Capítulo 18
La semilla y el sembrador
Harry Potter pertenece a J.K. Rowling
Snape tuvo que confesarse que no se marchaba de Hogwarts por vigilar a Avery, sino que se iba para huir de Granger. Ella era la razón por la que se había quedado unas semanas más y también era el motivo por el que debía irse de inmediato.
Esa mañana cuando caminaba hacia un aula la encontró observándolo de lejos en un pasillo repleto de estudiantes. Se detuvo unos segundos para regresar la mirada y el verla allí esperando por él le produjo un extraño dolor. Se dio la vuelta hacia la puerta y dejó atrás a la prefecta.
Incluso olvidándose de Avery apenas podría ofrecer a Granger un poco de tiempo, no más de tres meses y sin embargo se preguntaba si ella podría aceptarlos a sabiendas de lo escaso del tiempo, porque Snape era parecido a un hombre condenado a muerte.
Sin embargo quería vivir y acariciaba la idea de quedarse tan sólo un poco más.
Aunque supo que buscar a Granger en su habitación significaría verse tentado por segunda vez, se echó la capa encima y se encaminó hacia allá cuando inició el toque de queda.
II
Hermione pasó el día en una constante ansiedad. Había visto a Snape apenas durante unos segundos y él la eludió por completo. Llegó a pensar que tal vez había renunciado durante el transcurso de la mañana, como dijo que lo haría y se había marchado sin decir una palabra.
Por la noche volvió a su habitación con un peso en el espíritu y una extraña sensación de derrota.
Sólo pudo darse cuenta de lo que sentía una vez que él la besó; antes no había querido enfrentarlo, antes quiso creer que no era cierto. Ella no solía perder nunca la cabeza y le atemorizaba la idea de convertirse en alguien irracional y torpe.
Se sentó frente a su mesita de trabajo y sus dedos recorrieron las figuras trazadas en un pergamino extendido. Recargó su cabeza en la pulida superficie de madera y sin buscarlo comenzó a dormitar un sueño intranquilo.
Despertó unos minutos después, al escuchar que tocaban a su puerta. Levantó la cabeza sin querer arrojarse a su esperanza y se acercó al dintel para abrir, reuniendo toda su serenidad.
Era él, llevaba una levita negra más elegante que las usadas en la cotidianeidad del castillo. Hermione sabía que su percepción le jugaba trucos, Severus no era un hombre hermoso, pero se lo pareció.
No pudo evitar contemplarlo unos momentos y sus retinas se llenaron de luz. Snape estaba pálido y grave. Jean se imaginó que estaba allí para intentar despedirse una segunda vez.
— ¿Puedo pasar? —preguntó dubitativo, temía que Granger le cerrara la puerta en la nariz, pero la muchacha se hizo a un lado para abrirle camino.
El maestro entró en la habitación de dos zancadas y se retiró el hechizo "Deletrius" del rostro, para que la prefecta pudiera verlo sin ilusiones. Cuando Hermione notó el cambio sus ojos se agrandaron un poco, pero su expresión se suavizó después de unos segundos.
—A veces se me olvida que llevas ése hechizo encima. —sujetó el antebrazo del muchacho—.Ven.
Lo llevó hasta la silla que estaba frente a la mesita y al ventanal, Snape se dejó guiar, incapaz de decir algo. Parecía atormentado y atónito del sólo hecho de que Hermione lo tocara.
— ¿Quieres un poco de té?
Él negó con la cabeza, mirando al suelo con la quijada endurecida. Hermione estaba inquietándose cada vez más, pero no quiso demostrarlo.
—Sobre lo que ocurrió anoche…—murmuró el joven—.Hice mal y me disculpo.
La muchacha estaba extrañamente calmada, como si estuviera preparada para oír cualquier cosa, como si su corazón fuera invulnerable.
— ¿Te disculpas?
Snape tomó un aliento apresurado y sus cejas se contrajeron con bochorno, empezaba a balbucear una excusa, cuando los dedos de Hermione tocaron su hombro, haciendo que levantara la cabeza para mirarla.
—Severus, no me gusta pretender que no siento lo que siento. Nunca he sido buena fingiendo. Perdóname.
Antes de que el mestizo pudiera entender lo que la impulsaba a pedir perdón, la prefecta acercó su cara a la del hombre y apretó sus labios sobre los de él en dos ocasiones, con una suavidad imposible, como si besara a la criatura más frágil. Cuando se apartó Snape la observaba anonadado. La prefecta inclinó la cabeza hacia él de un modo casi desafiante.
