Justicia cruel
Para Itz, con cariño, ¡feliz setiembre 2020!
Las gaviotas danzaban en el cielo, se detenían un momento con ayuda de las corrientes de aire y luego se precipitaban al mar para surgir de nuevo con un pez recién atrapado. Sus chillidos de contento con la vida eran suficientes como para enloquecer al más cuerdo.
Las gaviotas y el olor del mar era lo primero que asaltaba la memoria de Radamanthys mientras caminaba de nuevo por la playa de Creta, luego de muchos años de ausencia.
Solo que no recordaba que las voces de las gaviotas fueran tan irritantes la última vez. Claro que entonces hubo cosas mucho más irritantes, como la sonrisa burlona de Minos al consolidar su poder como rey y ordenar su destierro. Aquello, en su momento fue… muy molesto.
Durante años, Radamanthys había acariciado la idea de vengarse. Incluso tenía trazados varios planes (tres o cuatro de los cuales habrían podido funcionar) cuando un día de repente se dijo "¿para qué?" y los abandonó por completo. Había encontrado un hogar en Beocia y nunca habría conocido a Alcmena si las manipulaciones de Minos no lo hubiesen sacado de Creta.
Además… Minos tenía su propia carga de dolores en los que una venganza de su hermano sin duda abultaría muy poco. El toro de Poseidón. Pasifae. El niño. Si aquello era o no un niño.
Si lo pensaba bien, ni siquiera tenía por qué regresar a tierra natal. Nada lo ataba ahí después de la muerte de su madre y de su padrastro. Su otro hermano, Sarpedón (con el que tampoco tenía contacto) estaba en Licia. En Creta solo quedaba Minos y una orden de Zeus (formulada más como una súplica que como una exigencia) era lo único que lo forzaba a estar ahí.
El Cronida era el rey del Olimpo y tenía su respeto, pero para Radamanthys no hubo jamás otro padre que el esposo de su madre, Asterión. Las palabras de Zeus apelando a su parentesco para que visitara a Minos no tenían ningún peso para él y seguramente habría rechazado aquello con muy poco temor a las consecuencias si Hades no hubiera intervenido una única vez en toda la conversación para apelar a su sentido de la justicia.
No iba solo. Tan irritante como las gaviotas, Aiacos caminaba a su lado. Acababa recién de conocerlo y ya deseaba lanzarlo al mar. Que también fuera hijo de Zeus y también fuera rey no era ninguna sorpresa. Que Zeus le hubiera hecho el mismo encargo que a él, tampoco era una sorpresa (entre tantos hijos, el dios seguramente se confundía sobre cuáles se conocían entre sí y cuales no), lo sorprendente era que Aiacos hubiera aceptado viajar desde Egina para hablar de un asunto que no le concernía con un medio hermano que ni siquiera sabía de su existencia.
—Puede que me equivoque, pero no creo que el palacio de Minos esté por este rumbo —señaló Aiacos.
—No.
La respuesta lacónica de Radamanthys no fue suficiente para hacerlo callar (de la misma manera que ninguna otra cosa lo había hecho callar en las horas que tenían de conocerse).
—Entonces, ¿a dónde vamos, hermano mío?
—No me llames "hermano" —replicó Radamanthys por enésima vez.
—¿Acaso no es verdad que lo somos?
Radamanthys se detuvo y lo miró fijamente con el ceño fruncido.
—No tienes por qué acompañarme. Nada de esto te concierne. Es un problema entre Creta y Atenas, y una conversación entre dos hermanos hijos de la misma madre y el mismo padre.
—Ciertamente.
—Y, a pesar de eso, sigues aquí, parloteando a mi lado y sin darme oportunidad de pensar en qué le voy a decir a Minos cuando lo encuentre y qué le voy a decir a Zeus cuando le informe que esto era una causa perdida desde el mismo principio. No hay ninguna duda de que Egeo es el culpable de la muerte de mi sobrino Androgeo. Por tanto, Minos está en su derecho si quiere arrasar Atenas hasta los cimientos.
Aiacos asintió.
—En eso estamos de acuerdo. No tengo ninguna amistad con Egeo y Licia no tiene relación con Atenas como para interceder por ninguno de ellos; iba a rechazar la misión, pero estoy aquí por algo que dijo Hades.
Curiosa coincidencia. La curiosidad fue más fuerte que las ganas de silenciar a ese flamante medio hermano.
—¿Qué dijo el rey del Inframundo para convencerte de venir?
—No mucho. Solo mencionó lo mucho que me enorgullece el que mis súbditos me consideren un hombre justo.
Muy cercano a lo que había terminado por poner en movimiento a Radamanthys. ¿Cuántos más iban a llegar a Creta obligados de la misma manera?
