—No me gusta pelear—, dice el esclavo—. Mejor dicho, no sé.
—Eso no se aprende—dice Alberto—. Es una cuestión de estómago.
Extracto de la conversación entre el esclavo y Alberto
"La ciudad y los perros"
-Mario Vargas Llosa-
Capítulo: XXII
Revolviendo las memorias de una persona implicada, alguien endosado a la lujuria.
Agudizó el oído ante lo que creía haber escuchado un quejido saliente de una garganta. Negó con la cabeza y volvió a mirar a su alrededor en busca del origen del sonido. Un sollozo. Erwin tragó saliva y se frotó los ojos con la circunferencia de su puño. Un segundo sollozo. Levantó el mentón y entrecerró los ojos divisando nada detrás del edificio del decanato donde él se encontraba y que por lo general nadie caminaba por el lugar a excepción estipulada del conserje dejando bolsas plásticas de basura en el contenedor. Erwin caminó hacia allí, los sollozos aumentaban poquísimo en volumen siendo innegable para el hombre que alguien estaba detrás del contenedor de metal verde, si es que acaso no estaba dentro.
Lo rodeó y encontró un alumno en condiciones indignas; estaba sentado y mojado, sus muñecas estaban sujetas a sus tobillos con unas cuerdas gruesas lo cual lo imposibilitaba de pararse. Erwin se apresuró a zafarlo de las cuerdas, un nudo que deshizo con calma armada aguardando no apretarla más de lo que estaba. El menor frente suyo se desplomó en el piso, pensaba que era el dolor de su cuerpo, desanudó la mordaza de su boca y él le susurró un gracias cargado de miedo y vocales temblorosas.
—No es necesario que pregunte que te pasó muchacho—, extrajo del bolsillo posterior de su pantalón un pañuelo y se lo brindó para que él se secara el rostro. — ¿Es la primera vez que sucede? —. El menor negó con la cabeza repasando el pañuelo en sus mejillas.
—Es que ellos querían que yo siga haciendo sus tareas—pausó, y se sobó la muñeca izquierda—. Me negué y ellos me golpearon.
—¿Ellos? ¿Quiénes ellos? —Preguntó, Erwin tomó impulso para levantarse al mismo tiempo que lo ayudaba a pararse a él también.
—No puedo decirle—. Bajó la mirada y se sobó el brazo. — Ellos me golpearán si digo algo—. Casi como evidenciándose de su torpeza, intentó retractarse mediante pequeños balbuceos que Erwin comprendió como miedo.
—¿Cómo te llamas muchacho?
—Dave…. — alzó la mirada hacia el hombre — Rivaille. Por favor no diga nada, ellos me golpearán—. Sus cejas agazapadas y el ligero temblor en sus labios lograron que Erwin consintiera su pedido.
—Ve a las duchas, necesitas quitarte esa ropa húmeda—. Le brindó una sonrisa y le extendió la mano para apretujarla — Mi nombre es Erwin Smith e imparto la cátedra de Historia de los Estados Unidos. Si tienes algún problema puedes acudir a mí, después de clases paso en el comedor y luego me puedes encontrar en la sala de maestros del edificio B.
—¿De verdad?
—Sí. Por favor, mantente en lugares concurridos, esto que ha pasado es grave—. comenzaron a caminar. — Y busca apoyo en amigos, deberías contárselo a tus padres de inmediato.
Después de aquel día, Erwin encontraba con la mirada a Dave en el comedor pero daba la impresión de que era un chico solitario puesto que durante la semana lo vio solo en una mesa apartada, sin nadie con quien compartir el momento. La siguiente semana el muchacho acudió a él en el salón de maestros arguyendo necesitaba algo de orientación para hablar en público en la exposición de la feria, aquello lo aturdía y Erwin se mostró empático con él tomándolo como su aprendiz en el arte de la declamación y que no lo defraudó a pesar de que su primer intento no resultó ser espléndido. En disonancia de su gran timidez para hablar en público, Erwin detectó su gran potencial escolar y algunas características propias de su personalidad. Confirmó que era solitario, no tenía amigos solo compañeros, además del historial de abusos en el que estaba inmerso a causa de un grupo de estudiantes mayores que lo intimidaban para que él se ocupara de tareas ajenas.
—Entonces cada vez que te amenazan, tú vas a casa y dices que en realidad te sientes mal y duermes.
—Ujum…
Varias ocasiones lo instó para que comunicase a sus padres de su situación, y al recibir negativas se ofreció en hablar personalmente con ellos a lo cual el muchacho pidió: "No profesor Smith. Verá, mi mamá se preocuparía mucho y mi padre… él casi no está en casa. Por favor, no les diga nada. No quiero molestar" de nuevo asintió a su pedido, el muchacho casi rogándole con las manos juntas en forma de rezo se hallaba frente a él, clamando por un silencio pretencioso e indigno en el cual, Erwin, doblegado de su voluntad se sumergía.
¿Cuál voluntad precisaba?
Aquel día se despidió de aquel alumno brindándole una caricia en la coronilla de su cabeza, alegre lo vio salir del instituto suponiendo que salía victorioso al ganar su silencio, ligero cómplice y de vertiginoso camino.
Erwin se marchó aquel viernes a rondar por la ciudad como casi ya no lo hacía, regularmente regresaba a su casa después de su jornada laboral y llamaba por teléfono a su madre casi preparándose para escucharla hablar sobre la importancia de la formación de una familia propia… y sus bases para edificarla, mostrándose ella misma como ejemplo guía a su solterón hijo.
En medio del gentío del transporte público llevaba puestos sus pensamientos hacia el inocentón que resultaba ser aquel alumno, su discípulo en la declamación, y por el cual sentía un poco de pesar aun sin conocerlo del todo. Bajó del bus y se dirigió al museo que gustaba de visitar antes de que se quedase fuera por el horario, lo hacía cada cierto tiempo cuando necesitaba alejarse un poco de la soledad de su casa y las reprensiones de su madre por teléfono, entonces se concentraba en sus aficiones, que sea adulto y docente nada decía de no contemplar tiempo de ocio a otras actividades.
Entre el museo, la biblioteca y algún café transcurrían sus horas invertidas para él.
Se detuvo en la segunda planta, vistosos a la vista se hallaban en el centro de la sala los elefantes africanos, solo una representación de ellos a tamaño real. Anduvo rondando las vitrinas que protegían las réplicas de los elefantes por algunos minutos en los que se permitía decantar por aquella belleza salvaje, exótica y plástica que irradiaban las réplicas.
Pensó en su madre, seguro lo estaba esperando para su conversación diaria telefónica. Sacó su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón y tomó asiento en el gran centro dónde se disponían dos figuras de elefantes rodeadas de piedra que simulaban asientos para los visitantes. Escribió un corto mensaje y lo envió a su madre esperando ella agarrara el teléfono y lo leyera. Descartó la idea y marcó directo al teléfono fijo de su casa, cuatro timbres y escuchó a su madre soltar algún reclamo: "Por lo menos ya que estás fuera, busca una cita y lleva a casa una mujer". Erwin durante algún tiempo pensó en que la insistencia de su madre respecto a una esposa radicaba en que ella pensara erróneamente sobre su orientación sexual, se rascó el puente de su nariz ante la incomodidad que le generó dicha situación, lo siguiente era que su madre quisiera que él dejara el nido; al final logró descartar ambas, su madre lo único que deseaba era tener nietos: abundantes y tiernos nietos. ¿Y él qué quería? ¿Acaso su madre no se preguntaba aquello?.
Con el teléfono cerca al oído aún, un detalle interesante le llamaba a mirar de nuevo hacia las vitrinas de los elefantes; le calculaba un metro setenta de estatura, vestía una chaqueta cruzada en color caqui pálido y pantalones negros ajustados. Pero eso no era lo interesante por lo cual se detuvo a mirarla: desde la perspectiva de lado, Erwin tenía la ventaja de poder ver su rostro, evidentemente no sólo estaba mirando los elefantes al ras, sus ojos entornados parecían divagar en puntos exactos y ella escribía en una libreta que tenía a mano, volvía la mirada al frente y seguía anotando casi como si lo que estuviera haciendo sería estudiando en base a la observación, propiamente especificado a una observación de corte científico.
—Mamá, tengo que colgar. Te llamaré luego—. Guardó el teléfono en su bolsillo y dedicó apenas unos minutos para observarla un poco más; ajustándose los lentes de armazón fina la vio marcharse de la sala, aun cuando él deseaba solo poder contemplarla encerrada en lo que parecían cavilaciones. Erwin se rascó la ceja y se marchó a casa despidiéndose, solo él, de una mujer que rayaba a vista sencilla pero profunda como interesante.
...
—¿Profesor Smith? — Erwin movió sus cejas para darle a entender que lo estaba escuchando. — ¿No le molesta si me quedo aquí un poco más de tiempo? Hoy me vienen a recoger un poco más tarde.
—No me molesta, puedes quedarte cuánto quieras—. Dijo sin desprender la vista de las lecciones que estaba calificando. — Dame unos minutos para terminar con todo esto y si quieres podemos seguir practicando en declamación.
