Capítulo 24
Préstame atención.
La soledad nunca le había gustado, pero en aquella mañana de domingo agradecía que Kate se hubiese llevado a Emily a pasear por el parque.
Su cuerpo aún sufría las consecuencias de una noche de fiebre e insomnio. El dolor en cada músculo de su cuerpo, y el malestar que solo le daba tregua cuando los antibióticos entraban en su cuerpo, la obligaban a permanecer allí, tumbada en el sofá cubierta por la manta más suave y calentita, mientras buscaba algo que la distrajese en la televisión.
Un té. Eso fue lo único que logró tomar tras regresar de su visita de urgencia al médico, donde le confirmaron que lo que sufría era una faringitis vírica. De tres a cinco días procurando descansar, tomando los dichosos antibióticos, bebiendo agua y sopas, y una buena dosis de paciencia.
Justo lo que más le costaba asimilar.
Era la segunda vez que enfermaba desde que el frío se instalaba en la ciudad, y la preocupación era un síntoma claro de su estado de ánimo. Jamás caía enferma, podía contar con los dedos de una mano las veces que tuvo que visitar al médico a lo largo de todo el año, y justo en ese momento, cuando tenía que atender cosas importantes por el musical, aparecían aquellas infecciones en su garganta obligándola a echar el freno. Como una broma del destino, o, mejor dicho, un aviso.
Lo único que la consolaba era que al menos ella no tenía que subirse al escenario. Probablemente, era la primera vez en su vida que se alegraba de ello.
No era lo mismo observar los ensayos desde el patio de butacas, que tener estar sobre el escenario al pie del cañón, y más aún con la enorme carga de trabajo que les esperaba para los próximos días, semanas y meses.
El estreno de la obra estaba previsto para mayo del año siguiente. Tres meses de ensayos parciales, en los que ya se encontraban, y luego dos meses de ensayos generales en los que todas las piezas debían encajar a la perfección.
Eran siete meses en total desde que empezaron con los castings hasta que llegase el día del estreno, más los tres meses con cuatro días de funciones a la semana que en principio iban a tener. Casi un año completo de trabajo con apenas unas semanas de descanso durante los ensayos. Y la primera de esas mini vacaciones que iban a tener, estaba a punto de llegar con la navidad.
Por eso Rachel había forzado tanto la maquinaria, y probablemente por eso mismo se encontraba en la situación en la que se hallaba.
Había conseguido avanzar en muchos puntos de su agenda. Tenía prácticamente todo el asunto publicitario acordado, los trabajos de atrezo y vestuarios funcionando, y varios acuerdos cerrados con promotores que iban a lograr darle mayor solvencia económica, y tener al menos una agencia de representación de actores que pudieran suplir las bajas del elenco principal de la obra.
Si todo seguía el mismo camino que habían empezado a marcar, Rachel estaba convencida de poder emprender los ensayos generales mucho antes de lo previsto.
Quizás por eso, porque sabía que, al fin y al cabo, todo parecía ir sobre ruedas, aquel día no sentía la ansiedad que vivió semanas atrás, cuando el descontrol lograba apoderarse de su estado anímico.
Aquella mañana de domingo era el día perfecto para olvidarse de todo, para tomarse las cosas con calma y lograr vencer el dichoso virus que tanto parecía haberse encariñado con ella. Solo el sonido de su teléfono logró llamar su atención cuando ya había encontrado el programa perfecto para ver en la televisión.
Una llamada que no esperaba precisamente en ese momento—¿Qué haces llamándome a esta hora? ¿No es muy temprano para ti?
—Oh, hola Rachel, buenos días, ¿qué tal estas? —replicó Brody tras el auricular—¿Cómo te va? ¿Somos educados y saludamos como gente civilizada?
—Uff, Brody, no es el día para sermones.
—Ya veo, desde luego. Pero un poco de educación no viene mal. —Le respondió y Rachel volvió a dejar escapar otro sonoro suspiro. —Te recuerdo que soy actor y estoy en pleno rodaje, tengo que madrugar—añadía—Tengo un descanso ahora, y por eso te estoy llamando. ¿Ni siquiera ese esfuerzo valoras en mí?
