúlpanos, se dirigió al hombre en la puerta. —Esperó a que el criado saliera. —¡Cielo santo!, ¿qué ha ocurrido? ¿Le ha pasado algo a la tía Kurenai?
—¡No, no! —rio él nervioso. —Lo que tengo que contarte es importante... para ti tanto como para mí.
Hinata sintió una vaga punzada de pánico.—¿Qué pasa? —preguntó ella despacio, convencida de que no quería oír la respuesta.
Neji había estado esperando aquella noticia con entusiasmo, pero, en aquel momento, parecía a punto de vomitar, como si no soportara la idea de contarlo en voz alta.
—Bueno, me cuesta contártelo, la verdad. Es una historia muy larga. No sé si sabes que tu padre y yo estuvimos enemistados unos años. —Hinata pestañeo sorprendida. —Él me consideraba un poco irresponsable —le explicó Neji a grandes rasgos, —y lo fui, de joven, pero eso cambió y, por suerte, en los últimos tres o cuatro años, el capitán y yo nos reconciliamos.
—No tenía ni idea —admitió ella con sinceridad. Recordaba que su padre se había quejado de lo irresponsable que era Neji, una o dos discusiones acaloradas entre los dos, pero nunca le había hablado de enemistad. Además, si en algún momento hubo una trifulca entre ellos, por su vida que no entendía a cuento de qué la recordaba de repente.
Neji respiró hondo.
—El me adoptó cuando mi padre murió, y fue como un padre para mí. Yo lo respetaba mucho, Hinata, de verdad —dijo en voz baja con la mirada clavada en la alfombra oriental que tenía a sus pies.
—Estoy segura de que él sentía lo mismo por ti, Neji —respondió ella anexionada. —Pero no lo entiendo. ¿Qué tiene que ver todo esto con tu nuevo puesto?
El joven pestañeó, miró al techo y volvió a respirar hondo.
—Cuando nos reconciliamos, el capitán me prometió una vida decente. Me comunicó que tenía intención de dejarme uno de sus buques mercantes más grandes para que pudiera seguir el negocio de la familia. Por eso acepté el aprendizaje en Ámsterdam, para poder hacerme con todos los aspectos del negocio, pero, cuando murió, descubrí un lamentable error.
Hinata estaba segura de que no lo había oído bien. Su padre jamás le había mencionado nada así, y Neji no aparecía en los papeles que ella había recibido. Quizá hubiese un codicilo. No sabía qué había sido de los buques. Lo único que ella sabía era que, de algún modo, aquello repercutía en la liquidación final del patrimonio de su padre.
—¿Qué error? —preguntó, serena.
Neji se volvió para mirarla, casi suplicándole con sus ojos.
—Hinata, lo que tengo que contarte es bastante extraordinario Por lo visto, el abogado de tu padre, el señor Strait, te envió el testamento antes de que el capitán muriese de verdad. El señor Strait solía hacer eso; tu padre estaba ya moribundo y quería asegurarse de que se ejecutaba su última voluntad. Pero..., verás, cambió de opinión.
—¿Cambió de opinión? —repitió ella incrédula.
—Sí. Por desgracia, el señor Strait ya había enviado los papeles que tenía en su poder. Lo que digo es que no envió la documentación definitiva.
El pánico empezó a hacer un nudo en la garganta a Hinata.—¿Qué documentación definitiva? Yo recibí la última voluntad de mi padre y su testamento.
El sonrió triste y negó con la cabeza.—No, pequeña, no. La última voluntad la tengo yo aquí y anula la tuya.
Hinata pestañeó, incapaz de asimilar lo que su primo le estaba diciendo. Se levantó de prisa e inconscientemente empezó a pasear de un lado a otro.
—Perdóname, pero no lo entiendo. Yo no recuerdo que te dejase ningún barco, pero quizá hubiera algún codicilo, algún anexo donde detallara lo que deseaba hacer con su flota. ¿No será eso lo que tienes tú? —preguntó ella, esperanzada.