—Minos debe estar ahí —Radamanthys señaló una formación rocosa a unos pocos cientos de metros de donde se encontraban—. Si los enviados de Ateneas y la propia diosa Athena lo han estado molestando, seguramente vino a esconderse aquí, ese ha sido su refugio desde que éramos niños. Por eso no me molesté en ir al palacio cuando bajé del barco: pude sentir que está repleto de Caballeros de Atenea.
—¿Y cómo, si se puede saber, "sentiste" que los Caballeros de Atenea están ahí?
La voz desconocida que acababa de hablar hizo que ambos dieran un respingo. ¿Quién los había seguido?
Era uno de los servidores de Athena, aunque no parecía ateniense propiamente y no estaba ataviado con alguna de aquellas extrañas armaduras forjadas por los dioses. Vestía sencillamente, casi como un campesino, y llevaba el cabello largo, al estilo de los guerreros de Esparta. Estaba demasiado cerca de ellos. ¿Cómo había podido acercarse tanto sin que ninguno de ellos lo notara?
—Los espíritus ardientes de los Caballeros de Athena se notan a gran distancia —declaró Aiacos—, así como la frustración que sienten, imagino que porque el rey Minos no atiende sus razonamientos.
El recién llegado asintió con solemnidad, pero Radamanthys frunció nuevamente el ceño. Ahora que había revelado su presencia, era posible notar también su espíritu, tan ardiente como los que estaban en el palacio, pero mucho menos exasperado.
—¿Quién se supone que eres? —preguntó Radamanthys—. ¿Sirves a Athena o a Zeus? ¿Quizá a Poseidón o Hades?
La sonrisa del desconocido hizo que su desconfianza aumentara. Era una sonrisa de alguien que se sabe inteligente y cree que los demás no lo son. Había visto a Minos sonreír de esa misma manera demasiadas veces siendo niños, cuando estaba seguro de haberse salido con la suya en alguna travesura.
—No sirvo a ninguno. Soy Cástor, hijo de Tíndaro de Esparta. Mi hermano Pólux es el Caballero de Géminis al servicio de la diosa Athena.
Doce constelaciones y un Caballero por cada una. Por lo visto, la formación de su Orden había ocasionado que Athena tuviera que dejar por fuera a uno de los príncipes de Esparta… el que no era hijo de Zeus.
—Y Zeus le encargó a tu hermano que viniera a hablar con Minos para tratar de convencerlo de que perdone las vidas de los atenienses —dijo Aiacos, como si acabara de leerle el pensamiento.
—Sí —Castor—. No hacía falta que se lo pidiera, porque ya se lo había pedido la diosa, pero supongo que no estaba de más añadirle todavía otro poco de presión a la que ya tenía mi hermano encima —la burla en su sonrisa se acentuó ligeramente—. Eso, por supuesto, solo sirvió para que Pólux sintiera con mayor intensidad el fracaso de su brillante discurso acerca de por qué los atenienses no son culpables de la muerte del pobre Androgeo, a quien ni siquiera tuvimos oportunidad de conocer. De hecho, creo que el discurso acentuó bastante bien el detalle de que el rey Egeo envió al muchacho a una misión suicida sin que un solo miembro de la Orden se enterara y pudiera hacer algo al respecto a pesar de que todos estaban participando en las Panateneas cuando sucedió.
Radamanthys suspiró. Conociendo a Minos, eso seguramente lo había terminado de convencer para exterminar a la población de Esparta.
—Tu hermano tiene talento para empeorar las cosas, por lo que veo —apuntó Aiacos, como si fuera un eco de lo que Radamanthys prefirió no decir en voz alta.
No pudo evitar quedarse mirando al licio unos segundos. Ese medio hermano tenía una manera de pensar más similar a la suya que Minos y Sarpedón juntos. Quizá, después de todo, aquel viaje no era un desperdicio completo.
—Es cierto —Cástor caminaba ahora junto a ellos, en dirección al escondite de Minos, como si vinieran juntos desde el muelle y casi parecía que Radamanthys estaba enseñándole los lugares de su infancia a un par de amigos en lugar de estar buscando a su hermano menor para un asunto de (mucha) vida o (mucha) muerte.
Radamanthys se daba cuenta de que eso podría ser útil para reducir las posibilidades de que Minos los recibiera tirándoles piedras, aunque no le gustaba la sensación de que Cástor los estaba usando a él y a Aiacos. Sin embargo, si el gemelo que no era Caballero de Athena estaba ahí, seguramente era para tratar de arreglar el pequeño desastre ocasionado por su hermano, que era justo lo que estaban intentando ellos dos también, así que se guardó su opinión y dejó que el intruso los acompañara.
