Capitulo 16


Naruto se dio cuenta de que pasaba algo. Del corredor le llegaba el sonido de una conversación exaltada, y el tono de Kakashi, que trataba de hablar en voz baja, delataba que estaba afligido.

El ruido de puertas y el tintineo de cascabeles lo convencieron más aún de que había algún problema o altercado, pero mientras lo dejaran en paz, no podía importarle menos. Sentado junto al hogar de lo que él creía era el salón dorado, no necesitaba ni deseaba las atenciones de nadie.

¿Pero era realmente el salón dorado? Sinceramente, aparte de vagos detalles no recordaba nada de ese salón.

Sabía, por ejemplo, que el sillón en que estaba sentado estaba bordado, pero con qué dibujos, no sabría decirlo. Sabía que sobre la repisa de la chimenea estaba el ornamentado reloj de su abuelo, pero no tenía idea de si daba bien la hora.

Había muchísimas cosas, muchísimos detallitos, en los que jamás había reparado. Cosas pequeñas que daría su vida por volver a ver.

Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Por mucho que le fastidiara reconocerlo, daría su vida por volverla a ver.

Nuevamente el alboroto entró en su conciencia, suspiró hastiado cuando se abrió la puerta del salón.

-¿Qué pasa ahora, Kakashi?

-No es Kakashi, soy yo.

Naruto soltó un gemido y movió la cabeza de lado a lado. Fabuloso. Y la diablesa no venía sola, a juzgar por el tintineo de esos insoportables cascabeles y el clarísimo resuello de perros.

-¡Saca de aquí a esas bestias! -rugió, golpeando con el brazo el espacio negro, a ver si por lo menos le daba a uno de ellos en la nariz.

-Venga, cachorros, vayan a buscar a Kakashi para que yo pueda tener una conversación a solas con su papá.

Eso lo irritó más aún. Por lo visto la princesa de la granja venía nuevamente a atormentarlo, comenzando por su molesta costumbre de hablarle a esos animales como si fueran humanos.

Dios del cielo, ¿cuándo aprovecharía su oportunidad de dejarlo? La oyó susurrarles a los perros para que salieran, y cuando se cerró la puerta, ladeó la cabeza receloso, sin saber si estaba solo o no.

Pero el frufrú de su falda y el aroma de su perfume cuando pasó cerca de él le aseguraron que no estaba solo.

-¿Qué pasa ahora? -preguntó malhumorado.

-¿Te apetece un coñac? ¿O tal vez un whisky? He de confesar que en todo el tiempo que llevamos casados nunca he sabido qué prefieres -dijo ella desde algún lugar cerca del aparador.

-Lo único que me apetece es que te vayas -gruñó él, sin hacer caso de su vocecita interior que no estaba de acuerdo.

-¡Lo único que te apetece es consumirte como un viejo! ¡Qué vergüenza. Naruto!

Eso lo sorprendió. Esas últimas semanas ella siempre había contestado alegremente a sus innumerables intentos de hacerla marchar. Percibió su rabia, la oyó pasearse delante del hogar.

-¿Y a ti que te importa eso? -contestó tranquilamente-. Sé que eres demasiado lerda para entender este simple concepto, pero no te quiero aquí.

-Shhh -lo hizo callar ella en tono amenazador-. Estoy hasta la coronilla de tus patéticos intentos de obligarme a marcharme.

-Si es así, señora, puedes arreglarlo muy fácilmente dejándome.

-Por infame que seas, no te dejaré -dijo ella, y él se imaginó el gesto impertinente con la cabeza-. Ni permitiré que vendas las cosas que más quieres en un ataque de autocompasión.

-¿Autocompasión? -bufó él, despectivo. ¿Acaso creía que la ceguera es algo que un hombre se lo puede tomar bien?-. No sabes nada.

-Impedí que el señor Ebisu vendiera a Kurama.

Al instante Naruto se enderezó, recorrido por una oleada de ira.

-¿Qué has hecho?

