¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Candy llegó a despedirse del Dr. Martín en la Clínica Feliz para renunciar a su trabajo. Con sorpresa, percibió el fastidio con el que el médico se tomaba la noticia, y le confesaba el agradecimiento ofrecido por Albert, con Whisky rebajado.

Bromearon y él le obsequió unos juegos de ingenio, como regalo de despedida. El facultativo iba a añorar mucho a Candy y pensó que para Albert también debía haber sido difícil. Era imposible, a sus años, no percatarse del, más que evidente, aprecio que el muchacho profesaba por la enfermera. Y seguramente, si ella hubiera sido un poco mayor, también lo habría percibido, pero a ella aún le faltaba experiencia para captar las sutilezas de un afecto, maduro y profundo, como el qué estaba dispuesto a ofrecerle el joven.

De hecho, él estaba convencido de que la muchacha también correspondería a aquellos afectos, pues creyó que eran pareja cuando ella se presentó preocupadísima, apenas vestida en camisón, tras el atropello que sufrió Albert, y aún con décimas de fiebre. No se separó ni un instante de su lado, velando todo su sueño, y esperando su despertar. Y al recobrar la conciencia, al joven, se le notaba perturbado y desubicado, sin embargo, lo primero que pronunció fue el nombre de la muchacha.

Sin duda, desde su perspectiva, ambos hacían una linda pareja, siempre pendientes y cuidando el uno del otro. El muchacho incluso había estado a punto de dar su vida por ella, saltando frente al león que había escapado del circo. Más tarde, entre risas, sería testigo de la reprimenda por parte de ella, mientras curaba las heridas de Albert, empapada en llanto y contenida rabia por semejante locura. Sí, aquello no era un simple susto, aquello era miedo real a perder a un ser muy querido, pensó el Dr. Martin mientras le daba otro trago al whisky rebajado.

Y bueno, cuando él le vino a solicitar permiso a la consulta para llevarse a pasear a Candy con su coche destartaladamente "nuevo"... él estaba convencido de que iba a declararse, y le extrañó que después las cosas siguieran igual entre ellos. Ese chico, ciertamente, a veces pecaba de cauteloso. Ellos decían que eran hermanos, pero él no se lo tragaba. No sería la primera pareja clandestina que utilizaba aquella excusa.

Luego empezaron los extraños rumores sobre las supuestas malas compañías del joven. La verdad es que a él también le habían molestado, pero qué podía decir. Era cierto que él tampoco lo conocía tanto como para poner una fe ciega en Albert, aunque su instinto le decía que aquello debía tener alguna explicación. Tal y como ahora se la habían aclarado ambos. Nada menos que el mismísimo Sir William A. Andrew ¡Quien se lo hubiera dicho! Medio Chicago era suyo, y ahí lo había tenido él, en su consulta de animales, y trabajando como friega platos en un restaurante cualquiera.

También recordaba la preocupación del joven cuando los muchachos del barrio le comentaron que Candy había subido al coche de un desconocido. Había tomado su chatarra con ruedas y se había lanzado al monte... claro, para acabar tirado por el camino. Cada vez que recordaba la aventura, que le explicó después la muchacha, no podía evitar desternillarse ¡Menudo par! Si es que siempre les pasaba de todo. Suerte que el muchacho parecía tener un don para encontrarla cuando más falta hacía.

Eso fue lo que más le extrañó de su despedida, la continua preocupación que demostraba Albert y que solo se despidiera demandándole que cuidara de la joven en su ausencia. No, aquello no era una despedida, era un encargo ¿Pero por qué? Entonces no lo entendió. Ahora todo tenía sentido. Al día siguiente ella volvió desecha. Perdió aquella alegría, aquella luz con la que iluminaba siempre la consulta y la cara de los niños, que venían a ella porque solo querían que los curara la simpática enfermera pecosa. Y qué decir de la pobre caricatura que dibujó ¡Suerte que estaba él allí! Vamos, si hubiera tenido que encontrarlo con aquello... aunque finalmente tampoco lo encontró, ni a él, ni a su anterior alegría, tras regresar de Rockstown.

Solo esperaba que no tardaran demasiado en percatarse de lo mucho que se querían y se necesitaban, y que definitivamente expusieran todo cuanto les quedaba aún por decir, antes que alguien más pudiera interponerse en su camino.

Continuará…


Escena original de inspiración en inglés:

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fanfox manga/candy_candy/v07/c000/90. html - Albert también se aparta de Candy, sin interferir, un paral·lelismo en subjuntivo

fanfox manga/candy_candy/v07/c000/94. html - Dr. Marthin conoce a Candy, desesperada por Albert

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fanfox manga/candy_candy/v07/c000/96. html - Candy puede llegar a dar miedo con su instinto de protección de Albert también

fanfox manga/candy_candy/v07/c000/97. html - Candy no se separa de él

fanfox manga/candy_candy/v07/c000/98. html - Lo primero que reconoce Albert es a Candy

fanfox manga/candy_candy/v07/c000/99. html - Los dos están hechos una mierda pero solo piensan en el bienestar el uno del otro

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fanfox manga/candy_candy/v08/c000/10. html - Estampa que daban Albert y Candy por la calle, como una pareja cualquiera

fanfox manga/candy_candy/v08/c000/45 html - Albert arriesgando su vida por Candy

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fanfox manga/candy_candy/v08/c000/48 html - Mutua preocupación

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fanfox manga/candy_candy/v08/c000/66. html - Albert pide permiso para llevarse a Candy un rato de su trabajo

fanfox manga/candy_candy/v08/c000/34. html - Ataque de Albert mientras trabajaba en el restaurante

fanfox manga/candy_candy/v08/c000/79. html - Albert explica cómo ha sabido encontrarla después del engaño de Neal

fanfox manga/candy_candy/v08/c000/81. html - Desternille del Dr. Martin con la aventura de Albert y Candy con el coche destartalado

fanfox manga/candy_candy/v09/c000/15. html - Reacción ante el dibujo de Candy

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