- Los personajes de esta entrega pertenecen a la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer. El personaje de Eli viene de Light & Shadow, escrito por Ryu Hyang e ilustrado por Hee Won. El resto son de mi invención.


- Bueno, bueno. – Empezó Aro, caminando hacia atrás. – Mira a la muñequita. ¡Resulta que Emma Broad tenía un as bajo la manga! ¿O debería decir varios? ¡Menuda agilidad!

- Corta el rollo, Aro. Por una vez en tu vida, cierra el pico. – Era consciente de que me estaba alejando del centro de la batalla. Poquito a poco, como quién no quiere la cosa, nos estábamos acercando a un pequeño grupito de soldados que parecían esperarnos. Miré a Aro con hastío.- ¿En serio te crees que no me estoy dando cuenta?

Pero Aro había conseguido su objetivo. Bella estaba lejos, demasiado concentrada en proteger a su familia.

Moví el cuello, dejando que mis huesos crujieran de forma desagradable.

- Vamos allá. – Susurré justo antes de que los soldados saltaran sobre mí.

Por suerte, aquel grupo no era muy ducho en el arte de luchar contra alguien que se mueve tan rápido que no la puedes tocar. Dejé que mi cuerpo se balanceara tal y como había practicado, no dejando que los demás se aproximaran lo suficiente. Uno llegó a rozarme, pero me las apañé para zafarme antes de que tomara mi brazo. Poco a poco, y trabajando con todos mis sentidos coordinados, fui acabando con toda la cuadrilla.

Sabía lo que hacía Aro: me estaba lanzando lo que le quedaba encima, preparado para escapar tan pronto las cosas se pusieran feas de verdad. Me permití echar una ojeada al campo de batalla: gracias a los Cullen, los soldados que quedaban no eran demasiados.

Conseguí, en un momento dado, romper en pedazos al último que se enfrentó a mí: otros dos vampiros corrieron a refugiarse junto a Marco. Asentí lentamente: aquello también formaba parte de mi plan.

Aro corrió tanto como le permitieron sus piernas, pero yo era más rápida; antes incluso que yo llegó mi poder, que lo dejó caer al suelo.

Para mi sorpresa, Aro consiguió levantarse. Estaba muy dolorido, eso por descontado, pero no parecía sentirse tan afectado como los demás por mi don.

Aro rio al ver mi rostro estupefacto.

- No eres la primera con este poder. – Jadeó. – Lo probé hace muchos, muchos siglos… – Su mirada era torva, casi enloquecida. – No voy a dejarme vencer por alguien que merece tan poco la pena como tú.

Aún en medio de una batalla, me sorprendió un poco que alguien como Aro me hablara en esas formas, así que le contesté con la misma moneda. Cuadré los hombros y susurré:

- Veremos quién mata a quién, ratita.

Aro gritó mientras se acercaba a una velocidad impactante; apenas si tuve tiempo para esquivarlo.

Nos enzarzamos en una pelea cruenta como yo nunca antes había tenido. Aro estaba mucho mejor entrenado que Cayo: era fuerte y muy ágil.

Dejé de oír y sentir: lo único que tenía ante mí era a Aro. Destrozarlo, esquivarlo, matarlo. Nuestra danza mortal llevaba minutos dándose y no parecía aquel vejestorio fuera a darse por vencido. Estaba esquivando mi poder como si nada, aunque yo también tenía aguante.

Me moví con rapidez, salté sobre él y empujé tanto con mi poder como con mis manos, pero algo salió mal: Aro giró sobre sí mismo y tomó una de mis manos, la que tenía el guante puesto. Oí el crujido antes de que llegara el dolor. Grité cuando el guante salió de mi brazo con la mano todavía dentro.

Me dejé caer al suelo, retorciéndome de dolor. Casi no podía ver: aquello ardía como mil demonios.

Con la mano que me quedaba abrí mi bolsillo. Apreté los dientes cuando la piedra me abrasó los dedos, pero la sostuve con fuerza y me lancé hacia Aro. Por desgracia, estaba demasiado aturdida por la pérdida de mi mano: Aro me dio un puñetazo tremendo que me hizo caer. La Lanza del Destino salió volando de mi mano y aterrizó a varios metros, medio oculta bajo la hierba.

Tirada en el suelo, supe que me quedaba muy poco en este mundo. Durante unas fracciones de segundo comprobé mi plan: había acabado con los peores, me quedaba solamente Aro. Si podía con él, los Cullen podrían reconstruir el resto.

"¡Tienes que acabar con él! ¡Es la última esperanza!", gritaba una voz en mi interior.

Levanté la mano con más determinación de la que sentía, y dejé que mi poder se deslizara hacia Aro. Toda mi energía, mi fuerza, todo concentrado en un único objetivo: desmantelarlo lo suficiente como para que los demás pudieran ayudarme a acabar con él.

Pareció que Aro podía resistirlo, pero una mueca llegó a sus labios y él también cayó al suelo, desde donde no podía moverse. Le estaba haciendo sufrir en demasía, pero no lo estaba matando; aún así, había conseguido inmovilizarlo.

De repente escuché unos pasos sobre la hierba; unos pasos pesados que no correspondían con los de un vampiro. Unos pasos que yo conocía. Vi un destello de pelo rubio, casi blanco, que se agachaba para recoger algo del suelo; mi visión se completó al ver a Eli con la Lanza en la mano y con una determinación en el rostro que nunca había visto. Estaba sonriendo. El Carnicero se movió como una anguila y, haciendo uso de toda su fuerza, incrustó la Lanza del Destino en el ahora blando pecho de Aro, justo a la altura del corazón.

Aro se retorció de dolor, chillando como un animal. La quemadura empezó a consumirlo a una velocidad casi alarmante.

Me incorporé lo más rápido posible, tomando el guante que estaba a mi lado; con cuidado saqué mi mano del interior y, apretando los dientes, volví a encajarla en su sitio. Una línea amoratada señalaba el lugar por donde me la habían seccionado.

Moví los dedos con cuidado mientras me movía en dirección a Eli. Todavía no había soltado la Lanza.

- Pero, ¿qué…? – Musité.

- ¿De verdad pensabas que te iba a dejar aquí sola? – Dijo con voz ronca. – Me oculté y vi si podía ayudar en algún momento… como al final sí ha sido.

- Estoy bastante segura de que es la primera vez que un humano mata a un vampiro. – Desvié la mirada ligeramente para observar a Aro, o al menos lo que quedaba de él. Se estaba carbonizando muy rápido.

Eli sonrió y echó a andar hacia mí. Fue en ese momento cuando me llegó el sonido de algo que se aproximaba a gran velocidad. Algo que… ¿volaba?

Eli seguía sonriendo cuando una roca del tamaño de un balón de fútbol impactó de frente en su rostro, destrozándole la cara y el cerebro.