Es esa clase de sueño en el que sabes que estás soñando, pero aun así eres consciente de que estás viviendo una pesadilla. Estoy otra vez en el lavabo de la discoteca, atada, débil e indefensa. Grito. Unas manos se pasean por mi cuerpo. Hace tanto frío que tiemblo. Tengo que salir de aquí, pero estoy asustada. Un rostro amenazante me observa desde la oscuridad. Me siento sucia, violada. ¡Que pare de tocarme!
—¡Basta! —grito mientras intento resistirme.
Me agarro a su cara, le muerdo. Unos brazos me rodean y me oprimen contra un pecho fuerte y poderoso.
—Chsss, despierta, Saku. No pasa nada, estoy aquí contigo.
Conozco esa voz, sé que es él quien me abraza y no el hombre de mi sueño. Aun así, no abro los ojos; me escuecen, y si me ve llorando...
—¿Saku?
Me acurruco contra su pecho.
—Estoy bien.
Sorbo por la nariz y siento que sus brazos tiemblan a mi alrededor.
—¿Seguro que no...?
—Solo quiero dormir, por favor. Era un sueño, nada más.
Puedo sentir su frustración, pero no insiste, sino que me abraza aún más fuerte en un gesto claramente protector.
—¿Quieres que me ponga uno de esos disfraces hinchables de luchador de sumo? —Antes de que pueda responder, recapacito sobre lo que acabo de decir—. Nada, no me hagas caso. Aún es demasiado pronto para pensar en disfraces hinchables.
Itachi frunce el ceño.
—¿De verdad necesitamos otra charla sobre autoestima? Porque si quieres que te ate a una silla y te diga lo mucho que me gustan los culos grandes, y sabes que no miento, tendré...
—¡Yo no tengo el culo grande! —Aun así, lo miro por encima del hombro, agradecida porque, después de tanto ejercicio, ha disminuido considerablemente—. Antes sí, pero ya no.
—Y me gusta en los dos tamaños —replica él, y se encoge de hombros antes de tirarme su sudadera—. Póntela, creo que van a venir unos amigos de Yahiko.
Me miro la blusa; no le pasa absolutamente nada. Sí, me queda un poco ajustada, pero es que Hina me dijo el otro día que el rojo me hace brillar. Claro que eso fue después de que le tirara el bote de autobronceador que traía. El día que decida voluntariamente embadurnarme de arriba abajo con un mejunje naranja, ese día me declaro Kardashian honorífica.
Sujeto con una mano la tela suave de la sudadera. Por un momento, siento la tentación de acercármela a la nariz y respirar el delicioso aroma de Itachi, pero en lugar de eso lo fulmino con la mirada.
—¿Me estás diciendo qué tengo que ponerme?
—Bizcochito, si de mí dependiera, llevarías bastante menos ropa, no más. Es que... esos tíos son un poco imbéciles y tú llevas eso... —Señala mi blusa como si su sola existencia le resultara ofensiva—. Y no quiero tener que responder por mis acciones.
—Sé exactamente qué estás haciendo, señorito. Estás cambiando de tema,
¿verdad?
Itachi se rasca la nuca.
—¿Y qué tema es ese?
Da media vuelta y se dirige hacia su dormitorio. Salgo corriendo detrás de él, decidida a llegar al origen de su comportamiento.
—Estás actuando como si fueras mi guardaespaldas, no mi novio. ¿Te importa explicármelo?
Se encoge de hombros y empieza a meter ropa en un petate. Sé que está disimulando y que desde que descubrió que las de su club de fans se dedican a hacerme bullying, sobre todo tras el incidente de la discoteca, se desvive para protegerme. Si a eso le sumamos que últimamente tengo pesadillas por las noches, es normal que intente levantar un fuerte a mi alrededor, armado con esos rayos láser que fulminan lo que tocan. Se niega en redondo a trabajar con Hana y sus compinches y va por ahí con cara de perro para que a nadie se le ocurra volver a mencionar el flyer. Me dan escalofríos cada vez que recuerdo lo enfadado que estaba cuando volvimos de la discoteca. Dejamos a Hina en la residencia y yo me quedé con él en su apartamento solo para asegurarme de que no hacía ninguna estupidez.
Y sí, ha conseguido controlar su mal genio, pero también me trata como si yo fuera de porcelana. Lo peor de todo es que se siente culpable y eso le ha hecho levantar una barrera entre los dos que hace que le cueste hablar conmigo, y a mí me tiene amargada. Por eso no quería que supiera lo que me estaba pasando, porque sabía que lo relacionaría con Karin y su machaque constante por culpa de Sasuke.
