Capítulo 17

NA:Hola a todos. Espero que estén bien.

Lamento la demora, pero por desgracia me vine a quedar sin celular en el peor momento (y por allí es que actualizo) así que ahora podré subir actualizaciones cada que me presten un móvil.

No se preocupen que seguiré escribiendo, así que este fic no quedará en el olvidado. Cuídense mucho. Amor a todos.

Sam despertó sintiéndose más exhausto que cuando se acostó. Su cabeza palpitaba horriblemente. Por suerte ya no había luz que entrase por la ventana, sino hubiese vomitado por todo el piso, y con su dolor de cabeza eso sería una muerte lenta y dolorosa.

Sam no se molestó en averiguar la hora, ¿qué sentido tenia?

Realmente no tenía ánimos de levantarse, pero su vejiga se sentía como si en cualquier momento fuese a explotar. Salir del cuarto a oscuras no se sintió tan mal como cuando llegó al pasadizo iluminado, la luz de la bombilla aturdía sus sentidos, era como si estuviese sufriendo una conmoción cerebral.

Cuando Sam terminó su negocio se lavó las manos y se dirigió nuevamente a su habitación. El corto viaje al baño lo había dejado exhausto, sus miembros y párpados se sentían como si estuviesen hechos de plomo, y seguramente habría seguido durmiendo por lo que le quedase de vida si no hubiese sido por las voces en la planta baja llamando su atención.

Sam caminó tambaleándose levemente a lo largo del pasillo, culpando a su dolor de cabeza por el aturdimiento que cubría su cuerpo.

—¿Te das cuenta que vas no vas a hacer un viaje a la India? —Sam escuchó la voz del chatarrero cargada de sarcasmo.

—¿De qué hablas? Pienso que es justo lo necesario —Su hermano sonaba levemente ofendido. Como cuando tenía una de sus estupendas ocurrencias, que al fin y al cabo eran sólo estupendas para él.

La curiosidad le comía por dentro, pero no quería ser sociable y bajar a preguntar cuál era la algarabía. Así que, en silencio bajó los escalones, esperando dar un vistazo disimulado a la cocina, donde se centraba la procedencia de las voces, pero con tan mala suerte que al ir por mitad de escalera le sobrevino un mareo que sacudió su mundo.

El dolor vino primero, luego los pasos apresurados y voces llamando por su nombre. El rostro preocupado de su hermano fue lo último que vio antes de que todo se oscureciera.

Dean se paseaba de un lado a otro en el largo pasillo de espera del Hospital General de Sioux Falls. La escena era tan idéntica a cuando tuvo que esperar por noticias de su hermano después del intento de suicidio. Por un momento Dean sintió que podría vomitar.

—No te comas la cabeza, muchacho —Bobby habló desde su asiento. Ya tenían una hora esperando y aun no tenían noticias.

—Había mucha sangre, Bobby —dijo Dean, sintiéndose enojado con nadie en particular—. Diablos, pudo haberse roto el maldito cuello.

—Pero no fue así, sólo… —Bobby fue interrumpido por la voz de la doctora que atendía el caso de Sam.

—Somos la familia de Sam —Se adelantó Dean a hablar—. ¿Cómo está mi hermano?

—Con referencia al incidente de su caída se encuentra bien. Los cinco puntos en su frente y su brazo roto son mejor que un cuello fracturado —comentó la doctora Reid—. Pero hay más.

Ambos cazadores se miraron con diversión, al parecer a la doctora de Sam no tenía pelos en la lengua.

Esta vez fue Bobby quien brincó con la pregunta en la boca.

—¿Qué sucede con Sam?

—Tengo entendido que Sam trató de suicidarse hace no más de un mes —pausó su discurso para ver si ellos eran conocedores de ese dato—. Y también que usaba drogas.

—Sí, pero ya no las usa —Dean dudó antes de seguir—. Bueno, la última vez que usó fue unos días después de su… —Era estúpido el sentimiento que se acumulaba en su pecho cada vez que trataba de usar la palabra suicidio frente a los demás. Dean sentía como si en cierto modo estuviese traicionando la privacidad de su hermano.

—¿Qué tiene que ver todo eso con lo ocurrido hoy? —Bobby decidió tener piedad por Dean e ir al grano.

—Todo —contestó Reid—. Obtuve los registros de su último ingreso hospitalario y en ese entonces ya eran malos. Tal parece que no ha habido ningún avance, y el suceso de hoy fue una señal de advertencia su cuerpo. Sam se encuentra desnutrido y deshidratado, y si sumamos la falta de sueño que agota su cuerpo y mente, no es bueno.

—Se está desvaneciendo —Dean murmuró para sí mismo.

Hubo mucho intercambio de palabras por parte de Bobby y la doctora Reid, palabras que Dean fingió escuchar una a una, pero en realidad sólo esperaba el momento de ver a Sam. Dean quería saber que su hermano aún estaba allí, que aún no se había esfumado.

—Dean —Bobby chasqueó los dedos delante de la cara de Dean, sacándolo de sus pensamientos.

—¿Qué? —Dean parpadeó confundido, como si por un momento se le hubiese olvidado como había llegado allí.

—¿Estas bien? —Bobby sabía que era una pregunta tonta, pero después de todo su trabajo era preocuparse por los hermanos Winchester.

—No, Bobby. No estoy bien —Dean apretó los puños para contenerse de empezar a golpear las paredes—. No quiero perder a Sam.

—No lo vas a perder —Bobby era un hombre inteligente el cual sabía que prometer algo así era muchas veces un acto de arrogancia, pero hasta el hombre más inteligente del mundo puede vivir con un poco de ilusión guardada en el bolsillo—. No lo perderemos, ya lo veras.

