XX - Elementos reunidos, parte 3
Últimamente, estoy evitando las notas de autor en mis fanfics, apenas hago alguna acotación al final, porque en lo que respecta al capítulo, debe decir todo por sí mismo, y cada lector manejará su propia interpretación. En mis cinco años en FanFiction, he aprendido que las notas de autor, cuando explican cosas del capítulo, coaccionan mucho -a veces demasiado- la interpretación del lector. Sobre todo, como ya dije, en cuestiones de las que se encarga de explicar la narrativa.
Más allá de eso, he estado re-leyendo este fic para ver si puedo retomarlo este año y darle un final digno, porque es una de mis mejores y más exitosas historias, como lo fueron "Identidad robada" y "No es un adiós", por ejemplo. Han pasado dos años desde que actualicé por última vez este fic, mi estilo ha variado bastante aunque creo que no ha bajado su nivel, y quizá lo que me preocupa más ahora es mantener en éste y los siguientes capítulos, la misma calidad que los anteriores veinte. Especialmente porque se acerca el arco de la guerra entre Equestria y Alquiria, y tengo cero experiencia en narrativa bélica (seguramente me toque consultar a algunos amigos que saben bastante sobre el tema).
Intentaré terminar el fic en 30 capítulos, así que tengo por lo menos 10 por escribir, y ojalá queden congruentes porque no es lo mismo retomar un fanfic después de dos meses que después de dos años. Es una cuestión de inspiración y voluntad, supongo.
Bueno, hasta acá llega la nota de autor. De antemano muchas gracias por leer, tanto a quienes han esperado la continuación como a quienes se fueron sumando a lo largo de estos dos años.
La luz del sol era diáfana aquella mañana, bailando sobre las olas del mar que chocaban suavemente con la embarcación mientras el viento la conducía a su destino, la ciudad del Capitolio. A varios kilómetros del barco se esbozaba una delgada línea, señal de la proximidad de tierra firme, y los densos verdes de sus arboledas contrastaban con los dos azules que lo rodeaban. Algunas nubes de un extraño blanco rosalino lo acompañaban desde el cielo, a modo de esponjosos escoltas, y una que otra gaviota los sobrevolaba unos segundos para desaparecer en el horizonte.
Sobre la cubierta se reunían seis yeguas, un corcel y un joven dragón, -quienes nunca cruzaron el mar en su vida-, en compañía del capitán del navío y su grumete, más experimentados en aquellas zonas marítimas. No se distinguía quien estaba más nervioso por lo que se avecinaba, si la tripulación, porque temía cómo les iría durante el tiempo que durara la estadía de sus pasajeros, quienes a su vez se sentían ansiosos por su primera misión diplomática en tierra extranjera. Si hablamos de estrés, la princesa Twilight Sparkle padecía los mayores niveles, si no había enloquecido fue gracias a la contención de sus amigas y de Spike. Escribió varios borradores de discursos, ensayó miles de veces su presentación ante las autoridades alquirianas, se auto-elaboró preguntas y respuestas. Sabía que debía mantener la calma para cuando trataran el asunto de Pinkie Pie. Consigo cargaba un cartapacio con copias autenticadas de cada documento elaborado acerca del proceso, enjuiciamiento y sentencia de los esclavistas, los había imbuido de algunos encantamientos, para preservarlos de cualquier peligro.
—Bueno… ya estamos cerca — suspiró la alicornio color lavanda, respirando la brisa fresca proveniente de la costa — No puedo creer que haya llegado este momento, espero que todo salga bien.
—Por supuesto que todo saldrá bien, terroncito, — dijo Applejack, animada, se había recuperado un poco de los mareos — hemos enfrentado peligros mayores, y contamos con el apoyo de las princesas.
—Recuerda que no estás sola, Twi, nos tienes a nosotras contigo, así que no hay nada de qué preocuparse. ¡Los alquirianos no nos intimidarán! — exclamó Rainbow Dash.
—Estamos juntas en esto, querida, — comentó Rarity, llevaba un sombrero de playa y unos anteojos oscuros — ojalá conozcamos gente amable, me gustaría conocer algo de su moda y sus costumbres...
—Yo quiero encontrar a Pinkie Pie — replicó Maud Pie, con su normal ritmo neutro de voz. Ella venía de extra, pues no estaba incluida dentro de la comitiva, y aunque lo solicitó a las princesas, ellas no se lo aprobaron, por eso se coló en el barco sin decir nada el día que zarparon. Cuando la descubrieron, ya iban a mitad de camino. La princesa de la Amistad temía por el comportamiento que Maud pudiera adoptar con los alquirianos, de modo que le hizo prometer que se mantendría al margen, a lo que la yegua gris respondió que solo quería ver de nuevo a su hermana.
—Maud tiene razón, todo esto es por Pinkie — dijo Fluttershy — por ella y por todos los ponis que están sufriendo aquí.
—Es importante que mantengamos la cordialidad en todo momento, sé que puede parecer difícil después de saber lo que los alquirianos han hecho. Pero debemos demostrarles que no venimos a pelear, Equestria es una nación pacífica y no tiene intenciones de entrar en una guerra, sólo queremos establecer la armonía entre los dos reinos.
—Princesa, si me deja opinar al respecto — intervino el capitán Seawolf — eso les va a tomar bastante tiempo. En mi experiencia viajando hasta aquí, he aprendido que los alquirianos poseen un temperamento bastante jodido, por lo tanto son más propensos a la lucha. Por los relatos de muchos viajeros, sé de la cantidad de batallas que protagonizaron, la guerra atraviesa la historia de Alquirión, y no saben de otra forma de arreglar las cosas.
—¡Eso no significa que no puedan cambiar! — repuso Rainbow.
—Tal vez tenga razón, señorita Dash, pero hay algo más que deben tener en cuenta. — dijo Livio, entrando finalmente al debate —Equestria, a pesar de la existencia de tres razas de ponis, siempre ha sido una nación homogénea, pero Alquirión desde sus inicios ha sido heterogénea. Los alquirianos nacieron de la unión de antiguos caballos guerreros y de ponis unicornios y terrestres, heredando distintas cosas de cada uno. Aunque hoy en día coexisten alquirianos con ponis, esos ponis serán muy distintos a los de Equestria… a lo que voy es que, por el mestizaje, el consciente colectivo está muy parcializado. Mi padre me decía que las diferencias siempre fueron profundas entre las especies que habitan Alquirión.
