13, CAPÍTULO TRECE,
CHAPTER THIRTEEN.
Me muevo entre la gente que atesta la sala de estar de Italy, persiguiendo un instante de silencio cada vez más lejos.
Su casa se ha convertido en una rebelión contra la paz, la serenidad y la poca paciencia de sus vecinos. Luces led colgando desde los techos, cubriendo las paredes y decorando las entradas. Serpentinas y globos esparcidos por los suelos. Hay gente por cada rincón, jugando con una consola, retándose brutamente entre sí y compitiendo en duelos de shots que nadie nunca gana porque no llegan conscientes hasta el final.
Siempre estoy chocando con alguien y sospechando de cada vaso rojo que me ofrecen, pues dudo seriamente que Italy se haya puesto a festejar con horchata.
Reflejos estroboscópicos rozan mi cuerpo mientras camino entre la marea de personas bailando en la sala de estar. Sus cabezas adornadas con un excéntrico sombrero mexicano, sus manos sosteniendo en lo alto botellas de tequila sin acabar, todo mientras se mueven al ritmo de una canción ranchera. Ni siquiera sabía que son de carácter internacional.
Tan pronto como llego al inicio de las escaleras, me detiene la voz de Amelia.
—¿A dónde vas? —pregunta, mirándome confundida.
Luce totalmente impresionante en su vestido color miel, que resalta el color áureo en sus ojos y delinea divinamente su silueta. Ella es toda curvas.
—Arriba —le digo—. Estoy un poco aturdida por la música aquí abajo.
Amelia se acerca y posa su mano sobre el borde de la barandilla.
—¿Volverás?
—Por supuesto —respondo, sonriendo un poco—, aún tenemos un baile pendiente.
Ella asiente suavemente, tal vez ha notado mi decaimiento, reforzado a medida que avanza la noche. ¿Por qué no lo haría? Ha sido más que obvio en mi ánimo que Shawn no ha aparecido por mi buzón con una excusa que explique el desconcierto de esta mañana.
Doy media vuelta, reanudando mi camino por las escaleras. Conforme voy subiendo, dejo de sentir la mirada de mi mejor amiga sobre mi espalda. Los chicos tambaleantes a mí alrededor toman parte de mi atención, que está en que no me vomiten encima. Incluso los siento contemplarme enfundada en este vestido.
Es corto, y es verde. Deja mis hombros al descubierto, se afianza en mi cintura y cae suelto hasta mis muslos. Sí, varias partes de mi cuerpo se sienten tímidas.
Sé cómo ignorar perfectamente el vistazo ajeno, ni siquiera me inmuto mientras paso frente a ellos.
El sonido reverberante de la música va haciéndose menos audible y en la cima ya presiento la caída de alguien al final de la noche desde uno de los peldaños.
Paso a personas que no conozco de nada, recorriendo con cautela el pasillo de la segunda planta en busca de una habitación desocupada. Me preocupa un poco el por qué detrás de las puertas cerradas.
Italy está perdida en su papel de anfitriona, usando un delicado vestido que a primera vista parece hecho para una niña por la forma candorosa con la que ha sido diseñado, de un rosa pastel (a veces Italy no odia el rosa) y pinchado por pequeñas flores de diversos colores.
En una fiesta siempre hay mucho qué observar y con qué entretenerse; el comportamiento extraño e inhibido de los invitados, la música elitista, los diversos aromas que flotan en el aire. Creo que algunos de ellos son ilegales en algunos países.
La fiesta de Italy no escatima en nada. Ni en diversión, juegos o vinos.
Pero, como en cada evento social, mi tolerancia se halla rayando el límite.
Entro en la única habitación desocupada, flaqueando ante el repentino cambio de ambiente, donde la música ya no apuñala mis oídos al cerrar la puerta. Se trata de la alcoba de Italy.
Y no está vacía del todo.
Un fino sollozo pone mis nervios de punta y avienta mi corazón por un acantilado. Alarmada, miro a través del cuarto, intentando cortar la oscuridad para hallar la fuente del desasosiego. Cuando mi vista se adapta, encuentro a una chica sentada en la cama con el rostro perdido entre sus manos. Mi primera reacción es entrar en pánico, pues luce como salida de una creepypasta. El vestido es un tanto retro, oriental, corto hasta sus rodillas y volado, casi como si un aire fantasmal sostuviera su dobladillo.
Cautelosa, me acerco un paso. Cuando ella no alza la cabeza, soy audaz y doy otro más.
—Oye —murmuro—, ¿estás bien?
