Ciri sintió que su cuerpo volvía a adaptarse al bloqueo de la magia mientras los brazos de Jaskier la rodeaban y apretaban sobre el pecho. La voz de Dijkstra estaba sobre el aire y poco a poco fue capaz de interpretar las palabras... estaba hablando sobre el trovador, que la estaba entregando a ella al rey Vizimir porque era lo más conveniente... Y hablaba de Novigrado... y con cada palabra, los brazos de Jaskier se tensaban y los dedos se clavaban sobre ella con un poco más de fuerza.
"Ahora está claro que una Cirilla viva, vale más que diez destacamentos de caballería pesada. Muerta, no vale un centavo", sentenció el gigante; Ciri se estremeció, pero Jaskier se puso de pie bruscamente, dejándola sobre la cama con poca delicadeza y avanzó notablemente molesto a enfrentar al redano gigante.
Ciri se preguntó por qué las palabras de aquel hombre gigantesco tenían semejante efecto sobre el poeta.
Jaskier se acercó al tal Dijkstra, los dos hombres se miraron: el bardo con la mirada desencajada, el gigante, con tranquilidad y una sonrisa burlona, dejando en claro que el trovador no representaba amenaza alguna. Y en ese momento, Ciri percibió cómo el cuerpo de Jaskier se tensó completamente, su mirada pareció perderse y quizás, simplemente por instinto, el bardo estiró su mano hacia un mueble que estaba a su lado, Ciri alcanzó a ver que tomó un objeto contundente y sin saber realmente qué hacer o cómo hacerlo, ella notó que él cerró sus ojos fuertemente y le propinó una trompada sobre la mandíbula al gigante, que contra toda expectativa, lo hizo dar un paso hacia atrás y Ciri pudo notar que Dijkstra, levemente, se había desorientado.
Ciri no supo entender qué había sucedido, porque del mismo modo que el resto de los soldados, jamás habrían esperado ese tipo de reacción en Jaskier, él que era un poeta, que rechazaba la violencia física o los malos tratos. Él que no sabía sostener una espada, que no sabía llevar adelante una lucha cuerpo a cuerpo y que ni siquiera estaba entrenado para ello. Y aquel asombro colectivo fue un regalo del destino a favor del trovador... fueron segundos valiosos que le permitieron continuar con vida, frente a semejante insensatez.
Pero si vamos a nombrar errores, no solo reconoceremos el de Jaskier, en primer lugar, por haber atacado... Sino también el de Dijkstra.
Dijkstra quien no había tenido en cuenta la incoherencia que también solía caracterizar a Jaskier. Su impulsividad y su capacidad por perseguir sus deseos. Y Jaskier deseaba vivir aquella noche, por sobre todas las cosas. Después de todo, era sabido que el poeta era un optimista empedernido. Y sumido en aquel optimismo, Jaskier había apostado todo a ganar...
Jaskier se había parado frente a su jefe, y aquella sonrisa que le había mostrado había encendido la mecha de la rabia incontenible en él y lo había cegado. Todo sucedió por subestimarlo. Pero ¿alguien podría culpar al jefe redano por ello? ¿cómo Dijkstra hubiera supuesto que el famoso poeta Jaskier se animaría a atacarlo? Cuando desde todo punto de vista era una locura. Por ello, el gigante redano no había visto en el trovador una amenaza, más bien un insulto de oponente. Pero ese iba a ser el error que iba a tirar por el traste toda la operación que el jefe del Servicio Secreto de Redania había puesto en marcha aquella noche.
Porque Dijkstra había cometido el grave error de haberlo subestimado, porque esta vez no se trataba solo de la vida del trovador, se trataba de lealtad... lealtad a Geralt de Rivia y la vida de Cirilla de Cintra.
Y allí, en ese preciso instante, Jaskier, como pocas veces lo hacía, se olvidó de sí mismo y actuó por otros. Actuó por quienes amaba... y se dice que una lucha con propósito tan puro como el amor por otros, hace invencible a cualquier oponente.
