NOTA 1: Nuestras disculpas por la demora en la actualización, pero la vida real, como el universo, tiende al caos y a la entropía…
Cuídense mucho, ustedes y los suyos. Ahora más que nunca.
NOTA 2: Háganse a la idea de que el regalo nunca llegó. Esta historia se sitúa en un limbo impreciso entre el Día Blanco y nuestro ascensor favorito… Es lo que pasa cuando el manga POR FIN tiene pasos de gigante…
NOTA 3: Cortito, pero para ir calentando motores.
Cuando el director Morikawa da por buena la escena, Kyoko pretexta alguna excusa y se apresura a huir al baño. Necesita un momento a solas porque se siente las mejillas arder en llamas, aunque espera que al menos el maquillaje lo disimule un poco. No puede con esto, de verdad que no puede. El Tsuruga-san bajado del pedestal por su propio pie es terriblemente más letal que el otro. Todo lo que lo hace más humano y cercano, más imperfectamente él, el hombre de verdad tras su nombre artístico, resuena sin piedad en cada fibra de su ser. Si ya anoche, con aquel supuesto ensayo improvisado de rábanos encurtidos, casi se rindió a él, permitiéndose bajar los metafóricos escudos, terriblemente afectada por aquella confidencia a alma descubierta, pues la escena de hace un momento remueve todas aquellas emociones y sensaciones. Y eso tan solo la remata y le da el tiro de gracia. Porque este hombre, el verdadero, el que no es perfecto, el que no es un dios de los actores, sino un desastre que la hace reír como loca, le hace dar mil piruetas a su pobre corazón.
Kyoko quisiera mojarse la cara, para ver si estos calores delatores le bajan un tanto, pero sabe bien que eso sería del todo irrespetuoso con el trabajo de las maquilladoras. Así que tan solo espera y respira. Inhala, exhala, inhala, exhala…
Al volver del baño, ya protegida tras sus escudos bien en alto, Kyoko lo ve sentado en una de las mesas donde suelen almorzar. Está jugueteando con la botellita de agua que siempre le da Yashiro-san al terminar una escena. Es un movimiento nervioso, más que otra cosa, como cuando empiezas a mover el pie sin darte cuenta y acabas moviendo toda la mesa como consecuencia. Pues algo parecido. Kyoko, a su pesar, se encuentra observándolo y advierte el ligero fruncimiento de su ceño, el leve rictus que curva sus labios, y la mano reposando con aparente indolencia sobre la boca del estómago, pero ahí estaba, casi como por casualidad. Así que suspira y regresa a su camerino. Una vez allí, abre su taquilla y rebusca dentro de su bolso (porque el bolso de Kyoko es, salvando las distancias, lo más parecido al de Mary Poppins o al de Hermione Granger, pero sin hechizo de extensión indetectable) y finalmente encuentra lo que necesita.
Cuando Kyoko regresa al plató se sienta en silencio al lado de este rubio desteñido y desaseado, y sin decir palabra desliza sobre la mesa un botito de bicarbonato con disimulo. Cuando el botito entra en su rango de visión —lo cual no quiere decir en absoluto que él no supiera desde el principio quién se había sentado a su lado—, Ren lo mira y los ojos se le abren de puritito asombro.
—Pensé que podrías necesitarlo —susurra ella, mirando al frente, como si no estuviera hablando con él, como si fueran espías en un parque o algo así. Pero claro, él no debe haber visto la misma película, porque voltea el torso por completo hacia ella y Kyoko querría derretirse por el afecto que vio en sus ojos. Naaah, seguramente solo era alivio.
—Eres un ángel, un verdadero ángel —le dice él, y sí, es alivio. ¿Definitivamente? Sí, definitivamente SOLO alivio.
—Y yo no puedo dejar de admirar tu profesionalidad y tu espíritu de sacrificio, Tsuruga san —le contesta ella, decidida a ignorar la otra parte, aquella del afecto—. Has superado tus propios límites.
—Bueno, al final ha sido divertido —le responde él, pero se lleva la mano a la nuca en un gesto nervioso. Espera, ¿qué?—, eso tengo que reconocerlo. Menos la parte de estar comiendo todo el rato, claro —añade, y con la mención de la comida, su rostro cambió a un color verdoso horroroso de ver. Kyoko entonces se apresuró a disolver el bicarbonato en el agua y él casi (solo casi) le arrebata la botellita de las manos para, acto seguido, vaciarla por completo de un solo trago.
—Pobrecillo —le susurra ella, dándole palmaditas en la espalda.
¿Qué fue lo que dijo de los escudos?
