14. Soy tan sutil como la mermelada de cacahuete con tropezones
La última vez que tuve que actuar fue en séptimo. Estábamos preparando una representación de Romeo y Julieta y me pidieron que hiciera de enfermera. Entonces tenía sentido, con mi peso y mi ropa de esposa abnegada de los cincuenta, el papel me venía que ni pintado. Por desgracia, mis quince minutos de gloria se fueron al garete en cuanto se me ocurrió echar un vistazo al público. Mis padres estaban sentados en primera fila: mi madre me saludaba entusiasmada, mi padre intentaba animarme y mi hermano no paraba de hacerme muecas.
Aquel día no llegué a conocer la gloria. No me habrían podido descongelar ni con un soplete. La niña que hacía de Julieta hizo lo que pudo para sacar la obra adelante. Se inventó frases, diálogos sin sentido que Shakespeare jamás habría reconocido como propios, pero aun así la escena funcionó. Salí del escenario seguida por las miradas asesinas de la profesora de teatro, más las de los Montesco y los Capuleto. Tardé un rato en darme cuenta de lo que había pasado hasta que por fin llegó la vergüenza, y de qué manera. Tenía tanto miedo por cómo reaccionaría la gente que me pasé el resto de la función escondida en el armario del camerino.
Curiosamente, cuando por fin decidí salir, la situación era mucho más caótica. Resulta que nuestro Romeo había decidido añadir algo de su propia cosecha a la historia y se había negado a besar a Julieta argumentando que los aparatos de su amada le daban asco. Luego cogió a la niña más guapa de la clase que hacía de madre de Julieta, y le plantó un beso en todos los morros. El escándalo fue mayúsculo.
Itachi hacía de Romeo.
Ahora, cuando pienso en ello, me pregunto si lo hizo para apartar la atención de mí. No me sorprendería, teniendo en cuenta el giro de ciento ochenta grados que ha dado nuestra relación. Si sigo dándole vueltas, seguro que encontraré una razón detrás de todo lo que ha hecho últimamente, aunque ahora mismo no sé si estoy preparada para hacerlo.
—Ya están aquí.
Itachi asoma la cabeza por la puerta del almacén del Senju's. Se le nota que está emocionado, está en su salsa, conspirando e ideando argucias. Es su fuerte y por fin tiene la oportunidad de demostrarlo. Las tres nos preparamos para la acción y la cabeza de Itachi desaparece. Me recoloco el delantal y cojo la cesta del pan.
—Señoras, llegó la hora. Acuérdate, Ino, no puedes salir. Pase lo que pase, tus padres no pueden saber que estás aquí.
Temari actúa como si fuera la directora. Sabe que Ino y yo somos ineptas por lo que a mentir se refiere. Le he pedido a Senju que la deje trabajar algunos turnos durante esta semana para que hoy pudiera echarnos una mano.
—Vale —asiente Ino, sumisa, pero está temblando.
Está nerviosa, todas lo estamos, pero esto es lo que quiere y es demasiado débil para pedirlo ella en persona.
Respiro hondo y me preparo para hacer el papel de mi vida. Temari ya ha salido del almacén y está acompañando al señor y a la señora Yamanaka hasta su mesa. Itachi ya debe de estar congraciándose con ellos y Sai... Pobre Sai.
—¿Crees que va a funcionar? —me pregunta mi amiga, atormentada por la ansiedad, y yo esbozo mi sonrisa más confiada.
—Pues claro que sí.
El señor y la señora Yamanaka son dos auténticos imbéciles, sin ánimo de ofender a Ino. Los dos son abogados y socios de un bufete muy prestigioso. Para ellos, si no eres rico o poderoso, casi mejor que te mueras. A mí me adoran, supongo que no hace falta que explique por qué. Odio cuando se deshacen en atenciones conmigo mientras ignoran a su propia hija, pero hoy eso nos va a ir de perlas.