-Despedí a esos hombres y después cabalgué en Kurama hasta casi dejarlo sin aliento -lo informó ella alegremente.

La furia se desenroscó rápidamente en el pecho de Naruto; la diablesa estaba pisando terreno peligroso.

-¡Dios mío, Hinata! -gritó-. No tienes ningún derecho a contradecir mis órdenes. Al margen de lo débil o achacoso que me creas, soy el señor de esta propiedad, y no permito que me contradigas.

-Si eres el señor de esta propiedad, entonces actúa como tal -contestó ella, tranquilamente.

Naruto aferró los brazos del sillón. Si pudiera verla, si pudiera ponerle las manos encima...

-Kurama no cabalgaba desde hace semanas, y estaba ansioso porque le dieran rienda suelta. Antes que te abalances desde ese sillón, permíteme que te asegure que en estos momentos está muy contento. En cuanto a esos hombres, bueno, no podía permitir que te desprendieras de lo único que amas debido a una estúpida idea...

-¡Mírame, Hinata! -rugió él-. ¡Mírame! ¡Estoy ciego! Ya no puedo montar ese caballo, supongo que incluso tú eres capaz de comprender eso.

Oyó el frufrú de las faldas y el sonido que hizo al arrodillarse decante de él. Entonces sintió las manos de ella en sus rodillas y, sobresaltado, se echó hacia atrás, en un inútil intento de alejarse de su contacto.

-Naruto -musitó ella apenada-, no puedes cabalgar en él como lo hacías antes, pero cabalgarlo sí que puedes. ¿No te das cuenta de lo que te estás haciendo? Te estás deshauciando, renunciando, rindiéndote a esta tragedia, dejándola que te despoje de toda tu voluntad de vivir. No puedo quedarme sentada cruzada de brazos mientras tú permites que esta aflicción te devore entero. -Ahogó un sollozo-.¡No me importa que me desprecies! Lucharé contigo hasta que comprendas que no eres menos hombre por esta ceguera. Puedes vivir. Naruto, como lo hacías antes, y lo único que te lo impide es el miedo.

Se le escapó un sollozo tan triste que a él se le oprimió el corazón-. Tal vez no veas el sol, pero puedes sentirlo, sentirlo a tu alrededor y saber que está ahí. Sigue ahí, ¿no lo sabes? El sol sigue ahí.

Se le escapó otro sollozo y hundió la cara en sus rodillas. Impresionado, él se quedó absolutamente inmóvil sintiendo las lágrimas que le iban mojando los pantalones, tuvo la sensación de que su llanto llenaba el espacio negro que lo rodeaba. Era algo pasmoso. ¿Qué clase de mujer era esa?

¿Qué clase de mujer continuaría junto a los restos de un hombre cuando él le había concedido la libertad? ¿Qué clase de mujer pondría su lastimosa vida tan por encima de la de ella?

Eso lo conmovió, lo asustó en realidad. Levantó la mano y la movió lentamente hasta encontrarle la cabeza. Suavemente puso encima la palma y le acarició los cabellos, ansiando poder volver a ver esa masa de rizos negros con matices azules que reflejaban el sol irradiando su luz a su alrededor. Pero nunca volvería a verlos.

-Hinata, te ruego que me escuches -le dijo muy serio; la princesa tenía que comprender lo irremediable que era todo-. Te agradezco lo que haces, te lo juro, pero debes entender que jamás volveré a ser el que era. Ahora no puedo mantenerte, no puedo garantizar tu seguridad ni protegerte.

He arruinado tu vida en más de un aspecto, de modo que te pido..., no, te suplico, que nos liberes a los dos de esta pesadilla y te vuelvas a tu casa. Jamás podré hacerte feliz. Vuelve a Blackpearl Grange, vuelve a Menma. Vete a casa, Hina, y déjame en mi infierno.

Pasado un largo rato de silencio, ella levantó la cabeza, sacándola de debajo de su mano, y él tuvo la increíble sensación de que sus ojos perlas le perforaban el corazón.

-¿Cómo puedes decir que eres menos hombre? -le preguntó, llorosa.

