Descargo de responsabilidad: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 18
Sábado, 7:15 pm
Edward estaba sentado en una de las elegantes sillas de hierro forjado de la zona de la piscina y observaba a Isabella, junto con Benjamín y Elizabeth Hale, tirarse en bomba en el extremo que más cubría de la piscina. Por lo que había dicho Isabella, no había tenido una buena infancia, pero se compensaba cuando estaba con los hijos de los Hale. Reparó en que Alexander Hale, el mayor de los hermanos había de pronto decidido que no era tan maduro y digno como para no darse un chapuzón en la piscina… y sabía que eso había tenido lugar en cuanto el estudiante de derecho de Yale había visto a Isabella con su bikini rojo.
Esa noche formaban un variopinto grupo: la ladrona, el detective de policía, el abogado y el aristócrata inglés. Ed tomó un trago de cerveza. Era sumamente extraño y, sin embargo, durante los últimos tres meses todo se había vuelto bastante… normal.
—Oye —dijo Isabella, subiendo rápidamente para echarle agua en el hombro —, ¿es que vas a quedarte toda la noche ahí, sentado, a darle vueltas a la cabeza?
—Estoy cocinando.
Sus fríos labios le besaron la oreja.
—Que sólo se trata de un asesinato y algo de jaleo —susurró—. Se está convirtiendo en mi especialidad.
Ed torció la cabeza para alzar la vista hacia ella.
—Tendrás que perdonarme si no estoy alegre como unas castañuelas por el modo en que te pones en peligro.
—Tranquilo. Ni siquiera me ha llamado. Podría no hacerlo.
—¿Y si no lo hace? —Durante un breve momento tuvo la esperanza de que Jane y Alec hubieran decidido huir del país en vez de acercarse a Isabella Swan. Si la conocieran tan bien como él, podrían pensárselo dos veces.
—He estado pensando en eso —dijo, bajando la voz un poco más—. Lo apropiado sería un simple allanamiento por una buena causa.
Se le quedaron las manos frías.
—Bella, promet…
Ella le puso un dedo sobre los labios.
—Ya no se trata sólo de Marco. Se trata de salvar a Black. Y nunca lo prometí. Dije que lo intentaría.
«¡Joder, maldita sea!»
-No…
—Te lo diré antes. —Se enderezó de nuevo—. Al menos consigue un bañador para Emmett. Seguís siendo compañeros, ¿no?
Edward lanzó una fugaz mirada al detective, que tomaba té helado en una de las mesas de madera y reía con los niños en la piscina. Se había hecho cargo del teléfono móvil de Isabella, y éste estaba junto a su codo, cargado y listo para sonar si alguien llamaba.
—Cierto. Seguramente se irá directo al fondo, pero le preguntaré si le apetece.
Bella lo besó de nuevo, esta vez en la boca.
—Gracias, cielo. Llamará. Entonces sólo tendrás que preocuparte por mi seguridad. Y dales la vuelta a los perritos.
Mierda. Se puso en pie y fue a ver cómo iba la barbacoa. Ben y Eli habían pedido perritos calientes en lugar de bistecs, y después de un mero segundo de caos instigado por Isabella, la cena se había transformado en perritos y hamburguesas, dejando a Hans ocupado en la cocina preparando algo llamado ensalada de macarrones.
Edward dio la vuelta a las hamburguesas y a los perritos, luego se fue hacia Emmett.
—Tengo montones de bañadores de más, si quieres darte un chapuzón.
—Gracias, pero técnicamente estoy de servicio.
Con un gesto de asentimiento, Edward regresó a su asiento con Alice y Jasper y tomó otro trago de cerveza. Isabella había vuelto a la piscina y estaba jugando a la gallinita ciega con los tres hijos de los Hale.
—¿De quién fue la idea de invitar al policía? —murmuró Jasper, dando cuenta de su propia cerveza.
—De Isabella. Estamos esperando una llamada telefónica.
—Eso suponía. ¿De alguien en particular?
—Sí.
Jasper frunció el ceño.
—Ya lo sabes, si interferimos durante tu divertido rodeo de crimen y robo, podemos marcharnos.
Alice le puso la mano en el brazo a su marido.
—No seas tan arisco. Estoy segura de que Ed nos avisaría si estuviera pasando algo peligroso.
Ed apreció el tono admonitorio en su voz; una madre protegiendo a su prole.
—Nada más peligroso que una llamada de teléfono, Alice.
Ella sonrió.
—Gracias por tu generosa aportación a SPERM, por cierto. Fue el punto culminante del almuerzo.
Jasper parpadeó.
—¿De qué narices estás hablando?
—De la sociedad de manatíes, zopenco —respondió entre carcajadas—. Ed y Bella han donado cinco mil dólares.
El abogado estaba sacudiendo la cabeza.
—De veras, necesitáis un acrónimo mejor.
—Éste les proporciona emoción a las mujeres mayores de cabellos canos —dijo Alice—. Y atrae la atención para la causa. Así que, funciona.
—Salvo por los maridos como yo que tienen que decir que sus esposas buscan contribuciones para SPERM.