—¿Puedo tomar uno de sus libros? —. Obtuvo del hombre una sonrisa ligera y prosiguió a examinar los lomos de los libros tanteándolos con la punta del índice en busca de un título que lo hallase quizá conocido o que a sus intereses le llame a leer.
«"Compendio histórico de los Estados Unidos: un recorrido por sus documentos fundamentales"… Daniel J. Boorstin. Mmm, se escucha complejo. "Los orígenes ideológicos de la revolución norteamericana" escrito por Bernard Bailyn, mm». Recitaba en su mente mientras proseguía leyendo los lomos.
—Puedes escoger uno y llevártelo contigo así podrás leerlo con calma—. Erwin soltó el bolígrafo rojo y arregló en un solo tajo las lecciones, dando unos golpecitos para que quedasen bien acomodadas.
—Me llevo éste: "Historia de Estados Unidos" de Aurora Bosch—. Aún no despegaba la vista de la portada del libro que extrajo del cumulo dónde estaba, se distrajo leyendo la página del índice.
—Buena elección. Cuando termines un capítulo, quizá podríamos conversar de dudas o de tu impresión—. Le dijo Erwin guardando las lecciones en un sobre grande. Volviéndose a Dave, preguntó—: ¿Quién viene por ti?
—El señor Sebastián—. Erwin abrió un poco los ojos, como interrogativo. — Él trabaja como mayordomo en mi casa. Siempre viste de traje y es muy bueno conmigo, al igual que mi nana, aunque ella a veces es un poco estricta pero yo la quiero.
—¿Y tu mamá? —. Juntó las manos en un puño encima del escritorio, dispuesto a escuchar al muchacho frente suyo.
—Pues… mamá llega antes de que anochezca de su trabajo y juega conmigo. Mamá es así, le gusta jugar conmigo a las escondidas y como mi casa es grande a veces ella gana porque sabe buscar sitios muy pequeños para esconderse.
—Me sorprende que todavía jueguen a ese tipo de juegos.
—Sí, le he dicho a mi mamá que ya estoy grande para esos juegos pero ella siempre termina convenciendo—. Alzó sus hombros en un acto de mostrar resignación y esbozó una ligera risilla para luego sostener de nuevo el libro contra su pecho y se levantó.
—Pues, ¿tienes una mamá joven?
—Ella tiene… hmm… cuarenta y uno. Pero yo siempre creo que tiene menos años porque no es amargada como mi padre—. Frente al escritorio Erwin estalló en risa ante semejante ocurrencia y comparación, ensanchó la boca de nuevo ante el gesto fingido de ceño fruncido que el muchacho muy seguramente imitaba al padre.
—Creo que tu padre y mi madre van por esa línea, es decir, ella es muy seria y cuando era pequeño creía también que era amargada y creo que sí lo es—. Se sacó los lentes y los dejó cerca de su mano. — Mi padre era su opuesto: muy calmo y le gustaba leerme cuentos por las noches.
—¿Era?
—Era—. Repitió para afirmar. — Murió cuando yo era más pequeño que tú—. Al breve instante percibió desconcierto y un poco de incomodidad en Dave a lo que Erwin palmeó las manos en el aire y se levantó para agarrar un libro de poesía del escritorio de la profesora Tybur. — La muerte es algo muy natural y hasta silvestre ahora lo entiendo así, yo sabía que iba a morir puesto que estaba muy enfermo—. Buscó al azar un poema del libro Leaves of grass y volvió su mirada comprensiva al muchacho, empezó a declamar el poema de una manera que solo Erwin podía realizar buscando con ello armonizar la ligera incomodidad de su espectador. — Vamos, es tu turno: inténtalo, solo inténtalo imitándome.
—Lo haré—. Asintió tomando el libro abierto y parándose con los nervios roerle las manos haciendo temblase el libro tenuemente. ¿Y es que cómo podría imitar al profesor Smith ante tan inexplicable manera de recitar, moverse e incautar al espectador con palabras al viento? Alzó la mirada cohibida, bajando un poco el libro para solo toparse con la expresión tranquila y agraciada de Smith: insospechado de su entusiasmo, y que solo lo hacía retractarse del reto.
En un bien aventurado camino hacia la formación sólida de una relación entre maestro y alumno: en dónde el conocimiento personal con característica bidireccional sumado al aprendizaje como catalizador; se ensalzaban hacia la compañía, hacia la necesidad de habla que tenía Dave y la necesidad de escucha de Erwin. Una relación que empezaba a rayar una amistad… y Erwin escuchaba y Dave hablaba y hablaba y Erwin preguntaba y Dave respondía en ese mismo círculo de los viernes cuando el señor Sebastián demoraba en recoger a Dave del Instituto y éste se pasaba en la sala de maestros acompañando a Erwin: a veces hablando y a veces silencioso, porque el maestro tenía también sus ocupaciones pendientes.
Con el transcurrir de los meses, a las profesoras Tybur y Rheinberger, la continua presencia del alumno ya no resultaba de extrañarse para ambas: viéndolo solo entrar y conversar con Smith y que a ellas también las saludaba cuando llegaba.
Una tarde, cuando Erwin regresó a su escritorio después de una junta de maestros, encontró una caja de cartón blanco que tenía una nota: "Estos son dulces que mi hermana ha traído desde Francia, ella trajo muchos así que pensé que podría compartir unos con usted". Muy probablemente el muchacho ya se hubiera retirado del Instituto, por lo cual Erwin solo se dedicó a comer los dulces y preparar la planificación de clases de la siguiente semana tener siquiera un poco de noción de lo que ocurría a esa hora en un pasillo casi inhabitado en razón de que la mayoría de alumnos ya debieran estar en camino a sus casas.
—¿Acaso te estás escondiendo Rivaille? ¡¿Eh?! —. Habló entre dientes, parcialmente molesto pero que la risa sorna se mantenía prevaleciendo en aquel muchacho mayor a Dave a quien tenía sujeto por el cuello de su camiseta y elevado un poco del suelo, arrimándolo contra la pared — Parece que ahora andas escondiéndote detrás de los profesores ¡Que gallina! —. Dos alumnos más cómplices del amedrentador imitaron el cacarear de las gallinas acompañando a risas burlonas e estrepitosas.
—N- no me- me estoy escondiendo… — Tembloroso habló Dave tratando de tapar su rostro con sus manos, hace menos de un minuto que había dejado de forcejear con su agresor ante su inminente desventaja física por ser el otro un deportista de fuerza y resistencia.
—Rivaille eres una gallina completa —. Murmuró bajo mientras zarandeaba al menor aún suspendido contra la pared. — Mírate… gallina, asustado y tiemblas jajaja ¿Qué se puede esperar de ti? ¡Oh! ¡Mi tarea! Rivaille… tengo que entregar matemáticas el jueves—. Soltó bruscamente el cuello de la camiseta de Dave, dejándolo caer para extenderle el libro que uno de sus amigos le dio.
—Usa tu cerebro para algo bueno Rivaille, sabemos que será muy sencillo, para ti todos esos ejercicios son aburridos. ¿No? — Se oyó decir a otro de los muchachos.
—Cállate idiota, el que da aquí las órdenes soy yo—. Le propinó un sopetón en la cara a su compañero y luego reparó de nuevo en Dave. — El miércoles te volveré a buscar y me entregarás mi tarea—. Se acercó al oído de Dave y habló bien bajo —: Pero ya sabes cómo debes estar; en silencio… sh, sí así en silencio.
…
Se habituó a frecuentar el museo los viernes justo antes del caer de las cinco de la tarde y esperaba pacientemente para avizorar en algún piso la presencia innata de la mujer de cabellos castaños, incluso había trazado sus sitios favoritos en el edificio. Erwin pensaba que estaría al borde de parecer un seguidor ante su diligencia persecutoria; llevaba un par de semanas ya observándola desde su posición recóndita.
Memorizó los sitios que frecuentaba además del museo por las tardes de los viernes; aleatoriamente asistía a New York Public Library y se internaba en los pasillos de ciencia. Él también acudía a su literatura de interés y se sentaba algunas mesas detrás de donde aquella mujer elegía para leer; un par de ocasiones la divisó a ella observando los mapas geográficos antiguos, quizá no eran de Estados Unidos porque las personas acudían por conocer otros países.
Luego, la mujer de quien desconocía su nombre, gustaba de tomar un cappuccino en alguna cafetería cercana: lo compraba y seguía caminando con el vaso en la mano hasta el parqueadero en dónde estacionaba su auto, sabía que era aquel Nissan modelo Versa del 2009 en color azul marino, todo y todo.
Se detuvo de su andar cuando vio el vehículo mezclarse con los demás en la gran avenida y sopesó lo siguiente: ¿Por qué la había seguido hasta el punto de saber su rutina? Porque si lo pensaba fríamente y sin los aires ilusorios estaba de más siendo un tipo extraño, de aquellos que rayan de peligroso como persecutores respecto a su víctima y memorizando todos sus pasos para atacar en el momento de mayor fragilidad.
