No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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El cerrojo estaba un poco oxidado, e hizo un fuerte chirrido metálico cuando Kate encajó la barra en su lugar.

Es un sonido demasiado familiar, pensó Isabella.

Se puso en pie y escuchó las pisadas de Kate alejándose y el silencio que bajaba sobre ella.

Habían vuelto al convento bajo una fuerte guardia, con la milicia papal cabalgando en fila de a tres alrededor de la litera tirada por muías que llevaba a Isabella, la Abadesa Kate y Alice. Toda Roma parecía haber salido a la calle.

Una muchedumbre, en su mayor parte de buen humor, bailaba, bebía y fornicaba. Todas las tabernas y muchos burdeles estaban haciendo un gran negocio, estaban llenas de luces y la chusma retozaba a sus puertas. Los juerguistas vitoreaban a los soldados de la milicia papal y se apartaban de buena gana para que pasasen. Las personas en los balcones tiraban flores, y las mujeres soplaban besos y a veces les gritaban salaces promesas de entretenimientos más íntimos si desmontaban y se detenían un rato. Pero Isabella no se dejó engañar ni por un momento.

Por dos veces se encontraron atravesando el humo de villas incendiadas. Los gritos que salían de las casas en llamas dejaban a Isabella helada de miedo, y le hacían desear estar libre de la loba, pues la criatura con la que compartía su cuerpo podía oír demasiado bien. En las partes más populosas de la ciudad, la litera pasó traqueteando junto a las ruinas de tabernas y vinaterías que no habían abierto lo bastante rápidamente a la bronca multitud.

Muchas casas y villas privadas estaban cerradas y a oscuras. Sus ocupantes de escondían, temiendo mostrar una luz, agazapados tras sus puertas atrancadas, preguntándose a por quién iría a continuación el populacho. La Abadesa Kate se reclinó, sus brazos envolviendo protectoramente a Alice, los ojos cerrados, los labios musitando una oración silenciosa. Isabella, por su parte, echó una mirada a través de una abertura en las cortinas, aterrada pero a la vez fascinada por el espectáculo, e incapaz de bloquear las sensaciones de piedad y temor que la recorrían.

Sintiendo mientras tanto el asombro silencioso de la loba ante la incomprensible locura humana.

Cuando llegaron a las puertas del barrio sajón, Kate abrió los ojos, se santiguó y susurró un "gracias a Dios". Las calles estaban en calma, guardadas por parientes de las casas de los nobles sajones residentes cerca del Vaticano.

—Estos latinos no tienen un ápice de sentido común entre todos ellos. En mi humilde opinión, sólo para demostrar a los lombardos que no les tienen miedo, van a saquear su propia ciudad y arrasarla antes de que sus enemigos puedan llegar a ella.

La litera se detuvo ante las puertas del convento. Isabella saltó abajo, y Kate le pasó a Alice para seguirla.

—Dios del cielo —dijo, resoplando un poco mientras guiaba a Isabella y Alice—. Esta desdichada ciudad ya está casi del todo en ruinas. No veo ninguna razón para arruinar el resto. Y Su Santidad, Dios le guarde, no es mejor que los demás. La mitad de su pueblo destruyendo el lugar, y la otra mitad, Dios les ayude... —Kate soltó la mano de Alice para santiguarse de nuevo— escondida bajo sus camas. Ese inútil primo tuyo, un depravado que ni siquiera tiene la gracia salvadora del valor, y tu tío Eleazar... — volvió a hacer la señal de la cruz—. Basta con mirarle a los ojos para saber que habría vendido a Cristo más rápidamente que Judas, y se hubiese felicitado por el beneficio de la transacción. Podría dar lecciones de maldad al mismo Lucifer. Y... y... —vaciló, mientras hacía que Isabella y Alice se sentasen a la mesa y les servía pan, queso y vino— y a Su Santidad no se le ocurre nada mejor que encerrarte. Una muchacha virtuosa, si alguna vez he visto una. Típico de un hombre, una inocente desvalida en toda esta confusión y debe encerrarla bajo llave enseguida.

—Yo... —empezó a decir Isabella, pero fue arrollada por la verborrea de Kate.