—Sí, es verdad. —Jasper enganchó su cerveza y fue a sentarse en el extremo del trampolín.
—¿De qué hablamos? —preguntó Edward, arrellanándose en su silla.
—¿De veras le estás buscando casa a Tanya?
—¿Te lo ha contado Isabella?
—En realidad, lo hizo tu agente inmobiliaria. Charlamos antes del almuerzo.
—¿Conoces a Jane Volturi?
Ella se acercó un poco.
—No cambies de tema, Edward.
El esbozó una sonrisa forzada, aunque no consideraba su pregunta carente de importancia. La opinión de Alice sobre Jane podría ser útil. Tenía buen instinto. Estaba, además, fulminándole con la mirada, y Ed salió de sus cavilaciones.
—¿Cuál era el tema?
—Tanya.
—Me pidió ayuda. Pero no creo que eso sea asunto tuyo.
—Ya sabes que consideré que Isabella estuvo fuera de lugar al dar un paseo en coche con Tanya. Luego, aparece en SPERM con Ta…
—¿Podrías contarlo de otro modo?
—De acuerdo. Jane dice que estás ayudando a la querida Tanya a encontrar un lugar en el que vivir en Palm Beach. Entonces Bella aparece en la sociedad de los manatíes con Tanya y dice que sabes que trabajan juntas.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—Lo que quiero decir es: ¿Estáis los dos locos? —Cuando Emmett les lanzó una mirada, ella echó un tímido vistazo al resto de los ocupantes de la piscina, luego bajó la voz—. Sé que no te gusta que Bella se relacione con Tanya, porque te conozco. ¿Y tú vas y le buscas un lugar, a cuánto, a kilómetro y medio de donde vivís Bella y tú?
—Me pidió ayuda —repitió, apretando los dientes. No necesitaba consejo sobre sus malditas relaciones.
—Si no puedes reprimir tus impulsos caballerosos, de acuerdo, búscale un lugar en el que vivir. Cómprale una bonita casa. Pero, por el amor de Dios, no dejes suelta a esa víbora en tu jardín trasero. No está aquí para hacerte ningún bien. Está aquí para ayudarse a sí misma. Y se interpondrá entre Bella y tú de modo tan sutil que ni siquiera te darás cuenta hasta que Bella decida que está harta y desaparezca.
—Nadie va a desaparecer, Alice.
—Confía en mí, Ed. Sé cómo funciona la mente de una mujer. ¿Cuánto tiempo lleva aquí Tanya, dos semanas? Y ya le ha echado la zarpa al trabajo de Isabella, y a tu tiempo.
Edward tuvo que admitir a regañadientes que Alice tenía razón. Mucha razón. Observó de nuevo a Isabella, manteniéndose suspendida en el agua a un metro de Benjamín y eludiendo sin dificultades al muchacho de catorce años mientras buscaba a los otros bañistas.
—Nunca pensé que Tanya fuera así de hábil —dijo pausadamente.
—Venga ya. Es una profesional en conseguir lo que desea, y está desesperada.
Eres su único fracaso, y no creo que haya renunciado todavía a ti.
Edward se enderezó.
—No va a recuperarme, querida. Eso es ridículo. Aunque no estuviera Bella, jamás volvería a confiar en ella.
—No le hace falta recuperarte para destrozaros a Bella y a ti. Pero actúa como quieras. Yo sólo te digo que deberías ser un poco más cauto. Me refiero a que, cuando los pillaste a James y a ella, esperaba que comprendieras que podría no haber sido la primera vez que te engañaba.
Consideró aquello durante el divorcio, y probablemente era lo más cerca que jamás había estado de causarle daño físico a Tanya. Que le recordaran aquello no servía para mejorar su estado de humor.
—Me has advertido, Alice. Confío en que me dejes el resto a mí.
Reinaldo y otro empleado, Vélez, aparecieron en el área de la piscina justo entonces con una fuente de ensalada de pasta y una bandeja con diferentes aliños. Edward exhaló una bocanada de aire.
—Qué bien, se queman las hamburguesas —gritó, poniéndose en pie.
Se reunieron en torno a tres mesas, muy próximas unas a otras, pasándose salsas de tomate y tarros de mostaza. Siempre había disfrutado recibiendo la visita de los Hale, pero con Isabella presente, y aun teniendo en cuenta la inesperada asistencia de Emmett McCarty, no encontraba una palabra para describir la profunda sensación de satisfacción que la velada suscitaba en él. Probablemente era la primera vez que Solano Dorado parecía realmente un… hogar.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Isabella, sirviéndose una cantidad de ensalada de pasta en su plato—. Creí que esta noche estabas cabreado.
—Lo dejaré para después —respondió—. ¿Alguna otra idea de cómo vas a remodelar el paisaje de aquí?
—Estoy pensando en gnomos de jardín. Podrían echarles un vistazo a todos los helechos y demás.
Gracias a Dios que ya iba por la segunda cerveza. El efecto del alcohol le permitió gesticular sosegadamente con la cabeza.