Agitó la cabeza para alejar las imágenes de algunos asesinos seriales de los que conoció por noticias antiguas y demás medios. Se pasó la mano por el rostro y regresó en sus pasos hacia la parada para tomar el bus hacia su domicilio, allá donde la espera es vacía.
El fin del año escolar llegó y aquel día que se despidió de Dave le obsequió unos dulces y una postal de Topeka su ciudad de origen (lugar del cual le había hablado bastante durante los viernes, omitiendo un poco a su madre), su última conversación con él antes de las vacaciones le había comentado de una mascota, un mapache precisamente: "No es un animal doméstico" le dijo como respuesta: "Lo sé profesor Smith, mi padre tampoco lo quiere pero mamá dijo que ella se haría cargo de las vacunas y todo eso. Pero estaba abandonado, no quiero dejarlo". Tan sensible como eso fue y logró con su pequeño discurso revolver la humanidad de Erwin.
—Te puede morder—. Le había dicho como frase final, extendiéndole la mano en el aire para finalizar su despido.
Un año curioso, un niño extraordinario.
Aunque los alumnos hubieran finalizado sus clases, los docentes aún acudían durante un breve tiempo antes de salir también de vacaciones. De la mente se le había esfumado la idea de seguir –persiguiendo– a la mujer. A veces se preguntaba si acaso ella no lo habría notado, en el mejor de los escenarios ella viviría distraída en sus apuntes y no prestaría demasiada atención a los alrededores.
Eso, sí eso fuese lo mejor.
Declinando de todos los espacios que estaba acostumbrado a frecuentar en busca de aquella mujer, simplemente compró unos pretzel y se depuso a caminar buscando alguna distracción en la calle. Masticó uno de aquellos y se paró a raya frente a un mercado de pulgas al divisar de nuevo aquella vistosa mujer agarrar una bufanda en exhibición y pagarla.
—Esta vez yo no la he buscado—. Murmuró para sí mismo, ante tal coincidente. Se frotó la barbilla y prosiguió su camino alejándose del mercado de pulgas.
…
Los toques en la puerta lo distrajeron un poco, había anticipado la inasistencia de un padre de familia pero no supondría que sería justamente aquella madre o en caso sea el padre de su ahora alumno Rivaille durante el nuevo año escolar. Erwin debía admitir que se encontraba deseoso de conocer a una de esas dos personas de las cuales el muchacho le había contado, tanto como para bien o mal.
El chirrido de la puerta abriéndose lo hizo voltear la mirada al frente, impactado pero sereno Erwin caminó en dirección de la mujer que se encontraba apenada muy seguramente por su atraso pero él no diría más nada ante de nuevo hecho tan coincidente: que a su clase acuda aquella mujer, la cual había admitido seguir y espiar meses atrás.
—Buenos días— le dijo, tendiéndole su mano que ella tomó para estrecharla, el contacto fue tibio por la palma de él. — Erwin Smith para servirle.
—Soy Hanji— habló — Hanji Rivaille, por favor disculpe mi tardía presencia.
—¿Rivaille? —. Por un momento había concebido que ella no fuera la madre de Dave, que simplemente podría ser una maestra nueva perdida como en cualquier primer día de todo trabajo, pero sus cortas ilusiones se vieron truncadas al instante. «Es casada», pensó y enseguida llevó sus pupilas a los dedos de ella buscando un aro matrimonial que no encontró.
—¡Sí! Mi hijo es Dave Rivaille.
—¡Oh! Vaya… es usted la madre de Dave. Es un gusto enorme conocerla, él me ha hablado de usted. Pero venga tome asiento, hay muchos temas que discutir entre todos.
Aquel encuentro había terminado con una amena conversación integrando a Dave. Erwin aprovechó el monumento para sucumbir a Hanji con preguntas superfluas acerca de su carrera y trabajo a lo que él se mostró impresionado, en realidad estaba muy interesado limitando hacia el entusiasmo, aunque casi muchas cosas él desconocía de lo que respecta a la arqueología.
Si bien durante la conversación informal siempre estuvo tentando a querer preguntarle sobre su aro matrimonial, ya que, como se había presentado era más que claro que estaba casada con el señor Rivaille, a lo que le picó de nuevo la curiosidad por saber su apellido de soltera. ¿Cuál sería? Se preguntaba Erwin, viendo cómo Dave y aquella dulce dama con color de pretzel se alejaban hacia el comedor. A partir de aquel encuentro normal, Hanji había acudido un par de veces por diferentes razones y en lo que igual habían mantenido ellos una ligera conversación.
En otro orden de asuntos, Erwin no notaba ningún cambio en Dave respecto a su comportamiento, quería pensar que sus amedrentadores compañeros se habían quedado como un fragmento del pasado, si era como lo pensaba entonces podía respirar con solvencia. Sin embargo, en ocasiones concluía en que su participación figuraba como la de un cómplice, creía que debió actuar de otra manera como reportando lo sucedido a las autoridades del Instituto u otra acción que garantice sanciones, pero no, se dejó manipular dulcemente por un niño al cual estimaba y que sin ser demasiado perceptible para otros; empezaba a desarrollar filiación.
Todo a ojos ciegos de su madre.
Y había dejado, de nuevo, morir el asunto de Hanji Rivaille por razones objetivas como el hecho de que era la madre de su alumno preferido.
Coincidentemente
Pero cada vez que Dave hablaba con él de su madre, cada vez que él la volvía a ver rondando el Instituto (porque en ese pequeño transcurso del año escolar había asistido varias veces), cada vez que escuchaba su voz en la librería a algunos pasos alejados-aparentemente sin que ella lo notara- y en el museo: se veía encandilado hacia ella, como atraído hacia una mujer prohibida y que no mostraba ninguna señal de interés en él. Entonces ¿por qué? ¿Por qué se sentía tan deseoso de ella? Le gustaba, innegable.
Si acaso ella le diera una pequeña pauta de avance, él actuaría; sin importar el hecho del estado civil de ella. ¡Ah! ¿Qué pasaba con su alumno? No podría hacer eso, así como si fuese tan natural.
Intentar seducir a aquella mujer se había vuelto un pensamiento circular en Erwin: de día contemplaba a sus clases como distractor, pero Dave también cada vez estaba más cercano a él contándole muchas cosas: por ejemplo todo lo ocurrido cuando faltó algunos días a clases por enfermedad, convirtiéndolo de esa manera en un confidente del cual se sentía Erwin muy halagado.
Por las noches llegaba la imaginación perversa de la señora Rivaille a sus sueños, a crispar sus deseos pulsantes primitivos. Su inteligencia lo había seducido y ella muy probablemente no era consciente de ello, y su belleza no era más que un artilugio extra en ese conglomerado de cualidades resultantes en aquella mujer de cabellos castaños, y una nariz peculiar que la hacía resaltar junto con la de él.
Y Erwin pensaba que Dave no tenía casi esos detalles, (sus características fenotípicas) seguro eran todos heredados del padre y en su imaginación se postró un hombre alto, cabellos negruzcos como el mar por las noches y de ojos azules como el mar por el día en altamar.
Sudoroso, espabiló en su cama y sacudió la cabeza alejando de su imaginación aquel retrato del hombre fornido que su mente inventaba como el padre de Dave: quizás alguien dispuesto a sacarle la cabeza. Por supuesto que exageraba. Pero para nada era correcto lo que pensaba respecto a aquella mujer.
Casi olvidando la esfinge de sus pensamientos deliberados sobre lo que es el hacer correcto: Erwin ya deambulaba nuevamente las calles colindantes a la biblioteca, husmeando con parsimonia plasmada en sus ojos, a lo lejos y desde una cafetería en donde estaba sentado cerca a la vitrina. Fuera las personas seguían su vida como de costumbre.
«¿Qué tan malo es querer mantener una conversación nada formal con un padre de familia fuera de la escuela?» se preguntó Erwin a la vez que se limpiaba los labios de las huellas del café que se le había derramado por la impresión que le causó el divisar a la señora Rivaille entrando a la cafetería.
Tal como el día que entró a su aula de clases, justo así.
—Para llevar… sí señorita.
¡Ah! No se quedaría en la cafetería por lo tanto era la hora exacta de actuar. Escondiéndose, usó un spray bucal para darle a su boca un toque a menta y giró su torso hacia la caja dónde la mujer esperaba atenta el pedido: llevaba puesta aquella bufanda que sabía compró en el mercado de pulgas y ¡qué bien que la lucía! dejó salir un poco de su vaho con la intención de captar su aroma de menta. Decidido se levantó, se alisó la camisa justo en el abdomen y salió de aquella esquina que lo mantenía en secreto.
—¡Vaya que coincidencia! —, sonó sorprendido. Hanji agitó los hombros y volteó a mirarlo— No pensé que frecuentara esta cafetería.
—¿Por qué no? ¡Digo! ¿Acaso a usted le parece extraño? —. Preguntó, sus líneas estuvieron cargadas de humor. Sostuvo la mano de Erwin estrechándola con la suya.
