Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is iambeagle, I just translate.


Thank you iambeagle for trusting me with your story!


Capítulo 20

Para la ocho ya me encuentro en la cama desde hace varias noches.

El invierno es lo peor, y el que se oscurezca a las 4:30 todos los días es muy desorientador. Lo que también es desorientador – o tal vez depresivo sea más exacto – es ver a Edward empacar una caja nueva cada dos días. Hay una pila de cajas en la sala, infiltrando nuestro espacio mientras esperan su fecha de envío.

Estoy en mi habitación viendo una película en mi laptop cuando Rose aparece en mi puerta. No la veo tanto como la escucho porque mi edredón está puesto alrededor de mí como un escudo.

—Levántate, perdedora.

Me siento, parpadeando con confusión.

—¿Por qué?

—Deja de ser emo. Te voy a sacar.

No necesariamente diría que soy emo, pero…

—Estoy bien aquí, muchas gracias.

Sacude la cabeza y suspira.

—Nos registré para una clase de hacer coronas de navidad.

—Repito, ¿por qué?

—Porque es festivo. Y no creo que pueda pedir reembolso, así que muévete.

—No sé. —Me hago un chongo con mi cabello grasoso—. No hay forma de deshacer esto —digo, usando ambas manos para señalar mi cara y mi cuerpo—. ¿Y si te llevas a Emmett?

—Nop, tú vas a ir. Se llama champú en seco y aretes de aro. Son los mejores amigos de una chica. Te veré en la sala dentro de diez minutos.

—¡Nunca acepté esto! —grito cuando comienza a irse.

—¡Me agradecerás más tarde! —grita en respuesta.

Rápidamente busco mis aretes en mi habitación, me hago un chongo bajo con el cabello y agarro un suéter enorme para ponérmelo sobre los leggins. No es mucho, pero bastará.

En mi camino hacia afuera, encuentro a Edward en la cocina parado frente a la estufa preparándose la cena. También está usando pantalonera, pero él las hace ver bien. Intento no mirarlo demasiado porque en el momento en que entro, él me mira, sus ojos se quedan unos segundos en mi cara.

—Hola. ¿Tienes hambre? —pregunta—. Hice extra por si acaso.

—De hecho, estoy a punto de salir. Pero gracias.

—¿A dónde…? —se detiene, su mirada se mueve hacia mí una vez más. Hay un poco de aprensión en sus ojos y hace que mi pecho duela—. Olvídalo.

—Puedes preguntarme a dónde voy —le digo en voz baja.

Asiente, concentrándose en el sartén que tiene enfrente.

—Si es una cita, no quiero saberlo.

Me sorprende un poco que él asume que lo superé tan rápidamente. También me pone un poco triste, porque entonces significa que no cree que mis sentimientos por él fueron tan fuertes como lo que sentí – como lo que todavía siento.

—Voy a salir con Rose —lo tranquilizo—. No estoy… saliendo con nadie. ¿Y ?

—No. No estoy interesado en nadie más.

—Bien. —Nos quedamos en silencio, y me quedo parada junto a la estufa, todavía no quiero irme—. Fui a terapia la semana pasada —digo de la nada. Todavía no se lo he dicho a nadie y tal vez no le incumba a nadie más. Pero por alguna razón quiero hablar de esto con él. Más que nada, quiero que sepa que lo estoy intentando.

—¿Cómo te fue? —pregunta neutralmente.

Me encojo de hombros.

—No creí que encontrar un terapeuta sería tan… difícil. Pensé que sólo tendría que elegir a alguien que cubriera el seguro y luego sanaría mágicamente.

Apaga la mecha, hay una pequeña sonrisa de simpatía en sus labios.

—Si tan sólo fuera así de fácil.

—Creo que necesito seguir buscando a alguien que me agrade. Alguien con quién me sienta cómoda.

Junta las cejas.

—¿No te sentiste cómoda?

—Tal vez soy yo. Tal vez hablar de mí es difícil. Es una experiencia tan rara.

—Estoy seguro de que entre más lo hagas, más fácil será —dice, cuidando sus palabras. Nuestros ojos se mantienen unidos y su mirada se vuelve tierna, acelerándome el corazón—. Me alegra escuchar que estás haciendo todo eso. De verdad.

—A mí también —susurro.

—¿Por qué mi novia me va a abandonar para pasar tiempo con tu culo inútil, Bella? —pregunta Emmett al entrar en la cocina.

—¿Tal vez quiere un descanso de tus mierdas por una noche? —Ni siquiera me río al decirlo. Pero sé realmente por qué Rose quiere salir – es porque está preocupada por mi salud mental, y está intentando ser buena amiga.

—Ouch —dice Em—. No eres Bella "Corazón Roto", eres Bella "Odiosa".

