Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Separados»
Hinata cortó unas lilas fragantes de un frondoso arbusto situado en las lindes del jardín de Uzumaki Manor, la casa solariega de las afueras de Londres que había sido su hogar durante las últimas tres semanas. Intentó concentrarse en su tarea para no hacerse un corte en los dedos, pero le resultaba casi imposible.
Habían pasado tres semanas desde su enfrentamiento con Naruto.
Tres semanas desde que la había enviado allí para apartarla de su lado sin darle otra cosa que una nota escueta: «Si tuvieras una visión, o cuando sepas si estás encinta, comunícamelo de inmediato».
Sin embargo, durante esas tres semanas no había tenido una sola visión... No había sentido más que una gran pesadumbre. Y todavía no sabía si estaba encinta. Cada noche se acostaba en su cama, sola, llena de ansiedad, con las manos sobre el vientre, intentando percibir si una criatura estaba creciendo en su interior, pero no veía más que oscuridad, una ne grura inexorable.
Habían sido las tres semanas más largas y más solitarias de su vida.
Por otro lado, la alternativa de habitar bajo el mismo techo que Naruto, viéndole todos los días, intentando ocultar su sufrimiento y sosteniendo la mentira que había inventado, le ha bría resultado imposible. Se encontraba mucho mejor donde estaba.
Aun así, la angustia que la acompañaba a todas partes no daba señales de remitir. Trataba de mantenerse ocupada, distraer su mente para no torturarse preguntándose qué estaría haciendo él. O con quién estaría haciéndolo.
Sin embargo, por más flores que cortara, por más agua de lilas que destilara, por más horas que pasara leyendo o vagando por los jardines, nada mitigaba el dolor que atenazaba su co razón. Intentaba consolarse recordándose que sus actos habían ahorrado a Naruto el tormento de perder a una hija y el infortunio de un matrimonio casto, pero nada podía borrar la aflicción que la embargaba cada vez que visualizaba el rostro de su marido.
Una imagen de Naruto le vino a la mente helándole la sangre. Recordó cómo la había fulminado con la mirada durante los últimos momentos que estuvieron juntos, con una expresión de odio implacable.
Los ojos se le arrasaron en lágrimas y se las enjugó impacientemente con las manos enguantadas. Se había prometido que no lloraría ese día. ¿Cuánto tardaría en ser capaz de pasar un día entero sin llorar? Estuvo a punto de soltar una carcajada. Dios santo, ¿cuánto tardaría en ser capaz de pasar al me nos una hora sin llorar?
-Ahí estás. -Oyó la voz de Konohamaru a su espalda-. Ino casi te había dado por perdida.
Eldesánimo se apoderó de ella, y rápidamente se secó los ojos. Adoptó la expresión más alegre que le fue posible, se volvió y le sonrió a su cuñado, que se acercaba por el sendero.
Al verle la cara, Konohamaru casi se detuvo en seco. Maldición, Hinata había estado llorando otra vez. A pesar de su sonrisa, sus ojos enrojecidos delataban las noches en vela que había pasado y su profunda tristeza.
Konohamaru sintió un arrebato de rabia. ¿Qué diablos ocurría con su hermano? ¿Es que Naruto no se daba cuenta de lo abatida que estaba? No, por supuesto que no; él se hallaba en Londres. Hacía tres semanas le había pedido a Konohamaru que acompañase a Hinata, Ino y su madre a Uzumaki Manor con instrucciones de no regresar a Konohagakure Hall hasta que se re solviese el caso de la muerte del alguacil.
Pero Konohamaru sabía que algo marchaba muy mal entre su hermano y Hinata. Había visitado a Naruto el día anterior y, por el rato que pasaron juntos, dedujo que éste se encontraba tan abatido como Hinata, o incluso más. Jamás había visto a Naruto de peor humor.
En cuanto a Hinata, nunca había visto a una persona tan alicaída y desconsolada como ella. Le parecía una bella flor que alguien se hubiese olvidado de regar y que empezaba a languidecer y marchitarse. Bueno, pues estaba harto de eso. Lo que mantenía a Naruto y a Hinata separados, fuera lo que fuese, debía terminar.
Fingiendo no fijarse en sus ojos llorosos, hizo una reverencia formal y exagerada.