—Hermione…—el maestro se puso de pie de repente, la silla casi había caído por el movimiento. Prince negaba con la cabeza con una efusividad impropia de su persona—.Tendré que irme, eso es inevitable. No debo relacionarme más contigo, te haré perder el tiempo. Apenas me quedan tres meses, tres meses son nada. No tiene ningún objeto…
Guardó silencio cuando aprecio el brillo agudo en la mirada de Granger. La muchacha suspiró antes de comenzar a hablar.
— ¿No es por Avery que te vas, no es cierto? Bien podrías quedarte en Hogwarts, si no fuera por… por mí.
Prince no dijo nada, pero su gesto, aunque rígido, expresaba la desazón que sentía.
—Todas las personas terminan separándose tarde o temprano, es la ley de la vida, pero aún así siguen buscándose. Incluso si sólo son tres meses… acepto esos tres meses Severus.
La mirada de Hermione lo traspasó, parecía poder mirarle los huesos y el corazón, latiendo debajo de las costillas. Snape sintió como su respiración se volvía apresurada mientras la prefecta lo estrechaba, lentamente. Su mano subió hasta el cabello de Hermione y lo acarició por primera vez. Tembló entero al tenerla entre sus brazos. Un hombre como él, no podría saborear esta dicha por mucho tiempo.
Casi estaba escéptico frente a su situación. Ésta no podía ser la realidad detrás de la puerta del armario; tal vez era un delirio que se atravesaba antes de llegar al destino verdadero.
Como lo había hecho antes sujetó la cara de la prefecta entre sus manos, y le acarició las mejillas con sus pulgares, todavía sin creérselo. Las pupilas de Hermione parecían inmensas cuando lo atraparon en una mirada.
Se abandonó al abrazo de la muchacha, apoyando la cabeza en su hombro y respirando su olor, su olor maravilloso. Pero mientras la abrazaba, supo que tendría que pagar por ése momento.
III
No le fue difícil concertar un encuentro con Cepheus es uno de los bares más escondidos de Knockturn. Estaba inquieto respecto a él y aún barajaba la posibilidad de abandonar el castillo. En el fondo esperaba que Avery necesitara su atención, esperaba que le diera motivos para preocuparse. Así tendría un motivo para dejar a Hermione, hacerlo pronto.
No tardó en reconocer la rubia cabeza de Cepheus y fue a sentarse frente a él, en una pequeña mesa redonda. Avery alzó los ojos de su tarro de cerveza y estudió a su compañero con una mirada aguda. Snape se inquietó, pero hizo lo posible por no demostrarlo.
— ¿Has hecho algún avance con las runas que te di?
—Alguno, pero nada significativo.
A Snape le parecía que Cepheus tenía la creencia de que la respuesta a su situación residía únicamente en esas runas y esto le resultaba absurdo.
—Yo tampoco he conseguido traducir precisamente las líneas más importantes, las que dominan el significado…
Se quedó pensativo durante largos segundos. El bar se hundía en una espesa media luz y muy pocas mesas estaban ocupadas, por lo que era difícil que alguien pudiera escucharlos.
—Pero he pensado… el Lord no puede ganar, estaba condenado desde el principio ¿No crees lo mismo Snape?
Severus apretó la mandíbula y compuso una cara seria.
—No lo sé.
—No he conseguido siquiera averiguar detalles de la guerra, nadie sabe nada por estos rumbos, los mortífagos que eran más cercanos a él están muertos u en la cárcel… yo mismo, a mí me sentenciaron al beso, Morgana, qué horrible y tú mi amigo… no acabaste mejor que yo.
Mientras hablaba la piel se le tornó de un color desagradablemente pálido, como leche agria.
—Desde aquí todo eso parece inevitable, ¿no tienes la misma impresión?
—No lo sé…
—No lo sé, no lo sé. Debes tener una opinión o es que…—entrecerró los ojos, haciendo una mueca irónica— ¿O es que te llevas mejor con los afables habitantes de Hogwarts? ¿Ya no puedes confiar en un viejo amigo?
—No digas idioteces Cepheus.
— ¿Sabes Snape? Hay rumores sobre ti. Dicen que desde el principio tú intención era proteger a Harry Potter, que nunca creíste en la causa del Lord, que deseabas que cayera y siempre trabajaste en su contra…
Los ojos del mestizo se agrandaron con furia y apretó los labios de una manera hostil hacia el hombre que le hablaba.
— ¿Tienes miedo amigo, de que consiga confirmar esos rumores? ¿Tienes miedo de mi?
—No eres digno de que te teman Avery. —arrojó Snape, con dureza—.Además tú mismo has dicho que estos mortífagos ni siquiera están enterados de lo que realmente ocurrió ¿Vas a creer en ellos antes que en mí?
Cepheus trató de ahogar la indignación que le produjo la primera frase de Snape y se debatía entre volver a un terreno de complicidad o defender su orgullo.
—He confiado en ti Severus, pero me doy cuenta de que no me correspondes. Eres ambiguo cuando yo intento ser franco.