Verás, cuando fui a casa de Ino hará un par de noches, me la encontré llorando y hecha unos zorros. Temari y yo nos pasamos horas convenciéndola para que nos contara qué le pasaba. Después de dormir con ella, hacer una maratón de pelis de Audrey Hepburn y finiquitar dos paquetes de Kit Kat entre las tres, nos lo explicó todo. Al parecer, Sai le había pedido que fuera a la gala con él. Están en esa fase en la que son amigos pero los dos quieren algo más. Cuando Sai le hizo la pregunta, ella salió corriendo. Corrió hasta que pudo encerrarse en su habitación e intentó encontrar una solución. Sus padres se negaban en redondo a permitir que fuera con un chico y no pensaban ceder ni un milímetro. Por su parte, Sai temía haber asustado a Ino con la cantidad de llamadas y mensajes que le envió después. Itachi nos dijo luego que su amigo creía haberla pifiado.
Era un desastre de proporciones épicas, así que teníamos que arreglarlo como fuera y volver a unir los corazones de nuestros amigos. Para que eso ocurriera, necesitábamos un plan y ¿quién mejor para idearlo que el maestro de la manipulación en persona?
Temari ya ha creado el ambiente, lo noto cuando salgo del almacén con las cartas y la cesta del pan. Los ha sentado en el reservado más limpio que tenemos y el resto del local está vacío, según lo acordado. Tardé en convencer a mi jefe, pero después de prometerle tomates especiales de Farrow Hills de por vida, cortesía de mi padre, aceptó.
Salgo sonriendo tal y como me enseñaron cuando empecé a trabajar aquí. Veo a Itachi y las pintas que lleva y me aguanto la risa. Por suerte, consigo contenerme hasta que me planto junto a la mesa, dejo la cesta de pan en el centro y veo cómo se iluminan los ojos de la señora Yamanaka al verme.
—Sakura, querida, no sabíamos que trabajabas hoy —exclama, y tengo que echar mano hasta del último músculo de la cara para que no se me borre la sonrisa.
Odio a esta mujer, en serio, la odio.
—Buenas tardes, señora Yamanaka, señor Yamanaka. Me alegro de verles. Aquí tienen la carta. Avísenme cuando hayan escogido —digo con toda la educación del mundo, antes de dejar las cartas sobre la mesa y retroceder.
—Nunca habíamos estado en un sitio como este.
La señora Yamanaka mira a su marido, que está pasando un dedo por encima de la mesa en busca de restos de polvo. Menos mal que hace solo unas horas que la he frotado y limpiado a conciencia. El señor Yamanaka es más bien bajito y está más o menos calvo. Todo el mundo sabe que Ino ha heredado la belleza de su abuela materna.
—Bueno, en ese caso, ¿qué les parece si les traigo el especial de la casa?
No hay ningún especial de la casa. Hemos comprado un par de platos de langosta en un restaurante caro, esperamos que se lo traguen. El señor Yamanaka se muestra repentinamente interesado y deja de frotar la mesa con el dedo.
—¿Especial? ¿Es lo más caro que tenéis aquí?
Estoy a punto de coger la jarra de agua de la mesa y vaciársela en la cabeza, pero por suerte Itachi interviene a tiempo. Está... distinto, con una camisa azul cielo y unos pantalones caqui. Incluso ha conseguido domarse el pelo y lo lleva engominado y peinado hacia atrás para que no le caiga sobre los ojos. A mí el look no me emociona, pero los padres de Ino se lo han tragado. Fue él quien habló con ellos y los invitó a venir. Convenció a la señora Yamanaka para que deje ir a su hija a la gala y se comprometió a encontrarle un acompañante que fuera de su gusto.
El acompañante será Sai. Los padres de Ino han venido a conocerlo, o, mejor dicho, a hacerle un tercer grado, y estoy segura de que el pobre chaval está sudando tinta.
—Es el mejor plato del menú. Mis padres lo piden siempre.
En cuanto oyen mencionar al sheriff y a la doctora Uchiha, levantan las orejas y se deciden por el especial. Temari está detrás de la barra, limpiando el polvo imaginario. Me guiña un ojo y yo me dirijo a la cocina. Ya tenemos la comida emplatada, pero Ino y yo decidimos esperar un poco antes de llevarla a la mesa. A estas alturas, se ha mordido tanto las uñas que casi se le ve el hueso.
—¿Y si no funciona? Y si lo descubren... ¡Me habré metido en una buena! No me puedo creer que le haya pedido a Sai que haga esto. Seguro que me odia, debe de pensar que es idiota por querer salir conmigo.
