§16§
Naruto se había marchado.
Aquella mañana, Hinata se despertó tarde, cuando Matsuri llamó a su puerta. Le pidió que esperara un momento y luego se sentó en la cama, buscando con qué cubrirse. El medallón de su esposo estaba debajo de su cuerpo. Sintió una breve punzada de desilusión, pero luego el sentido común le hizo comprender que él no había querido molestarla buscándolo, de modo que simplemente lo había dejado allí y había bajado a desayunar.
Hinata puso el medallón sobre la cómoda que estaba al Iado de la cama y fue hacia la puerta, mientras se cubría con una prenda de ropa.
Matsuri se quedó en la entrada.
—Ha llegado el padre Yamato, pero no es necesario que se apresure. Está ocupado escuchando confesiones en el patio inferior y no subirá hasta dentro de una hora.
—¿Estás segura? —preguntó Hinata—. No me gustaría hacerle esperar.
—Si Fuka cumple con su promesa de confesarse, estoy segura. Tiene tantos pecados como para mantener ocupado al padre durante el resto del día.
—Comentarios como ése te valdrán una larga penitencia, Matsuri—replicó Hinata, riendo.
—Sólo estoy diciendo la verdad, de manera que no puede ser pecado. ¿Quiere que le ayude a vestirse, milady?
—No, gracias.
Matsuri pareció quedar decepcionada.
—Entonces bajaré al salón. Temo hacerlo, sin embargo, porque ya sabe usted quién está sentada allí, comportándose como si fuera una reina.
—¿Hablas de lady Namikaze?
Matsuri asintió con la cabeza. De inmediato, Hinata la reprendió.
—Debes respetarla —dijo—. Es la madrastra de tu amo, no sé si lo recuerdas.
—Como usted quiera, milady.
—Por favor, inténtalo, Matsuri. Sé que puede ser difícil.
—Sí, es difícil, especialmente desde que hizo quitar sus preciosas labores. Los almohadones no estaban apelmazados, milady. Eran perfectos.
Hinata agradeció su bondadosa opinión y la despidió para poder vestirse. Mientras se lavaba, hizo mentalmente una lista de las cosas que debía hacer ese día. Lo primero y más importante era conseguir estar un rato a solas con Naruto y hablarle de Menma. Sí, eso era lo más urgente, pero si tenía tiempo y se daba la ocasión también trataría de averiguar cuántos días pensaba quedarse lady Anko.
Tal como era su costumbre cada mañana antes de dejar la habitación, rezó una breve plegaria rogando poder agradar a Anko.
Con la ayuda de Dios, ése sería el día.
Sin embargo, hablar con Naruto era lo primero y, aunque podía llegar a morir de vergüenza por ser descubierta, se deslizó furtivamente hacia fuera para que no la entretuvieran las eternas quejas de Anko. La suerte estaba de su lado: la mujer estaba sentada de espaldas a la puerta y no la vio.
Hinata no estaba particularmente preocupada por la posibilidad de encontrarse con Menma, porque él solía salir a cabalgar todas las mañanas y no volvía hasta la caída de la tarde.
Aquella misma noche se habría marchado... para siempre.
¿Dónde estaría Naruto? Lo buscó por todas partes. Él le había prometido que no volvería a marcharse, y ella sabía que no iba a romper su promesa. Era posible que se hubiera ido al lago o a las ruinas, pensó, y se propuso preguntárselo a Lee. Por suerte, lo encontró en el patio inferior.
Aguardó a un lado del camino a que el comandante terminara su conversación con dos soldados y luego lo llamó.
—¿Me permites un momento, Lee?
—Desde luego, milady —respondió él. Se acercó presuroso y saludó con una inclinación de cabeza.
—He buscado a mi esposo por todas partes. ¿Sabes dónde está?
—Se ha marchado, milady. No sé con seguridad cuándo regresará.
—¿Al lago?
—Fue a la propiedad del señor Sarutobi. Tal vez tarde tres o cuatro días en regresar, o quizá más.
La reacción de Hinata lo confundió por completo. Parecía estar a punto de desvanecerse, y cuando él la cogió del brazo y la sostuvo con fuerza advirtió que estaba realmente asustada.
—¿Dónde está Menma? —preguntó mirando frenéticamente a su alrededor.
—Se marchó temprano esta mañana, milady. Tres soldados del señor iban con él. También se dirigían al norte. Cuantos más sean, más protegidos estarán —aclaró, por si acaso no le había comprendido.
Hinata casi se echó a llorar de alivio.
—Entonces Menma ya no volverá, ¿no es así?
—Así es, milady.
—¡Gracias a Dios! Quería hablar con Naruto, pero se ha marchado, Lee, antes de que pudiera... y ahora yo... ¿Por qué se marchó? Me dijo que no lo haría.
Lee le dio unas palmaditas en la mano, tratando de que lo soltara.
— Sarutobi murió anoche. Era muy importante que su señor fuera a dar el pésame. El señor de Kincaid seguramente hará lo mismo.
De pronto, todo cuadraba otra vez. Naruto no le había mentido. Simplemente, no había previsto la muerte de su amigo.
—Lo siento mucho por la familia de Sarutobi. Espero que haya muerto en paz.