Perdóname, pero fui inculcada para preocuparme por el sentir ajeno. Mamá nunca especificó que estos deben ser del todo humanos.
La pequeña chica da un salto sobre su lugar, elevando finalmente su delicado rostro para verme asustada. Sí, yo también brinco y retrocedo todo el camino andado. Mamá tampoco ha hecho a una imprudente.
—Sumimasen! —exclama ella, levantándose con una expresión total de pena—. No quería asustarte, discúlpame.
Okay. ¿Quién es esta chica?
Tiene el cabello corto y negro, con el fleco torcido, casi como si se lo hubiera cortado ella misma. Sus rasgos son muy nobles, finos y limpios. Pese a la confusión de la noche, no puedo notar más de ella, sólo una delicada y muy premeditada postura.
Lo más notable, son sus rasgados ojos.
—¿Eres Kyandi? —pregunto, golpeada por el reconocimiento.
Ella ladea suavemente su rostro. Las lágrimas aún brillan sobre sus mejillas, como ríos de cristal. No hace ningún ademán para limpiárselas.
—África, ¿no? —inquiere, con un marcado acento oriental—. Italy me habló de ti y fue fiel en palabra. Es un... ¿placer?
Asiento suavemente. Intento sonreír, empero, estoy más preocupada por la tristeza que capté al entrar.
—Italy es, como... una red de nacionalidades —declaro, observándola—. Eres muy linda, ¿por qué llorabas?
Kyandi se retrae visiblemente. Aparta la mirada, elevando una mano frente a su rostro con la palma extendida. Parece un gesto con significado, pero yo no lo entiendo.
Retrocede, cayendo sentada sobre la cama. Un brillo especial, viniendo desde la ventana, me permite apreciar el color de su vestido. Un profundo rojo, con estampado floral. Coloca, mecanizada, ambos pies sobre la alfombra (éstos descalzos), y mantiene su espalda recta. Aún así, parece a punto de venirse abajo por un desconocido motivo.
Me mantengo en mi lugar, cerca de la puerta. Algo que sé de los japoneses, es que les gusta su espacio personal. A mí también me gusta el mío, pero yo no soy japonesa, sólo introvertida.
...cuando me conviene.
—Puedes sentarte —susurra ella, mirando sus manos unidas sobre su regazo—. He vivido tanto tiempo en Canadá que empiezo a amoldarme a los protocolos occidentales.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto, acercándome a su lado.
La fiesta ha tomado un rol ahogado. Kyandi ahora es toda mi curiosidad.
—Poco, en realidad —responde, sin humor—. Será... un año, pero me refiero a un, uh, kanji? ¿Sentimento?
—Sentimiento —confiero, asintiendo.
Kyandi sonríe un poco. Es la viva imagen de la melancolía.
No quiero ser entrometida, ella parece cargar con un gran pesar. Guardo silencio, oyéndolo de vuelta.
—¿Por qué no estás abajo? —pregunta, volteándome a ver por un corto instante—. Ya sabes, ¿disfrutando de la fiesta?
Sus maneras son muy dulces, me doy cuenta. Curiosas, sí, pero inocentes. Una pequeña semillita que, sin importar que se le injurie y no se le riegue, sigue creciendo sin parar, persiguiendo su propio camino.
Pocas personas son tan fáciles de ver como Kyandi.
—Hay mucho ruido —susurro—. No me gusta el ruido.
—¡Oh! ¿Venías a descansar aquí?
Se levanta apresuradamente.
—No, no, está bien —me apuro a aclarar—. Siéntate, Kyandi, está bien. No me molesta tener algo de compañía.
Jesús, nunca había conocido a alguien tan considerada. Me hace repensar mis próximas palabras, con el temor de herir algo en ella. ¿Cuándo yo, sinceramente?
Kyandi recupera su sitio sobre la cama, plantando de nuevo sus pies desnudos sobra la alfombra. Con intriga, volteo hacia la puerta, descubriendo junto a ella un par de zapatos planos. Escondo una sonrisa.
—¿Cómo conociste a Italy? —pregunta. Los rasgos de su personalidad parpadeando entorno a ella, listos para salir en una nube vaporosa de buenas vibras. Me imagino que Kyandi es más risueña, pero esta noche ha sido especialmente difícil para ella.
—La verdad —respondo, mirando hacia ella—, Italy me conoció a mí. Ella es muy buena encontrando personas desamparadas y poniéndolas bajo su ala.
—¿Estabas desamparada? —inquiere, palpando la palabra como si fuera la primera vez que la pronuncia.
—Sí, supongo. Todos lo estamos en un punto, ¿no?
