Capítulo Dieciocho
Al día siguiente, hizo el esfuerzo monumental de cambiar su faz. Bajó cuando las luces del alba apenas tocaban el firmamento. Desde esa ventana, al igual que en su departamento, se veía el horizonte y el cielo en todo su esplendor. No era la primera vez que veía el amanecer desde su oficina, muchas veces lo hizo en el transcurrir de los años, cuando aquel mozuelo sin futuro se transformó en el importante hombre de negocios.
Ahora, meses después de aquel acuerdo, sentía tan raro volver a enfrascarse en el trabajo todo el tiempo.
Mas no tenía otra opción, Anna ya se lo había dicho dos veces. La primera, bastante molesta. La segunda, totalmente tranquila y analítica. No necesitaba un tercer rechazo para comprender que por mucho que deseara seguir la relación, era el punto final.
Encendió el ordenador, notando el perfecto orden en toda la clasificación de archivos. Ni siquiera Jeanne, trabajando de tiempo con él, había sido tan eficiente. Recordó cuando le pidió trabajar menos y pasar tiempo con ella. Al principio pensó que sería tedioso abandonar sus deberes. Pero al ver cómo su perfecto orden le ahorraba minutos en sus negocios, ceder horas a ella era todo un placer.
Ya ni siquiera tenía que revisar la agenda con anticipación. Ella misma le indicaba la noche anterior cuáles serían sus compromisos más urgentes, mientras dormían desnudos entre sus sábanas, besándose hasta cansarse.
Maldijo en silencio los estúpidos programas de comedias románticas. ¿Quién le metía en la cabeza a las niñas que para vivir felices tenían que casarse y sobre poblar el mundo con estúpidos niños? ¿En dónde diablos quedaban las experiencias de pareja?
No era idiota. Silver estaba más que estresado con la próxima llegada de su hija. Tan sofocado que a veces hasta pedía tiempo extra para contestar las llamadas de Rutherford pidiendo toda clase de comida. Y del sexo mejor ni hablar, ya le había confesado que después del nacimiento tardaría en reactivarse esa parte en ellos.
En conclusión: el embarazo era una cosa estúpida. Era dolor inmerecido para la mujer, que tenía que cargar por nueve meses a una criatura. Dolor para el padre que tenía que soportar toda clase de boberías de la susodicha y dolor para todos, porque no dormirían bien en los siguientes meses. Tendrían que cuidar de alguien más, sus necesidades pasaban a segundo o tercer plano. Los gastos en el colegio, los pañales, el estrés de estar siempre pendiente de otra persona que no se valdría por si misma hasta entrada la adolescencia. Eso si corría con suerte y no tenía un idiota mimado por vástago.
Casino, todo era casino respecto al tema.
Suspiró, notando cómo el tiempo se le había ido en meras cavilaciones. O en meros improperios por la materia. Pero era inevitable, sin esta estúpida cuestión, Anna seguiría con él. Dormirían juntos, viajarían, explorando más lugares desconocidos, harían el amor hasta el alba. Con un estúpido bebé, no podrían hacer nada de eso, tampoco deseaba un tercero en la relación. Deseaba a Anna con locura solo para él. Eso no era tan difícil de entender.
—Buenos días—escuchó su voz suave, entrando con aquel precioso vestido moteado color azul.
Lo peor es que llevaba sus zapatos rojos favoritos.
—Buenos días.
Las perlas blancas adornaban su cuello, como un recordatorio de lo mucho que le atraía su elegancia nata. Anna no tardó en encender su computadora y retiró el saco a juego con sus zapatos para develar el encaje en la espalda. Podía verlo cuando se levantó a operar la cafetera. Oprimía los botones, mientras se agachaba por los filtros en el estante de abajo.
Toda ella lo excitaba. Era inevitable, pero también le calentaba algo más que su órgano viril y se lo había dicho ayer, cuando la había penetrado sin ningún tipo de seguridad. Revivir esas escenas en su sillón, solo lo incitaban a rodear su cintura, y hacerla gemir su nombre, besarla con dulzura.
—¿Quiere café?
Tuvo que despertar de su ensoñación, cuando la tuvo a su alcance, tendiéndole una taza humeante.
—Si me sigues hablando de usted, vas a activar mi lado más salvaje—le advirtió tomando de sus manos la bebida.
Ella emitió un pequeño quejido.