—No, Hinata, lo que obra en mis manos es su última voluntad y su testamento. Y no me deja un barco, me deja una suma considerable.
—¿Una suma?
—De casi quinientas mil libras —añadió él como si nada. Hinata soltó una carcajada algo histérica. —Ese es el importe de mi dote.
Neji suspiró hondo y se sacó de la chaqueta un grueso documento.
—Trata de entenderlo, pequeña. Cambió de opinión en su lecho de muerte y me legó el medio millón de libras a mí. Tu dote es la cancelación de las deudas de Uzumaki. Por desgracia, el testamento revisado no te llegó a tiempo. —Dicho esto, desplegó el documento y le mostró la firma clarísima del capitán.
Hinata estaba anonadada, total y absolutamente anonadada. Era demasiado monstruoso para creerlo, claro que ya no sabía qué pensar de su padre. A fin de cuentas, le había mentido sobre Naruto durante tantos años... Pero aquello era distinto; era inconcebible. Se quedó mirando fijamente el documento que sostenía Neji mientras intentaba entenderlo.
—Es imposible —murmuró para sí.
Su primo sonrió sin ganas y se inclinó para coger una bolsa que Hinata no había visto hasta ese momento.
—Supuse, como es lógico, que te costaría creerlo. El mensajero al que contraté para que recogiera lo papeles me trajo también algunos efectos personales. Por lo visto, el señor Strait no tenía intención de devolvértelos, porque ya había considerado innecesario viajar personalmente a América.
Hinata lo miró boquiabierta y él metió la mano en la bolsa y sacó un par de gemelos de marfil en forma de pequeñas cabezas de elefantes que ella identificó de inmediato.
—¿De dónde los has sacado? —susurró. —Eran de papá.
Su primo no respondió, se limitó a dejarlos encima de la mesa. Ella tragó saliva; tenía que haber alguna explicación.
—El capitán quería que tuvieras esto —dijo Neji, señalando con la cabeza algo que llevaba en la bolsa. —lo guardó pensando que algún día querrías dárselo a tus hijos.
Su primo sacó una muñeca, y Hinata hizo un aspaviento. Era idéntica a la que ella había arrastrado por las cubiertas del Dancing Maiden. Empezó a darle vueltas la cabeza y se dejó caer pesadamente en la silla de damasco amarillo. Era imposible, completamente improbable. ¿O no lo era?. Desde que su padre había fallecido, había descubierto cosas que le hacían dudar de él. Sintió una extraña punzada de culpabilidad; ¿y si el capitán había cambiado de opinión y le había dejado su dinero a Neji? Pero ¿habría hecho su padre algo tan precipitado? ¿Realmente habría deseado, a las puertas de la muerte, atender las necesidades económicas de su primo?
—No sé qué decir —murmuró ella.
—Pequeña, sé que todo esto es muy difícil. Tu marido lo entenderá, estoy seguro de ello.
Hinata gimió; ella no lo veía tan claro. De pronto, se levantó y cogió el testamento que Neji había dejado sobre la mesa con las otras cosas y lo hojeó nerviosa. Era idéntico al que ella tenía, salvo que le legaba la fortuna a Neji, no a ella. Como le había dicho su primo, el testamento estipulaba la cancelación de las deudas de Naruto como dote de Hinata. Y, por si le quedaba alguna duda, la peculiar caligrafía de su padre era bien visible en la página, y el documento estaba fechado un mes o más después que el suyo. Tomó una gran bocanada de aire para combatir la histeria que empezaba a apoderarse de su ser.
Sabía, instintivamente, lo mal que le parecería a Naruto todo aquello. Su padre ya lo había engañado una vez y, de repente, remataba su engaño desde la tumba. Le había dejado su dote a Neji. No un barco, su dote. Pero ¿qué iba a pensar Naruto? ¿Que lo habían camelado para que se casara con ella para luego descubrir que Hinata no aportaba absolutamente nada a aquella unión, con lo que todo había sido en balde? En semejantes circunstancias, él no se habría casado con ella, eso se lo había dejado bien claro, muy a su pesar. Pero, después de aquello, ¿supondría que lo hablan embaucado para que se casara con ella?