Escucho su monólogo en silencio mientras esperamos. Le irá bien liberarse del estrés. Cuando termina, resopla y sus hombros se desploman en señal de derrota.
—Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez. La persona que está detrás de todo esto es Itachi. Lleva mintiendo y conspirando desde el mismo día en que lo conocí. El tío es un genio. Es imposible que falle. Además, Sai está loquito por ti, loco nivel señora que vive con mil gatos. Está dispuesto a pasar por esto para compartir un solo día contigo, Ino, ¿no te parece prueba más que suficiente?
Parece que se calma un poco después de mi sermón. Por un momento, me planteo la posibilidad de dedicarme a las charlas motivacionales.
Asomo la cabeza por la puerta de la cocina y veo que Itachi sigue hablando con el señor y la señora Yamanaka. Ha adoptado su apariencia más perfecta, pero yo sé que detrás de la fachada hay mucho más. No es el niño bonito, el hijo pródigo o lo que pretenda ser. En el pasado, le recriminaba sus imperfecciones, pero hoy esos mismos defectos están sirviendo para ayudar a mi mejor amiga y eso hace que le tenga aún más cariño.
Pongo los platos en la bandeja, salgo de la cocina y veo que Sai se ha unido a la fiesta, solo que no parece Sai en absoluto. En lugar de las camisetas de grupos y los vaqueros rotos que suele llevar, ha seguido el ejemplo de Itachi y ha escogido un aspecto mucho más convencional. Lleva una camisa blanca con un chaleco de punto encima y unos pantalones beis a juego.
Parece mi abuelo, casi hasta en el último detalle. Se ha peinado hacia atrás, a pesar de que lleva el pelo prácticamente rapado, pero ese no es el cambio más evidente. Mis ojos se detienen en las gafas de empollón y tengo que aguantarme la risa. Intento mantenerme seria, pero mis ojos se encuentran con los de Temari, que sigue detrás de la barra, y me doy cuenta de que también se está aguantando.
Dejo la comida sobre la mesa y sonrío, consciente de que los Yamanaka se están tragando hasta la última palabra que sale por la boca de Sai. Les está explicando un caso de asesinato muy famoso del que últimamente se habla mucho en los periódicos. La señora Yamanaka mantiene toda su atención concentrada en él y habla que parece una ametralladora. El señor Yamanaka, por su parte, intenta seguir el ritmo endiablado de la conversación.
—Sakura, no nos habías dicho que las tres sois amigas de Sai Shimura —me dice la señora Yamanaka haciendo énfasis en el apellido, y entonces sé que ya se lo han dicho.
El padre de Sai es el dueño de una cadena de restaurantes de lujo en Nueva York y su madre pertenece a una familia muy adinerada. Casi puedo ver el símbolo del dólar brillando en los ojos de la madre de Ino.
—Pensé que Ino se lo habría dicho.
Ella agita una mano con desdén.
—La muy tonta me habló de un chico, pero no tenía ni idea de que era Sai.
—Bueno, que aproveche. Me alegro de veros, Itachi, Sai —les digo asintiendo, y vuelvo a la cocina.
Una hora más tarde, estamos los cinco sentados en una mesa y partiéndonos de risa. Los padres de Ino se han tragado la función de pe a pa. Están convencidos de que Sai Shimura es el buen chico que en realidad no es. No saben que quiere abandonar los estudios o que su padre lo ha amenazado con desheredarlo.
—Si te hubieras quedado un minuto más, creo que mi madre te habría pedido matrimonio —bromea Ino entre risas.
—Qué quieres que te diga, nadie se resiste a Sai Shimura —replica él marcando el apellido como la señora Yamanaka, y todos nos echamos a reír.
Observo a Itachi, que está recostado en su asiento y niega con la cabeza en respuesta a lo que Sai acaba de decir. Hoy no hemos podido hablar en todo el día; de hecho, no estamos solos desde que me regaló el vestido, que, por cierto, sigue esperando dentro de la caja, en mi habitación. No me he atrevido a abrirla. Estoy un poco asustada y esta vez no es por miedo a una de sus bromas pesadas, sino porque sé que en ningún momento me he planteado que se trate de uno de sus trucos habituales. Ni siquiera he considerado la opción de que haya impregnado el vestido con polvos picapica o algo por el estilo. ¿Tanto he bajado la guardia desde que estoy con Itachi Uchiha?