—No hay forma más profesional que hablarle de modo impersonal al jefe.
—Sí eso es cierto—convino el castaño—Pero yo no soy tu jefe, tú trabajas de forma independiente.
—Eso no fue lo que demostró antier, que quiso poner muy en alto las jerarquías.
—Estaba molesto, Señorita Kyoyama—dijo bebiendo el café— Y no tenemos que ser tan cuadrados, nunca lo fuimos. No tenemos que recurrir a modales que no teníamos ni cuando trabajábamos en forma profesional. Por otra parte…
Parecía que leía su pensamiento, porque de inmediato volvió a su escritorio.
—¿Qué parte de no funciona, no entiende, Señor Asakura? —replicó molesta.
—Creo que la parte que dice, somos compatibles, Señorita Kyoyama—respondió en el mismo tono.
Ella pareció verlo de muy mal modo, pero él no se dejó amedrentar cuando caminó hacia ella, mirándola con ese gesto feroz. Anna no lo vio venir, o al menos no esperó que tomara su antebrazo y la levantara de la silla de un movimiento firme. Su respiración se agitó, mas al sentir su brazo rodear su cintura.
—Si vas a seguir el perfil profesional indiferente, te recomiendo usar algo menos entallado.
—Esto es acoso laboral—dijo ella, sentándose en el escritorio—Puedo ver en tu mirada lo que quieres.
—Y puedo ver en tus preciosos ojos, que no me lo quieres dar—dijo él, acercándose—Ahora mismo, quiero joderte.
Ella sonrió con ironía.
—Esto es algo muy clásico de alguien arrogante, que sabe que no puede tener algo y por eso lo desea—respondió ella.
—Y sigue provocándome, Señorita Kyoyama. Pero no soy el único, tu pecho sube acelerado y podría jurar que ya estás mojada.
—Lo de ayer….
—¡Eso fue una perversidad! —exclamó, tomando sus caderas—Si hubiera sabido que esa sería la última vez, hubiéramos estado en mi cama todo el maldito día.
La rubia no dejó de mirarlo con fiereza a los ojos, mientras tomaba sus manos para guiarlas a su vientre. A veces, sin palabras, podía deducir lo que trataba de decirle con su solo actuar. Y lo que trataba de comunicarle, era un breve recordatorio de su condición.
—Esto del embarazo activo tu parte más agresiva.
—Estoy molesto—confesó con un gran suspiro, soltando su cuerpo.
—¿Por qué?
—Porque te alejas de mí de forma tan fácil. —confesó en un tono más suave—¿De verdad quieres dejar esto? —susurró a su oído, acariciando su cuello con su nariz—Tú me deseas, igual que yo te deseo a ti. Tú te mojas, pensando que puedo tomarte en la oficina, porque estamos solos, porque sabes que a pesar de que soy un adicto al trabajo, también…
—También eres adicto al sexo.
—Soy adicto al sexo contigo—dijo tomando su rostro entre sus manos—Soy adicto al sonido de tus labios gimiendo mi nombre.
—Basta…
—No…basta tú—dijo bajando sus palmas por toda su espalda—¿Por qué te torturas negándote lo que quieres? ¿Solo porque no seguimos los mismos tontos ideales?
—Hao—le advirtió.
—Sí, está bien—dijo dolido, marcando mayor espacio—Entiendo, entiendo. Debo parecerte un imbécil rogón. Pero déjame decirte algo, señorita Kyoyama. Cuando decido dejar algo atrás, no me pongo miramientos ni sentimentalismos bobos para hacerlo. Lo hago y punto.
Pudo ver que algo en esas palabras perpetró en su ser. Y por un momento se sintió un imbécil. Porque de antemano sabía, que aunque no se lo había dicho, ella sentía demasiado por él.
—Entiendo, señor Asakura.
Mas cómo podía frenar todo ese cúmulo de sentimientos negativos. No podía, cada vez que trataba de sopesarlo y regresar a su actitud tranquila de unas semanas, era como si una bola de nieve se le fuera encima. Advirtiéndole que a la menor distracción, tumbarían su barrera. Lo ablandarían y quizá hasta terminaría cediendo. Como el imbécil más grande, enamorado de un par de ojos color ámbar.
—¿Cuándo verás a Pilika? —preguntó él.
—Esta tarde, le dije ayer que quería otra cita. Además, me dará los resultados de laboratorio, supongo que para ver mis niveles de hierro y otras cosas.