Esto no tiene nada que ver con lo de Karin, se lo he repetido mil veces.
Ojalá no tuviera SNS: síndrome del novio sobreprotector.
—Itachi, por favor, habla conmigo.
—¿Lo tienes todo preparado? Si no salimos ya, vamos a encontrar caravana.
Pasa junto a mí y rebusca en los cajones de la cómoda, en la que no queda nada más que un par de calcetines de recambio porque se los compré yo.
—Tienes que entender que no es culpa tuya.
Se arrodilla en el suelo y sujeta los bordes del cajón con tanta fuerza que se le han puesto los nudillos blancos.
—Bajo las cosas al coche, tú deberías hacer café para el camino.
Suspiro porque soy consciente de que no tiene intención de ceder, al menos no más que yo. Tampoco quiero pelearme con él, no ahora que nos vamos a casa a celebrar Acción de Gracias con los amigos y la familia, a los que hace tiempo que no vemos. Quizá le apetezca más hablar durante las dos horas de trayecto. Puedo ser muy persuasiva cuando quiero.
—¿Quieres hacer el favor de quitar eso?
—¿Quieres hacer el favor de hablar conmigo?
—¡Ya estoy hablando contigo! —exclama Itachi antes de cambiar la canción.
Peor para él, he preparado una playlist especial para este viaje cuyo único objetivo es que deje de hacerme el vacío. La voz de Taylor Swift suena de fondo y yo recuerdo los viejos tiempos, cuando mi actividad favorita era hacerle perder los nervios.
—A ver —me dice cogiéndose al volante con las dos manos—, mi coche, mi música. Te suplico que dejes de poner esa canción, ya no la soporto más.
—Qué canción, ¿esta?
Es de las más viejas, de cuando Taylor Swift era una estrella del country. Hay pocas cosas que Itachi odie en el mundo. Yo cantando country sería una de ellas.
—¡Vale, vale, para! Hablemos, pero solo si quitas esa aberración.
Sonrío y le doy al botón de pausa, me acomodo en el asiento y miro a ambos lados. Mucha gente aprovecha los cuatro días de fiesta para volver a casa y, como no hemos salido pronto, estamos exactamente donde Itachi me ha dicho que acabaríamos: en un atasco. Pues ya que no le entusiasman mis gustos musicales, voy a intentar vaciarle el buche para pasar el rato.
—Estás enfadado —le digo—, enfadado contigo mismo, y nos lo estás haciendo pagar a los dos. No pareces tú desde lo de la otra noche.
—Ah, ¿te refieres a la noche en la que a mi novia casi la violan un par de gilipollas por culpa de unas idiotas que le hacen bullying porque sale conmigo? Por favor, pero ¿por qué iba a estar enfadado?
Le tiemblan los músculos de la mandíbula y todo su cuerpo transmite una sensación de frustración reprimida. Me pregunto qué les haría a los del otro día si se le pusieran delante.
—A veces se te olvida que ya te he fallado una vez, Saku. ¿Para qué sirvo si ni siquiera soy capaz de protegerte?
Se hace el silencio y los dos pensamos en Kakusu. Sé que nuestros recuerdos son distintos: yo me veo atrapada en el lavabo mientras un desconocido me magrea y él está pensando en lo que pasó después.
—Acabaste en el calabozo por mí —digo con un hilo de voz—, te peleaste por mí. No hay nada que pueda pedirte o esperar de ti que no me hayas dado ya.
Itachi suspira.
—No tendrías que pedírmelo, debería darme cuenta yo solo y solucionarlo... Lo estoy estropeando.
Me empieza a hervir la sangre.
—Pero ¿por quién me tomas, Uchiha? No soy una doncella en apuros, o al menos ya no. Tú siempre me has dicho que soy más fuerte de lo que creo. Entonces ¿por qué no dejas de culparte por no salvarme de...? No sé, ¡la vida!
Sus labios dibujan una sonrisa que se va haciendo más y más grande.
—Ojalá te dieras cuenta de que es al revés.
—¿El qué?
Estoy hecha un lío. Los cambios de humor que hay en este coche empiezan a provocarme dolor de cabeza.
—Quién es el salvador y quién el salvado. Sí, lo has entendido todo mal.
Me muerdo el labio y disimulo una sonrisa; esta vez sé que no intenta cambiar de tema o desviar la atención para no hablar del problema. Se le nota en la cara que realmente cree que fui yo quien lo salvó a él. Es ridículo, pero tan tierno que me inclino hacia él y le doy un beso.