—Oh, sí, pobre actor de Hollywood que cobra casi 400.000 dólares por película—ironizó—No tienen piedad contigo al hacerte madrugar.
—Veo que no has tomado café.
—Pues no, no puedo tomar café—le replicó desganada, aferrándose a uno de los cojines—Los malditos antibióticos me tienen drogada, y la cafeína no es la mejor compañera.
—¿Antibióticos? ¿Has ido al médico como te pedí anoche?
—Sí, he ido. Claro que he ido, pero por mí misma, no porque tú me lo pidieses.
— ¿Has vuelto a tener fiebre?
—Toda la noche. Desde que volví de casa de Quinn hasta esta mañana. Estoy destrozada.
—No me extraña. No entiendo que haces para enfermar de nuevo.
—No hago nada, lo que hace el resto de la población. Es normal en esta época, ya deberías saberlo.
—Sí, pero tú ya llevas dos veces en menos de un mes. Deberías cuidarte mejor, y ser más precavida.
—¿Y crees que no lo soy?
—Pues no lo sé, porque ayer te pasaste el día entero con Quinn.
—¿Y qué tiene que ver eso? ¿Ahora Quinn va a ser la culpable de que yo esté enferma? Porque te recuerdo que llevo así desde la semana pasada, no desde ayer.
—Sí, y por eso te lo digo. Fuiste tú quien me dijo que Quinn había estado un par de días fuera de los ensayos porque estaba enferma, justamente con los mismos síntomas que tú. Ya sabes que yo estoy encantado de que tengas más vida social, y que te le hayas dado una oportunidad a ella, pero deberías ser más prudente.
No pudo responderle.
Brody seguía alargando el sermón mientras ella prácticamente dejaba de escucharlo por culpa de aquella referencia.
Tenía razón. Quinn tuvo que tomarse un par de días de descanso debido a una infección como la que ella padecía, y comenzó a contar los días que habían transcurrido desde entonces hasta que la besó en el escenario. Los suficiente para que fuese así, para que el virus se lo hubiese contagiado ella.
—¿Rachel? ¿Estás ahí?
—Eh sí, sí. ¿Tú crees que ella me ha podido contagiar? —le preguntó y pudo escuchar como Brody sonreía a través del teléfono—¿Qué haces? ¿Te estás riendo de mí?
—Pues sí, porque eres realmente susceptible. Rachel, estaba bromeando… Que Quinn haya estado enferma hace dos semanas, no significa que te lo haya contagiado por haber salido a ver juguetes con ella. Solo estaba tomándote el pelo —Le dijo, pero a Rachel no le resultó convincente la explicación.
Ella no bromeaba. Sabía perfectamente que los procesos virales como aquellos se contagiaban por un simple estornudo o un leve roce de manos, y justamente entre ellas había existido algo más. Mucho más.
—Mierda—se lamentó sin poder evitarlo.
—¿Qué ocurre? Rachel, no vayas a pensar ahora en eso, por dios, estaba bromeando…
—No, no lo pienso—se excusó.
—¿Entonces? ¿Qué te pasa?
—Nada, olvídalo. ¿Cómo estás? ¿Cuándo vienes?
— Voy a finales de esta semana, no sé exactamente aún si el jueves o el viernes, pero cuando vaya, tienes que estar bien. O no me pienso acercar a ti.
—Estaré bien.
—Ok. ¿Y Em? ¿Dónde está?
—Con Kate en el parque. No te preocupes, el doctor me ha dicho que ella no tiene riesgo de contagio, pero Kate decidió quedarse anoche con nosotras, y ahora ha preferido llevarla al parque.
—Ok. Me hubiera gustado poder decirle algo, pero bueno…
—Si quieres te llamo luego, y hacemos video llamada.
—Genial. Te aviso cuando tenga otro descanso. Ahora será mejor que te deje en paz, para que descanses. Tengo miedo de que me contagies por el teléfono, como Quinn ha hecho contigo.