—Em. Ya basta —interviene Edward, defendiéndome.

—Sí, Em —añado—. No seas patán.

Frunce el ceño.

—Creí que habían terminado. ¿No significa eso que al menos tengo a uno de ustedes de mi lado ahora?

—No —decimos Edward y yo al mismo tiempo. Nos sonreímos y por un segundo las cosas se sienten normales y bien. Hasta que recuerdo que él me lastimó, así que yo lo lastimé también, y nuestras sonrisas se desvanecen al unísono.

XXX

Al llegar el día de Navidad, lo paso sola. El plan era ir a casa de Charlie, pero me enfermé hace unos días. La idea de tomar el ferry y manejar dos horas para llegar a Forks mientras me siento miserable no suena tentadora, así que decidimos posponer nuestra Navidad hasta pasando año nuevo. Charlie fue lo suficiente amable para sugerir venir a Seattle, pero le prometí que estaría bien. Había murmurado algo sobre el pescado frito de Billy y sabía que él preferiría ir con ellos que venir a la ciudad.

Estoy establecida en el sofá viendo Qué bello es vivir y comiendo sobras de tarta de calabaza. La sala está iluminada sólo por el brillo de la televisión y las luces del árbol de navidad. El fuego en la chimenea que encendí hace horas parpadea y truena, pero ya casi se acaba. Estoy debatiendo sobre si poner otro tronco de madera cuando la puerta de enfrente se abre y entra Edward.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, poniéndole pausa a la película—. Creí que te quedarías en casa de tus papás para Navidad.

—Tenía que salir de ahí. —Se sienta en la mesita de centro para desabrocharse las botas—. Hay demasiada gente quedándose ahí. Es decir, mi tía, su esposo y sus malhumorados adolescentes.

—Entonces, ¿lo que estás diciendo es que no había suficiente espacio en la posada?

Sonríe.

—Qué inteligente.

—¿Dónde está Emmett?

—Se quedará con Rose. ¿Qué es eso? —pregunto, señalando el contenedor de plástico y la botella de whisky que está a su lado.

—Sobras de la cena y la cura de tu resfriado —dice—. Mi papá pensó que un ponche caliente era justo lo que necesitabas.

—Es doctor, así que definitivamente tengo que hacerle caso.

—Exacto. Vamos.

Lo sigo a la cocina. Me dice que caliente la tetera, así que la lleno con agua y la pongo en la estufa. Exprime un limón y echa una cucharada de miel en cada taza antes de ponerles una generosa cantidad de whiskey. Pronto el agua está hirviendo y él termina las bebidas al añadirles agua caliente.

Me entrega una taza, chocando su taza con la mía.

—Gracias. —Le soplo y le doy un pequeño trago—. Carajo, está caliente. Pero se siente bien en mi garganta.

—Muy bien. —Asiente y vacila por un segundo—. ¿Qué estás viendo?

Qué bello es vivir.

—¿Te parece bien si la termino de ver contigo?

—Seguro.

Me sigue a la sala y se sienta en el sofá, asegurándose de sentarse en el otro extremo. No puedo detener mi mente cuando viaja de regreso a la vez que tuvimos sexo justo aquí. Por la mirada en su rostro puedo notar que él también lo está pensando.

—¿De qué se trata la película? —pregunta, cambiando amablemente mi pensamiento.

—¿Estás bromeando? —digo incrédula, acurrucándome y subiendo la manta sobre mis piernas.

—¿Qué?

—¿Cómo es que nunca la has visto?

—No sé.

—Es la jodida mejor película de todas —digo, de repente me emociono—. ¿Debería ponerla desde el principio?

Su sonrisa es sincera.

—Sólo cuéntame lo que me he perdido.

Así que lo hago. Le explico la película con grades detalles, describiendo todas las relaciones y analizando todas las escenas importantes. Cuando accidentalmente comienzo a decirle spoilers de algunas partes, me anima a seguir, prometiéndome que esto es probablemente mejor que la película en sí. No lo es y se lo digo. Pero él se está divirtiendo – ambos nos estamos divirtiendo – así que sigo por cerca de diez minutos, eventualmente le explico toda la película.

—Y entonces él alza la vista, guiña y dice "Así es, así es, Clarence".

Edward ahoga su risa.

—Vaya. ¿Estás llorando?

—No. Es sudor por mi agotadora actuación.

—En definitiva, te estabas poniendo sentimental —dice, dándole un trago a su bebida.

—Pues es porque es conmovedora. Me sorprende que tú no sueltes una o dos lágrimas.

—Es difícil conmoverse con esas habilidades de actuación.

—Perdón, no todos tomamos una serie de clases de actuación en la secundaria como tú.

—Nunca me he arrepentido de nada más que de haberte dicho sobre eso —murmura, bostezando—. Probablemente debería irme a la cama.