—Nos dijeron que murió mientras dormía. ¿Le complacen estas noticias, milady? Está sonriendo.
Se sintió como una tonta.
—Estoy contenta porque mi marido se vio obligado a marcharse. No me mintió. De ninguna manera me alegra la muerte de Sarutobi. Veré al padre Yamato y le pediré que rece por el descanso de su alma.
— Yamato está escuchando confesiones. Le diré que vaya a verla tan pronto haya terminado.
Finalmente, Hinata soltó al soldado.
—No sé qué me ha pasado. Estaba...
—Asustada.
Ella asintió con la cabeza.
—Sí, es verdad. Ya estoy mejor.
Saludó a Lee y se encaminó hacia la colina.
—¡Milady! —exclamó él—. Estaba asustada a causa de Menma, ¿verdad?
Ella fingió no oírlo, pero él fue tras ella y repitió la pregunta.
Hinata se volvió, sonrió y dijo:
—No estaba asustada.
Lee sintió una punzada de decepción al ver que su señora no confiaba en él lo suficiente para decirle la verdad.
—Estaba aterrada.
Él pestañeó.
—¿Por qué?
—Siento que debo decírselo primero a Naruto en cuanto regrese, pero te aseguro, Lee, que si existiera la menor posibilidad de que Menma volviera antes que mi marido, te lo contaría todo. ¿Me comprendes ?
—Sí, señora —replicó él—. Menma es el hermanastro de Naruto, y Naruto debería ser el primero en saber lo que usted tenga que decir. Sólo lamento que no pudiera hacerlo hasta ahora.
—Yo también lo lamento —dijo Hinata, pero reconoció para sus adentros que por nada del mundo cambiaría lo ocurrido la noche anterior.
Una vez más trató de marcharse.
—Milady, ¿cuáles son sus planes para hoy?
No fue la pregunta lo que provocó su risa, sino el terror que detectó en la voz de Lee.
—No te preocupes. Hoy no montaré el semental.
Estuvo afuera mucho más tiempo del que se había propuesto, visitando a las mujeres que estaban fuera de sus casas con sus labores de costura; no regresó hasta media tarde. Antes de entrar repasó todo lo que diría a Anko.
—Y será mejor que no me llame «niña» —murmuró.
Sus bravatas duraron poco, y tuvo que reconocer con un suspiro que la mujer podía llamarla «niña» todas las veces que quisiera, y ella no diría una palabra. Criticándola jamás lograría su aprobación.
Por todos los cielos, ¿durante cuánto tiempo pensaba quedarse? Hinata trató de imaginar la forma de preguntárselo, pero por más vueltas que le daba, no conseguía que la pregunta no reflejara su ansiedad.
Hizo a un lado su preocupación en cuanto entró en el salón.
—Buenas tardes, lady Anko. ¿Cómo se encuentra hoy?
— Hinata, sé que ya te lo he dicho, sin embargo parece que debo volver a hacerlo. Prefiero que me llames lady Namikaze. Me doy cuenta de que no puedes evitarlo; después de todo, no eres más que una criatura, pero quiero que pongas un poco más de empeño.
Hinata aspiró profunda y lentamente.
—Sí, lady Namikaze, pondré más empeño.
—¿Has oído la triste nueva acerca de Sarutobi?
—Sí.
—Es una lástima, ¿verdad? Tuvo una vida tan inútil. Nunca hizo ni produjo nada digno de ser recordado.
—Estoy segura de que no es eso lo que piensa su familia — replicó Hinata.
—Nunca se casó. Ninguna mujer hubiera podido soportarlo. iOh, cielos, ojalá me hubiera acordado de transmitir a Naruto las noticias que trajo Menma el otro día! Se me olvidó. Probablemente lo volveré a olvidar cuando regrese. Eso es lo que la edad hace con nuestro cuerpo, Hinata. Hace que se nos olviden las cosas insignificantes.
—Tal vez si me lo dice a mí, podría recordárselo cuando regrese Naruto —sugirió Hinata.
Se quedó rígida, con las manos juntas, esperando que Anko le pidiera que se sentara con ella a la mesa. No se animaba a sentarse sin ser invitada, ya que la madrastra de Naruto la había regañado por hacer eso apenas dos días antes.
No pensaba cometer nuevamente el mismo error. Creía que llevarse bien con la mujer era su máximo desafío.
—Ven y siéntate conmigo, niña, no te quedes ahí parada haciéndome levantar la vista para mirarte. Te contaré las noticias que escuchó Menma ayer, cuando salió a cabalgar. Me preocupa que salga solo por ahí aunque, claro, sabe cuidarse. Aun así, no es seguro montar a caballo solo. Hoy, sin embargo, no estoy preocupada por él. Otros tres que iban camino del norte se detuvieron aquí. Estará protegido con ellos.
—¿Y las noticias, milady? ¿Cómo se enteró, si nadie le acompañaba?
Anko necesitó varios minutos para pensar acerca de la cuestión antes de poder recordar por fin.
—Por casualidad encontró un grupo de soldados que se dirigían hacia el sur. Menma conocía a dos de los hombres y se detuvo a conversar con ellos.