Así que el ataque de Jaskier a Dijkstra fue todo lo que Ciri necesitó para que su propia mecha de ataque se encendiera y en esos segundos en los que visualizó todo, incrédula, comprendió que no se quedaría allí como espectadora. Por supuesto que no. Estaría del lado de Jaskier, cuerpo a cuerpo, para apoyarlo en el ataque.
Sí, no podría ser hechicera con aquellas esposas... Pero bruja, era.
Ciri esquivó grácilmente a los cuatro soldados que quisieron tomarla en brazos, pero para cuando estuvieron encima de ella, ya los había dejado atrás.
Una vez le habían dicho, durante su entrenamiento en Kaer Morhen, que no había cosa como un enfrentamiento honrado. El éxito estaba en utilizar, simplemente, cada ventaja y capacidad que uno poseía. Ella conocía sus capacidades, y la única ventaja que tenía era la posibilidad de hacer que Jaskier ejecutara a su lado, de manera adecuada, una defensa que terminara en victoria. - ¡Jaskier, no sueltes el florero! ¡Vuelve a golpearlo! – le indicó.
Jaskier se había perdido en la insensatez de la ira y el miedo, así que, cuando escuchó la voz de Ciri y el comando "no sueltes el florero, vuelve a golpearlo", cayó en la cuenta de lo que había hecho y como consecuencia, lo que había desencadenado: un enfrentamiento desde todo punto de vista desigual. Sintió que se perdió, que no sabía qué debía hacer, así que... frente a la incertidumbre, hizo lo que Ciri le ordenó.
Jaskier miró el adorno que estaba sosteniendo con su mano diestra, ni siquiera se había percatado de que era un florero. El agarre del poeta temblaba... Ni siquiera había sido un movimiento consciente, había sido un instinto. Un instinto animal de supervivencia...
Pero hizo lo que le dijo la jovencita: desde abajo, realizó un movimiento que muchas veces había visto a Geralt realizar, y le impartió una trompada (con el florero como arma), desde el abdomen de Dijkstra hasta su mandíbula y sintió cómo ésta crujía. Con aquel sonido, le recorrió una sensación de asco y repugnancia, así que el bardo cerró sus ojos, como si aquel simple acto le permitiera escapar de la realidad.
Él no era de esas personas que gozaban con el dolor ajeno. Por ello, mantuvo los ojos cerrados, respiró profundo, dejó de pensar en lo que estaba haciendo, templó sus nervios y volvió al ataque ¿Al ataque? ¿Acaso qué era lo que tenía que hacer? En primer lugar, abrir los ojos. Abrió sus ojos.
Dijkstra estaba contra la pared sosteniendo su mandíbula que en menos de diez segundos había recibido dos golpes contusos y fuertes por parte del maldito bardo. Jaskier lo miró, estaba indefenso, el redano no se esperaba otro ataque. Así que, simplemente atacó una vez más. Como un contundente gancho, estampó, una vez más, el florero macizo sobre el rostro de Dijkstra, la nariz del redano explotó en sangre y la piel de su mejilla izquierda se cortó y quedó flameando como una bandera.
Jaskier vio el rostro desfigurado del jefe. Sintió náuseas, quiso vomitar. Soltó el florero, llevó su brazo hacia el abdomen, se mareó, perdió el equilibrio y cayó de costado. Su cuerpo chocó la puerta abierta, se auxilió por ésta para no caer al suelo, y de golpe recordó los dos soldados que habían permanecido en la entrada y ahora intentaban ingresar a la habitación. La cerró con celeridad y la trancó con llave.
Sintió que le aire le faltaba. Miró de nuevo a Dijkstra, el gigante estaba reconociendo el colgajo de piel que había quedado como consecuencia del ataque.