—Alégrate, muchacha. Hay cosas peores que el matrimonio. ¿Sabes que yo misma fui en tiempos una mujer casada?

—¿Sí? —consiguió decir la joven.

—Oh, sí. Me pasé sentada y llorando toda la semana antes de la boda. Casi me puse histérica al verle; era gordo, calvo y viejo, y estaba cubierto de verrugas como un sapo. Su carácter no era mejor que su aspecto. Era tan molesto como una mancha de grasa y apestaba como un orinal repleto.

—Ah...

—Oh, no, querida —dijo Kate alegremente—. Al final, todo fue para bien. Una semana después, nos casamos. Durante el banquete se zampó la mayor parte de un buey, se bebió dos barriles y medio de la excelente cerveza de mi padre, sufrió un ataque y murió ahogado con su propio vómito, convirtiéndome en una viuda rica e independiente. Ojalá tengas la misma suerte. Los hombres... —suspiró la abadesa—. No entiendo para qué los creó Dios. Supongo que por la misma razón que las ratas, los mosquitos y las pulgas. Otra cruz para las mujeres, de forma que su salvación pueda ser más dulce. Sé que son buenos para algunas cosas, pero puestos a ello, no puedo imaginar cuáles. Pienso que podríamos arreglarnos con muchos menos de ellos. Dicen que en el cielo no habrá matrimonios ni bodas, así que entiendo que todos podremos recorrer nuestro camino en paz. Y espero ese bendito estado con dichosa anticipación. No, no te preocupes, querida. No importa lo que diga Su Santidad, eres bienvenida entre nosotras, y haré cuanto pueda para que estés cómoda.

Y lo había hecho, pensó en la angosta celda, teniendo en cuenta las órdenes del papa.

La cama era un catre, pero un catre cómodo. Tenía un colchón de plumas, sábanas de lino, mantas e incluso un cobertor de plumas de ganso por si hacía frío. Había un brasero en un rincón, y en él Isabella pudo ver un montón de brasas rojas, que calentaban la estancia contra el creciente frío del exterior. Junto a su codo había una mesa con un atril, un libro y una alta vela que proyectaba una luz incierta en el cuarto diminuto. El cansancio pesaba sobre sus hombros como un yugo.

Cuando empezó a quitarse el vestido arruinado, sus dedos tocaron algo duro en el forro y recordó el espejo de Carmen. Lo retiró cuidadosamente de su lugar en el forro de seda. No quería mirar de nuevo la superficie de plata pulida. No allí. No sola a la luz de una vela.

La plata estaba helada al tacto. Parecía como si sus dedos no tuvieran poder para calentarla. Isabella observó el motivo de flores en la parte posterior durante un segundo.

Valeriana roja. La flor de Roma.

Crecía silvestre por todas partes, brotando entre las ruinas, arraigando incluso en la tierra acumulada entre los ladrillos de edificios habitados, apareciendo en paredes y aleros. Las flores del espejo eran incrustaciones de coral realizadas con exquisita habilidad.

Bonito adorno, pensó Isabella, una cara chuchería que alguna vez debió de adornar el vestidor de una señora de la moda.

Su dedo acarició la parte de atrás del espejo.

¿Quién era esa Carmen, y por qué me envió su espejo? Se preguntó Isabella en el cuarto silencioso.

Al momento sintió el roce de una presencia que se presentaba como las sombras de la vacilante vela. Una presencia que parecía sostenida en suspenso sólo por su voluntad. Isabella puso el espejo en la mesa al lado de la vela y la presencia se disipó, pareciendo desvanecerse como una sombra cuando una nube pasa ante el sol. La habitación tenía una estrecha ventana cerca del pie de la cama. Simplemente una larga abertura, no lo bastante grande para que cupiese un cuerpo humano. Dominaba un jardín y los tejados del barrio sajón.

Más allá, Isabella podía ver el Tíber y la ciudad sobre las colinas. Las orejas de la loba podían oír el lejano sonido de los tumultos y la violencia. Ardían fuegos contra el cielo nocturno. La gente de la antigua ciudad mataba con el mismo abandono con que se entregaba a la risa y la canción. Dos reyes enfrentados, Dimitri y Aro, y cada uno deseando la ciudad; cada uno queriendo dictar la política papal.