—¿En qué estás pensando, bizcochito?
Me sonríe y yo vuelvo a la realidad, lejos de este dilema vital que me atormenta. Como si supiera exactamente la reacción que está a punto de provocar, se lleva la botella de cerveza a los labios y bebe un trago. Una vez más, me quedo fascinada contemplando los músculos de su cuello. Ver cómo se mueven se ha convertido en una obsesión tan potente como lo es delinquir para Itachi.
—Te lo estás comiendo con los ojos —me dice Temari dándome un codazo, y sonríe como si estuviera disfrutando con esto.
Yo me retuerzo en mi asiento, consciente de que los dos me están mirando. Itachi tiene la cabeza inclinada hacia un lado y una media sonrisa en los labios.
—Estaba pensando...
—¿En tirarte a Itachi? —susurra Temari en voz baja para que nadie más lo oiga.
Sai y Ino llevan rato inmersos en su propia burbuja de felicidad.
—Estaba pensando —repito, haciendo una pausa y mirando fijamente a Temari— en la locura de día que ha sido hoy.
—Todo el mundo necesita un poco de locura en su vida de vez en cuando, Saku. Chicas, no sé cómo habéis podido vivir todo este tiempo sin mí.
Esto es lo normal, Itachi haciéndose el chulillo. El problema viene cuando se pone tierno y a mí me dan palpitaciones.
—Es que no vivíamos —dice Temari. Coge su cerveza y le da un largo sorbo—. Nos pasábamos el día escondidas o permitiendo que la zorra unineuronal de Karin nos pisoteara.
—Temari —la reprendo.
Y ella me pone los ojos en blanco.
No necesito que le recuerde a Itachi todo lo que Karin nos ha hecho en el pasado. Ya se puso como un loco con lo de Kakusu. Recordatorios como el de Temari solo sirven para que acabe perdiendo el control, lo cual no sería bueno para nadie.
—Bueno, pues eso tiene que cambiar, en general —replica Itachi sin darle mayor importancia, pero por la fuerza con que coge la botella sé que le afecta más de lo que quiere aparentar.
Al cabo de un rato, Temari se va a trabajar porque, según ella, no quiere hacer de carabina. Yo le digo que Ino y Sai están a punto de enrollarse, pero que Itachi y yo no. Ella niega con la cabeza, tal vez sorprendida por mi estupidez, y se marcha. Al rato, Sai y Ino también se van porque necesitan tiempo para hablar, sobre todo de los padres de ella.
Itachi y yo estamos sentados en su coche, de camino a mi casa. Mis padres han ido a ver a mis abuelos. Papá tiene que currárselo antes de la gala si quiere que mi abuelo también vaya, así que es bastante probable que se queden todo el fin de semana. En otro momento me habría dado miedo quedarme sola, pero la idea ya no me intimida. Últimamente Shikamaru pasa más tiempo en casa. Cuando no está intentando evitar a papá, pasa el tiempo con mamá y conmigo. Le he ayudado a buscar unos cursos online y creo que también está buscando trabajo.
Las cosas empiezan a volver a su sitio y no todos los cambios me dan pavor.
—¿Seguro que estás bien? Tengo una comida familiar y mi padre quiere que vaya, pero puedo pasar a verte más tarde —se ofrece Itachi, y yo le respondo que no con la cabeza y sonrío para mis adentros.
No me importaría tener que acostumbrarme a esta versión de Itachi, preocupado y responsable.
—Estoy bien, tengo a Shikamaru. De todas formas, eres un cielo por preocuparte tanto por mí —murmuro y por un momento me parece ver una sombra rojiza en sus mejillas.
—¿Un cielo? No soy un cielo, solo era una excusa para pasar la noche en tu cama.
Ahogo una exclamación de sorpresa y le doy un cachete en la rodilla.
—Pervertido.
—¿Nadie te ha dicho que nunca hay que pegar al conductor?
—Perdona, nunca he tenido la mala suerte de ir en coche con un egocéntrico obseso del sexo.