—No te alejes de mí, no permitas que ganen los malos.
Itachi y yo entramos en su casa cogidos de la mano. Hemos dejado el equipaje en la mía, aprovechando que estará vacía hasta esta noche, que es cuando llega mi padre. Shikamaru y Temari no saben que nos hemos saltado las clases del miércoles y que ya estamos aquí, un día antes de lo planeado. Quiero darles una sorpresa, aunque eso será más tarde. Ino y Sai no llegarán hasta mañana por la tarde, así que lo más lógico para nosotros era que cenáramos con Mikoto y el sheriff Uchiha. No solemos pasar demasiado tiempo en su casa por la tensión que aún hay entre Sasuke y él.
Pienso en Sasuke, mi antiguo amor platónico y ahora mi amigo, y me entran ganas de abofetearme. Si me hubiera enfrentado antes a lo que sentía por Itachi, si me hubiera dado cuenta de que Sasuke no se merecía todo el tiempo que le dedicaba, ahora los dos hermanos tendrían una relación mucho más fluida. Estoy convencida de que esta situación no hace más que complicar la vida de la familia.
En cuanto entramos por la puerta y Itachi deja su petate en el suelo, oímos una voz procedente de la cocina.
—Itachi, ¿eres tú?
—¡Sí, mamá! ¡A menos que estés esperando a tu hijo menos pródigo! — responde a gritos, y yo lo fulmino con la mirada, pero en broma.
Las vacaciones irán mucho mejor si nadie se burla del pobre Sasuke durante los días que estemos aquí.
—Ah, Itachi, tu sola presencia basta para darle vida a la casa.
—Si alguien tiene que ocuparse, prefiero que sea el Uchiha más guapo.
Mikoto aparece por la puerta de la cocina con las mejillas coloradas y un delantal atado a la espalda. En cuanto nos ve, se le iluminan los ojos y me recibe con los brazos abiertos.
—Hola, cariño. Te hemos echado mucho de menos.
Me abraza con fuerza y yo le devuelvo el gesto. Desprende un olor delicioso a Chanel N.º 5. Últimamente se ha convertido en algo así como una madre sustituta para mí, sobre todo desde que la mía decidió marcharse en busca de pastos más verdes y un marido más rico. Sigo hablando con ella de vez en cuando, pero la verdad es que, desde que empecé el instituto, no ha asumido sus responsabilidades. Por si fuera poco, mi nueva madre es neurocirujana. ¿Se puede molar más?
—Yo también os he echado de menos. A veces tu hijo puede llegar a ser insoportable —bromeo, y le doy un codazo a Itachi en las costillas.
—Mi niño —murmura Mikoto, y le planta un sonoro beso en la mejilla a Itachi, que no tarda en limpiárselo—. Cómo has crecido.
—¿En serio? ¿De verdad me vas a hacer esto?
—No pretenderás que renuncie a la posibilidad de dejarte en ridículo delante de tu novia, ¿no?
—Pues claro, mamá. Si me necesitas para algo, estamos en mi habitación.
—¿De verdad no vais a probar la receta que estoy preparando?
—Te ganas la vida abriéndole la cabeza a la gente; seguro que eres capaz de dominar el maravilloso mundo de los postres.
—Pero le he puesto un relleno nuevo —canturrea Mikoto mientras se dirige de nuevo hacia la cocina—. Un pajarito me ha contado que aquí puede haber alguien adicto a la Nutella.
Abro la boca de par en par y, dejándome llevar por el entusiasmo que me inspira todo lo que sepa a chocolate con avellanas, le propino un guantazo a Itachi en el brazo, pero se me va la mano.
—No puede ser.
Mikoto parece satisfecha consigo misma.
—Dime, ¿con quién prefieres pasar el rato, con la madre que te ofrece chocolate o con el novio al que le espera por delante todo un mes de lavadoras pendientes?
Itachi mira el petate de reojo.
—Mierda.
—Te aconsejo que empieces ya, antes de que aparezca Sasuke. No sé por qué, pero intuyo que viene más cargado que tú —le dice Mikoto a su hijo, y la imagen le provoca un escalofrío.
—Tu madre tiene razón —comento sonriendo—. Será mejor que te pongas manos a la obra, yo tengo que probar un pastel.
Itachi sacude lentamente la cabeza.
—Quién me iba a decir que un simple bote de plástico acabaría haciendo de calientapollas de mi novia. Para que luego hablen de publicidad engañosa.
—¡Itachi! —exclamo, y me pongo como un tomate.