—Tal vez los Siete Enanitos y Blanca Nieves.
—Oye, eso está genial. Yo pensaba más en leprechauns, pero me gusta todo ese rollo del bosque encantado.
Al lado de Bella, la niña Elizabeth de ocho años, con bañador rosa y un par de coletas rubias, se estaba riendo.
—Estáis chalados.
—Deberías crear una especie de jardín japonés —contribuyó Benjamín.
—Genial, chavalín —dijo Alexander desde la mesa contigua—. Eso encajaría bien con el estilo español de la casa.
—Ah, y el jardín de gnomos va con todo.
—Bella estaba bromeando. —El mayor de los Hale miró a Isabella—. ¿Verdad que sí, Bella?
Ella se encogió de hombros, sonriendo todavía de oreja a oreja.
—¿Quién sabe? Estoy segurísima de que los gnomos van con todo.
—Benjamín podría prestarte sus figuras de acción de La guerra de las galaxias — ofreció Elizabeth.
—No puedo. Tú puedes prestarle tu colección de muñecas.
—Yo tengo una tortuga de piedra que me hizo mi tío —medió McCarty inesperadamente—. Estaría encantado de donarla. Es azul fosforito.
—¿Una tortuga azul? —exclamó Elizabeth con unas risillas.
Emmett asintió.
—Creo que mi tío era un tipo muy divertido.
—Pues encajaría bien aquí. —Con una carcajada, Alice pasó la salsa de tomate. El teléfono de Isabella no sonó. Nada los interrumpió mientras cenaban, tomaban helado de chocolate de postre, sentados junto a la piscina, e Isabella y los niños se remojaban en el jacuzzi.
Finalmente los Hale recogieron sus ropas y el calzado.
—Ha sido divertido, tío Ed —dijo Eli, dándole un beso en la mejilla.
—Sí, gracias, Ed —agregó Ben cuando su madre le daba un codazo para que no se detuviera.
Alexander le tendió la mano.
—Qué tengas suerte este semestre —dijo Ed, estrechándosela.
—Gracias. La necesitaré. —Después de dudar, el veinteañero tomó la mano de Isabella—. Ha sido estupendo conocerte, Bella.
Ella sonrió ampliamente.
—Lo mismo digo, Alexander. Molas mucho más que tu padre.
Él se echó a reír, sonrojándose.
—Gracias.
—Sí, muchas gracias —medió Jasper—. Te veré el lunes en el despacho a primera hora, ¿no?
—Correcto —convino Ed. Sería para la reunión sobre Billy, y sobre cómo asegurarse de que saliera de la cárcel bajo fianza—. Isabella y yo estaremos allí a las ocho.
El abogado asintió.
—Tráete el talonario.
—Lo haré.
—Será mejor que yo también me vaya —dijo McCarty, estrechándoles la mano.
—Gracias por quedarte —le dijo Isabella, tomando el brazo de Edward con la mano, seguramente para no tener que estrecharle la mano al detective. Bella había recorrido un largo camino, pero no tanto.
—Llámame en cuanto te enteres de algo —dijo Emmett—. No estoy de broma.
—Lo capto —asintió ella.
No es que hubiera dicho que llamaría, pero Edward dejó pasar aquello. Estaba feliz de disfrutar del resto de la noche a solas con ella.
Isabella comprobó su móvil una vez más y se lo guardó en el bolsillo de la fina chaqueta que se había puesto.
—Técnicamente, tiene de margen hasta primera hora de la tarde de mañana para devolverme la llamada, si es que lo hace.
—He echado un vistazo a la guía de televisión para esta noche —dijo, acompañándola por las escaleras de la zona de la piscina hasta la terraza de su dormitorio—. Dan King Kong contra Godzilla dentro de quince minutos.
—No engañarías a una chica sobre algo así, ¿verdad?
—Nunca.
Sí, ésa era su Bella; la mejor ladrona de guante blanco del mundo, ahora casi retirada, y fanática de Godzilla. Y encargada de conseguir que se hiciera justicia por el asesinato de un millonario al que no había conocido más que durante unos minutos, a pesar del coste que suponía para ella y su reducido círculo de amigos. Aun teniendo en cuenta lo que había sucedido, Marco era afortunado de tenerla de su lado.
Edward frunció el ceño. Bella había dicho que Marco se mostraba inquieto aquella noche. ¿Estaba al tanto de que alguien iba a matarle? ¿Había sido ésa la causa de que se aproximara a Isabella? Eso la convertía en una especie de ángel vengador, supuso. Le iba bien y, a decir verdad, no lograba imaginarla ocupándose sólo de plantar jardines de gnomos. ¿Qué haría, pues, si su próximo cliente no necesitara más que un simple sistema de seguridad?
—Voy a comprobar si tengo algún correo electrónico —dijo Edward cuando entraron en el dormitorio principal de la suite. Agachándose a coger el mando de la televisión, se lo lanzó a ella—. Enseguida vuelvo.
—De todos modos, necesito darme una ducha para quitarme el cloro.