—Tienes razón —dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Vamos a ver a Sammy.

Dean y Bobby llevaban media hora en la habitación de Sam. Bobby mirada distraídamente una revista de tendencias navideñas del año pasado, mientras que Dean jugaba tetris en su celular.

Ambos cazadores fueron sacados de sus distracciones cuando un gemido de dolor rompió el molesto silencio.

Sam abrió con pesadez los párpados, cerrándolos de inmediato cuando las luces del techo penetraron sus globos oculares y llegaron directo a su cerebro como miles de alfileres.

Algo estaba mal, le dolía la cabeza y su brazo izquierdo estaba en llamas. Nuevamente forzó a sus párpados a abrirse para ver que se encontraba en un hospital y que Dean y Bobby se encontraban como cuervos posados pobre su cama.

—¡Dios, Sammy! ¿Cómo estás? —Dean se apresuró a preguntar.

Sam parpadeó confundido por dos razones. La primera, no recordaba cómo había llegado allí, ni por qué su brazo estaba envuelto en un yeso. Y la segunda, cuando Dean había usado el mote, Sam sólo escuchó cariño y preocupación, no la enferma excitación con la que lo recordaba.

Quizás, después de todo sólo Dean era digno de llevar esa palabra en su boca, por algo había sido el creador de ella.

—Viviré —comentó sin saber aún a ciencia cierta qué había sucedido, por eso mismo se aventuró a preguntar—. ¿Qué pasó?

—Quisiste llamar la atención y te lanzaste rodando por las escaleras —dijo Bobby.

—Fue digno de telenovela —agregó Dean.

Sam se les quedó mirando con cara de quien ve a alguien perder la cabeza.

—Las escaleras —comentó para sí mismo al recordar cómo se había estado sintiendo mal al despertar y luego al querer bajar las escaleras lo había hecho de una forma poco convencional—. Eso explica por qué me duele el cuerpo.

—Si bueno, te rompiste el brazo y te hiciste una herida en la cabeza. No te toques —Dean le reprendió cuando vio que Sam se tanteaba la herida cubierta con una gaza.

—¡Mierda! —Sam siseó por el dolor en su brazo—. Duele.

—Lamentablemente seguirá doliendo —comentó con lástima el chatarrero—. Tienes vetados los medicamentos opioides.

—¡Maldición! —gruñó el menor de los Winchester, importándole poco las miradas preocupadas que recibía—. ¿Por lo menos puedo ir a sufrir a la casa?

—No, aun no —Dean fingió no escuchar la desesperación de su hermano por volver a la seguridad de las cuatro paredes de su habitación—. Te están poniendo suero para hidratarte porque al parecer no has sabido tomar más que café y nada de agua —le reprendió Dean.

—Además —comentó el chatarrero antes de que Sam explotara en una gran rabieta por su cuestionamiento alimenticio—. Recibiste un fuerte golpe en la cabeza y te quieren mantener en observación durante la noche.

—Esto es simplemente genial —Sam bufó con enojo.

—Quizás si supieras cuidarte mejor no te habrías desmayado como una princesita —comentó mordazmente Dean.

—El burro hablando de orejas —Sam sonrió con ironía—. Lo dice quien bebe hasta no poder más, y no sabe más que dormir con cuanta zorra se le crucé en el camino.

—¿Qué diablos sucede contigo, Sam? —Dean gritó enfurecido—. ¿Acaso no ves que sólo queremos ayudarte?

—Habrá que darles un premio a los salvadores del día ¿no? —El dolor de su brazo era tan tortuoso que cada vez que abría la boca salían palabras cargadas de veneno, casi como si con el dolor ajeno pudiese calmar el propio.

—¿Pueden callarse por un maldito momento? —gritó Bobby, cansado de las peleas de esos dos—. Este no es el lugar ni el momento para agarrarse de los pelos.

Dean captó la indirecta de Bobby y decidió que tenía razón. El viaje a la cabaña aún seguía en pie y sólo podía rezar para que no le saliese el tiro por la culata.

Después de eso el ambiente en la habitación no mejoró para ninguno de sus ocupantes. Sam había sido ingresado a eso de las cinco de la tarde, así que las horas de visita estaban más que agotadas. Una hora después del barullo una enfermera había entrado a decirles que tenían que desocupar la habitación y dejar al paciente descansar.

Bobby se había despedido de Sam con una palmada en el hombro, obteniendo una tenue sonrisa que por pequeña que fuese era lo suficiente para que el cazador se marchase a casa más relajado.

A diferencia de Bobby, Dean optó por quedarse afuera de la habitación montando guardia en caso de que su hermano lo necesitase. Además, aunque no lo admitiese en voz alta también se quedaba por temor a que Sam se escabullese a buscar suministros de morfina para aliviar su dolor y algo más. Y siendo ese un hospital no sería difícil para un Winchester.

Dean trató de acomodarse lo mejor que pudo en la dura y fría silla, sabiendo que sería una larga e incómoda noche.

De alguna manera Dean supuso que también lo sería para su hermano. Y no se equivocaba, Sam se retorcía como si tuviese comezón en todo el cuerpo.

Sin necesidad de abrir la puerta para ver a su hermano en las sillas de espera, Sam sabía que Dean estaba allí, casi podía sentir su cercanía a través de la madera. Aunque quisiera estar enfadado por el acto de niñera, se sentía más tranquilo por saber que no se encontraba del todo solo.