Jaskier vomitó, incapaz de contener el asco de lo que él mismo había provocado a un hombre. Y de todos los seres humanos, uno que él conocía, con quien había compartido charlas, camaradería. Sabía que tenía familia, hijos, esposa... y ahora tendría que matarlo.
Por lo menos ahora eran cinco y no siete.
Cuando volvió su atención sobre Ciri, la jovencita estaba dándole una patada con tanta gracia a Dijkstra, que, si no hubiera sido por los cuatro hombres que se estaban abalanzando sobre ella, se habría quedado a contemplarla. Pero no había tiempo.
Jaskier corrió sobre los soldados, se abalanzó sobre ellos con los brazos extendidos, en un movimiento torpe; sin embargo, tomó a tres y cayeron, sin gracia, desplomándose rudamente al suelo y uno de ellos se golpeó la cabeza con tanta fuerza sobre la madera de la cama, que se mareó y dejó de atacar (por un momento).
Jaskier sintió cómo lo golpeó uno de ellos sobre las costillas, las sintió crujir, pero no hubo dolor. Luego el bardo vio una daga en dirección a él que alguno de sus tres contrincantes le quería clavar en el cuerpo, se corrió a un costado, pero la daga alcanzó a cortar el doblete. No le importó, su oponente se preparaba para atacar otra vez. Ciri, desde atrás del oponente, tomó la daga con la que amenazaba a Jaskier y se la arrancó de la mano, pero Dijkstra saltó sobre ella, haciendo que la soltara.
No, Ciri... No soportaría que mates a alguien... No... Oh, por todos los dioses... soy yo el que tiene que hacer algo... Soy yo quien debe tomar la decisión de matar o morir... depende de mí... dependemos de mí...
El que estaba desorientado por el golpe en la cabeza, yacía a su lado con un movimiento extraño sobre sus ojos, los otros dos que se habían caído con él se estaban poniendo de pie para atacar a Ciri. Jaskier comprendió que había llegado un día que él siempre había creído que nunca llegaría.
Llegó el día en el que se convirtió en asesino.
Sin pensar, tomó la cabeza del que estaba mareado a su lado, cerró sus ojos y lo desnucó. - ¡Argh! – gritó Jaskier con desprecio hacia sí mismo. Sintió que cayeron lágrimas de sus ojos cerrados. No fue capaz de mirar aquel acto tan carente de honor...
Él siempre había sido una persona curiosa. Deseosa de disecar los secretos del mundo entero. Pero los secretos de la muerte. No.
Cuando sintió las vértebras cervicales torcerse con anormalidad, crujir y finalmente ceder... supo que había asesinado a sangre fría por primera vez en su vida.
La sensación de la piel caliente de una persona viva, que un segundo después, por decisión de él mismo, había muerto pero que seguía siendo tibia, lo invadió y le revolvió las tripas. Nuevamente náuseas, le cayeron más lágrimas de los ojos. Pero vio que otro hombre venía sobre él. No hubo tiempo para asimilar nada. Lo pateó, éste le agarró la pierna, lo obligó a ponerse de pie una vez más. Cuando Jaskier lo hizo, sintió un puño duro adentrarse sobre su abdomen, le estrujó los pulmones, el poeta se quedó sin aire y sin equilibrio, cayó al suelo, sin ser capaz de respirar.
Era la primera vez que Jaskier mataba a un ser humano. A partir de ese momento, para él... todo fue como una ilusión, como un sueño.
Un asesinato. Quedan cuatro.
De golpe no podía respirar, así que se abrazó a sí mismo en un intento fallido de protegerse. Pero también sabía que no podía morir. Vio unos pies recubiertos de metal aparecer frente a él, quien yacía en el suelo.
Una patada. Se quejó por el fuerte golpe. Ni siquiera estaba seguro de dónde lo habían pateado.
Llevó sus antebrazos sobre su rostro y frenó un nuevo ataque, pero fue tan fuerte, que sus huesos dolieron tanto que no estuvo seguro si no se había fracturado.