Minos, en efecto, estaba entre las piedras grandes, al abrigo del viento (y con una pequeña montaña de guijarros al alcance de la mano). Se entretenía mirando el mar y las gaviotas, y deshilachando un pedazo de tela, sacaba un hilo, lo enredaba entre sus dedos por un momento y luego lo dejaba caer. Por la cantidad de hilos en el suelo, aquel trozo de tele debió ser un manto antes de caer en sus manos.
—Entonces… Atenas está condenada —dijo Radamanthys, saltándose todos los saludos y demás cosas que pudo haberle dicho al hermano que no había visto en muchos años.
Minos no dio señales de sorprenderse.
—Androgeo nació dos años después de que ascendí al trono —dijo, con voz ausente, sin dejar de deshilachar la tela—. El menor de mis hijos varones. Era rubio y de pocas palabras, ¿sabes? Se parecía tanto a ti que me habría hecho dudar si no hubieras estado tan lejos.
Era la primera vez que alguien se tomaba el trabajo de describirle a Androgeo y Radamanthys sintió de pronto un peso en el corazón. Hasta ese momento se las había arreglado para no pensar que era su sobrino el muchacho al que Egeo había convencido de aceptar un reto estúpido, defender el honor de los guerreros de Creta matando al toro salvaje de Maratón. Era su sobrino el que había sido corneado y pisoteado por un toro salvaje, lejos de su patria. Era su sobrino el que estaba muerto.
Minos levantó la cara y lo miró directamente. Tenía el cabello revuelto y sucio de ceniza, señal de duelo, y sus ojos (apenas visibles entre los mechones blanquecinos) brillaban con algo que no era exactamente locura, sino una lucidez total, mucho peor que la locura.
Radamanthys luchó contra el repentino nudo en su garganta y logró hablar con voz ronca.
—Entiendo.
—Egeo hizo morir a mi hijo porque era mejor atleta que cualquiera de los jóvenes de su reino. Es por eso que perderá su reino —continuó Minos, con la calma de quien sabe que no hay argumentos para contradecirlo—. Es lo que he decidido. Esto… —levantó un poco las manos para mostrar la tela— era de mi hijo. Lo he estado soltando, así como como se soltó el hilo de su vida… en cuanto termine, me levantaré de aquí y daré la orden a mi ejército para destruir Atenas con todos sus habitantes y con todo lo que contiene. No habrá esclavos ni botín alguno, solo una gigantesca pira funeraria en honor a mi hijo. Entonces sentiré que se ha hecho justicia y perdonaré a Egeo. Si para entonces todavía vive, puede que no lo mate.
Radamanthys miró de reojo a Aiacos. Lo vio asentir despacio. Pensaban de la misma manera y nada de lo que habían pensado decir serviría para convencer a Minos de perdonar la ciudad favorita de Athena, porque si estuvieran en su lugar, habrían hecho exactamente lo mismo.
—Es… una lástima —intervino Cástor.
Minos reaccionó tan rápido que ni Radamanthys ni Aiacos pudieron impedir que tomara un puñado de hilos y los enredara al cuello de Cástor, como una cuerda improvisada, listo para estrangularlo.
—¿"Una lástima"? —siseó Minos.
Cástor parecía tranquilo y sostuvo la mirada de Minos. Radamanthys notó por primera vez que tenía los ojos verdes, casi del mismo tono que adquiría el mar en ese momento.
—Sí, porque de esa manera, vivo o muerto, Egeo saldrá ganando.
—Explícate.
—Los dioses han enviado a buena parte de tus hermanos, estos dos, por ejemplo, para interceder no por Egeo sino por Atenas y su gente. Si la gente de Atenas muere, no lo hará culpando a Egeo por violar las leyes de la hospitalidad y asesinar a un huésped, sino al rey extranjero que está decretando la destrucción de la ciudad como compensación por una única vida.
—¿Y crees que eso me importa? ¿Crees que la opinión de los dioses me afecta en algo?
—Claro que no. Pero la gente dirá que eres injusto.
—¡Estoy siendo justo!
—Sin duda. Es justo que Egeo pague por lo que hizo. Pero debería pagar más de una vez.
Por un momento, Radamanthys estuvo seguro de que Minos estrangularía a Cástor y no habría manera de evitarlo, pero, luego de unos segundos, Minos se apartó de él.
—Más de una vez. Sí.
Por un rato, solo se escuchó el ruido del mar y el chillido enloquecedor de las gaviotas. Finalmente, Minos recogió los restos de la tela y los hilos, los dejó caer en el agua y esperó hasta que se los llevaron las olas antes de hablar de nuevo.
—Un tributo. Atenas quedará intacta. Egeo conservará su vida. Pero cada año, a partir de este, Atenas deberá enviarme siete muchachos y siete muchachas, todos de la edad que tenía mi hijo al morir. Libres o esclavos, ricos o pobres, nobles o plebeyos, deberán ser elegidos por sorteo y vendrán aquí, al Laberinto… —una sonrisa amarga se formó en sus labios—. Allí los estará esperando Asterión y a él le dejo la libertad de decidir de si viven o mueren luego de encontrarlo.