—¿Quieres decir que te salvó?
—Quiero decir que ella estaba ahí antes que cualquier otra persona.
Kyandi asiente, un suave gesto de comprensión. Asumo que, mejor que nadie, ella debe saberlo.
El silencio vuelve entre nosotras. Esta vez, intento suplirlo por palabras, satisfacer mi curiosidad.
—¿Por qué llorar durante una fiesta? —le pregunto.
—Es menos solitario que llorar en mi apartamento —responde.
No sé diferir si está bromeando o no.
—¿Dónde está tu familia?
—En casa —murmura—. En Japón.
—¿Ellos no están contigo?
—No —dice—. Okaasan siempre dijo que persiguiera mis sueños, pero nunca pensó que viajaría hasta América para conseguirlo.
—¿La extrañas? ¿Es por ella que llorabas?
—Sí, lo que es ridículo porque ella no merece que la extrañe —replica, limpiando sus mejillas—. Es hipócrita al decirme algo así y entonces culparme por dejar a la familia y destinar a onēchan al fracaso, como si ese hubiera sido mi sitio todo este tiempo.
Me quedo sin aliento. La sinceridad no le pertenece sólo a un canadiense. En realidad, Kyandi tiene mucho de ella, no importa si es para una desconocida.
—¿Okaasan y onēchan es tu...?
—Sí, mi mamá y mi hermana menor. —Kyandi sorbe y suelta una pequeña risa—. Soy la mayor por un pelín de sesenta segundos.
Para acabarla de amolar, tiene una gemela. Qué presión tener una copia idéntica a ti, Dios mío.
—Está bien ser una desgracia para tu familia mientras cumplas tu sueño —digo. Kyandi me mira por un segundo, dudosa sobre creerme o soltarse a reír.
Okay, creo que no me expliqué bien. Pero me alegro que ella no lo haya tomado a mal. —¿Cuál es tu sueño? —pregunto entonces, aparentando que no hice ese desafortunado comentario.
—La música —responde.
—Vaya —suspiro—, ese es uno bueno.
Kyandi sonríe.
—¿Eso crees?
—¡Por supuesto! Conozco a alguien que la ha hecho su modo de vida y déjame decirte que él es maravilloso en eso.
—Oh —dice ella, divertida—, ¿y quién es este alguien? ¿Shawn Mendes?
Miro rápidamente hacia Kyandi, pero sólo está bromeando. Fuerzo una risa, disimulándome en el juego. Caray.
¡Me alegro que haya empezado a bromear!
—Está bien vivir tus sueños —digo—, es normal tenerlos y volverlos realidad. Sólo pocas personas son lo suficientemente valientes para arriesgarse... y tú lo estás haciendo.
—Perdí muchas cosas en el camino —Kyandi susurra—. Mi familia, mis amigos, mi corazón.
Elevo las cejas. ¿Su corazón?
—Resiliencia —advierto—. Sigues de pie pese a la adversidad.
—Gaman —murmura a su vez ella, estirando el japonés en su lengua.
Oh, presiento que voy a hallarme muchas veces confundida con Kyandi al lado.
El celular vibra en mi regazo. Una mirada en él me indica que Amelia está necesitándome en la juerga de abajo, y que la medianoche está cada vez más cerca.
—Tengo que volver —digo a Kyandi—. Adiós... oh, mmm.
—¿Qué pasa?
—¿Tengo que inclinarme o algo por el estilo?
—No —ríe ella—, no es necesario.
—Pero es el protocolo allá —me percato.
—Está bien —suspira Kyandi—, ¿sabes cómo saludar?
—Sí, pero probablemente termine haciendo algo burdo e inconexo.
Ella ladea ligeramente su cabeza, su corto cabello rasga la curva de su cuello. Aún no sé diferir el verdadero color de sus ojos.
—Utilizas muchas palabras difíciles —nota ella.
—Soy escritora —confieso, levantándome y adelantando un par de pasos—, como diccionarios para el desayuno y bebo semántica como acompañamiento.
Kyandi se posa sobre la planta de sus pies y se prepara en el centro de la habitación, mirándome todavía curiosa.
—Es cierto que apuestas por Grant Allen —debate ella—. Entonces supongo que esta noche no será la última vez que nos veamos.
—¿Planeas estudiar ahí? —imito sus movimientos, plantando mis talones juntos en la alfombra.
Nos separa una distancia de dos metros, y la diferencia de culturas es casi imperceptible. El acento y nuestras vestimentas son dos grandes distinciones.
—Sí —responde—, Grant Allen es un sueño hecho doctrina. Estaría loca de no apostar por alguna de sus especialidades. ¿Estás lista?
