17
Cumplir las normas
No fue el olor del café, ni tampoco la luz que volvía a colarse por una de las pequeñas rendijas de la persiana. Tampoco fue el ruido de la batidora asesina, ni el embaucador olor del protector solar de coco. Ni el sonido del teléfono, ni una tormenta tropical o el bombardeo de un F18. No fue nada fuera de lo normal lo que me despertó aquella mañana una hora antes de que lo hiciera el despertador. Fue la simpleza de mi vejiga a punto de estallar, logrando incluso que la desapacible sensación se colase en el interior de mis sueños, incitándome a que me desahogara allí mismo, sobre mi cama.
Si no llega a ser por mi rápida reacción, y que ya había cubierto con creces las ocho horas de sueño que exigía mi cuerpo, habría vuelto a mi más tierna infancia y me lo habría hecho encima. Sé que no es adecuado confesar algo así con 25 años cumplidos, pero estoy convencida de no ser la única que tiene que salir corriendo al baño en mitad de la noche por culpa de una situación de emergencia como esa. La única diferencia es que ya había amanecido cuando mis ganas por hacer pis aparecieron despertándome.
Salté de la cama olvidándome de que iba medio desnuda, y corrí hacia el baño dispuesta a saciar la incontenible necesidad fisiológica. Lo divertido de aquella situación, admito que correr de aquella forma suplicando por un baño ya tiene su punto gracioso, es que cualquier otro ser humano habría cubierto esa necesidad sin demora o contratiempo alguno. Pero esos otros seres humanos no tenían la suerte abismal de ser yo. Yo y mi idílica relación con el karma. Obviamente, estoy siendo sarcástica.
Ni siquiera me dio tiempo a percibir que no era la única despierta a aquella hora, ya que mi único objetivo en aquel instante era alcanzar cuanto antes el baño. Y fue esa obsesiva necesidad la que me llevó a abrir la puerta del mismo, sin siquiera percatarme del sonido que percibí cuando ya todo estaba hecho. Cuando ya no había vuelta atrás.
Bloqueada. Tan bloqueada por la escena que presencié al colarme en el baño, que a punto estuve de hacerme pis encima. Y no, no fue una aparición lo que me petrificó. Fue ella. Rachel.
Apenas pude ver como sus pies asomaban por el extremo de la bañera, su cabeza se reclinaba sobre el respaldo con los ojos cerrados, y los labios entre abiertos dejando escapar un sonoro y tentador gemido que me descolocó por completo.
—Oh dios —susurré sin siquiera percatarme de que lo hacía en voz alta, provocando su reacción. Su desconcertada, confusa, patosa y desorbitada reacción.
—Oh dios —masculló imitándome, con la diferencia de que ella prefirió escurrirse en la bañera como si aquello la hiciera invisible a mis ojos. Verla desaparecer de mi vista de aquella forma me hizo reaccionar de nuevo, e instintivamente, salí del baño cerrando tras de mí la puerta. Aunque no fui demasiado lejos. De hecho, no pude moverme. Ni siquiera solté el pomo de la puerta. No podía dar un paso más sin obligar a mi vejiga a que se vaciara por completo, y no estaba dispuesta a hacerlo sin un baño.
—¿Rachel? —musité al tiempo que volvía a abrir poco a poco la puerta, un tanto desconcertada por lo que intuía que había visto—. Perdona que te moleste, pero necesito utilizar el baño urgentemente. Es a vida o muerte —exageré buscando su aceptación. Aceptación que llegó con apenas un leve susurro que me daba el ok—. No tardo —susurré tras colarme en el interior y ver como trataba de darme la espalda mientras se cubría el pecho con sus brazos, aun en el interior de la bañera.
No lo dudé, a pesar de la extraña situación, y me dispuse a utilizar el inodoro y saciar al fin mis ganas. Y fue ahí, tratando de evitar que el sonido fuese demasiado llamativo mientras hacía pis, cuando fui realmente consciente de lo que estaba haciendo Rachel justo cuando decidí interrumpirla. Fue ahí cuando mi mente se desperezó y entendió que aquel gemido, y su actitud no tenían excusa alguna más que la del placer. Y eso me puso muy nerviosa. Tanto que ni siquiera me atreví a volver a mirarla, aunque mi visión periférica me indicaba que no había cambiado su posición en el interior de la bañera. El silencio solo interrumpido por el sonido del agua en la bañera, y el que yo misma provocaba con mi acción, convirtió el momento en una de esas situaciones completamente incómodas que no beneficiaban en absoluto a nuestra relación.