—Lo entiendo, Livio. Nuestro primer objetivo es recuperar a Pinkie y dejar las cosas en claro con los gobernantes, lo demás… — la princesa Twilight suspiró hondo — supongo que será un proceso largo.
—¿Eso es un globo? — preguntó Spike de repente, señalando hacia tierra firme. Había observado lo que parecía una burbuja de color amarillo, pero después pudo distinguir más claramente la figura. Se movía describiendo elipses, algo raro dada la corriente de aire.
Los demás miraron confundidos a donde señalaba el dragón. Si lo arrastraba el viento, ¿por qué giraba y giraba en vez de seguir una trayectoria recta? ¿Sería alguna clase de señal? Pero, ¿de quién? Al tratarse de elementos muy comunes en una fiesta, los globos remitían sin dudas a Pinkie Pie, y sabiendo de sus artes, a lo mejor eso significaba que ella se encontraba cerca. Twilight y sus amigas discutieron dicha posibilidad, con una creciente certeza en sus corazones. Queriendo comprobar esa certeza, solicitaron al capitán virar la nave en dirección al misterioso globo, luego retomarían el rumbo predeterminado. El marinero no estaba muy convencido de hacer caso al pedido de la princesa, su instinto le decía que algo no andaba bien, pero accedió con la condición de no demorarse más de lo necesario con el tema. Sus nervios comenzaron a aumentar cuando lo llamó uno de los tripulantes, un pegaso que casi siempre iba trepado a lo alto de la vela para vigilar a la distancia, o a veces se adelantaba y volvía para dar informe del tránsito en las olas. Éste le avisó de una flota de barcos con el estandarte de Alquirión, que parecía provenir desde la capital, y por lo poco que alcanzaba a ver, pertenecían a la Prefectura Naval. El capitán se puso en alerta de inmediato, porque cuando salía la Naval, era porque andaba a la pesca de algo grande, como los enormes escualos que acechan en alta mar.
El misterioso globo del color del sol continuaba con su bailecito elíptico cuando la embarcación lo alcanzó, y Rainbow voló hacia él para examinarlo. Sin embargo, antes que la pegaso de crin multicolor pudiera asir el hilo con sus cascos, una ráfaga lo alejó de ella varios metros hacia la orilla. La poni obstinada lo siguió, repitiéndose lo mismo una y otra vez.
—¡Rainbow, regresa...! — gritó Twilight, aunque se dio cuenta de que su amiga no podía escucharla a la distancia. Abriendo sus alas, se dirigió al capitán — Yo iré a buscarla, den la vuelta y continúen hacia la capital.
De modo que la alicornio fue tras la pegaso, mientras la tripulación se disponía a obedecer sus órdenes. Sin embargo, pronto se encontraron con un problema… más bien dos. Por mucho que movieran las velas y que el viento soplara favorablemente, el barco no viraba, permanecía en la misma posición, como si se rehusara a responder al sentido que indicaba el timón. Considerando que los prominentes barcos de la prefectura alquiriana venían en dirección sureste, casi directamente hacia ellos, podríamos comparar a la nave equestriana con un pececito atemorizado por la inminente cacería de una manada de tiburones. Seawolf maldijo mentalmente, al igual que su tripulación. ¿Qué demonios estaba pasando? No podía ser que hubieran encallado, tampoco estar atascados en un arrecife. Se sabía de conglomerados de algas marinas capaces de retener botes pequeños, o de criaturas marinas que atrapaban barcas desdichadas… pero en este caso, el problema era simplemente el barco. Aquella parálisis no podía ser sino obra de un encantamiento, conjurado por algún enemigo invisible, o bien por algún integrante de la Naval. Seguramente ya los habían visto, y venían a toda velocidad para aprehenderlos, o eso pensaba con desesperación el capitán.
—¡Te tengo! — exclamó Rainbow Dash, victoriosa, pero el globo, como si fuera un animal salvaje queriendo huir, salió volando a toda velocidad hacia unos matorrales tierra adentro. Sin mucha oportunidad para reflexionar, Twilight alcanzó a tomar a su amiga de los cascos traseros, siendo arrastrada ella también.
—¡Twilight! ¡Rainbow! — gritaron las ponis desde el barco, muy asustadas pues el capitán Seawolf ya les había compartido sus temores.
Pero las sorpresas no terminaban ahí. Como si hubiera cobrado conciencia de repente, el viento los empujó directo hacia la orilla, provocando enseguida el terror de la tripulación y los pasajeros, pues en aquella parte no había playa suave y lisa, sino un cordón grueso de tierra pedregosa. Chocar contra ese muro implicaba quedar como tarta de manzanas lanzada al suelo. Sin embargo, justo unos metros antes, cuando algunos pegasos pensaban animarse a intentar detener la nave, ésta dobló a la izquierda, inclinándose tanto que cada poni debió agarrarse fuerte para no caer al agua. Nadie entendía qué estaba ocurriendo, pero suponían que el objetivo de quien manipulaba el elemento del aire no era destruirlos. O bien, protegerlos de la Prefectura de Alquirión.
Luego del giro, el barco continuó por unos dos o tres metros, paralelo al borde la orilla, hasta llegar a una especie de angosta ensenada, a la cual se conectaba un canal que se internaba más adentro de tierra. Debía tratarse de un canal artificial, por la prolijidad con que se abría paso entre el denso follaje. Ni bien la nave equestriana estuvo introducida en lo profundo del paisaje verde, la fuerza misteriosa que lo impulsaba desapareció. Eso les permitió a los navegantes tomarse un respiro, aunque no por mucho tiempo, pues la Princesa de la Amistad y la Portadora del Elemento de la Lealtad se encontraban perdidas en ese territorio desconocido.