—Bueno, considerando su posición económica pensé que frecuentaría otros lugares. No me malinterprete.
—Hm… ¡Bien! No lo haré. ¿Está usted solo profesor Smith? —. Preguntó, dio un sorbo a su café y se retiró un poco del lugar de despacho.
—Solo llámeme Erwin, le será más sencillo. Pues, se puede decir que sí; estoy solo y eso es porque me gusta dedicar tiempo para mí.
—Suena interesante—. Alzó el índice. — Y por otro lado, estoy muy habituada a lo de ¨Profesor Smith* porque mi hijo siempre se refiere así de usted.
De manera sigilosa había logrado que la señora Rivaille no se retirara de la cafetería, más bien, la invitó a seguir dialogando en una escaramuza sobre los nombres ya que Hanji también interpuso el no ser llamada señora con su nombre de pila sería más que suficiente.
—Entonces Dave habla de mí con usted—. Retiró el periódico de la mesa para que ella pueda colocar su vaso de café.
—Sí. Siempre que lo hace está muy entusiasmado y la verdad me sorprende: los maestros exigentes como usted por lo general son temidos—. Erwin esbozó una risa. — Dígame: ¿Cómo va mi hijo en las clases?
—Es un buen alumno, me he fijado que practica la lectura muy a menudo. Me dice que usted tiene muchos libros y siempre los está revisando. Aunque destaca en la redacción, cuando tiene que hablar en frente de sus compañeros suele retraerse y pienso que es un punto que podría luego mejorar.
—¡Ah! ¿Es usted quien le está enseñando a declamar?
—Ajá.
—Eso es bueno, realmente bueno. Mi chiquitín siempre ha sido muy tímido y yo soy muy brusca para enseñarle a hablar en público, en realidad él no quiere que yo lo haga porque dice: "Mamá ¡no! Todavía no puedo" creo que se refiere a que yo soy muy rápida en querer obtener resultados—. Dejó las palmas de sus manos en el aire agitándolas.
—La paciencia es una virtud—. Recitó Erwin más para sí mismo. Entrecerró sus ojos, buscando el aro matrimonial de Hanji: no lo tenía. Sospechoso. —Puede contar conmigo, haré que Dave aprenda a hacerlo, poco a poco, por supuesto.
…
Sin inmiscuirse en sus clases de Educación Física con Shadis, lo contemplaba ante la posibilidad de usarlo como su Caballo de Troya en el camino peligroso que se había trazado: conquistar a la señora Rivaille era, por lo momento, su mayor fantasía. ¿Qué tenía de excitante e inquietante? Todo, absolutamente. Y para ello, su estrategia pendía al éxito total… contemplando un margen de error mínimo. Pero primero debía determinar si en realidad lo utilizaría a Dave para acercarse aún más la madre de él.
«¿Lo vale?» se preguntó «Hasta ahora Dave parece ser distante con su padre». Como sea, al final decidió que directamente no lo usaría porque de por sí podría acercarse a ella dando pasos serenos pero firmes.
Sudoroso y rojo en los cachetes, Dave se acercó hasta el comedor después de la clase buscando agua embotellada porque su termo se le había vaciado horas antes. Erwin le alzó la mano desde la mesa dónde estaba sentado, sabía que él iría hasta donde estaba sentado, así lo hizo.
—Profesor Smith —. Estiró los labios delgados y rosáceos, destapó la botella de agua y la bebió.
—Bebe despacio—. Aconsejó Erwin, tendiéndole una servilleta para que el muchacho se seque las gotas de sudor que tenía en la punta de la nariz.
—El sábado—. Solo dijo agitado, su maestro levantó una ceja. — Mamá me va a llevar a Luna Park, pero… mi prima dijo que ella no podría ir conmigo y mi mamá ya tiene los boletos.
—Qué pesar.
—Sí, pero no quiero que se pierda el boleto así que le insistí a mamá si puede ir usted… ¿Puede ir usted? —. Preguntó, aguardando con prisa en sus ojitos inocentes una respuesta. Movía la pierna ligeramente.
—Por supuesto, ¿claro si no hay ningún problema con eso? — la oportunidad de oro que le llegó casi sin pedir y que por tanto no desperdiciaría. Se relamió los labios ante la resequedad de los mismos y volvió a hablar ante la emoción del chico frente—: ¿A qué hora?
Pero, ¿Quién podría presumir algo...
…acerca de sus intenciones?.
Solo esperaba que Dave no fuese de aquellos niños que se comportan recelosos o por lo menos que a él no lo tome como un peligro.
No, no lo había tomado como un peligro. Erwin lo confirmó cuando Dave los dejó a ambos solos por salir encaminado a comprar un algodón de azúcar y la charla surgió: «¿No será extraño que yo esté aquí con ustedes?» «!No Hombre! Caramba ¿Qué tiene de extraño? Mi hijo insistió en invitarlo, creo que le está agarrando cariño», «¿Usted cree?» «Es muy obvio. Él no suele hacerme peticiones así». Y Erwin meneó la cabeza hacia Dave en el puesto de dulces, sonrió para sí mismo y volvió a Hanji: «Tiene un hijo excepcional… no solo es un buen alumno» «¿Si no?» se acomodó los lentes. «Es gentil y cariñoso, tal como el hijo que yo desearía tener». No mentía. Esbozó su mejor sonrisa para ella, quien como abstraída se le quedó quieta mirándolo.
Aquella tarde de sábado, después de salir de Luna Park, Erwin se retiró a su domicilio. No tenía idea aún de cómo llegaría a salir de nuevo con Hanji sin Dave presente. En verdad, sí lo sabía. Necesitaba saber un poco acerca del estado de su matrimonio como punto vital en medio de su plan de conquista.
Usando la información recopilada que tenía de Hanji, (mucho antes de que supiera su nombre) el viernes siguiente de nuevo se encontraba en la cafetería cerca al museo. Ella no apareció por allí y él volvió el siguiente viernes encontrándose con aquella mujer que al parecer ya tenía un rato ahí esperando un café, pero ¡oh detalle! Le entregaron la charola con algún aperitivo y cuando volteó en busca de una mesa casi derriba su charola ante la sorpresa que le causó el que Erwin le arrebatara la misma para encargarse de llevársela a una mesa.
—¡Me ha dado usted un buen susto! —. Exclamó Hanji, dejando la mochila suya en la silla y sentándose también.
—Mi error.
—Sí. Como sea. Por lo menos no lo derramé. Dígame: ¿Usted viene aquí a menudo? —. Sorbió café y se embulló el panecillo, los mofletes se le inflaron.
—A veces. ¿Y usted? —. Se estaba cuidando de ocultar su palpitante entusiasmo de verla, por lo que escondió las manos debajo de la mesa.
—También a veces. Bueno, en realidad sí que frecuento mucho por aquí. Claro, sería cuando voy a la biblioteca. Me gusta mucho los viernes dedicar tiempo para mí creo que eso usted lo comparte conmigo también, me refiero al pensamiento.
—Sí que lo es.
—No me gusta llegar a casa temprano cuando estoy muy estresada porque mi hijo siempre me espera y tengo la impresión de que podría descargarme con él. Así que… —rodó los ojos hacia su mochila y estiró la mano para sacar un libro del que pendían hojas con apuntes. — Hago esto, me gusta andar sola mientras termino algo de hacer del trabajo.
—Creo que su trabajo es fascinante.
—Puede ser, lo es. Oiga, ¿Acaso usted solo va a escucharme hablar? ¿No va a comer algo?
—¿Quiere que la escuche? —. Preguntó y Hanji frente suyo frunció el entrecejo. Erwin quiso retraerse, quizás era uno de esos días en los que ella estaba muy estresada. —Pediré algo de comer—. Se apresuró a levantarse de la mesa en dirección a la caja.
Lo que siguió a todo le fue una conversación muy fluida por parte de Hanji, en realidad casi no dejaba hablar a Erwin en lo que éste no se molestó puesto que creía que era lo que necesitaba para sus planes. Una mujer enervada frente suyo respecto a cuestiones de malentendidos con algún compañero del trabajo pero solo bastó una pregunta eficaz de Erwin para hacerla, hablar de nuevo sin parar, acerca de sus exploraciones en Machu Picchu (una vieja anécdota contada por Hanji a Dave y que éste, a su vez, le contó a Erwin).
—… me enfermé por la picadura de un insecto. ¡Insólito! Pero la foto con las alpacas valieron todo la fiebre que experimenté—. Para cuando finalizó de contar su anécdota, sacó de su billetera aquella foto con la alpaca y la alzó a la vista de Erwin quien tomó con dos dedos la fotografía.
—Es un animal muy bello—. Comentó respecto a la alpaca. Supondría que Hanji tendría alrededor de veinticinco años en esa foto.
—Es muy tarde ya. ¿Por qué no me ha parado usted? Yo hablo demasiado—. Dijo y guardó de nuevo la foto en su billetera junto con una foto de Dave.
—Todo lo que me contó fue interesante, me daba lástima decirle: "es muy noche" —. Se levantó al igual que Hanji y salieron de la cafetería.