Pensé en ello tras acabar y abandonar el baño sin volver a mencionar palabra alguna. Fue salir al exterior y descubrir como el desayuno ya estaba preparado sobre la mesa, como cada mañana desde que llegué, y recordar todo lo que habíamos avanzado la noche anterior. Me hizo comprender que tenía que evitar por todos los medios que eso se fuera al garete. Una noche en la que después de aclarar toda la confusión de los desplantes, de la desconfianza y las discusiones, volvimos a sentirnos bien la una con la otra mientras disfrutábamos de una espectacular cena a base de patatas asadas, y hablábamos de los planes para aquella semana. Planes que no tenían nada que ver con nuestro promance. Llegamos al acuerdo de no seguir con él. No volveríamos a mostrarnos como una pareja, sino como amigas, aunque ese concepto aun no estuviese anclado en nuestra relación. Saldríamos juntas, iríamos a cenar, de compras o a divertirnos como tales. Sin besos en público, sin gestos cariñosos fingidos para alertar la curiosidad de quienes podían vernos. No íbamos a seguir mintiendo o aparentando algo que no éramos. Si nos tomábamos de la mano sería porque nos apeteciese hacerlo. Si nos abrazábamos simplemente porque surgiese así, sin más. Evidentemente, los besos si se iban a ver completamente erradicados, a menos que fuesen en la mejilla o en alguna que otra zona que insinuase cariño, y no relación de pareja.
Así acabó nuestra etapa de confusión, de reproches y desconfianza. Con un abrazo de despedida antes de que cada una nos cobijásemos en nuestras respectivas habitaciones. Y la noche, más la tranquilidad de ver que todo estaba bien entre nosotras, nos obsequiase con el sueño más placentero y relajante de cuantos había logrado disfrutar desde que llegué a la ciudad.
Placentero, repetí para mí misma mientras me servía una taza de café, lo suficientemente cargado como para olvidarme momentáneamente de lo vivido. De que acababa de pillar a Rachel en pleno éxtasis orgásmico en la bañera. Era consciente de que acababa de romper una de las pocas reglas que había exigido cuando llegué a su casa, pero yo no tenía culpa alguna de que mi intenso sueño me hiciera aguantar mis necesidades hasta estar a punto de estallar. Como tampoco tenía la culpa de que ella decidiera darse un baño de aquellas características a esa hora de la mañana.
Era consciente de que no iba a poder borrar esa imagen de mi cabeza en mucho tiempo, pero tenía que evitar que ella lo supiera. Tenía que evitar que nuestra relación volviese a ese estado continuo de tensión que tanta confusión llegaba a provocarme.
Terminé de tomarme el café y una de las tostadas cuando al fin escuché la puerta abrirse y ella apareció en escena. Habrían pasado unos diez minutos más o menos, y yo aún seguía inquieta por cómo se iba a dar la situación. No estaba equivocada. Rachel salió envuelta en la toalla, y sin mirarme a los ojos, me habló desde la puerta de su habitación.
—Santana vendrá en una hora más o menos. Le he dicho que iría con vosotras.
—Ok.
—Ya, ya tienes el baño disponible por si quieres ducharte o arreglarte —añadió fingiendo estar ocupada en secar su pelo con una toalla más pequeña, y así evitar mirarme. Porque nada más ver su rostro supe que no se atrevía a mirarme. Por supuesto, comprendí perfectamente su actitud. En su situación habría reaccionado exactamente igual, o incluso peor. Así que me compadecí de ella y no alargué más la conversación. Asentí sin más y permití que se colara en su habitación, momento que yo aproveché para recoger todo lo que había sobre la mesa, y utilizar la ducha tal y como había sugerido que hiciera. Confieso que estar en el interior de la mismo lejos de ayudarme a controlar la situación, me puso aún más nerviosa.
Yo no tenía la misma confianza con Rachel, que por ejemplo podría tener con Santana o incluso con Caroline. Bueno, sí tenía confianza con ella, pero era diferente, muy diferente a lo que estaba acostumbrada. Si en vez de ella hubiese sido Santana me habría reído hasta la saciedad, y sobre todo la habría ridiculizado hasta que suplicara clemencia. Pero con Rachel no podía hacer algo así. No podía bromear porque no sabía cómo reaccionaría, y ya estaba realmente agotada de tener que ganarme su predisposición. La única opción que me quedaba, y que empezó a tomar fuerza en mi mente cuando ya acababa la ducha, era la de fingir que no había visto nada, que creyese que simplemente la había visto bañarse, y por eso reaccioné saliendo rápidamente del baño. Aquella imagen quedaría para siempre guardada en mi cabeza como un verdadero secreto. Al menos hasta que el tiempo me regalase una confianza más estable con ella, y pudiese bromear al respecto.
Y con esa idea abandoné la ducha. ¿He dicho ya que soy una completa ilusa? Pues lo repito, lo repito hasta la saciedad, y me lo grabo a fuego para que nunca más de por hecho algo que no va a ser. Después de regresar a mi habitación, y vestirme para la sesión de fotos que tenía prevista apenas un par de horas después, descubrí como mi intento por fingir que no había visto nada, fue poco a poco esfumándose por su culpa.