—Eh, que lo del sexo lo dices tú. A mí es que me gustan tus sábanas de seda.
Me pongo colorada y, cómo no, él se ríe de mí. ¿Por qué me las apaño siempre para quedar como una idiota delante de él? Itachi necesita una chica sutil y calmada, alguien que sepa devolverle la pelota, y yo soy tan sutil como la mermelada de cacahuete con tropezones.
No saca el tema del vestido y yo tampoco lo hago, aunque creo que debería. Al fin y al cabo, se ha tomado la molestia de escogerlo por mí y lo menos que puedo hacer es decirle algo.
—Lo del vestido...
Antes de que pueda terminar la frase, Itachi gruñe y se da un cabezazo contra el reposacabezas.
—Es horrible, ¿verdad? ¡Lo sabía! Lo siento, Saku, ha sido una tontería. Yo lo único que sé de vestidos es cómo quitarlos.
Me vuelvo a poner colorada ante esta nueva insinuación. ¿Es algo que haya hecho muy a menudo, esto de quitar vestidos?
—N... no quería decir eso —añade rápidamente, pero ya es demasiado tarde.
—No pasa nada, tampoco es que tu estilo de vida sea un secreto, ¿no?
Me concentro con todas mis fuerzas para que no se me note el enfado en la voz. Después de todo, ¿por qué me siento así? Lo que Itachi haga en su tiempo libre no es asunto mío. Es un chico muy guapo, seguro que las chicas se le tiran al cuello continuamente y si se acuesta con ellas... Ojalá pudiera arrancarles las extensiones con mis propias manos.
—Venga, Saku. No es lo que parece.
—No hace falta que me expliques nada, Itachi, no soy tu novia. —Se me escapa la risa nerviosa y no puedo parar de toquetearme el dobladillo de la camisa—. Solo quería decirte que todavía no he visto el vestido, no sé por qué razón todavía no lo he mirado.
—Te prometo que no he metido una rana muerta en la caja. Pregúntaselo a mi madre si quieres —me dice con aire suplicante, y no puedo evitar pensar lo monísimo que está ahora mismo.
Me resulta irresistible el niño que lleva dentro, siempre suplicando la aceptación de los demás.
—Te recuerdo que ahora tengo un hermano medio sobrio, Uchiha, así que, si has hecho algo, será mejor que confieses —le digo, muy seria, y él me mira con los ojos abiertos de par en par.
—Mierda, me había olvidado de Shikamaru. Me va a matar.
—¿Y eso por qué?
De pronto, la conversación sobre rubias de bote y anfibios muertos y putrefactos es cosa del pasado.
—Porque me dijo que me partiría la cara si volvía a acercarme a ti.
—¿Y eso cuándo te lo dijo?
—Justo antes de que me marchara del pueblo. Me pasé por tu casa para despedirme, pero me encontré a tu hermano y, bueno, el tío siempre me ha dado un poco de miedo.
Su respuesta me deja muda. ¿Itachi vino a mi casa a despedirse? ¿Quería verme antes de marcharse? Seguramente entonces no lo habría recibido con pancartas y confeti, pero ahora que lo sé no puedo evitar que se me encoja el corazón.
—Seguro que lo decía en broma. No es tan malo.
—Supongo que no quiere que sepas por qué no me dejó verte aquel día. De hecho, no sé si quiero yo.
—¿Y eso qué quiere decir?
Ahora mismo no es el Itachi directo y arrogante con el que he aprendido a convivir, se ha vuelto críptico y ambiguo. Que mi hermano le amenazara es nuevo para mí. Bueno, tampoco es tan sorprendente: el antiguo Shikamaru lo hacía continuamente. Era muy vehemente y protector. El de ahora no es más que una sombra de lo que había sido, pero sé y confío en que volverá.
Llegamos a mi casa y aún no he conseguido respuestas. Hay luz, lo cual significa que Shikamaru está en casa y casi seguro que nos está mirando por la ventana de la cocina. Preferiría no tener que presenciar una versión en directo de El club de la lucha en mi propio jardín, así que de momento aparco las preguntas.
—Nos vemos mañana —me despido mientras bajo del Volvo.