—¿No estás muy bromista para ser tan temprano allí? —le respondió molesta, y el chico dejó escapar una pequeña carcajada—No deberías jugar conmigo en mi estado.
—¿Y qué vas a hacer? Soy divertido por naturaleza, ya deberías tenerlo asumido. Quinn también es así, ¿a ella no le echas en cara su sentido del humor?
—Sí, eres igual de divertido que Quinn, ambos sois la mar de divertidos—refunfuñó con sarcasmo. —Y a ambos os puedo colgar la llamada cuando me plazca, pero tú estás jugando con fuego.
—Ok. Ok. Me callo.
—Sí, será lo mejor. Y deja también de excusarte con Quinn. ¿Qué te pasa? ¿Echas de menos ir a ayudarla a montar los muebles? —le dijo, y ni siquiera supo por qué.
—Pues la verdad es que me lo pasé muy bien con ella, ¿le has dicho lo de la cena?
—Yo cumplo con mi palabra. Está esperando a que la llames.
—Perfecto. Pues la llamaré en cuanto regrese.
—Deberías hacerlo pronto, Quinn está muy solicitada últimamente.
—¿Muy solicitada? ¿Está con alguien? —preguntó curioso.
—No, no es eso, es solo que suele utilizar los fines de semana para ir a visitar a su madre.
—¿Y este fin de semana prefirió quedarse con vosotras?
—Pues sí, ya ves… Pasamos un día genial, y tendrías que haber visto la cara de Em cuando vio los patos salvajes de la Charca. No te haces una idea de…
—¿Qué? Espera, espera—la interrumpió sorprendido—¿Fuiste con Em por Central Park?
—Eh, sí. Bueno, Quinn llevaba a Em y yo las seguía—le aclaró—Ya sabes, como con Kate.
—Vaya…
—¿Qué?
—Que me sorprende mucho.
—¿Por qué?
—Porque no esperaba que tuvieras tanta confianza con Quinn, como para hacer lo que haces con Kate o conmigo. Creía que simplemente habíais ido a la tienda de juguetes y luego a decorar su árbol de navidad, y a ver esa ardilla que tiene en su casa. No que hubieseis paseado por Central Park.
—Fue, fue idea de ella. Tampoco le di demasiada importancia—mintió—Y Em estaba encantada.
—¿Y tú? ¿También estabas encantada?
—Sí, claro. —Respondió, y no mintió esa vez. Era consciente de que lo pasó realmente mal por exponerse de esa manera, pero el simple hecho de ver a su hija reír hizo que mereciera la pena.
—Ok. Pues me alegro, aunque sigo realmente sorprendido. ¿No te importó salir con una de las actrices de tu propio musical?
—¿Qué? ¿Por qué me iba a importar eso? Somos amigas. ¿Por qué todo el mundo piensa así de ella? Ella vive su vida como le da la gana, y eso no debería ser ningún motivo para que la gente la señale. No a estas alturas, es bastante feo de hecho que tú me digas algo así.
—Hey, hey—volvía a interrumpirla—¿De qué estás hablando?
—¿Y tú? ¿De qué hablas? ¿Por qué motivo no puedo salir con mi amiga, por mucho que sea una actriz de mi musical?
—Porque podrías contagiarla y eso sería perjudicial para ti, ¿no? —musitó, y el silencio se adueñó de Rachel siendo consciente de cómo había vuelto a meter la pata— ¿De qué otra cosa iba a hablar?
—No, nada—se excusó.
—¿Nada? ¿Por qué te has puesto así?
—Qué se yo, estoy débil, aún tengo algo de fiebre—volvía a excusarse, esa vez mintiéndole.
—Ya veo que estas mal.
—Tengo muchas cosas en la cabeza, Brody—trató de sonar más tranquila—Esta semana pienso tomármela con calma, pero tengo aún que solucionar algunos contratiempos, y tengo la cabeza repleta de cosas sin sentido.