Nos cruzamos tres veces por el salón sin dirigirnos una sola palabra, y siempre esquivándonos la mirada, dando lugar a uno de los momentos más incomodos de cuántos había vivido con ella. Y lo peor es que supe que lo estaba pasando mal, que la vergüenza le estaba jugando una mala pasada y yo no hacía nada por solucionarlo. Hasta que descubrí algo sobre la mesa de la cocina. Algo que en otra ocasión me habría repugnado, pero que en ese instante utilicé como excusa.
—¿Qué hace esto aquí? —cuestioné plantándome frente a él. Rachel me miró desde la cocina— ¿Todavía lo conservas?
—No, no sabía qué hacer con él. No quería tirarlo por la terraza, y estaba esperando a que salieses de la ducha para tirarlo por el wáter. He olvidado por completo que lo dejé ahí.
—¿Y por qué no lo tiras a la basura? —insistí tras ver como la excusa parecía funcionar. ¿Quién me iba a decir que un estúpido porro de marihuana me ayudaría en aquel instante?
—No, no puedo tirarlo a la basura. Me da miedo que alguien lo encuentre.
—¿Quién lo va a encontrar en la basura?
—Si alguien revisa mi basura y encuentra eso, me muero —respondió sorprendiéndome. Y ella se percató de mi gesto—. ¡No me mires así! Estás en Los Ángeles, y no sabes de lo que es capaz la gente. ¿Quién te confirma que los paparazis no buscan en la basura de los famosos?
No pude evitar reírme ante la ocurrencia, y hacerlo volvió a provocar el sonrojo en ella. Un sonrojo que evidentemente venia aún empañado por la pillada. Y fue en ese momento, en ese preciso instante cuando rondó por mi mente la más absurda pero eficaz de las ideas para solucionar la tensión entre las dos. Caroline siempre decía que el miedo desaparece cuando ves peligrar la vida de un ser vivo. Bien, Rachel no tenía miedo, tenía vergüenza por lo sucedido, y aquel porro no iba a acabar con mi vida, por supuesto, pero conociéndola sabía perfectamente que se preocuparía. Si Caroline tenía razón, Rachel dejaría a un lado la vergüenza para recriminarme por lo que iba a hacer. Además, yo necesitaba algo que me hiciera actuar con naturalidad, y no cohibida por culpa de la imagen de su orgasmo repitiéndose en bucle en mi cabeza. Y lo que yacía sobre la mesa podría regalarme esa inconsciencia.
Lo miré varias veces hasta que me decidí a cogerlo, aprovechando que Rachel había vuelto a colarse en su habitación. Y tras adueñarme de un encendedor de la cocina, me fui hacia la terraza, donde tomé asiento y me dispuse a llevar a cabo la mayor y más soberana estupidez de corta vida en Los Ángeles. Ni siquiera me dio tiempo a dar la primera de las caladas cuando escuché su voz.
—¿Qué estás haciendo?
No la miré. Terminé de prenderle fuego al cigarrillo, y aspiré sin temor alguno la bocanada de humo que se colaba entre mis labios. Un humo con un sabor completamente diferente al del tabaco, que me resultaba familiar por culpa de alguna que otra fiesta universitaria, y que en cuanto llegó a mis pulmones, me hizo toser como un octogenario acatarrado. Tal vez el sabor me era conocido, pero el picor que se instaló en mi pecho me recordaba que no estaba acostumbrada a fumar aquella porquería, y mucho menos lo iba a estar.
—¡Quinn! —exclamó tras acercarse a mi sorprendida— ¿Qué mierda estás haciendo? ¿Te vas a fumar eso?
Yo la miré, sonreí como una idiota y volví a darle otra calada ante su confusa mirada. Yo diría que incluso temerosa.
—Rachel, que no te engañe mi postura, solo quiero evitar que los paparazis te arruinen la carrera si encuentran esto en la basura —bromeé guiñándole el ojo.
—¿Me estás jodiendo? —replicó completamente seria— ¿Te vas a fumar esa porquería? ¿En qué estás pensando?
—En poder evitar que mi cabeza siga jugándome malas pasadas. Solo quiero olvidarme por un día de mi estructurada personalidad, y divertirme. Nada más —añadí tras la tercera de las caladas.
—¿Te tienes que fumar un estúpido porro de marihuana para poder divertirte? ¿Estás loca?
—Rachel —susurré tras levantarme de la silla y colocar el cigarrillo en el cenicero—. Si de esa forma consigo que me mires a los ojos como lo estás haciendo ahora, créeme…Me lo fumaré —sentencié frente a ella.
Supuse que entendió lo que pretendía, porque apenas terminé de hablar volvió a desviar la mirada, esta vez hacia el horizonte donde el Océano Pacífico seguía mostrándose majestuoso. Y yo la esquivé con la intención de colarme en mi habitación y recuperar mi teléfono. Que estuviese haciendo el idiota no significaba que fuese una inconsciente, por supuesto. No pensaba fumármelo entero, ni tampoco habituarme a hacer cosas así cuando me viese envuelta en alguna situación tensa. Solo quise sacar provecho del momento, y que el efecto del porro me hiciera olvidar lo vivido. Rachel no volvió a decirme nada, obviamente porque ya era consciente de que lo hacía por ella, por evitar que mi presencia y mi silencio, siguiese cohibiéndola como lo hacía. Lo que nunca supe era que ella iba a formar parte de la absurda locura.