Radamanthys, Aiacos y Cástor asintieron y se marcharon rápidamente para transmitir a los servidores de Minos la nueva orden.
—Esto es… —Aiacos, por una vez, parecía estar teniendo problemas para encontrar las palabras correctas—. Cástor, creo que salvaste a Atenas, pero no te lo va a agradecer absolutamente nadie.
—Es lo normal —Cástor se encogió de hombros— y es una de las razones por las que mi hermano es Caballero y yo, no: a Pólux le habría resultado más sensato matar a Minos que sugerirle otra manera de vengarse. Él solo verá a los chicos que morirán en los años que falten para que a alguien se le ocurra alguna manera de liberar a Atenas del tributo, no verá la destrucción y la muerte que habrían ocurrido en el término de unos pocos días si la atención de Minos no se hubiera desviado. Es más, les agradeceré que no mencionen mi participación en este asunto, saberlo solo serviría para darle al Patriarca de la Orden más razones para no aprobar el que trate de permanecer cerca de mi hermano. Es mejor ser su sombra que desaparecer del todo.
—Comprendo —dijo Aiacos.
Radamanthys detuvo a Cástor cuando notó que este estaba a punto de tomar otro sendero, con la evidente intención de no llegar con ellos al palacio.
—Espera. Eres una persona extraña, Cástor Tindárida.
Eso le ganó una sonrisa burlona, acompañada por el brillo de astucia sin ningún disimulo en aquellos ojos verdes. Una combinación que normalmente le parecería aborrecible pero que en ese momento era… interesante.
—¿Ah, sí?
—Has hecho que mi hermano muestre misericordia al mismo tiempo que le das su venganza. Egeo será odiado por el tributo y tú has salvado vidas ocasionando muertes. Si tuviera que juzgarte, no sabría si condenarte o premiarte.
—Entonces, no me juzgues, solo apréciame —la risa de Cástor hizo que Radamanthys dejara de estar consciente de las gaviotas—. En las semanas que llevo aquí, he visto desfilar una multitud de los hijos de Zeus, todos con la misma misión y todos fracasaron de la misma manera. El tributo es también un fracaso diplomático, pero está más cerca de la victoria que la destrucción total de Atenas. Sí, es un crimen, pero uno que deja sobrevivientes y, mientras haya vida, la gente de Atenas podrá tener la esperanza de encontrar la manera de salvar a sus hijos, una esperanza que le fue negada a tu hermano. Yo diría… que la balanza se equilibra un poco.
Con un guiño a modo de despedida, Cástor se marchó entonces y Radamanthys miró de reojo a Aiacos, que sonreía como si pudiera leer lo que pasaba por su mente… probablemente así era.
Antes de volver a Beocia, tendría que encontrar la manera de pasar algún tiempo más con Aiacos (y con Minos, si lo dejaba acompañarlo un poco en su duelo). Seguramente tendrían más cosas de qué hablar.
Y, tal vez, buscaría de nuevo a Cástor.
Para apreciarlo.
Fin
Notas:
El Toro de Maratón era un toro salvaje de tamaño y ferocidad fuera de lo común. Cuando Androgeo, hijo de Minos y Pasifae, visitó Atenas para participar en las competencias deportivas que formaban parte de las fiestas Panateneas (en honor a la diosa Atenea), venció en todas las disciplinas y Egeo, el rey de Atenas, lo convenció de tratar de cazar al Toro de Maratón. El rey hizo eso por envidia y Androgeo fue muerto por el toro. Entonces Minos sitió Atenas y le impuso el tributo anual de siete muchachos y siete muchachas que eran encerrados en el Laberinto para que los matara el Minotauro. Esto se mantuvo hasta que Teseo, hijo de Egeo, formó parte del tributo y dio muerte al monstruo.
Asterión es el nombre del Minotauro, de acuerdo con la "Biblioteca Mítica" de Apolodoro. Me enteré de esto por culpa de Jorge Luis Borges (en su cuento "La casa de Asterión") y me llamó la atención el que le pusieran el nombre del padre adoptivo de Minos (en la mitología, el rey Asterión se casó con Europa cuando ella ya había tenido a Radamanto, Minos y Sarpedón, que eran hijos de Zeus).
Por lo demás, he jugado descaradamente con las fechas porque Minos, Eaco y Radamanto no son de la misma generación que Cástor y Pólux.
La Alcmena que menciona Radamanthys al principio… sí, es la madre de Heracles; luego de que ella enviudó, se casó con Radamanthys. Según algunas versiones del mito, se amaron mucho y Zeus se aseguró de que estuvieran juntos en los campos Elíseos.