—¡No! —susurró con voz ronca, y se volvió en dirección a la repisa de la chimenea, sujetando el testamento con firmeza contra su pecho. Se dijo nerviosa que Naruto jamás creería que ella lo había engatusado, pero ni siquiera ella lo creía.
—¡Madre mía! —oyó musitar a Neji, y notó que una mano fuerte le agarraba el codo, la llevaba hasta un sofá y la obligaba a sentarse. Su primo se arrodilló a su lado, cogiéndole las manos. —¡Hinata, no te disgustes! ¡Todo irá bien, te lo prometo! —Pero ésta no pensaba más que en Naruto, que pronto se enteraría de otro engaño. —¡No temas, por favor! —le suplicó. —Yo te apoyaré cuando se lo cuentes; le explicaré que tú no podías haberlo sabido. ¡Nadie tiene por qué enterarse nunca! Muchos hombres cambian sus testamentos en el lecho de muerte.
Neji hablaba en voz baja, con precipitación. Hinata se sentía enferma de miedo.
—Mira, te he traído todas las pruebas que necesitas, los gemelos de marfil, la muñeca de tu infancia, ¡y el testamento, maldita sea! ¿Qué otra prueba puede necesitar tu marido? Las náuseas que se apoderaron de ella le impidieron contestar. Demasiado conmocionada y confusa para hacer nada, se quedó mirando impotente los gemelos que estaban en la mesa, la muñeca tirada en el sillón y el testamento que Neji le había quitado de las manos y había vuelto a dejar en la mesa.
Se obligó a mirar al joven, cuya preocupación genuina se revelaba en el contorno de sus ojos. Volvió la mirada a la muñeca, que la miraba fijamente con sus ojos negros. Era idéntica a la que ella había tenido todos aquellos años, pero la última vez que la había visto no tenía cabeza. ¿La habría reparado su padre? ¿La habría guardado de verdad para ella?
En aquel instante fue consciente de la enormidad de la rabia que el capitán le inspiraba.
Rompió a llorar y, presa de una dolorosa furia, se enterró el rostro entre las manos. Neji se levantó de inmediato y le pasó el brazo por el hombro para consolarla.
Naruto miró curioso al criado apostado a la puerta del salón.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó amable.
El hombre se aclaró la garganta.—La marquesa tiene una visita, milord.
Naruto supuso que era Itachi, que los visitaba con frecuencia, y abrió la puerta. No estaba preparado para lo que vio. Hinata, de espaldas a él, estaba inclinada hacia adelante.
A su lado, estaba sentado un joven, que la rodeaba con el brazo. Cuando éste se volvió para mirarlo, Naruto reconoció de inmediato al desconocido de Konohagakure Park. El desconocido al que ella había abrazado tan cariñosamente.
—¿Qué demonios hace éste aquí? —tronó la voz de Naruto en el salón mientras cruzaba la estancia. El individuo se puso de pie de un brinco, pero Hinata no se movió. Naruto fue corriendo a ella y se agachó para mirarla a la cara, llena de lágrimas. —¡Cielo santo!, Hinata, ¿qué ha ocurrido? —le preguntó de repente aterrado sin saber bien por qué.
—¡Ay, Naruto! —musitó ella abatida.
Éste se irguió y miro furioso a Neji.
—¡Más le vale explicarme qué está ocurriendo aquí!
—Por favor, milord, soy Neji Hyuga, primo de su esposa. —Naruto anotó mentalmente aquel nombre, que le era vagamente familiar. —Me temo que soy portador de noticias inquietantes —anuncio en voz baja. Al detectar la mirada cada vez más oscura del marqués, Neji se explicó en seguida. —Tiene que ver con su padre. Son novedades preocupantes. Quizá quiera sentarse...