—Entiendo—dijo más tranquilo—¿Mi cita es a las diez?
—Sí, hice la reservación que me pediste.
—Gracias… tú siempre…. Eres tan eficiente—declaró él—Mi vida funciona mejor cuando estás tú.
Dio un gran suspiro y tomó algunos documentos de su escritorio, notando que tenía un umbral de treinta minutos para llegar.
—Te veré más tarde e iremos a esa cita.
Se obligó a seguir, estaba tan acostumbrado a besarla antes de marcharse, que parecía parte de su rutina diaria.
—Sí, te veré más tarde.
Escuchó la puerta cerrarse y retuvo el pequeño llanto que parecía acumularse en su garganta. No había sido fácil dormir con ese pequeño recordatorio de que era el final. Sus hermanos solían decirle que era la persona más estoica de la familia, la que todo lo aguantaba, la que todo lo resistía. Ahora ya no estaba tan segura de esas afirmaciones.
—Concéntrate—se pidió, regresando a su asiento.
Sabía que sería difícil estar en el mismo espacio sin tocarse, sin mirarse como antes. Sin besar su boca, a la que estaba tan acostumbrada. Pero al igual que él, era hora de dar vuelta a la página. No enfrascarse en boberías.
Trabajó el resto de su jornada. Él no regresó, ni siquiera en el almuerzo, así que comió un emparedado de la cafetería sola en la oficina, revisando los números con Elliot y su hermana Suzzette. A ella fue quien le pidió cubriera su turno del fin de semana. Tuvo que convencerla que realizaría la jornada completa del siguiente cronograma.
Quería tener el fin de semana libre para lo que vendría.
En punto de las cinco de la tarde, recibió un mensaje de él.
Estoy afuera.
Recogió sus cosas y bajó al estacionamiento. Ahí lo contempló, con unos lentes oscuros en el asiento de piloto. Nadie dijo nada como introducción. Subió a su lado y le indicó la dirección del consultorio médico con el navegador del teléfono. La distancia era corta, aun así, sintió que eso era toda una eternidad. Incluso cuando notificó su presencia en la recepción, sentía que en cualquier momento la adrenalina la haría correr a la salida más cercana. No sabía si a vomitar o a respirar algo del aire que parecía faltarle.
—Anna Kyoyama, la doctora está esperándola—dijo la enfermera.
Ambos se levantaron, caminando por el estrecho pasillo que les guiaba al cubículo de su amiga.
Al abrir la puerta, Pilika no pudo reprimir un grito de emoción al verlos a los dos. Podía darse una idea de todo lo que figuraba en su mente y si no la conociera tan bien de algunos años, diría que casi había planeado una fiesta de bienvenida para el bebé, en cuanto supo de su existencia.
—Pasen, pareja Asakura—los invitó con gran júbilo.
Pudo ver, de inmediato, que el nombramiento le había caído a Hao como un trago amargo de limón.
—En qué puedo ayudarles, ¿no me digan que quieren ver al bebé de nuevo? Hao, perdona que no te lo dije cuando entraste, pero…. ¡felicidades! ¡Wow! Te llevas una gran mujer, el tesoro de su familia.
Hasta ese momento, no compartía la amargura que Hao sentía, pero justo en ese momento sentía como si mil baldosas le caían encima. Lo mejor era ser claro, antes de que siguiera con la larga lista de momentos incómodos.
—Pilika—llamó su atención—No venimos a ver una ecografía. Queremos… queremos…
—Realizar un aborto con medicamentos—completó el castaño.
Fue de la nada, que esa felicidad y esa sonrisa se esfumó por completo de su rostro. No tardó nada en dirigirle una mirada interrogante. Más porque sabía cuán tradicionales eran en su casa, porque conocía a su familia de primera mano. Y porque jamás planteó que ese escenario era posible. Quizá no lo sería, mas su caso era muy distinto.
—Anna, ¿esto es una broma?
—No.
—¿Por qué?
Hao intercambió una pequeña mirada con ella, como pidiéndole algo de ayuda para tratar el tema.
—Porque es un accidente, no es algo que queríamos que sucediera—respondió ella.
—Ya, claro… supongo que nadie planea eso así de la nada, pero estamos hablando de un aborto. No es algo para tomarse a la ligera, Anna—planteó su amiga—¿De verdad quieres deshacerte de tu bebé?