Recorrer los campos de Buenavento parecía algo bastante aburrido, sobre todo por un encargo algo absurdo del maestro Bellengheri. Si no fuera porque le vetaron la entrada al Instituto Volkerball, Dusk Shine, el "unicornio petiso" -mote puesto por los jóvenes alquirianos de su barrio- no habría entrado al servicio de Bellengheri, un profesor muy culto y medio pedante, al que soportaban todavía en la institución porque ya casi se jubilaba. Pero era buen caballo al fin y al cabo, pues, viendo el potencial del corcel, lo contrató en calidad de aprendiz/asistente, para que le ayudara con sus principales menesteres en casa, mantener en orden su biblioteca, custodiar las más grandes investigaciones de su vida y, además, ser heredero de todo su capital. El profesor, de figura decadente, encorvada y nada atractivo, con una barba incesante, ya rondaba los sesenta. Nunca consiguió esposa ni amantes y por lo tanto no tuvo hijos. De ahí que le agarrara una especie de síndrome paternalista con Dusk Shine, a quien solamente le interesaba aprender todo lo que pudiera del viejo, pues en su trayectoria docente había dictado cátedras muy interesantes, como Historia de la Magia, Mitología Antigua, Ciencias Oscuras y sus contrahechizos, Elaboración de Pociones y Sustancias, entre otras. Aunque fuera un aprendizaje "retaceado", a diferencia de las clases normales, la compañía y la ayuda que le brindaba el poni al viejo alquiriano permitían muchas instancias de transmisión de conocimiento. Al fin y al cabo, Dusk acabó reconociendo que consideraba a Bellengheri como una especie de "abuelo postizo".
Cuando el profesor jubilado salía de casa, siempre le encargaba a Dusk que la cuidara, y si necesitaba comunicarle algo, le enviaba lechuzas mensajeras. De hecho, se comunicaba mucho mediante lechuzas, que entraban y salían con frecuencia por las ventanas de la residencia, con destinatarios y destinos variados. El día anterior a la expedición de Dusk, una lechuza de rasgos raros trajo una nota sin firma, que afirmaba el descubrimiento de una tumba con inscripciones antiguas sobre "alicornios ancestrales", seres cuya existencia había investigado el profesor Bellengheri casi toda su vida. Jamás había logrado obtener pruebas concretas y fiables, nada más alusiones en textos antiguos o grabados de dudosa procedencia, y ahora por fin se presentaba la oportunidad de conseguirlas. Pero lamentablemente, el maestro estaba muy enfermo para ir al sitio señalado, que hasta incluía coordenadas, de modo que aquél decidió enviar a su fiel alumno, con varios permisos y documentos firmados para que no tuviera problemas en su viaje, dadas las restricciones impuestas por el gobierno. Hacía mucho que Dusk Shine quería pedirle un día libre y no se presentaba la ocasión, de modo que aceptó el encargo, guardándose sus dudas sobre el remitente de la nota y la veracidad del descubrimiento. Lo que más desconfianza le producía era la mensajera, nunca había visto una lechuza tan fea, pero con un aura tan enigmática a la vez.
Así que allí estaba, en los alrededores de Buenavento, buscando una tumba que probablemente no existía. Tras llegar al sitio señalado, pasó un buen rato tratando de hallar siquiera la más leve marca de un sepulcro. Sin embargo, Dusk se rindió, pensando que aquello debió ser nada más que una broma para su maestro, de parte de algún alumno resentido contra él. Al final, ese viaje había sido para nada, se dijo, y sacó la carta como para mirarla y ver si encontraba el remate del chiste. Pero entonces, al ponerla a trasluz con el sol de la mañana, unos símbolos se dibujaron por encima de los seis números que componían las coordenadas. Ya le sonaba de algo que estuvieran tan separados entre sí. Una estrella de seis puntas, tres círculos, un rayo, una manzana, un diamante y una mariposa. ¿Otro código? Quizá… el unicornio se recostó contra un árbol, buscó rápidamente su anotador y un lápiz, y se puso de inmediato a buscarle sentido a esos dibujos, en apariencia sencillos, pero que tal vez podían revelarle mucho.
En un momento se paró para estirar los cascos y exteriorizar su frustración. En eso estaba cuando oyó unos chillidos provenientes del cielo, y no reaccionó a tiempo para evitar la colisión. Un grupo de estrellas bailaba en círculos sobre la cabeza del corcel, todo se veía púrpura como cuando termina el crepúsculo. Pero cuando finalmente se le aclaró la vista, Dusk Shine se dio cuenta de que estaba mirando… ¡un flanco! ¡El flanco de una yegua, para colmo! El peso de la misma le impedía liberarse. Había más en ese flanco, una marca: la de una estrella de seis puntas con cinco estrellas pequeñas rodéandola.
—¡Menuda forma de empezar nuestra estadía! — rezongó con bronca la otra yegua, de pelaje color cian y melena multicolor, quien se había puesto de cascos enseguida —¿Quién rayos controlaba ese globo? Oh, cielos, Twilight, ¿estás bien?
—Aagh, no lo sé — respondió la aludida, sobándose la cabeza — ¿qué pasó?
—Tuvimos un aterrizaje forzoso… por suerte caíste sobre ese tipo.
—¡Aaaahhh!
Los dos ponis gritaron al hacer contacto visual. La tal Twilight se alejó en un aleteo, y el unicornio se paró de un salto, mirando a una y a otra sin poderse creer lo que ocurría. "¡Y mi mamá me decía que las chicas no caen del cielo!" pensó Dusk. Ambas tenían alas de pegaso, aunque la morada también poseía un cuerno, ¿qué diablos? ¿De dónde salían estas ponis?
—¿Quiénes son ustedes? — fue lo único que atinó a decir.
Las dos potrancas intercambiaron una mirada confundida.
—Mi… mi nombre es Twilight Sparkle, — la de las alas y el cuerno tomó la palabra — ella es mi amiga Rainbow Dash, y venimos de Equestria con una misión diplomática. Terminamos aquí por un… accidente, por así decir.
—Si le puedes llamar "accidente" a tomar un globo que se convierte en cohete suicida —acotó la pegaso.