Hinata recordó que, mientras se dirigían hacia el castillo, Naruto había evitado los senderos muy transitados, prefiriendo atravesar el bosque, justamente para no encontrarse con nadie.
—Pensé que a Naruto quizá le interesara saber que el señor de Otsutsuki va a casarse, después de todo. Compadezco a esa pobre mujer.
—Yo también, milady —susurró Hinata, sufriendo por el futuro de la pobre novia.
—Dudo que la trate con consideración. Sin embargo, no hay que perder las esperanzas. Vaya, ¿cuál era su nombre? Creo recordar que es inglesa.
El lugar de origen tenía sin cuidado a Hinata. Lo importante era que la pobre mujer sufriría un destino terrible si no se hacía algo.
—¿Acaso ya es demasiado tarde?
—¿Quieres decir si ya está con Otsutsuki?
—Sí.
—No lo creo. Aún faltan varias semanas para la boda, según me dijo Menma. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que Otsutsuki cambie de idea y envíe a buscarla antes de lo previsto.
—Entonces, es probable que aún haya tiempo —dijo Hinata—. Y también que Otsutsuki cambie de idea y decida no casarse con ella.
—No te ilusiones, querida. Otsutsuki parece ser un hombre muy obstinado.
—¿Pudo enterarse Menma de quién es la mujer?
—Sí, pero no consigo recordarlo. La edad, comprendes.
Hinata asintió.
—Sí, naturalmente.
—Era un nombre más bien raro. Recuerdo haberlo pensado cuando Menma me lo dijo. Quizá me vuelva a la mente —dijo, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Es una pena que Menma se marchara tan pronto. Le habría gustado expresar su pesar en casa de Sarutobi. Mi hijo es un hombre muy atento. Ya se enterará, por supuesto.
—¿Es posible que dé media vuelta y regrese aquí? —preguntó Hinata, procurando que no se trasluciera en su voz el pánico que sentía.
—Quizá, depende de cuándo conozca las noticias —respondió Anko—. Podría estimar que es su deber asistir a los funerales junto a los jefes de clanes, pero tal vez llegue demasiado tarde. Si todos los demás ya volvieron a sus casas, ¿qué sentido tiene? Espero que se entere a tiempo, porque estoy segura de que lamentará no haber asistido.
—Pero Menma no es un jefe de clan, ¿verdad?
—¡Lo será muy pronto! —replicó bruscamente Anko.
—Sí, claro —se apresuró a asentir Hinata para calmar a la mujer—. Si se entera a tiempo de lo de Sarutobi, ¿postergará su viaje hacia el sur?
—Sería lo más correcto —contestó Anko—. No tendría tiempo antes del funeral, pero tal vez encuentre un momento cuando regrese. ¿No te agrada esa posibilidad? Pareces molesta.
—Sólo me preguntaba cuándo regresará Naruto. Tengo que hablar con él sobre un asunto.
—Si pasa algo malo, Hinata, no deberías molestar a tu marido. Deberías pedirme consejo a mí, ¿no te parece?
Hinata decidió hacer la prueba. ,
—¿Y si el problema involucra a su hijo?
—Entonces con más razón aún debes decírmelo. Soy su madre, por el amor de Dios, y tal vez pueda poner fin a esta... disputa... antes de que llegue demasiado lejos.
—Milady, dudo que vuelva a estar a solas con Menma, de modo que el problema...
Anko la interrumpió:
—¿Sola con Menma? Explica a qué te refieres, niña. ¿Tienes miedo a mi hijo?
Hinata hizo un gesto afirmativo.
—Ha tratado de, vamos, ha tratado de aprovecharse de... me tomó del brazo y me tocó... y cuando le pedí que me soltara, no me hizo caso. Dijo cosas sumamente impropias...
—¡Ya está bien! —exclamó Anko. Sus ojos brillaban de furia, aunque Hinata no logró discernir si se sentía furiosa con ella o con su hijo.
De inmediato, la actitud de Anko cambió radicalmente; ahora parecía incluso divertida. Para Hinata su sonrisa era tan inquietante como su rabia.
—Mi hijo está encaprichado contigo, niña. Es así de simple. Menma siempre tuvo debilidad por los pobres desdichados. Cuando era niño, elegía siempre a los cachorros más desvalidos para criar. No estoy sugiriendo que seas una pobre desgraciada, pero Menma y yo hemos advertido la fría actitud que tiene Naruto contigo. Creo que, a su debido tiempo, cuando hayas aprendido a ser una buena esposa, tu marido se ablandará. Noté que anoche parecía feliz de tenerte sentada a la mesa.
Hinata se preguntó qué pensaría Anko si le contara que había pedido a Naruto que fuera más afectuoso con ella. Podía entender por qué su madrastra pensaba que él no era feliz.
Anteriormente, Naruto había estado un tanto distante con ella, pero ya había cambiado de actitud, de hecho la había besado varias veces frente a sus hombres. Sin embargo, Anko no se había dado cuenta del cambio de su hijastro.
—¿Y qué pasa con Menma? —preguntó.
Anko le dio unas palmadas en la mano.
—¿Estás segura de que no estás exagerando?
—Sí, estoy segura. No estoy exagerando.