Apenas tardé un par de minutos en el interior de mi habitación, asegurándome que el teléfono estaba lo suficientemente cargado como para no dejarme tirada como la noche del festival. Y notando ya como los efectos de las tres caladas empezaban a hacer de las suyas en mi cabeza, demasiado rápido, de hecho, regresé al salón dispuesta a continuar con mi idiotez.
No sé si fue precisamente por esos primeros efectos de la marihuana, o es que simplemente la imagen era tan cómica que me hacía imposible contener la risa. Nada más salir y mirar hacia la terraza, comencé a reír tímidamente hasta que tuve que casi tuve que tapar mi boca para evitar que la carcajada saliese de mí. Rachel, sentada en el suelo de la terraza cual indio Cheyenne, se llevaba el cigarro a los labios y daba una sonora calada del mismo, mientras sus ojos se cruzaban en un vago intento por observarlo bajo su nariz. Llegando incluso a mostrarse bizca. La tos posterior a la calada terminó por hacerme reír a carcajadas sin ningún tipo de control, y llamando su atención.
—¿De qué te ríes? —cuestionó con dificultad por culpa de la tos, y del humo que seguía saliendo de su boca, e incluso de su nariz— No te atrevas a juzgarme, yo no lo he hecho contigo.
—Oh dios… ¿Qué haces ahí? —le pregunté tratando de recuperar la compostura, mientras ella volvía a fumar de aquella forma tan graciosa.
—Hago lo mismo que tú. De ese modo tendrás remordimiento de conciencia, y no volverás a fumar esta porquería que sabe fatal —soltó intercalando palabras con la tos que volvía a hacer de las suyas—. Cada vez que fumes, yo también fumaré. Si me aprecias, no lo harás nunca más —añadió con una actitud tan infantil que me hizo creer que la chica que había visto gemir en el baño, no había sido ella. Era imposible que tanta sensualidad de la Rachel mujer, pudiese complementarse con la candidez y la ingenuidad que mostraba en aquel instante. En ese momento no lo supe, pero acababa de conocer a otra Rachel Berry. Una más de las tantas que cobijaba en su cuerpo. Y no, no era precisamente aquella dulce e ingenua. Fueron muchas, miles de veces las que la vi mostrando su faceta caprichosa, infantil, irritante o tierna, por lo que casi que estaba acostumbrada a ello, y verla allí sentada con aquel gesto en su cara no me provocó nada más que gracia. Pero la mujer que estaba en la bañera aquella mañana no. Aquella mujer era una Rachel Berry completamente desconocida para mí. Y no fui consciente de ello hasta aquel preciso momento en el que recordé como había sido durante toda su vida.
Santana lo llamaba promance, pero estaba equivocada. Si teníamos que ponerle un nombre a aquella aventura, sin duda sería descubriendo a Rachel Berry. Al menos desde mi punto de vista.
—¿Si te aprecio no lo haré nunca más? —repetí sonriente, acercándome a ella.
—Por supuesto. Porque si me aprecias no querrás que fume esta porquería. Y para lograr eso tú tampoco tienes que fumarlo.
—Ok, no volveré a fumar más. Me acabas de demostrar que tú también te preocupas por mí.
—¿Lo dudabas? —masculló tras volver a fijar la mirada en el cigarrillo— ¡Oh dios! Me pica en la garganta…Y es asqueroso.
—Lo es, así que vamos, déjalo ya. Por cierto ¿Me explicas por qué te has sentado ahí, en el suelo?
—Para evitar que puedan verme desde los otros bloques —respondió—. Tengo que proteger mi imagen. ¿Recuerdas?
—Pareces un indio —bromeé tomando asiento de la misma forma frente a ella— ¿Me pasas la pipa de la paz?
—¿Qué? No, ni hablar. No voy a permitir que sigas fumando —me respondió segundos antes de lanzarse a darle otra calada, tan grande e intensa que juré ver salir humo de sus orejas. Supe entonces que yo ya estaba inmersa en los efectos de la marihuana, por supuesto.
—No voy a fumar. Voy a tirarlo. ¿Ok?
—Tu cara me dice lo contrario —me miró desafiante—. Te estás riendo. Eso es porque quieres quedártelo.
—No quiero quedármelo. Si me rio es porque me está haciendo efecto, y porque me parece muy divertida tu actitud.
—No —musitó mirándome fijamente—. Me lo voy a fumar entero, para que seas consciente de tus actos.