-Porque es evidente -repuso él, pacientemente. Con un repentino movimiento, ella lo sorprendió colocándole las manos sobre los hombros, hundiéndolo en el sillón.

-¿Pero qué haces? -exclamó él.

Ella contestó posando sus labios sobre los suyos, y cuando él trató de liberarse se subió a sus rodillas. Le cogió la cara entre las manos, con considerable fuerza, y continuó besándolo, deslizando los labios sobre los de él y moviendo delicadamente la punta de la lengua por entre sus labios.

Naruto sintió un fuego en el vientre y, asustado, trató de quitársela de encima. Pero ella era increíblemente fuerte y continuó besándolo, luchando contra él.

Un fuego líquido lo recorrió todo entero. Al sentir sus labios, su aroma, la presión de sus pechos contra él cuando trató de apartarla, se despertaron todos sus instintos animales y se fueron a reunir en sus ingles.

Se resistió, o al menos creyó que lo hacía, pero ya la tenía rodeada con los brazos, estrechando contra él su cuerpo, devorándole ávidamente los labios. Se los succionó, saboreando en ellos la sal de sus lágrimas, y le llenó la boca con su lengua.

Ella respondió apretando su cuerpo al de él, moviéndose contra su miembro excitado, acariciándole los hombros, los brazos. Él encontró un pecho y ahuecó la mano en él, deleitándose en su peso contra su palma. Deseó más, y buscó una entrada hasta su cálida piel a través de la tela del vestido.

Pero de pronto se acabó. Ella levantó repentinamente la cabeza y él quedó jadeante.

-¿Puedes seguir diciendo sinceramente que eres menos hombre? -Se bajó de sus rodillas-. Si me deseas, ven aquí - susurró con voz ronca.

Indeciso, él se pasó el dorso de la mano por la boca. La deseaba de vuelta en su regazo, deseaba volver a sentir sus carnosos labios sobre los suyos, pero se sentía impotente para encontrarla y acercarla. Y aunque lograra ir hacia ella, era inútil.

-No cambiará nada -dijo amargamente-. Sigo ciego, sigo siendo incapaz de cabalgar en Kurama, de ocuparme de mis negocios o de viajar libremente en este mundo. Sigo sentenciado a una vida de oscuridad y a esta propiedad. Tú, en cambio, puedes tener todo lo que yo no puedo, la libertad de hacer todo lo que yo no puedo. No seas tonta, Hinata. ¡Cógela!

A eso contestó un absoluto silencio. Giró la cabeza hacia el aparador, después hacia la otra pared, tratando de captar algún movimiento, algún sonido, algo. Entonces la oyó caminar alejándose, alejándose de él, y reprimió las ansias de llamarla.

-Me marcharé -la oyó decir- cuando la luna se convierta en queso.

Después la oyó tirar de la puerta, abrirla y luego cerrarla con un golpe.

Sintió un creciente dolor detrás de los ojos. Seguía sintiéndola en sus brazos, y ese beso continuaba quemándolo con un calor tan fuerte que lo alarmó.

Recordó sus lágrimas sobre sus rodillas y trató de imaginarse cómo se verían sus ojos. ¡Maldición! ¿Por qué no podía ver sus ojos? ¿Por qué no la había mirado, mirado de verdad, aunque fuera una vez, para poder recordarla? Entonces, ahí mismo, juró que si alguna vez volvía a ver, no desperdiciaría la oportunidad de mirarse en sus ojos. Ni una sola oportunidad.


La mañana siguiente Hinata la dedicó, acompañada por Hugo y Maude, a quitar los gruesos cordones de terciopelo de las muchas cortinas que colgaban en el ala oeste.

Los criados la observaban subrepticiamente, mirándose extrañados entre ellos cuando ella salía de una habitación y pasaba a la siguiente con un montón de cordones en los brazos.

Muy pronto se reunieron en la cocina a elucubrar qué pretendía hacer ahora su señoría. Un lacayo expuso la teoría de que quería destruir sistemáticamente la casa para desquitarse de la crueldad con que la trató lord Uzumaki.

