No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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"Podría vivir las veinticuatro horas del día haciendo esto. Me arde, me duele, pero vale la pena", pensó Isabella.
Desde que subieron a la habitación, desapareció el mundo. Lo primero que hizo Edward fue apagar sus teléfonos celulares, y luego desconectó el de línea. Oprimió un botón y las ventanas se entrecerraron dejando una agradable penumbra en la habitación.
Isabella lo observaba sin saber qué hacer. Él se acercó despacio, y cuando estuvieron frente a frente, ella pudo ver cómo brillaban sus hermosos ojos verdes.
—Quítate la ropa —dijo Edward de pronto.
Oh, qué vergüenza. Estar desnuda ante él era lo que más le costaba. ¿Alguna vez se acostumbraría a eso? La ponía terriblemente tensa quedar expuesta a su mirada. Y parecía ser que su cuerpo desnudo lo tenía obsesionado.
"Cómo le gusta mirar, por Dios...", pensó ella, ruborizándose una vez más.
Estaban de pie, observándose, sabiendo que cada movimiento que hicieran los acercaría más y más al placer. Bella obedeció, suspirando. Sabía que, si no lo hacía, él lo haría por ella, y quedaría en cueros en un santiamén, mientras él permanecería vestido. Y su desnudez le pesaría el doble.
—¿Y tú? —preguntó.
Edward sonrió y comenzó a quitarse la camisa. Llevaba, como siempre, el rosario colgando del cuello. Siguiendo la dirección de la mirada de ella, se lo quitó también.
"Sí, es lo mejor. No me parece que a tu dios le agrade lo que va a pasar aquí. Creo recordar que la lujuria es uno de los siete pecados capitales", reflexionó Isabella.
Ella no creía en nada, pero al observar la perfección de ese maravilloso cuerpo, comenzó a dudar... Alguien había hecho a ese hombre; él era más que una simple combinación de ADN. Y el que había puesto su mano al crearlo, sin dudas era un artista.
Esta vez, Edward se quitó primero los pantalones. No llevaba zapatos, e Isabella no tenía ni la menor idea de cuándo se los había quitado. Quedó frente a ella con sus boxers blancos de algodón y una espectacular erección proyectándose descaradamente. Bella no supo qué hacer. Se había quitado las zapatillas, así que estaba de pie, hecha un manojo de nervios, con el sujetador puesto y la pequeña mini de jean colgando de sus caderas. Edward extendió su mano y tocó el piercing de su ombligo con su dedo índice. Parecía agradarle, pues sonrió con los ojos.
—Toda la ropa, Isabella.
Ese tonito no admitía que lo contradijeran. Y ella no quería hacerlo. Se volvió, y con un gesto le pidió ayuda con el sujetador. Oh, claro que podía desabrocharlo, pero prefería que él lo hiciera. Y sin que le pidiera nada, Edward se anticipó y también hizo que su pequeña falda cayera al suelo. Ahora sí. Ella se encontraba completamente desnuda, cubierta sólo con sus cabellos. Tenía las piernas muy juntas y sentía que se le pegaban los muslos. El semen se deslizaba por ellos sin que pudiese hacer nada para contenerlo. La cabeza le dio vueltas cuando notó que estaba manchando el suelo. Se sentía desbordada, era demasiado para ella. Él no había usado condón, pero esta vez lo había hecho a propósito. No tenía sentido, ya que ese día debía bajarle la regla. En todo caso, el daño ya estaba hecho desde el sábado...
Edward pareció no notar las pequeñas gotas blancas en el suelo, pero la tomó de la mano y la llevó al baño. Entraron a la ducha y se enjabonaron mutuamente. En realidad, él la enjabonaba a ella, y Isabella se dejaba… Después de todo es lo que había hecho desde que se conocieron: someterse a los deseos de Edward, esclavizada por los suyos.
Él le lavó el cabello delicadamente. Eso le llevó su tiempo, ya que era abundante y casi le rozaba las nalgas... Bella inspiró, deleitada. Su champú olía muy bien. Lo observó enjabonarse el pecho y el vientre. Tenía marcados los músculos abdominales. Un perfecto six pack que ella se moría por tocar...
Y luego, él comenzó a asearse el pene. Tiró la piel hacia atrás y ella no pudo apartar la vista. Edward lo notó y entonces se tardó más de la cuenta en la tarea. No sólo le gustaba mirar, también le gustaba que lo observaran. Isabella estaba haciendo grandes descubrimientos. Aprendía rápidamente qué cosas le agradaban, qué era lo que lo motivaba. Eso la hacía sentirse un poco más segura. Si lograba complacerlo, quizás no la apartara jamás de su vida. Tenía grabada en la cabeza la frase de Marie. Odiaba esa frase, la odiaba de veras. Pero la había escuchado tantas veces…: "Pájaro que comió, voló". Y ella le había dado de comer más que gustosa.