—Sí.
—¿Estás haciendo esto de forma libre o él te está forzando? —preguntó en forma más fría, esta ve dirigiéndole una severa mirada a él.
Por su parte, el castaño se mantenía estoico.
—¿Si sabes que existen los condones, verdad, Hao?
—Jamás he sido descuidado, Pilika—se limitó a contestar—Ambos, estamos muy conscientes de esto. No acudiríamos a ti, si no lo estuviéramos. No estamos jugando.
Toda la alegría se disipó en un segundo. Si el ambiente de la mañana era tenso, éste se llevaba con creces el momento. Usui suspiró con pesadez, sacando un par de papeles del archivo, revisó el archivo clínico, incluyendo los exámenes de laboratorio, no viendo ningún inconveniente mayor para realizar el procedimiento. Les indicó el lugar exacto en que debían firmar el consentimiento.
—Quiero ser enfática con esto: una vez que se toma la primera dosis, no hay vuelta atrás, se tiene que terminar el tratamiento. De lo contrario, corres el riesgo de quedar estéril o tener otra clase de complicaciones, Anna—dijo seria—Tienes que tomar dos medicamentos, el primero inhibe la formación y el segundo expulsa el producto. Sentirás dolor al tomar la segunda dosis, lo tendrás por varias horas en lo que desciende.
—¿Cuáles son las complicaciones o efectos secundarios?
—Vómitos, diarrea, también puede que quede algo dentro, tenemos que revisarla en estos días. Hay que estar alerta a cualquier síntoma de fiebre o escalofríos, eso nunca es bueno, puedes tener una infección—contestó seca—No puedes tener relaciones en las siguientes dos semanas Y lo digo en serio, los hombres son tan poco sensibles porque creen que una vez libre del producto, todo está normal, pero no es así. Son hormonas y nada en el cuerpo de una mujer es normal, cuando se le induce a rechazar algo que por naturaleza ya está implantado.
Observó su gesto de fastidio ante la incriminación directa que le daba la Usui.
—¿Y cuándo se toma la segunda dosis? —preguntó él.
—Hay que esperar seis horas después, hasta veinticuatro máximo —dijo anotando todo en una receta.
Suspiró una vez que firmó y colocó el sello del Hospital. Hao fue el primero en tomarla, examinando todos los detalles, después sacó su billetera.
—No es necesario, señor Asakura—dijo Pilika—Anna es mi amiga, nos conocemos de bastante tiempo. Cualquier cosa que ella necesite, estoy para servirle—dijo mirándola—Cuídate mucho, Anna.
—Gracias, Pilika—pronunció finalmente.
Ella le sonrió, pero esta vez era un gesto de tristeza, tan diferente al de un día anterior.
Salieron del consultorio para dirigirse a la farmacia del edificio, donde les surtieron la receta, pidiéndole una firma extra junto con la hoja de parte del médico tratante, en el que autorizaba el procedimiento. En todo ese trayecto, permaneció pensativa, casi ausente, mientras Hao recibía los frascos de medicamentos.
Al volver al coche, optó por poner algo de música indie. Cualquier cosa era mejor que el tormentoso silencio entre los dos de aquel viernes por la tarde.
—¿Qué han dicho tus hermanos de que no has ido a Kent? —cuestionó Hao—¿No están preocupados?
—No, les dije que teníamos mucho trabajo en la empresa—contestó tranquila—Saben que me has dado muchos permisos, es lo mínimo que pueden hacer para recompensarte el tiempo que has cedido para el trabajo en la granja.
De nuevo, el silencio predominó un par de calles, mientras se acomodaba en el asiento, casi sintiendo el cansancio acumulado de varias noches sin sueño.
—¿Puedo quedarme contigo?
—¿Para qué? ¿No confías en mí? —preguntó en un tono suave.
—No es eso—dijo, buscando su mano—Es que quiero estar contigo.
Tal y como se lo había dicho que haría, desde el principio. Cedió, pero porque no quería batallar más. Hasta ese punto, se sentía más cansada que de costumbre. Como otras veces, en las que él se había quedado en su casa, recogió algunos trastes que había olvidado en la cocina y cambiaron su vestimenta por algo más relajante. Él tenía ropa deportiva ahí, de las muchas veces que dejó al salir del gimnasio.