—Le he mandado un mensaje a mi hijo, seguro está preocupado. No suelo llegar tarde a casa.
—Disculpe usted.
—Oh, bueno… está bien. No creí que en realidad me escucharía hablar tanto. Mi esposo por lo general se cansa y me dice: "resúmelo" y yo lo resumo pero él me sigue diciendo que lo resuma que al final no me escucha bien.
Bingo
—¿Es muy poco paciente? Su esposo—. En realidad quería preguntar por su anillo.
—Mm— se posó el índice encima de los labios. — Creo que él se impacienta porque tiene que seguir con la cabeza en sus negocios y todo eso, algo muy aburrido, hasta él mismo lo cree—. Se echó a reír.
—Todos necesitamos ser escuchados—. Comentó Erwin como si hablase solo para él, pensando también en todas sus conversaciones con Dave. La acompañó hasta el estacionamiento cercano, donde ella le había dicho que se encontraba su auto. Pero ese era un dato que Erwin ya se conocía pero trataba de fingir que no.
Con el pasar de las semanas el misterio del anillo se había resuelto tal cual rápido y certero, Hanji acudió al Instituto para hablar con Shadis… ya eran conocidos, eso sabía Erwin. Cuando ella ya se iba a retirar él la interceptó y fue cuando divisó su brillosa joya en su anular izquierdo y a Erwin la bilis le llegó al paladar. «Mi esposo acostumbra a enviar nuestros anillos a la joyería que los confeccionó para darle un 'mantenimiento' porque según él estaban perdiendo brillo».
Solo era un anillo, nada más eso. ¿Qué podría ser más importante? ¿Era una seña de que su matrimonio estaba perfecto? Sabía que el hombre en casa casi no estaba y que a ella le tenía poca paciencia de escucharla.
Solo restaba seguir hurgando, despacio.
…
Fue aplicando sus demás pasos hacia Hanji, "por pura coincidencia" la había encontrado en el museo y se le había acercado y ella no le huía o algo parecido, así que siguió adelante. Su esposo estaba fuera por unos meses, regularmente fuera del país allá en Europa donde en España tenía varias sociedades, cuando estaba en Nueva York era por poco tiempo… un aspecto que ya había previsto por lengua de Dave y que suponía: el matrimonio estaba un poco frío, lo notaba por el silencio, las pausas, el fruncimiento de los labios de Hanji cuando hablaba de él, denotaba la desazón que ella sentía aunque evidentemente no lo decía.
Porque a pesar de todo debía resaltar que ella mantenía a raya temas más íntimos, por supuesto que no se lo diría de buenas a primeras.
Erwin se fue ganando su confianza con cada "encuentro" con cada diálogo, mostrándose interesado a todo lo que ella quisiera contarle y Hanji le decía que era bueno conocer a una nueva persona con la cual hablar de en vez en cuando demostrando así que le tenía confianza.
Una noche, cuando salieron de la cafetería Erwin la invitó a caminar un poco más apreciando la belleza nocturna de la ciudad. De improvisto, ella le comenzó a preguntar sobre él. Oh, como si fuese natural que su convivencia solo se tratase de hablar sobre ella.
—¿Qué le parece si el sábado salimos a por una bebida? —. Preguntó Erwin, mientras ella cerraba la puerta de su auto y bajó el vidrio de la ventana para responderle:
—¿Se refiere a alcohol? — Erwin asintió.— Casi no bebo ya.
—Bueno, entonces puede ser lo que usted quiera. Una salida de amigos.
—Está bien—. Apenas le respondió y subió el vidrio para despedirse de él.
Mientras conducía a su casa, Hanji sopesaba la idea fríamente:
Salir un sábado por la noche,
Con el maestro de su hijo,
Solo ellos dos.
Su corazón dio un vuelco nerviosa y pellizcó el forro del volante. ¿Hace cuánto tiempo que no salía con Levi en una especie de cita? Ya no lo recordaba muy bien, en realidad no eran citas. Levi no era tan dedicado al romance como no lo era ella tampoco. ¿Por qué se quejaba entonces? Y ¿A qué venían sus pensamientos referidos a su esposo, si solo era una salida de amigos? Tal como con Mike, pero cuando salía con él también iba Nanaba así que no había nada que resultase extraño.
Ya había aceptado y Hanji Rivaille quería salir.
No tenía nada de malo… ¿O sí?
El sábado por la noche Hanji salió de su casa diciendo que iría con un par de amigas de la Universidad a cenar. Se estacionó frente a la cafetería en la que algunas veces había disfrutado una conversación con el profesor Smith, y dónde habían hecho el acuerdo de encontrarse. Erwin cruzó la calle y rodeó el auto, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
—¿Ha esperado mucho? —. Preguntó Hanji un poco nerviosa, exhaló aire y se llevó el licuado de fresas a los labios.
—No mucho en realidad, no se preocupe—. Fue su respuesta, tranquilo y complacido se encontraba disfrutando de la compañía de aquella noche.
—Me dirá usted dónde vamos—. Intentaba mantener la boca estirada para que él no notara su reticente nerviosismo. Aceleró, solo conducía usando una mano mientras que en la otra pendía el vaso del licuado y cuando apenas hubieron recorrido unas calles el nerviosismo le acrecentó.
—¿Qué le parece si vamos más hacia el sur…? —. Quedó inconclusa su pregunta por su sobresalto al sentir el licuado derramado en su pantalón de blanco armiño.
A su lado, Hanji se escandalizó y se aparcó lo más rápido posible mientras él trataba de usar el vaso para recoger lo que se podía del hielo. Pero que gran mancha tenía en su pantalón, era una gran lástima cuando lo estrenaba apenas esa noche.
— ¡Lo siento muchísimo! Se me ha volteado el vaso—. Hanji trataba de usar sus manos para limpiarlo pero Erwin se lo impidió tomándola por las muñecas.
—Sería imposible sacarle la mancha solo con servilletas. Creo que lo mejor que debería hacer es cambiarme—. Relajó su expresión facial, conteniendo las ganas de reír ante el rostro apenado de Hanji lo cual lo condujo a experimentar ternura hacia ella.
—Que queda… dígame dónde vive—. Resopló cansada y volvió la mirada al frente y empuñó las manos en el volante dispuesta a recorrer lo más rápido posible hasta la casa del hombre una vez le recitó la dirección: «Upper West Side».
Cuando llegaron Hanji decidió permanecer en el auto, mientras Erwin se cambiaba el pantalón pero el solo hecho de ver la calle muy solitaria le hizo querer entrar junto a él, no es que tuviera miedo, desconfiaba y había visto demasiadas películas dónde las personas eran secuestradas en alguna calle desolada. No lo pensó más cuando Erwin, muy caballeroso, la invitó a pesar un rato aludiendo se encontraría más tranquila que en la calle.
—Mi morada es humilde, póngase cómoda—. La mujer frente suyo le hizo un ademán despreocupado con la mano y se sentó en el sofá esquinero. — No demorare—. Cuando estuvo encerrado en su habitación la perfidia asomó a sus pensamientos y la sangre hervía bajo su piel ante su imaginación por las circunstancias.
Se había lavado de nuevo el cuerpo cuidando de no mojar su cabello puesto que sería molesto peinarlo de nuevo, se encargó de reajustar su fragancia para el cuerpo y el perfume en gotas que solía echarse en las solapas de la camisa. Erwin se mordió el labio ante la contemplación de la… posibilidad… solo aquello lo hacía salivar de más.
Terminó de abotonarse la camisa y se colocó el cinturón. «Solo si… y solo si», repasaba mentalmente Erwin mientras se acerca a la sala y escuchaba los golpeteos de su corazón agilitando la circulación de sangre en todo su organismo.
¿Por qué estaba tan fijado hacia una mujer prohibida? ¿Qué buscaba? ¿Si el sexo pareciese mayor asequible de lo que es el amor?
No tenía tiempo para responder sus propias preguntas.
—Creí que vivía usted con su madre—. Comentó Hanji, dándose la vuelta como sorprendida de que la pillase husmeando los artilugios de la sala, algunos tapetes encerrados en vidrio que colgaban en las paredes: pinturas egipcias (jeroglíficos y dioses) y otros del coliseo Romano que parecían ser muy antiguos.
—No, ella aún no quiere venir a vivir a esta ciudad. Por el momento vivo solo y me encargo de terminar las adecuaciones de esta casa—. Dijo, y se alejó unos pasos para dirigir su atención a un cuadro que colgaba en la pared detrás de él—: Como ve hay muchas cosas aquí entre pinturas y artículos de otros países, aunque son solo baratijas fueron hechos en dichos países por artesanos a los turistas por lo que los convierte en verdaderos tesoros… por lo menos para mí lo son.
—No se equivoca—. Hanji apretó la mano frente a su rostro, evidentemente estaba emocionada y quería recorrer todas las cosas que Erwin tenía en su casa; esculturas en yeso de Zeus, reconocía a Apolo más allá. Había tapetes también, de lo que se apreciaba claramente una corrida taurina y Hanji se preguntaba de qué año sería el tapete… quizá si lo movía tuviera alguna inscripción por la parte posterior.