-Estás preciosa, Hinata. -Sin darle oportunidad de con testar, la tomó del brazo y echó a andar por el sendero-. Debemos darnos prisa, el coche de viajeros sale dentro de... -hizo un cálculo rápido de lo que tardarían Ino y su madre en hacer las maletas- dos horas. -Sabía que las dos se pondrían frené ticas cuando se lo dijese, pero las situaciones desesperadas re querían medidas desesperadas-. No está bien que posponga mos la diversión.
-¿Coche de viajeros? ¿Diversión? ¿De qué estás hablando?
-Pues de nuestra excursión a Londres. ¿Es que Ino no te ha dicho nada? -La miró con disimulo y advirtió que palidecía.
-No. Yo... no tengo ganas de ir a Londres.
-Tonterías. Claro que tienes ganas. Pasar demasiados días a solas en el campo resulta agobiante. Iremos al teatro, saldre mos de tiendas, visitaremos museos...
-Konohamaru. -Se detuvo y se soltó de su brazo.
-¿Sí?
-Aunque agradezco la invitación, me temo que no puedo acompañarlos. Espero que lo pasen bien.
Konohamaru se preguntó si ella era consciente de lo desconsoladora que resultaba su tristeza. Y adivinó la razón de su negativa a ir a Londres: el zoquete de su hermano. Suspiró y sacudió la cabeza.
-Es una pena que no quieras venir. La casa enorme y vacía de la ciudad no será lo mismo sin ti.
-¿Vacía? -preguntó ella con el entrecejo fruncido.
-Claro, porque Naruto se ha ido a su finca de Surrey para la..., esto..., la inspección anual de las cosechas. Seguro que te ha hablado de ello.
¿La inspección anual de las cosechas? Konohamaru estuvo a punto de poner los ojos en blanco al pensar en la absurda excusa que acababa de inventar.
-Me temo que olvidó mencionarlo.
Sacudiendo la cabeza, Konohamaru emitió un resoplido de disgusto.
-Típico de mi hermano mayor. Siempre olvida estas cosas.
-¿Cuánto tiempo estará en Surrey?
-Oh, al menos quince días -mintió Konohamaru con cara de palo-. Lo pasaremos de maravilla. Además, Ino pondrá el grito en el cielo si no vienes. Te necesita desesperadamente como acompañante para ir de compras, pues los gustos de nuestra madre son demasiado sobrios. Además, me ahorrarás la deprimente perspectiva de no tener a nadie con quien conversar excepto mi madre y mi hermana. -Hizo una mueca de fingido espanto-. ¿Lo ves? Sencillamente tienes que venir.
De inmediato notó que ella estaba considerando seriamente su propuesta y se sintió aliviado al ver en sus labios algo que parecía una sonrisa auténtica. Un esbozo de sonrisa, pero auténtica de todos modos.
-De acuerdo. Quizás un viaje a Londres suponga un agradable cambio de aires. Gracias, Konohamaru.
-Es un placer.
-Supongo que lo mejor será que vaya a hacer las maletas.
-Es una idea excelente. Ve a prepararte, yo vendré enseguida.
La observó alejarse y aguardó a que se perdiese de vista en el laberinto. Cuando estuvo seguro de que no podía verlo, saltó por encima de un seto de una manera muy impropia de un lord, cosa que le habría provocado un desmayo a su madre, y echó a correr a toda prisa hacia la entrada lateral de la casa.
Debía informar a Ino y a su madre de su inminente viaje a Londres.
¿Estaba embarazada?
Naruto, sentado en su estudio, contemplando el fuego de la chimenea con su cuarta copa de brandy en la mano, intentaba en vano ahuyentar de su mente la pregunta que lo atormentaba desde hacía tres semanas. Sai se encontraba de pie junto a la repisa de la chimenea, contándole algo sobre los últimos cotilleos que había oído en White's, pero Naruto no lo escuchaba. Después de varias copas más, sin duda dejaría de oír la voz de su amigo por completo. Tal vez dejaría también de sentir.