Asiento, todavía pensando en lo que dijo. —Bien, talones juntos. Inclina suavemente tu cintura... sin exagerar, unos centímetros de más y podría ser tomado como grosería.
Caray, me quedo con mi estrechada de manos.
Hago caso a sus indicaciones. —¡Lo estás haciendo bien! —adula, y espero que lo diga de corazón porque me estoy sintiendo un poco fuera de mi zona—. Ahora, muévete un poco hacia abajo, con suavidad... siempre con suavidad. Mira en esa dirección, nunca a la persona frente a ti.
—¿Ya has nacido con el protocolo en tu sangre o algo parecido? —pregunto, mientras repito la acción una y otra vez hasta que Kyandi está más que enterada que la estoy saludando.
—No —ríe ella—, es un aprendizaje tácito, viene de la misma forma con la que asimilas tu idioma nativo.
Hago una última reverencia antes de regresar sobre mi estatura y sonreír condescendida. ¡Ya puedo viajar a Japón con mamá!
Le escribo un mensaje a Amelia: No enloquezcas, ya voy.
—¿Vienes o deseas quedarte aquí por un tiempo más? —pregunto a Kyandi de improviso. ¿Por qué despedirse?
Kyandi mira alrededor de la alcoba, como si hubiera algo aquí de lo que dependiera su decisión. Más sin embargo, creo que se encuentra detrás de sus ojos, anclado a un pensamiento.
—Iré contigo —concluye.
—¿Te sientes mejor? —inquiero, mientras salimos de la habitación y bajamos las escaleras.
—Sí, arig... gracias.
—¿Por qué? —digo, distraída mientras esquivamos cuerpos borrachos. Estoy segura que la mitad de los invitados ya ni siquiera recuerdan sus nombres.
—Por hablarme, distraerme de mis pensamientos —responde—. Si no hubieras llegado, yo hubiera abandonado rápido la fiesta, decepcionando a Italy.
—Fui un poco metiche —contorsiono el gesto.
—¿Me... tiche?
¡Ow! ¿No es Kyandi una ternurita?
Espera...
¿¡Así es como me ve Shawn cuando no entiendo alguno de sus modismos!? ¡Ahora comprendo muchas de sus expresiones!
Sin oportunidad de explicarme, Italy salta frente a nosotras de repente, mandando mi corazón a volar lejos. Con su pequeña estatura, es fácilmente confundible entre la marea de personas, logrando realmente asustarnos cuando se presenta de pronto.
—¡Ahí están mis artistas favoritas! —grita, sonriendo sobreexcitada. Por un momento, temo que explote con toda esa emoción retenida en ese menudo cuerpo—. Veo que ya se conocieron. ¡Perfecto! ¡La hora loca ya está por comenzar y Amelia nos espera en la pista de baile! Vamos, vamos.
—¿La hora loca? —musito, asaltada por el término. Oh, no.
Kyandi intercambia una mirada de horror conmigo.
—¡Sí! —exclama Italy. Pues bien, ¿qué ha bebido esta chica?—. ¡Vamos, las necesito en la pista!
—¡La pista de baile es tu sala donde ayer tomé chocolate caliente!
—¡Vamos! —repite Italy, invencible, tomándonos a Kyandi y a mí del brazo y jalándonos hacia el lugar donde antaño hubieron sofás.
Encuentro a Amelia en la "pista de baile". Ella se acerca hacia nosotras, con un chico bobo siguiendo sus pasos. Bueno, mi mejor amiga no desperdicia su tiempo, según veo.
—Espero que te hayas sofocado de silencio —exclama contra mi oído, pues la música se superpone—, porque ruido es todo lo que habrá desde ahora.
Hago un mohín.
—Compasión —suplico.
Escucho a Kyandi reír a mi lado, el sonido de cientos de campanillas. Italy se halla brincando sobre sus propios pies, emocionada mientras el dj apaga cualquier atisbo de luz y detiene la música, sumiendo la fiesta en total penumbra y silencio.
Entonces, se oyen tambores, trompetas y luego...
#¡UN, DOS, TRES!#
—Oh, no —exclamo en voz alta.
#Tú que siempre estás feliz,
no te preocupaste,
no hubo más problemas
y las manos levantaste,
ahora El Símbolo te va a enseñar
un pasito nuevo pa' bailar#
—¡Te sabes esto! —expresa Amelia, volteándose hacia mí, ya meneando sus caderas—. ¡Olvídate un segundo de él, cariño! Y baila con nosotras.
—Ojalá pudiera —murmuro.