Abrió sus ojos, una daga a su lado. El pie metálico volvía, así que tomó la daga, rodó sobre su cuerpo, se puso de pie sobre el lateral de su atacante, lo tomó por el hombro y hundió el filo sobre su arteria del cuello. El hombre estalló en un baño de sangre. Jaskier comprendió con qué facilidad se podía tomar la vida de los hombres...
Dos asesinatos. Quedan tres.
Lo tomaron por detrás, una piña en las costillas, Jaskier gritó, se quedó sin aire. Sintió un ruido extraño, pero nada de dolor. Sintió el sonido del metal, no supo cómo, pero detuvo una mano, la mordió, alguien gritó, cayó una daga al suelo. Una patada sobre su abdomen, ahora él cayó al suelo. Escuchó el ruido del metal, decidió rodar sobre su cuerpo. Una espada atravesó el piso, se alegró de haberse quitado de aquel sitio. Vio la daga a su lado, justo donde su cuerpo se había detenido después de haber rodado, agarró la daga (la que se le había caído a él, ¿o a otro?). Se le tiraron encima. Sacudió la daga sin dirección, a alguien él le cortó el tendón calcáneo. Ya no podría pararse el que se había quedado sin tendón. Gritos, gritos de dolor. Sangre. Demasiada sangre.
No dejaré que mates a nadie, Ciri. Jaskier agarró un florero del suelo (¿era el que había usado contra Dijkstra?) y se puso de pie.
Todo giró a su alrededor por unos segundos. Un soldado vino hacia él. "¡El florero!" escuchó la voz de ella. El florero. Lo tenía sobre su mano izquierda, él era diestro. Miró su mano diestra, la daga.
Él había oído alguna vez que los tímpanos albergaban el secreto del equilibrio, ¿sería cierto?
Jaskier golpeó en el oído derecho del atacante con el florero de su mano izquierda, el tipo se desestabilizó. Al parecer, era cierto.
El soldado cayó de rodillas, Jaskier llevó la daga hacia el pecho del hombre, a lo profundo del corazón. Sintió una costilla que se había interpuesto en su camino. Gritó con rabia, sintió que caían más lágrimas. Jaskier estaba llorando y también gritando. Pero el grito le había dado fuerzas, así que la costilla (¿o era el esternón?) se quebró y un mar de sangre salió.
Tres asesinatos. Quedan dos.
Sintió un alarido de Ciri. Jaskier se giró de inmediato: Arnold la tenía tomada desde sus hombros, mientras Dijkstra agarraba las esposas que rodeaban las muñecas de ella.
Jaskier avanzó, daga en mano. Se la clavó en la nuca a Arnold, por la espalda... como un cobarde.
Esta vez no le importó el sonido de las vértebras separarse unas de otras, la liviandad del cuello al no tener más sostén óseo o la vaga idea de haber cortado la médula espinal de Arnold. Esta vez ya no le quedaba consciencia. Estaba moviéndose automatizado.
Cuatro asesinatos. Queda uno. Queda Dijkstra .
Dijkstra saltó sobre él, escuchó algo así como "traidor" ¨hijo de puta" "ya verás lo que le hacemos a la puta del brujo" "te mataré con mis propias manos", pelearon ambos.
Nada dolía.
Sintió una piña férrea en el abdomen, vomitó sangre, casi se ahogó. Ya no llevaba la cuenta de cuántas veces había vomitado. Empezó a toser desesperado. Pero no dolía, estaba anestesiado... Una patada, retrocedió, sostuvieron sus cabellos, una piña en su mandíbula, escupió sangre. Todo comenzaba a nublarse. Un rodillazo sobre el abdomen, más sangre salió por su boca. Su mano tembló, no tenía un agarre preciso de la daga. Luego otra piña, y otra... creía que, sobre sus riñones, sentía sus piernas debilitarse, ya no podía sostener la daga...