Una criada no aceptó esa teoría, e insistió en que la aflicción había vuelto loca a lady Uzumaki, lo cual dio paso a un acalorado debate sobre cuál de los dos Uzumaki estaba más demente. Después de todo, opinó el cocinero, lord Uzumaki había intentado quitarse la vida.

Kakashi estuvo un rato escuchando en silencio la conversación y después salió sigilosamente de la cocina sin que nadie lo advirtiera.

Cuando entró en el corredor que salía del vestíbulo, sonrió admirado. Su señora era inteligente, eso tenía que concedérselo, pensó.

Había puesto los cordones a lo largo de la pared desde un extremo al otro del corredor, fijándolos a intervalos, justo donde el zócalo alto de madera se encontraba con el empapelado. La larga tira de cordones doblaba la esquina y subía por la escalera principal.

En ese momento ella estaba trabajando en el otro extremo del corredor, inclinada por la cintura, tratando de fijar el cordón a la pared. Kakashi echó a caminar por el corredor.

-¿Lady Uzumaki?

Ella levantó bruscamente la cabeza y se enderezó, como para mirarlo mejor.

-No te atrevas -dijo en voz baja-. No te atrevas a decirme que lo deje en paz.

En sus ojos brillaba un destello casi salvaje. Kakashi se apresuró a levantar las manos con las palmas hacia delante.

-No, milady.

Su mirada desconfiada lo recorrió de arriba abajo y volvió la atención a su tarea. Estaba agotada, comprendió Kakashi. Tenía el pelo hecho un desastre, le salían rizos de cualquier manera por todos los lados de la cofia.

Tenía el vestido cubierto de líneas verticales de polvo, dejadas por los cordones que había apoyado en su cuerpo. Sus delgados dedos estaban enrojecidos por la tarea de fijar con tachuelas los cordones a la pared.

Estiró la mano para coger el cordón y la levantó en señal de paz cuando ella se giró, dispuesta a presentar batalla.

-Me gustaría muchísimo ayudarle -dijo calmadamente, y le quitó el cordón de las manos.

Ella bajó los hombros.

De alivio y agotamiento, pensó él, y se puso a trabajar, sonriendo para sus adentros.

Cuando Kakashi volvió a la cocina, después de haberse encargado de que todos los cordones estuvieran sujetos y colgaran a satisfacción de ella, informó a los tontos criados que había puesto los cordones como guía para que su señoría pudiera caminar sin ayuda de nadie. Eso produjo varias expresiones de sorpresa y unas pocas y tenues sonrisas de aprobación.

Pero Hinata aún no había acabado. Esa tarde estaba esperando pacientemente en el estudio de Naruto, con el ceño fruncido formando una diabólica V. Había enviado al señor Ebisu a buscarlo, haciendo caso omiso de sus súplicas de que lo dejara descansar. A eso le había contestado alegremente: «Ya ha descansado bastante en sus laureles».

Oyó a Naruto antes de verlo, su fastidio iba impregnado el corredor a medida que él pasaba. Por fin apareció, con el rostro sombrío, la mano afirmada en el hombro del administrador.

-Buenas tardes, mi señor -lo saludó muy animosa.

-¿De qué estragos se trata ahora? -le preguntó él en tono burlón. Se soltó del señor Ebisu cuando encontró un sillón, y se dejó caer en él.

-Estoy revisando las cuentas -dijo ella afablemente-. El señor Ebisu pensaba invertir en un techo nuevo para la casa de los Dai, y cuando me lo dijo, pensé que debía mirar los gastos primero.

El señor Ebisu se puso blanco como un papel ante esa descarada mentira, y empezó a negar con la cabeza, pasándose la mano por el cuello, imitando el acto de degollar. Hinata lo miró impaciente.

-Gracias, señor Ebisu. Lord Uzumaki estará a salvo aquí por un tiempo, se lo prometo.

