Capítulo 20

Me miré en el espejo de cuerpo entero y suspiré... pasé una mano por mi vientre abultado y una patadita desde el interior me arrancó una sonrisa. La puerta se abrió y Alice y Rose entraron en la habitación visiblemente emocionadas.

— No puedo creer que este día haya llegado ya —dijo Alice con voz emocionada y batiendo sus manos con alegría.

— Ya sabes Alice... los días pasan y el veinticuatro de julio es uno de ellos, llegaría tarde o temprano —dijo Rosalie.

Alice la miró entre sus ojos entrecerrados y bufó.

— ¿Tu bebé te afecta o eres así de payasa de nacimiento? —le preguntó con voz afilada.

Yo reprimí una carcajada y me senté en la antigua cama de Edward para contemplar el espectáculo, ver a Rosalie y a Alice discutiendo era algo digno de admirar. Pero se vieron interrumpidas por las matriarcas de las familias, es decir, Esme y Renée...

— ¿Ya estás lista? —preguntó Esme con dulzura.

Abrí la boca para contestar, pero...

— ¿Qué haces sentada? —gritó Renée—. ¡Te estás arrugando el vestido!

Me puse en pie de golpe y todas, excepto mi madre que me miraba ceñuda, rieron por lo bajo.

— Ya que todo va bien aquí iré a comprobar cómo lo lleva al catering —dijo Esme acariciando mi mejilla.

Renée se colocó a mi lado y acomodó algunos de mis rizos mientras una lágrima escapaba de sus ojos.

— Mamá... —susurré con una sonrisa mientras se la limpiaba.

— Me he acercado a la cocina y la cebolla me ha hecho llorar —se excusó.

— Mamá...hay un catering, ya sabes, traen la comida preparada y todo eso... nadie está cortando cebolla —dije con una sonrisa.

— Niña del diablo —masculló molesta y después sonrió—. Espero que seas muy feliz cariño —otra lágrima rodó por su mejilla—, y que este bebé que traes al mundo te haga sentir tan orgullosa como yo lo estoy de ti en este momento.

Me abrazó y yo parpadeé varias veces mirando al techo para evitar llorar y echar a perder el maquillaje, tenía a dos mosqueteras con espada en mano preparadas para hacerme pagar si eso sucedía, mosqueteras que me miraban sonriendo pero perfectamente atentas a cualquier inconveniente que surgiese.

Renée se fue justo después dejándome sola con las mosqueteras, ambas me miraron con una sonrisa diabólica y se acercaron a mí lentamente.

— Tengo algo viejo —dijo Alice colocándome una pulsera de brillantes en mi mano derecha—, fue de la abuela Cullen y la quiero de vuelta, a mi madre le dará un sincope si le pasa algo.

— De acuerdo —susurré mientras miraba como los diamantes destellaban en mi muñeca.

— Algo azul —dijo Rose con picardía agachándose y colocándome una liga azulada y haciendo que me sonrojara.

— Y algo nuevo —remató Alice con una sonrisa—, Edward me lo dio anoche amenazándome con que si lo perdía antes de dártelo era mujer muerta.

Alice me extendió una caja de joyería cuadrada y grande, al abrirla vi un collar precioso, era una simple cadena con un dije colgado, un corazón con nuestras iniciales y un diamante tallado en forma de corazón justo en medio de ellas. Al girarlo pude ver otra inscripción "+1" fruncí el ceño al no entender lo que eso quería decir, pero sonreí a los pocos segundos comprendiendo que el más uno era nuestro bebé.

— Ahora sí que estás perfecta —canturreó Alice feliz—, no te imaginas lo feliz que estoy de que por fin seas parte de nuestra familia oficialmente.

— ¿Y yo qué? —preguntó Rose fingiendo molestia.

— Tú ya eres de la familia, idiota, eres la hermana de Jasper y Jasper es mi pareja —contestó Alice mirándola de reojo.

Rosalie bufó molesta y yo me reí de su reacción, los cambios de humor dignos de las embarazadas era el mayor síntoma que tenía Rose.

— Y este es el momento en que me voy a ver cómo está mi hermano, seguro que tan histérico que estará haciendo una zanja —dijo Alice entre risas.

Se me escapó también una risita nerviosa mientras veía como ella se alejaba danzando. Rosalie se acercó y me dio un fuerte abrazo.

— Edward me dijo que te amaba —susurró en mi oído.

Me alejé de ella y la miré sin entender.

— El día que hablamos después de que me confesaras lo de ese absurdo pacto, él me dijo que te amaba, que quería hacer lo posible por estar contigo, aunque para eso tuviese que llegar a ese extremo de tenerte y que no lo amases —dijo con una sonrisa—. Sé que ya lo sabías, él te lo dijo, pero creo que decirte que me lo confesó cuando todo esto comenzó era un buen regalo de bodas.