La noche se estaba cerrando, todo se oscurecía...
El poeta escupió sangre, otra vez.
Los dos que estaban fuera lograron tirar la puerta abajo. Saltaron sobre ambos hombres peleando (uno perdiendo, el que perdía era Jaskier).
No, no era de noche. Dijkstra lo estaba moliendo a palos. Ciri, Ciri, huye... déjame aquí. Vete... simplemente huye. Jaskier cayó de rodillas, incapaz de tensar los músculos de sus piernas. Dijkstra lo sostenía del flequillo, alzándole el cuerpo. Jaskier pensó que, si no le tenía del cabello, probablemente él caería al suelo sin remedio y sin posibilidad de volver a levantarse.
Oyó un grito desesperado de Ciri de algún sitio que él no lograba visualizar en el estado en el que se encontraba. Ciri... te prometí... que nadie te haría daño... Ciri, huye, porque te he fallado... No, no. No me daré por vencido. Si me doy por vencido ahora, quién sabe qué le harán a ella... No puedo darme por vencido. Aún no. Solo un poco más, puedo un poco más... Por favor, solo dejarla viva... ya no importa mi vida... solo la de ella...
Intentó enfocar su mirada, solo podía ver el rostro del jefe, no podía ver más allá. Así que, cuando vio que el gigante se abalanzó sobre él para darle una trompada, aprovechó su campo visual y llevó su mano diestra al rostro del gigante y le apretó los ojos con toda la fuerza de la que disponía, sintió el grito de Dijkstra, quien se vio obligado a soltarlo.
Jaskier cayó al suelo, sin ser consciente de la gravedad de sus lesiones.
La anestesia comenzaba a pasar, ahora el dolor lo estaba saludando... pero no era bienvenido, aún no.
Uno de los recién llegados, tomó por los cabellos a Ciri, ella perdió el equilibrio, Jaskier lo vio por el rabillo del ojo.
No supo cómo ni por obra de quién, pero aquella imagen hizo que se pusiera de pie una vez más y por capricho del destino, aún sin saberlo, Jaskier utilizó una ventaja a su favor. Él era delgado, de cuerpo pequeño en comparación al gigante redano. Así que, cuando Dijkstra lo atacó una vez más, se giró hacia un costado de manera brusca, torpe, para nada elegante, pero Dijkstra le había enviado una piña con tanta mala leche, que el gigante fue a parar contra la pared y se estampó brutalmente sobre ésta. Quizás incluso se había destrozado los nudillos.
El poeta tembló, pero con las últimas fuerzas de su cuerpo, corrió hacia Ciri, se resbaló por la sangre de los cadáveres, cayó al suelo, sintió el golpe sobre todo su cuerpo, se mareó. Oh, por favor... ya no puedo aguantar este dolor. Sí, tengo que aguantar. Debo hacerlo. Depende de mí... Jaskier se arrastró con las fuerzas de sus brazos hasta el tipo que estaba atacando a Ciri, esposada por sus propias manos. Tomó el tobillo del espía, le dio un manotazo, el tipo se desestabilizó, cayó, Jaskier saltó al mismo tiempo que Ciri lo hacía sobre el recién caído, pero antes de que ella lo matara, lo desnucó.
Cinco asesinatos. Quedan dos.
El segundo se abalanzó sobre Jaskier, él sintió que había llegado a su límite. Miró aquella imagen de un nuevo contrincante yendo a atacarlo y se preguntó cómo haría para luchar contra otro y si a duras penas mantenía sus ojos abiertos. Sentía que no podía dar más, simplemente quería que todo acabara. Quería cerrar los ojos y no volver a aquel sitio. Pero sabía que no podía.
Pero una vez más, el destino estuvo de su lado. Cuando el soldado se abalanzó sobre Jaskier, lo hizo con tanta mala suerte que en ese instante Dijkstra había lanzado un golpe mortal con su espada, que acabó por atravesar al espía, porque Jaskier se había mareado y había caído, una vez más, al suelo. La sangre explotó sobre el cuerpo del trovador.