—Más vale que me lo cuente ya si no quiere que le obligue a hacerlo. —La voz de Naruto había pasado de furiosa a peligrosamente serena.
Neji palideció visiblemente.—Lord Uzumaki, lamento comunicarle que el capitán Hyuga hizo un segundo testamento. Uno posterior, que no es el que obra en su poder.
Atónito, Naruto le lanzó una mirada feroz. Menuda sandez, menuda locura, menudo disparate.
—¡¿Qué?!
—Al parecer, el señor Strait fue demasiado eficiente. Empezó a disponer del patrimonio del capitán antes de que éste muriese. Por desgracia, el capitán cambió de parecer en el último momento y, antes de fallecer, firmó otro testamento que invalida el primero.
A juicio de Naruto, aquello resultaba descabellado y demasiado propicio para algunos.
—Imposible —murmuró furioso.
—Lamento comunicarle que es perfectamente posible, milord —dijo Neji muy tranquilo.
—E imagino que ese nuevo testamento lo beneficia a usted de algún modo, ¿no es así?
Algo sonrojado, Neji alargó el brazo para coger el testamento de la mesa. —Me deja a mí toda su herencia, milord —declaró tendiéndole el testamento para que lo viera. —La dote que usted ha recibido me pertenece.
Eso era absurdo. A Naruto le importaba un comino la dote de Hinata, pero no se tragaba ni por un momento que el capitán hubiese redactado un segundo testamento. Le arrebató el documento de la mano a Neji y lo examinó por encima. Estaba todo allí, el condenado acuerdo, la liquidación de las deudas... Todo era igual, salvo que, en lugar de aceptar como compensación una suma a modo de dote, debía aceptar la cancelación de las deudas. El patrimonio de Hyuga se cedía, en su totalidad, a Neji Hyuga.
—¡Este documento es falso!
—Esa es su firma —señaló Hinata en voz baja.
Aquellas palabras estallaron en la cabeza de Naruto; apartó la vista del documento para mirarla. Ella lo miró a su vez, con los ojos enrojecidos y tristes, luego miró a Neji Hyuga. «Claro, Neji no besaba así.» Naruto se sintió como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago, Neji. ¡Por favor!, era Inconcebible, pero no podía descartar la posibilidad de que ella formase parte de aquel fraude. Su gesto se mantuvo inescrutable, a pesar de las ideas que le hervían en la cabeza. Dobló con cuidado el pergamino y lo dejó en la mesa.
—Milord, su esposa no pudo enterarse de que había un segundo testamento porque ya estaba en Inglaterra, Y yo no se lo mencioné en las cartas que le envié a Konohagakure Park, sólo le dije que esperaba noticias importantes —intervino Neji.
«¿Cartas?» Atónito Naruto se quedó mirando fijamente al hombre que tenía delante. ¿Se habían escrito? Apretó la mandíbula al recordar el día en que lo había visto en Konohagakure Park. Ella le había dicho que era un grumete del Dancing Maiden, amigo de Jiraya. No le había hablado de ninguna carta. Ni del parentesco. De hecho, había omitido por completo el hecho de que fueran primos.
—Usted, señor, es un fraude —proclamó categóricamente, con visible repugnancia.
Neji pestañeó nervioso.
—Lo siento de verdad, milord. Sé que esto le cae por sorpresa, pero no miento. La propia Hinata le ha dicho que es la firma del capitán. Además, he traído otras cosas con el testamento, algunos efectos personales que sólo el padre de Hinata podía haber tenido —Señaló los gemelos y la muñeca.
