Llevaban todo el camino hacia la torre del Hokage soportando los alaridos de Naruto quejándose sobre el felino poco cariñoso que tenía en sus brazos. Aunque sus compañeros lo encontraran molesto, a Hikaru le divertía todo lo relacionado con el rubio. Frente a ella estaban los tres genin y, a su izquierda, Kakashi se encontraba caminando relajado mientras ojeaba su libro.
Habían pasado dos semanas desde el ejercicio de supervivencia y durante todo ese tiempo les habían asignado misiones de clase D que apenas requerían trabajo de parte de los jönin, por lo cual, Hikaru solía limitarse a observarlos trabajar en equipo —si es que sus constantes competencias de niños podían considerarse trabajo en equipo—. Había procurado mantener su distancia de Kakashi y, a pesar de los repetidos intentos del peliplata, lo había logrado.
Mientras subían las escaleras hacia la oficina de su padre, Hikaru comenzó a pensar en su hija. Hace unos días, lo habían incluido en un equipo que había perdido un miembro, el único problema era que su equipo no era parte de los que habían formado este año, lo que significaba que sus compañeros eran incluso mayores que Naruto, Sasuke y Sakura. Aunque tratara de ocultarlo, estaba preocupada por el tipo de misiones que podrían llegar a darle. Tal vez su padre se encargaría de la seguridad de Emiko, pero lo normal era que a medida que los equipos ganaban más experiencia se les diera misiones más difíciles.
Además, estaba todo el problema de su salud. Tenía suficientes pastillas para un par de meses pero temía que para entonces no lograrán encontrar la forma de recrear la fórmula de Orochimaru. Si no lograban hallar la solución, entonces la regeneración celular de su hija se aceleraría haciéndola envejecer más y más hasta que... Ni siquiera quería pensar en ello. No era una opción. No importaba qué le costara, iba a salvarla.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la estruendosa voz de Naruto. Cuando volvió a la realidad, todos se habían detenido en el medio de un pasillo, a unos metros de la oficina, y un hombre estaba parado frente a ella extendiéndole un pergamino. Lo reconoció de inmediato. Era un miembro del séquito de zombies de Danzö.
—Oye, rarito. Fíjate por donde caminas —gritó el rubio.
Hikaru frunció el ceño ante el pergamino pero lo tomó de todas formas. Sin decir nada, el shinobi pasó por su lado y siguió caminando, haciendo caso omiso a los gritos de Naruto, hasta desaparecer al final del pasillo. Cuando la kunoichi volvió su atención hacia delante, todos los miembros del equipo tenían su atención puesta en ella, Kakashi incluso había guardado su libro para observar a su compañera. Al igual que ella, había reconocido al shinobi como uno de los anbu de raíz y sabía, por experiencia propia, que un pergamino de parte de Danzö no podía significar nada bueno.
—¿Qué? Tengo un admirador secreto —dijo Hikaru, lo que le ganó miradas de incredulidad de parte de los menores—. Era un chis... Olvídenlo. Vamos, llevemos a esa alimaña con su dueña antes que deje a Naruto tuerto.
Los genin comenzaron a dirigirse a la oficina del Hokage con los gritos histéricos de Naruto sobre cómo no quería perder el ojo. Mala opción de palabras, pensó Hikaru. Estaba a punto de seguir a sus estudiantes cuando se dio cuenta que el peliplata seguía inmóvil a su lado, observándola con una mirada interrogante.
—¿Qué? —preguntó a la defensiva la kunoichi.
—Oh, no es nada —dijo Kakashi, retomando su habitual postura despreocupada. Volvió a sacar su libro y siguió caminando detrás de los genin como si nada.