Una arqueóloga y un profesor de historia… podrían congeniar en los laberintos de la historia de las sociedades humanas.
Tan ensimismada… tan envuelta y tan distraída: la señora Rivaille no podría anticipar sus movimientos sigilosos en media de la noche, que si bien estaban iluminados por un foco encendido éste proporcionaba una tenue luz de complicidad para Erwin.
Le daba a él la espalda por revisar sobre la mesa el busto de Ra. Se lamió los labios, le cautivaba endiabladamente la camisa a cuadros azules que ella tenía puesta, aunque las mangas las remangaba hasta antes de los codos. La camisa la llevaba dentro del pantalón de tela negro dándole auge a remarcar su figura delgada y deliciosa que se manejaba a su edad, quizá la necesidad de explorar le estaba naciendo ardientemente.
Arrebatado y caliente dio empuje a sus deseos primitivos, caminó de sumo pausadamente cuidando cada pisada y observando a su cazaindefensa a merced suya como el tigre avizorando un jabalí en la lejanía del monte y atacó embistiéndose fuerte y duro contra ella –sintió como se sobresaltó– la encerró con el brazo izquierdo y usó su mano derecha para aprisionar la mano de ella que estaba sobre la mesa.
Acorralada y tensa se sentía Hanji, más al sentir un espacio turgente aplastarse contra sus glúteos. Los cachetes se le llenaron de sangre sintiendo de igual manera el cómo el calor la avasallaba allí mismo, sonrojada y temblorosa se removió tratando de evadir el contacto contra lo que ella creía fijamente era el miembro viril del hombre. Aunque casi poco podía hacer ante la grave presión que él estaba ejerciendo sobre su cuerpo puesto que era grande… muy grande, evidentemente en referencia a su altura y corpulencia.
Erwin dejó salir un suspiro cargado de deseo, involuntariamente empezaba a moverse contra ella ante las sensaciones que a sus sentidos atacaban; olfato, tacto… ¿Qué tal el gusto? Quería saberlo y para ello le propinó a Hanji un ligero lametón en el cuello a lo que ella pareció temblar.
—Suélteme—. Pidió ella casi con amargura en la voz y Erwin procuró pegarse aún más a ella y enterró la nariz en su cuello.
—No es como si yo lo hubiera planeado así, usted misma sabe que estamos aquí por el licuado en mi pantalón derramado—. Le dijo, muy ronco y bajo… como un murmullo, tan solamente. Y fue aflojando el agarre en Hanji despacio, cuando se hubo dado cuenta se revolvió y se giró hacia él.
—Creo que aquí ha terminado la salida, profesor Smith—. Amenazante con retirarse, Erwin la volvió a presionar contra él.
El silencio de la noche era tal que se escuchó claramente el rechistar del foco al momento de fundirse y dejar la estancia en penumbra, menos mal no había echado chispa.
—Es usted hermosísima Hanji—. Habló usando ese tono diferencial de seducción rugiendo desde el hondo de su garganta.
—Suélteme—. Volvió a repetir nerviosa.
Pero Erwin se adelantó a todo en un segundo; se abalanzó a recorrer su cuello con la lengua y su cuerpo con esas manos que parecían calientes y desaforadas buscando desprenderla de la ropa. Solo bastó acariciarla en la viva piel bajo la camisa para saber cuan receptiva se encontraba aquella mujer, con la yema del dedo iba acariciando la piel de su abdomen donde denotaba la piel erizada y gruñó ante tal respuesta satisfactoria para él.
La camisa de Hanji cayó al suelo al igual que el busto de Ra, y que Erwin no se molestó cuando escuchó el estrellarse de la pieza contra el suelo.
«Es usted hermosísima, no miento». No mentía.
La camisa de Erwin resbaló al suelo y se sacó rápidamente la dividi, las manos de Hanji se posaron ardientemente en sus pectorales.
«Usted me ha seducido, no se imagina el ¡cómo! supongo. Su inteligencia y sencillez me hacen querer tomarla ahora de esta forma».
Algunas líneas a Hanji se le iban olvidado al segundo, solo concentrada en lo que él hacía sobre su cuerpo. Durante unos segundos de conciencia cuando Erwin semidesnudo encendió una lámpara en la esquina cerca al sofá, pensó para sí misma que si el hombre le resultara nauseabundo entonces hace mucho ya lo habría alejado y golpeado. Su cuerpo no rechazaba al rubio y ella se sintió inquieta cuando él se volvió de nueva a ella.
Lo poco que habían hecho lo había disfrutado, no lo negaba.
—¿Qué tanto me mira? No tengo cuerpo de supermodelo—. Su tono fue de reproche ante sentirse observada entera y desnuda por Erwin. De un momento a otro comenzó a sentirse molesta y asechada ante lo que él mirase como si necesitase un elogio para poder seguir.
Después de todo, Hanji estaba habituada a un solo hombre y aquel hombre no hacía ningún comentario respecto a los cambios que su cuerpo sufrió durante los años, como natura y sin ir contra la línea del tiempo en el cuerpo de una mujer. Seguía siendo delgada pero no tenía los pechos pequeños y estilizados, ni el vientre plano que en su lugar tenía una que otra estría y sus piernas precisamente, no eran esbeltas.
Estaba demasiado acostumbrada a su esposo y que sea solo él quien la mirase que estar ante la mirada de un hombre innegablemente atractivo y más joven que ella; la hacía sudar ante su inseguridad.
¿Qué pensaba su esposo de su cuerpo? No lo sabía, supondría que él también estaba demasiado habituado a ella que jamás expresó alguna inconformidad.
Levi, el nombre de su esposo y al que estaba habituada hace un tiempo que no la atendía como es debido. Hanji pensaba que la edad a Levi le iba acentuando también en la intimidad, porque parecía que tenía ya menos que ofrecer en el sexo.
—Tiene un cuerpo de mujer real y a mí me agrada eso—. Dijo Erwin, quizás contemplando la alzada en brillo de la mirada de Hanji… podía intuirlo.
El hombre frente suyo iluminado apenas por la sombra de la luz de lámpara, avanzó y se plantó cerca de ella, espiándola con la mirada aún más acentuada en su cuerpo y ella tuvo que alzar de nuevo la cabeza para mirarlo, así de alto y apuesto.
Ya hace tiempo se dejó hacer de él, a sus besos calientes y húmedos, a sus caricias que le supieron a gloria y a todo aquello que parecía experimentar por primera vez. Parecía un renuevo de acciones, porque ella también le correspondía con una intensidad mayor. Ante cada beso que iba dejando sobre su cuello, suspiraba, ante cada mordedura, se agitaba y su cuerpo temblaba. Cada vez más abajo, y ella suspiraba nuevamente allí parada, solo sujeta con sus manos a la mesa de dónde había caído Ra.
Erwin se detuvo un instante en su vientre pensando en algo que no concordaba, allí vivía una cicatriz visiblemente y por el corte a juzgar era cesárea. Indudable. Pero, él recordaba haber leído la entrevista clínica de Dave en dónde se establecía que su nacimiento fue por parto natural. ¿Por qué la cicatriz? Temía preguntar y destapar algo que él no debía saber en ese momento o de lo contrario toda el aura de pasión que había logrado forjar, se esfumaría muy seguramente.
Y eso no deseaba.
Un gemido de placer arrojaron los labios de ella, y él aún más emocionado intensificó el movimiento de su lengua justo ahí abajo dónde todo era cálido y misterioso. La agarró fuertemente de las caderas para aferrarse con desespero a su tarea, una tarea encomendada por sus deseos espinosos de saciar su sed de lujuria y pasión. Estaba tomando a la mujer de otro pero esos pensamientos no lo acompañasen ahora, parecía no importar para Erwin. Al final y al cabo era solo cosa de dos y no había necesidad de inmiscuir al tercero, según él.
El silencio de la noche venía siendo cosa apetitosa si la ensalzaba con los soniditos provenientes de su boca contra la intimidad de ella, con los soniditos provenientes de la boca de ella… aquellos suspiros y gemidos involuntarios que hacía al rato y aunque no quisiera su cuerpo aceptaba toda aquella situación.
Ella no tuvo deseos de pararlo, de empujarlo, vestirse e irse a su casa… no, no tuvo el arranque y simplemente se quedó y se dejó hacer prisionera voluntaria de embestidas placenteras cargadas de fuerza. ¡Vaya! Eso era muy nuevo, todas aquellas posiciones que podía realizar con ese sujeto, todo era como nuevo y se estaba adaptando bastante bien y rápido a ese compañero sexual.
Cuando hubiese acabado, Hanji no demoró en levantarse y vestirse, se acomodó el cabello lo mejor que pudo y salió de aquella casa como embalada y terriblemente preocupada ahora sí, se repetía reiteradamente que algo como ello no volvería a suceder, que Levi no tenía por qué enterarse, no había sido algo importante después de todo y creía que nadie la había visto salir, aquel vecindario parecía muerto y Hanji aceleró y el aire entró por la ventana, sintió frío y desconcierto.