-No tienes ningún derecho a meter la nariz en los libros de cuentas -dijo Naruto entre dientes.

El señor Ebisu la miró nuevamente con expresión suplicante y ella le indicó con la mano que se marchara. Él empezó a retroceder, mordiéndose el labio, nervioso.

-Bueno, como no lo haces tú, pensé que alguien tenía que hacerlo -respondió ella amablemente.

El señor Ebisu miró al cielo poniendo los ojos en blanco, y se apresuró a salir y perderse de vista.

-Ahora sí sé que estás loca -dijo Naruto, suspirando cansinamente-. ¿Cómo crees que puedo mirar los libros?

-Con ayuda, evidentemente -repuso ella, sin poder evitar un pelín de exasperación en la voz-. Pero como no has manifestado el más mínimo interés por tus asuntos, me siento obligada por el deber a comprobar que todo esté en orden.

-Levántate de ahí y llama al señor Ebisu -dijo Naruto secamente. Desafiante, Hinata abrió el libro mayor.

-Aja, aquí veo que gastaste quince libras en parafina y cera de abejas. Dios, esto es horrorosamente caro, ¿verdad? ¿Necesitamos cera de abejas? Aahh, y aquí hay otras cinco libras en sebo... Veo claramente que tendré que reducir a la mitad este gasto. Simplemente pondré una raya sobre esta cifra...

-¡Hinata! -exclamó él y, oh, milagro de milagros, se levantó del sillón y se quedó vacilante en medio de la sala-. Deja eso, por favor -dijo, nervioso. Extendió los brazos y avanzó un paso-. No sabes lo que estás haciendo.

-¿Avena? ¿Qué necesidad tenemos de avena? Esto también lo voy a tachar.

-Si quieres que Kurama coma, no toques esa entrada - resolló él-. Deja ese libro, por favor...

Chocó con una mesa de adorno y soltó una maldición en voz baja, pero se afirmó en ella y, enderezándose, dio la vuelta lentamente al obstáculo.

-Me ha parecido que las libreas de los lacayos están algo raídas. Encargaré unos cuantos rollos de lanilla inglesa. Diez rollos, diría yo, y dos modistas competentes. La verdad, no tengo idea del coste. Supongo que por ahora podría anotar una cifra supuesta...

-¡Hinata! -gritó Naruto y se lanzó hacia delante. Dio varios pasos hasta que tocó el escritorio, y apoyado firmemente en el borde, se inclinó-. Deja el libro mayor.- dijo, pronunciando muy bien cada sílaba.

Hinata no lo pudo evitar, sonrió feliz mirando el músculo que se le movía en la mandíbula apretada. Kurama no le había dado resultado; su beso no le había dado resultado. Pero por fin había encontrado lo único que era capaz de hacerlo ponerse de pie. No habérsele ocurrido antes meterse en sus libros de cuenta.

-¿Por qué? Tú no lo ves -dijo, y retrocedió, preparándose para la explosión que sin duda vendría.

Naruto bajó la cabeza, que le quedó colgando entre los hombros. Era un evidente esfuerzo por contener la ira. Cuando la levantó, sus ojos azules se veían cansados.

-¿Escribiste algo? ¿Hiciste alguna marca?

-No, pero si me dices qué debo hacer, yo seré tus ojos. Él emitió un gemido y, cerrando los ojos, se enderezó y se apartó del escritorio.

-Me vas a enviar a una tumba prematura. Lo sabes, ¿verdad?

-Mejor eso que ese estado de impotencia al que te aferras - dijo ella, ensanchando la sonrisa.

Él movió la cabeza y buscó con la mano el borde del escritorio. Con todo cuidado dio la vuelta hasta donde estaba ella sentada.

-Trae una silla. ¿O quieres que yo intente eso también? -le preguntó, sarcástico.

A ella le dio un brinco el corazón. Se levantó de un salto y apartó la silla para que él se sentara en ella, corrió a buscar otra y la puso al lado.

El pasó una mano por el libro, palpándolo; pasó suavemente los dedos por las columnas que ya no veía.