En su despacho, Edward encendió el ordenador y a continuación abrió el cajón superior de su escritorio. Había pasado toda la velada sopesando si abandonar la fiesta en favor de los documentos Volturi. Si no les echaba un vistazo antes de que llamara Jane, podría estar permitiendo que Isabella corriera más peligro del que pensaba. Naturalmente, podría simplemente haberle contado que estaba en posesión de los documentos, pero si resultaba que no contenían información importante, perdería la ventaja sobre ella… y no podía permitirse hacer eso. Ni se arriesgaría a avisar a McCarty de que tenía los documentos; se suponía que estaba ayudando al bando legal de la apuesta, y estaba seguro de que conseguir esos documentos sin una orden de algún tipo no podía suponer nada bueno para el caso del Departamento de Policía.
Jasper se las había arreglado para conseguir casi todo lo que le había pedido: expedientes financieros de la inmobiliaria Paradise, el testamento de Marco Volturi y algunos de los documentos fiduciarios de la familia Volturi. Comenzó a hojearlos detenidamente, buscando cualquier cosa que pudiera apuntar un motivo para el robo y el asesinato. Los informes inmobiliarios probablemente hubieran resultado indescifrables para cualquiera sin una experiencia sólida en negocios y finanzas, pero para él indicaban éxito marginal, con un neto lo bastante amplio como para mantener la compañía en el negocio, y lo bastante pequeño como para evitar ser algo de lo que regodearse. Mmm. De acuerdo con los rumores, la niñita de Marco era un auténtico genio inmobiliario. A él no le parecía tal el caso. Pero ¿bastaba aquello como indicio para un robo con homicidio?
—King Kong está en Tokio —llegó la suave voz de Isabella, y Ed se sobresaltó.
—¡Por Dios! Creí que habías dicho que siempre llamabas —espetó, alzando rápidamente la mirada para verla apoyarse en la entrada. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí.
—Estaba abierta.
Tenía el cabello caoba empapado y suelto alrededor de los hombros, su cuerpo enfundado en una delgada bata de algodón y, estaba seguro, no llevaba nada más. Tomó aire con lentitud.
—Ven a echarle un vistazo a esto —dijo con desgana. Por mucho que deseara que Bella perdiera la apuesta, a juzgar por su expresión, ya había comprendido que algo se cocía. O bien hablaba o ella forzaría su maldito escritorio más tarde.
Se desplazó para echar un vistazo a los documentos por encima del hombro de Ed.
—¿Expedientes financieros? —preguntó tras un momento.
—De la inmobiliaria Paradise.
—Oh, chico malo. ¿Te los ha conseguido Hale? —Apoyando las manos sobre sus hombros, le besó en la oreja—. Y yo que pensé que era todo un boy scout.
—No le hizo ninguna gracia. —Edward frunció el ceño—. No es tan boyante como ella dice, pero eso sólo la convierte en una mala ejecutiva… no en una asesina.
—Creía que sospechabas de ella.
Él se movió.
—Ahora podría inclinarme de tu lado. Tenía razón en que los ingresos de Alec están siendo restringidos —prosiguió, volviéndose hacia el documento fiduciario—. No lo tengo todo aquí, pero sin duda hay algo que debe hacer para recibir su estipendio mensual.
—¿Como, quizá, ingresar en un programa de rehabilitación para drogadictos?
—Probablemente. Pero el fideicomiso no se viene abajo por la muerte de Marco. Matarle no libera los fondos de Alec.
—No de inmediato. ¿Qué hay del testamento?
—Es complicado, pero, en resumen, a la muerte de Marco el fideicomiso se vuelve global. El efectivo mensual es mayor, pero las condiciones y restricciones son las mismas.
—Mmm. Seguramente Alec se imaginaba que el dinero y las joyas bastarían hasta que pudiera convencer con su encanto al tribunal para que modificaran el fideicomiso.
—Podría ser —convino Edward—. Jane mencionó dejar el negocio inmobiliario para hacerse cargo de la presidencia de su padre.
—Así que podría ser que fuera detrás de la posición, en vez del dinero.
Edward levantó la mirada hacia ella por encima del hombro.
—Creía que eras tú quien sospechabas de Alec.
—Yo sospecho en igualdad de oportunidades. —Deslizó lentamente las manos por su pecho para abrazarle—. Has hecho lo imposible para conseguir esto, ¿verdad?
—No quería que te metieras en nada a ciegas. —Aquello sonaba bien, en cualquier caso.
La sintió sonreír contra su mejilla.
—Eres un jodido mentiroso. ¿Qué, acaso ibas a encontrar la clave de todas las pruebas y a pasársela a Emmett para poder ganar tú la apuesta?
Ed comenzaba a pensar que podría existir algo semejante a un compañero que es demasiado brillante.
—Tal vez —admitió.
—Vas a perder.
.
.
.
Isabella parecía adormilada cuando sonó el teléfono. Se incorporó en la cama, reparando en la hora de la pantalla iluminada del reloj digital al tiempo que echaba mano al teléfono.
—¿Hola?
—Tengo algunas condiciones. —Era Jane.