Mikoto, en cambio, se ríe y vuelve a la cocina.
—Ya sabes dónde encontrarme —me dice Itachi, y se despide con un saludo militar.
—¿En el cuarto de la colada?
—Seré el que esté tirado en el suelo, agonizando.
—Espera que te doy un regalito para el camino.
Me acerco sigilosamente y le planto un beso con la cantidad exacta de lengua y luego me voy en busca de pastos más verdes y con sabor a chocolate.
Después de cenar con los Uchiha, pero sin Sasuke, Itachi y yo decidimos ir un rato al pueblo, por hacer algo. Aquí somos mucho de poner las luces de Navidad cuanto antes, por lo que no me extrañaría que algunos ni siquiera se hayan esperado hasta después de Acción de Gracias.
Hace frío en la calle. Paseamos por las tiendas y cafeterías del centro, pegados el uno al otro. No hay nada mejor que volver a casa por vacaciones, lo cual me recuerda que tengo que hacer un Skype con Rin y Hina, que pasarán el puente en el campus.
—¿Te apetece un chocolate caliente? —pregunta Itachi, mientras se refugia en mi cuello.
—Hum, puede.
—Podríamos ir a tu casa un poco más tarde y...
Sus manos se cierran alrededor de mi cintura y van bajando, bajando hasta...
—Ver unas pelis, hacer palomitas, ponernos al día con los deberes —me susurra al oído, y lo hace con una voz tan sexy que por un momento me planteo si realmente quiero quitármelo de encima, aunque al final lo hago.
Me río y vuelvo a cogerme a su brazo. Hace demasiado frío para andar separados.
—Qué malo eres.
—¿Y tú no? Me has dejado colgado para irte con mi madre.
—Te propongo una tregua. Empecemos por el chocolate caliente y veamos adónde nos lleva la noche. ¿Le parece bien, señor Uchiha?
—Qué tontita eres.
Y me besa en lo alto de la cabeza.
Entramos en nuestra cafetería favorita y Itachi se levanta a pedir las bebidas. Yo espero en la mesa, hurgando en el bolso en busca de una barra de cacao para los labios. De pronto, alguien se sienta frente a mí y yo me llevo un susto considerable.
Levanto la mirada y me encuentro cara a cara con la única persona a la que no esperaba ver en estos días, así que ni siquiera intento disimular mi sorpresa.
—Cierra la boca, Sakura, que se te cae un hilillo de baba —me dice Karin con ese tono de voz tan suyo, como si todo le pareciera un aburrimiento, que en realidad no pretende ser sarcástico ni cruel, pero que acaba siéndolo.
—Karin.
Me acabo de quedar a cuadros. No la veía desde antes de la graduación, aquel día que hablamos y por fin pude superar lo nuestro. Por lo que me contó, pensaba que, en cuanto pusiera un pie fuera del pueblo, no tenía intención de volver.
Pero aquí está y creo que intenta ser amable conmigo. Puede que sí esté aburrida. Con Karin, nunca se sabe.
—Sakura —me dice, inclinando la cabeza a un lado—, te veo bien, un poco pálida, pero muy bien.
—Culpa de mis genes irlandeses. Y qué... —Se hace un silencio incómodo entre las dos—. Has venido a pasar las vacaciones, ¿no?
—Era eso o quedarme con mi compañera de piso y su novio. Ya sabes lo que pasa.
—Pues, si quieres que te diga la verdad, tengo una compañera de piso genial. Es...
—Dime —me interrumpe—, ¿cómo te va con tu alma gemela?
Karin mira hacia donde debe de estar Itachi, esperando su turno en la cola. Tengo claro que ya no le interesa mi novio, pero aun así no puedo evitar que me moleste la pregunta, seguramente porque tengo demasiado reciente el ataque de las arpías de la fraternidad.
—Genial. Y tú qué, ¿has conocido a alguien?
—La verdad es que no —responde, sin dejar de mirar a Itachi—. No he encontrado a nadie que me entienda, ¿sabes?
—¿Y te has planteado la posibilidad de arreglar las cosas con Sasuke?
Jamás habría imaginado que esa frase acabaría saliendo de mi boca, pero, eh, qué más da. Karin me mira fijamente y, por un momento, sus ojos me atraviesan.
—Mi relación con Sasuke es lo más monótono y agotador que he hecho en mi vida. ¿Para qué querría volver con él?
—Ah.
—¿Cómo te va en la universidad? —pregunta, y se acomoda en el asiento del reservado—. Seguro que te las ves y te las deseas para mantener a las chicas a raya.