—Ok. Por cierto, ¿solucionasteis lo del chico ese? El actor que no podía controlarse. Espero que ese no sea uno de esos problemas que te quitan el sueño.
—Pues, aún no lo sé.
—¿No lo sabes?
—No, porque no han vuelto a ensayar esa escena—respondía volviendo a tumbarse en el sofá—mañana creo que tienen una nueva prueba, así que ya te diré si lo ha conseguido o no.
—Pero, cuando me llamaste me dijiste que al día siguiente tenía que ensayarlo ¿no?
—Sí, y Gio le dio tu consejo, que, por cierto, no eres el único que hace eso—se relajó recordando la anécdota del ex de Quinn—Y no es muy saludable.
—Eso ya lo sé. Después de hacerlo te pasas el día entero dolorido—le dijo recuperando la naturalidad—pero es la única solución si no quieres hacer pasar un mal trago a tu compañera.
—Supongo... Lo cierto es que Matt no pudo hacer la escena el jueves, seguía colapsado.
—Necesita tiempo, y espero que lo encuentre, porque cuantos más ensayos se salte por culpa de eso, más presión va a sentir.
—Eso ya lo sabemos—interrumpía Rachel—Estuve hablando con él y me dijo que no le volvería a suceder, que ya lo tenía controlado. Yo, la verdad, no le creí demasiado. Me resulta difícil de creer que pueda controlarlo de un día para otro.
—Supongo que habrá encontrado un método.
—Me dijo que el deporte intensivo le ayudaría.
—Puede resultar, aunque yo creo que hay una solución mejor para él.
—¿Cuál?
—Que Quinn acabase con sus fantasías—bromeó.
—¿Qué? —le cuestionó recuperando la tensión que minutos atrás la había azotado—¿Qué fantasías?
—Pues las fantasías que ese chico tiene con Quinn, Rachel. ¿O piensas que lo que le sucede es por arte de magia?
—No seas imbécil.
—Rachel, si Quinn le da a ese chico lo que desea, dejara de tener ese descontrol—soltó de nuevo con su típico tono de humor, pero a Rachel el comentario la terminó por desquiciar.
—Eres un imbécil.
—Hey, tranquila…
—¿Me estás diciendo que para que ese idiota sepa controlarse, Quinn se tiene que acostar con él? ¿Me estás diciendo que al final la culpa es de Quinn, y no de lo que tenéis en la mente vosotros?
—Hey—la interrumpió rápidamente cambiando su tono—tranquila Rachel, solo estaba bromeando.
—Pues no me gusta que bromees con algo así.
—Relájate Rachel, ¿Ok?
—No, no me relajo… No me gusta que hables así y menos de Quinn.
—¿Se puede saber que te pasa?, he bromeado miles de veces con temas parecidos y nunca te has puesto así. Sabes perfectamente que no pienso así.
—Me da igual saber que no piensas así, no quiero que vuelvas a decir algo como lo que has dicho, ni siquiera de broma.
—Ok. Ok. Tranquila, vaquera. Definitivamente hoy no es tu día.
—No, ni es mi día ni es el tuyo, por lo que veo—volvía a responder enfadada.
—Ok, basta. Será mejor que te deje, porque si no vamos a terminal mal.
—Me parece perfecto. Después te escribo cuando Em esté aquí.
—Ok.
—Adiós—se despedía del chico segundos antes de cortar la llamada, y sin siquiera darle la opción a hacerlo él.
Rachel terminó lanzando el teléfono a los pies del sofá con un gesto de rabia, mientras hundía su rostro entre los cojines, y regresaba la mirada hacia el televisor. Aunque no le iba a prestar demasiada atención.
Se había enfadado demasiado, lo sabía, pero más allá de molestarse por los comentarios estúpidos del chico, sabiendo bien que simplemente estaba bromeando, fue el hecho de que Quinn fuese la protagonista de la broma pesada. Fue el hecho de imaginársela con Matt en una situación como la que había mencionado Brody, lo que la llenó de verdadera furia.