"¿Rainbow… ella se llama Rainbow?" pensaba Dusk Shine, recordando a su compañero Rainbow Blitz, aunque en la yegua sí tenía sentido ese nombre. Al fijarse sin querer en su costado, vio que su cutie mark era un rayo multicolor sobre una nube. El rayo y la estrella… ¡la carta! El unicornio buscó desesperadamente aquella hoja de papel que creía parte de una broma entre sus cosas, por suerte no se había volado muy lejos. Por su parte, Rainbow y Twilight reparaban en el color azul cobalto del corcel, cuya crin gris de puntas amarillas estaba hecha una maraña llena de tierra y pasto.
—¡La estrella y el rayo! ¡Son dos de los símbolos! — exclamaba, totalmente emocionado.
—Disculpe, ¿símbolos de qué? — inquirió Twilight, llamando la atención de Dusk, quien se detuvo abruptamente.
—Según esta carta que recibió mi maestro ayer, aquí supuestamente yacía la tumba de un "alicornio ancestral"... luego se los explico. Creí que se trataba de una broma, pero veo que me equivocaba. Había seis símbolos grabados con tinta invisible en la carta, y sus marcas coinciden con dos de ellos…
—¿Y eso qué rayos significa? ¿Acaso nos estaban esperando?
El aprendiz del profesor Bellengheri permaneció en silencio. De repente todo se volvía confuso, caótico, misterioso, como si alguien, desde las sombras, tendiera hilos secretos sobre ellos y sus acciones. Hubo unos segundos de silencio, cortados abruptamente por unas voces que se oían a la distancia.
—¿Alguien más viene con ustedes?
Dada la cantidad de restricciones impuestas por el gobierno provisional, hubo que extremar los cuidados al momento de comunicarse. Ya casi era imposible reunirse multitudinariamente como lo hacían antes, y todo por culpa de los maniáticos que atacaron el Capitolio. Eso no era lo peor, lo peor estaba por venir. Por lo menos para Rainbow Blitz, un pegaso de color morado oscuro y crin violeta con líneas en verde y rojo. Mantenía una cabaña casi al sur de las Barracas Mushtar, resguardado entre las elevaciones de un cerro, por lo cual desde el suelo no podía ser visto con facilidad. A esa altura, podía apreciar, hacia el sur, los lindes de la llanura con la zona agrícola. Detrás del cerro, subiendo hacia el norte y desviándose más al oeste, se extendía el Gran Valle, con los múltiples brazos del río Bolgo, el Bosque Rojo y el Bosque Oscuro. Los Montes Nublosos le servían de contención al valle, marcando la frontera con las sierras y los paisajes áridos.
Si bien aquella zona se encontraba bastante despoblada, pasaban viajeros con mucha frecuencia. Aunque el tránsito civil había descendido de forma inversamente proporcional al tránsito militar. En general, no había nada que a Rainbow Blitz le trajera problemas si se topaba con un escuadrón del ejército. Era un simple poni que se dedicaba a la venta de hierbas, atendía aves de la zona y viajaba con frecuencia al Rancho Aguasfuertes, con cuyos dueños comerciaba. Lo único que podría traerle problemas era Wind, la pegaso fugitiva, comprada anteriormente a los esclavistas para servir a la hija del Sumo Minister, que estaba con él. Pero eso no les sería tan sencillo de saber a los alquirianos, pues Dusk Shine, con un hechizo de transformación, le había cambiado el color del pelaje y las crines. Nada más debía cubrir sus alas, no deambular mucho tiempo afuera y ella podría pasar desapercibida. Vivir en el cerro era bonito, tal vez no abundaba la diversión ni mucho menos la comida dulce, no obstante su hospedador la trataba muy bien, y por pertenecer a la misma especie, compartían muchas cosas. Por ejemplo, les gustaba recostarse sobre las mullidas nubes que de cuando en cuando rodeaban al cerro.
Aquella mañana amaneció un poco nublada, permaneció así hasta la tarde. Reinaba el silencio, cortado de a ratos por el silbido del viento que viajaba desde el mar. Aprovechando la presencia de las nubes, Rainbow y Wind echaron una carrerita hasta la cima del cerro. Por una mínima diferencia, Wind logró superarlo, de modo que Blitz pidió la revancha, esta vez en forma descendente. Quien tocara tierra primero, ganaría. Así lo hicieron, con la adrenalina fluyendo en sus cuerpos. Iban cabeza con cabeza, y de no ser por algo que le golpeó en la cara, Wind hubiera ganado de nuevo. Ni siquiera lo vio venir, apareció de repente, un color rosa pastel fue todo lo que vio la poni antes de perder estabilidad y caer hacia atrás, estrellándose contra la ladera. El corcel dio la vuelta tan rápido como pudo al darse cuenta. Preocupado, fue a asistir a su amiga, disipando la nube de polvo que ella levantó con su caída.
—¡Carajo, qué costalazo te diste! — masculló Blitz mientras la ayudaba a pararse de cascos, oyendo las maldiciones que echaba la pobre y tratando de no reírse — ¡Y todo por un… ¿globo?!
El causante de la tragedia flotaba a escasos centímetros de ellos. Sin dudas, lo más inusual que pudieran ver en ese lugar.
—¡¿Un globo?! ¡¿Un estúpido GLOBO?! — gritaba Wind, con su melena verde agua completamente despeinada y bastantes raspones en su pelaje turquesa. La furia la dominaba de tal manera que bloqueaba el dolor de su cuerpo aunque no el de su orgullo.
—Oye, globito, ¿de qué fiesta de cumpleaños te escapaste? — inquirió el pegaso con tono juguetón —No serás parte de alguna trampa, ¿verdad?
Sin poder dominar la ira, la poni asió la cuerda del globo con los dientes, con la intención de aplastarlo con los cascos. Pero ni bien tuvo contacto con la piola, el globo rosa, como si se lo llevara el viento, salió disparado hacia las barracas arrastrándola consigo. Por mucho que ella trató de soltarse, le fue imposible, de modo que acabaría en donde el globo decidiera detenerse. Así empezó otra carrera para Rainbow Blitz, con la desesperación de alcanzar a Wind, la confusión por lo que veía y el temor por saber qué clase de fenómeno había detrás.
