Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.

Capítulo dieciséis

¿Hace cuántos años atrás?

"Fue hace muchos y muchos años, en un reino junto al mar…" ~Edgar Allan Poe

BELLA

Estacionando afuera, suspiré profundo y disfruté del aire frío. Solo era el principio de la primavera. Pero seguía haciendo el frío suficiente como para ver mi aliento. Era como caminar en zona de guerra. Había cristales rotos, madera rota, paredes que apenas estaban de pie, ya no estaban conectadas a nada. Este fue mi hogar. Es mi hogar.

¿Quién hubiera pensado que un año después de que me fui sería simplemente escombros? Edward me dijo que reconstruya, pero no parecía tener sentido hacerlo. Sería una nueva casa sin recuerdos. Incluso aunque fuera cenizas en el medio de la nada, seguía siendo mi hogar y podía recordar todo. Todavía podía recordar las decisiones que tomé aquí.

Años atrás

Fruncí el ceño, creando una línea de coca una vez más y la froté entre mis dedos. Era de la buena. Encontrar mierda de calidad como esto costaba una fortuna. Echándome hacia atrás en la silla de mi padre, eché un vistazo a los cuatro guardias, cada uno de pie en cada esquina. Todos estaban tensos, eran ratas que no estaban seguros de si se encontraban en un naufragio o simplemente luchando dentro de un huracán. Se rumoraba que fuimos intervenidos; incluso algunos decían… que perdíamos dinero. Tenían razón. Las cosas estaban desmoronándose. Los Cullen estaban comprando la mitad de la costa oeste. Los Volturi seguían controlando a Italia. Los Swan estábamos muriendo. La mitad de ellos no habían visto a mi padre en más de un mes, y pensaban que estaba enfermo. La otra mitad pensaba que lo había degollado mientras dormía y ahora todo se desmoronaba.

Parte de mí quería dejarlo caer. No había forma de que pudiera manejar todo esto ahora, de todas formas. Simplemente todo podría morir junto con mi padre y podría terminar mis estudios. Podría alejarme de todo esto justo ahora. Acababa de recibir mi carta de aceptación a UCLA esta mañana. Podría dejar Chicago. Mis cosas estaban empacadas, ya tenía mi pasaje, y aun así no podía quitarle mis ojos al bloque que se encontraba frente a mí en el escritorio. Veinte mil dólares de jaco estaba allí, tentándome.

Levanté la mirada hacia el rubio con manchas de sudor y grasa frente a mí. Durante las últimas tres semanas, había estado dando vueltas por las calles diciendo que sabía dónde conseguir mierda buena. Nadie le creyó, quiero decir, ¿por qué lo harían? Vestía prendas que debía haber robado a un cadáver, su cabello estaba tan sucio que caían copos sobre sus hombros y sus zapatos estaban tan gastados que no estaba segura de por qué se molestaba en usarlos. Parecía un vagabundo adicto… Cuando me llegaron los rumores, pregunté por él y el jaco. Pero no creí que fuera a traerlo.

Abriendo el cajón, tomé un fajo de billetes y los dejé sobre la mesa.

Él se apresuró a tomarlo como si fuera pan y estuviera hambriento, lo que seguro era así.

—Es buena, ¿no? Como dije, cocaína al cien por ciento. La mejor que hay.

—¿Dónde consiguió esto? ¿Sr…?

—Uley. Samuel Uley, y lo escuché hablar a un tano en el oeste. La gente susurraba sobre cómo tiene montañas de esta mierda por todas sus bodegas; miles de dólares que se comen las ratas. Te digo, chica, tengo los contactos; contactos que tu padre y yo podríamos discutir. Estoy seguro que les gustará.

—Mi padre no está aquí, y cuando no está aquí, hablas conmigo. Así que escuchémoslo, yo decidiré si vale la pena o no. —Cruzándome de piernas, esperé mientras él daba vueltas frente a mí.

—No estoy seguro si debería decirle esto a una niña —finalmente anunció.

—¿Una niña? ¿Acaso luzco como una niña? Esta niña es la que te acaba de dar diez mil dólares en efectivo —respondí, intentando mantener la compostura. Sus ojos se fueron directamente a mis piernas expuestas antes de mirarme a la cara.

—No, supongo que no.

—Entonces, ¿dónde conseguiste esto? —Odiaba tener que repetirme. Simplemente responde a la pregunta.