Sam sabía de sí mismo que era un excelente cazador, quizás un poco fuera de forma, pero seguía siendo uno muy bueno. Tenía conocimiento en el uso de cualquier arma, y sabía cómo defenderse en una pelea mano a mano. Y aun así, él tenía miedo.

Sam hubiese querido sentirse infantil, pero sabía que el temor de encontrarse a Barry por la calle era completamente justificado.

Después de que hubiese sucedido su ataque, cada vez que intentaba salir de su departamento sentía como su respiración se aceleraba ante la sola idea de poner un pie fuera de la seguridad de las cuatro paredes y la puerta con dos cerrojos.

Hasta el momento Sam se odiaba por ser tan patético, por dejar que sus miedos y debilidades lo dominasen, pero sobre todo se odiaba por dejar que su hermano lo viese así.

Tanto Sam como Dean pasaron una noche incomoda, sin sueño y plagada de pensamientos tormentosos.

Eran pasadas las ocho de la mañana cuando apareció la doctora Reid para checar el estado de su paciente y darle de alta. Dean esperó fuera de la habitación mientras ella hablaba en privado con Sam.

Tal vez quince minutos después salió la doctora Reid, dejando a Sam sólo en la habitación.

La breve charla que había tenido con la doctora le había dejado un regusto amargo en la boca del estómago. Quizás, después de todo no estaba tan bien como él creía.

Quizás todo ese tiempo no había estado intentando vivir, sólo sobrevivir. Él pensó que con eso bastaría para apaciguar a su hermano y a Bobby, pero lo único que logró fue preocuparlos y causarles más dolor.

Sam sabía que no podía seguir así, lo trataba, pero tal parecía que ya había olvidado como vivir.

—Bobby te trajo ropa limpia —comentó Dean, mientras ponía una muda de ropa en la esquina de la cama.

Sam tomó la ropa y se fue a cambiar al pequeño baño que poseía el cuarto. Diez minutos después salió y junto con su hermano tomó el ascensor.

—¿Estas bien? —preguntó Dean, sintiendo molesto tanto silencio.

—Claro —obviamente estaba mintiendo, pero ¿qué más daba?

—Habló en serio, Sam —habló con irritación, para luego agregar con más calma— Sólo quiero saber que estas bien.

—Estaré mejor cuando llegue a casa —dijo con fastidio, nuevamente sus cambios de humor estaban haciendo su domingo.

Dean se aclaró la garganta con notoria incomodidad, ganándose una mirada escrutadora de su hermano menor.

—¿Qué hiciste, Dean? —cuestionó Sam, recordando la conversación que escuchó a medias antes de hacer su show por las escaleras.

—Bueno, no lo digas como si fuese algo malo sin antes saber la sorpresa que te tengo —Dean sonrió con nerviosismo al saber desde ya que el mundo ardería en la furia de Sam Winchester—. No vamos a ir donde Bobby.

Antes de que Sam pudiese protestar las puertas del ascensor se abrieron. Sin esperar la compañía de su hermano, Sam caminó con paso ágil hacia las puertas automáticas para después ir hacia el área de estacionamiento, y en efecto allí al lado del Impala se encontraba Bobby con lo que parecía ser su mochila con todas sus pertenencias y otra que figuraba ser la de Dean.

—No me mires así, Sam —dijo Bobby al ver la cara de traición en el menor de los Winchester—. Es sólo una cabaña no el fin del mundo.

—Y supongo que tú estás de acuerdo con la gran ocurrencia de Dean —Sam se sentía como si lo estuviesen traicionando de la manera más vil posible. Él no quería ir a ninguna cabaña por muy genial que le vendieran la idea. Él quería quedarse en el depósito de chatarra y abrazar su soledad.

—Yo fui el de la idea —dijo Bobby, viendo como Dean se acercaba por detrás de Sam y tomaba las bolsas y las metía en el maletero.

—Y esa es la vía más fácil para deshacerte de mí —comentó Sam con dolor en su voz—. Lo hubieses dicho antes.

—Eso no es así, muchacho —Bobby se acercó a Sam y lo sujetó por los hombros, sintiéndose enfermo del estómago cuando sintió los huesos afilados bajo sus palmas—. A ustedes par de idiotas los quiero como si fueran mis hijos y sólo quiero lo mejor para ustedes.

Sam miró a Bobby con cierto grado de desconfianza. Él quería creerle, pero no entendía que bien le haría ir a meterse a una cabaña en el bosque con Dean y su complejo de madre del año.

—Lo que tú digas, Bobby —dijo sin expresión alguna en su voz.

Bobby Singer no era de echarse para atrás en las decisiones que tomaba, pero al ver las dudas escritas en el rostro del menor de los Winchester, sintió como su determinación flaqueaba. La resignación en la voz de Sam le hizo pensar que el chico realmente pensaba que se estaba deshaciendo de él.

—Cuídate, muchacho —Bobby no pudo contener el impulso de abrazar al menor, como si no lo fuese a ver nunca más. Al chatarrero le dolió cuando el gesto no fue devuelto, en cambio Sam sólo se quedó allí, estático, como un peso muerto entre los brazos del cazador.

Dean y Bobby se despidieron con un abrazo rápido y unas cuantas palabras fuera de los oídos del menor, quien ya esperaba sentado en el asiento del pasajero.

Sam se esmeró en mostrar su completa insatisfacción con el cambio de escenario. Sabía que estaba siendo infantil como nunca lo había sido en su infancia, contestando con escuetos monosílabos a cada intento de conversación de su hermano, apagando la radio cada vez que era encendida. Sam quería sufrir en silencio y quería que Dean también lo hiciera.