¿Por qué no has hablado conmigo, Shawn?
#¡Vamos todos!
¡UNO, DOS!
¡UN, DOS, TRES!#
Amelia toma mis brazos y los obliga a sujetar mis caderas. Ruedo los ojos, pero estoy dispuesta a llevar esta coreografía a cabo. Detrás, Italy instruye a Kyandi cómo debe representar este baile latino.
#¡Todos para abajo!#
Ni que lo digas. Suelto mis inhibiciones y permito que mi cuerpo se mueva al compás del de Amelia, girando sobre nuestros tacones a medida que el ritmo de las trompetas marca el baile.
#¡Todos para arriba!#
Elevamos nuestras manos, manteniendo el meneo de nuestras caderas. Dejo escapar la risa, acompañada de una sonrisa liviana y divertida. Amelia me acompaña con su propia sonrisa, observando el auge en mi voz.
#Bien agarraditos#
Deslizo las manos por mi cuerpo, sintiendo la música adherirse a mi piel. Es fácil seguir la cadencia rítmica, pues está en mis venas latinas.
#Manito con manito
dando un golpecito#
Italy, Amelia y yo aplaudimos en sintonía, conociendo a la perfección la coreografía. El resto de la fiesta observa, lista para intervenir sólo hayan captado los movimientos esenciales.
No toma de mucho para que lo hagan. La melodía es pegadiza, sus pasos también. Pronto nos hallamos rodeadas de personas igual de suscitadas por la canción, que bailan, improvisan y ríen todo el tiempo. La diversión es nuestra compañera por esta noche.
La hora loca transcurre tras una canción latina tras otra. Creo que no hay una sola alma en la fiesta que no esté bailando, aún cuando la letra sea posiblemente desconocida para algunos de ellos. ¡Es innegable que hay ritmo!
Todo tipo de títulos. Desde La Macarena, del grupo Los Del Río, hasta French Kiss de Panic. Incluso siento sudor sobre mi piel y calor persiguiendo las áreas más sensibles de mi cuerpo.
Me he dejado llevar, moviendo acompasadamente mi cuerpo, persiguiendo la música, que tal vez he atraído miradas hacia mí y no soy consciente de ello, hasta que empiezan a picar.
La hora pasa entre varios grupos musicales, de banda, rock, pop. Pierdo el sentido del tiempo hasta que mi cabeza se siente nebulosa y los cuerpos a mí alrededor son sólo borrones inestables, y ni siquiera he ingerido alcohol.
Al término, Italy se acerca exaltada hacia nosotros, con una sonrisa que ocupa casi toda su pecosa cara.
—¡Eso fue asombroso, mis chicas! —grita, echando sus delgados brazos a nuestro alrededor—. ¡Gracias por haber venido, las amo!
—Y nosotras te amamos a ti —respondemos genuinamente nosotras.
Italy se separa y vuelve a la pista de baile, girando sobre sí. Creo que sus energías son infinitas, no lo sé.
—Necesito algo de agua y aire fresco —declaro, respirando agitada.
—¡Kyandi puede acompañarte! —exclama rápidamente Amelia—. ¿Verdad que sí, dulzura?
Estrecho mis ojos en su dirección. De reojo, noto al chico embobado pidiendo algo de su tiempo.
—¿No que acabas de salir de una relación? —reclamo.
—¿Ahora no puedo jugar un poco? —replica, retrocediendo y tomando la mano del chico como si se conocieran de toda la vida.
Afortunadamente, llevamos a cabo la conversación en español, de otra forma, ella tendría que dar muchas explicaciones.
Volteo hacia Kyandi. Descubro en ella esta magnífica habilidad de quedarse dormida mientras está parada. Qué envidia.
—¿Kyandi? —inquiero, moviéndola suavemente. La fiesta sigue explotando alrededor, pero ella realmente logra dormirse a la mitad de todo.
Kyandi murmura algo en japonés que, obviamente, no entiendo, y abre finalmente sus ojos. O lo que se supone que es abrirlos para ella. Me acerco, y la rodeo con un brazo. Gruño a Amelia una última vez antes de llevar casi arrastrando a Kyandi hasta el piso de arriba y depositarla sobre la cama en la habitación de Italy.
Suspiro, sentándome en el borde del colchón. Estoy de nuevo metida en la penumbra de una alcoba, con música empalagosa oyéndose de fondo, y en todo lo que puedo pensar es en él.
Sinceramente, mi cabeza me está cayendo un poco gorda.
Reviso la bandeja de mi celular. Nada.