-¿Qué tienes? -le preguntó.

-Varias facturas. Yo diría...

-Léeme una.

-Por la venta de cien libras de avena cruda, cinco libras con seis peniques.

Naruto asintió y apuntó al libro.

-Hay una página con el título «establo». Cuando la encuentres, verás que hay cuatro columnas...

Y durante el resto de la tarde, él le habló a través de los libros, explicándole cómo anotar y evaluar los gastos y los ingresos, y cuadrar las cuentas.

Fue la tarde más dichosa que Hinata había pasado en su vida. Por fin se sentía necesitada, como si de verdad aportara algo de valor.

Naruto estaba sentado tranquilamente a su lado, sonriendo levemente cuando ella captaba las técnicas que le explicaba. Ni una sola vez le levantó la voz; ni una sola vez la trató con desdén. Estaba agradable, casi relajado, y ella sintió profundamente la sensación de compañerismo que tanto había anhelado.

Lo observaba atentamente, sintiéndose libre para admirar su hermosa cara y el contorno cuadrado de su mentón, los tupidos cabellos que le caían hasta bastante más abajo del cuello de la camisa.

Es francamente magnífico, pensó soñadora, un verdadero dios, algo que había perdido de vista hacía varias semanas, y algo que le producía hormigueos observar con tanto descaro. Cuando Naruto le pidió que llamara a Kakashi y ordenara que les sirvieran el té, aceptó feliz, deseando que ese momento mágico entre ellos continuara eternamente.

Pero nada dura eternamente.

Antes que ella pudiera tirar del cordón para llamar, se presentó Kakashi a anunciar visitas. Al instante Naruto se puso rígido.

-¿Quiénes? -preguntó ásperamente.

-Lord Rasenrengan, milord -dijo Kakashi de mala gana-, y... y lord Menma.

Suavizando la expresión, Naruto le indicó la silla donde había estado sentada Hinata.

-Quita esto. Y después que los hagas pasar, ordena que traigan el té.

Después que Kakashi salió y cerró la puerta, le dijo a ella en voz baja:

-¿Hinata? ¿Cómo lo saben?

Hinata se encogió. Ciertamente ella no le había escrito a su familia, sin tener su permiso. Y sólo le había sugerido ligeramente al doctor Kabuto que lo hiciera.

-Pues... no sé... ¿Tal vez el doctor Kabuto?

Lo que fuera que él pensara de eso murió en su lengua, porque en ese preciso momento entró en el estudio Minato Namikaze, lord Rasenrengan, seguido por Menma.

Hacía muchos años que Hinata no veía a lord Rasenrengan; la sorprendió su semblante enfadado. Menma le sonrió nervioso y al instante pasó su atención a Naruto, que se levantó lentamente, con los nudillos blancos por tener cogido firmemente el borde del escritorio. Ese era el único signo externo de inseguridad que se veía en él.

-Es cierto, por Dios -susurró lord Rasenrengan.

-Lamentablemente, sí -replicó Naruto con una sonrisa fingida-. No creo que hayas tenido el placer de conocer a mi esposa. Lady Hinata Uzumaki.

Para gran sorpresa de Hinata, lord Rasenrengan ni siquiera la miró. Se le enrojeció la cara y miró furioso a Naruto.

-Se me ha dado a entender que tú mismo te cegaste, intentando volarte tus estúpidos sesos.

Hinata lo miró espantada, pero Naruto simplemente se echó a reír.

-Y lamentas bastante que haya fallado, ¿eh, padre?

-No pararás hasta haber destrozado todo lo que te rodea - espetó lord Rasenrengan, despectivo-. Siempre pensé que tu temeridad te destruiría al final, y tenía razón. ¡Mírate ahora! Inútil para tu esposa, para tu título. ¿Es así como has querido honrar a tu abuelo? ¿Es esto lo que quieres hacerme a mí al final? Dios me asista, el gasto que me va a suponer llevar tu estupidez al Tribunal de Facultades y Exenciones...

