Su salvajismo era descomunal. Su besos eran despiadados y crueles. Realmente deseaba jugar con el peligro...

Su manos eran serpientes con clara intención de envenenarme en su perfección.

Quitó rápidamente mi remera, dejándola hecha añicos. Me tenía prisionero, sin chance a elección de absolutamente nada, ella controlaba el escenario.

Cuando intentaba tomar el mando, reaccionaba tan mal que ya sentía pánico.

Después de besarme con fiereza, lastimando mi labio inferior, me sujetó de la mano derecha y musitó:

—Llevame a tu habitación—Su mirada fría mostraba el despecho que arrastraba su corazón.

—Lo haré pero con una condición.

Bufó y se cruzó de brazos.

—A ver, te escucho...

—Pues, que me dejes algo a mí también. No sería justo para mí que solamente vos disfrutes del momento.

Me miró fijamente y rió.

—No sabía que además de tonto, eras goloso.

Me hizo ruborizar. Suspiré y la guié hasta mi cuarto.

La sensación que me generaba su actitud era intrigante con tintes oscuros.

Al cerrar la puerta, exclamé:

—A partir de este momento, estás a mi merced. Esta es mi habitación y seré yo quien mande aquí.

—¡Sí que sos vanidoso! Pero bueno, creo que esta vez te daré la razón.

—¿Recordás lo que te había dicho la última vez que nos vimos?—enarqué una ceja.

Colocó su índice sobre sus labios y respondió:

—¿Sabés que no?—elevó su rostro, mostrándome su orgullosa manera de hablar.

—Entonces te lo mostraré, no perderé tiempo tratando de hacértelo recordar...

Me apegué a su cuerpo y, mientras besaba su cuello con elevada lascivia, bajé el cierre de su vestido en segundos.

Mi piel comenzó a sentir un ligero ardor debido a sus largas uñas. Desquitándose su ira y anhelo de sentirse deseada sexualmente por alguien más.

Su ropa cae sin más. Sus prendas interiores, ¿Qué decir? Tan sexys y delicadas. No habría forma de adorar su cuerpo envuelvo en ese maravilloso conjunto de encaje negro.

Pese a estar tan ansioso por hacerla mía, la traté de la forma más delicada que pude.

Entre ardientes besos y minuciosas caricias frenéticas, ambos estábamos completamente desnudos.

Esta vez, estábamos en plena consciencia de nuestros actos. Sin más preámbulos, ella me arrojó a la cama y se subió lentamente hacia mí.

Sus manos recorrían con sutileza cada rincón más sensible. Parecía una rosa que bailaba sobre mi piel. Me estremecía cada vez más...

Se acercó nuevamente para besarme y continuar haciéndolo por mi cuello, bajando lentamente.

Sus pechos estaban aprisionados contra mi abdomen... sentía la necesidad de tocarlos.

Me miró y expresó:

—No me digas que sentís miedo de poseerme. ¿No era que me harías quién sabe qué cosas si estuviera sobria? Veo que sos un mentiroso.

—No es eso, sólo que no quiero sobrepasarme con vos.

Rió y soltó su cabello.

—No te contengas... si te gusta lo salvaje, tenés permitido ejercerlo sobre mí.

Sus palabras me dieron tranquilidad.

Suspiré y continuamos.

En el momento en que pensaba todo lo que quería que hiciéramos, ella estaba degustando la parte más baja. Sentía un fervor que quemaba tanto por dentro como por fuera.

Su boca jugaba con mi miembro hábilmente, logrando que éste se elevara rápidamente.

La miraba, su cabeza se movía lentamente como si danzara al ritmo de una balada. No podía seguir aguantando la presión, necesitaba hacerlo.

La tomé por su rostro, quitándola del lugar, intercambiando la posición inicial...

Ahora era yo el que la dominaba.

Me aproveché del privilegio de tocarla. Masajeé con precisión sus grandes senos y, sin dudarlo, los besé para comprobar la dulzura de su cuerpo.

Ella jadeó armoniosamente, haciéndome suspirar por tal resultado.

Posé mis labios sobre su abdomen, apreciando su piercing colgante en su ombligo.

Antes de continuar mi "viaje", me hice a un lado para preguntarle:

—¿Estás segura de querer hacer esto?—la miré fijamente.

—Ni siquiera deberías preguntarlo. ¿No te parece que si estuviera insegura, no estaría tal como llegué a este mundo, esperando que me penetres?

—No creí que fueras tan directa—mis mejillas ardían, seguro estaba ruborizado.

—No me conocés...