Había pasado esas tres semanas siguiendo el rastro de dos soldados que habían servido en el ejército con Menma pero, tal como habían declarado hacía un año, los dos le dijeron que lo habían visto, como a tantos otros ese día, caer en la batalla. También había esperado recibir más instrucciones por parte del chantajista, pero no le llegaron. ¿Por qué el hombre no había intentado cobrarle las cinco mil libras que le exigía? Si Hinata estuviese allí, tal vez podría...
Desechó el pensamiento, pero era demasiado tarde. Ella estaba grabada a fuego en su mente y, por más que intentaba no hacerse esa pregunta, la incertidumbre lo reconcomía por den tro: ¿estaría embarazada? Aguardaba la respuesta con ansia y también con miedo. Si lo estaba, tendría un hijo suyo..., un hijo destinado a morir antes de tener la oportunidad de disfrutar de la vida. Si Hinata no estaba encinta, su matrimonio habría acabado. Una risa amarga brotó de su garganta. Maldición, pasara lo que pasase, su matrimonio había llegado a su fin.
Apuró el contenido de la copa, se levantó y se acercó a las licoreras de cristal posadas en la mesita junto a las ventanas que daban a la calle. Se sirvió un brandy doble y descorrió la cortina.
Las verdes praderas de Hyde Park se extendían al otro lado de la calle, y una hilera de carruajes desfilaba por sus caminos. Caballeros y damas de elegante atuendo paseaban a la luz de la tarde, con sonrisas que parecían de alegría en el rostro.
Sonrisas de alegría. Una imagen de Hinata riendo apareció ante sus ojos, y se bebió la mitad de su copa de un trago. Demonios, ¿cuánto tiempo habría de pasar antes de que ella dejase de ocupar todos los rincones de su cerebro, antes de que su ira y su dolor remitiesen? ¿Cuánto tardaría en ser capaz de res pirar sin que le doliese el pecho a causa de esa pérdida? ¿Cuándo dejaría de odiarla por haberle desgarrado el corazón, y cuándo dejaría de odiarse a sí mismo por permitírselo? Maldita sea, ¿cuándo dejaría de amarla?
No conocía la respuesta, pero, por todos los cielos, esperaba que otro brandy acelerase el proceso. Alzó la copa para llevársela a los labios, pero se detuvo al ver que un carruaje ne gro y lustroso tirado por cuatro hermosos caballos zainos se acercaba, «Diablos -pensó-, parece uno de mis coches.» Al inclinarse hacia la ventana, avistó el inconfundible emblema de los Namikaze grabado en la puerta de ébano lacado.
¡Maldición! Sin duda era Konohamaru, que volvía para fastidiarlo. Había soportado la compañía de su hermano el día anterior y no tenía ningunas ganas de repetir la experiencia.
-¿Algo te ha llamado la atención ahí fuera? -le preguntó Sai, yendo a colocarse a su lado junto a las licoreras-. ¿No es ése uno de tus carruajes?
-Me temo que sí. Al parecer mi hermano ha decidido hacerme otra de sus visitas inesperadas.
El coche se detuvo frente a la casa, y un criado abrió la portezuela. La madre de Naruto se bajó.
-¿Qué hace ella aquí? -preguntó Naruto.
Sin duda habría venido para ir de compras. De pronto se quedó paralizado y se le hizo un nudo en el estómago. ¿Sería posible que su madre o Konohamaru le trajesen un mensaje de Hinata? No bien se le hubo ocurrido esa perturbadora posibilidad, nada me nos que Hinata bajó del carruaje. Naruto apretó con tanta fuerza la copa que el cristal delicadamente tallado se le clavó en la piel.
-Maldita sea, ¿qué está haciendo ella aquí? -gruñó, al tiempo que mil dudas se agolpaban en su cabeza.
¿Sabía ya si estaba embarazada? Sólo habían transcurrido tres semanas. Si ella lo tenía claro tan pronto era seguramente porque no lo estaba, ¿o sí? ¿Acaso su presencia se debía a que había tenido otra visión sobre Menma? Miró por la ventana, conteniendo el impulso de pegar la nariz al vidrio como un niño delante del escaparate de una tienda de golosinas, ansioso por contemplarla mejor.