-¡Lord Rasenrengan! -interrumpió Hinata, horrorizada por esas ignominiosas palabras y actitud.

Pero lord Rasenrengan pareció no oírla. Menma la miró con una cobarde expresión implorante que le formó un nudo de asco en el estómago.

-Ahora la carga recae en mí -continuó lord Rasenrengan -. ¿Qué más querrías hacerme? -aulló.

-Padre, por favor -dijo Menma con una vocecita débil. Naruto se rió suavemente. Hinata se volvió a mirarlo, estaba con los brazos cruzados en el pecho, con los ojos dirigidos hacia lord Rasenrengan, su mirada tan fija y penetrante que ella pensó que realmente veía a su padre.

-Padre, sólo tú podías coger una tragedia como esta y hacerla parecer un acto intencionado mío. No te he pedido que vinieras aquí, no te pido absolutamente nada. Sea cual sea el plan que hayas tramado, es inútil.

-Inútil, ¿eh? -gritó lord Rasenrengan -. No permitiré que mi apellido se vea envuelto en un escándalo, y por mucho que desee que no sea cierto, tu apellido está ligado al mío. ¿Cuántas vidas vas a destruir antes que esté todo dicho y hecho? Uno habría pensado que el asesinato de Yūra era suficiente...

-¡Padre! Por favor, sé comedido -exclamó Menma-. Ven a sentarte junto al fuego. -Lo cogió de la manga y lo obligó a girarse y caminar hacia el hogar. Miró a Hinata, nervioso-: Hinata, ¿hay tal vez un poco de whisky?

Lord Rasenrengan fue con él, pero no había acabado.

-No quiero whisky, Men. No quiero estar en esta casa ni un instante más del necesario.

-Ya lo has estado -dijo Naruto con indiferencia.

-Por desgracia, Uzumaki, tengo el deber de evaluar los daños hechos a Longbridge. Puede que tú te merezcas podrirte, pero él era el abuelo de Menma también, y no permitiré que arruines su legado.

-¡No ha arruinado Longbridge! -protestó Hinata, indignada-. No ha hecho otra cosa que mejorarla. Esto estaba en muy mal estado cuando llegamos, y él ha...

-Hinata -la interrumpió Naruto amablemente-, no malgastes saliva.

-Lady Uzumaki -dijo lord Rasenrengan con voz glacial, volviendo hacia ella sus ojillos azules-, tenga la inmensa cortesía de permitirme tener una conversación en privado con mi hijo.

Hinata lo miró atónita, incapaz de concebir que alguien se comportara con tanta grosería. ¡Y en su propia casa!

Indignada, se plantó las manos en la cintura.

-¿Cómo ha dicho?

-¡Menma! -dijo Naruto en tono áspero, y le hizo un gesto hacia Hinata-. Por favor...

Al parecer Menma sabía exactamente qué deseaba Naruto, porque atravesó rápidamente la sala y cogió a Hinata por el codo.

-Me gustaría que me enseñaras tus últimos cuadros.

Sin permitirle contestar, la llevó hacia la puerta, mientras lord Rasenrengan reanudaba su despreciable diatriba.

-¡Menma, para! -exclamó ella-. Tengo que...

-Tienes que permitirles que hablen -masculló él y la empujó puerta fuera, donde casi chocaron con Kakashi, que venía con la bandeja del té-. Sigue mi consejo, Kakashi, y guárdate el té para ti, a no ser que te guste limpiar los restos de la mortandad después -le dijo.

Acto seguido, procedió a conducirla por el corredor hacia la terraza, y desde allí casi la llevó a rastras por la escalinata de piedra hasta el jardín. Ella se detuvo a intentar zafarse de la presión de su mano en el codo, pero él la instó a seguir caminando.

-Déjalo en paz. Tienen muchas cosas que decirse en estos momentos, y no es correcto que tú las oigas -la amonestó.

Continuó llevándola hacia el invernadero, y ella continuó resistiéndose, imaginándose a Naruto caminando con pasos inseguros hasta un sillón que estuviera cerca de su padre, demasiado orgulloso para pedir ayuda.