—¿En este momento?

—¿A menos que quieras otra bebida?

Miro el reloj. Apenas pasan de las once, pero me la estoy pasando bien y me siento cálida, y todavía no quiero que se vaya. No quiero que se vaya jamás, pero definitivamente no justo ahora. No en Navidad, cuando las cosas finalmente se sienten bien.

—Seguro. Menos ponche, más whiskey.

—¿Lo que significa?

—Sólo whiskey.

Alza las cejas.

—Bien.

Me quedo en el sofá hasta que él regresa con dos vasos de licor. Me entrega el mío y le doy un largo trago, disfrutando la forma en que el sabor pica mi lengua, pero no me emociona la forma en que manda un estremecimiento por mi espalda.

—¿Y cómo estuvo Navidad?

—Estuvo bien —dice, sentándose un poco más cerca que antes.

—¿Bien? ¿No recibiste todo lo que querías?

Me dedica una mirada, una que asumo quiere decir que no, que no recibió todo lo que quería. En lugar de tocar ese tema, dice:

—Solía ser algo pequeño, pero ahora la familia del lado de mi papá viene. Y está bien, como sea, lo entiendo. Entre más, mejor. Es sólo que son muchas personalidades diferentes para una sola tarde.

—Lo entiendo —musito, asintiendo—. En realidad, no sé por qué lo dije. Charlie y yo nunca hemos hecho algo grande, así que en realidad no lo puedo entender. Aunque sí suena abrumador.

—Pudiste haber venido conmigo esta noche.

—Lo sé. Es que… no quería que fuera incómodo.

—Mi tía estaba bebiendo directamente de la botella de vino. Incomodo fue el tema de la noche.

Me río, sacudiendo la cabeza.

—Clásico. ¿Qué te dieron tus padres?

—Jeans, un par de botas y unos modernos audífonos que cancelan el ruido.

Chasco la lengua.

—Pues no suena como que hayas recibido lo que realmente querías.

Sus ojos se quedan en mi cara.

—¿Qué?

Sonrío y desaparezco hacia mi habitación para agarrar su regalo.

—Espero que no sea raro —digo de repente, sentándome a su lado—. Lo pedí antes de que todo pasara y… sí.

—No es raro —dice, atrapando mi mirada—. De hecho, también tengo algo para ti.

—Abre el mío primero.

Rompe el papel, se ríe inmediatamente cuando saca la almohada para viaje con capucha integrada, de la que bromeamos en nuestro vuelo a LA. Rueda los ojos, pero su sonrisa es sincera.

—De verdad no debiste molestarte.

—Póntela. —La tomo de sus manos, poniendo la almohada en sus hombros y subiendo la capucha por su cabeza, tapándole los ojos. Y sólo por molestar, tiro de los cordones, apretándola alrededor de su cara—. En serio, nunca antes te has visto mejor.

—Dios, gracias —dice secamente, sus ojos siguen escondidos.

Aflojo los cordones y le quito la gorra, revelando de nuevo su cara. Estoy tan cerca, estoy tocándolo, y por un segundo, mi estómago se tensa con anticipación.

—Necesito ir por tu regalo —dice en voz baja, quitándose el cojín antes de salir de la sala.

Cuando se va, me concentro con demasiada atención en doblar su papel de regalo en un pequeño rectángulo perfecto. Estoy nerviosa, pero no sé por qué.

Regresa un minuto después cargando una libreta de dibujo.

—Mi regalo no está envuelto tan lindo como el tuyo. O envuelto en absoluto.

—Está bien.

Abre la libreta, pasa algunas páginas antes de arrancar dos hojas y entregármelas. Mis ojos se posan en el dibujo, mirando el primer lugar donde vivimos juntos. Era un dúplex, toda una pocilga. Aunque el dibujo que hizo es exacto. Cada detalle es preciso, desde lo oxidado en la barandilla hasta las grietas en los escalones, y el pedazo en el techo que todavía tenía luces de Navidad que dejaron los inquilinos antes que nosotros. La nostalgia tira de mi corazón.

Meto el primer dibujo debajo del segundo para encontrar nuestra casa actual – un bungaló de un piso, cada encantador detalle presente. El solitario árbol en el patio inclinado, el garaje separado justo al lado. Los ladrillos expuestos y la madera gastada.

—Vaya —exhalo.

—No sabía qué darte —dice, cohibido—. La idea era dibujar una tercera pieza para tu regalo del próximo año, luego de mudarnos juntos. Pero… sí. Sé que es algo…

—Es perfecto. En serio, gracias. Creo que este podría ser mi regalo favorito de todos.

Nos vemos el uno al otro, nuestros ojos se quedan así unos segundos, el aire se llena de tensión.

Se aclara la garganta, luego agarra su vaso y aligera el humor.