Llevaba un vestido de viaje verde azulado con un sombrero a juego. Unos rizos color azabache enmarcaban su rostro, y él se acordó de inmediato del tacto de su suave cabello entre los dedos. Incluso desde lejos alcanzó a ver sus oscuras ojeras, señal de que había pasado noches en vela.
El criado extendió el brazo hacia el interior del carruaje y ayudó a Ino a bajarse.
-¿Qué demonios está haciendo ella aquí? -preguntó Sai bruscamente, apartando a Naruto de la ventana para no perder detalle.
Naruto dirigió a su amigo una mirada sorprendida.
-Es mi hermana. ¿Y por qué razón no debería estar aquí? Además, ya conoces a mi familia. Se desplaza en manada, como los lobos. Te apuesto lo que quieras a que mi hermano está a punto de hacer una de sus apariciones triunfales.
Como si hubiese estado esperando esta señal, Konohamaru salió del carruaje con una enorme sonrisa en la cara. ¡Maldición! ¿Qué se traía entre manos esta vez? ¿Y por qué había venido Hinata en lugar de mandarle un mensaje? Naruto se apartó de la ventana, posó bruscamente la copa sobre la mesa y se di rigió con furia hacia la puerta.
-¡Naruto, qué grata sorpresa!
Al oír estas palabras de su suegra, Hinata se volvió rápidamente. Allí, bajando a grandes zancadas hacia el vestíbulo, con el cuerpo tenso de ira, estaba su marido.
La invadió una gran consternación. Cielo santo, ¿por qué se encontraba él allí? ¿No se había marchado a Surrey?
Permaneció inmóvil, con los ojos clavados en él, intentando reprimir la oleada de cariño y añoranza que la asaltó, pero fue inútil. Dios, lo había echado tanto de menos...
Pero la expresión de Naruto no dejaba lugar a dudas de que él no la había echado de menos. De hecho, cuando llegó al ves tíbulo, hizo caso omiso de ella.
Se inclinó y aceptó un beso de su madre.
-No los esperaba -dijo con rabia contenida-. Todo va bien, espero.
-Oh, sí -dijo la viuda con una sonrisa-. Ino, Hinata y yo estábamos deseando ir de tiendas, y Konohamaru se ha ofrecido amablemente a acompañamos a la ciudad.
Naruto fulminó a su hermano con la mirada, achicando los ojos.
-Qué detalle por tu parte, Konohamaru.
La sonrisa de Konohamaru podría haber iluminado la habitación entera.
-Oh, no es molestia en absoluto. Siempre es un placer viajar en un carruaje repleto de damas encantadoras.
Naruto miró a Ino enarcando una ceja.
-¿No recorriste bastantes tiendas cuando estuviste aquí hace unas semanas?
Una carcajada alegre escapó de los labios de Ino.
-¡Oh, Naruto, qué divertido eres! Deberías saber que una mujer nunca se cansa de ir de compras.
Hinata estaba soportando el terrible bochorno que le producía aquella situación. Su marido ni siquiera parecía ha ber reparado en su presencia. Se impuso un silencio incómodo.
Ella sintió que se sonrojaba y sólo deseó que la tierra la traga ra. Pero justo cuando creía que Naruto se alejaría de allí sin sa ludarla, él se volvió y la miró fijamente.
La furia glacial que irradiaban sus ojos azules la heló hasta la médula. Y aunque tenía la mirada clavada en ella parecía más bien que la traspasara sin verla, como si en realidad su esposa no estuviese allí.
Todas las esperanzas que Hinata había alimentado de que el tiempo suavizase el trato que Naruto le daba se trunca ron al ver esa mirada. ¿Cómo diablos iba ella a sobrevivir a esa visita? Si ya el mero hecho de no estar con él, de atormentarse recordando lo que había perdido, suponía un suplicio insoportable...
La expresión con que su esposo la contemplaba, sin asomo de cariño ni de afecto, le provocaba un dolor que le debilitaba las piernas.
Pero había hecho lo que debía. Lo mejor para él. Decidida a no dejar que percibiese su sufrimiento interior, esbozó una sonrisa forzada.
-Hola, Naruto.
Él tensó los músculos de la mandíbula.
-Hinata.
Ella intentó humedecerse los resecos labios, pero también se le había secado la boca.
-Yo... creía que habías ido a Surrey.