Exhausta, pienso que todo sería más fácil si pudiera culparlo, mi corazón soportaría mejor la desazón y mis pensamientos no girarían siempre en torno a excusas que simplifiquen la ausencia de sus llamadas.
Salgo de la habitación y bajo hasta la cocina. Está desocupada, a excepción de un par de personas cerca del mini bar. Me acerco a la hielera dispuesta sobre la encimera y rebusco en ella por una botella de agua, cualquier cosa que desaparezca mi sed.
—Oye —grita alguien en mi dirección. Por un momento, me debato entre dejarlo pasar o atenderlo, pero... ¿qué más da? Al levantar la mirada, un chico se despereza de su grupo de amigos y viene hacia mí.
Me pregunto si le conozco de algo, pues él luce muy seguro de sí mismo. —Lo mejor de la noche —dice— está por allá. —Señala un recipiente con bebida isotónica—. No te confundas, linda.
Sí, no lo creo. Estuve presente cuando le añadieron varios litros de vodka.
—Gracias —ironizo—, pero sólo quiero agua.
Tomo la botella y doy media vuelta, dispuesta a salir, pero él vuelve a interrumpirme.
—Espera, espera —ríe, acercándose rápidamente a mi lado—. ¿Eres la amiga de Italy, no? La mexicana.
—Sí.
—Maldición, una latina —exclama socarrón alguien desde su grupo de amigos.
Tomo una profunda respiración, reteniendo las ganas de proferirle una palabrota.
—¿Cómo te llamas? —pregunta, tal como si yo fuera una principiante en el idioma.
—África.
—Wow —vuelve a reír—, ¿cómo se pronuncia eso? ¿Con todo y acento?
—Tal y como se escucha, no creo que sea tan difícil.
Parpadea, como si no hubiera previsto que estuviera en mi capacidad responderle de tal manera. ¿Acaso piensa que no le entiendo?
—De acuerdo, de acuerdo —asiente, considerándome un reto a aceptar—. ¡Yo soy James Johnson! Pero puedes llamarme JJ.
—Mucho gusto.
¿Ahora qué? No soy buena coqueteando, pero tampoco es como si esa fuera mi intención, sólo que parece que sí es la suya. James Johnson luce un tanto fuera de lugar ahí parado, como si no tuviera ni idea de cómo proceder conmigo ahora que se la he puesto difícil.
Paso la botella de agua de una mano a otra. —Así que... ¿juegas hockey? —sugiero, señalando su jersey de los Maple Leafs.
Él se encoge de hombros.
—Me gusta más verlo, en realidad.
¡Pon de tu parte, James Johnson! —¿Qué te parece... si vamos afuera?
Lo considero por un segundo entero. Bueno, él ha sido agradable y no me pidió subir inmediatamente a algunas de las habitaciones a hacer cosas indecorosas, así que supongo que está bien.
—De acuerdo —acepto.
En tanto tú no me llames, Shawn Mendes, yo puedo tomar el control de mi maldita vida.
Mientras salimos de la cocina, trato de ignorar los guiños y los pulgares arriba dirigidos a James Johnson por parte de sus amigos. Él se toma la molestia de obviarlos, entonces es amable y sigue estando bien.
De camino al jardín trasero, encuentro a Italy y la detengo en su algarabía.
—Kyandi está arriba en tu habitación —explico, haciéndome oír por encima de la estruendosa música—. ¿Puedes asegurarte de que esté bien? Se quedó sola.
Italy asiente, enviándole una mirada al chico a mi lado antes de subir las escaleras.
—Italy es muy única, ¿verdad? —comenta James Johnson mientras cruzamos las puertas corredizas—. Ella carga con todo un nivel nuevo de rarezas.
—Sí —confiero, mirándole divertida—, ¿pero acaso ves que eso la detenga de hacer un millar de amigos?
Él ríe, algo fácil y masculino. No estoy nerviosa a su lado, es sencillo fingir que no me es más difícil conocer nuevas personas.
Diferente país, diferente idioma, diferente carácter. Me siento una actriz en mi propia vida.
Nos sentamos en la banca cerca de la fogata en el centro del patio. Sólo pocas personas se hallan desperdigadas en el exterior, su atención está más enfocada en la música del dj, adentro. Italy, claramente, se ha excedido con el número de invitados.
La lumbre me mantiene agradablemente protegida del frío mientras estoy ahí.
James Johnson comienza preguntando por mis gustos musicales, algo natural y por el camino de lo tradicional. Respondo que no tengo uno definido, sino un poco de todo. Él dice que el suyo es una mezcla entre electrónica y dubstep, lo que es algo concordante entre sí.