—Ya deberías saber que la franqueza es contraproducente para nosotros.
Cepheus sonrió con malicia, ocultando su decepción.
—Así que admites que nunca has sido sincero. Aunque eso ya lo imaginaba… te gustan los sangre sucias más de lo que puedes admitir, eso lo sé de cierto. Pero lo entiendo, porque no importa lo que hagas, siempre serás un mestizo.
Avery se rio frente a la cara de Severus, aunque le asustaran las represalias.
—Deberías verte, qué fácil es provocarte a veces.
— ¿A dónde quieres llegar con todas estas estupideces Avery?
El muchacho rubio borró su sonrisa, se encogió un poco en la silla frente a la mirada inflexible del otro.
—Tu desconfianza hacia mí hará que él nos mate a los dos… no importa cuánto idolatres al Lord Snape (aunque dudo de tu fidelidad) habrá que mentirle y lo sabes. Dime si vas a mentir conmigo u si vas a jugarte la cabeza por serle leal. Quiero saberlo ya, prefiero morir aquí por tu mano, que allá, descubierto por él. Es un sádico.
Snape se envaró en la silla, observando a Cepheus fijamente, buscó en sus pupilas, pero no halló rastro de que estuviera intentando engañarlo, ni siquiera con legeremancia.
— ¿De verdad quieres defraudar al Lord Cepheus? ¿No lo reconoces como tu líder?
Cepheus sonrió de nuevo y levantó su tarro hacia Snape como en un brindis.
— ¿Tú sí amigo mío? Dudo que alguien además de la loca de Bellatrix le sea realmente leal y yo no pienso morir por él, soy un Slytherin no un Hufflepuff y estoy seguro de que piensas igual que yo, habla ya.
La expresión grave de Snape mutó en una sonrisa tensa.
—Voy a mentir contigo Cepheus, igual que tú creo que está condenado a perder.
El rubio se acercó al mestizo, ansioso, enseñando los dientes en una sonrisa animalesca.
—Y los Slytherin nunca juegan en el lado de los perdedores. —murmuró mientras se llevaba el tarro a los labios.
Snape se ablandó en el asiento. Era evidente que Cepheus no tenía ninguna inclinación fanática hacia Tom Riddle, por lo que no era necesario vigilarlo. Esto fue un alivio y un golpe, si se decidía a marcharse de Hogwarts, habría una única razón. No cabía la posibilidad de mentirse.
IV
Severus se encontraba sentado frente a su escritorio. Corregía los ensayos del grupo de séptimo de DCAO. No podía dejar de pensar en la prefecta mientras lo hacía, guardaba su escrito al final para poder leerlo con detenimiento y regodearse en la caligrafía de su puño, buscar incluso una referencia oculta para él, en algún sitio.
Gruño por sus estúpidas inclinaciones, ésta efímera relación que mantenía con la prefecta le daba un contento que pensaba que no tendría.
Escuchó que llamaban a su despacho y miró el reloj, pasaban de las doce. Se puso de pie, expectante ¿sería posible que ella se hubiera atrevido a dejar la torre de prefectos en medio de la noche?
Se acercó a abrir la puerta sin preguntar siquiera el nombre de quién le llamaba. El pasillo estaba vacío, pero un olor a menta le acarició las fosas nasales.
—Eres tú. —exhaló complacido de confirmar su sospecha. Se hizo a un lado y escuchó unos pasos que andaban hacia el centro del despacho.
—Herm…—un cuerpo que no veía se arrojó a sus brazos, le cerró la boca con sus labios. Prince se inclinó dejándose hacer. A pesar de que ésta era una felicidad pequeña y frágil no olvidaría la generosidad de Granger. Había elegido enamorarse de un hombre que no podría ser suyo ni dedicarse a ella.
Cuando se separaron la muchacha era completamente visible y sonrió con un aire socarrón.
—Tendría que cuidar que los chicos no desobedezcan el toque de queda, pero mírame…
—Supongo que no tienes remedio a estas alturas prefecta, pero ya rompías las reglas antes de conocerme. —le dijo él, con cierta malicia.
Granger admitió que Snape llevaba razón en eso. La primera persona por quién había roto todos los códigos del castillo era Harry Potter.
—No importa, hiciste bien.
— ¿Hice bien porque es algo que te beneficia? —preguntó la muchacha con una ceja alzada.
—Exacto. —murmuró el joven mientras se acercaba a Granger con una sonrisa afilada que desapareció una vez que estuvo frente a la muchacha. Snape de pronto estaba serio, incluso un poco dubitativo. No terminaba de entender los motivos por los que Hermione lo apreciaba, por los qué le ayudaba ¿por qué lo quería? si realmente lo quería.