—¿Tan evidente es?
—Intuición, supongo. Itachi siempre será el tío con el que todas las chicas quieren estar. No me sorprende.
—Pero ¿y si estás con él y lo que quieres es conservarlo?
Por un instante, Karin parece preocupada, como si le importara mi vida, pero la sensación no tarda en desvanecerse.
—Te sugiero que lo ates corto y te repitas a menudo a ti misma que si está contigo es por algo.
Me doy la vuelta y veo que Itachi nos está observando. Mira a Karin, luego a mí, y levanta las cejas. Me está preguntando si estoy bien, a lo que yo respondo con una sonrisa antes de centrar de nuevo mi atención en Karin.
—No esperaba encontrarte aquí, la verdad. Podrías haber ido a donde quisieras; ya sé que no te gusta pasar tiempo con tus padres. ¿Por qué no has ido a ver a tu hermana?
—Nos hemos peleado. La llamé zorra y ella me cerró la puerta en las narices.
—Vaya, pero ¿qué ha pasado?
—Se me insinuó su novio y ella creyó que había sido yo. Lo mismo de siempre, vamos.
Se la ve tan triste y sola que me apetece darle un abrazo, pero soy consciente de que solo empeoraría la situación, así que no lo hago. Me quedo sentada en mi sitio mientras ella tamborilea sobre la mesa, un hábito nervioso que me resulta muy familiar.
—Y ¿qué..., qué tal en casa?
Quiero saber si su padre sigue sufriendo ataques de ira, si ha intentado hacerle daño, pero me muerdo la lengua.
—Solo voy a dormir, no los veo mucho a ninguno de los dos. Me gusta saber que ya no me controlan.
Asiento en silencio.
Itachi deja las tazas de chocolate sobre la mesa. Es tan buena persona que también ha traído una para Karin.
—Hola —la saluda con una sonrisa y un gesto con la cabeza un poco forzado.
Sé exactamente cómo se siente ahora mismo Karin porque yo me sentía así cuando ella estaba con Sasuke. Me cuesta entender que alguien disfrute machacando a otra persona. Yo, por ejemplo, no he hecho nada malo y aun así me siento culpable porque se le nota que lo está pasando mal.
—Bueno, os dejo solos, tortolitos. Me alegro de verte, Sakura.
Me dedica una sonrisa un poco forzada y se dispone a marcharse. Las palabras salen por mi boca antes de que pueda detenerlas.
—¿Por qué no cenas en mi casa el día de Acción de Gracias?
—¿Qué? —pregunta Karin, y Itachi se gira hacia mí.
No sé qué estoy haciendo, pero ya no puedo dar marcha atrás.
—Ven a mi casa, habrá comida de sobra. Mi padre ha contratado un cáterin bastante bueno.
—No hace falta que...
—¡Será genial! —la interrumpo, y sonrío con tanto empeño que me duelen las mejillas—. Comida y bebida para todos, ¿verdad, Itachi?
Itachi me mira como si le preocupara mi estado mental.
—Sí, por qué no. Solo hay que esconderle los cuchillos a Temari —dice en voz baja, y acto seguido hace gala de su encanto natural—. Pero eres más que bienvenida, seguro que te lo pasas bien. Al menos, no tendrás que compartir mesa con tu ex, solo con una amiga exageradamente protectora a la que de vez en cuando hay que atar para evitar males mayores.
Karin traga saliva.
—No le tengo miedo.
Pues debería.
Es entonces cuando me acuerdo de algo que me dijo mi padre hace unos días y no puedo evitar que se me escape una risita nerviosa.
—Por cierto, hablando de ex novios, mi padre ha invitado a Sasuke. Bueno, en realidad ha invitado a toda tu familia.
Cojo la taza y le doy un buen trago al chocolate, que está ardiendo y me quema la lengua. Itachi no me quita el ojo de encima y Karin sigue ahí plantada, considerando la invitación.
—¿Sabes qué?, contad conmigo. Así me ahorro tener que oír a mis padres acusándome de haberles destrozado la vida. Gracias por la invitación.
Nos dedica una sonrisa un poco forzada y se va. Itachi y yo nos quedamos sentados, tratando de entender lo que acaba de pasar.
—¿Acabas de hacer lo que creo que has hecho?
—Creo que sí.
—Ah. Pues va a ser una velada interesante.
—No creo que Karin sobreviva, pero, bueno, al menos he hecho lo correcto. Itachi pone una mano sobre la mía y me da unas palmaditas.
—Repítetelo cuando Temari la ataque con el cuchillo de la mantequilla.