Sam más allá de su enojo estaba indignado. Ciertamente su vida no se encontraba en el momento dorado con el cual había soñado la noche que había despegado de la vida de cazador, pero a pesar del fiasco que había resultado ser su presente, aun tenia voz.

Tanto Bobby como Dean querían que viviera, pero cuando se trataba de tomar decisiones con referente a su vida lo hacían a un lado, haciéndolo sentir más inútil de lo que ya era. Sam estaba enfadado porque en el afán de resolver su vida terminaban convirtiéndolo en una carga que se rotaba cada cierto tiempo para poder soportar el peso a causa de su molestia.

Dean miró a su hermano ensimismado en sus pensamientos. Muchas veces deseó meterse en la cabeza de su hermano y patear los malos pensamientos, esos que se cernían sobre el como una nube negra.

El rugido del motor siempre había sido como una canción de cuna para su hermano. Dean recuerda cuando Sam era un pequeño de mejillas regordetas y la altura de un duende. En ese entonces Sam sólo necesitaba del ronroneo del Impala para caer dormido.

Una sonrisa se formó en los labios del rubio al ver a su hermano acurrucado contra la puerta del pasajero. Quizás, algunas cosas nunca cambiaban.

Dean se negaba a creer que el progreso que había hecho su hermano se había deshecho. Un parpadeo era lo que hacía falta para volver a la misma página en la que estaban cuando Sam había sido dado de alta la primera vez.

Un suspiro de cansancio abandonó los labios del hermano mayor al ver que aún tenían tres horas de viaje para llegar a la dichosa cabaña. Probando su suerte encendió la radio a un volumen mínimo.

Dean sintió como su pecho se contraía, Sam estaba a su lado, la carretera era sólo para ellos y la música apaciguaba sus corazones. La imagen parecía ser la misma de antes, pero aun así Dean sabía que no podía engañarse, eso no traería ningún bien a ambos.

Quizás faltando media hora para llegar al destino, Sam despertó, mas no se lo hizo notar a su hermano. Se concentró en la música y dejó que las palabras guiaran su respiración. El dolor de su brazo y cabeza no era tan fuerte como cuando despertó en el hospital esa mañana, pero sin embargo estaba allí como una burla ante su nulo uso de medicamentos para el dolor.

Nuevamente el ronroneo del Impala lo estaba calmando hasta el punto de casi volver a descansar, o eso fue hasta que a sus oídos llegó las palabras de la canción actual, clavándose en sus entrañas como un cuchillo ardiente.

You drift apart some more each day (Te alejas un poco más cada día)
You feel the guilt and loneliness (Sientes la culpa y la soledad)
And the God of your childhood you can't find (Y el Dios de tu infancia no puedes encontrar)
To save you from your emptiness (Para salvarte de tu vacío)
It's never too late to start all over again (Nunca es demasiado tarde para empezar todo de nuevo)
To love the people you caused the pain (Para amar a la gente que heriste)
And help them learn your nam… (Y ayudarles a que aprendan tu nomb…)

Sam estiró el brazo y bruscamente apagó la música. Podía sentir como la mirada de Dean le quemaba el alma, seguramente teniéndole lastima de lo que se había convertido. Diablos, el mismo se tenía lastima.

La incomodidad los acompañó durante la hora faltante para llegar. El mayor de los Winchester detuvo el auto frente a la afamada cabaña.

—Hemos llegado —anunció Dean con el entusiasmo de saber que podría estirar las piernas.

—¿Qué te ayudó a llegar a tan brillante revelación? —comentó con sarcasmo.

—¿Vamos a volver a eso? —agregó Dean con frustración, queriendo agarrar el volante y estrujarlo entre sus manos mientras gritaba para sacar su impotencia ante los hechos.

—¿De qué hablas? —inquirió Sam.

—Con tu actitud de mierda. Sam, lo estoy intentando ¿puedes hacer lo mismo? —Dean se pasó la mano por el rostro, como si con esa acción despejase su cansancio.

—Podíamos intentarlo donde Bobby, no necesitábamos venir al medio de la nada —acusó Sam, aun negándose a brindarle un poco de consideración a su hermano. Si no se habían dignado a pedirle opinión en el asunto, entonces que no esperasen que los recibiera con los brazos abiertos.

—Solías amar los sitios como este —comentó Dean con nostalgia en su voz, recordando cuando su hermano se emocionaba cada que se asentaban en alguna zona boscosa.

—Ese es tu problema —Sam se giró y miró a Dean a los ojos—. Aun sigues viviendo en el pasado, sigues creyendo que soy el antiguo Sam, pero te recuerdo que lo ahogué con una dosis de morfina, sin mencionar el suicidio fallido.

—Sam, para... —Dean no pudo terminar la oración. La serenidad con la que su hermano hablaba de sí mismo, como si ya fuese una causa perdida le helaba la sangre y le cortaba la voz.

—Mira, sólo digo que te guste o no ya no soy el mismo de antes y… —silenció a Dean, quien estaba prospero a interrumpir—. Tendrás que aprender a vivir con ello o irte despidiendo de mí.

—¿Estás hablando de irte? —Dean se contuvo de estirar su mano y retener a Sam por el brazo. Como si con esa absurda acción se asegurase la estadía permanente de Sam a su lado.

Dean sabía que algún día tendría que soltar a Sam, dejarlo seguir su propio camino sin importar si este lo llevase a la caída. Sam tenía que vivir su propia vida, no la que él quería que tuviese. Pero era tan difícil cortar esos lazos.

—Dean, no puedo ser la persona que tú quieres que yo sea, ya no —Al final de su voz había una pequeña nota de tristeza. Aun dolía saber que quien era ahora no era ni la mitad de su antiguo yo.