—Vamos Rachel —intenté quitarle el cigarrillo, pero ella esquivó mi mano y me detuvo con las suyas—. Eso ya no tiene sentido. No quiero que te lo fumes entero, es una porquería. ¿Recuerdas? Vamos, dámelo…Voy a tirarlo por el wáter.
—No, no, no —masculló tratando de mostrarse seria, pero yo no pude contener de nuevo la risa por la escena que estaba presenciando. Eran las 08:23 de la mañana de un lunes cualquiera, y Rachel Berry se fumaba un porro de marihuana para darme una soberana lección. Una lección que yo no necesitaba aprender, porque ya era consciente de lo que suponía aquel acto. Y que traté de zanjar haciendo algo que lejos de acabar con la extraña discusión, nos llevó a algo más físico.
—Dámelo —ordené sin que resultase convincente por culpa de mi poca capacidad para contener la risa. Ella negó al tiempo que se llevaba el cigarrillo a los labios, y hacia el intento de volver a dar otra calada. Digo intento porque yo lo evité, y ahí comenzó nuestra lucha.
No, no es una metáfora. Me bastó lanzar mi mano hacia la suya y tratar de retenerla, para que ella reaccionara intentando evitarlo. Yo volví a intentarlo con mi mano izquierda, y ella rápidamente me esquivó con su derecha. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos ancladas en un tira y afloja que terminó con ella rodando por el suelo de la terraza, y yo sobre ella, muerta de risa y tratando de hacerme con el cigarrillo que a duras penas lograba mantener entre sus dedos.
Hice uso de todas las técnicas habías y por haber en mi poder para salirme con la mía, desde inmovilizarla por completo hasta algún que otro mordisco sin intensidad en sus hombros, pero solo una funcionó. La más sencilla y efectiva de cuántas podrían existir. La mejor para lograr que todo se tornara en calma en nuestras mentes, y liberásemos todas las tensiones; Las cosquillas.
Se retorció, gritó, suplicó, incluso llegó a agredirme delicadamente, si es que eso era posible, buscando mis puntos débiles. Pero no lo logró. Yo gané aquella batalla de cosquillas y me hice con el defenestrado cigarrillo, para salir corriendo con él y lanzarlo directamente al wáter. Ella, mientras seguía en el mismo lugar; Retozando en el suelo sin parar de reír, y de lamentarse con divertidas quejas, culpándome de haberle hecho daño en zonas en las que ni siquiera llegué a tocar. Aunque admito que uno de mis colmillos llegó dejar huella en su hombro derecho.
—Pareces una cría —le recriminé sin perder el tono de humor.
—¿Dónde está? ¿Lo has tirado?
—Claro. Suficiente marihuana por hoy —respondí regresando a la silla. Ella siguió allí, tumbada boca arriba en el suelo de la terraza, y aun con la risa dificultando su respiración.
—Suficiente marihuana por el resto de mi vida —apuntilló divertida—. Guau… ¿Has visto eso? —señaló hacia el cielo, obligándome a alzar la mirada para contemplar como lucía sobre nosotras.
—¿Qué quieres que mire?
—El cielo. Nunca me había visto el cielo de Los Ángeles tan azul.
—Supongo que estar cerca del mar hace que haya menos polución y por eso se ve tan…
—Intenso —me interrumpió ella—. Aun así, sin nubes ni nada, es bonito. ¿Verdad? Solo con el azul.
—Pues sí, sí que lo es —respondí regresando a ella. Y fue en ese instante cuando me di cuenta de cómo mi genial idea había surtido efecto. La tensión había desaparecido por completo entre nosotras. Solo había espacio para comentarios absurdos, enaltecimiento a la belleza de la naturaleza, y por supuesto para las risas. Risas que regresaban a ella y me contagiaban. Risas que indudablemente nacían gracias al efecto casi instantáneo del dichoso porro.
—Oh dios…—musitó tras permitir que una nueva carcajada se escapase de sus labios— No puedo parar de reír, y ni siquiera sé por qué.
—¿Por qué va a ser? Porque casi te has fumado un porro tu sola.
—Pero… ¿Hace efecto tan rápido? —me miró confusa— ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Cuáles son los efectos?
Aguardé pensativa y en silencio mientras esperaba mi respuesta. Yo era consciente de que había empezado a notar los primeros efectos, sobre todo porque me sentía completamente relajada. Pero aún seguía siendo consciente del motivo que me había llevado utilizar el cigarro como excusa. Rachel no. Rachel parecía haberse olvidado por completo del mal trago que habíamos vivido apenas media hora antes, y se mostraba completamente desinhibida. Tenía que aprovechar la situación, sin duda.
—Pues decir la verdad —respondí tras notar como me buscaba con la mirada un tanto expectante.
—¿Decir la verdad?
—He oído que hace que quienes la consumen, se desinhiben y hace que hables de cosas que realmente piensas sin temor alguno.
—Vaya…Eso suena peligroso —murmuró regalándome otra de sus sonrisas. Una más para la colección, sin duda.