No había manera de arrepentirse de algo que hizo y que le gustó, la mejor manera de remediarse sería jamás volver por ahí, es decir, a los rumbos de Erwin Smith.
Que equivocada estuvo.
A la siguiente semana Levi regresó a casa y Hanji se aproximó demasiado a él, quizás por la culpa y el remordimiento. Anduvo mucho tiempo queriendo intimar con él, se mostró temerosa pero Levi no lo notaba o eso parecía porque no le preguntó nada a ella de cómo se encontraba y en vez de estar con ella en la intimidad como pareja él se mostró esquivo. Hanji quiso justificarlo con estrés y cansancio pero ella también necesitaba de él… quiso comprenderlo pero no siempre tenía tanta paciencia hasta la noche en que visiblemente fue rechazada por su esposo por su empeñoso comportamiento de trabajar aún desde la casa.
«Señora Rivaille, me gustaría volverla a ver después de estas semanas quisiera solo hablar con usted. La cafetería sería un buen sitio». Aquel era un mensaje que había memorizado antes de borrarlo y que tenía tres semanas de haber sido enviado. Y que en medio de un arrebato ante la desazón que le produjo la breve estancia de Levi, ella respondió al mensaje: «Me encantaría. Lleve usted algo sobre mitología egipcia, podríamos discutirlo».
Sabía que era peligroso lo que hacía, pero bien siguió adelante con ello como si jamás la fuesen a descubrir. Se dedicó a las tardes con Erwin y que con algunos encuentros se percató de la química y la magia que surgió en ellos; las charlas eran interesantísimas para ambos, Hanji hablaba sin temor a que la callasen y por lo tanto se encontraba muy cómoda con él. Al igual que tenía que escuchar todas las cosas que Erwin sabía de historia universal, debatiendo diferentes puntos de vista sobre algunas de los acontecimientos mundiales que marcaban hitos a la sociedad, empezando por Mesopotamia.
Y la sexualidad… vaya exquisitez en la que se sumergió Hanji con él ante la apertura de Erwin para jugar a roles durante el acto y el uso de lencería sensual a la que Hanji se consideraba torpe y poco sensual como para lucirlo pero que con el apoyo de su amante se abrió paso a ese lado suyo que creía casi muerto. Levi ante la idea de trajes o lencería sensual él decía: "De todas maneras eso va a quedar en el piso" y ante tal comentario Hanji se había desanimado a ello.
Hanji lo tenía clarísimo, era solo eso: mucha atracción y necesidad en dónde esperaba Erwin también lo tuviese claro.
No aspiraba a nada más.
…
De Hanji tenía buenos encuentros, cada vez más se sentía como un hombre revitalizado en el circunscrito de fascinar a una dama, no es que fuese algo asemejado a un deporte –por ser mejor que otro– sino más bien le hallaba cierta fascinación y encanto.
Jamás en su vida había hecho lo que ahora, mantener una relación con una mujer casada era verdaderamente muy nuevo… pero tenía puntos a contemplar al que debía sostenerse: cada cierto tiempo Hanji le pedía no la llamase ni le escribiese ni nada para poder entablar comunicación puesto que su esposo muy seguramente se encontraba en la ciudad lo cual lo ratificaba con Dave. Y, durante aquellos días Erwin pasaba su rutina regular entre el trabajo y el ocio como una vida mecánica siendo los días junto a Hanji completamente distintos.
No sabía cómo podría sobrellevar en los días futuros el pensar que ella se encontraba con su esposo, admitía comenzar a sentir celos… se echaba agua fría en la cara ante sus emociones en ascenso y volvía a su realidad del papel que tenía en aquel triangulo y que él precisamente no era el más afectado.
Se rascó la nariz y regresó su vista al frente donde la silla estaba vacía, ya iban siendo dos días que Dave no iba al salón de profesores después de clases, no sería algo de inquietarse tal vez, es decir, lo había visto en clases y parecía normal. Aunque de cierta manera su ausencia ahora lo inquietaba un poco, ¿Qué pasaría si su alumno se enterase de lo que tenía con la madre de él? Se reclinó en su silla hacia atrás y entrelazó sus manos sobre su abdomen, sintió revolvérsele el estómago y salió en busca de un poco de aire para disolver sus pensamientos.
Fue hasta el estacionamiento con el objetivo de cerciorarse que Dave ya se hubiese ido, conocía perfectamente el auto negro que iba a recogerlo y al hombre que llamaba por Sebastián. Para su sorpresa el auto se encontraba aún en el estacionamiento y el conductor fuera del mismo, como impaciente esperando en el lugar que ya estaba despoblado. Le hizo una señal desde lejos al hombre quien negó con la mano desde su lugar, Erwin asintió y ejecutó otra señal para que aguardase en el lugar mientras él iba a buscar a Dave.
Primero fue a los casilleros, no lo vio. Fue el laboratorio de química la cual era su última clase del día sin tener tampoco éxito. Buscó en los baños, la cafetería, fue a la enfermería luego se dirigió al coliseo y volvió al salón de profesores pensando que Dave pudiese haber ido a verlo, pero no obtuvo tampoco señal de él.
Se pasó una mano por la cara, angustiado, estaba angustiado.
Abrió los ojos ante la intempestiva de una posibilidad que se le apostó en el pensamiento y marchó hacia los lugares más escondidos y deshabitados del Instituto. En su camino pasó por el estacionamiento y ratificó que Dave aún no aparecía, caminó aún más deprisa segurísimo de que no deseaba ahora hallarlo porque de hacerlo no sería nada tranquilo.
Un golpe hizo a Erwin detenerse en su lugar ante el carácter ominoso que sus ojos presenciaban de rabillo, sin girar del todo su cuerpo en la esquina del edificio y que por ende los alumnos no podrían notar su presencia, era un grupito alrededor de tres hostigando a uno, rodeándolo como si fuera una diversión de ver y tocar con insultos y golpes.
—¡Les ordeno que se detengan! —. Vociferó Erwin aún desde lejos y avanzando rápido, sus zapatos chocaban contra el suelo pesadamente hacia el grupo en dónde divisó en el centro la frágil y pequeña imagen de Dave encorvado, protegiendo su rostro con sus antebrazos de golpes que dejaron de asediarlo ante la presencia amenazante del profesor Smith y los amedrentadores echaron a correr como si el adulto no hubiese ya memorizado sus rostros e identificándolos como integrantes del equipo de baloncesto que entrenaba Shadis.
Dejó de tomarles atención a aquellos tres fugitivos ante la imagen de desconsuelo que proyectaba Dave; abrazado a sí mismo, sollozando, tembloroso y asustado que se giró hacia Erwin dejando ante él la evidencia del hilillo de sangre que escurría por su fosa nasal izquierda, el leve rasguño en su mejilla y el espacio rojo un poco más acentuado en su labio inferior.
Al verlo, tan solo al verlo Dave empezó a correr con desespero hacia él aún más asustado y sus sollozos pasaron a ser un turbulento llanto que se aplanó cuando buscó a Erwin para que lo resguardara contra su cuerpo en un abrazo protector y así lo hizo el hombre, lo abrazó tal como lo haría un padre consolando a su hijo.
Después de un minuto, Dave por fin se desapegó un poco de él y le vio la cara toda roja del llanto, sus ojos azulinos tan hermosos estaban dañados de temor y sus cabellos todos alborotados que luego Erwin le peinó con sus manos y que también la sangre que ya menos le escurría de la nariz. «N-no quise y-yo seguir haciendo sus ta-tareas» balbuceaba, «Debemos ir a la enfermería, me haré cargo de los estudiantes» le dijo, con voz suave incitando a relajarlo un poco. «Y-yo tengo miedo. E-ellos ¡ah! querían matarme». Erwin creía que estaba exagerando pero luego creyó cuando comprobó la piel en su cuello que estaba muy roja producto de un agarre demasiado fuerte.
—Esto es grave, no puedo pasarlo por alto. La escuela llamará a tus padres, necesitamos resolver este asunto de una vez. Vamos, vamos a la enfermería—. Deshizo el abrazo y tomó los hombros de Dave para que caminase.
—¡No! No llame a mis padres, por favor—. Se plantó en frente de él y se volvió a abrazar a Erwin.
—Sé que tienes miedo pero no podemos negar lo que está pasando—, le acarició los cabellos. —Así podrás liberarte de tus malos compañeros.
—Si mi padre lo supiera tal vez me cambiaría de Instituto—. Habló como un murmullo, bajo y cansado.
—No veo porqué lo haga… en realidad puede que tengas razón—. Meditó Erwin. — Pero eso no tiene mucha importancia ahora.
Los sollozos de Dave pronto se normalizaron, podía respirar mejor y su pecho estaba tranquilo. Se separó del abrazo de Erwin, alzó su vista y se encontró con la sonrisa cómplice y tranquilizadora de su maestro. Por reflejo, se pasó los dedos por su nariz buscando alguna gota de sangre ya inexistente y habló:
—Para mí si es importante, profesor Smith—. Erwin suavizó sus cejas. —Si me cambian de Instituto entonces ya no podré verlo y eso no quiero.