No pude evitar que una lágrima traicionera resbalase por mi mejilla. Rose me miró con los ojos entrecerrados y la secó advirtiéndome seriamente que tenía que llegar al lado de Edward con el maquillaje perfecto.

— Te quiero Rose —susurré abrazándola de nuevo.

— Y yo a ti —dijo feliz—, aunque seas una patosa y te vayas a librar de esa enorme tripa antes que yo... eres una de mis dos mejores amigas y eso nada lo va a cambiar.

— Bueno chicas... —entró Charlie ne la habitación— creo que ha llegado la hora.

Rose me dio un apretón tranquilizador en un mano y desapareció también. Los nervios, que hasta ese momento se mantuvieron a raya, anidaron en mi estómago y comencé a sentir nauseas.

— ¿Estás bien? —preguntó mi padre corriendo a mi lado.

— Sí... solo... solo son los nervios —susurré con un hilo de voz.

— Tranquila campanita... estás preciosa y será un día feliz... no te preocupes —me tranquilizó pellizcando mi nariz.

Sonreí y sostuve con firmeza su brazo en cuanto me lo tendió, caminamos hacia la puerta y antes de abrirla Charlie suspiró y se giró para quedar cara a cara conmigo.

— Solo quiero que sepas un par de cosas —dijo con voz contenida—. Lo primero es que siempre serás mi niña, así te cases, tengas tus propios hijos, te vayas a vivir a la China o te salgan canas, siempre te veré cono mi niña —en ese momento tenía un nudo en mi garganta que me impedía hablar, podía sentir como mi barbilla temblaba aguantando las ganas de llorar—. Y segundo, como Cullen vuelva a hacerte daño, no dudaré en darle lo que se merece.

— ¡Papá! —me quejé en un susurro.

— Sabes que lo haré —me advirtió dedicándome una mirada severa.

— Sé que lo harás, pero somos adultos, hemos madurado y ahora es para siempre —aseguré.

— Espero que sea así, porque no me costará nada apuntarlo y vaciar el cargador —dijo con los dientes apretados.

— No seas melodramático, no tienes que defender el honor de tu hija como si estuviésemos en la edad media, Edward me quiere y yo lo quiero a él, tendremos un hijo, nos casaremos y seremos muy felices. Tú podrás verlo con tus propios ojos y convencerte —Charlie sonrió ante mis palabras y me besó en la frente.

— Espero que tengas razón —murmuró.

— La tengo —añadí entre dientes.

Volvimos a emprender la marcha, sentía mis rodillas temblando, pero Charlie avanzaba como si no le importase que de un momento a otro me fuese a caer. Comenzamos a bajar las escaleras y yo iba despacio, lo último que quería era llegar el piso inferior en forma de bola rodando por ellas.

— ¿Qué tal van los avances de mi nieto? —preguntó Charlie para aligerar el ambiente.

— Todavía no sé si será un niño —reclamé.

— Lo será... me lo llevaré a La Push y pescaremos lubinas los dos juntos —dijo sonriendo.

— Papá... —lo advertí sonriendo.

— Nada, será un niño... estoy seguro, pero no se te ocurra llamarle Charles —se estremeció—, he convivido con ese nombre toda mi vida y no ha sido fácil… Chales Cullen... no, ni de broma.

Se me escapó una risita y él me acompañó.

— Lo tendré en cuenta —dije divertida.

Antes de que pudiese darme cuenta, y gracias a la maniobras evasivas de Charlie, habíamos bajado las escaleras y estábamos a punto de salir al jardín donde había una enorme carpa donde estaban todos los invitados esperando que yo llegase, invitados que me mirarían fijamente durante el tiempo que durase la ceremonia, invitados que estarían atentos a cada uno de mis movimientos, que verían tropezar, equivocarme... me estremecí asustada.

— ¿Qué pasa? —preguntó Charlie.

— Todos van a mirarme —murmuré asustada.

— No te dejaré caer... —susurró guiñándome un ojo— te lo prometo.

Suspiré resignada, si no afrontaba mi miedo escénico no me casaría con Edward, además... me perdería la visión de su cuerpo pálido vestido con un traje negro. Solo de imaginarlo se me estaba haciendo la boca agua... ¿Sería de mala educación secuestrar al novio justo después de la ceremonia?