—¿Peligroso? Peligroso es engancharse a eso, no a decir lo que piensas.
—Oscar Wilde dijo que un poco de sinceridad es algo peligroso; demasiada sinceridad es absolutamente fatal —replicó con una serenidad que me sorprendió—. Ups, veo que también me hace filosofar —añadió recuperando la risa.
—Ya veo…
—¿Y bien? ¿Te sientes lo suficientemente colocada como para hablar sin miedos? —me dijo, y admito que la sorpresa por aquel comentario me invadió de nuevo. No paraba de reír, pero podría jurar que era plenamente consciente de lo que decía, y por qué lo decía.
—Yo nunca tengo miedo a hablar de nada, ya deberías saberlo.
—¿Seguro? Porque yo creo que sí hay temas de los que no te atreves a hablar.
—¿Me estás desafiando?
—Mmm…No lo sé. ¿Tú crees que es un desafío que te diga que sé que hay temas de los que prefieres no hablar por vergüenza?
No dije nada. La miré, me deslicé lentamente por la silla hasta sentarme en el suelo junto a ella, y dejé que el juego empezara. Si había alguien interesada en hablar de temas prohibidos, sin duda esa era yo. Me lo estaba poniendo en bandeja.
Ilusa hasta caer en lo patético. Así era yo.
—¿De qué me da vergüenza hablar? —cuestioné permitiéndole que fuese ella quien tomase la palabra. Rachel volvió a reír, y hasta que no pudo controlarlo no volvió a hablar. Y lo dijo tomándome de nuevo por sorpresa.
—¿Sabes de lo que me he dado cuenta cuando me has atacado? —cuestionó segundos antes de recibir mi negación—. Hoy no hueles a mi gel de chocolate —añadió sin perder la sonrisa, desconcertándome aún más de lo que ya estaba—. No te rías, ni siquiera te atrevías a mirarme cuando me di cuenta que lo habías usado.
—¿De verdad crees que me da vergüenza hablar de eso?
—No lo has vuelto a usar desde que te lo insinué —replicó sin perder la sonrisa.
—Solo lo usé ese día porque estaba ahí, en el baño —me excusé—. Solo tenía el gel apestoso que Santana me obligó a robar del hotel, y pensé que no te iba a importar.
—No, en absoluto —respondió sonriente—. Esta es tu casa y puedes utilizar todo lo que hay en ella —añadió sin dejar de mirarme—. Es solo que me sorprendió ver como esquivabas el tema cuando lo mencioné.
—No es que lo esquivase, simplemente no le di importancia —volví a excusarme patéticamente. Lo cierto es que sí me dio vergüenza que supiera que había utilizado su gel, y aún sigo sin comprender por qué. Simplemente, recé porque no se percatase de ello en su estado.
—Ok, pues ya lo sabes…Puedes utilizar absolutamente todo.
—¿Inclusive el bronceador con olor a coco? —bromeé, pero algo pasó. La situación parecía revertirse y ahora era ella quien parecía mostrarse incomoda. Ver como la sonrisa desaparecía de su rostro me puso en alerta—. Es…Es bronceador lo que utilizas, ¿no?
—¿Cómo lo sabes? Eso no está en el baño.
—Lo, lo he olido. La otra mañana, cuando salimos a correr olías a coco —respondí aun sin saber por qué le confundía aquello.
—¿Me oliste?
—Rachel, toda la casa olía a coco… Es más, creo que incluso yo olía a coco. Cuando desperté parecía que mi cama estaba impregnada con ese…olor —terminé balbuceando al ver como se removía inquieta, y me esquivaba la mirada—. ¿Pasa algo? ¿Ocurre algo con ese bronceador? Puedes estar tranquila. ¿Ok? No, no pienso utilizarlo, yo…Yo tengo mis propias cremas.
—No, no ocurre nada. Solo es una crema protectora, puedes utilizarla también si lo deseas. No, no hay problema —masculló dejándome claro que no estaba siendo del todo sincera. De hecho, se mantuvo pensativa por varios segundos, o minutos tal vez. Yo preferí esperar a que hiciera o dijera algo más mientras me fijaba en ese cielo azul que seguía regalándonos una luz increíble, porque a juzgar por su indecisión y las miradas que me regalaba, sabía que pretendía seguir hablando. No estaba equivocada—. Quinn…—susurró segundos después de poder escuchar como tragaba saliva y me miraba con curiosidad— Si es cierto que la marihuana nos hace decir las cosas sin más, siendo completamente sinceras y sin temor o vergüenza, hay algo que me gustaría que me respondieras. De hecho, realmente necesito que me respondas.
—Ok, pero no es necesario estar bajo los efectos de la marihuana. Puedes preguntarme lo que quieras cuando desees, y yo te responderé honestamente —le dije prolongando una breve pausa—. Siempre lo he hecho, excepto si es por el gel de chocolate —bromeé al notar como su semblante se volvía serio—. Eso te lo voy a esquivar siempre —añadí y una tímida sonrisa volvió a aparecer en su rostro—. ¿Qué quieres saber?