—Un viejo amigo se encuentra embarcado en América del Sur. Ha estado trayendo pequeños cargamentos escondidos para hacer algo extra. Pero no puede moverlo todo, no sin arriesgar su trabajo. Por el precio correcto, podría venderte solo a ti…

—¿Y tú eres su vocero?

Asintió, haciendo que pequeños copos cayeran de su cabeza.

—No deberías serlo. —Fruncí el ceño con asco—. Pero dile que si me entrega todo el producto que tiene con él, tenemos un trato.

Tomando el bolso lleno de dinero, lo observé por un momento. Esto se suponía que sería mi plan B, mi salida de aquí y aun así aquí estaba, lanzándole el bolso hacia él. Sus ojos se iluminaron y justo cuando comenzaba a tomarlo, agarré su mano y lo jalé hacia mí.

—Esto es suficiente para un cuarto. Los hombres de mi padre te seguirán a casa. Una vez allí, vas a llamar a tu amigo y hacer que el producto sea entregado en menos de dos horas en una fábrica abandonada cerca de la ribera. ¿Entendido?

Solo lo solté cuando asintió y le di el bolso antes de asentir hacia uno de los hombres para que se lo llevaran. Cuando se fueron, me eché hacia atrás, intentando respirar. Esto era una locura. Yo estaba jodidamente loca.

¿Por qué no pude simplemente alejarme?

—Sabes que es por esto que ninguno de ellos te respeta, ¿no? —Fiorello, la mano derecha de mi padre, entró con una bandeja de plata que solo podía adivinar que era comida.

Fiorello había estado con mi padre desde siempre. Sus padres fueron sirvientes aquí. Él, a cambio, no solo era el mayordomo principal, sino que también vigilaba todas nuestras comidas. Él era quien testeaba antes que nosotros la comiéramos. Se aseguraba que la Villa fuera una maquina bien aceitada incluso aunque sus huesos crujían cuando caminaba. Era un hombre algo petiso, y no estaba tan en forma como el resto de los hombres que estaban aquí, pero siempre le echaba la culpa a la vejez.

—Quizás no me importa un carajo. Quizás estoy cansada —respondí, poniéndome de pie. Caminé hacia el armario de bebidas.

—Sí, por supuesto que lo estás. Después de todo, eres una mujer. Ni siquiera una mujer, eres una niña jugando a ser grande —anunció. Su mano cubierta por un guante blanco apartó el resto de la cocaína de la mesa antes de colocar mi cena encima.

—No…

—Oh, créeme, lo entiendo, señora. Has hecho todo lo que tu padre te ha pedido. Entrenaste, estudiaste y acordaste ser casada. Pero, sigues siendo joven. Ahora estás al borde de crear tu propio camino. Piensas que el mundo afuera de esta vida tiene mucho que ofrecerte, pero estás equivocada. Estás dispuesta a lanzar el legado de tu padre y cuando muera, no tendrás nada con qué recordarlo. Serás una niña inservible, sin protección, sin dinero, y sin futuro. Estás luchando por tu vida. Por tu derecho a existir y ni siquiera lo sabes. Pero, ¿a quién le importa? Estás cansada. —Con eso, simplemente levantó la tapa para descubrir un plato de pato, hizo una reverencia y se dio vuelta para irse.

—¿Y sí no puedo hacer esto, Fiorello? ¿Y si lo decepciono y se muere pensando que soy una completa decepción?

—Por lo que sé de tu padre, estaría felizmente sorprendido si lo intentas y fallas, que darte por vencida sin comenzar. Sé de lo que eres capaz, quién eres. Lo he visto. Es por eso que estoy sorprendido de que intentes esconder tu naturaleza, niña. —Con eso, se fue. Simplemente bebí el brandy directo de la botella, lo que solo me hizo toser.

—Ah, odio el brandy. —Dios, necesitaba encontrar una nueva bebida. Dejando la botella sobre el escritorio, cubrí la comida. No quería comer. Honestamente, solo quería beber hasta mañana.

Todo lo que había hecho era por el bien de mi padre, para su negocio y no era mi culpa que lo estuviera lanzando todo a la mierda. Fue capaz de sobrevivir a una ronda de quimio en secreto hace unos años. Había vencido al cáncer una vez y ahora estaba devuelta para una segunda ronda. El único problema era que no quería luchar de nuevo, estaba demasiado cansado para hacerlo. Tuve que rogarle que lo intentara de nuevo. Él aceptó, solo si podía ser tratado en la casa.