Anko reflexionó largamente sobre el tema.
—Supongo que te darás cuenta de que, como hermano de tu esposo, Menma es tan importante como él—dijo finalmente—. Te sugiero que hagas todo lo que mi hijo te pida. Como dueña de esta casa, debes atender a todas sus necesidades, ya que es el amo de este castillo siempre que Naruto esté ausente.
Hinata estaba indignada.
—¿Está tratando de decirme que...?
Anko volvió a interrumpirla.
—Respetes sus deseos en todo momento —declaró, afirmando con la cabeza—. Seguramente te darás cuenta de tu valía, ya que dudo de que en Inglaterra las mujeres sean tratadas de manera diferente por sus hombres. Deberías sentirte honrada por la atención que te prodiga Menma. Si el rey de Inglaterra te favoreciera, ¿le darías la espalda? No, por supuesto que no lo harías. Entiendo que todo esto te resulte bastante confuso. Eres muy joven y tiendes a reaccionar desmedidamente. No obstante, yo no mencionaría esta cuestión a Naruto. Se pondría furioso si le dijeras algo desagradable en relación a mi hijo. Ten fe en... Vaya, ahora recuerdo el nombre de la mujer: Hanabi. Te dije que era raro... —dirigió la mirada hacia Hinata, y luego entornó los ojos—. Creo que la joven es una de las hijas del barón de Hyuga.
—¿ Otsutsuki planea casarse con Hanabi? Milady, ¿está segura de que es la hija del barón de Hyuga? Porque es mi padre.
—Estoy segura —afirmó Anko.
—A estas alturas, mi padre ya debería haber aprendido del error que cometió conmigo. No debería haber enviado su hija más pequeña a ese demonio.
—¿Acaso importa? —preguntó Anko—. Una vez que se ha llegado a un acuerdo en una negociación, ya no se puede deshacer. Otsutsuki no será contrariado. Es posible que ya te odie tanto como a Naruto y, ¿qué mejor manera de equilibrar la balanza que conseguir algo que es tan valioso para ti? Tomará a Hanabi por la fuerza, si se ve obligado —agregó, recalcándolo con un gesto—. Al menos, eso es lo que espero que haga.
—¡No! —gritó Hinata.
Anko le dio unas palmadas en la mano.
—Es una pena, pero no puedes hacer nada, ¿verdad?
—¡No puede casarse con él! Alguien tiene que...
—Baja la voz, Hinata. Las damas no gritan —dijo, aunque un segundo después fue eso mismo lo que hizo para llamar a Matsuri.
—Creo que está en la cocina —dijo Hinata en voz muy baja.
—No, no está ahí. La envié arriba para que limpiara mi cuarto. Ah, aquí está. Matsuri ¿cuántas veces debo decírtelo? Cuando estoy en el salón, debes quedarte cerca de la puerta por si te necesito. ¿Entiendes?
—Sí, milady —respondió Matsuri. Desvió su atención hacia la esposa de su señor—. ¿Tiene algún problema, lady Hinata?
—Ya puedes ver que sí. Trae un pañuelo a tu señora para que se seque las lágrimas. Realmente, Hinata, no deberías llorar delante de la servidumbre. Es absolutamente impropio. No tienes por qué dejarte llevar por las emociones. Acepta que ya no se puede hacer nada.
— ¡ Naruto pondrá fin a esta locura! —susurró Hinata.
—Lo dudo, niña. ¿Cómo podría hacerlo? Está ocupado protegiendo al clan de Sarutobi. No puede estar en dos lugares a la vez; no esperes que vuelva la espalda a hombres y mujeres indefensos para ir a Inglaterra. Usa la cabeza.
—Fue a dar el pésame, no a luchar —sostuvo Hinata.
Trató de concentrarse desesperadamente en lo que decía Anko, pero era tal el pánico que sentía por la seguridad de su hermana pequeña, que prácticamente no podía pensar en otra cosa.
—Pues parece que Otsutsuki no iba allí a dar el pésame. Está preparándose para la guerra; quiere hacerse con las tierras de Sarutobi antes que Naruto. Ya sabes que ambos se disputan esas tierras, y que el que se haga con ellas tendrá una ventaja muy clara sobre el otro.
—¿Cómo sabe usted todo eso? —preguntó Hinata.
—Escuché a algunos soldados cuando hablaban del conflicto. Todos aquí saben lo que está pasando, incluso la servidumbre, pero a ti aún no te han aceptado, ¿verdad? Tal vez por eso no te has enterado de nada. ¿Dónde está Matsuri? Tarda una eternidad para traer un pañuelo. Si no estuviera a punto de marcharme, la despediría.
—¿Matsuri? —repitió Hinata, tratando de entender de qué hablaba Anko.
—Trata de estar un poco más atenta, Hinata. En cuanto a tu hermana, creo que simplemente debes borrarla de tu mente. No puedes hacer nada por ella.
—Pero Naruto podría hablar con mi padre...
—¿Cómo se te ocurre que Naruto vaya a ver a tu padre? Estoy segura que te darás cuenta de que lucharían hasta morir. Después de todo, el que empezó todo esto fue tu esposo, cuando te arrebató a Otsutsuki. El destino de tu hermana ya está sellado, y ni Naruto ni tú podéis impedir la boda. Olvídala —agregó—. O, mejor, reza una oración por ella si crees que eso puede hacer que te sientas mejor.