Después indaga más sobre mi "vida mexicana" y comenta que una vez le dio una mordida a un taco y su lengua se hinchó, que estaba muy picante.
James Johnson también es un exagerado.
Pero es divertido y sigue estando bien por la próxima hora.
—Voy por una bebida —dice, sonriéndome—. ¿Quieres algo?
Meneo mi botella de agua en su dirección. James Johnson rueda sus ojos, juguetón, y desaparece en el interior de la casa. Segundos después, es Italy quien sale de ahí.
—Kyandi está bien, está dormida —indica—. Aseguré la alcoba por si a algún baboso se le ocurre entrar. Ten. —Me entrega mi celular con un aspaviento—. No ha dejado de sonar, me despertó.
—¿Te quedaste dormida mientras una fiesta está destrozando tu casa? —inquiero, incrédula. Hubo toda una hora donde no vi señal alguna de ella.
—Esa japonesa tiene toda un aura de paz a su alrededor —responde, bostezando desvergonzadamente—. Entiéndeme, morena.
Niego divertida, pero la razón se la confiero. Enciendo la pantalla de mi celular y veo sus mensajes. Ya hay varios, arriba de muchas llamadas perdidas.
¿Dónde estás?
¿Estás en la fiesta de Italy?
¿África?
¿Puedes responder cuando te llamo?
Estoy tan arrepentido de haber hecho caso a Andrew.
Yo solo
quería
África, por favor responde siquiera a uno sólo de mis mensajes.
Por último, Shawn tiene la osadía de mandar un emoticón sufriendo.
Confieso que sólo por eso... únicamente por eso, es que respondo. Le digo que sí, que continúo en la fiesta de Italy y le pregunto la necesidad de su llamada.
No soporto las ganas de verte, responde enseguida. No creo que pueda esperar más tiempo, te necesito conmigo ahora mismo. ¿Puedes escaparte?
—Shawn quiere que me vaya con él —digo a Italy.
Su mandíbula cae abierta.
—¡Sí! —grita, como si hablara por mí y Shawn pudiera escucharla—. ¡Dile que sí! ¿Qué esperas?
—No... no sé.
Dios, odio tanto mi inseguridad en estos momentos.
—Oye, África —murmura Italy, sentándose a mi lado. Su expresión es cariño puro—. Ve con él, está bien. Siempre estará bien seguir a tu corazón. Aprende de Kyandi, ella no tiene sólo palabras extrañas que enseñarte. También es muy valiente y he oído... que es contagioso.
Sonrío. Sí, una se siente un poco ignorante y cobarde al lado de esa dulce japonesa. Y tengo una noche de conocerla.
—¿Está bien para ti? —pregunto—. ¿Que me vaya?
—Sí —responde, observándome divertida—. Ya te he tenido, no es momento de volverme egoísta. En estos momentos me siento un poco demasiado orgullosa de ti, ¡a punto de irte con un chico, mírate!
—No es cualquier chico —murmuro. El término le queda pequeño a Shawn.
—Además —dice ella—, aún tengo a Amelia... por algún lugar... de esta fiesta... ¿dónde rayos está esa chica?
Me encojo de hombros, escondiendo una sonrisa. No tengo dudas de que Amelia está pasándola en grande con el chico bobo. Quizá jugando a la consola o retándose en algún juego.
Amelia no es la clase de chica que entra en una habitación oscura con el primer hombre que se cruza. Es más... inocente que eso. Ella lo hará su amigo, le contará uno que otro despecho y a él le resultara tan encantadora que no podrá aspirar a más.
Sé que esto puede considerarse imprudente y un tanto desconsiderado, sobre todo después de lo que pasó esta mañana...
Bajo la mirada hacia la nueva inclusión al chat.
Pero por lo menos responde, África, añade.
Vaya Dios, ¿en serio estoy haciendo esto? No había empezado a imaginar cómo sería volver a verlo. Y ahora... todo es diferente. ¿Seré capaz de reprimir mis sentimientos lo suficiente para estar cerca de él?
De acuerdo, escribo. Iré contigo. Pero, agrego en un acto de valentía y poder, me explicarás exactamente qué pasó esta mañana. Estoy cansada de andar a ciegas.
¿Sabes que puedes tener lo que sea de mí en estos momentos?
Envíame tu ubicación, dice.
Mi piel se eriza, millones de pinchazos tibios se asientan en ella. Italy está brincando emocionada ahora.
Mis dedos se sienten helados y nerviosos mientras comparto mi ubicación con Shawn. Sé que esto implica más de lo que soy capaz de reconocer.