—Cuando...Cuando estábamos en el festival. ¿Tú hablaste con Louis de mí?
—¿De ti? Pues…No sé, supongo que sí.
—¿Supones?
—No sé, Rachel. No recuerdo exactamente lo que hablé con ese chico. A decir verdad, no me interesaba demasiado, y simplemente le seguía la corriente como si me importara algo —sonreí buscando su complicidad, pero ésta no llegó. De hecho, Rachel volvió a mostrarse completamente seria y dubitativa—. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Te ha dicho algo él de mí?
—Eh… No, bueno tal vez sí, pero veo que solo me estaba mintiendo.
—¿Mintiendo? ¿Qué te dijo?
Volvió a dudar, y la tensión en su mandíbula se dejó notar mientras un leve rubor ascendía por sus mejillas. Tardó varios segundos en reaccionar.
—Cuando te fuiste a los servicios a ponerte la camiseta que te compré, me dijo que habíais estado hablando y que le parecías muy interesante. Me preguntó por tu carrera como actriz.
—Oh, sí eso —la interrumpí recordando la conversación—. Fanfarroneé un poco con él. Le dije que no paraba de hacer teatro en New York y él me dijo que cuando volviese a su ciudad, buscaría alguna de mis obras para ir a verme. Espero que no se acuerde, la verdad. No va a encontrar mucho de mí —bromeé tratando de cambiar su gesto serio—. ¿Dijo algo más?
—Sí. Me, me dijo que tenía muy buen gusto por estar con una chica como tú, y que no se lo esperaba. Que no creía que a mí me pudiesen gustar las chicas.
—Bueno —sonreí complacida—. Eso no es nada malo, todo lo contrario. Al menos por lo que me toca, yo también lo pienso. Tienes un muy buen gusto.
—Quinn, no se trata de eso —irrumpió en mi nuevo intento por amenizar la conversación y hacerla sonreír.
—¿Ah no? ¿Entonces?
—Yo no le dije que eras mi chica. De hecho, no se lo he dicho a nadie. ¿Se, se lo dijiste tú?
—¿Yo? —musité buscando en mi memoria todos los detalles que lograba recordar de aquella conversación, tratando de encontrar el momento exacto en el que le confirmé que era mi chica. Pero no lo encontré. No recordaba haberle dicho tal cosa.
—Ya me extrañaba —replicó con algo de decepción en su voz, aunque también más relajada.
—Rachel, no recuerdo haberle dicho nada de nosotras, más que estaba aquí de vacaciones contigo y…Ok
—¿Qué?
—Creo que sí —confesé recordando mi pequeño desliz—. Le dije que eras mi chica, pero luego rectifiqué y le hice ver que no, que solo somos amigas —añadí esperando su sonrisa, pero esta seguía sin aparecer. Todo lo que recibía era su mirada llena de confusión—. ¿Te ha molestado? ¿Te he metido en problemas?
—¿Qué? No, no claro que no —reaccionó rápidamente.
—¿Entonces? ¿Por qué me miras así? Solo fue un desliz sin importancia, como cuando tú le dijiste a la dependienta del centro comercial que yo era tu chica —sonreí—. Supongo que a veces el subconsciente nos juega malas pasadas. ¿No crees?
—Pues sí —musitó dejando escapar por fin una tímida sonrisa.
—No te ha molestado, ¿verdad? —insistí obligándola a que el desvío de su mirada quedase en nada, y de nuevo posara sus ojos sobre los míos.
—No, para nada. Todo lo contrario, es…Es halagador, y divertido. Ya me resultó muy extraño escucharte decir que serias mi chica, pero que se lo digas a otros es…No sé. Jamás habría imaginado que Quinn Fabray me tratase como tal ante desconocidos.
—Créeme, yo tampoco lo habría imaginado. ¿Pero sabes qué?
—¿Qué? —preguntó sin poder contener la curiosidad que parecía invadirla.
—No tendría problema alguno en reconocerlo si realmente fuese cierto. No, no me sentiría incómoda diciéndole al mundo que eres mi chica si fuese real.
—¿No?
—No, para nada —apuntillé logrando que por fin regresara su mejor sonrisa, la que tanto me gustaba contemplar y recibir, por supuesto—. No me importaría en absoluto, es más… Me sentiría orgullosa.
—¿Orgullosa? —repitió sin poder evitar dejar escapar una leve risotada. Pude diferenciarla perfectamente de su risa habitual, y supe que estaba inducida por los efectos de la marihuana.
—Pues sí. Muy orgullosa, de hecho.
—¿Incluso si lo doy absolutamente todo mientras te beso en mitad de un concierto de The Haim, con 30.000 personas a nuestro alrededor?