Nurna la drumante nos despertó temprano... muy temprano... demasiado temprano. Ni siquiera se asomaba el sol al horizonte, un azul violáceo teñía el firmamento. Probablemente ni la princesa Celestia se habría despertado, allá lejos en Canterlot. Me habría gustado poder dormir un rato más, me sentía muy a gusto en mi improvisado catre. Además tuve una noche de sueño muy reparadora, ya me hacía falta un buen descanso. Arrancaba otro día en los Montes Nublados, con su continuo flujo de nubosidad blanca interrumpiendo de a ratos la vista hacia tierra. Con la ayuda de la drumante aprontamos los enseres necesarios para continuar nuestro viaje: agua, comida, elementos de protección, y unas curiosas botellas artesanales que contenían diversas pócimas. Específicamente, antídotos. "Hacia las Barracas Mushtar descenderemos, allí no abunda la vegetación como en el bosque, pero sí el suelo arenoso, la arcilla y la sequedad" nos dijo Nurna antes de partir, "entre las rocas y las dunas viven diversas criaturas ponzoñosas, no nos atacarán si no las molestamos, aunque algunas son impredecibles. Andad con cuidado." No sé por qué pero sentí curiosidad por la fauna de aquel territorio, y pensé cuántas preguntas sería capaz de responder nuestra guía sin cansarse de mí. No quería ser una molestia, de modo que ideé un plan: cuando apareciera algún animal de la zona, aprovecharía para averiguar. Tal vez sea porque quiero tener algo que contarle a Fluttershy cuando vuelva a Equestria, yo sé que a ella le fascinaría, aunque se trate de animalitos peligrosos. Por otro lado, estoy segura de que a Amalthea también le interesaría aprender sobre eso. ¡Qué lástima que no cargábamos papel y tinta para escribirlo todo!
El aire se tornaba un poco más árido a medida que bajábamos por la otra ladera de la montaña, más escarpada y empinada que la anterior. Hacia abajo podíamos ver el sendero toscamente trazado en la pared rocosa, no iba para nada recto sino en diagonal, con algunas bajadas bruscas y otras más suaves. Si pudiera deslizarme por allí se sentiría como un tobogán rústico, o una escalera casi lisa, creo que de todas formas sería divertido si no fuera por los riesgos de acabar mal. Nurna caminaba con total naturalidad y dominio, en comparación nosotros parecíamos potrillos que recién aprendían a caminar solos. Sobre todo porque en algunas partes tenía el precipicio ahí al lado, ya que la pared montañosa de repente se volvía vertical como si hubiera sufrido un desprendimiento. No marchábamos con mucha carga, pero el más mínimo tropezón nos podía despeñar sin problemas. La tenue luz del pronto amanecer comenzaba a desperdigarse desde el horizonte, brindando un hermoso espectáculo natural que sólo los madrugadores poseían el privilegio de admirar. Cómo se transformaban los colores de cada cosa alcanzada por la luz, cómo se producía ese efecto de "despertar", te infundía unos ánimos increíbles. Toda esa belleza vertida cual agua de manantial sobre el cántaro de nuestros ojos… oye, qué gran poema me salió. Debo grabármelo en la cabeza para escribirlo ni bien consiga con qué. A mi hermana Marble Pie le encantan los poemas, tiene un libro de poesía que lee por la noche antes de irse a dormir. Y ahora que lo pienso, a Maud le gustaría este sitio, puedo reconocer varios tipos de rocas raras o difíciles de hallar en Equestria. ¿Qué estarán haciendo mis hermanas ahora? ¡Cómo quisiera poder saludarlas!
Fuimos dejando atrás la cadena de los Montes Nublados, así como a los últimos restos de la madrugada. Hacía bastante frío aún, pero casi no lo sentíamos gracias a las pilchas que Nurna nos regaló y también gracias a la caminata. Mi buen humor crecía cada vez más con la aurora. Me invadía el presentimiento de que algo espectacular sucedería hoy, eso se manifestaba en la perturbación de cada fibra de mi ser, en cada uno de mis pelitos rosados. Ahora más que nunca quedaban lejos esos días oscuros de mi cautiverio, y aunque probablemente jamás volviera a ser la Pinkie de antes, la Pinkie del después viene enteramente fortalecida. Espero que les caiga bien a todas mis amigas.
El relieve de las barracas se componía de un suelo muy accidentado, como si un ser gigante hubiera descargado aquí una enorme hacha varias veces y en distintos sentidos, dejando grietas enormes y montículos de polvo y rocas alrededor. Con eso provocó la fuga de los ríos, dejando apenas unos arroyuelos con hilos de agua. Esa fue mi impresión cuando dejamos la montaña y entramos a terreno abierto. Con la ayuda de las ventiscas, la tierra suelta se esparcía fácilmente, entrándote por los ojos, la nariz o la boca, por lo cual debíamos avanzar con la cara cubierta casi completamente. Encima morder un grano de arena es algo bastante feo.
—Les recuerdo, cuiden sus pasos, miren bien donde posan los cascos.
Y Nurna no exageraba. Por el riesgo de ser interceptados si tomábamos los caminos oficiales, cortábamos camino por el campo, y si no ibas con cuidado, podías pisar sin querer a una lagartija tapada por la arena, o a una víbora del mismo color de la tierra. Ni hablar de esquivar los pozos o de levantar piedras, porque los más bravos eran los escorpiones. Para eso traíamos los antídotos, sin embargo éstos no evitaban los terribles dolores producidos por las picaduras. Aquella fue la oportunidad indicada para pedirle a la drumante que nos hablara sobre los animales de las barracas, iniciando así una conversación para animar el viaje, hasta Lebrero participó.
La temperatura fue aumentando con el transcurso de la mañana. Nunca me imaginé que el sol de la princesa Celestia pudiera ser más caliente en algunas partes que en otras. Cuando una generosa nube nos brindaba su sombra, daba ganas de quedarse debajo de ella, o más bien de seguirla, pues la nube continuaba moviéndose.