Dios, estás muy cerca.
En diez minutos estoy ahí.
Encuéntrame en ese tiempo afuera.
Elevo la vista. Italy está mirándome, igual de nerviosa, a punto de brincar sobre la punta de sus pies por la emoción. Yo me encuentro demasiado impresionada para ese tipo de expresión corporal.
Está por ocurrir. Finalmente nos veremos cara a cara.
Yo no debería estar tan sorprendida. Shawn es la misma persona de los mensajes, de las llamadas, de los videochat. Entonces, ¿por qué siento que estoy a punto de encontrarme con otra cara de la misma moneda? ¿Una que sólo puedo conocer teniéndole enfrente?
—Está hecho —murmuro—. Shawn estará aquí pronto.
Italy muerde la pintura laminada en sus uñas.
—No pueden verlo, ¿o sí?
—Lo mejor será que no —digo.
Al volver dentro, nos encontramos de frente con James Johnson.
—¡Ahí está ella! —exclama, apuntándome con una botella de vodka en mano. No parece decírselo a nadie en especial, aún así varias personas voltean—. Caray, chica. ¿Te han dicho que eres fascinante?
Elevo las cejas, intrigada. Italy ríe divertida a mi lado. —¿¡Por qué no bailamos!? —James Johnson hace el ademán de llevarme a la improvisada pista de baile—. ¡Vamos, antes ya te visto y, oh, maldición!
Bien, creo que está pasado de tragos.
—James Johnson —digo, deteniéndolo en sus aspavientos—. Me despido. Ha sido agradable conocerte, pero tengo que irme.
—Oh, no.
—Oh, sí —murmura Italy, carraspeando.
—¿Puedo acompañarte a la puerta? —pregunta él, ya empezando a caminar sin mi permiso.
Suspiro y miro a Italy. Ella se encoge de hombros, da un giro y se pierde entre la fiesta. Sigo a James Johnson, que aparta a las personas de su camino no sin mucha consideración de su parte. Al llegar a la puerta, ni siquiera se detiene ahí, sino que cruza todo el pórtico y va a sentarse sobre la mesa de picnic del jardín. Claramente no acepta un no por respuesta.
—¿Y a dónde vas? —inquiere, después de verme sentar a su lado.
Entrecruzo los brazos e intento hacerme bolita ante el frío. Cala hasta mis huesos y hace castañear mis dientes. Él me ofrece su jersey, y lo acepto temporalmente. ¡No encuentro el suficiente brío para rechazar una muestra de calidez!
—Voy a, uh... mmm —titubeo, insegura—. Voy a encontrarme con un...
¡Sigo sin tener respuesta para eso! ¿Por qué no puedo llamar a Shawn mi amigo? La etiqueta le queda irremediablemente pequeña.
—¡Espera! —James Johnson retrocede, exageradamente sorprendido—. ¿Tienes novio, África?
—No —vacilo—. ¿Por qué el tono de sorpresa?
Él se encoge de hombros, dudoso sobre si creerme o no. Extrañamente, no parece incomodarme su reacción, ni a él mi respuesta.
—Pareces el tipo de chica que no quiere ni necesita de un hombre —dice finalmente—. Demasiado independiente y un poco liberal.
Miro a James Johnson; tiene bonitos ojos y, aunque al principio estaba reacia a conocerlo, él está bien. Es confianzudo, de una manera que no es pesada, y bastante divertido. Sin prejuicios.
No deposita ninguna responsabilidad por esta noche.
—Bueno —digo, sonriendo un poco—, esa es una admirable percepción de tu parte. Si te hace sentir mejor, te prometo que no dependeré de ningún hombre, sino por amor y no necesidad.
—Eso me tranquiliza, mi temporal mejor amiga —bromea.
—Está bien, mi temporal mejor amigo —río—. ¿No tendrás ya una mejor amiga que sea celosa?
—No, tengo un mejor amigo, sí, pero él no...
Toma aire, parece costarle hablar corrido.
Nunca llego a saber lo que tiene por decir, las palabras son acalladas, cualquier sonido es relegado bajo la oscilación de un motor apagándose sobre la calma de la noche.
Miro hacia el borde del bosque, donde un auto oscuro, estacionado cerca de la fila de árboles, apaga sus luces.
Me inclino sobre la mesa, tratando de distinguir al conductor. Mi corazón late fuertemente contra mi pecho, me olvido de todo mientras lo busco con la mirada.
Después de unos segundos, no tengo que hacerlo más.
Una puerta debe abrirse, porque se escucha a una cerrarse, y rodeando el auto aparece Shawn.