Nadie tenía permitido verle, pero estaba cansada de esperar a que llamara. Tomando las llaves, bajé hacia los pasillos de mármol y hacia la última puerta a la derecha. Solo lucía como un armario mal ubicado cuando abrías la puerta. Sin embargo, si encontrabas el picaporte de acero escondido detrás de la mopa y la abrías, había otra habitación. Allí estaba mi padre, afeitándose su propia cabeza frente al espejo.

—Te dije que no entraras aquí, Isabella —siseó, sin molestarse en levantar la vista de lo que estaba haciendo. Se encontraba más pálido que nunca. Su mano temblaba cada cierto momento, pero simplemente siguió cortando. Sus rulos oscuros, que una vez estuvo en su cabeza, caían al suelo.

—Quería asegurarme…

—Fuera —espetó—. Deja que un viejo muera en paz.

No podía moverme, simplemente observé caer su cabello.

—¡ISABELLA, VETE! —gritó.

—¡No! —espeté, cerrando la puerta detrás de mí—. ¿Has estado recibiendo tu quimioterapia?

Golpeando la navaja de afeitar contra el vestidor, se puso de pie fulminándome con la mirada.

—¿Sabes? Tu terquedad no es atractiva. Tú, Isabella Marie Swan no eres nada más que una niña, y una desagradecida. ¡No me vas a cuestionar! ¡No me vas a levantar la voz! ¡Yo manejo esta casa! ¡Puede que esté muriendo, pero sigo siendo CHARLES SWAN! Ni tú ni nadie me tratará diferente. ¿Fui claro?

—¡No te estás muriendo! ¡No estás tan enfermo como piensas! ¡Recibe la quimioterapia, papá! Me niego a ponerte en una tumba. ¡Desde niña que he entregado cada parte de mi vida en lealtad y amor hacia ti, tengo que hacerlo porque eres todo lo que tengo! Así que no, no te vas a morir. ¡No me vas a dejar con esta mierda y simplemente darte por vencido, gran Charles Swan!

Al momento que terminé, su mano derecha me tomó del cuello y me acercó a él.

—Tu lealtad debe ser hacia tú misma. Tu amor debe ser hacia ti. Nadie te protegerá mejor que tú. He pasado años intentando grabar eso en tu pequeña cabeza, pero te niegas a entenderlo. Estás sola. Jamás me tuviste. Es hora de que crezcas, Isabella. ¡Encuentra tu propio camino en vez de aferrarte al mío!

La espuma de afeitar que seguía sobre su cabeza cayó en mi mano mientras intentaba zafarme. Sin embargo, me soltó, dejándome caer como un trapo mojado sobre el frío suelo. Sosteniéndome del cuello, intenté respirar, controlarme, pero ya estaba harta.

—¿Crecer, Charlie? ¿CRECER? —grité, poniéndome de pie—. ¡He sido adulta desde que tenía seis años! ¡Es un milagro de que no sea una asesina serial con la mierda que he pasado y las cosas que he visto! Puede que hayas invertido en entrenadores y tutores para mí, pero no me criaste y jamás estuviste allí para que me aferrara a ti. ¡Pero, oye, si quieres morir, hazlo, cobarde! Mientras tanto, yo me haré cargo de este… este maldito imperio por mi cuenta y no me rebajaré a robar el mando, me lo ganaré.

—¿Crees que puedes sentarte en mi silla? —Rio, tambaleándose un poco mientras yo tomaba del picaporte—. Te he visto intentarlo y es muy grande para ti. Lo has intentado, cariño, no te preocupes. He dejado una pequeña fortuna aparte y unos contactos conseguirán que Cullen se case contigo cuando seas lo suficientemente grande. No quiero que mi hija termine en la calle.

Lo observé tambalearse hacia sus nuevas botellas. Tomó una y bebió directamente. Estaba borracho. Bebió todo antes de buscar otra botella.

—¡Por el cáncer, esa perra nunca muere! —Brindó consigo mismo antes de volver a beber. Lamentablemente, esa botella solo duró unos segundos antes de lanzarla hacia la pared. Esta estalló, manchando el empapelado de un hermoso rojo sangre.

Como si alguien le hubiera quitado las baterías, se dejó caer sobre la silla frente al espejo. Intentó levantar la cuchilla, pero no pudo con su mano temblorosa y sin duda una visión borrosa.

Respiré profundo y caminé hacia allí. Tomé la navaja de él.

—Yo lo haré, luces como si hubieras perdido la pelea contra un par de tijeras. —Fue todo lo que pude decir, llevando la antigua navaja hacia su cabello.

Riendo, asintió, pero sostuve su cuello.