Naruto, irritado por la familiaridad con que trataba a su esposa, se quedó mirando los objetos que le indicaba, la muñeca le trajo un recuerdo distante, vago.—Esos artículos se pueden comprar en cualquier parte. No creo que tengan ningún valor testimonial. —Neji tragó saliva, visiblemente angustiado. —Señor Hyuga, mis abogados examinaron de forma exhaustiva los documentos que recibí del capitán y verificaron rigurosamente su autenticidad. Si el señor Strait desea comunicarme algún error, lo escucharé encantado. —No le pasó por alto el parpadeo de los ojos de Neji al oír nombrar al señor Strait.
—Hasta entonces, cualquier cosa que me traiga, incluidas sus baratijas, no serán para mi más que un lamentable intento de estafarme. Le agradecería que saliese de mi casa inmediatamente —añadió con serenidad.
—Naruto, creo que esto es cosa de mi padre, no de Neji —dijo Hinata con un hilo de voz.
Naruto no podía creer lo que estaba oyendo: Hinata defendía a aquel bastardo. Se le empezó a helar la sangre; le costaba contener el deseo de estrangular a Hyuga. Y a Hinata, ¡cielo santo! Los últimos meses no habían sido una mentira, de eso estaba convencido, ¿o no? ¿Podía haberlo engañado tanto? Se le encogió el pecho de pensarlo, luego la miro con frialdad.
—Ahora hablaré contigo —le replicó muy seco, luego se volvió hacia Neji. —Márchese inmediatamente.
Éste se apartó del sofá. —Es evidente que necesita tiempo para asimilar las desafortunadas noticias que traigo. Como es lógico, querrá recibir los documentos —dijo mientras se encaminaba a la puerta. Se detuvo y sonrió tranquilizador a Hinata. —Le daré mi dirección al mayordomo. En cualquier caso, vendré a verte en unos días, pequeña.
Las palabras afectuosas de Neji a su esposa lo recorrieron como una bala; apretó los puños junto a los costados. Entonces se colocó delante de Hinata para que éste no pudiera verla.
—No visitará a mi esposa bajo ninguna circunstancia, señor Hyuga. ¡Márchese ya!
Mirando por última vez a Hinata, el joven salió por la puerta.
El silencio que siguió a la salida de Neji era casi ensordecedor. Hinata le tocó la manga a Naruto, pero él se apartó de ella. Su leve sollozo no lo hizo recular. Su gesto frío e inmutable ocultaba un torbellino de turbias emociones.
—Me mentiste. Te pregunté quién era. Me dijiste que era un grumete del Dancing Maiden, ¡no tu primo besucón!.
Hinata sintió miedo y remordimiento, la mirada gélida de Naruto exploraba con descaro su rostro.
—No te mentí, no te conté...
—¿Toda la verdad?
Hinata hizo una mueca, consciente de lo horrible que parecía todo.
—No podía contártela entonces —espetó. —Le avergonzaba... —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera darse cuenta de que estaba cavando su propia fosa. Necesitaba pensar, ordenar sus ideas y recobrar la calma para poder explicárselo todo de forma coherente.
—¿Qué decías, pequeña? —le soltó él. —¿Que le avergonzaba presentarse a mí? ¿Por qué? ¿Porque habría sido de muy mal gusto hacerlo antes de estafarme?
—No, no—respondió Hinata con voz áspera. —N‐no... no tenía trabajo —señaló sin convicción, aturdida.
Terriblemente alterada por la última traición de su padre y la indignación de Naruto, se sentía completamente incapaz de explicarse. Era evidente que sus respuestas no estaban contribuyendo a tranquilizarlo en absoluto. Si era posible que el rostro de un hombre se endureciese aún más, el de Naruto lo hizo.
—Supongo que sus cartas te ilustrarían mucho en ese aspecto —dijo él con voz grave. Antes de que Hinata pudiese responder, dio media vuelta y se apartó de ella. —Creo que deberías retirarte a tu cuarto.
Aterrada, Hinata buscó un modo de explicarse. ¡Cielos, estaba confundida! Podía estropearlo todo, empeorarlo aún más. Pero no podía dejar las cosas así. En contra de toda lógica, dio un paso adelante.