Cuando Hikaru los alcanzó, ya se encontraban dentro de la oficina del Tercero. Habían devuelto al gato y Naruto ya había comenzado a quejarse sobre las misiones que les asignaban. Aquí vamos otra vez, pensó el peliplata. Su mirada viajó a Hikaru, parecía algo ausente. Le hubiese gustado saber qué pasaba por su cabeza en ese momento. Quería preguntarle sobre el pergamino pero sabía que no obtendría respuestas. Había tratado de hablar con ella en las semanas pasadas pero siempre lo había ignorando, poniendo alguna excusa tonta. Volvió su atención a los niños, debía concentrarse en ellos. Ese era su trabajo. No había nada que pudiera hacer por Hikaru si ella no se dejaba ayudar. En verdad deseó que lo dejara ayudarla.
—Hikaru-sensei, ¿por qué no puede venir con nosotros al País de las Olas? —preguntó Sakura.
Estaban saliendo del edificio del Hokage. La kunoichi apenas había prestado atención a lo que su padre había dicho, no fue hasta la pregunta de la pelirrosa habló que se dio cuenta de dos cosas: uno, su equipo se iría a una misión fuera de la aldea y, dos, ella no iría con ellos. Una sensación de preocupación la agobió repentinamente mientras pensaba en el niño de cabellos rubios.
—¿Eh? —dijo confundido Naruto— ¿Por qué no habría de venir con nosotros, Sakura-chan?
—Ay, Naruto, ¿acaso no prestaste atención al Hokage?
—Ehhhh, sí, sí. Sólo quería asegurarme de que todos habíamos entendido lo mismo... —respondió mientras se rascaba la nuca.
—Naruto... —dijo Sakura algo exasperada cuando fue interrumpida por Sasuke.
—Ya déjalo, Sakura. Apenas puede atrapar a un gato y esperas que le preste atención al Hokage.
—¿Qué dijiste? —preguntó enfadado el rubio mientras apretaba sus puños.
Hikaru posó su mano en el hombro de Naruto, tratando de calmarlo para evitar que las cosas entre él y Sasuke se salieran de control. El rubio se volteó a verla algo sorprendido por el gesto y se encontró con que la kunoichi estaba sonriendo.
—Bueno... —comenzó a decir Hikaru— debo admitir que también tengo un problema para prestarle atención al viejo. Tal vez el problema sea de él y no nuestro... ¿tú qué dices, Naruto? —El genin solo le dedicó una leve sonrisa a modo de respuesta— Entonces, Sakura, ¿qué fue exactamente lo que dijo el Hokage?
—Mencionó algo sobre buscarte alguna tarea en la aldea para que hicieras mientras estemos fuera pero eso fue todo...—La niña se detuvo a pensar si había omitido algo— no explicó porqué no podrías venir con nosotros.
—Ya veo... —comentó la kunoichi sopesando la idea de darles una respuesta honesta o no a sus alumnos. No quería hablar mucho sobre su situación en la aldea pero... tampoco quería agregar otra mentira al inventario. Sus ojos viajaron a Naruto, aún tenía su mano sobre el hombro del niño y éste la miraba expectante. Los ojos inocentes ojos celestes del genin la miraban con cierta ¿admiración? ¿confianza, tal vez? No sabía ponerlo en palabras pero no era la primera vez que la habían visto así. Le recordó a la mirada en los ojos de Emiko cuando le había mentido descaradamente sobre la muerte de sus padres, posicionándose a si misma como la heroína que siempre quiso pero nunca supo ser. Tanto con Naruto como con Emiko, no había hecho nada para ganarse siquiera un dejo de afecto por parte de ellos y, sin embargo, allí estaba, tatuado en sus ojos tan claro como el agua.
No los merecía, eso también estaba claro.
Aborreció el hecho de disfrutarlo. No las mentiras sino el afecto que provenía de estas. Sabía que si tuviese un ataque de honestidad con todos ellos, ninguno sería capaz de mirarla con algo más que desprecio. Sabía que la única razón por la cual Emiko la amaba era porque desconocía que ella fue la causante de la muerte de sus padres. Sabía que Naruto la detestaría si supiera que lo había abandonado cuando dejó la aldea. Pero se guardó todo ello para si misma.
