No podía conducir. A penas si podía respirar. Las lágrimas le nublaban la vista y todo lo que podía ver era la imagen que había quedado grabada en su retina. Como si alguien hubiera borrado todo lo que había en su cerebro y en su lugar lo hubiera reemplazado con tan solo una imagen. Un momento. Su marido, el hombre al que ella había dado todo y a quien creía la persona más generosa del mundo entero, y Elizabeth, desnudos en la cama del dormitorio principal en Trenwith. Se había tenido que detener luego de tan solo un par de kilomentros. La carretera que iba de Trenwith a Nampara bordeaba la costa. Demelza bajó del auto y sin siquiera dar ordenes sus piernas la llevaron hacia el borde del acantilado que estaba mas allá de un pequeño campo. Se sentía tan débil que si la brisa hubiera tenido un poco más de fuerza tal vez se la hubiera llevado.

Permaneció allí parada quien sabe cuanto. El tiempo al parecer se detenía cuando tu vida se destruía por completo. Lloró. Sola sobre ese acantilado lloró la pérdida de su vida como la conocía hasta entonces. Porque no sabía que era lo que iba a suceder a partir de ese momento, pero lo que si sabía era que las cosas no iban a volver a ser como antes. ¿La dejaría Ross? ¿Acaso quería ella estar con él después de esto? De repente un fuerte sollozo escapó su garganta y la desolación dio paso a la furia en un instante. Lo odiaba ¿Cómo podía haberle hecho esto? ¿Su matrimonio no significaba nada para él? ¿Ella no significaba nada? Quería matarlo. Si Ross hubiera ido tras ella y se hubiera aparecido en ese momento ella habría sido capaz de tirarlo por el precipicio. Pero él no la había seguido. Era obvio ahora cuan poco le importaba a su esposo lo que ella sintiera. No había sido siempre así, claro. Las dudas que había tenido al comienzo de su relación, que fue el comienzo de su matrimonio también, se habían disipado y ella no dudaba del amor de su esposo por ella. Habían sido felices durante varios años. Su hogar estaba lleno de amor, de besos, abrazos y caricias. De su amor había nacido Jeremy y a sus hijos nada les había faltado. Julia era la consentida de su padre, él la adoraba y nadie más que Ross se podía llamar su padre. Ahora todo eso se había terminado. Quizás era en parte su culpa también. Demelza no podía decir que esto era una sorpresa, no después de los últimos meses en los que vio cómo Ross se alejaba cada vez más de ella, en los cuáles era cada vez menos el tiempo que pasaba en casa y más el tiempo que pasaba en Trenwith. Sus celos tenían fundamento después de todo, si ella le hubiera dicho algo… No, ¿pero que estaba pensando? Porqué debería sentirse culpable cuando era él el que había sido infiel. Él el que no se interesaba en su propia empresa, él el que no veía todo lo que ella hacía por su familia. No, no dejaría que la destruyera. Si el no quería ser más parte de su familia, si no quería ser más su marido, pues allá él. Ella tenía que pensar en sus hijos, su bienestar era todo lo que le importaba. Qué Ross se las arreglara sólo.

Las lágrimas habían cesado. Ya había llorado lo suficiente por una vida. Demelza se secó la humedad de las mejillas, el viento había ayudado un poco. Miró hacia atrás, adonde había dejado el auto. Un poco más allá, en la carretera, algunos pocos autos iban y venían. Demelza miró en dirección a Trenwith, hubiera pensado que para entonces Ross ya la habría seguido de vuelta a casa. Aunque sea para terminarlo todo. Pero al parecer Ross no era el hombre que ella conocía, ahora era un extraño. Una oveja negra, dijo una voz en su cabeza.

Cuando llegó a casa los niños estaban jugando en el jardín y corrieron a recibirla. Ella los abrazó más fuerte que de costumbre y de reojo vio como Prudie la observaba con curiosidad. "¿Todo está bien?" preguntó la mujer – "Todo está bien. ¿Quién quiere unos scons para tomar la merienda?"