La expresión gélida de Naruto habría podido extinguir un incendio.
-¿A Surrey?
-Sí, a la inspección anual de las cosechas...
Su voz se apagó hasta dar paso a un silencio embarazoso e insufrible, mientras él la miraba con fijeza.
-¿Tienes algo que decirme?
La escueta pregunta resonó en el vestíbulo.
Hinata sintió el peso de las miradas de los demás, que observaban su tenso intercambio de palabras. La humillación la embargó, y si sus piernas hubiesen cooperado con ella habría salido corriendo de esa casa.
-No -murmuró-. Nada.
Sai interrumpió esa violenta conversación al aparecer en el vestíbulo. Saludó a todos, pero Hinata notó que se inclinaba rígidamente ante Ino y que ésta no lo miraba a los ojos al responder a su saludo.
-Quisiera cruzar dos palabras contigo en mi estudio, Konohamaru -dijo Naruto en una voz repleta de amenaza.
-Por supuesto -respondió Konohamaru-. En cuanto me haya instalado en...
-Ahora.
Sin una palabra más, Naruto giró sobre sus talones y echó a andar por el pasillo.
Todos se quedaron callados. Finalmente, la viuda carraspeó.
-¡Vaya! ¿No es... estupendo? Konohamaru, por lo visto Naruto desea hablar contigo.
Las cejas de Konohamaru se elevaron.
-¿Ah sí? No me había fijado.
Tras despedirse con una reverencia llena de desenvoltura, se alejó con toda calma por el pasillo por el que Naruto acababa de marcharse.
Su madre se volvió hacia los demás, que permanecían en absoluto silencio, y dijo con una sonrisa que cabría calificar de desesperada:-Van a hablar. ¿No es... estupendo? Estoy convencida de que será una visita maravillosa.
-Maravillosa -repitió Ino, mirando en todas direcciones excepto en la de Sai.
-Deliciosa -convino Sai en un tono lúgubre.
-Fantástica -dijo Hinata con un hilillo de voz. Esperaba poder sobrevivir a ella.
En cuanto Konohamaru hubo cerrado la puerta del estudio, Naruto le espetó:
-¿Qué demonios crees que estás haciendo?
-Cumplir tus órdenes, querido hermano. Has dicho que querías hablar conmigo ahora, así que aquí estoy. Desembucha.
Naruto hizo un esfuerzo por mantener una postura despreocupada: la cadera apoyada en el escritorio, las piernas estiradas, los brazos cruzados sobre el pecho. De lo contrario, habría cruzado la habitación en dos zancadas y habría levantado a Konohamaru por el cuello.
-¿Por qué las has traído?
-¿Yo? -preguntó Konohamaru con un gesto de inocencia-. Yo no las he traído. Ya sabes cómo les gusta a las mujeres ir de com pras. Yo...
-Hinata detesta ir de compras.
La expresión desconcertada de Konohamaru indicaba que ignoraba ese rasgo de su cuñada. Naruto escrutó a su hermano a través de los párpados entrecerrados como dos rendijas, intentando contener su ira.
-¿Podrías explicarme por qué Hinata me creía en Surrey? Tal vez podrías aclararme también qué es esa «inspección anual de las cosechas».
-¿Surrey? ¿Cosechas? Yo...
-Basta, Konohamaru. Te lo preguntaré una sola vez más: ¿por qué has traído a Hinata? No me mientas.
Convencido al parecer por la amenaza que estaba implícita en la furia glacial del tono de Naruto, Konohamaru decidió no se guir fingiendo inocencia.
-La he traído porque cuando te vi ayer me resultó dolorosamente obvio que lo pasas fatal sin ella. Y hasta un ciego se daría cuenta de que ella lo pasa igual de mal sin ti.
-Si quisiera tenerla aquí, la habría hecho venir yo mismo.
Los ojos azules de Konohamaru centellearon con enfado.
-Pues entonces no acierto a entender por qué no lo has hecho, cuando es evidente que quieres tenerla aquí, y más evidente todavía que la necesitas. Lo que ocurre es que eres demasiado testarudo para reconocerlo. No sé qué problemas tienen, pero no pueden resolverlos separados.