—Naruto, ¡escúchame, por favor! Neji no me habló del otro testamento. Sólo me dijo que esperaba noticias importantes, un puesto en un buque mercante. No quería presentarse porque no se sentía... competente —espetó. —Yo respeté sus deseos... ¡por el amor de Dios, es mi primo!
—Eso es lo que tendrías que haberme dicho cuando te pregunté —le contestó Naruto con frialdad.
Se acercó al aparador y se sirvió un whisky, de espaldas a Hinata. No le creía. ¡Cielo santo!, no le creía. Cerró los ojos y, con todo el dolor de su corazón, decidió en aquel mismo instante que, mientras no lograra tranquilizarse y ordenar sus ideas, estaba haciendo más mal que bien.
—Estás disgustado, y yo también. Es una noticia difícil de digerir, para los dos —se oyó decir. Su marido la miró por encima del hombro con un desdén que la hizo sonrojarse. —Prefiero esperar a que podamos hablarlo racionalmente —añadió con la voz rota, luego dio media vuelta y se dirigió a la puerta con paso vacilante. Se detuvo en el umbral para echar un vistazo a la espalda rígida de Naruto antes de subir corriendo a refugiarse en su cuarto.
Este miró por la ventana, cogiendo el vaso de whisky con todas sus fuerzas, preso de un conflicto interno de emociones. En ningún momento se le había pasado por la cabeza que Neji Hyuga pudiese estar diciendo la verdad; sencillamente, resultaba demasiado descabellado. Lo único que se le ocurría era que los ojos de Hinata no mentían. ¡Ella no mentía, maldita sea!
Pero le había mentido en la cala.
Y le había ocultado que se escribía con Neji. ¿Cómo podía haberle hecho eso? ¿Habría sido capaz de confabularse con su primo para desplumarlo? ¿Podría haber mantenido una mentira así durante los últimos meses? De pie en el centro de la estancia, sopesó aquel pensamiento. Recordó todas sus conversaciones, las noches que habían pasado en su inmensa cama, los paseos por Konohagakure Park, las comidas... En ningún momento, jamás, le había demostrado otra cosa que no fuesen una estima y un cariño genuinos. Ella nunca había cambiado de actitud.
No, sencillamente no podía ser verdad.
Se acercó aprisa a una silla y se dejó caer pesadamente en ella, mirando el líquido ámbar que agitaba en el vaso. Podría ser verdad.
¿Podría haberse equivocado tanto con ella? ¿Tanto podría haberlo engañado? ¿Habría malinterpretado sus reacciones en la cama o las miradas de sus ojos cada vez que se encontraban con los suyos? ¡Maldita sea, le había dicho que lo amaba! Y él se lo había tragado como el rio se traga las piedras arrojadas a él. Por todos los santos, jamás, en sus ventinueve años de vida, había sido víctima de los encantos de una mujer. ¡Ni una sola vez! ¿Cómo podría haber sido tan incauto de pronto? Sin duda era posible.
Recordó con amargura la noche en que ella se percató de que Hyuga le había mentido. No podría haberse fingido tan destrozada. ¿O acaso era tan buena actriz como las de Drury Lane?
Naruto dejó de mirar el vaso y posó la vista en la mesa donde se encontraban el testamento y los gemelos. Se irguió y. alargando el brazo, cogió uno de ellos y lo examinó detenidamente. Cuando volvió a dejarlo en su sitio, reparó en la muñeca tirada de cualquier manera en una silla, junto a la ventana. Aquel juguete le trajo un vago recuerdo. La miró fijamente, pestañeando, hasta que cayó en la cuenta. De dos zancadas, se plantó al lado de la silla.
En cuanto la cogió, supo con toda seguridad que Neji Hyuga era un fraude, la muñeca era una réplica de una que Hinata había llevado consigo durante más de diez años. ¿Cómo iba a olvidar el vestidito de cuadros que él mismo había roto? Le levantó la falda a la muñeca de pelo rizado. Llevaba braguitas, como las que él había destrozado para hacerle unos pantalones cortos.