—Sí, rezaré una oración —respondió Hinata.
Se puso de pie, saludó a su madrastra con una inclinación y se dispuso a marcharse. Se encontró con Matsuri, que llegaba corriendo con el pañuelo que Anko había pedido.
—Espero que cuando regreses hayas conseguido dominarte — dijo Anko—. Noté anoche que todo el mundo disfrutó de la cena. ¿Admitirás ahora que tenía razón en cuanto al cambio de cocinera?
Hinata la miró con incredulidad. ¿Sería posible, en el nombre de Dios, que quisiera hablar de la comida precisamente ahora?
Matsuri pensó que Hinata no recordaba su plan de fingir que reemplazaba a Kurenai y se apresuró a darle un codazo antes de que dijera lo que no debía.
—Usted reemplazó a Kurenai, milady, ¿recuerda?
—Sí, lo recuerdo bien —respondió Hinata, en un tenso murmullo.
—Vete ahora —ordenó Anko—. Me duele verte en un estado tan lamentable.
Hinata corrió al exterior de la casa, antes de advertir que tenía que haber ido a su dormitorio si pretendía tener algo de intimidad. No pensaba volver a entrar, porque sabía que si Anko le decía una sola palabra más antes de que consiguiera dominar su pánico, rompería a llorar y ya no podría detenerse.
Llegó al refugio de los árboles, cayó de rodillas y se deshizo en un llanto desesperado.
Naruto... ¡por Dios, cuánto necesitaba a Naruto! Él sabría qué hacer, y era lo bastante fuerte y poderoso para vérselas con el mismísimo diablo.
Pero ¿qué haría para pedirle algo semejante? Ahora había otros que necesitaban su protección. Sabía que Anko no había exagerado al mencionar la amenaza que se cernía sobre el clan de Sarutobi. Hinata recordaba lo sucedido a los soldados de su padre y a su pobre Gilly, y no dudó que Otsutsuki asesinaría a todo el pacífico clan sin pararse a pensarlo un instante.
Si Naruto pudiera ir, ¿no lo estaría enviando a la muerte? ¿O se vería obligado a matar a su padre?
No, no podía enviar a su esposo. ¿Quién, entonces, podría impedir aquella locura?
La codicia. Todo lo estropeaba la codicia. Su padre había sellado aquel trato para conseguir una alianza, tal como había hecho Otsutsuki, y ninguno de ellos se había detenido a pensar en las consecuencias que aquello iba a provocar. Consumidos por el afán de poder, su codicia controlaba sus mentes y sus corazones, y no les importaba que por su causa muriera gente inocente.
Pero Hanabi no. Hinata moriría antes que permitir que Otsutsuki tocara siquiera a su hermana. «Por favor, Señor, ayúdame a pensar en alguien... ayúdame... ayúdame...»
Había alguien que podía ir, el hombre que había tomado su mano y había jurado hacer todo lo que ella le pidiera, un hombre aun más poderoso que Naruto. Él no se negaría.
.
.
La guerra había comenzado.
Naruto se detuvo sobre la colina que dominaba el castillo de Sarutobi, con la mirada puesta en las lomas circundantes y el pensamiento en el pasado; una vez más estaba buscando la respuesta que le había sido negada durante tantos años.
Pocos minutos después, Shikamaru se reunió con él.
— Otsutsuki está jugando con nosotros, Naruto. ¿Cuál es su verdadero propósito?
—Quiere mantenernos ocupados defendiendo la frontera entre sus tierras y las de Sarutobi hasta que lleguen sus aliados.
—Seguramente sabe que tú has hecho lo mismo.
—Lo sabe. Está sacrificando adrede los pequeños grupos de soldados que envía en cada ataque; sabe muy bien que vienen a morir, pero estas tierras no son su objetivo inmediato. Puede reclamarlas fácilmente después de atacarme.
—¿Crees que el soldado decía la verdad acerca de la hermana de tu esposa o que se trataba simplemente de una nueva estratagema para dividir nuestras fuerzas?
—Los moribundos suelen decir la verdad. Sin embargo, no tiene demasiada importancia, aunque debo asegurarme de que Hanabi esté a salvo de Otsutsuki.
Shikamaru asintió.
—Has esperado mucho tiempo que llegara este día. Tengo el presentimiento de que podrás reclamar a Kincaid la espada de tu padre y terminar esta cuestión de una vez y para siempre.
Naruto se volvió para mirarlo.
—Pero ¿por qué ahora? ¿Qué es lo que sabe Otsutsuki que yo no sé? Podríamos destruirlo ahora mismo, tanto a él como a sus aliados; él sabe cuántos somos. ¿Por qué un cobarde que durante todos estos años ha venido provocándome con ataques menores e insignificantes de un día para otro se ha vuelto tan agresivo?
—No puedo darte una respuesta, pero sé que no puedes estar en todas partes a la vez. Ruego a Dios que podamos terminar esto mañana mismo. Ataquemos su castillo antes de que él nos ataque.