Ed deslizó la mano a lo largo de su espalda desnuda cuando se incorporó a su lado.
—¿Es que estás como completamente loca? —siseó Isabella en voz baja—. Son las tres de la madrugada.
Lanzó un vistazo a Ed. En un segundo su mirada se agudizó, y asintió.
—¿Quién es, Isabella? —preguntó, bostezando para asegurarse.
—Se han equivocado de número —respondió—. Te llamaré en cinco minutos — susurró, y colgó.
—Jane, ¿supongo? —dijo, encendiendo la luz de la mesilla.
—Sí. Estoy segura de que ha sido una prueba para descubrir si hablaría delante de ti.
—¿Por qué tu nota también le decía que yo no era más que un estirado que no sabía nada de tus viles actividades y que seguramente les denunciaría a ella y a su hermano ante las autoridades?
—¡Vaya! Pareces realmente inglés a las tres de la madrugada. —Estaba, además, verdaderamente guapo, con una barba incipiente y el pelo tremendamente despeinado de dormir—. Y no. Es más, por si estoy dispuesta a dar un paseo por el lado oscuro. Tú eres el lado bueno.
—¿Luke Skywalker?
A pesar de la broma, Bella sabía que estaba preocupado. En cuanto a ella, en el instante que sonó el teléfono había estado completamente espabilada y preparada para la acción. Vivía para ese tipo de cosas.
—Más parecida al joven Obi–Wan. Soy Anakin Skywalker, supongo —frunció el ceño—. No, Han Solo. Mola más, y resultó ser un héroe.
—No puedo creer que estemos hablando de esto en este instante —farfulló—. ¿Piensas que se tragó el retraso como garantía de que eres de confianza?
—Ya veremos. —Miró el reloj—. Dos minutos más. Y recuerda, diga lo que diga, tú no estás escuchando.
—Sé jugar, querida.
«Por supuesto que sabía.»
—Lo siento. Lo que pasa es que no quiero cagarla.
—No lo harás. Tú piensa que te quiero sana y salva.
Le miró fijamente durante un largo momento; vigilantes ojos azules, extremadamente inteligentes, oscurecidos por mechones de salvaje cabello negro con el apuesto rostro de un actor; torso desnudo y músculos de deportista, rodeado por unas sábanas azul marino y almohadas de fino satén.
—En un mundo ideal, ¿qué estarías haciendo en este preciso instante?
—Exactamente lo que hago, salvo que no tendrías un teléfono en la mano. Bella sonrió ampliamente.
—¿Y qué es lo que tendría en la mano? —preguntó astutamente, bajando la mirada hasta la sábana que le cubría las caderas.
—Mi mano —dijo sin demora—. Suele tratarse de sexo, pero no siempre. Sin embargo, siempre se trata de estar contigo.
Antes de que Bella pudiera responder a eso, aunque no es que tuviera idea de lo que decir, Ed se había inclinado sobre ella y la había besado. Su boca era suave y tierna, una cálida caricia, consolador apoyo y… amor.
Le había dicho con anterioridad que la amaba, y había podido ver en sus ojos y en su expresión que lo decía en serio, pero esto era diferente. Lo sentía, y eso lo hacía inevitablemente real. Y lo más extraño de todo era que no la asustaba.
—Haz la llamada —la animó después de un segundo beso lánguido.
Ella se aclaró la garganta.
—De acuerdo. —«Recomponte, Bella.» Respirando hondo, sacudió los hombros y a continuación marcó el número que había guardado.
—¿Hola?
—Muy bien, ¿Qué condiciones?
—Si pensara que Alec pudiera tener problemas, no resultaría demasiado útil tener a la policía buscando al asesino y al ladrón.
Bella comprendió al instante. Formando un apretado puño con sus dedos libres, asintió.
—De acuerdo. Black se queda en la cárcel, si haces que valga la pena. Encontrar un nuevo perista es realmente complicado. ¿Eso es todo?
Jane guardó silencio durante tanto rato que Isabella comenzó a preguntarse si picaría o no el anzuelo.
—Necesito la garantía de que puedo confiar en ti —respondió al fin—. Está en juego el futuro de mi hermano. Y también el mío, si es que tú y yo vamos a trabajar en equipo.
—Para mí, es una cuestión de dinero. Tu hermano me arrebató un trabajo, de modo que, si te entrego, no saco nada.
—Entregar a Alec sería una propuesta arriesgada, de todos modos —dijo Jane, la voz teñida de cínica diversión—. No recomendaría limitarle los fondos a un mimado niño rico que tiene una adicción a la cocaína de quinientos dólares al día.
—Pues probablemente debamos incluirle en esto —apuntó Isabella, poniéndole una sonrisa a su voz mientras la adrenalina atravesaba violentamente su sistema. Alec había disparado a Marco—. Yo me llevo el veinte por ciento por vender los rubíes, los cuadros y todo lo que podáis birlar de la casa sin levantar las sospechas de la compañía. Y no es negociable.