Itachi responde con un movimiento afirmativo de cabeza y vuelve a poner el coche en marcha. Es consciente de que tengo preguntas pendientes, pero también es suficientemente inteligente como para saber que más le vale protegerse la carita de niño guapo que tiene. Para alguien que se vanagloria de no sentirse atraída por él, quizá le dedico demasiados piropos.
—¡Abre la caja, Saku, tengo el presentimiento de que te gustará lo que hay dentro! —me grita Itachi por la ventanilla mientras se aleja.
Entro en casa y me encuentro a Shikamaru en la cocina con un bol de cereales. No lleva los pantalones cortos y la camiseta raída de siempre, lo cual significa que no se acaba de levantar.
¿Un buen presagio quizá?
Sonrío e intento pasar a su lado sin detenerme para que no me haga preguntas, pero fracaso estrepitosamente.
—¿El que te acaba de dejar en la puerta era Itachi Uchiha?
Vuelve a parecer él mismo, el Shikamaru de antes. Bueno, si a cambio de meterme en problemas puedo ver a mi hermano de vez en cuando, por qué no. No creo que se ponga como un basilisco y me intente fulminar con la mirada. Las cosas han cambiado, ya no soy su frágil hermana pequeña. Llevo dos años enfrentándome al lobo feroz yo sola, he aprendido cosas y he pasado por situaciones en las que Shikamaru no habría querido verme.
Tiene que entenderlo.
—Sí, era él.
Me balanceo sobre los talones mientras él sorbe los cereales.
—Te has subido a ese coche voluntariamente.
Arquea una ceja, que es todo lo que veo, puesto que el bol le tapa media cara.
—Más o menos. Lleva como un mes llevándome y trayéndome del instituto y de momento sigo viva.
—¿No ha intentado nada? ¿No te ha hecho daño?
—No.
—Bueno, ya era hora —murmura entre dientes, y tengo que esforzarme para entender lo que ha dicho—. Está haciendo lo que sabía que haría, me sorprende que no haya vuelto antes.
¿Qué pasa hoy con los hombres de mi vida? ¿Les ha entrado complejo de galleta de la fortuna?
—Shika, ¿qué...?
—Nada, nada, no he dicho nada. Hoy he conocido a una chica.
Sonríe y yo me olvido de nuestra conversación. Es un gran paso para mi hermano, el paso más grande. Shikamaru no ha vuelto a salir con nadie desde que Jenny lo dejó hace dos años. Estaba enamorado, quería casarse con esa sacacuartos. A mí ella nunca me cayó bien, ni siquiera cuando me hacía la pelota y me dejaba sentarme en el Colegio con sus amigas las animadoras. La muy manipuladora sabía que la forma de acceder a mi hermano era a través de mí. En cuanto lo tuvo en el saco, volvió a actuar como si yo no existiera. Shikamaru fue feliz a su lado, pero si no hubiera sido la novia de mi hermano, creo que le habría hecho algo de una crueldad inimaginable. En sueños, claro.
Saber que por fin ha conocido a una chica que le gusta me alegra y me asusta a partes iguales. No puedo permitir que recaiga por culpa de su mal gusto con las mujeres. Esta vez tengo que proteger a mi hermano.
—Ah,¿ sí? ¿Y eso cuándo ha sido?
Me dirijo hacia la isla de la cocina, cojo un taburete y me siento delante de él.
—He ido a la tienda de música que hay en el centro y me la he encontrado en la sección de indie.
—Y con eso ya has tenido suficiente, ¿eh? —le digo con una sonrisa.
Conociendo a mi hermano, seguramente está convencido de que ha conocido a su alma gemela.
—Algo así, al menos no me ha mirado como si acabara de escaparme de un programa de rehabilitación. No sabía quién era yo, Cerezo, no sabía que era Shikamaru Haruno.
—Como la mayor parte del planeta —apunto.
Y él me pone los ojos en blanco.
—La gente del pueblo me mira como si fuera un puto fracasado. A esta chica no parecía darle pena, no me miraba como si tuviera dos cabezas. De hecho, ¡me ha llamado cretino! ¿Te lo puedes creer? —me pregunta, y parece extrañamente feliz, teniendo en cuenta que me está contando que le han insultado.
—¿Eso es bueno?