Con el corazón en el piso Dean asintió con pesar, mas no con resignación. Sam se bajó del auto y sacó del asiento trasero sus pertenecías, dirigiéndose al corredor de la cabaña a esperar a que llegase Dean con la llave.

Sam tenía que admitir que la cabaña no estaba tan mal. Él había imaginado algo tan lúgubre y ruinoso como todas las casas por las que había pasado en su niñez. Tal parece que había olvidado que Bobby Singer tenía un significado de vida muy distinto a John Winchester.

—Bueno, al menos tiene dos habitaciones —le comentó a Dean, sabiendo que por muy poco que le gustase su situación actual, de nada le serviría enojarse con la persona con la que pasaría encerrado quien sabe cuánto tiempo.

—Yo pensé... —Dean tropezó con sus palabras.

—Dean, tienes que parar con esto —dijo Sam, sintiendo como su temperamento comenzaba a mermar—. Me asfixias.

—Sólo me preocupo por ti —protestó Dean, tomando la maleta de Sam y metiéndola en la habitación donde estaban sus cosas—. Eres mi hermano y te amo.

—No es preocupación, Dean. Lo que sientes es miedo, sientes que si apartas la mirada demasiado tiempo y no estoy a tu lado para cuando abras los ojos despareceré —Sam miró con indignación la acción de su hermano—. Puede ser que antes realmente me amaras, pero ahora lo que sientes es obligación.

Dean abrió la boca con sorpresa ante las palabras de Sam. Por su mente cruzó la idea de tomarlo por los hombros y sacudirlo hasta volver a colocar el sentido común en esa cabeza dura, pero descartó rápidamente la idea al recordar el precario estado de salud de Sam.

Dean vio como Sam se veía, preparado para una lucha verbal, Sam quería mutilarlo, y de pasó cortarse con todo lo que saliese de su boca. Los cambios bruscos de humor entraban en las categorías de uso de drogas y traumas de una violación. Y por desgracia su hermano cargaba con ambas categorías.

De todo lo que había leído sobre traumas sexuales había mucho con lo que Sam coincidía, pero ¿cómo tratar el tema sin que Sam se pusiera a la defensiva, y se cerrase herméticamente?

—Voy a sacar los suministros del auto. No te muevas de aquí —Dean estaba por salir por la puerta cuando escuchó a su hermano.

—¿Dónde más estaría? —comentó sarcásticamente.

Por el bien de la cordura de ambos Dean prefiero ignorar el comentario de Sam, quien hacía ver la situación como un secuestro o una atroz obligación. Además, para pasársela todo el día encerrado, que más daba si era allí o donde Bobby.

Para cuando Dean volvió al interior de la cabaña se encontró con que Sam ya no estaba a la vista. Se encontraba encerrado en lo segunda habitación.

Dean tuvo que poner toda la fuerza necesaria para no ir a reclamarle a Sam por no estar en la habitación que compartirían. Quizás, Bobby y Sam tenían razón y tenía que cortar el cordón umbilical.

Contra todos sus instintos de ser un invasor del espacio personal de su hermano, Dean se entretuvo en la tarea de sacar las bolsas del auto y rellenar la nevera y los armarios. Cuando su labor estuvo terminada se dispuso a preparar una cena sencilla, la cual consistía en un platón lleno de emparedados y dos vasos de jugo de manzana.

—Sam —Dean dio dos leves golpes a la puerta del dormitorio de su hermano—. La cena está lista. Ven, por favor.

Mientras su hermano hacia el desembalaje, Sam estuvo todo ese tiempo tumbado boca arriba en su nueva cama, mirando el cielorraso, tratando de buscar patrones en la vieja madera, cualquier cosa que le hiciera olvidarse por un segundo de quien era y en quien se transformaba día a día.

La tentación de quedarse envuelto en su miseria sonaba más que tentadora. Lástima que tenía un hermano tan cabezota que no lo dejaría en paz hasta que diera señales de vida.

Con pesadez se sentó en la silla de madera del desayunador. Sin decir ni una palabra empezó a picotear un sándwich, comiendo sólo la mitad y dejando el resto en el plato. Dean quien estaba al pendiente de todos los movimientos de Sam, miró con asombro y tristeza lo poco que Sam había comido.

—Realmente no quiero ser fastidioso, pero tienes que comer más, Sam —Dean recordó claramente el diagnóstico nada positivo que le había dado la doctora Reid a su hermano. Un cuerpo que se debilitaba con cada día sólo podía llegar a un sitio, y ese era indiscutiblemente un cementerio.

—No puedo —Sam tomó el vaso de jugo y le dio un tragó tentativo, sorprendiéndose al sentir el sabor puro y natural de la fruta. Al parecer su hermano se había esforzado. Lo cual hizo que su culpa se acrecentara un poco más.

—No intentó ponerme en tus zapatos ni cosa por el estilo, pero sé que la depresión te está jodiendo y...

—No es por eso —Sam decidió cortarlo antes de que empezara con el discurso de la compasión y del poder del querer.

—Entonces dime —Más que una demanda era una súplica.

—No —La negativa de Sam fue tan precipitada que Dean frunció el ceño, confirmando sus sospechas de que algo serio estaba sucediendo.

—Inténtalo —La desesperación en la voz de su hermano fue lo que calmó un poco el loco temperamento de Sam que amenazaba con detonar.

—No puedo, no me obligues —Sam se pateó mentalmente por sonar tan débil y desesperado. Acaso Dean no entendía que la verdad sólo llevaba al dolor. Por eso las personas mentían, para protegerse y proteger.