—Volví al veneno. Me detuve por un momento, pero comencé de nuevo esta mañana. No debería haber parado, pero es tan doloroso como la última vez.

No me atreví a mirar al espejo y observar su rostro. Sabía que le dolía. Había hablado con todos sus médicos y el dolor era un efecto secundario, ellos no podían darle nada más que medicina. La medicina lo ponía de mal humor y a veces algo violento. Era una de las razones por la cuales intentaba encerrarse.

—¿Cuánto es esta pequeña fortuna? —pregunté, intentando cambiar de tema.

—¿Pequeña fortuna?

—La que tienes escondida del cerdo irlandés y su familia de ratas.

—Bella…

—No me digas así con una navaja contra tu cabeza, Charlie. Tengo otro uso para ella y no va a ser derrochada en esas personas.

—¿Qué querrías hacer con ese dinero que no puedes hacerlo ahora? —Me encontré con sus ojos en el espejo y solo sonreí.

Iba a hacer lo que él creía que no podía hacer. Iba a volverme una fuerza dura de vencer. Iba a asegurarme que tuviéramos el monopolio de la cocaína y heroína. Iba a asegurarme que no necesitemos a ningún Cullen y mucho menos a un Volturi.

—No confío esa mirada en tus ojos. —Frunció el ceño, observándome con cuidado. Incluso borracho, intentaba leerme.

—¿Por qué? ¿Te recuerda la mirada en tus ojos?

—No, porque me recuerda a tu madre. Siempre supe que una tormenta se acercaba cuando veía esa mirada. —Señaló hacia mis ojos en el espejo y simplemente sonreí. Tomé una toalla que tenía en su escritorio, limpié el resto de la espuma de su cabeza y le di un beso.

—Tengo que irme, Charlie. Descansa un poco.

Llevándome la navaja conmigo, lo dejé sentado allí, con el resto de su cabello sobre el frío mármol. Caminé hacia el armario antes de llegar al pasillo y puse llave a la puerta detrás de mí antes de irme. No era la única entrada a su cuarto. Había una puerta trasera en los jardines por las que entraban y salían sus médicos, pero él quería esta puerta con llave, así que le puse llave.

—Fiorello, justo el hombre que necesitaba ver. —Sonreí, entrando en el pasillo.

—¿Hay alguna razón por la cual esté en el armario, señora? —preguntó, pero él sabía la razón. Las paredes tenían oídos y las criadas hablaban… siempre hablaban.

—Olvídate de eso. Mi padre tiene dinero que me está ocultando.

—Señora…

—No me mientas, Fiorello. Necesito saber cuánto y dónde se encuentra. Después de todo, estoy luchando por mi vida aquí.

Intentó que una sonrisa no se asomara sobre su arrugado rostro.

—¿Y cómo ayudarían siete millones de dólares?

Siete millones de dólares no era una pequeña fortuna, era una enorme y lo justo para pagar deudas y procurarme unas docenas de kilos de cocaína.

—Ustedes dos. —Señalé a los hombres de pie en el pasillo.

Caminando hacia mí, se enderezaron.

—Sí, señora.

—Nombres.

—Jacob Black, el hijo de Billy Black, usted fue la que…

—Deja de hablar —espeté antes de mirar al otro—. ¿Tú?

—Seth…

—Samuel Uley, consíganme todo lo que puedan sobre él, acósenlo si es necesario. Encuentren quién es su proveedor y luego asegúrense que sea el mío con la fuerza que sea necesaria. ¿Está claro?

—Sí…

—Entonces, ¿por qué siguen de pie aquí? —Se miraron el uno al otro por un momento antes de irse.

—Mírate —dijo Fiorello.

—No hay nada qué mirar porque tienes que hacer una llamada al banco. Entonces, ¿por qué no estás haciendo eso? —Arqueó una ceja antes de hacer una reverencia e irse.

Observando a la puerta una vez más, supe que no tenía opción. No había salida. Todo lo que tenía era esto y moriría antes que alguien me lo quitara.

EDWARD

Ella salió del hospital tan rápido que estoy seguro que dejó humo a su paso. Después del anuncio de Jasper, supe que esto le afectaría, solo que no sabía cómo. O lo que pasaba por su cabeza en estos momentos. Ella no podría estar pensando con claridad porque si fuera así, no se hubiera ido sin decírselo a alguien. Simplemente tomó las llaves del Range Rover y se fue. No podía llamarla porque seguía teniendo su teléfono. Ella iba a volverme loco un día y podía sentirlo. Iba a enloquecer y matarla un día. Si no fuese por el maldito GPS del coche, ya hubiera tenido lista a la Guardia Nacional.