—Buenísimo. Al menos así sé que no le intereso.
—Repito, ¿eso es bueno?
—Venga ya. Significa que no me está utilizando. Está buenísima y me odia, es la combinación perfecta.
—A ver si lo entiendo, que te odie es perfecto porque...
—Mi querida hermanita, tú deberías saber mejor que nadie que hay una línea muy fina entre el amor y el odio —responde, y se echa a reír.
Se baja del taburete y se marcha. Maldito hermano mayor con complejo de galleta de la fortuna.
En clase solo se habla de la gala benéfica y, de pronto, es como si me hubiera convertido en la mejor amiga de todo el mundo. Ha corrido la voz de que iré con Itachi y ahora las chicas quieren hablar conmigo de peinados, maquillaje y el drama que supone tener los poros abiertos.
Yo me dedico a sonreír con amabilidad a todos los que se me acercan. Sonrío al equipo de baile, que una vez dedicó una coreografía completa a mi exceso de grasa. Sonrío a los deportistas, que me provocaron varias contusiones con todo tipo de pelotas. Y por último, aunque no menos importante, sonrío a Karin.
Solo lo hago porque se la ve muy triste en su mesa, sola, mientras la gente se pelea por sentarse con nosotras. Obviamente, tiene a Jay y a sus esbirros con ella, pero por la forma en que mira en mi dirección, parece que esté a punto de sumarse al resto de admiradores.
—Hacen buena pareja, ¿eh?
Itachi se ríe con dureza, y es que los dos somos muy conscientes de las miradas que nos dedican desde la mesa de delante. Su hermano y la chica que sigue obsesionada con Itachi se muestran imperturbables en su intento de abrirnos sendos agujeros en la cabeza usando únicamente la mirada.
—Sí, hacen buena pareja —respondo sin inmutarme.
Estoy en el lavabo de chicas del instituto y quedan un par de minutos para que se acabe la hora de la comida. Ino ha decidido que tiene que retocarse el maquillaje cada dos clases. Una parte de mí quiere decirle que a Sai le gusta igual con el pelo alborotado y los labios al natural, pero decido dejar que siga disfrutando de esta fase de luna de miel mientras pueda. Ni siquiera se han besado, pero a juzgar por la forma en que se le ilumina el azul de los ojos cada vez que oye su nombre, me juego cualquier cosa a que no falta mucho.
—¿Cuál crees que le gustará más, rubor frambuesa o fresa madura? —pregunta sosteniendo dos brillos de labios que, la verdad, a mí me parecen iguales.
El de fresa me hace pensar en el helado que tanto me apetece, así que es el que le sugiero.
Está a punto de acabar con los retoques cuando se abre la puerta y entra la última persona a la que me apetece ver. Karin viene acompañada de su grupo de esbirros al completo. Las colas de caballo se balancean de lado a lado y los tacones repiquetean sobre las baldosas mientras la líder avanza con decisión hacia nosotras. Me recuerda a uno de esos osos pardos que salen en los documentales de National Geographic y que siempre están cabreados o hambrientos.
—Vaya, si son Puritana Uno y Puritana Dos —se burla Karin mientras sus esbirros se ríen.
Se me ocurre algo tipo «Zorra Uno, Dos y Tres», pero me lo pienso dos veces antes de decirlo. Está cabreada, seguramente tiene el mono por no haber podido acosarme últimamente.
—Ya nos íbamos —farfulla Ino, y empieza a recoger el maquillaje que está esparcido por toda la encimera del lavabo.
Antes de que pueda recogerlo todo, Tayuya, la mano derecha de Karin, coge un frasco minúsculo de perfume que Ino siempre lleva encima y deja que se le escurra entre los dedos. El cristal choca contra el suelo y estalla en mil pedazos. Sé que ese frasco significa mucho para ella porque se lo mandan sus abuelos desde Francia todos los años por su cumpleaños.
—Ups —dice Tayuya, y se le nota tanto que no lo siente que lo vería hasta un ciego.
Veo cómo tiembla el labio inferior de Ino y la sonrisa malvada de mi ex mejor amiga, y siento que la rabia se va acumulando dentro de mí.
—Ni se te ocurra —le advierto, y me coloco delante de Ino.