Dean estudió las palabras de su hermano, lo que Sam demostraba no era terquedad o falta de colaboración, sino vergüenza y miedo. Una súplica silenciosa para no avanzar en el tema, pero, si no cruzaban ese puente nunca llegarían a la solución.

—Sam —Dean se armó de valor y se tiró al ojo del huracán—. ¿Acaso tiene algo que ver con eso?

—¿Con eso te refieres al consumo de drogas, al intento fallido de suicidio, o a la violación? —A pesar de querer mutilar a su hermano con las palabras, Sam se sorprendió por lo mansa que había salido su voz, casi como si en vez de hablar de su desafortunada vida estuviese hablando del último libro que había leído. Tenía que aprovechar su valor mientras durase.

Dean sintió como si un puñetazo le hubiese sido dado en el estómago. El amargo recordatorio del sufrimiento de su hermano se sentía peor que propio. De niños si Sam se raspaba una rodilla era Dean el que sentía el escozor. Cuando su hermanito había sufrido su primera decepción amorosa fue Dean al que le partieron el corazón en mil pedazos.

Si Dean pudiese cambiaria de lugares con Sam, abrazaría el infierno como si fuese su paraíso personal. Todo con tal de ver feliz a su hermano.

—Quizás a todas las anteriores —Dean respiró profundo y se preparó para una confrontación verbal por parte de Sam. Pero los gritos no llegaron, tampoco la huida desesperada a las profundidades de su habitación. La voz de su hermano le llegó tan tranquila como un soplo de primavera.

—Creo que algunas influyeron un poco, otras mucho más —Sam dirigió su mirada al pequeño salero que se encontraba en el centro del desayunador. Si no veía el rostro de Dean le sería más fácil lo que estaba a punto de soltar—. Jamás imaginé que ese día fuese a terminar así. Sólo quería una dosis ¿sabes? —dijo con una risa hueca—. Sólo quería drogarme para olvidar lo patética que se había vuelto mi vida, pero ahora no puedo hacer que se detenga.

Dean no sabía que decir, o si quiera como respirar. Temía moverse y provocar que su hermano se cerrara herméticamente, pero también temía no poder con la fea cicatriz que adornaría su corazón después de escuchar el final de lo que Sam tuviese que derramar.

—Cuando desperté apenas y podía pensar. Al principio creí que estaba soñando, un sueño asqueroso y retorcido, pero conforme mi mente se iba despejando me di cuenta que la pesadilla era real y que no podía hacer nada para detener lo que estaba a punto de pasar —tragó pesadamente—. Y cuando todo acabó y pensé que lo peor se había acabado… él me… —Sam tosió para despejar su garganta y lograr que las palabras salieran. Su voz sonaba húmeda por las lágrimas que milagrosamente aún no se habían derramado—. Me obligó a tenerlo en la boca.

—Sam… —El corazón de Dean se rompió al ver como las lágrimas de Sam mojaban la madera opaca del mueble.

—Desde ese momento todo sabe mal. A veces puedo sentir el sabor de la sangre y el… —Sam respiró con dificultad, sintiendo como la bilis subía por su garganta. Tomó una gran bocanada de aire para mantener la compostura—. A veces no es que no quiera comer, simplemente no pudo ¿entiendes?

Dean se sintió temblar. Deseó ir a las profundidades del bosque y tirarse al suelo a patalear mientras gritaba y lloraba. Dean fue estúpido al pensar que buscar información sobre abusos sexuales podría comprender y ayudar a su hermano. Ninguna página web, libro, o testimonio te preparan para escuchar a tu hermano menor hablar de cómo un hijo de puta se cagó en su vida, y mucho menos escuchar cómo se achacaba la culpa por algo que no estaba en su poder evitar.

Sam se envalentonó y echó una mirada a la expresión de su hermano. Esta sería la oportunidad perfecta de su hermano, Dean podría salir corriendo y dejar su patético trasero en ese codo olvidado de Dios.

—No pienso irme —Dean agregó como si estuviese leyendo el pensamiento de su hermano. Sam soltó un suspiro acuoso, sintiendo como se levantaba un peso de sus hombros.

—Gracias —dijo Sam, pasando saliva por su garganta tensa. En un rápido barrido con su mano buena se limpió las lágrimas que bajaban por sus mejillas—. Ya sabes, por aun no haber salido corriendo, por intentarlo cuando ni yo lo hago. A veces desearía no ser una carga para ti, ser un mejor hermano.

—No podría pedir algo diferente a lo que tengo —La mirada de Dean era clara y llena de tanta sinceridad que Sam se sintió romper en llanto—. Solucionaremos este problema y todos los que venga. Lo haremos, pero juntos.

Sam no sabía si sentirse avergonzado, liberado o aterrorizado. Cuando salió de su cuarto a petición de su hermano, nunca llegó a imaginar el giro que daría esa inocente cena. Ahora que su hermano lo sabía todo, o casi todo, entendería un poco en quien se había convertido y por qué. Aun así, Sam creía que Dean era muy iluso al hablar de soluciones. Algunas cosas estaban destinadas a fracasar sin importar que.

—Creo que estoy cansado —comentó Sam, rompiendo el cómodo silencio que había caído sobre ellos. Desde la salida del hospital hasta la recién sesión de confesiones, Sam sentía que había vivido mil vidas.

—Claro. Que descanses —Dean quiso presionar y pedir más información, pero sabía que batallas podía ganar y cuáles.

—Igual.

Dean se encontraba acostada, mas no podía conciliar el sueño. El pensamiento de su hermano yéndose a dormir con hambre sin poder probar bocado lo atormentaba a cada segundo. ¿Cuántas veces le habría gritado a Sam por no hacer un esfuerzo extra y comer?