No sabía cómo había llegado a esa situación, pero que Quinn tuviese una mínima oportunidad de acabar con el problema de Matt, y lo hiciera de aquella forma, le revolvía el estómago hasta cotas insospechadas. Y le importaba un bledo que aquella sensación estuviese directamente relacionada con los celos.
Porque era eso lo que había empezado a sentir cada vez que su nombre se unía al de Matt. Celos. Celos que la llevaban a ponerse de mal humor, incluso con el padre de su propia hija, y que en aquel instante excusó con su propia enfermedad. Por el simple hecho de sentirse mal físicamente.
La fiebre, el insomnio y el malestar, le daban créditos suficientes para sufrir aquel ataque de celos, y no sentirse culpable por ello. Sabía que no eran buenos, ni en mayor ni en menor medida, de eso era plenamente consciente, pero empezaba a ser inevitables para ella.
No se sentía así por su físico, ni por su talento o por su saber estar. No tenía celos del sonido de su sonrisa o su acento encantador. No sentía celos por su ceja alzada cada vez que se mostraba disconforme, o la complicidad que tenía con su propia hija. No era su inteligencia, ni el color de sus ojos lo que la llevaba a sentirse de aquella manera. Sus celos no tenían nada que ver con Quinn, sino con ella misma. Y le bastaba el más mínimo comentario para sufrirlos, para lamentarse por no ser la protagonista del musical y tener que ensayar junto a ella. Por no haber tenido el tiempo suficiente para acompañarla a comprar aquel enorme árbol de Navidad, y llevárselo hasta la mismísima puerta de su apartamento. Se lamentaba por no haber sido ella quien le ayudase a montar todos y cada uno de los muebles de su apartamento, y haber compartido una pizza sentadas en el suelo.
No. No podía evitar sentirse así, como tampoco pudo evitar lanzar una mirada a su teléfono, adueñarse de él, y volver a tumbarse en el sofá dispuesta a hacer lo que estaba a punto de hacer.
Eran casi las 11:00 de la mañana, y tenía la excusa perfecta para poder hablar con ella.
Lo que no sabía era que Quinn aún permanecía en el interior de su cama, inmersa en un sueño que no iba a recordar por culpa del sonido de su teléfono, vibrando a escasos centímetros de su almohada, y que conseguía hacerla despertar. Ese día, a diferencia de cada mañana, no rodó por la cama y ni se estampó contra el suelo. Quinn, con el rostro hundido en la almohada, acertaba con algo de dificultad a tomar su teléfono y pegarlo a su oído sin siquiera comprobar el nombre en la pantalla.
—¿Sí? —respondió con la voz dormida.
—¿Quinn? ¿Eres tú?
—¿Rach? — murmuró, y ese simple gesto al llamarla así, ya la hizo sonreír. —¿Eres tú? —añadió al tiempo que se giraba para poder respirar sin la presión de la almohada.
—Si, claro. ¿Estás dormida?
—Eh, lo estaba, ya no—respondió abriendo los ojos con dificultad—¿Qué ocurre?
—Quinn. Son las 11:00 de la mañana ¿Sigues en la cama?
—¿Qué? ¿Cómo que las 11:00? No me jodas…
—¿Qué ocurre? ¿Te has quedado dormida?
—Pues sí—respondió asegurándose de que era cierto. El reloj en su mesita marcaba exactamente las 11:05 de la mañana, y la luz se colaba a través de las ventanas iluminando todo el apartamento—Mierda. Tenía pensamientos de salir a correr un rato, y tengo mucho que estudiar.
—¿Y cómo es que te has quedado dormida? ¿Saliste anoche?
Rachel terminaba acomodándose de nuevo en el sofá. Hablar con Quinn conseguía eliminar el mal humor que Brody le había provocado.
—No, para nada. Me entretuve con la decoración, cené y me acosté. Dios—se quejó—Llevo como 12 horas durmiendo. Creo que el cansancio de la semana me está pasando factura.
—Bueno, pues entonces está bien que duermas. Aprovecha que tienes el día libre.
—Tengo muchas cosas que hacer, y mucho que estudiar—le repitió.