Se moría de miedo de que él se alejara ahora. Isabella sabía que Edward la amaba. Lo había visto en sus ojos, y además se lo había dicho. Pero se sentía tan poca cosa a su lado...
"¿Qué tengo para ofrecerle? Soy una chica sin experiencia, que no sabe nada de nada de la vida. Vamos, no soy nada del otro mundo. Una chica del montón, quizás guapa, pero del montón. Y él es tan especial. Guapo no es la palabra que lo describe. No es sólo cómo se ve, sino lo que transmite. Esa masculinidad, ese poder, esa sensualidad... Tiene todo para obtener a cualquier mujer. Hasta dinero tiene. No hay nada que me haga pensar que permanecerá siempre a mi lado, como me dijo el sábado después de hacer el amor... Promesas de cama no valen", pensó, con cierta desazón.
Edward cerró el grifo. Al parecer el baño había terminado. La envolvió en una enorme toalla y la llevó en sus brazos a la cama. Por sobre su hombro, Isabella observaba el rastro de agua que iba dejando en el suelo, ya que no se había secado. Estaba empapado, y su cabello se escurría sobre sus senos.
Tendido sobre su cuerpo la observaba y respiraba agitado. La había levantado como si fuese una pluma, así que era evidente que no era por ese esfuerzo. Se acomodó entre las piernas de Isabella. Estaba muy excitado, y su miembro presionaba su pubis...
"Oh, estás en el lugar indicado y en el momento indicado, corazón…", pensó ella excitada.
Comenzó a sentir un cosquilleo muy conocido en su sexo que le anticipaba un intenso orgasmo. Edward continuaba presionando y luego comenzó a moverse lentamente, frotando el punto más sensible del cuerpo de ella con su enorme pene. Y ella no logró contenerse. Se corrió pidiendo más mientras se retorcía y cerraba los puños arañando la sábana inferior y tirando de ella hasta quitarla del lugar.
—Así que quieres más... —murmuró él en su oído.
E inmediatamente se introdujo en ella y le dio lo que había pedido. Bella estaba enloquecida por sus movimientos. Ya había desaparecido el dolor. Sólo sentía un placer inmenso que recorría todo su cuerpo, haciéndola acabar nuevamente, esta vez entre sollozos. Liberó toda la tensión en ese orgasmo maravilloso. Cuándo él también lo hizo, su vagina convulsionada le ordeñó hasta la última gota de semen. Podía sentir como bombeaba ese torrente dentro de ella. Soltó la sábana y recorrió ese culo hermoso, masculino y duro como una piedra.
Edward susurró su nombre y se desplomó sobre su cuerpo. Pesaba un montón, pero a Bella no le importaba…
"Me quedaría así una eternidad, con su rostro en mi cabello y mis piernas alrededor de su cintura. Este es mi lugar, aquí es donde quiero estar. Tú entre mis piernas, yo entre tus brazos, corazón... ¡Cómo te quiero!".
Edward pensaba lo mismo, tendido sobre el magnífico cuerpo de ella… Por Dios, cuánto la amaba. La amaba por muchos motivos. La amaba por lo que era y por lo que le brindaba. Sabía lo difícil que era para ella relajarse, entregarse a lo que él le exigía y a sus propios deseos. Se sentía tan torpe por no facilitarle las cosas… Es que tenía que luchar contra sus impulsos que últimamente se habían tornado salvajes.
Hacía un esfuerzo constante por contenerse y no arruinarlo todo con lo que le provocaba hacerle. En ese mismo instante, tenía ganas de devorarle el coño, aún repleto de su propio semen. Quería penetrarla por todos los sitios posibles. Y sobre todo, deseaba su boca en su pene, empujar y empujar hasta llegar al fondo de su garganta y acabar nuevamente allí, llenándole la maravillosa boca con su placer. Sabía que tenía que ir despacio. Si hacía todo lo que le provocaba, podría perderla. Y eso no lo podría soportar.
Isabella era todo lo que alguna vez deseó en una mujer, y no podía creer que ella lo amara. Era tan hermosa, tan joven. Tenía el mundo por delante, y lo tendría a sus pies. Era el tipo de mujer que podía enloquecer a cualquiera, no sólo porque era bella, sino por la sensualidad que emanaba de ella y a veces hasta lo asustaba. Era consciente de que atraía a los hombres como la miel a las moscas, y que tendría que luchar permanentemente por la competencia que podría arrebatársela. Pero ella lo valía, vaya si lo hacía…
"Estoy a punto de nuevo, y no la he sacado. Si me muevo un poco, ¿ella volverá a pedir más…?", se preguntó, excitado al máximo.
Lo intentó, y en lugar de retirarse la penetró más a fondo. Por un segundo, el cuerpo relajado de Isabella se tensó, pero cuando él se movió hacia atrás, ella acompañó el movimiento. No quería que saliera. Lo retuvo con su vagina, lo oprimió… Sus piernas lo rodearon y no le permitieron retirarse. Sí, lo quería. Era evidente que lo quería.