Un ruido proveniente del baño llamó su atención.

Corta el cordón, seguro quería mear o beber agua.

Veinte minutos después los ruidos continuaban, solo que ahora eran por la cocina. Una mirada al reloj de mesa le dijo que eran las dos de la madrugada. En silencio salió de la cama y se fue a ver qué sucedía. Sam estaba parado de puntillas, hurgando en el las alacenas.

—¿Sam? —Dean llamó la atención de su hermano.

Sam pegó un brinco del susto al ser descubierto. Una mirada a su alrededor le mostro el caos que había causado en su desesperación. Sam no tenía palabras suficientes para justificar su comportamiento errático, o bueno quizás si las tenía, pero dudaba que Dean estuviese feliz con las respuestas.

—Estoy bien —fue lo primero que salió de su boca. Quizás la palabra "bien" no debería ser agregada en la ecuación. Si tan sólo Dean tomase la mentira y se fuese a dormir como si nada estuviese pasando, pero era de Dean de quien estaba hablando—. No me mires así que no estoy escondiendo un cadáver.

Desvió la mirada ante el comentario. Dean preferiría la opción del cadáver a tenerse que enfrentar a la bomba que estaba a punto de estallar en esa pequeña cocina.

—No quiero pelear. Así que, preguntare sin lanzar acusaciones ¿de acuerdo? —Dean levantó las manos en son de paz. El rostro tenso y sudoroso de su hermano gritaba ansiedad y desesperación—. ¿Qué esperabas encontrar en los gabinetes?

Sam se mordió el labio con nerviosismo y tenso sus flacuchos hombros. Tuvo ganas de ponerse a mover el pie contra el piso de madera, pero no lo hizo, su desesperación ya era palpable en el aire. No necesitaba poner un letrero con luces de neón.

—Seamos realistas, Dean. Soy un maldito adicto y este deseo no se irá como por arte de magia o por tus buenas intenciones. Tú crees que he estado bien y que ya no lo necesito, pues es mentira. Lo intente, pero no puedo, siento que voy a salirme de mi piel —Sam respiraba igual de agitado a como hablaba. Ganándose una mirada un poco preocupada de su hermano—. Dean, necesito la droga, por favor.

—Un adicto en rehabilitación —Dean se vio en la necesidad de aclararlo, de recordárselo a Sam cuantas veces fuese necesario—. Primero que todo, necesitas sentarte y beber un poco de agua —fue por un poco de agua y se la tendió a Sam—. Segundo, nadie nunca dijo que pasar por un proceso como este fuese a ser sencillo. Sólo necesitas tiempo.

—¿Tiempo para qué, para volverme loco? Sólo… Dean… por favor, yo sé que tienes que tener algo por aquí, o en el Impala —tragó con dificultad. Dejó de caminar y se plantó frente a Dean.

—Sam, no puedo… —Dean no pudo terminar la oración porque fue ametrallado con la desesperada voz de Sam. Había una chispa de casi locura en esa mirada.

—Parte de ser un cazador es siempre tener medicamentos para las cacerías desafortunadas —habló, como si la lógica de su argumento fuese razón suficiente para poder recibir su ansiado veneno.

—¿Te estas escuchando? —Dean sabía que no sería una cruzada sencilla, pero ciertamente nunca imaginó que el camino estuviese lleno de subidas y bajadas.

—Dámelo, por favor —suplicó—. Esta será la última vez. Lo prometo.

Tanto Dean como Sam sabían que había más verdad en un mentiroso compulsivo que en esa promesa. Para los adictos siempre se trataba de una última vez.

—No pudo, o mejor dicho no quiero —Dean tuvo que repetirse que el dolor y la traición que demostraba su hermano en ese momento era a causa de la ansiedad. No era algo personal—. Sam, mírame. Tienes que calmarte.

—No, tú no entiendes. Siento que mi sangre se convierte en fuego y que si no hago algo voy a morir —comentó bajando la cabeza con cansancio, soltando un suspiro de derrota al ver que sin importar cuanto rogase no obtendría ni una aspirina.

—En serio crees que te dejare morir en mi guardia —agregó a modo de broma, fracasando cuando lo único que obtuvo fue un silencio tenso—. Hey, mírame. Has estado limpio, Sam. No lo tires a la basura como si no fuese nada, eres más fuerte de lo que crees. Todo mejorara, lo prometo.

—No hagas promesas que no puedas cumplir —expresó Sam más calmado, más resignado, más apagado.

Dean avanzó hacia su hermano y lo atrapó en un abrazo. Podía sentir como la tensión se acumulaba en la espalda huesuda de su hermano, los temblores eran leves, despertando aún más sus instintos protectores. Tener a Sam entre sus brazos era como beber de un pozo en el desierto, encontrar un refugio en plena tempestad. Era como llegar a casa después de mucho andar.

—No las hago, nunca a ti —Dean aprisionó a Sam aún más entre sus brazos. Por raro que fuese, inhaló el olor del cabello castaño. Sam estaba allí, podía sentir su cálido aliento contra su nuca. Después de unos segundos más lo soltó con cierta renuencia—. Sam.

—¿Mmm?

—¿Puedes decirme qué lo provoco?

Sam suspiró resignado, Dean seguía siendo una abuela ultra protectora. Que tonto había sido al pensar que su hermano dejaría el tema así de buenas a primeras.

—Prueba con romperte un brazo y darte un buen golpe en la cabeza —gruñó a través de una punzada de dolor—. Realmente no es la gran cosa, he tenido peores heridas. Es sólo que… —suspiró con cansancio, sobándose inútilmente el brazo por encima del yeso—. La ansiedad lo hace peor.