Aquella afirmación por muy sencilla que pudiera escucharse escarbó en el sistema afectivo de Erwin y se mostró empático a los temores de Dave, casi como si al final tampoco aceptase la idea de separarse de él. Sus necesidades de protección fueron cada vez más altas, orillándose él mismo a esos sentimientos sobrecargados de una paternidad que en términos biológicos y legales no le correspondían.
Pero Dave estuvo equivocado, ¿Por qué? Aun cuando Rivaille lo cambió de Instituto ellos mantuvieron una comunicación aunque ya menos presencial y que ocasionalmente podía verlo o hablar con él sumado a que la situación de que en el presente Hanji lo había a él terminado imposibilitaba que pudiera acceder a Dave.
Y él simplemente no podía negarse a buscarlo y más si era él mismo quien se lo pedía.
—Que tu padre ahora no viva en tu casa, no creo que signifique que tenga otra familia. Pero de ser el caso, ¿Cómo lo aceptarías tú? Es algo que puede pasar si tus padres ya no están casados. Son personas libres que pueden estar con otros cuando se presente la ocasión, tranquilo te puede parecer difícil ahora asimilarlo—. Hizo una pausa, tomando un poco de su malteada de chocolate. — Cuando vayas creciendo y comprendiendo algunas cosas más podrás aceptarlo, claro cómo te digo y si es que el caso de tu madre o padre.
Dave exhaló aire y masticó un trozo de sus crepes con nutella y fresas, entrecerró sus ojos ante el dulzor del chocolate y el frescor de la fruta. Dejó limpio el tenedor, sin rastro del chocolate que antes había manchado el utensilio, y volvió a mirar a Erwin en frente suyo negándose a asentir que debía en algún momento aceptar el hecho de que sus padres tuvieran nuevas parejas en un futuro.
La idea le rondaba desde que su padre se había mudado de domicilio oficial en Nueva York, y si antes contempló que su padre tuviera una amante ahora lo pensaba de otra manera, es decir, no como una amante sino como una nueva pareja y aquello lo tenía un poco intranquilo decidiendo que necesitase hablar con alguien que no fuera de su familia respecto a su temor y qué mejor persona que su confidente, su antiguo maestro Smith.
—¿Sueno como un niño inseguro? —. Con temor peguntó, apenas mirando a Erwin.
—Creí que ya no te considerabas un niño, ¿verdad? —, Dave sonrió apenado. —Descuida, no quise decir eso. Estás creciendo, la inseguridad no es más que una de las estaciones de nuestra vida que en su momento lo sobrellevarás o superarás y siempre puedes contar conmigo para lo que sea que necesites o quieras hablar.
La cafetería podía absorber un poco el ruido que en el corazón de Dave se instalaba.
—Gracias—. Suavizó sus labios sucios de nutella.
—Te lo digo muy en serio—. Zanjó el tema con una sonrisa que le devuelva a él la confianza de la que siempre gozaron y se levantó. — Discúlpame, debo ir al sanitario. Por favor espera aquí. Tu hermana me dijo que aquí te recogería así que debemos esperar aquí.
Dave volvió a degustar su crepe en silencio, esperando que Erwin no demorase porque empezaba a sentirse acechado de nuevo desde fuera de la cafetería. Sus palmas comenzaron a sudar y el tenedor se le resbaló cuando la puerta se abrió y dejó ver la figura de tres personajes de los cuales nada quería saber. Entraron, rodearon la mesa y se sentaron con él aparentando estar en términos amigables solo para no causar algún alboroto dentro del lugar.
Asustado, Dave se levantó con la intención de ir al baño pero quien se encontraba a su lado se levantó también y lo aferró a él como dos camaradas y lo obligó a caminar fuera de la cafetería donde los otros dos individuos también les seguían el paso.
—Por tu maldita culpa fui expulsado Rivaille, mi padre me castigó y ahora me obliga a trabajar. Mientras tú sigues de mariquita detrás de las bolas del profesor Smith—. Habló, se percibía fácilmente el aire de rencor que el muchacho tenía. Pellizcó muy fuerte el cachete de Dave y lo abofeteó—. ¿Dónde está tu padre que tú siempre andas con el profesor Smith? —. Arrojó sendas carcajadas hirientes y obligó a Dave a mantener la boca sellada. —¿Será que se avergüenza de tener un hijo tan débil y estúpido como tú?
Un segundo después Dave se sacudió de él, haciendo uso de todo el odio y rencor hacia ellos y que necesitaba liberar. Estaban en un callejón, solo él contra tres… por supuesto que tenía todas las de perder, porque no sabía pelear ni tan poco tenía fuerza física pero no estaba dispuesto a dejar que aquellos individuos oscos e inescrupulosos lo volviesen a agredir sin antes dar un poco de batalla.
Se plantó frente a los tres como desafiándolos; frunció el entrecejo, apretó la mandíbula y enfurruñó sus puños. Él creía que estaba temblando, lo estaba en realidad, se notaba en el débil puño flaqueando en torno a ellos… pero eso estaba bien con él, podía hacerles frente. Si en días anteriores su hermana había sido golpeada y él le había dicho que quería golpear a quienes le hicieron aquello, entonces era un buen momento para practicar así saliera morado nuevamente.
—Ustedes de nuevo—. Se escuchó una voz agitada desde atrás, Erwin apareció dispuesto a llevarse a Dave consigo.
—Profesor Smith, no haga nada, solo tengo algunas cosas que hablar con ellos—. Pidió sin dejar de mirar a los tres jóvenes que le miraban con burla.
Erwin asintió y se quedó estático en su lugar como esperando un momento desidioso para actuar sin que antes pasase a mayores.
—Tú, gallina Rivaille me parece eres muy osado. Supongo que esta vez puedes darnos un poco más de diversión—. Dijo el que siempre parecía comandar aquel trio.
—Dijiste antes que mi padre se avergüenza de mí, pero yo digo que eso no es verdad. ¡Supongo que es tu padre quien sí se avergüenza de un hijo expulsado!—. Espetó, bajando los puños, dejando ver el odio en su rostro acumulado por unos años, sus dientes rechinaron y se adelantó a unos pasos hacia el líder.
—¿Cómo te atreves a hablar de mí, maldito niño mariquita? —. Se aproximó a Dave y lo cacheteó, mas sin embargo recibió un empujón que lo dejó colgando en brazos de uno de sus compañeros. Colérico se desenvainó del soporte de su compañero y empuñó las manos anticipando un golpe al rostro de Dave pero éste en vez de huirle esperó el golpe y con más furia aún Dave le asestó un rodillazo en los testículos y el muchacho cayó al suelo sin aire.
—¡Ustedes siempre me han molestado! ¡Ya déjenme en paz de una maldita vez!—. Vociferó hacia los tres, mientras sus ojos parecían humedecerse de impotencia.
Detrás Erwin estaba sorprendido por el vocabulario soez que había empleado Dave y se mantenía alerta pensando en que debería ya llevárselo de la escena.
—Ah… con que son ustedes—. Una voz claramente femenina, de timbre nada delicado asomó en la escena. Gretchen apareció detrás de Dave como si fuese un fantasma, nadie la había notado y por el aura que se cargaba parecía muy enfurecida pero demasiado apacible notándose su humor en sus ojos. —Yo puedo fácilmente demandarlos a los tres ahora que conozco sus caras, no saben cuánto lo he deseado. Jovencitos como ustedes merecen un pase a la correccional. Yelena…
—¿Sí? —. Otra mujer, de sonrisa torcida y traje negro apareció detrás de Gretchen.
—Por favor, encárgate de ellos—. Dicho eso, los tres echaron a correr como si no supiesen hacer otra cosa cuando no enfrentaban a alguien más débil que ellos. Yelena emprendió la persecución dejando solos a Erwin, Gretchen y Dave en aquel callejón.
Erwin estaba muy preocupado por el semblante demasiado serio que se cargaba la pelirroja contrastando con aquella siempre dulce faz que conocía, Gretchen que estaba furiosa y desalmada ante el hilillo de sangre que escurría de la nariz de su hermano –él tenía un vaso sanguíneo que tendía a romperse ante algún golpe superfluo en la zona–, y luego estaba Dave quien pese a la insistencia de no moverse por pedido de su hermana, él parecía saltar de felicidad por una sencilla pero muy importante razón:
—Yo los enfrenté, yo… pude hacerlo. Lo hice profesor Smith, hermana… lo hice, no lo había hecho nunca—. Comentó casi riendo ante la situación que para él era una victoria.
Mientras Gretchen le limpiaba la nariz en el auto, Erwin meditó la situación y se preguntó en dónde había quedado el chico acoquinado que conoció un día en la escuela y su pecho se inflaba de orgullo.
—Creí que usted me había asegurado que lo cuidaría.
La voz escalofriante de Gretchen hacia él, también le hizo preguntarse en dónde había quedado la mujer afable y atenta que conoció en el departamento de Rivaille.
…
Publicado: 28/07/2020