Prendieron el televisor y se sentaron uno junto al otro, hasta que la costumbre predominó y él la envolvió en sus brazos, para terminar acurrucados en el sofá. Permanecieron así un buen rato, ella recostada sobre su pecho, mientras observaban una película cualquiera. Él acariciaba su largo cabello, mientras besaba en ocasiones su frente.
—Hay películas demasiado bobas en la programación.
—Sí—coincidió ella—Tal vez es con el propósito de que nadie se quede en casa un viernes por la noche.
—Sí, tienes razón—dijo besando su cabello—¿Dónde te gustaría estar?
Giró a verlo, casi rozando su mentón.
—Aquí.
Por un momento, pudo ver cómo sus ojos se cristalizaron y tomó su mejilla para acercarla, hasta que su teléfono emitió un sonido parecido a una alarma. Ella se sentó para silenciar el sonido, mientras él se levantaba a la cocina. Eran las once de la noche, cuando él volvió con un vaso de agua y ambos frascos en una bolsa transparente.
Abrió el indicado como la primera dosis, la pastilla reposó en la palma de su mano. No era de gran tamaño, como imaginó que sería.
—Pensé que sería algo difícil de pasar—dijo sosteniéndola en sus dedos.
—Tal vez lo es… Anna…
—Lo sé, Hao—dijo tranquila—No es necesario que me lo repitas.
Notó cómo acortó la distancia y luego sintió sus labios sobre los suyos, brindándole una suave caricia. Apenas pudo responder, había sido tan breve, sin ánimo de convertirse en algo más. Algo demasiado inocente. Acto seguido introdujo la pastilla en su boca. Él le pasó el vaso de agua, que no soltó hasta dejar vacío. Una vez que lo hizo, se levantó del sofá.
—Estoy cansada, iré a la cama—anunció la rubia.
Él apagó el televisor y caminó con ella hasta su habitación. Sin decir otra palabra, se recostaron, abrazados, como en varias noches lo hicieron. Él la cubrió por detrás con su cuerpo, mientras sus manos permanecían entrelazadas, cerca de su vientre.
—¿Estás bien? —preguntó a su oído.
Ella asintió, cerrando sus ojos.
—Solo quiero decirte, gracias—continuó él—Sé que debes odiarme por esto, pero créeme cuando te digo que…era necesario. Por nada del mundo hubiera deseado que pasaras por esto—dijo aumentando su abrazo—Jamás he dormido s abrazado a alguien tantas veces.
Aunque su tono había sido más ligero, ella no contestó nada.
Horas después, cuando la alarma sonó de nuevo. Talló sus ojos y salió de la cama, donde ella todavía estaba recostada. Tardó cerca de media hora en regresar, escuchó cómo abrían la puerta y hablaba un par de cosas con otra persona. Supuso que había pedido por encargó el desayuno.
No se equivocó al verlo regresar con una charola de fruta y panqueques.
—Buenos días—dijo acariciando su rostro—¿Cómo estás?
—Bien…
—Debes comer algo—agregó, tomando el tenedor con un trozo de sandía—Pedí algo ligero para tu estómago.
Ella cogió el cubierto, comenzando a ingerir lo que había en el plato. Pasaron unos minutos, hasta que decidió salir de la cama y asearse. Él no hizo el menor intento por seguirla, la cabeza comenzó a retumbarle al salir de la ducha. La pequeña molestia solo se acrecentó más al verlo hincado en su clóset.
—Están acomodados por colores—dijo con una pequeña sonrisa él.
Claro, Hao siempre estaba curioso por su guardarropa, en especial de su calzado.
—Amo esos detalles en ti—confesó enternecido.
Lo cierto es que ella también amaba las pequeñas muestras de amor que tenía en forma tan espontanea.
—Necesito cambiarme.
—Está bien, tomaré una ducha también—dijo tomando una toalla limpia.
Asintió, viéndolo entrar a su baño. Mientras escogía una indumentaria sencilla. Cogió un vestido viejo negro y cepillo su cabello hasta atarlo en una coleta. Después, solo salió de la habitación. El siguiente frasco estaba en la cocina, junto con un vaso de agua, preparado para la siguiente dosis.