—Tienes media mañana y toda la tarde para eso.
—También quería ir a verte—susurró dejando escapar un pequeño bostezo que no pudo contener, y que consiguió hacer sonreír a la morena.
No solo por el divertido sonido, sino por las intenciones que parecía tener Quinn para aquel día.
—¿Verme? ¿Para qué? —cuestionó curiosa.
—Para ver como estabas, anoche no me quedé tranquila—le confesó.
—Pues deberías haberte quedado tranquila. Kate decidió quedarse y ha pasado aquí la noche…
—Oh, genial—susurró con algo de sarcasmo—veo que ella si puede quedarse, pero yo no.
—¿Qué dices Quinn? Tú puedes quedarte siempre que quieras.
—Ya… Por eso ni siquiera me dejaste que os acompañara—le recriminó—Tranquila, tranquila, ya tengo asumido que Kate es tu favorita—bromeó. Y la pequeña broma sonó tan dulce para Rachel, que la morena volvía a hundirse entre los cojines y sonreía para ella misma.
—Sabes que eso es mentira.
—¿Ah sí?
—Tú eres mi favorita—soltó notando como los nervios empezaban a colarse en su estómago—Pero Kate es muy pesada. Le dije que hoy iba a ir a ver a mi doctor, y bueno, así ella se podía quedar con Em.
—¿Has ido al médico?
—Sí. Estoy oficialmente obligada a descansar y cuidarme.
—Me parece un buen tratamiento. Supongo que entonces puedo ir a verte.
—Me encantaría—respondió siendo consciente en como su tono sonó—pero no puedo dejarte que vengas.
—¿Por? ¿Sigue Kate ahí?
—No, no es por eso… Es porque lo que me estaba provocando la fiebre es contagioso, y no quiero que una de mis protagonistas vuelva a enfermar.
—¿Contagioso?
—Sí Quinn. Es un virus, y bastante contagioso entre adultos.
—Puedo ir con una mascarilla.
—No va a servir de nada… De hecho, deberías empezar a cuidarte porque es probable que ya estés contagiada.
—¿Por? ¿Lo dices por ayer?
—Pues sí, me temo que estás sentenciada.
—Oh, pues que buena noticia me das al despertar—volvió a sonar con sarcasmo. —Otra vez enferma porque me besaste bajo el muérdago. —Añadió y Rachel sintió que todo su cuerpo se estremecía con un escalofrío.
—No me eches la culpa, yo estoy enferma por ti.
—¿Qué?
—Que estoy enferma por ti. Quiero, quiero decir—recapacitó al ser consciente del sentido del doble que podría tener aquella frase—que puedes que hayas sido tú quien me ha contagiado esto.
—¿Yo? —cuestionaba sonriendo—¿Cuándo?, si yo estoy perfecta.
—Tú has estado enferma antes de Acción de Gracias, y te recuerdo que me has besado sin la excusa del muérdago.
—No, eso es imposible. Cuando hicimos el ensayo ya estaba bien.
—Estabas asintomática, pero eso no significa que no tuvieses el virus y me lo pasaras con esos besos.
—Ok ¿Me estás culpando de haberte contagiado por un par de besos? Eres una desagradecida.
—Hey…—la interrumpió sin poder evitar la sonrisa estúpida en su rostro—Yo no me quejo de tus besos, me quejo de, de que estuvieses enferma—balbuceó.
Algo sucedía entre las dos y ambas lo supieron en ese mismo instante en el que el silencio se hacía dueño de la llamada, y se veían obligadas a permanecer calladas.
El tono que usaban, las preguntas con doble sentido y las respuestas las estaban delatando. Estaban flirteando a consciencia, estaban coqueteando y no parecía importarles, o, mejor dicho, no querían darle importancia.
—¿Terminaste de adornar el árbol? —Fue Rachel quien rompió el silencio, y lo hizo por temor a que Quinn volviera a quedarse dormida.
—Sí, ya está perfecto. ¿Me, me habías llamado para eso?