Había visto a lord Rasenrengan en muy pocas ocasiones, pero jamás en su vida le había tomado una aversión tan grande a nadie. ¿Cómo se atrevía a venir a atacar a su hijo? ¿Es que no veía cómo sufría Naruto?

Menma abrió la puerta del invernadero de naranjos, la hizo entrar a ella primero, se preocupó de cerrar bien la puerta y sólo entonces se volvió a mirarla detenidamente. Frunció el ceño al verle la expresión.

-Oh, cariño, no te enfades tanto. El desacuerdo entre ellos se remonta a muchos años.

-¡Pero eso no le da derecho a tu padre para tratarlo tan mal! Menma se encogió de hombros y caminó hasta el centro de la sala.

-Eso podría parecértelo a ti, pero Naruto lo ha tratado igual de mal en más de una ocasión. Eso le dio que pensar.

-¿Qué quieres decir con eso? -le preguntó, desconfiada.

-Sencillamente que Naruto ha sido cruel con padre - repuso él, como si fuera lo más natural del mundo, y miró hacia la pared, donde estaban colgados varios de sus cuadros-. Había veces en que mi padre lo necesitaba terriblemente y Naruto se limitaba a reírse. Desprecia a padre, ¿sabes? -La miró por encima del hombro-. Yo quiero mucho a Naruto, ¿entiendes?, pero seguro que ya sabes que no es el hombre que quiso hacerte creer que era. Tiene su lado malo, que es tan despreciable, si no más, que el que piensas que tiene mi padre.

-Él nunca habría tratado tan cruelmente a nadie -dijo ella, en actitud defensiva, encogiéndose interiormente por la falsedad que estaba diciendo.

Las cosas que le había dicho a ella eran tan vulgares como las dichas por lord Rasenrengan. Inconscientemente negó con la cabeza, no quería entregarse a otro debate interior respecto a Naruto. Decidió cambiar de tema.

-¿Qué es el Tribunal de Facultades y Exenciones? - preguntó.

Menma sonrió pacientemente.

-Un tribunal al que se exponen circunstancias especiales, cariño. No es nada que deba inquietarte, te lo aseguro. Veo que acabaste el tema de la capilla. ¡Es maravilloso! -Empezó a caminar mirando los otros óleos-. Deberías considerar la posibilidad de vender algunas de tus obras.

Hinata mantuvo cerrada la boca. Algo estaba terriblemente mal, y fuera lo que fuera, Menma lo sabía.

Transcurrió más o menos una hora, ella observándolo vagar por su estudio, y él parloteando sin parar, sin darle en ningún momento la oportunidad de hacerle más preguntas.

Encontraba algo desagradablemente jovial en su actitud, inapropiado, después de lo que habían oído. Su inquietud fue en aumento, y al final Menma cedió y la acompañó de vuelta a la casa. Cuando iban por el corredor hacia el estudio donde los habían dejado, no pudo dejar de pensar que ese silencio significaba que padre e hijo se habían matado mutuamente.

Pero cuando vieron a Kakashi que venía a toda prisa hacia ellos, con él sombrero de Menma en la mano y una clara expresión de preocupación en la cara, Menma le cogió la mano y se la estrechó.

-¿Lo ves? Ya acabó.

Ella retiró bruscamente la mano en el momento en que Kakashi metía el sombrero entre Menma y ella.

-Lord Rasenrengan le espera en el coche, milord. Quiere que vaya al instante.

-¿Y lord Uzumaki? -preguntó ella-. ¿Dónde está?

-Arriba, señora -contestó Kakashi y miró nervioso a Menma-. Su señoría insistió mucho -le dijo y, girando sobre sus talones, echó a andar a toda prisa por donde había venido.

Menma la miró a los labios.

-Volveré pronto. Todo se arreglará, ya verás. Sonriéndole tranquilizador, echó a caminar por el corredor, sus pasos, observó ella, igual de nerviosos que los de Kakashi.