Karin me mira sorprendida, pero un segundo después ya está sonriendo otra vez.
—¿O qué, Sakura? ¿Le irás con el cuento a Itachi? ¿Tan lenta eres que no te das cuenta de que está harto de ti? Todo el mundo sabe que te hacía caso porque eras un objetivo fácil, pero es evidente que no ha conseguido que te abras de piernas.
—Ya vale, Karin.
—Puede que me equivoque y quizá ya lo habéis hecho. ¿Por eso aún no se librado de ti? ¿Has aprendido algún truquito nuevo?
—Pero ¿por qué iba a querer acostarse con ella? —interviene Kin, otro esbirro de Karin, con esa voz nasal tan desagradable que tiene—. Está tan buena como la vieja que viene a limpiar a mi casa. Es una tabla, tiene el culo enorme y las piernas anchas. Sí, son igualitas.
Me pican los ojos, pero Ino me pone una mano tranquilizadora en el hombro. Sé lo que intenta decirme: no quiere que reaccione. Le preocupa que haga una locura y me meta en problemas. Siempre prudente, esa soy yo, ¿no?
Parpadeo para deshacerme de las lágrimas, yergo los hombros y miro a Karin directamente a los ojos.
—Dile a tu perrita faldera que cierre la boca ahora mismo.
La he vuelto a coger por sorpresa. Me regodeo viendo la expresión de asombro que se extiende por su cara. Me alegra saber que no me conoce tan bien como cree.
—¿Y eso por qué? ¿Estamos hiriendo tus sentimientos? —se burla, con una mano en la cintura y negándose a recular.
Les sonrío, a todas, como llevo haciendo desde hace una semana más o menos.
—Los míos no, creo que no podría importarme menos lo que digáis de mí, pero, verás, a mi madre le gusta sobreproteger a sus hijos y puede que la estéis ofendiendo.
Las tres se ríen y me miran como si fuera la suciedad pegada a la suela de sus zapatos de marca.
—¿Es lo mejor que se te ocurre? ¿Se lo vas a contar a mamá, Sakura? —Se va acercando a mí hasta que estamos nariz con nariz—. Conmigo no juegues a esto porque no ganarás.
—Qué curioso que hables de ganar —replico como si no me afectara lo más mínimo—. Mi madre, Karin, es la presidenta del comité que organiza la gala, que incluye el concurso de belleza. Espero que no se te haya olvidado.
Se le tensa todo el cuerpo al oír mis palabras y por una vez es a mí a quien le apetece reírse, pero me aguanto.
—Así que si vuelves a organizar un numerito como este, puedes ir despidiéndote de participar.
Cojo a Ino de la mano y me abro paso a través de su grupito de esbirros. Está a punto de salirles espuma por la boca, mientras que su líder parece... aturdida. Misión cumplida.
Sigo caminando hasta que ya no pueden oírnos y solo entonces me detengo. Ino y yo nos miramos en silencio hasta que ella empieza a gritar y a dar saltitos.
—¡Ha sido alucinante! Dios mío, Sakura, ¿te has fijado en la cara que ha puesto? En serio, ¿le has visto la cara?
—Parecía que había olido mierda de vaca.
Intento aguantarme las ganas de reír porque estamos rodeadas de curiosos, pero es que me siento tan bien... La adrenalina fluye por mis venas y me apetece saltar, bailar y cantar a grito pelado, todo ello mientras engullo un Kit Kat tras otro.
Recorremos el camino hacia clase sin dejar de reír y, una vez allí, me siento al lado de Itachi. Me mira y esboza una de sus sonrisas con forma de media luna.
—¿Qué te pasa?
—Que me siento genial.
Me encojo de hombros y él sacude la cabeza.
—Qué rara eres.
—Habló el pervertido.
—Pero te gusto y lo sabes.
—Cierra el pico.
—¿Ves?, te has puesto colorada. Estás coladita por mis huesos.
—Señor Uchiha, señorita Haruno, si no les importa dejar de tontear descaradamente, me gustaría empezar la clase.
La profesora nos fulmina con la mirada y me da tanta vergüenza que agacho la cabeza. Toda la clase se ríe y, a juzgar por cómo tiembla la mesa, diría que Itachi también.