—Ten paciencia, Shikamaru. No pondré en peligro a ninguno de los Namikaze. Mientras tanto, estoy tomando todas las precauciones posibles. Si Dios quiere, algún día descubriré quiénes son el resto de implicados antes de verme obligado al matar a Otsutsuki.
—¿Crees que hay alguien que está utilizando a Otsutsuki?
—Sí —respondió Naruto—. Quienquiera que sea es condenadamente inteligente.
—¿Y qué pasa con Hanabi? Ahora no puedes ir a Inglaterra.
—No, pero tú sí. Irás mañana por la mañana; llevarás diez hombres contigo. Podría tratarse de una celada —advirtió.
—Por supuesto —coincidió Shikamaru—. ¿Qué debo hacer con la joven una vez que la tenga conmigo?
—Haz lo que te parezca mejor, en tanto ella esté a salvo — respondió Naruto.
La sonrisa de Naruto confundió a su amigo.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó.
—También tú deberías casarte, ¿no te parece?
Los ataques en la frontera se intensificaron y, aunque no requirió demasiado esfuerzo mantener su posición, Naruto debió permanecer lejos de su propiedad mucho más tiempo del que había supuesto.
Dormía muy pocas horas al día y utilizaba el amparo de las sombras de la noche para poner a salvo a los miembros del clan de Sarutobi. Si todo se desarrollaba de acuerdo con lo planeado, la totalidad de los hombres, mujeres y niños estarían bien lejos del alcance de las garras de Otsutsuki en sólo dos días más. Había encontrado cierto grado de resistencia por parte de los hombres más viejos, y sólo pudo contar con su colaboración después de jurarles por el alma de su padre que podrían volver a su terruño en cuanto el conflicto estuviera solucionado.
El resto dependía de su hermano Jiraiya. Naruto esperaría todo el tiempo que pudiera mientras Jiraiya trataba de descubrir quién estaba aliado con Otsutsuki. A pesar de que los días ya se habían convertido en una semana entera, parecía que la verdad continuaba siendo esquiva.
Y entonces todo volvería a repetirse. Quienquiera que fuese el que controlaba a Otsutsuki no se daría por vencido; la más terrible de las pesadillas que acosaban a Naruto era la de morir sin saber quién era su enemigo... tal como le había sucedido a su padre.
Durante varios días Hinata trató de mantenerse tranquila, con la mente ocupada en las labores de la casa. Volvía de visitar a Sora cuando Matsuri apareció ante ella. De inmediato la criada advirtió que su ama no llevaba el colgante de cuero.
—No lleva su medallón, milady.
—Es verdad.
—Pero siempre lo lleva. No me habría dado cuenta si hoy no se hubiera recogido el pelo. ¿Acaso lo ha perdido?
Hinata se quitó la cinta que le recogía el pelo y dejó que los rizos cayeran sobre sus hombros. Si Matsuri lo había advertido, también Lee se daría cuenta, y no le gustaba la idea de mentir al amigo de Naruto.
—Ya aparecerá cualquier día de estos —respondió—. No te preocupes.
Matsuri no estaba dispuesta a dar por terminada la cuestión.
—Sé que no está en su dormitorio. Acabo de limpiar allí; si hubiera estado en la habitación yo lo habría encontrado. El medallón de nuestro amo está sobre el banco, en el mismo lugar donde estaba ayer. Usted nunca pierde el suyo, milady. ¿Buscó en el armario del salón?
—Todavía no —respondió Hinata, antes de tratar de cambiar de tema—. ¿Cómo lograste librarte de lady Anko?
—Está descansando. Quiere que en cuanto despierte le prepare el equipaje.
—¿Se marcha? —Que el cielo se apiadara de ella, no pudo contener una sonrisa.
Matsuri se echó a reír.
—Me dijo que había decidido no esperar el regreso de su hijastro; tiene pensado marcharse mañana por la mañana. Me parece que se siente ignorada por nuestro señor.
—No es cierto que la ignore. Seguramente se da cuenta de que él está muy ocupado.
—¿Ha enviado algún mensaje hoy?
—Sí. Dice que está bien y que regresará pronto a casa.
—Pero ese mensaje es el mismo que le envía cada día.
—Se está portando con gran consideración, Matsuri. Eso es todo lo que me interesa.
—Milady, ¿Puedo pedirle un favor?
—Sí, naturalmente.
—Cuando lady Namikaze se haya marchado, ¿me dirá por qué le hizo llorar la semana pasada? Sé que no debería preguntárselo, pero usted me preocupa mucho. A Kurenai también. Nos hemos encariñado con usted —agregó, asintiendo con la cabeza.
—Yo también me he encariñado mucho contigo, Matsuri. En cuanto sepa que alguien se ocupa de resolver el problema, te contaré lo que me pasó.
—Gracias, milady. ¿Iba a entrar?
—Sí.
—¿Tiene alguna tarea para mí?
—Ninguna que pueda recordar. Tómate la tarde libre. Me cambiaré de zapatos y saldré a cabalgar.
—¿Ha avisado a Lee? —preguntó Matsuri con una sonrisa.
—Por ahora, está ocupado controlando los trabajos en la muralla exterior. No es necesario que te preocupes, no montaré el semental. Chōji lo ha escondido.