En un momento, Nurna dejó de contestar nuestras preguntas, no porque se cansara de escucharnos sino porque había percibido algo. Se detuvo por primera vez en la mañana, con una expresión que denotaba cierta inseguridad. Olió el aire al mismo tiempo que sus orejas apuntaban a uno u otro lado, intentando percibir lo que se ocultaba en la amenazante calma. Ni Amalthea ni Tiberius ni yo nos animamos a pronunciar palabra. Aguardábamos las próximas órdenes de la drumante en completa quietud. Yo empecé a temer una inminente emboscada, pues mi sentido Pinkie se activó de repente para avisarme de que alguien nos espiaba: temblor de orejas, picor de lengua, parpadeo insistente en el ojo izquierdo…
—Pinkie, ¿qué te sucede? — me preguntó Amalthea por lo bajo.
Nos encontrábamos en una parte de las barracas llena de "menhires", creo que así llamaba Maud a unos enormes monolitos de roca, clavados en la tierra a modo de mojones. Los de aquí no formaban ningún patrón reconocible, aunque su disposición no parecía del todo natural. No sé si fuera terreno sagrado de alguna tribu, Nurna nos lo habría dicho. Pero rápidamente comprendí qué era lo que la inquietaba al ver, a por lo menos cinco metros de nosotros, a un grupo de alquirianos con armadura. No estoy segura de cómo habrán llegado hasta aquí, si nos seguían desde antes, o si este encuentro fue obra de la casualidad. Lo seguro era que ya nos habían detectado, y vendrían por nosotros enseguida.
—Soldados alquirianos, su magia avanzada los ha camuflado ante mis sentidos — dijo Nurna en un controlado murmullo — van tras nuestra pista pero debemos perderlos. Síganme, no griten, no se desesperen. Eviten mirar atrás.
Hicimos caso a la drumante, y apuramos el paso. A nuestra izquierda, pasando varias filas de menhires, se alzaba una gran formación rocosa que, por los huecos en ella, debía ser la roca madre de la cual nacieron todos esos menhires. Una estrecha abertura se disimulaba a sus pies, medio cubierta por yuyos. No sé a dónde nos lleve esa entrada, pero si sobrevivimos a las catacumbas subterráneas debajo del Capitolio, aquí no habría nada de qué preocuparse, y más teniendo una guía. Avanzamos tan rápida y tan silenciosamente como pudimos, tratando de no perder la calma a pesar de que oíamos cada vez más cercano el ruido de las armaduras detrás de nosotros.
—¡Deténganse, se los ordeno en nombre de la Junta Militar de Alquirión! — bramó una voz, seguramente la del líder de cuadrilla, al mismo tiempo que se intensificaba el trotar de los soldados.
Ahí estaba nuestra señal para meterle pata a la huida. Nurna no necesitó decírnoslo, todos echamos a correr sin pensar. Tras internarnos en la oscuridad de la caverna, Tiberius y yo nos detuvimos de golpe al escuchar una exclamación de la drumante que no llegamos a entender. Luego pudimos ver a Amalthea, quien se había quedado rezagada para conjurar un hechizo sobre los yuyos que rodeaban la entrada.
—¡Ellos no pasarán!
Efectivamente, no pasaron pues su conjuro tuvo el efecto esperado. A pesar de estar probablemente molesta por la acción de la potranca, Nurna nos instó a continuar a través de la caverna. Fuimos en silencio durante todo el trayecto, y no habló hasta que salimos nuevamente al exterior, a un cielo parcialmente nublado. Un arroyito serpenteaba entre las colinas de la sierra, parecía que aquí el suelo se volvía más plano por un buen trecho.
—Has sido muy irresponsable al realizar esa clase de magia delante de los soldados. — le espetó con dureza la drumante a Amalthea — Nos has puesto en evidencia, peligra nuestro viaje.
—Lo siento, pero nos estaban siguiendo de todos modos. Yo solo quise detenerlos, y funcionó.
—Veo que te has vuelto más segura con tus habilidades de wicca, aunque es mucha prudencia lo que te falta. Fiarnos no debemos de nuestras habilidades, pues sus resultados pueden traer graves consecuencias.
Sin agregar nada más, Nurna retomó la marcha. Las cosas se habían puesto más tensas por el encontronazo con los soldados. De repente me daba la impresión de que los acontecimientos se aceleraban… iba tan distraída pensando en lo ocurrido que no me fijé en dónde pisaba, y en eso voy y meto un casco en un pocito que parecía inofensivo pero que guardaba una terrible sorpresa. Grité cuando sentí el piquete en mi pata, y al ver al escorpión mi reacción fue sacudirla con violencia para quitarme al bicho de encima. La maniobra tuvo éxito, aunque me quedó un ardor de los mil demonios en el casco derecho. Nurna se apresuró a atenderme con una pócima. La buena noticia: voy a sobrevivir. La mala: por varias horas no voy a caminar. Alguien tendría que cargarme… para asombro de todas, fue Lebrero quien se ofreció, arrodillándose a mi lado.
—Te llevo.
Su mirada transmitía confianza y amabilidad. Eso es un progreso para mí, así que acepté su ayuda. Con ayuda de Amalthea, me acomodé sobre el lomo del ex secretario renegado, tratando de no dejar mi pata herida al aire.
—¿Lista?
—Sip.
Dicho esto, se levantó despacio. No tenía mucha dificultad para cargarme, y creo que no teníamos un contacto tan estrecho desde la última vez que... preferiría no pensar en eso para no evocar recuerdos desagradables. Sin embargo, esta vez no me incomodaba. El impulso de querer clavarle un cuchillo había sido reemplazado por el de darle un abrazo, y lo hubiera hecho de no ser por la picadura. El viaje a lomo de alquiriano resultaba muy cómodo, por lo menos para mí, no sé cuánta distancia soportará Tiberius conmigo a cuestas.
—Muchas gracias — le susurré al oído.
—Me salvaste de la mandrágora en el Capitolio. Supongo que estamos a casco... — me respondió sin estremecerse. Luego cambió de tema— Aunque, a todo esto… ¿qué hay en las Barracas Mushtar para que vayamos allí? ¿Sibila no lo dijo?
—Hmm… pues ahora que lo pienso, ella no fue muy específica. Sólo mencionó que algo importante nos esperaba ahí.
—¿Como qué? ¿Otro contacto suyo que nos ayudará a escapar hacia el puerto?