—El favorito, ¿eh? ¿Entonces cuál es el peor regalo que has recibido? Me gustaría saber qué tan bajo está el estándar.

Ni siquiera tengo que pensarlo.

—Renee me envió cinco botellas de jabón facial para mi cumpleaños dieciséis —digo, metiendo los dibujos de nuevo en la libreta para protegerlos.

—Eso es muy malo.

—Me sentía algo feliz porque significó que se había acordado de mi cumpleaños, pero sí. ¿Qué hay de ti?

—Un detector de radares. Un año me multaron un par de veces por ir a exceso de velocidad, y mi papá creyó que sería divertido o que me ayudaría a que no me atraparan. Mi mamá se enojó y lo acusó de condonar mi exceso de velocidad, así que me hizo regresarlo.

Empujo juguetonamente su hombro, sin creerme su estatus de chico malo.

—Edward Cullen, ¿demonio de la velocidad? No puedo imaginarlo. ¿Por qué estabas rompiendo la ley?

Cuando se lleva el vaso a los labios, se ríe antes de darle un trago.

—¿Qué te puedo decir? Soy un rebelde.

—Definitivamente no uno sin causa.

Sus ojos se arrugan.

—Oh, cállate.

—Apuesto que estabas acelerando para regresar un libro a la biblioteca. O tal vez ibas tarde a tu voluntariado en el comedor comunitario —continuo, burlándome—. O…

Cierra la distancia y me besa. No me atrapa desprevenida tanto como debería y le regreso el beso con más fuerza. Mi vaso sigue en mi mano, y algo de whiskey se chorrea por un lado hacia mi piel. Pero no me importa. No me importa y busco a ciegas la mesita de café, encontrando cualquier superficie donde aterrizarlo a salvo porque sus labios están en mí y yo estoy que ardo.

No hemos hecho esto en más de un mes y se siente bien. Su beso es tosco y su barba abrasiva, pero es un dolor tan bienvenido. Nuestras bocas se mueven juntas de forma brusca, abiertas y deseando. Agarro su hombro, me acuesto y lo jalo sobre mí.

Sus manos están por todas partes, subiendo bajo mi camiseta, tocando mi pecho. Luego me quita la camiseta y su boca está en mi pecho, dejando un camino caliente de besos hacia mi estómago, luego sube de nuevo a mis labios.

Alzo las caderas, encontrándome con las suyas. Y hacemos contacto. Una y otra vez. Está tan duro, estirándose contra sus jeans, y luego le ruego internamente que me folle o que me ame o que haga lo que sea que pueda darme. Pero lo deseo, a pesar de toda mi estupidez. Quiero que rechace el trabajo y quiero que sus labios nunca hayan tocado los de Kate. Más que todo eso, quiero que este hombre no me haya mentido. Pero sé que no puedo tener todas esas cosas porque ya sucedieron. La única cosa que queda ahora es superarlas, seguir adelante, pero no sé cómo.

Como si estuviera leyendo mi mente, sus movimientos se detienen y se aparta, sentándose sobre los talones para recuperar el aliento.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Frotándose la cara con una mano, dice:

—No debí comenzar esto.

—Yo también lo dejé pasar. Está bien. —Me muevo hacia él, estoy a punto de encontrarme con su boca de nuevo cuando se separa.

—No está bien. No estoy intentando sólo follarte —suelta de golpe—. Porque entonces voy a querer estar contigo. Me iré de Seattle en una semana y no podré convencerte de confiar en mí mientras no estoy. Así que no creo que esto sea una buena idea.

Intento no verme completamente rechazada, pero fallo miserablemente.

Antes de poder articular una respuesta, me lanza mi camiseta y agarra su vaso de whiskey, murmura un "Feliz Navidad" y desaparece por el pasillo.


Primero que nada, yo como Edward jamás he visto Qué bello es vivir, así que no estoy segura que mi traducción de esa frase sea correcta. Lo busqué y eso fue lo que encontré, pero corríjanme por favor si es otra frase la que dicen.

Segundo, yo no sé si estoy enojada con Edward por empezar algo que no iba a terminar, o si lo amo por no aprovecharse de la situación. A Bella la comprendo un poco más porque ella tiene traumas que no ha podido superar, y para todas las que hemos estado esperando que busque ayuda… ¡bien por ella! ¡Ya está buscando ayuda profesional! Ya está dando el primer pasito en la dirección correcta. Antes de aceptar el amor de Edward (o de cualquier otro), debe trabajar para aceptarse a sí misma y aceptar que ella vale la pena.

No olviden dejarme sus comentarios si les gustó el capítulo, me encanta leerlas y saber que no estoy sola en mi sufrimiento 😉

¡Nos leemos el sábado con el siguiente capítulo!