Matsuri estalló en carcajadas.
—¿ Chōji todavía cierra los ojos cada vez que usted entra en el establo?
—Sí, pero se niega a decirme por qué.
Hinata vio cómo se alejaba Matsuri corriendo por el patio de armas. Mientras entraba y subía la escalera hacia su dormitorio, no podía apartar de su pensamiento la imagen de su hermana.
La espera por saber que Hanabi estaba bien se le estaba haciendo interminable, y la única manera de poder dormir algunas horas había sido dejarlo todo en las manos de Dios. Ella ya había hecho todo cuanto había podido. El resto dependía de Él.
Abrió la puerta de golpe y entró en la habitación. Vio su daga sobre el banco situado junto a la cama y sacudió la cabeza, por el olvido. Realmente, era imprescindible que intentara tranquilizarse; no podía seguir perdiendo cosas.
Rápidamente, recogió el puñal y lo introdujo en su vaina.
Oyó el sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas y supuso que el viento que entraba por la ventana había sido el causante.
Estaba a punto de sentarse en la cama para quitarse los zapatos cuando escuchó el sonido del cerrojo al correrse.
Antes de volverse, ya sabía quién estaba en el cuarto con ella.
Y entonces lo vio.
Menma estaba allí, al Iado de la puerta y, mientras un grito pugnaba por salir de la garganta de Hinata, éste empezó a quitarse lentamente la camisa.
.
Lee supo de la llegada de Menma por el soldado que estaba de guardia en el puente levadizo.
—Llegó hace unos minutos con otros tres hombres. Sólo Menma cruzó el puente. Sus compañeros están esperando en el prado. Desde aquí puedo verlos —dijo—. Menma manifestó que había ido a dar el pésame por Sarutobi y sólo quería despedirse de su madre antes de marchar. Me sugirió que dejara el puente bajo; por supuesto, me negué. Podrás ver que su caballo aún está ensillado, Lee, de modo que realmente se propone marcharse enseguida.
Lee dejó su caballo a Chōji, y comenzó a subir la colina.
Su señora le había dicho que tenía miedo de Menma, y Lee se quedaría cerca de ella hasta que el hermanastro de Naruto volviera a marcharse.
A medida que se acercaba al castillo, Lee apresuraba el paso. No podía explicar por qué, pero de pronto sentía que su señora estaba en peligro, sentimiento que se incrementaba por momentos.
Y entonces oyó un grito.
Su corazón comenzó a latir con furia en el pecho; inmediatamente desenvainó su espada.
—¡Hijo de perra! —La primera vez, susurró el insultó; la segunda, lo gritó.
En el patio, todo el mundo corría. El silencio que sobrevino después del angustioso grito los había aterrorizado.
Lee alcanzó la cima de la colina cuando oyó el grito de un hombre. Estremecido, miró hacia arriba. Allí, en la ventana, estaba Menma, con una mano aferrada al hombro, trastabilIando e inclinándose como un árbol herido por el hacha, cayendo luego al vacío. En un inútil intento por caer de pie, aulló horrorizado, y luego, con un sordo ruido, se estrelló de bruces contra el suelo.
Lee echó a correr.
Santo Dios, haz que esté viva, rogó.
Saltó sobre el cuerpo de Menma, corrió hacia la puerta y la abrió en el mismo instante en que Hinata salía corriendo.
Se detuvo en seco. La expresión de su rostro era más terrorífica que su grito en demanda de auxilio.
Tenía los ojos vidriosos, la cara blanca como la nieve y había sangre por todas partes, en especial en su brazo izquierdo, que tenía un corte que iba desde el hombro hasta la muñeca. Llevaba los hombros y el cuello cubiertos de sangre y su ropa estaba desgarrada, como si la hubiera roto las garras de un animal.
Lee no sabía cómo era capaz de mantenerse en pie. Trató de alcanzarla, pero ella lo eludió y bajó la escalera.
—Date prisa, Lee, date prisa. Debes ayudarme —dijo, sollozando—. Hay que ocultarlo.
Un grupo de soldados rodeaba el cadáver. Cuando ella se acercó corriendo, dieron un paso atrás. Sus rostros mostrahan sorpresa e indignación.
—Yo no le he tirado por la ventana... No, yo no he sido... Se le ha enredado un pie en el tartán cuando le he dado con la rodilla en la ingle... sí, quería lastimarlo para que no... Quería hacerme caer, pero yo tenía la daga en la mano... Al moverse, la daga se ha clavado... y él ha saltado, Lee. Ha saltado hacia atrás... y después se ha caído por la ventana.
Hinata aferró la mano de Lee y lo atrajo hacia ella.
—¿No comprendes? Debemos esconderlo... Ella no puede ver así a su hijo. ¡Oh, Dios, debo decírselo a Naruto!... No podía permitir que... Me tocó, me besó; estoy sucia, Lee... no podía permitir que... Ella me dijo que debía complacerlo, pero no pude... ¡No, no pude! —gritó.
—¿ Anko le ordenó satisfacer los deseos de su hijo? — repitió Lee, escandalizado, sin poder creerlo.