—No tengo idea…
—¿De qué hablan? — preguntó Amalthea, volteándose hacia nosotros.
—De nuestro próximo destino — respondí — ¿A dónde vamos precisamente?
Amalthea sopesó mi pregunta. Ella estaba en las mismas que nosotros.
—Recuerdo que Sibila me dijo que seríamos protagonistas de "eventos de gran magnitud".
—Ah, e insistió en eso de que "la sangre dos veces renovada, retomará el trono" — acotó Tiberius — No tengo idea de a qué se refería… a menos que, no sé, uno de nosotros sea un heredero perdido de los reyes alquirianos — agregó con una risita.
—Nurna, ¿Sibila te comentó algo de a dónde debías acompañarnos?
Pero la drumante no alcanzó a contestar. Alguien aterrizó frente a nosotros, levantando un montón de polvo. Cuando se disipó, vimos que se trataba de una poni, una pegaso para ser precisa. No me parecía conocida, de hecho no me esperaba ver otra pegaso por estas tierras.
—¡Por las plumas de mi abuela! ¿Cuántos costalazos me voy a pegar hoy? — rezongó la caída del mapa, tras contener un ataque de tos. Entonces clavó la mirada en nosotros — ¿Qué…? ¿quiénes son ustedes?
—En realidad la pregunta sería ¿quién eres tú? — pregunté a mi vez, ladeando mi cabeza a un lado del cuello de Tiberius para mirarla mejor.
—No puede ser… ¿Pinkie? ¿cómo escapast…? —inquirió ella, abriendo los ojos grandes al verme, y se interrumpió al notar la presencia de Amalthea — Wow, parece que ustedes escaparon juntas.
—Órale, ¿qué onda? — otra voz desconocida se sumó a la conversación.
—¡Rainbow! ¡Ven, baja!
—¿Rainbow?
Un pegaso de pelaje color de moras descendió para incorporarse a la ronda. A diferencia de la Rainbow que yo conocía, la melena de este corcel se componía de verde y rojo, lo cual desentonaba totalmente con su nombre.
—¿Ella es Pinkie Pie, la poni que te hizo caer con los esclavistas?
—Ah, pues… sí… — contestó ella, rascándose la nuca con pena —Tal vez no me reconozcas porque me cambiaron la apariencia, pero soy yo, Wind.
—¿En serio eres tú, Wind?
No me lo podía creer. ¿Cómo había llegado ella hasta aquí? ¿Qué le había pasado después de dejar el Palacio de Gobierno?
—Wow, esto es sorprendente. Me alegra verte de nuevo…
—Vaya, parece que el globo desapareció — comentó el pegaso, escarbando en el pozo dejado por su amiga — a ver, ¿quién de ustedes fue el de la idea? — agregó, mirándonos de forma inquisidora.
—¿Qué globo?
—Un globo con vida propia me trajo hasta aquí, aunque parezca increíble… ¡miren, ahí está!
En efecto, el globo sospechoso, de un color parecido al de mi pelaje, flotaba describiendo elipses por arriba nuestro. Nada más verlo me recorrió una sensación cálida por mi lomo, presentía que era una señal de mis amigas, y que debía seguirlo. Quizá ahí estaba la pista del destino que nos había augurado Sibila. Cuando Nurna comentó sobre la extraña energía invisible emanando del globo, me dio la sensación de que conocía esa magia…
Hechas las debidas presentaciones, Wind y el tocayo de Rainbow Dash, intrigados igual que nosotros por saber quién tendía los hilos del misterio, aceptaron acompañarnos el resto del camino por las Barracas Mushtar. Siempre detrás del aparentemente inofensivo globo, que volaba de manera independiente, como impulsado por un fantasma. Durante el trayecto conversamos Wind, Amalthea y yo, poniéndonos al tanto de nuestras aventuras. El amigo de Wind no mostraba mucha confianza a los alquirianos que me acompañaban, a veces echaba una mirada a Nurna con curiosidad, pero se abstenía de hacer comentarios.
Nos detuvimos a tomar un descanso en la casa de Blitz (lo voy a llamar así para no confundirme con mi Rainbow). El calor había aumentado mucho en el transcurso del mediodía, ya entrada la tarde nos acuciaba la sed. Antes de llegar al cerro, Nurna se despidió de nosotros, diciendo que ya había cumplido su deber. No avanzaría más allá. Amalthea y yo le rogamos que nos acompañara un poco más, por lo menos hasta que llegáramos a un territorio seguro. Sin embargo, ella dijo que su objetivo fue completado, nos deseó suerte, y se marchó.
Dormido sobre la reposera de mimbre, con la cabeza cubierta por un sombrero negro, el poni terrestre de color rojo apagado y crines marrones tomaba una breve siesta antes de continuar su trabajo. El almuerzo estuvo tan bueno que no se resistió a comer otra porción, y eso le dio mucho sueño, lo mismo que a sus hermanos. Como venían trabajando duro desde hace varios días, Applebuck autorizó una hora de siesta general. Ni bien sonara el despertador puesto a un lado de la silla, él se encargaría de llamar al resto para retomar las tareas de la jornada.
Un cuarto de hora antes de la alarma, un insecto verdaderamente molesto despertó al gran corcel rojo. Si no se paraba en su nariz, revoloteaba sobre su sombrero produciendo un zumbido muy fuerte, o caminaba sobre sus cascos para producirle cosquillas. Enojado, el granjero se paró bruscamente con los cascos delanteros listos para aplastar a ese endemoniado bicho. Para su sorpresa, éste se había esfumado. Exasperado, Applebuck se resignó a perder sus últimos minutos de sueño. Permaneció sentado, respirando el aire sereno del largo porsche de su casa, de las primeras en ser establecidas para fundar granjas. Con una composición esencialmente de madera y adobe, techo a dos aguas con tejas de ladrillo, fue el hogar de varias generaciones de ponis granjeros; la actual estaba comandada por Applebuck y por su madre, tras la muerte del padre hace unos años.