—De acuerdo. Pero ya me han seguido una vez. Si me jodes, no vivirás lo suficiente para lamentarlo.
Así que, había sido ella quien había alquilado el BMW negro.
—Oh, qué miedo me das. ¿Hacemos negocio o no?
—¿Esperas que deje un cubo de joyas en Solano Dorado? O tal vez podría enviártelas por FedEx. Estoy segura de que la policía no se daría cuenta de nada.
Jane sin duda tenía una vena cínica.
—¿Vas a asistir el lunes a ese estúpido partido de polo? —preguntó Bella, lanzando a Ed una mirada y preguntándole sin articular sonido alguno «¿A qué hora empieza?».
Él sostuvo dos dedos en alto.
—Por supuesto. Alec juega en uno de los equipos y asistirá todo aquel que es alguien.
—Bien. Tráete una cesta de picnic con algunas frutas y cosas de ésas. Manzanas bien rojas. Me gustan las manzanas. Me reuniré bajo la carpa de los refrescos a las dos y media.
—Allí estaré. Y no me jodas, Swan.
—Oye, me preguntaba cómo iba a entretenerme mientras Ed está jugando con palos y caballos.
Colgó el aparato. Le temblaban las manos por el subidón de adrenalina.
Ed le quitó el teléfono y lo dejó sobre su mesilla de noche.
—Lo de la manzana ha sido muy inteligente. Eso sí que es improvisar sobre la marcha.
—Gracias. Sólo espero que funcione.
Le deslizó los brazos alrededor de la cintura, apretándola contra su costado.
—Yo también. Sobre todo, si tengo que salir al campo a jugar con «palos y caballos» mientras que tú aceptas propiedad robada vinculada con un asesinato.
—Sólo por aparentar —dijo, esperando que ésa fuera la verdad. Iba a tener que poner a McCarty sobre aviso, o estaría quebrantando la ley.
Y él tenía razón sobre lo de «vinculada con». Los objetos robados no equivalían a un asesinato, hallar la pistola sí, pero eso significaba otro montón de problemas. Menos mal que le gustaban los problemas.
.
.
.
—Ed, no hace falta que vayas conmigo —dijo Isabella, apoyando los codos sobre la isleta de la cocina mientras Hans metía refrescos en una cesta de picnic—. Soy mayorcita.
—Lo sé —respondió Ed, terminando la concienzuda lectura del periódico dominical—. Juntos tenemos una tapadera mejor.
Ella escudriñó su expresión. Calmada, un tanto divertida y, debajo de todo eso, una obstinada determinación por, de algún modo, hacer las cosas bien. Bueno, si quería acompañarla, que así fuera. Seguramente le vendría bien el apoyo.
—De acuerdo —aceptó—. Pero yo soy la jefa.
Él alzó los brazos a modo de cómica rendición.
—Que yo sólo voy de picnic.
—Vale. Yo, también.
Hans cerró la tapa de mimbre y le entregó la cesta a Ed. Parecían dos chiflados, fingiendo ir de picnic mientras Black estaba en la cárcel, y Jane y Alec disponían de tiempo para planear vete a saber qué para el partido de polo del día siguiente. Pero no tenía que ser policía para saber que necesitaban la maldita pistola para montar el caso, y no era probable que Alec fuera a entregársela si antes no iba acompañada de un balazo.
Ed eligió el antiguo SLK color amarillo porque era descapotable. Tras colocar la cesta de forma prominente en el espacio detrás del asiento de Bella, condujeron rumbo a South Lake Trail. Pasaron junto a docenas de vecinos que paseaban en bicicleta, y uno de ellos estuvo a punto de estrellarse en el crecido césped cuando trató de saludarles con la mano.
Isabella miró su reloj.
—Perfecto, ya te han visto suficientes admiradores como para proporcionarnos una coartada. Vayamos a Coronado House.
—¿Cómo de segura estás de que Jane y Alec no están en casa?
—Hablé con Carlisle. Siempre asisten a misa los domingos.
Le dirigió una fugaz mirada cuando tomó Avenue Barton.
—No ha sido una semana precisamente normal para ellos.
—Lo sé. Pero me apuesto algo a que necesitan todo el perdón que puedan conseguir del Hombre de arriba.
—No puedo remediar pensar que es una mala idea. —Sus labios se torcieron al oírla resoplar—. Deseas esto desesperadamente, ¿verdad?
—Sí.
—¿Porque es un subidón o porque quieres encontrar la pistola para demostrar un asesinato?
—¿No puede ser por ambos?
Respiró hondo y giró a la altura de la señal de giro a la izquierda.
—Me preocupas, Isabella.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Lo sé. En serio. Lo sé. Después de esto, sólo irrumpiré en tus casas. —«Y puede que en la casa de turno para devolver los objetos que robara Tanya, y ese tipo de cosas.»
.
.
.
—Espera. —La suave voz de Isabella llegó desde el interior de los altos muros de piedra que rodeaban los terrenos de Coronado House—. Espera… de acuerdo, ahora.