Su mano tembló un poco al abrirlo e ingerir directo la pastilla. El agua pasó rápido por su garganta. Y fue todo. Ahora solo quedaba esperar el resto de la jornada. Agradeció los minutos que tardó en el baño, incluso que no cuestionara nada sobre la medicación. Se limitó a acompañarla las siguientes horas. El dolor de cabeza sólo aumentó hasta que los cólicos comenzaron a ser más constantes.
Hao llamó a Pilika para saber si podía ingerir alguna pastilla para tolerar el dolor. Le recomendó un paracetamol o un té. Pero ambos sabían que eso era parte del proceso. Así que desistió a la idea de menguar el dolor. Permaneció así cerca de cuatro horas, mientras él la abrazaba por detrás y acariciaba su vientre, tratando de hacer más tolerable su molestia.
De la película que veían, poco alcanzó a ver.
—Tengo que ir al baño.
Sintió la pequeña contracción. Y él tuvo que cargarla para llegar al inodoro. Una vez ahí, sus piernas le temblaron al sentir la sangre bajar. Luego más punzadas de dolor. Entonces lo vio arrodillarse frente a ella, apartando los pocos cabellos sueltos de su faz.
—Tranquila, aquí estoy, preciosa.
Tomó su mano, mientras él apoyaba su frente con la suya.
—Desearía que no pasaras por este dolor.
Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, tratando de reprimir el dolor que experimentaba con el abundante sangrado. Incluso no pudo reprimir los pequeños sollozos que se escaparon de su boca. Así pasó casi una hora, hasta que sintió que el flujo se detenía y salía cada vez con menos afluencia.
Ni siquiera quiso ver el retrete, él jaló de él para desechar el agua, mientras ella terminaba de asearse y colocaba una toalla sanitaria. Caminó lento, de vuelta a su cama, para recostarse. Él la siguió casi de inmediato, abrazándola por detrás, tratando de calmarla.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —dijo inspeccionando su temperatura—¿Náuseas? ¿Más dolor?
—En realidad, no—negó cubriéndose con una cobija—Sólo estoy cansada.
—Está bien, duerme—dijo besando su frente—Aquí estaré para lo que necesites.
—En realidad… ya no creo que sea necesario que te quedes—dijo suave—Yo creo que ya expulsé casi todo. Y no creo tener más molestias, al menos por ahora.
—Anna—le reprendió el castaño.
Sabía porque lo decía, pero ella también sabía porque se lo explicaba.
—Gracias por acompañarme, pero será mejor que vayas a hacer tus cosas—mencionó mirándolo—Me quedaré dormida, será aburrido para ti.
—Dormiré contigo.
—Estoy segura que tienes cosas más importantes que hacer, que quedarte a dormir conmigo—dijo liberando su rostro de su mano—Eres adicto al trabajo, seguro encontrarás pendientes de la semana. O puedes ir a una reunión social. Es sábado. Tienes una infinidad de opciones para hacer.
Él suspiró, contrariado de lo que saldría de su boca.
—Estaré bien— siguió ella—Además, necesito estar sola.
—Está bien—aceptó finalmente, tomando sus cosas de la silla—Pero llámame, si algo pasa, quiero me llames.
—Sí, así lo haré—dijo cerrando sus ojos—Gracias por el apoyo, señor Asakura.
Lo último que sintió fue sus labios sobre los suyos. Y luego la puerta principal cerrarse, entonces con mayor libertad, se abrazó así misma en ese mar de llanto.
Continuará
N/A: DE nuevo yo, lo sé, parecerá que no tengo nada que hacer. Pero no sé, me siento inspirada y en realidad sí tengo el tiempo del mundo. Nos acaban de decretar la Fase tres y el encierro es aun peor. Por otro lado, qué lindo que apoyen la postura de Hao. Digo parecerá inhumano, pero me parece hasta coherente con lo del manga, que él ya no quiere más seres humanos y esas cosas. Hasta se le hace intrascendente cuando Yoh le habla de la vida en la tierra. No sé, me recuerda mucho eso. Y creo que además es una creencia que ya muchos compartimos, eso de no tener hijos. Aunque quienes los tienes y quieren, también es muy respetable. Sé que me odiaran por esta decisión, pero wow… creo que no le vi un camino más coherente que éste. Gracia por todos sus mensajes, en verdad son motivación pura para mi imaginación y para que mi mente me diga, en vez de vagar en la lela, ponte a escribir. Gracias a todos, queridos lectores, a quienes me envían reviiews, quiero decirles que son mi motor para mi inspiración. Los quiero.