Una sensación desagradable le recorrió el cuerpo entero mientras miraba el juguete que tenía en la mano. «Me acuerdo de un chico mayor que me mortificaba y que, por cierto, decapitó a la única muñeca que tuve durante toda mi infancia.» Hinata se lo había dicho así el día que había llegado a Konohagakure Park. Soltó la muñeca y fue corriendo a tocar la campana del servicio.
Jones apareció casi instantáneamente.
—Hay un baúl de piel en el ático —dijo Naruto con brusquedad. Que lo lleven a mi habitación inmediatamente. Ve a buscar a Lee y que envíe un mensajero a Konohagakure Park. Quiero ver a Jiraya aquí a primera hora de la mañana. —Dicho esto, pasó por delante del perplejo mayordomo y se dirigió a su cuarto.
Cuando le subieron el baúl, Naruto levantó de golpe la tapa y miro dentro. Estaba repleto de objetos de su juventud. Los ignoró y hurgó a fondo en busca de aquel artículo ya olvidado. Tras apartar un cuchillo oxidado, un par de pesadas botas ya cuarteadas y un ajado sombrero, encontró lo que buscaba. Allí, al fondo del baúl, enterrada bajo algunas ropas viejas, estaba la muñequita que él mismo había vestido de pirata. Era la misma que él había manipulado después de arrancarle la cabeza en un arrebato, la misma que había querido devolverle a la niña afligida al verla peinar las cubiertas en busca de su juguete roto. Pero el capitán la había mandado a Roma antes de que pudiese devolvérsela. Ignoraba por qué la había guardado tantos años.
Se sentó al borde de la cama y contempló la muñeca que tenía en las manos. Todo empezaba a tener sentido, o al menos eso era lo que quería creer.
Neji Hyuga, o quien hubiese detrás de él, intentaba destruirlo. De pronto sintió la necesidad de hablar con Itachi. Se levantó de golpe, dejó la muñeca pirata tirada en la cama, se enfundó a toda prisa una chaqueta de caza, bajó corriendo la escalera y pidió que le prepararan su caballo.
Encontró a Itachi en White's y le hizo interrumpir su partida de cartas. Éste protestó mucho iba ganando, por una vez, pero Naruto ignoró sus objeciones y se lo llevó a una sala privada de la parte trasera. Su amigo se sentó, furioso, pero, en cuanto él empezó a contarte la increíble historia, vio que se le ponían los ojos como platos y luego se le fruncían de recelo. Según fue asimilando las palabras de Naruto, Itachi empezó a negar despacio con la cabeza.
—¿Qué crees tú, Uzumaki? —le preguntó en voz baja.
Éste suspiró y se pasó la mano por los cabellos rubios mientras miraba pensativo a Itachi.
—No sé. El testamento es una falsificación, me apostaría la vida. Ese supuesto primo suyo estaba un poco nervioso, me pregunto si habrá alguien más detrás de esto, alguien como Zabuza Momochi.
Itachi suspiró desalentado. Naruto vio a su amigo meditar los hechos. Su lealtad para con él era una de sus cualidades más admirables, algo en lo que había confiado en numerosas ocasiones. Sin embargo, hasta aquel preciso ínstante, no se había dado cuenta de lo importante que era para él.
—¿Y Hinata? —preguntó Itachi con cautela.
Naruto se encogió de hombros y miró la copa de coñac que le habían servido.
—Me cuesta creer que haya podido maquinar una argucia semejante. Esa mujer es incapaz de ocultar una sola emoción, menos aún un engaño tal que se viera obligada a fingir...
Naruto se interrumpió antes de decir que habría tenido que fingir en la cama, en sus brazos, a su mesa... Pero no hizo falta, porque Itachi supo en seguida lo que estaba pensando, y asintió despacio con la cabeza.