Estaba en mitad de mis divagaciones cuando mi mirada se trabó en aquellos dos pozos esmeralda que me aturdían por completo. Como yo imaginaba, Edward vestía un traje negro con la corbata dorada del mismo tono que mis zapatos, algo en lo que Alice insistió pero a lo que yo no le veía sentido, el vestido me los tapaba y no se veían.

Edward estaba en pie frente al pastor, me esperaba con una sonrisa y retorciendo sus manos con nerviosismo. Cuando estuve lo suficiente cerca separó sus manos y me tendió una mientras no dejaba de sonreír. Mi corazón dio un brinco en cuanto nuestras manos se encontraron, y mientras yo la sostenía con fuerza e intentaba mantener a raya mis lágrimas, Charlie se acercó a Edward y le dijo algo al oído a lo que él asintió y le dedicó después una mirada intensa que pude descifrar del todo.

El pastor comenzó a hablar, pero yo parecía estar como en otra dimensión porque no pude escuchar nada de lo que dijo y cuando ya quise darme cuenta, la ceremonia había acabado, ya habíamos pronunciado nuestros votos y estábamos recibiendo las felicitaciones de todos los asistentes.

Unos fuertes brazos me rodearon y mis pies se alzaron del suelo, en seguida reconocí al dueño de esos brazos y sonreí.

— Jake —susurré.

— ¿Debo darte la enhorabuena o el pésame? —preguntó cuándo me dejó de nuevo sobre mis pies y lo golpeé en el pecho.

— No seas idiota —lo regañé.

— Estás preciosa —dijo sonriendo— y veo que... las cosas con Edward van bien.

— Van bien —confirmé pasando una mano por mi tripa, Jake me miró y abrió mucho los ojos.

— ¿Estás...? —preguntó sorprendido, yo sonreí y asentí—. Me alegro mucho, se te ve muy feliz.

— Lo soy —susurré sonriendo—. ¿Y tú qué?

— ¿Yo? —preguntó señalándose a sí mismo y con sus mejillas ligeramente enrojecidas—. Nada nuevo que contar... —alcé una ceja en su dirección y él suspiró derrotado— está bien... ¿recuerdas a Leah, mi secretaria? —asentí—. Ella y yo... bueno... que...

— ¿Te gusta? —lo interrumpí.

— Mucho —admitió mirando por sobre mi cabeza, me giré para seguir el rumbo de su mirada y me encontré con una chica guapísima, con el mismo tono de piel tostado que Jake, su cabello negro, lacio y corto y sus preciosos ojos avellana enmarcados en negro dándole mucha intensidad a su mirada—, me vuele loco.

— Pues a por ella tigre... —dije divertida.

— ¡Eh! —se quejó indignado—. Nada de tigre muñeca, yo soy un lobo... un lobo muy feroz —me guiñó un ojo.

— Pues ve a buscar a tu caperucita roja —contesté a su guiño con otro y lo golpeé juguetonamente en el brazo cuando pasó por mi lado mientras no le quitaba la vista de encima a Leah.

Todavía no había perdido de vista a Jake cuando sentí las manos de Edward envolver mi cintura y girarme para encararlo. Lo que encontré me dejó sin aliento. Edward tenía el ceño levemente fruncido y me miraba de un modo extraño, pero aun así se veía perfecto. Su cabello despeinado pero un poco menos que de costumbre, sus ojos verdes mirándome con mucha intensidad, sus labios rojos fruncidos en una extraña mueca pero que me invitaban a devorarlos... tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no lanzarme sobre él ese mismo instante.

— ¿Bailamos? —preguntó en un susurro.

— Edward... sabes que yo no... —intenté protestar, pero él no pareció escucharme y nos llevó al centro de la pista a la vez que las primeras notas del vals comenzaban a sonar. Suspiré cuando comenzamos a danzar, intentaba no pisar a Edward por todos los nervios, aunque fallaba estrepitosamente y me sonrojaba cada vez que sentía su pie bajo el mío.

Edward me acercó un poco más a su cuerpo y su agarre se hizo un poco más firme.

— ¿Qué hace el perro aquí? —gruñó en mi oído.

— Edward, él es mi amigo y acabo de casarme contigo... deja ya los celos que no son necesarios en este caso —le reclamé.

— Pero... —intentó protestar como un niño pequeño.

— ¿Quién soy Edward? —pregunté, él me miró con el ceño todavía más fruncido y bufó—. ¿Cómo me llamo? —insistí.

— Bella —contestó a regañadientes.

— ¿Bella qué más? —agregue.

— Bella Swan.

— No —sonreí—, ¿Bella qué?

— Bella Cullen —susurró sonriendo y abrazándome con más fuerza—, eres mi Bella... mi mujer.

— Solo tuya —susurré mirándolo a los ojos fijamente.