No me llevó mucho encontrarla cuando frené frente a los restos de lo que solía ser la Villa Swan; su antiguo hogar aquí en Chicago, el lugar donde la conocí por primera vez y que fui disparado por ella. Se encontraba sentada sobre una pila de tuberías oxidadas, simplemente mirando, completamente ajena al mundo a su alrededor. Estacionando al lado de su coche, agarré la botella de agua. Sin embargo, cuando salí, escuché un disparo y me tiré al suelo. Ella solo estalló en risas.

—¿HAS PERDIDO LA CABEZA? —le grité, observando el agujero en la puerta del coche.

—Deja de acosarme. ¡Quería estar sola!

—¡Entonces usa tus palabras! ¡Podrías haberme matado!

—Deja de ser tan melodramático, sabía que no iba a darte. Disparo mucho mejor que tú. —Suspiró, levantando la mirada hacia las estrellas.

A la mierda. Qué se deshidrate. Pensé, lanzando la botella devuelta hacia el coche.

—Oye, ¿acaso eso no era para mí? —preguntó, viéndola mientras me acercaba a ella.

—No, esa agua era para la esposa que no me dispara —respondí, fulminando con la mirada a la glock en su mano.

Frunció el ceño.

—¿Cuántas esposas tienes, Sr. Cullen?

—Por mucho que me guste este juego entre nosotros, ¿qué estás haciendo aquí, Sra. Cullen? —No entendía por qué simplemente no reconstruyó la casa. Ella no permitió que nadie la tocara. No era más que metal oxidado, porcelana rota y algunas paredes que luchaban para mantenerse de pie.

—¿Sabías que fue aquí que decidí finalmente unirme… manejar el negocio familiar?

—No, no estaba al tanto que pasaras tanto tiempo en Chicago. —No estaba seguro cómo lo hubiera sabido.

—Usualmente venía por dos razones; mi padre tenía negocios que hacer o una cita con el doctor.

—¿No hay doctores en California?

—Había, idiota —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Sin embargo, el Dr. Anderson estaba aquí. Jamás supe por qué tenían un lazo tan fuerte. Pero él fue quien ayudó a traerme al mundo. Así que supongo que jamás le dijo a la policía de cómo Charlie se aseguró que Renée no se fuera. La lealtad era algo importante para él, pero aun así no tenía una. Me dijo una vez, con sus manos apretando mi cuello, que solo debo ser leal a mí misma. Solo amarme a mí misma.

—¿Puso sus manos alrededor de tu cuello? —Ahora estoy más que feliz de haberle clavado esa jeringa en el brazo.

—Cálmate, macho dominante. Mi padre no abusó de mí, era el cáncer que hablaba. Mientras hacía la quimio, se volvía violento y frío. Estaba muriéndose y por esa razón no quería hacerlo. Todas las semanas nos peleábamos por ello. Se encerraba así no se las agarraba conmigo. Cuando tuve diecisiete años, estaba lista para irme. Estaba harta. Estaba cansada. Había entrado en UCLA, mi padre estaba cerca de la bancarrota y la gente se le estaba yendo rápido.

—Y tú cambiaste todo. —Nuestro "mundo" pensó que era su padre. Ella era increíble.

Me sonrió con ojos brillantes y una mirada que solo podía traer problemas.

—¿Quieres saber cómo?

No estaba seguro.

—¿De acuerdo? —respondí, tomando asiento a su lado.

—Mi padre tenía dinero apartado para ti. —Rio, pasándose las manos por su cabello oscuro—. Estaba preocupado de que no querrías casarte conmigo si no tenía dinero y, peor, nada de poder. Mantenía una libreta negra con cada juez, oficial de policía, y político que le debía a la familia. Sin mencionar a los campos de marihuana en el sur. Estuve furiosa cuando lo vi. Primero, valgo más que siete millones.

—Sí, ahora —bromeé, a lo cual ella solo levantó su pistola hacia mí.

—¿En serio?

No pude evitar reír.

—Entonces, ¿tomaste mis siete millones y…?

—Tomé mis siete y compré productos a Sam.

—¿Sam? ¿El oficial Uley?

—Sí, él era un simple vagabundo cuando lo conocí. Todavía no sé si era un adicto o no.

—¿Qué tienes con los vagabundos? Primero Jinx, ¿ahora Sam? —Sí que le gustaba los callejeros. Esperemos que ya no.