—¿Qué tal si vemos algunas pelis malas de terror? —Dean estuvo tentado de decir que como en los viejos tiempos, pero bien sabía que tal mención del pasado en ese momento sólo traería problemas—. Necesitas distraerte, y que mejor manera para perder la noción del tiempo que viendo televisión basura.

Sin nada mejor que hacer, Sam se sentó al lado de su hermano en el sillón de tres plazas. La primera película había sido tan, pero tan absurda. La segunda fue un atentado contra las retinas.

—De acuerdo —comentó Sam lentamente—. Funciono. No pienso en drogas, o en mi brazo roto. ¡Diablos! Si te soy sincero desearía pensar en eso y no en la película que acabamos de ver. Bueno, Dean, yo sabía que te iban las películas asiáticas, pero no conocía tus limites —Sam finalizó su discurso con una sonora carcajada, viendo como su hermano se ponía rojo.

—Cállate, Samantha. Pensé que sería una película… —Dean deseó tener en su boca la palabra que buscaba con desesperación, pero para su mala fortuna no había descripción favorable para lo que acababan de ver—. ¿Qué tienen los chinos en la cabeza? ¿Quién en su sano juicio dice: mira vamos a producir una película erótica con temática de una epidemia de alienígenas con forma de gusano gigante intestinal que les sale por el trasero?

—Y cuando crees que lo has visto todo —bufó el menor con diversión—. Creo que he tenido suficiente de películas malas y perturbadoras como para seguir aquí sentado. Además, ya casi amanece.

Sam estaba en lo correcto, sólo faltaban una hora para el amanecer oficial de los Winchester, o sea a las seis con treinta.

—¿Seguro que estas bien? —Aunque la tensión había abandonado los rasgos de su hermano, Dean aún se encontraba preocupado y alerta. Listo para saltar con el kit de hermano mayor al rescate.

—He estado peor —Sam se pateó mentalmente ante su elección de palabras. Casi podía ver a Dean levantando los mecanismos de protección—. Quiero decir que si, ya me encuentro mejor.

—Ya sabes, si aún sientes que lo mejor para ti es no permanecer solo, podría dormir contigo —dijo en voz baja, sintiendo que la hora lo ameritaba. Temiendo romper el momento.

—Vaya, así que eso le dices a todas —Sam se permitió disfrutar del buen humor del que había estado careciendo—. No soy tan fácil, Dean. Además ya estás muy usado.

—¿Acabas de llamarme zorra? —enarcó una ceja, haciéndose el ofendido.

—Déjame ver, sí creo que sí —agregó después de un momento de supuesta meditación—. Pero eres feliz con eso, así que supongo que eres una zorrita feliz.

—Es lo justo —Dean se encogió de hombros mientras una sonrisa canalla florecía en sus labios—. Así que, ¿qué dices?

—¿No crees que ya estamos mayorcitos como para compartir cama? —Sam se frotó los antebrazos, sintiendo como su cuerpo adsorbía cada pequeño soplo que se filtraba por debajo de la puerta o la chimenea ya apagada. Sam había gastado casi toda su grasa corporal, era tan fácil que un soplo lo dejase temblando.

—Cama quizás, habitación no. Podría pasar mi cama a tu cuarto, sólo si tú quieres —Dean optó por no presionar, dejando caer la última palabra en su hermano.

Tiempo atrás, específicamente en Stanford o en la casa de Bobby, Sam hubiese dado brincos de alegría al estar solo, pero los tiempos cambian y las vidas se desmoronan con la facilidad de un castillo de naipes al viento. Lo último que Sam quería era estar a solas con sus demonios.

—De acuerdo, tengamos una maldita pijamada —comentó el menor de los Winchester para aligerar sus propios nervios.

Dean no pudo estar más que feliz y tranquilo. Tener a su hermano cerca siempre había sido terapéutico. Algunas veces cuando daban con la suerte de encontrar una casa barata y con tres habitaciones, a veces Dean despertaba por la noche sintiéndose desorientado y aterrado. Un absurdo sentimiento le decía que si no tenía a su hermano al alcance de la vista, o el oído, sería como dejarlo perdido en el bosque a merced de un monstruo sediento de sangre.

Ambas camas calzaron a la perfección en la habitación del menor de los hermanos, dejando un espacio decente para no quedar tan apretados como sardinas en una lata. Dean sonrió al pensar que Bobby Singer no podía conformarse con hacer algo sencillo.

—Buenas noches, Sam —dijo Dean.

—Dejo de ser de noche hace horas —comentó sabiondamente.

—Cállate, perra —bufó Dean.

—Cállate tú, idiota —sonrió Sam.

—Descansa, Sammy —Dean contuvo el aliento, abriendo grande los ojos en la oscuridad de la habitación. Mentiría si dijese que no estaba aterrado de haber metido la pata y dañar todo el avance de la noche.

—Descansa, Dean —Sam no protestó por el mote. En cambio lo saboreó con la voz de su hermano una y otra vez. Convirtiéndolo en su canción de cuna.

Gracias por leer.

NA1: la canción a la que hago mención es "Steppenwolf - It's Never Too Late" (aparece en el 13x05)

NA2: La película de la que los chicos hablan existe. Se llama "Zombies as" y si algún día tienen un mal momento y quieren olvidarse hasta de cómo se llaman, véanla y les aseguro que sólo podrán pensar "¿Pero qué acabo de ver?"

Pdt: Me sucedió las de Dean, pensé que sería una peli saica, y bueno, no lo fue.