—Sí, pero no puedo evitar pensar...
—¿Qué? —lo instó Naruto.
Itachi volvió a suspirar y lo miró a los ojos.
—Piénsalo bien, Naruto. Obviamente lo conoce hace muchos años y, a pesar de haberse escrito con él, te mintió sobre su identidad. Supón solamente que entre ese tal Neji y ella hubiese algo y quisieran estar juntos, eso explicaría su mentira y el abrazo que presenciaste. —El marqués notó que se encendía. —Naruto —prosiguió Itachi, muy tenso, —tú eres mi mejor amigo. Créeme, a mí me desagrada la idea tanto como a ti, pero ten en cuenta que apenas hace tres meses que la conoces. No sería la primera vez que te conviertes en blanco de una vil maquinación.
Naruto entendió el rumbo que tomaban los pensamientos de su amigo, y el corazón, incrédulo, empezó a golpearle con fuerza el pecho.
—¿Y qué me dices del disparo? —protestó Naruto.
Itachi se encogió de hombros.
—A lo mejor no tiene nada que ver con esto y fue sólo un accidente. Claro que quizá alguien quería verte muerto, alguien como Neji Hyuga. Para ellos sería mucho más fácil hacerse con una fortuna si te quitaban de en medio —señaló.
Naruto aparto la mirada, recordando aquel día. Se había sentido orgulloso de Hinata por no asustarse y ponerse histérica. ¿Sería porque estaba sobre aviso? ¿Esperaba que lo mataran de un tiro? La sola idea le resultaba destiladora; ¡por favor, no podía haberlo engañado tanto!
—Yo creo que Zabuza tiene algo que ver con todo esto. No hace falta que te recuerde que ha jurado arruinarme en público más de una vez —insistió.
—Puede —coincidió Itachi sin convencimiento.
—Vamos, hombre —resolló Naruto. —Aparte de matarme, ¿qué podría haber creído ella que iba a ganar?
—No lo sé —respondió su amigo meditabundo. —Sólo sé que ella era consciente de que perdía la herencia si no se casaba contigo. Si lo hacía, al menos si lo hacía, mejoraban las posibilidades de conseguir algo. Y, a pesar de lo mucho que te empeñaste en convencerla de lo contrario, ella no quiso echarse atrás cuando le concediste la oportunidad. Naruto, si ella y Neji Hyuga querían estar juntos, el único modo de conseguirlo era un contrato malintencionado. Quizá lo planearon juntos. A lo mejor él quería quitarte de en medio. Puede que tuviesen previsto desplumarte. Pero no negarás que todo parece indicar que es muy posible que ella esté implicada.
El argumento de Itachi se hacía eco de los peores temores de Naruto, pero aun así no acababa de creérselo. Tenía que haber otra explicación, pensó, negando enérgicamente con la cabeza.
—Es cosa de Zabuza, estoy convencido. Puede que Hinata me haya mentido sobre su primo, pero sé que ella no fue cómplice del intento de asesinato, Itachi. Quizá sea la amante de un imbécil, pero no es una asesina. No, esto es cosa de Zabuza.
Lord Uchiha asintió pensativo. —No voy a negar que Zabuza haría cualquier cosa por verte arruinado, pero piensa en esto: él no podía saber cómo era la muñeca; Hinata sí.
Naruto inspiró hondo; eso no se le había ocurrido. Pero Neji Hyuga podía saber el aspecto que tenía la condenada muñeca, igual que otra media docena de marineros. Pintaba mal, muy mal, pero se negaba a creer que ella lo hubiese traicionado así. No quería creerlo, y mucho menos sin pruebas.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Itachi sereno
—Localizar al abogado, a Strait —respondió Naruto con amargura. Hasta que no hablase con el abogado, no sabía qué creer. Apuró el coñac para deshacer el nudo que se le había hecho en el estómago.
.
.
Continuará...