Edward se perdió en ella y volvieron a empezar…
En realidad, jamás terminaron, era imposible. Estaban inmersos en una espiral de deseo en la que caían una y otra vez, gozando pero sin llegar a saciarse del todo jamás...
Edward estaba tan caliente que por un instante se olvidó de que ella apenas se estaba iniciando, y de que aún continuaba dolorida. Se olvidó de todo y la embistió como un animal, gruñendo sobre su boca. Se movió cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Se aferró a ella y la penetró una y otra vez. La tenía clavada a su cama, sometida, y estaba deleitado por ello…
Sin poderse contener, se incorporó, tomó uno de los tobillos de Isabella y lo colocó sobre su hombro para introducirse más profundamente aún. La escuchó gemir pero no supo si era porque le dolía o porque le gustaba. Era tan delgada la línea entre el dolor y el placer… Pero ni siquiera podía considerar el averiguarlo. Esta vez no se preocupó por el orgasmo de ella. Estaba fuera de control, como aquella vez en el coche.
Ya no pensaba, sólo podía sentir. Y gritando, acabó dentro de ella por segunda vez. Su vista se nubló, y fue todo placer… Poco después, se retiró lentamente. Quiso observar su coño lleno, pero no hubo caso, ella no lo permitió. De inmediato cerró las piernas y ruborizada se cubrió con la sábana.
"Es increíble como en un momento parece una gata en celo y al instante es una niña de nuevo. Me fascina cada una de sus facetas. Amo cada una de ellas. Isabella es perfecta", pensó mientras le devoraba la boca como si no hubiese un mañana para ellos.
Cuando Edward la dejó en la puerta de su casa ya pasaban de las diez. Y lo peor de todo fue que Marie estaba en la puerta con los brazos en jarra y una cara que asustaba. Edward quería hablar con ella, pero Isabella no deseaba que él se enfrentara a su abuela, así que bajó del coche sin despedirse. Tendría que lidiar sola con el dragón de ojos amarillos. Esa sería su cruz.
"Marie, me matarías si supieras lo que hice con tu nieta, toda la tarde, una y otra vez...", pensó él mientras encendía su BlackBerry.
Una veintena de mensajes lo esperaban.
"Edward, maldición. Te he llamado todo el día. ¿Por qué diablos lo desconectas? Es importante, llámame ni bien lo escuches, no importa la hora".
Mierda. Eso sonaba a problemas.
—Hola, ingeniero.
—¡Edward! Por fin. Recuérdame matarte luego, pero ahora sólo escucha lo que te voy a decir...
—Soy todo oídos. ¿Qué pasa?
—Han llamado de New York. Por lo de Zona Zero.
—¿Qué? —preguntó Edward incrédulo.
Hacía dos años habían presentado su proyecto para el sistema de ventilación de las torres. Habían acudido en dos ocasiones a explicar personalmente la propuesta, pero las autoridades habían elegido otro proyecto.
—Como lo oyes. Necesitan que vayamos ahora, han surgido inconvenientes con el ganador y quieren considerar el nuestro, ¿lo puedes creer? Tenemos que ir ya, Edward. Me he pasado el día entero con Gianna llamando a las aerolíneas para conseguir boletos. Hay una cancelación para el vuelo 284 de American que sale en cuatro horas, y en ese te vas tú. Emmett y yo iremos mañana en dos vuelos distintos. Es lo que pudimos conseguir.
—Espera, Jasper. Respira un poco, y déjame pensar.
—No hay tiempo, Edward. Tengo una maleta para ti, con ropa y demás en mi coche. Gianna ha comprado todo lo que necesitas. También tengo todo el papeleo conmigo. Ve a tu casa, toma el pasaporte y tu ordenador, que te recogeré en un rato. Lo siento, pero esto de los viajes sorpresa parece ser tu karma actual.
Edward cortó. Tenía que avisarle a Isabella.
El móvil continuaba apagado. Diablos, si llamaba al teléfono de línea, seguro contestaría Marie. Le dejaría un mensaje y luego la llamaría desde Manhattan. Iba a ser un largo viaje.
Estaba excitado, sí, por la oportunidad caída del cielo cuando ya lo habían descartado. Pero lo que realmente lo llenaba de ansiedad era el hecho de alejarse de Bella. Le hubiese gustado despedirse de ella. Besarla hasta que en su boca quedara grabado su sabor. Pero más le habría gustado que lo acompañara. Sin tenerla consigo, nada le producía placer, todo le parecía deslucido, soso. Ella iluminaba su vida.
Mientras Isabella dormía profundamente, exhausta luego de hacer el amor por horas, Edward volaba a New York pensando en ella.
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Ohhh… estarán un ratito separados… ¿qué pasará?