—No voy a preguntarte cómo es que supiste sobre Jinx, porque puede que te dispare. —Entrecerró sus ojos. Me hizo desearla aún más cuando me miraba así.

—De todas formas, Sam conocía a una persona en América del Sur que contrabandeaba. Le ofrecí trabajo, él me ofreció todo lo que tenía: conexiones, trabajadores, contrabandista. A cambio, le di una salida. Aparentemente, tenía dos hijos que alimentar y no quería ser traficante toda su vida. Siete millones fue suficiente. Lo tenía todo y al momento…

—Fiebre del oro —susurré, sonriendo—. Tú estuviste detrás de todo eso. Mi padre estaba enfurecido. Cada adicto y traficante en este maldito país quería solo coca. Tú la vendías más barata y más potente que nosotros. Estábamos escurriendo dinero y no teníamos idea de quién estaba detrás.

Mi padre casi se volvió demente buscando la fuente de su mierda.

—Siete millones se volvieron veintiocho en el primer mes. Para el final de ese verano, había dejado de perder dinero y todas esas ratas que nos habían dejado volvieron corriendo.

—Estoy seguro que tuviste un gran día con ellos. —Después de todo, las ratas no tenían lealtad.

—Fiorello se ocupó de ellos. —Suspiró y se estremeció, no por el aire frío, sino por algo que claramente yo no entendía.

—¿Fiorello? —le pregunté, colocando mi chaqueta sobre sus hombros.

Ella la observó por un momento, y después a mí antes de asentir, estirando sus piernas sobre las tuberías.

—Nuestro mayordomo principal. El día que viniste, él seguramente te hizo una reverencia.

—Ah, el tipo de Downtown Abbey.

—Sí, para celebrar, invité a todos los hombres a un gran banquete en esta misma Villa. Pasamos un video de todos los hombres que se habían ido. Para probar su lealtad, se suponía que debían dispararles. Sin embargo, ninguno de ellos lo hizo, así que hice que los francotiradores lo hagan. El resto de ellos fueron advertidos por Fiorello.

—¿No querías a Fiorello contigo cuando te mudaste?

Frunció de nuevo el ceño y odié eso.

—No. Él no hubiera venido y no quería obligarlo. Se quedó por mi padre y después que este murió, volvió a Italia. Supe que Sam se había postulado para la fuerza, pero fue rechazado un año antes que viniera a mí. Parte de mí creía que él podría derribar a mi familia y obtener el crédito si se unía. Aun así, usé la libreta negra de mi padre, pedí unos favores que me debían y entró; mi infiltrado personal trabajando en la policía de Chicago. Me tomó años, pero lo hice. Incluso después que los Volturi hayan incendiado los terrenos, los Swan seguimos en la cima. Después de la fiebre del oro, los federales se encontraban de cacería de todas formas, así que me concentré en el cristal y la heroína.

—Y Alice… —No pude decirlo. Era tan extraño. Ella era buena. Intentaba con fuerzas ser fuerte y mala como nosotros, pero era demasiado buena. Me gustaba eso de ella.

—Y la enfermedad de Alice lo trajo todo de vuelta. Me hizo preguntar cómo hubieran sido las cosas si mi padre jamás lo hubiera tenido. ¿Hubiera ido a UCLA? ¿Quién sería?

—Una dulce y adorable graduada, y seguramente casada conmigo. Mi vida seguramente hubiera sido más fácil…

—Realmente quieres que te dispare, ¿no?

Riéndome, la atraje hacia mí, envolviéndola en mis brazos.

—Puedo verlo. Realmente hubieras sido tan inocente como lucías.

—Todo lo que puedo ver es a ti caminando sobre mí e inclinándome para tener sexo como si fuera tu juguete personal. —Me empujó, colocando el seguro al arma antes de guardarla.

Verla manejar una pistola me hacía querer inclinarla ahora. Sin embargo, este no era el lugar. Lo último que necesitaba era que se enfermara de nuevo, pero en el coche…

—¿Por qué me miras así? —preguntó, a lo cual solo sonreí.

Acercándome, tomé de sus piernas y la cargué sobre mis hombros.

—¡EDWARD CULLEN! ¡BÁJAME AHORA MISMO!

—No hasta que te inclines sobre el coche. ¡Lo cual me debes! —le dije, dándole una nalgada y disfrutando de cómo su trasero se sacudía al costado de mi rostro.

—¡Estúpido irlandés barbárico!

Ese era nuevo, pero podía trabajar con ello.