Edward golpeó la pared a medio ascenso, clavó las punteras de los zapatos y se aferró a las cortas púas de hierro que la coronaban. Con otro impulso pasó por encima, aterrizando dentro, con gran dosis de dignidad, sobre el trasero.
Isabella le agarró del brazo y tiró de él hasta un grupo de helechos.
—A la primera —dijo, la diversión burbujeaba en su voz—. Estoy impresionada.
—¡Ay! —susurró, negándose a frotarse la nalga.
Le dio un rápido beso en la mejilla.
—Hablo en serio —dijo, agachándose a su lado—. No era una subida fácil.
—¿Te has caído tú de culo?
—No, pero he saltado muchos más muros que tú. No rompes nada, y no te pillan. Eso cuenta.
—Está bien. —Aquello no le sirvió de mucho a su ego, pero cuando echó un vistazo atrás, al muro de tres metros de altura coronado con agujas de noventa centímetros, Edward decidió que no tenía nada de qué avergonzarse. ¡Dios bendito!
—De acuerdo. ¿Ves ese cajetín de la luz de allí? —preguntó, apuntando con una mano enguantada—. Yo iré primero, y luego te haré una señal para que me sigas. Cuando llegues allí, quédate atrás y mira de nuevo hacia el muro. Espera hasta que la cámara comience a apartarse de ti, luego echa a correr directamente hacia la chimenea. Y cuando digo que eches a correr, quiero decir que corras.
Edward contempló la extensión de quince metros de césped y pequeñas flores entre el cajetín de la luz y la casa. Como propietario, hubiera pensado que era demasiado amplia para que nadie la cruzara sin ser detectado. Mirando desde la perspectiva de Isabella, pudo ver que era el espacio abierto más corto del jardín, que las ventanas carecían de una vista directa y había un frondoso enebro entre la cámara norte y el claro.
—Preparado cuando tú lo estés —murmuró.
Lanzándole una sonrisa, Isabella tornó de nuevo la atención a las cámaras.
—En realidad, te chifla esto, ¿verdad? —susurró.
Salió disparada antes de que él pudiera responder. Manteniéndose agachada al moverse, sorteó los lechos de flores hasta el cajetín de la luz. Este no procuraba excesivo resguardo, pero, dado que la cámara sólo enfocaba en dos direcciones, quienquiera que observara las pantallas, tendría que prestar una atención extremadamente alerta para verla allí agachada. Naturalmente, Ed era treinta centímetros más alto que ella, pero no pensaba perdérselo.
Por mucho que odiara admitirlo, le chiflaba aquello. Era excitante. Y adictivo.
No era de extrañar que a Bella le costara tanto renunciar a ello.
Con un impulso apenas perceptible, Bella se irguió y corrió hacia la casa. No había bromeado acerca de la importancia de ser Veloz. Edward no se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta que lo dejó escapar, aliviado, cuando ella llegó al pequeño hueco junto a la chimenea.
Consciente de que Bella ya estaría probablemente en la casa si él no hubiera insistido en acompañarla, Edward aguardó la señal y a continuación fue a gatas hasta el cajetín. Eso había sido bastante sencillo, aunque reprimió severamente el impulso de sonreír a Bella. Maldita sea, se suponía que debía disuadirla para que no hiciera esa clase de cosas, no animarla a ello. Estirando las piernas, dobló con cuidado el lateral para observar la cámara. En cuanto ésta le pasó de largo, salió a campo abierto, corriendo hacia la casa, y menos mal que todavía hacía uso del gimnasio de la planta baja de Solano Dorado.
Se deslizó entre los arbustos y se apretó junto a ella contra la pared.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó.
—Olímpico. —Bella tenía un pequeño rasguño en una mejilla, probablemente a causa de los arbustos, pero no se esforzó en ocultar el hecho de que se lo estaba pasando en grande—. Muy bien. De acuerdo con los planos, estamos apoyados contra el cuarto de estar. El baño está cuatro ventanas más allá. Es allí adonde nos dirigimos.
Tenía sentido. Pequeño, cerrado y, dado que se encontraba en la parte principal de la casa, seguramente los empleados no lo utilizaban. No iba a preguntar cómo pensaba ella abrir la ventana, cuanto más tiempo tuviera que detenerse a dar explicaciones, mayor era la posibilidad de que les pillaran.
Continuaron pegados a la pared hasta la cuarta ventana y Ed la alzó hasta el marco. Al cabo de unos pocos segundos escuchó un leve pop, y los fragmentos de cristal cayeron a sus pies. Bella empujó el marco hacia arriba y atravesó la ventana como pudo.
Se asomó de nuevo un segundo después.
—Espera hasta que ponga una toalla sobre el marco —susurró—. No quiero la sangre de Ed Cullen desparramada por ahí.
—Tengo la piel muy gruesa —le respondió en un murmullo, luego se impulsó hacia arriba sin esperarla—. Alguien se dará cuenta de que la ventana está rota — comentó mientras la cerraba.
—La atravesaré con una rama al salir.