Iba a responder de nuevo de manera afirmativa, pero fue mencionar el beso e instintivamente la escena de nosotras dos besándonos se coló en mi mente. Me contuve. Me contuve al responderle porque me daba miedo estropear la buena sintonía que manteníamos, sin embargo, una vez más me equivoqué.
—Aún sigo tratando de comprender como me dejaste hacer aquello —añadió divertida—. Pero la culpa la tienes tú.
—¿La culpa?
—Sí, la culpa. Aún recuerdo cómo me dijiste en la playa que yo no sabía besar, y ya sabes que tus palabras me influyen demasiado. Te aseguro que no era mi intención hacerlo de esa manera, pero después de las cervezas, de la conversación con Louis, y del bloguero estúpido, que por cierto nos ignoró por completo, me dejé llevar sin más. Sin pensar en ti ni en como podrías reaccionar. Cuando vi que ni siquiera me mirabas después de besarte, quise pedirte perdón y sobre todo que me tragase la tierra. Es más…Creí que una de las excusas por la que te habías ido con Aaron, era precisamente para olvidarte de lo que te había hecho. Fui tan patética.
—¿Pensaste que me fui con Aaron para olvidarme de tu beso? —la interrumpí sorprendida por la confesión.
—Pensé que sería una de las razones. Entiendo que no debe ser agradable para ti vivir una situación como la que yo provoqué.
—Rachel…
—No, no —me detuvo señalándome con el dedo desafiante—. Estamos hablando con sinceridad. ¿No es cierto? Así que ni se te ocurra culparme o enfadarte por lo que pensé en un momento determinado, en una situación concreta y sin saber qué diablos estaba sucediendo. Estamos confesando verdades, así que no valen las discusiones —añadió, y yo tuve que contener de nuevo el alud de pensamientos que me lanzaban hacia aquel momento, en el que descubrí como eran los besos reales de Rachel Berry. Y de cómo logró que mis piernas temblasen con ellos—. ¿No, no me vas a decir nada? —cuestionó tras mi prolongado silencio— Te he dicho que no valen discusiones, pero tampoco es para que te quedes callada y…
—Me encantó —solté sin más, sin pensar en las consecuencias de aquella respuesta y lo que podría provocar. Por suerte pude reaccionar a tiempo, porque la cara que Rachel me mostró tras escucharlo era de total y absoluta sorpresa—. Quiero decir, tenías razón al decirme que sí besabas bien. O sea… No es que me gustara, bueno sí, pero no de la forma…Ya, ya sabes, no es que me guste besar a chicas, pero reconozco que sabes besar muy bien, y…Ok, creo que el maldito porro me está afectando de veras —mascullé siendo consciente de cómo estaba liándome con la explicación, y todo lo que hacía era hacerle creer algo completamente diferente a lo que sentía.
—Gracias —susurró rompiendo la tensión que me invadía—. Nunca está de más que reconozcan tus méritos —añadió haciendo exactamente lo que yo había estado haciendo todo el tiempo; Que la complicidad no desapareciese por algún comentario de más.
—Supongo que son los daños colaterales de ser sinceras y honestas —dije justo cuando mi teléfono me avisaba de la llegada de un mensaje. Abandoné mi improvisado asiento en el suelo frente a ella, y me dispuse a averiguar el remitente del mismo, cuando noté como su mano se anclaba a mi pierna y detenía mi paso.
No dije nada. La miré y vi como ella también lo hacía, pero con gesto completamente diferente al que había estado mostrando en toda la conversación. El movimiento en su mandíbula y en su cuello, más el suspiro que dejó escapar, me hizo comprender que parecía querer decirme algo importante.
—¿Estás bien? —le pregunté volviendo a agacharme hasta quedar a su altura. Ella se mantuvo firme, pero su lenguaje corporal me hacía indicar todo lo contrario. Saber leer esos gestos fue uno de los motivos por los que decidí estudiar psicología. Ella y su personalidad, lograban que mi aprendizaje fuese perfecto, sin duda— ¿Qué sucede, Rachel? —insistí.
—Estamos siendo sinceras. ¿Verdad?
—Eh…Sí, claro.
—Ok. Entonces creo que hay algo que debo contarte —musitó sin dejar de mirarme—. Algo, algo importante de mi vida.
Volví a guardar silencio. Me dejé caer sobre mis rodillas y le ofrecí toda mi atención para que, por fin, me contase eso que yo tanto quería conocer. Porque a juzgar por la mirada y la tensión que mostraba, todo parecía indicar que era precisamente aquello por lo que tantas veces le pregunté. Aquello que ni Santana parecía conocer.
—Quinn yo…
Dos palabras y un timbre rompiendo el estado de complicidad que habíamos logrado alcanzar en aquel instante, y más de dos semanas de absoluta incertidumbre por mi parte.
Nunca lo he dicho, pero Santana además de ser la jefa de un clan mafioso de la Vieja Sicilia, también era el número uno en el ranking de personas más inoportunas del mundo.
Qué digo mundo, ¡del Universo!