Kakashi observó como su compañera se perdía dentro de si misma y volvió a preguntarse, por enésima vez en lo que iba del día, qué estaba pasando en su cabeza. La sonrisa que hace un minuto adornaba su rosto fue reemplazada por un ceño fruncido y su vista había caído al suelo, como si mantener contacto visual con Naruto le fuera imposible. Los niños la vieron algo confundidos pero ninguno se atrevió a decir nada.
De repente, Hikaru alejó su mano del hombro de Naruto.
—Y-yo... Lo siento, creo que me quedé tildada. —Rió levemente tratando de restarle importancia a lo que acababa de suceder y volvió a sonreír como antes— ¿en qué estábamos?
—Naruto, Sasuke y Sakura estaban a punto de irse a sus casas —interrumpió Kakashi—. Ya perdimos suficiente tiempo y dudo que quieran llegar tarde. Preparen todo lo que necesiten y nos encontraremos en las puertas de la aldea en dos horas. —Los genin asintieron pero se quedaron mirando a Hikaru—. ¿Qué no me escucharon? ¡Ahora! —Ante la orden de su sensei, el rubio, la pelirrosa y el azabache salieron pitando de allí.
Una vez más, Kakashi se volteó a mirar a la joven. Tenía la mano apoyada sobre su bolso porta armas. El peliplata la vio algo extrañado hasta que se dio cuenta del motivo.
—¿Por qué Danzö te envió un pergamino?
La kunoichi se volteó quedando de frente al jönin quien parecía algo más serio que de costumbre.
—Gracias por sacarme a los niños de encima. No estaba segura de qué decirles —dijo ignorando por completo la pregunta del peliplata.
—Podrías intentar con decir la verdad, como ahora. ¿Por qué te envió un pergamino?
—La verdad... ¿y cuál sería esa exactamente? Si hay algo que me enseñó la Hoja es que si dices una mentira lo suficientemente fuerte termina convirtiéndose en una verdad: la gente pensará de acuerdo a ella, actuará de acuerdo a ella y vivirá de acuerdo a ella. Al final del día, no importa si en un principio fue verdad o no porque ya decidimos vivir pensando que lo es. Piensa en la guerra, cada nación va a ver a sus ninjas como héroes. Entonces, tienes a un bando de héroes peleando contra otro bando de héroes... no tiene sentido y, aún así, esa es la verdad. ¿Y luego qué? Luego, aquellos que quedaron, vuelven a casa y son llamados héroes sin importar si hicieron algo o no para merecer el título. Déjame preguntarte algo, Kakashi: cuando volviste a la aldea tras la muerte de Obito, ¿te sentiste como un héroe? —El jönin no respondió— Después de la guerra, ¿te sentiste como un héroe? Porque yo no y, sin embargo, así fue como nos llamaron —La kunoichi volteó a mirar la Roca Hokage—. No soy una heroína, nunca lo fui. Maté personas en la guerra. No personas malas o buenas, solo personas. Pero fui una heroína sólo porque un puñado de gente, que no tiene la menor idea de lo que significa una guerra, así lo decidió. Más veces de las que nos gustaría aceptar, la verdad no es más que una mentira que supo hacerse un lugar en nuestras mentes.
Mientras observaba el rostro de su padre tallado sobre la montaña, Hikaru escuchó como Kakashi soltaba una leve risa y lo miró con la ceja alzada.
—Eso significa que si coincido contigo ahora, entonces lo que acabas de decir será verdad... Tal vez hayas encontrado la manera de vivir con eso Hikaru, pero me rehúso a permitir que esa sea mi verdad.
Las palabras del peliplata provocaron una pequeña sonrisa en la kunoichi.
—Supongo que tienes razón. —La joven volvió a situarse de frente a su compañero—. No sé por qué Danzö me envió el pergamino pero tampoco te lo diría si lo supiera.