Por primera vez, Edward empezaba a comprender la pura suerte que había sido atraparla en la biblioteca de Rawley House hace tres semanas… o en Solano Dorado tres meses atrás. Se movía igual que una sombra, pasando en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Y dónde estará la pistola?
Bella fue hasta la puerta del baño y la abrió una rendija.
—En algún lugar en que pueda verla de vez en cuando para recordarse que tuvo las pelotas de acabar con su padre, tan cerca que la policía casi pueda encontrarla pero que no dé con ella. También es yonqui de la adrenalina.
«También.» Igual que ella.
Una vez pasaron al interior de la casa, Bella había estado en lo cierto en lo referente a la seguridad; los sensores de movimiento estaban apagados para comodidad del servicio, y Ed no apreciaba signo alguno de que guardias de seguridad patrullasen los pasillos. Tan sólo el distante sonido de música salsa, proveniente de la cocina, delataba el hecho de que, después de todo, había alguien allí.
Ed aminoró el paso en el exterior de la puerta del despacho de Marco, pero ella continuó en dirección a las escaleras traseras. En la segunda planta comenzó a echar un vistazo a las entradas de las habitaciones. Edward la alcanzó y se dirigió al fondo del pasillo. Sobre una estantería, nada más atravesar la tercera puerta, divisó un trofeo náutico.
—Isabella.
Se reunió con él ante la puerta, luego entró y la cerró con ellos dentro.
—Tienes talento natural para esto —dijo—. Registra el armario y yo me ocuparé del escritorio y la cómoda.
Ed se alegraba de haberse acordado de llevar guantes. Probablemente Alec tenía su propio despacho en la casa, pero Edward estaba de acuerdo con Isabella en que era más lógico registrar primero el dormitorio de Alec. Yonqui de la adrenalina o no, Alec querría estar lo bastante cómodo con el entorno como para suponer que podría ocultar el arma a la policía. Con la vista fija en el armario, Edward encendió la luz y comenzó a hurgar detrás de la ropa. Cuando Bella farfulló su nombre unos minutos más tarde, se reunió con ella delante del escritorio.
—Alec tiene un montón de camisas de polo —comentó.
Isabella le lanzó una fugaz sonrisa.
—¿No te parece corto esto? —preguntó, abriendo el último cajón de abajo de la mesa.
—¿Cómo…? —De pronto comprendió a qué se refería ella.
El escritorio en sí tenía unos sesenta centímetros de fondo, pero el cajón parecía unos quince centímetros más corto.
—¿Puedes levantarlo?
Bella se arrodilló y extrajo el cajón de madera de caoba, inclinándolo hacia arriba el último par de centímetros para liberarlo del carril. Hecho eso, se puso en cuclillas para echar una ojeada por la abertura.
—¡Bingo!
Isabella metió la mano en el escritorio y sacó una pequeña caja de metal.
Poniéndose en pie, la dejó sobre la suave superficie de caoba.
Ed tomó cartas en el asunto, abriendo la cerradura y levantando la tapa. Una pistola del calibre 45 yacía en un flojo envoltorio de tela.
—Lo hizo él. Mató a su propio padre. —Se estremeció visiblemente—. Y nos aseguraremos de que no nos dispare con esta cosa.
—Pero no podemos moverla sin comprometer la investigación policial.
Cogió el mechero, metido en un rincón de la caja.
—Que travieso este Alec, metiéndose coca en casa de papá —dijo, lanzándoselo a él y cerrando la caja de nuevo.
Ed lo atrapó, observando mientras ella desenrollaba un alambre supuestamente de cobre de su muñeca y enderezaba los últimos centímetros. A su señal, Ed encendió el mechero, y Bella sostuvo el alambre sobre la llama hasta que éste comenzó a ponerse al rojo vivo. Luego lo introdujo en el pestillo y lo retorció hasta que el cable se partió. Repitieron el proceso varias veces, hasta que trocitos de soldadura endurecida del cable atascaron bisagras y cerradura tan sólidamente que seguramente se precisaría de una sierra metálica para abrir esa cosa.
—Qué bonito, MacGyver. ¿Bastará con eso? —preguntó.
—Gracias. Es un tanto improvisado, pero creo que sí. Un minuto para que se enfríe y lo colocaremos de nuevo en su sitio y saldremos pitando de aquí.
—La policía sabrá que ha sido manipulado.
—Sí, pero aun así tendrán una pistola con las huellas de Alec, y encajarán con las pruebas de balística del arma que mató a Marco. Y no podrán demostrar que hemos estado cerca de ella.
—Eres asombrosa —le dijo, besándola en la mejilla.
—Sí, soy la mejor de la profesión atascando las cosas —dijo, devolviendo la caja a su lugar y quitándose de en medio mientras él volvía a colocar el cajón—. Salgamos de aquí. Deberíamos irnos de picnic de verdad, aunque sólo sea para cubrir nuestras huellas. —Isabella le devolvió el beso, pero en la boca—. Y de repente me he puesto muy cachonda.
—¿De repente? No estoy seguro de poder salir de nuevo por la ventana.
—Mmm. No bromees conmigo, tío. Espero que conozcas una buena playa privada.