—Ya tendremos tiempo para eso... —me acomodé en el rincón que me pertenecía.

Esa hoguera que esperaba ser visitada. En la primer estocada, parecía haberse quejado.

—¿Estás bien?

—Sí, sólo que... no, nada.

—¿Qué ibas a decirme?—pregunté nuevamente.

—Si esperás a que te diga que tu miembro es grande, olvidate. No es eso, engreído.

—Jaja, no es que pensara eso pero... me agradaría imaginarlo.

—Hum... hombres—ironizó.

Sin mediar palabras, continué con lo que tanto quería Temari.

Sus gemidos eran tan intensos como sus movimientos al son de los míos.

Clavaba sus dedos en mi espalda, marcando el territorio que no le correspondía.

Ella pedía más y, por inercia, di media vuelta su cuerpo. Elevé sus caderas hasta tenerla a una altura ideal y continué sumergiéndome en su calor.

Tiraba de su cabello con mi mano derecha mientras que con la izquierda mantenía la firmeza de sus caderas.

El vaivén se incrementaba tanto como sus gritos de placer. Se aferraba a las sábanas.

El éxtasis dominaba mi ser, su cuerpo me tentaba el doble. Por fin podía disfrutarlo sin esconderme, sin tabúes.

Mi plan había funcionado a la perfección pero... ¿Por qué una parte de mí siente culpa?

Sólo se trataba de sexo casual, nada más. Continuar su juego resultaba más interesante pero comencé a creer que algo no marchaba bien.

El clímax tocó nuestra puerta, derramando la sed de un buen encuentro sexual, sin compromisos.

Ella se levantó de la cama, tomó sus prendas y caminó hacia el baño. Sin dirigirme la palabra ni mirada alguna.

Me llamó la atención su cambio repentino de actitud, cuando estaba casi suplicando que la hiciera mía y ahora está... ¿Ignorándome? No lo sé.

Minutos después escuché sus pasos.

Fui hasta la cocina y allí estaba, guardando su bolso de maquillajes en la cartera y chequeando su celular.

—Temari.. ¿Qué sucede?

Ella quitó la vista de la pantalla de su teléfono y la dirigió hacia mí.

—Nada. Simplemente vine a comprobar tus palabras. No creas que después de este revolcón, vos y yo seremos algo más que eso. Si te gustó, lo único que puedo ofrecerte son unas escapaditas de vez en cuando.

De su cartera sacó un labial rojo y un espejo, mientras se lo colocaba, continuó:

—De mi parte puedo decirte que no estuvo nada mal. Aunque sos guapo, creí que aplicarías el salvajismo en la cama. Pero bueno, mi radar se confundió.

—Temari, agradezco tus palabras sarcásticas pero creo que si no mostré mi verdadera faceta, es porque quiero saber qué harías con tu pareja.

Guardó el espejo y el labial, acomodó su cartera y remató:

—Lo que haga o no con Obito, es mi problema. Si quiero meterle los cuernos con vos, seré yo quién lo decida. ¿Está claro?

—Siendo franco, no me interesa el tipo de relación que llevás con tu novio. Sólo que no quiero tenerlo en la puerta de mi departamento reclamándome porque me acuesto con vos.

—Eso debiste pensarlo la primera vez. Ahora podrías planear qué decirle a tu novia, porque supongo que si se enterara, se pondría muy mal. Pobrecita.

—Eso no te incumbe...

—¿Ves? Estamos a mano. Tengo que irme.

Busqué las llaves y abrí la puerta.

Antes de salir completamente, dio media vuelta y musitó:

—Espero que siempre estés disponible cuando tenga ganas. A partir de ahora, serás mi amante.

Sin dejarme pensar una respuesta posible, ella se retiró a su departamento.

Al cerrar la puerta, imaginaba la situación: Obito enterándose que Temari le fue infiel. No una, sino dos veces y con la firme intención de seguir haciéndolo.

Una jugada majestuosa que le debo a Sai. Aunque lo usé de forma inadecuada, valió la pena.

El momento mágico fue interrumpido por mi celular.

¿Número Desconocido?

—Hola—respondí en un tono más grave de lo normal.

—Shikamaru, soy Tayuya.

Esa problemática...

—Si, ¿Qué pasó?

—Debemos hablar, creo que me equivoqué con vos.

¿Acaso tiene un plan?

—Vení a mi casa.

—Está bien.. en media hora estaré allí.

—Te espero.

Su llamada alteró mi tranquilidad. Recordé lo que Kin me contó y debía actuar cautelosamente y no dar ningún paso en falso.