-¿Ah no? -preguntó Naruto en un tono de total serenidad-. ¿Y desde cuándo eres un experto en relaciones maritales, y sobre todo en la mía?
-No lo soy. Pero te conozco. Aunque no quieras admitirlo, ella es muy importante para ti. Vamos, reconócelo. La quieres. Y cuando no estás con ella se te ve malhumorado, eres desdichado y te vuelves prácticamente inaguantable.
El dolor y la ira invadieron a Naruto, pero logró mostrarse inexpresivo.
-Está claro que te has equivocado respecto a mis sentimientos y mi estado de ánimo, Konohamaru. No soy desdichado. Lo que ocurre es que estoy ocupado. Soy responsable de seis fincas y tengo que atender un montón de asuntos.
Konohamaru soltó un resoplido.
-Entonces es evidente que no sabes distinguir entre estar ocupado y ser desdichado.
Naruto dirigió una mirada glacial a su hermano.
-Sí sé distinguir. -«Créeme, lo sé», pensó-. No pienso tolerar más intromisiones en mi matrimonio, ¿está claro?
-Perfectamente. -Sin embargo, como si Naruto no hubiera dicho nada, prosiguió-: ¿Qué ha hecho Hinata para ponerte tan furioso? Seguro que, sea lo que fuere, puedes perdonarla. No la creo capaz de hacerte daño a propósito.
«Ella me arrancó el corazón a propósito y se reveló como una intrigante calculadora.» Naruto se apartó de su escritorio y dijo en un tono engañosamente moderado:
-Creo que lo mejor, y lo más inteligente por tu parte, sería que dejaras de expresar tu opinión sobre temas que desconoces por completo.
-Hinata es tremendamente infeliz.
Naruto sintió una punzada en sus entrañas, pero se forzó a rechazar su sentimiento de compasión.
-Pues no me explico por qué. Después de todo, es una duquesa. No le falta nada -dijo.
-Excepto una relación con su esposo.
-Olvidas que nos casamos por conveniencia.
-Tal vez el matrimonio empezó así, pero acabaste enamorándote de ella. Y ella de ti.
«Ojalá fuera verdad», pensó Naruto, pero añadió:-Basta. Deja de preocuparte por Hinata y por mí y encauza tus energías hacia tareas más productivas. ¿Por qué no te buscas una amante? Concéntrate en tu propia vida en vez de incordiarme.
Konohamaru enarcó las cejas.
-¿Es eso lo que has hecho tú? ¿Te has buscado una amante?
Naruto apenas logró reprimir la carcajada de amargura que pugnaba por brotar de su garganta. No podía concebir la idea de tocar a otra mujer. Antes de que pudiese replicar, Konohamaru continuó:
-Porque si es eso lo que has hecho, entonces eres más ne cio de lo que pensaba. No me cabe en la cabeza que puedas preferir a otra mujer.
-¿No se te ha ocurrido que quizá sea Hinata quien quiere prescindir de mis atenciones?
Una risotada de incredulidad escapó de los labios de Konohamaru.
-¿Así que ésa es la causa de todo? ¿Crees que Hinata no te quiere? Por todos los cielos, Naruto, o eres un completo idiota o has perdido el juicio. Esa mujer te adora. Hasta un ciego lo vería.
-Te equivocas.
La expresión de Konohamaru reflejó su preocupación.
-Estás dando al traste con esa felicidad a ojos vistas, Naruto. Detesto verte hacer eso.
-Tomo nota de tu inquietud, pero esta conversación ha terminado. -Al ver que Konohamaru se disponía a objetar, Naruto agregó-: Ha terminado definitivamente. ¿Entendido?
Konohamaru resopló de nuevo, con frustración.
-Sí.
-Bien. No puedo pedirles que se marchen en este instante, pero confío en que tú y tu numerosa compañía se hayan ido mañana por la tarde. Hasta entonces las mantendrás ocupadas y fuera de mi vista.
Sin una palabra más, Naruto salió de la habitación, conteniendo el impulso casi irresistible de dar un portazo.
Ella estaba allí. En su casa.
No quería tenerla allí; no quería verla.
Que Dios lo ayudara; ¿cómo conseguiría evitarla durante las siguientes veinticuatro horas?.
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Continuará...