Urbi et Orbi, la ciudad y el mundo, pensó Isabella. Yo soy Pedro y sobre esta piedra... construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

El papa, el papado... cosas no de este mundo, pero en él. ¿Y qué era ella, sino algo no completamente del mundo? El fuerte viento llevó el frío a la habitación, y el olor del humo de la ciudad. La ráfaga le picó en los ojos, desapareciendo al limpiarse el aire. De más allá de la ciudad, llevada en alas de vientos distantes, la loba olió nieve y el aguijón de la escarcha.

Un aire de montañas remotas, donde millones de estrellas brillaban como luz de cristal, llenó el cuarto. Ella vio altas cumbres, flotando puras e inaccesibles como un sueño divino. Precipicios de granito cubiertos con un manto de glaciares relucientes y nieve nunca hollada. El sol cambiante y en movimiento enviaba a veces arco iris a los ojos deslumbrados de los viajeros. En otras ocasiones, los picos hervían de nubes de tormenta o estaban envueltos en la neblina de la mañana, velados como reinas orientales hasta que el aire se aclarara, la niebla consumida por la luz. Valles cuyas primaveras eran como cuencos de flores en la nieve, volviéndose verdes.

Poco a poco en los largos silencios de verano, y después pardos con el heno espeso y abundante en otoño, hasta que llegaba el invierno eterno de las alturas. Una ola de anhelo casi insoportable se alzó en el corazón de la loba, llevando un duro y doloroso nudo a la garganta de Isabella y lágrimas a sus ojos, una sensación de que Podría abandonar para siempre el mundo de los hombres y correr por la Campania.

Estaba haciendo más frío a causa del viento. En esas horas más frías antes del alba, la neblina se posaría en la hierba, y las largas briznas quedarían cubiertas de cristal, que crujiría bajo sus pies cuando ella pasase. Podría encontrar un lugar para quedarse y dormir, un cubil donde el blando cuerpo de mujer permanecería caliente durante las largas horas diurnas.

Cuando la noche llegase de nuevo, podría correr hasta perderse en la verde soledad de aquellos valles y el vasto silencio de las cumbres más allá.

Isabella abrió los ojos y el sueño se desvaneció. Barrotes y cerrojos. Las estrechas habitaciones como aquella eran su vida, no la libertad de montañas y bosques. Convenciones que ataban sus manos y pies y dictaban lo que una mujer debía hacer y ser. Corrientes cristalinas, y tormentas que incendiaban el cielo nocturno.

Quizá todo lo que el mundo tuviese para ella fuese un collar de hierro y una cadena. Algún día ella podría estar en la pira y rezar pidiendo madera seca, una brisa suave y un fuego caliente.

Se sentía tan cansada...

Se tambaleó hacia la cama.

Oh, sueño. Bendito, bendito sueño.

Su ropa cayó al suelo y Isabella se arrastró entre las limpias y suaves sábanas de lino con un dulce alivio. A pesar del brasero, el aire de la habitación era cada vez más frío. Isabella se arropó hasta la barbilla. Su cabeza tocó la almohada, y el sueño cayó sobre ella.

La loba soñó con montañas. Cazaba en oscuros bosques de abetos cubiertos de nieve, bajo pinos cuyas largas agujas heladas relucían como cuchillos de escarcha... bajo una luna soñolienta.

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Triste, tan triste...

El desnudo dolor en la voz sin palabras era tan terrible que sacó a Isabella del sueño. Se despertó pensando en Alice. Sabía que la niña había sido llevada al dormitorio de los huérfanos a cargo de las monjas. ¿Se habría despertado por alguna pesadilla y estaría llorando por el consuelo de los brazos de Isabella?

Isabella se giró en el catre y contempló la oscuridad. Sólo la luz de las estrellas que entraba por la ventana iluminaba la habitación. La vela se había consumido, y su llama se había apagado en una cascada de cera dura.

Pero la loba sabía la hora que era, como distinguía las horas del día por la del sol, y de la noche por el olfato y el oído y la posición de las estrellas, que comparaba con el patrón grabado en su mente y su corazón desde antes del principio de los tiempos. Estaba a punto de amanecer, esa hora más oscura en la que incluso los cuatro vientos parecen sentir el peso de la noche y un silencio jadeante precede a la llegada del alba.