—No, bueno sí, pero también para, para…—No tenía ni idea de para qué la había llamado. Lo había hecho por inercia. Creía tener la excusa perfecta con el contagio de aquella infección, pero lo cierto era que no la había llamado por aquello. Solo quería oírla. Quería saber cómo estaba y qué había hecho. Quería saber si había pasado la noche a solas o acompañada. Ahora lo sabía todo. Sabía que estaba dormida cuando la llamó, que se acostó pronto y que terminó el dichoso árbol ella sola. Y también sabía que Quinn no había hecho realidad las fantasías de Matt, como Brody había logrado meter en su cabeza.
—Brody—susurró—estúpido.
—¿Qué? ¿Me has llamado por Brody? —preguntó Quinn completamente confusa.
Sí. La había llamado por el estúpido de Brody y por sus absurdas bromas que la habían hecho pasar los diez minutos más inconscientes de su vida.
Diez minutos en los que imaginó a la rubia en mil y una situaciones diferentes con Matt, y que la habían llenado de celos.
—No… No Quinn, lo siento, es solo que acabo de recordar que tenía que llamarle para hablarle de Emily—mintió.
—Ah, Ok ¿Entonces? ¿Por qué me has llamado?
—Solo quería saber cómo estabas, no sé. Ayer apenas te di explicaciones cuando me fui de tu casa. Solo, solo quería que supieras que estoy bien, bueno, lo intento—Le dijo a modo de excusa. —Siento haberte despertado.
—No, tranquila, no lo sientas—respondía cambiando posición sobre la cama—te agradezco que lo hayas hecho, estoy segura de haber seguido durmiendo hasta la tarde y no puedo permitírmelo.
—Sí puedes, Quinn—respondía un poco más tranquila—descansa hoy. Ya hay tiempo de estudiar.
—¿Eres consciente de lo que me estás diciendo? Al final eres tú la perjudicada si yo no hago mi trabajo.
—Correré el riesgo, prefiero ver cómo te regalas un día de descanso completo.
—La verdad es que suena genial—le dijo sonriendo—Creo que hoy voy a pasar el día entero en pijama.
—Me parece perfecto. Yo voy a hacer lo mismo.
—¿Y Em? ¿Cómo está?
—A salvo—respondía rápidamente—Kate está con ella en el parque, pero el doctor me ha confirmado que no corre riesgo de contagio.
—Mejor—le susurró—Ni se te ocurra contagiar a mi Berry favorita—bromeó justo cuando volvía a encontrar la posición perfecta en la cama, y el sueño parecía regresar a ella.
Y Rachel lo notó.
Sentía como su voz salía cada vez más débil y su respiración se dejaba notar pausada, muy cerca del teléfono.
—Quinn, te dejo que descanses—le dijo con dulzura.
—Ok—balbuceó dejando escapar un pequeño bostezo que volvió a provocar la sonrisa en Rachel.
—Nos vemos mañana ¿Ok?
—Claro. Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Hasta mañana, Quinn—le susurró, y Quinn le devolvió la despedida de una forma que la volvía a obligar a aferrarse al cojín que mantenía entre sus brazos.
Un sonido, solo fue eso. El sonido de sus labios lanzándole un beso a través del teléfono, y que sonó tan nítido a sus oídos que llegó incluso a sentirlo en su mejilla.
Gesto que probablemente hizo sin siquiera ser consciente de ello, completamente adormilada como parecía estarlo, y que no hizo otra cosa más que aumentar la sonrisa de Rachel, y dejaba por los suelos esa preocupación que a ratos la devolvía a la realidad.
Volvía la convicción de sentir aquella atención como un derecho por estar enferma. De verse recompensada con ese mimo y el cariño que le regalaba Quinn, por el simple hecho de haber sufrido una noche de fiebre e insomnio.
No había nada de malo en ello, o eso quiso creer. Solo fue una entretenida conversación, una dosis de atención y para acabar, un sonoro beso. Lo suficiente para poder pasar aquel fastidioso día, con una sonrisa en su rostro.