"¡Yooo!" gritaron los niños al unísono. "Con chispitas." – añadió Jeremy. Demelza los besó una vez más y se dirigió a su casa, con ellos y Prudie pisándole los talones. Al parecer no había logrado disimular lo suficiente como para que ella no se diera cuenta.

Luego de ayudar a mamá a amasar y tomar la leche, Julia y Jeremy se pusieron a hacer los deberes, lo que dio un tiempo a solas a las mujeres para que Prudie preguntara que era lo que había sucedido.

"¡Judas!" exclamó cuando Demelza le contó lo que había pasado. Había logrado mantener su voz baja y controlada, su mandíbula apretada para que los niños no se dieran cuenta, pero casi rompe en llanto de nuevo cuando los ojos de Prudie se volvieron vidriosos. "¡Judas!" – dijo de nuevo y tomó sus manos – "Ese… malnacido. ¡Ya va a ver cuando lo tenga en frente! La de patadas que le voy a dar…"

"Shhh… Prudie."

"Oh si, si. Shhhh… ¿Y adónde está ahora?"

Demelza se encogió de hombros. "No lo sé. Imagino que seguirá discutiendo con Francis ó… no sé, no me importa… Oh, Prudie." La mujer la abrazó y Demelza sollozó un poco sobre su hombro pero se compuso rapidamente, no quería que los niños la vieran así. Sus vidas estaban por cambiar por completo y lo mejor para ellos era ver a su madre entera, fuerte. Eran muy pequeños aún para comprender.

"Ya verá cuando vuelva… ¡Hacerle eso a usted, qué le dio todo! Que lo curó y le dio a la niña, y que convirtió esta pocilga en un hogar…"

"Prudie, ya… quizás me tenga que ir ¿adónde me iré con los niños?"

"¡¿Irse?! ¿Usted? Usted no se va a ningun lado Señorita, eso sí que no. Si alguien se tiene que ir, es él. Él es el que está mal…"

"Pero esta es su casa, la casa de su familia, él… él va a querer traer a Elizabeth aquí."

"Nada de eso, nada de eso. Esa bruja no va a poner nunca más un pie en esta casa, o también se las va a tener que ver conmigo."

Demelza no estaba tan segura. Trenwith era la casa de Francis y Verity y si Ross quería estar definivamente con Elizabeth, pues Nampara era su hogar. El había nacido allí.

Demelza se encontró sentada durante un largo rato junto a los niños que hacían sus deberes en la mesa de la sala. Le hablaban de tanto en tanto y ellas les sonreía y respondía sus preguntas. Eran tan buenos niños. Pero cuando los pequeños estaban concentrados en sus cuadernos ella no podía dejar de pensar en su esposo. En que cualquier momento entraría por la puerta y allí se terminaría todo. Porque todo acabaría. Ella no quería seguir con él. Miró su reflejo en la gran mesa y se puso de pie de un salto cuando recordó que el padre de Ross había comprado esa gran mesa para Elizabeth. También había reformado la cocina. No, sería ella la que se tendría que ir. Esa casa, Nampara, siempre había estado destinada a Elizabeth.

Demelza no recordaba que había hecho el resto de la tarde. De repente había oscurecido. Prudie lavando los platos de la cena y ella bajaba las escaleras tras haber acostado a los niños cuando escuchó el sonido de su telefono. ¿Adonde… adonde estaba su celular? No lo había sacado de su cartera cuando llegó a casa. La llamada se cortó pero cuando finalmente lo encontró ya estaba sonando de nuevo. Demelza miró la pantalla, era Dwight.

"¿Hola?"

"¿Demelza?"

"Dwight, ¿cómo, cómo estas?"

"Demelza, tienes que venir a la clínica. Ross está internado."


NA: Gracias por leer y perdón por hacerlas sufrir, pero no sería Poldark si no sufrieramos un poco ;)