—Sí, pero no pude... Él lo intentó, pero cayó antes de que pudiera...
Hinata dejó de divagar, soltó la mano de Lee, se inclinó para agarrar el pie de Menma y trató de arrastrarlo.
—Milady, suéltelo. Permítame que la ayude —dijo Lee.
—Sí, ayúdame. Lo esconderemos antes de que ella se entere de su regreso. ¿De acuerdo?
—Sí —prometió él, con voz serena, sólo para tranquilizarla—. Lo esconderemos.
—Milady, su puñal está clavado en el hombro de Menma — susurró Iruka—. ¿Quiere que lo quite?
—iNo, no! —gritó ella.
Lee miró a Iruka, sacudiendo negativamente la cabeza, diciéndole sin palabras que mantuviera la boca cerrada.
— Naruto jamás me perdonará. Oh, Dios, ¿qué he hecho? He matado a su hermano... No, ella no puede verlo. Ayúdame, Lee. Por favor. Quiero ver a Naruto.
Lentamente, Lee extendió la mano hacia ella. Hinata sacudió frenéticamente la cabeza.
—¡No, no estoy limpia! Me tocó con sus manos, con su boca...
Y entonces se arrojó en sus brazos.
—Llévame al lago, por favor.
—Sí, milady—mintió él—. La llevaré al lago.
Ella le dio unas palmadas en el brazo.
—Gracias. Ya está hecho, ¿verdad?
—¿Hecho qué?
—Lo he matado.
—No, él se ha destruido a sí mismo. Merecía morir. Naruto también lo habría matado.
—¿Crees que me odiará?
Se desmayó en sus brazos antes de que pudiera responderle.
Kiba se acercó, con la daga en la mano, se quitó el tartán de los hombros y lo rasgó en dos partes.
Lee sostuvo a Hinata en sus brazos para que Kiba pudiera vendar la herida. Luego empezó a dar órdenes en voz baja.
—Te harás cargo mientras yo esté fuera. La llevaré a casa de lady Kincaid. Hay que suturar esa herida —agregó—. Iruka, reúne a algunos hombres y desarma a esos tres que están en el prado esperando a este bastardo. Llévalos dentro de la fortaleza, y que no salgan del establo.
—¿Qué hacemos con la madrastra de Naruto?
— Kiba, dile lo que ha ocurrido. Si quiere llevarse el cuerpo a su casa, que lo haga, pero que sepa que no la escoltará ningún soldado de Naruto, ¿comprendido?
—Sí —respondió Kiba.
— Inari, encuentra a Naruto y cuéntale lo que pasó. Asegúrale que su esposa está bien. Cíñete a los hechos y no exageres lo sucedido.
—¿Crees que morirá? —preguntó Iruka, aterrado ante esa posibilidad.
—No, ella no morirá. Kiba, nadie, salvo los nuestros, entrará a la fortaleza hasta que Naruto, Jiraiya, Shikamaru o yo estemos de regreso.
—¿La dejarás con los Kincaid?—preguntó Iruka.
—No, me quedaré con ella hasta que Naruto vaya a buscarla.
—¿Los tres soldados que acompañaban a Menma deben quedarse aunque Anko se marche?
—Que se vayan con ella.
Kiba terminó de vendar la herida de Hinata, asintió con un gesto a lo que Lee le ordenaba y fue al establo para traer el caballo de su comandante. Iba dando órdenes mientras corría.
Quería un nutrido contingente de soldados para acompañar a su señora; todos ellos estuvieron preparados para partir de inmediato.
—No le quitéis la daga del hombro —ordenó Lee. Ahora estaba furioso; su voz temblaba de ira—. Ella dijo a la esposa de Naruto que se sometiera a su hijo. Que Dios la ayude cuando nuestro jefe se entere.
—¿Quieres que se lo cuente? —preguntó Inari.
—Cuéntaselo todo, pero lo más importante es que comprenda que ella no morirá. Naruto ama profundamente a su esposa.
Lee hizo ademán de atravesar el patio, se detuvo, luego volvió sobre sus pasos hasta donde estaba el cuerpo de Menma y le escupió.
Gracias a Dios, Hinata no volvió en sí hasta que ya estuvieron en casa de Kincaid. Tsunade y Jiraiya esperaban en la puerta de entrada. Jiraiya palideció cuando vio el estado en que se encontraba Hinata. Tsunade se echó a llorar. Se tapó la boca con la mano cuando se dio cuenta de que estaba a punto de gritar.
Hinata pidió a Lee que la dejara en el suelo. Se apoyó en su brazo y lentamente se encaminó hacia la escalinata. Lee notó que sus ojos estaban aún vidriosos y se dio cuenta de que necesitaría mucho tiempo para recuperarse del horror que había vivido.
Hinata se detuvo frente a Jiraiya.
—He matado al hermanastro de Naruto—dijo.
Y luego se volvió hacia Tsunade. Aturdida, le dijo:
—Ahora ya no podré hacer nada para agradar a lady Anko.
Jiraiya la alzó en sus brazos y la llevó dentro.
—Tranquilízate, Hinata. Tu esposo te quiere y nosotros también.
— Jiraiya...
—¿Sí?
—¡Lo siento!
Continuará...