La habitación estaba helada, y Isabella podía ver la nube creada por su aliento. Escuchó, pero ni siquiera las orejas de la loba oyeron nada.

Sólo un sueño, pensó. He temido mi propia pesadilla.

Algo suspiró en la oscuridad y el silencio.

No, pensó Isabella, recordando la cara en el espejo. No.

Pero sabía que por mucho que quisiera negarlo, los muertos estaban llamando desde más allá del mundo.

Otro suspiro, más sonoro y seguido de una risa grave, entrecortada y cruel, que parecía burlarse de su miedo. Y las sombras empezaron a crecer y hacerse más oscuras cerca de la mesa y el espejo.

Viene, viene a visitarme.

De pronto, el aire a su alrededor se volvió más frío. Las sombras eran una fea neblina fosforescente, del color de una vela fúnebre. Isabella boqueó, ahogándose e intentando no respirar cuando el hedor a podrido llenó la celda. Apartó la ropa de la cama y se puso en pie de un salto. El frío era, más que frío, una onda helada que parecía llegar hasta sus huesos. Recordó que no podía correr, estaba encerrada con aquella cosa. Se retiró hacia la puerta, casi ahogada por el horrible olor.

Gritaría, decidió. Golpearía los paneles de madera. Alguien lo oiría.

Al pensarlo, la invadió otra clase de terror.

¿Qué pensarían de ella las buenas señoras?

Pero la cosa estaba tomando forma, por lo que ella podía ver una horrible blasfemia de la forma humana. Isabella empujó la puerta con hombros y espalda. Descubrió que tenía miedo de dar la espalda a la cosa, de lanzarse contra los barrotes y cerrojos y sentir a los pocos momentos una mano en el hombro, entonces se daría la vuelta para mirar a la cara de sabría Dios qué horror. No, era mejor hacerle frente, por espantoso que pudiera ser. La cosa era ya casi sólida.

Isabella oyó cómo se movía. Goteaba y salpicaba a cada paso. Parecía húmeda, cubierta de remolinos de putrefacción, como un pedazo de carne podrida. Isabella comprendió que los pasos de la cosa la alejaban de ella. Estaba retrocediendo, huyendo. El repentino olor del perfume fue casi tan mareante como lo había sido el hedor.

Un olor penetrante, pero dulce y fresco como la menta silvestre aplastada, sutilmente mezclada con algo todavía más dulce. La pesada fragancia de un huerto floreciendo a la luz del sol o un prado en primavera, con la hierba húmeda por el rocío. El mismo aire en torno a Isabella había cambiado, y parecía cargado de promesa, como cuando Dios tocó la tierra rica y fecunda con Su mano y creó la vida.

Fue súbitamente consciente de que podía ver la habitación con claridad. La luz entraba por debajo la puerta y alrededor del marco.

Alguien, pensó incoherentemente, alguien en el corredor con una antorcha o una linterna.

Pero no podía ser. Nunca había visto una antorcha o una linterna que despidiese una luz tan blanca y feroz. Una luz tan brillante que Isabella podía ver la habitación entera gracias al resplandor de los pocos rayos que se filtraban alrededor de la puerta. La cosa fea era ahora sólo una sombra. Lanzó otro gemido cargado de soledad y pérdida mientras se desvanecía en la nada.

La habitación quedó de nuevo oscura y fría alrededor de Isabella, pero supo que el frío era sólo el frío de una mañana de invierno y la oscuridad era sólo la oscuridad de la noche. Isabella se tambaleó hacia la cama, trémula y con los dientes castañeteando, y se metió bajo las mantas.

El otro mundo estaba en su busca. Sabía que no iba a poder dormir, y se preguntó si podría hacerlo de nuevo alguna vez. Pero cuando volvió a abrir los ojos, el sol enviaba su luz a través de la ventana. Y la habitación estaba llena del arrullo de las palomas que daban la bienvenida a la mañana.

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¡Un fantasma! ¡Que miedo!

Bueno solo subiré otros dos cap y será todo por hoy jajaja

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