—Lo sé... lo sé.
Ambos shinobis se miraron a los ojos. Después de tanto años, esa era la manera más honesta que tenían de comunicarse. Hikaru le sonrió una última vez antes de darle la espalda para irse. Luego de unos pasos, escuchó la voz del peliplata llamándola y se detuvo permitiendo que éste la alcanzara. Kakashi se mantuvo unos centímetros detrás de ella y dijo:
— No puedo cambiar lo que hice pero... lo único que quiero es ayudarte, esa es mi verdad.
Nunca le habían gustado los cuarteles de Raíz. En el pasado, había estado allí solo un par de veces pero siempre le habían dado la misma sensación. Una completa soledad la invadía al mismo tiempo que sentía miradas observándola en cada rincón. Al estar bajo tierra, la temperatura era menor y hacía que un escalofrío recorriera su cuerpo. Instintivamente, quiso cruzarse de brazos pero se resistió para evitar mostrar su incomodidad.
El pergamino no decía mucho, solo tenía una hora y lugar de encuentro. Nada sobre el motivo de la reunión había sido escrito lo cual llevó a la mente de Hikaru a imaginarse cada escenario posible. Lo cierto era que, independientemente del porqué, una reunión con Danzö en Raíz no podía ser buena. Tal vez sabe algo sobre Emiko, pensó disgustada la kunoichi.
Uno de los lacayos de raíz la guió hasta un cuarto para luego desaparecer, dejándola sola esperando lo que sea que estuviera esperando. La habitación estaba completamente vacía salvo por algunas antorchas en las paredes que servían para dar una iluminación tenue al lugar. Hikaru llevó su mano al porta kunais atado a su pierna. Sus sentidos se habían agudizado haciéndola consciente hasta del más mínimo movimiento. En un parpadeo, tomó un kunai y lo arrojó al marco de la puerta por el que había entrado hacía tan solo unos minutos. A unos centímetros de donde había aterrizado el kunai, Danzö se encontraba observándola con el rostro impasible.
—Veo que te hace falta práctica.
—Si hubiese querido golpearte, lo hubiera hecho. —El anciano se rió ante el comentario—. Me alegra que lo encuentres entretenido porque, en cuanto me hagas perder un segundo más de lo necesario, te golpearé con tu bastón.
—Directo al grano, ¿eh? De acuerdo —Danzö se adentró mas en la habitación cerrando la puerta detrás de él—. Tengo una tarea para ti.
—¿Qué clase de tarea?
—Una que te resultará sencilla, dadas tus... habilidades.
—Tendrás que ser más específico.
Danzö se paró frente a ella, mirándola con una sonrisa de lado en el rostro. La miraba como si supiera lo que iba a suceder aún antes de que sucediera.
—Eliminación. Un objetivo.
—No —contestó de inmediato Hikaru.
—Lo quiero hecho para dentro de dos semanas y necesito sutileza, espero que eso no sea un problema.
Quiso decir que no de nuevo pero, por alguna razón, supo que sería en vano. Una sensación de insignificancia se apoderó de la kunoichi, como si no fuera más que un peón, privada de cualquier tipo de libertad sobre si misma.
—¿Por qué? —Fue todo lo que alcanzó a decir.
—Porque lo sé, un pajarito me lo dijo... ¿O debería decir cuervo?
Hikaru se paralizó de inmediato, cada músculo de su cuerpo se tensó y apretó sus puños. ¿Cómo? Sintió la rabia crecer en su interior y trató de controlar su respiración agitada para calmarse.
—Te enviaré toda la información a tu departamento, eres libre de irte.
¿Libre?
Haciendo uso de toda su capacidad de autocontrol, se dirigió a la puerta ansiosa por poner la mayor distancia posible entre ella y Danzö pero, apenas tomó la perilla, lo escuchó decir:
—Ah, y Hikaru... Bienvenida a Raíz.