Solo queda Dijkstra.
Jaskier estaba mareado. Casi no podía ver a su alrededor. Llevó su mano a su rostro, limpió la sangre, pudo ver mejor.
Ciri se puso frente a él, le tocaba la cara. Algo le decía. Jaskier no entendía nada. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, no escuchaba nada... Sintió que ella lo sentaba a su lado, él casi no lograba mantener ni siquiera la cabeza erguida.
Dolor... empezó a doler algo. Y siguió por doler absolutamente todo. – Argh... - gritó cuando se tocó las costillas. Las tenía fracturadas... Miró, no... era la herida de una daga. Mierda... voy a morir. Voy a morir.
De golpe se dio cuenta que estaba llorando sin poder contenerse y también temblaba. Su cuerpo estaba bañado en sangre; sangre que pertenecía a él y a otros. Había recibido demasiados golpes, que dolían como el demonio.
Dijkstra saltó sobre ambos, Jaskier cayó sobre el suelo y se golpeó muy fuerte la cabeza. Todo se oscureció por unos segundos. Sintió el sonido de un fuerte golpe y el cuerpo del gigante cayó inmóvil al suelo. Probablemente Ciri se había encargado del tipo.
Él no supo cómo. Sólo supo que ya no quedaba ninguno. Y el trato con el destino había sido ese: mantenerse con vida hasta que no quedara ninguno, para que por lo menos, ella viviera. Y el destino había cumplido con su parte del trato. Así que ahora... él podía morir.
Mantuvo su mirada sobre el techo, sentía que no era él mismo. Las lágrimas salían de sus ojos incontrolables. Era incapaz de hablar. Respiraba con dificultad y la sangre en su boca lo ahogaba. No podía moverse... solo deseaba... dejarse llevar...
¿Esto es lo que se percibe cuando uno va a morir? Yacer simplemente tirado pensando en que ha llegado el final. Esperando algo más grandioso que la simple y llana muerte, indigna, injusta e inoportuna.
Uno espera, tiene el anhelo, que la muerte lo alcance con una vida armada, satisfecho de sus logros... Quizás, espera que algún ser inmortal venga a buscarlo, a consolarlo y felicitarlo por la vida que ha llevado en la tierra. Pero nunca uno imagina que la muerte llega cuando aún queda mucho por vivir... Cuando todavía uno no quiere despedirse de este mundo, cuando no quiere abandonar a quienes ama... cuando todavía no se está preparado.
De ahí lo inoportuno de la muerte. Llega cuando debe llegar y no somos capaces de burlarla... y aquí, con la cabeza que me explota y sin posibilidad de dominar mi cuerpo, solo quedan mis pensamientos para despedirme de la vida... para intentar disculparme con Ciri por faltar a mi palabra y con Geralt por no haber sido capaz de protegerla. Y la impotencia que siento no se compara con nada que haya sentido en otro momento. Solo quiero gritar, gritar y pedir por favor que se me otorgue otra oportunidad. Pero así, quebrado como me encuentro, hasta yo soy consciente de que ha llegado el final...
¿Ha llegado el final? ¿Esto es lo que debo aceptar? ¿Qué hoy será el día de mi muerte? ¿Existe el puto destino guiando mi vida? ¿O soy yo el responsable de mis actos y decisiones?
Y una mierda. Ya no quiero aplausos, no sobre el lecho de la muerte. Los aplausos los quiero en vida. Sobre el escenario de la vida.
No quiero morir.
No quiero morir.
No quiero morir.
Ya no siento mi cuerpo. No siento mi fuerza. Se me apaga la voluntad.
He matado... He matado a cinco personas... Cinco compatriotas. He matado a sangre fría... pero ella vive...
Y Jaskier cerró sus ojos.