La paz no duraría por mucho. Una fuerte ráfaga de viento se llevó su sombrero, provocando que el corcel saliera en persecución del mismo. Tuvo que correr por toda la granja, como si un pájaro invisible le estuviera jugando una broma de muy mal gusto. En vano saltaba para alcanzar la mayor herencia que su padre le había dado, pero el viento lo mantenía muy alto. Finalmente, en la entrada sur de su campo, la brisa amainó en seco, liberando el sombrero. Applebuck se lanzó sobre éste para evitar que escapara de nuevo, casi dándose de bruces contra la tranquera que marcaba el límite de su propiedad con el exterior. Al alzar la cabeza, triunfal, se encontró con algo que no esperaba. Al frente de un heterogéneo grupo equino, Dusk Shine lo saludaba como si nada.
—Buenas tardes, Buck, perdona la molestia. ¿Me ayudas con esto?
—¿En qué henos te metiste, Dusk?
—No puedo hablar ahora, hay mulas en la costa.
Ambos corceles se miraron, diciéndoselo todo en nada. Sabiendo que ese no era el lugar adecuado para explicaciones, Applebuck les abrió la tranquera y les indicó que lo siguieran en silencio. A través de las amplias hectáreas plantadas de manzanos, los condujo a la zona más reservada, donde se ubicaba un viejo galpón semi vacío. Amablemente les pidió que lo esperaran allí, porque debía ir a levantar a sus hermanos de la siesta. De seguro el reloj despertador debía estar saltando con toda la furia al cumplirse la hora programada. No sabía con qué excusa iba a mantener a su familia alejada del asunto, cuanto menos supieran, mejor.
En el porsche de la casa ya lo esperaba su madre con cara de pocos amigos. Había sido la primera en escuchar la alarma, y al no encontrar a su hijo mayor, tomó ella la responsabilidad de llamar a sus otros hijos.
—¿Qué forma es ésta de…? —empezó la señora, pero Applebuck la interrumpió.
—Lo siento, madre, un roedor se robó mi sombrero — era la peor respuesta que se le hubiera ocurrido, afortunadamente la vieja matriarca se lo creyó.
—Oye, Applebuck, te busca tu amigo Blitz, dice que es importante —una de las hermanas menores apareció por el costado de la casa, cargando unas brochas y botes de pintura para darle otra mano a la tranquera de la entrada principal.
"¿Y ahora qué?" se preguntó el corcel mientras echaba a trotar por el camino. No era normal que sus dos compañeros de lucha aparecieran así de repente por su rancho, y eso no le daba buena espina. Cuando lo encontró, el pegaso traía su típica actitud despreocupada, pero esa actitud se desvaneció cuando le dijo por qué había venido medio corriendo desde el cerro.
—Necesito que des asilo a unos amigos…
—¿Tú te crees que yo tengo hospedaje, Blitz?
—Tranquilo, sólo serán un par de días. Ven, ellos están un poco más atrás. Quise venir solo porque temía no encontrarte, y no tengo ganas de explicar todo más de una vez. — Blitz técnicamente arrastró a Buck para afuera, y éste, soltándose, lo siguió dando un resoplido.
—Dusk y tú van a meterme en problemas, ¿lo saben?
—¿Qué tiene que ver Dusk?
—Él ya trajo una comitiva de ponis, y sobre el pucho vienes tú y me caes con más multitud. ¿Este es el día de traer gente rara al Rancho Aguasfuertes o qué?
—Mira, yo no tengo nada que ver, sea lo que sea. Solo son tres, venían de las Barracas Mushtar con una drumante.
—No me gusta nada de lo que dices.
—Vamos, ayúdame con esto. Te prometo que te lo compensaré… y antes de que relinches, dos son alquirianos.
—¡Qué!
—¡Por favor, viejo! Ya te contaré bien la historia, pero necesitan un escondite rápido, antes de que caiga la noche o que venga el ejército. Piensa en la revolución, piensa en los nuestros, te lo pido — rogó Blitz, juntando sus cascos delanteros.
—Espero que de todo esto salga algo bueno — murmuró Applebuck.
Como Blitz había dicho, los viajantes eran tres, dos alquirianos y una poni. Wind los acompañaba.
—Uff, qué suerte que llegaron. — suspiró Wind — El globo se ha movido en aquella dirección.
—¿El qué? — inquirió Applebuck, dándose cuenta de que la pegaso señalaba justo en sentido donde había alojado a sus otros huéspedes.
—Laaarga historia, después te la contamos. ¿Pueden quedarse, entonces?
El hijo mayor del Rancho Aguasfuertes simplemente soltó un gran suspiro, imaginándose la avalancha de problemas que le caería encima. Sin embargo, no podía negar su curiosidad por saber a dónde los llevaría esa locura. No veía nada amenazador en los rostros de la unicornio alquiriana, el alquiriano sin cuerno o la poni rosa. A pesar de todo, confiaba en Blitz y en Wind. De todos modos, era mejor que no los vieran pasar por delante de la casa, así que les dijo que saltaran la cerca para llevarlos silenciosamente a través de los manzanares hacia el lugar de reunión secreto. Varias veces hubo que esquivar a alguno de los hermanos de Buck, pero por suerte no sufrieron mayores dificultades.
Al momento de cruzar la desvencijada puerta, comenzó un evento mágico, o eso le pareció a los alquirianos y ponis que asistieron al reencuentro de los Elementos de la Armonía.
¿Vieron cuando empiezan un capítulo, y no lo pueden terminar porque siempre aparece una cosa y otra y otra y otra, y parece que no van a acabar nunca de escribir, para colmo no logran llegar íntegramente a la escena que querían escribir? Bueno, eso me pasó con este capítulo. Pero, teniendo en cuenta el laaaaaaaaaaargo hiatus en que tuve este fic, y la extensión, a lo mejor para cuando lo terminen de leer ya tengo publicado el siguiente.
¡Qué lío me hice con la geografía de Alquirión! Consecuencias del hiatus… incluso tras la relectura, no me acuerdo bien qué relieves había inventado. Sé que en algún momento había dibujado un mapa, pero lo perdí. Ahí va una recomendación: si escriben una historia donde extiendan el mapa de la serie, háganse un croquis y procuren no perderlo, ténganlo a mano cuando vayan a escribir.