Rodeo la cara tierna de la prefecta con sus manos, ella le hincó unos ojos grandes y despiertos. Snape se sintió temblar.
—Ojalá sigas rompiendo las reglas…—dijo sin entender sus propias palabras. Hermione se rio un poco a costa de sus nerviosismo y alzó los dedos despacio, para acariciar el pómulo del muchacho, pero él se retiró, aturdido y se puso a recoger los papeles que había dejado sobre el escritorio, sin comprenderse. Ansiaba a la prefecta, pero algo dentro suyo le instó a separarse de ella, como si las manos de Granger fueran a quemarlo. Le asustaba la urgencia de sus aspiraciones ¿Qué sería de él si se abandonaba ahora? Hermione tal vez no rehuiría al dolor, actuaba con una desinteresada valentía ¿pero él podría hacer lo mismo?
—Por mi parte, no sé si es correcto que rompa más mi código… alguien con mis compromisos no debería…
Granger lo observaba una expresión atenta y ligeramente decepcionada.
— ¿A qué le tienes miedo?
—No dije que tuviera miedo. —la corrigió, enrollando un pergamino como si su papeleo fuera de pronto lo más importante para él dentro del despacho—.Debo mantener la cabeza despejada y me temo que no podré si… si seguimos con esto.
Hermione volteó la cara hacia la pared, con los ojos encendidos y la boca apretada. Tenía los brazos a los lados, los hombros rígidos.
— ¿En verdad es por tus "deberes"? ¿O hay algo más? Aunque digas que no es cierto, creo que estás asustado. No debería extrañarme, el profesor Snape no sabía expresar más que ira.
Severus alzó los ojos hacia ella, con las cejas contraídas en reprobación.
— ¿Así que me conoces muy bien?
Granger se encogió un poco y bajó la cabeza con frustración. Quería abrazar a éste hombre pero él la rechazaba.
—Yo… no quise compararte con él… quizás deba irme. —murmuró, buscando su varita entre sus bolsillos, pero estaba inquieta, se sentía estúpida y sin querer tiró su arma al piso justo al encontrarla.
Prince se agachó antes que ella, Granger gruñó molesta por ésa acción de caballerosidad inoportuna. Cuando él se levantó para ofrecerle el arma algo en su cara había cambiado. Miró a Hermione con las pupilas rutilantes, como si una lumbre estuviera prendida dentro.
—Tal vez tengas razón. —admitió mientras separaba los dedos de Granger y depositaba el arma en ellos. Hermione tenía el semblante pálido—.Tal vez tenga miedo.
El hombre se dio la vuelta para continuar recogiendo sus papeles en silencio. Jean contempló la espalda de Prince durante un par de minutos, reflexionando.
Snape supuso que de un momento a otro escucharía los pasos de Granger acercándose a la salida, pero en lugar de eso la sintió aproximarse. Una de sus manos blancas lo sujetó de la cintura y en unos segundos ella estaba rodeándolo, lo apretaba como si sus brazos pudieran retenerlo en ése minuto durante muchos años. Snape estaba cansado de decirse que no la quería, que no pensaba en ella. Acarició los delgados dedos de Hermione que se sujetaban de su levita.
— No importa, no importa si duele después ¡estamos vivos maldición! No voy a dejar pasar el tiempo huyendo del dolor.
Snape dejó salir una risa breve y acibarada.
—Eres una Gryffindor de manual Hermione. Quieres arrojarte a… lo que sea que esto sea, sin pensar en las consecuencias.
—Conozco las consecuencias, Severus. Pero aun así… las acepto.
Severus no creyó tener el valor de darse la vuelta y enfrentarla. Nunca imaginó que alguien le diría esas palabras y no sabía qué hacer con ellas, sólo pudo apretar las manos de la prefecta en torno a su pecho y observar la vela que estaba sobre su escritorio en silencio.
Esa llama lábil le recordó su estancia en el mundo, lo que le esperaba.
—Sabes que no hay nada que pueda prometerte. Ni futuro, ni permanencia…
—Lo sé. — murmuró Hermione con la cara contra la espalda del hombre. Snape se volvió despacio, sin soltarse de las manos de la prefecta y se atrevió a mirarla de lleno a los ojos. Vio en ellos una dulce osadía. Acarició la mejilla de la joven con el dorso de la mano, todavía escéptico; sin embargo la sonrisa de Hermione no dejaba lugar a dudas.
Se inclinó hacia la muchacha, entregado a su afán, soltando sus preocupaciones como a cuerdas. La beso sin que nada le importara, por primera vez. Los labios de Hermione le correspondieron sin cautela y Prince sonrió para sí mismo. Se llenó de euforia. Esperó encontrar un mundo distinto del otro lado de la puerta, pero no a ella, no a una joven como Hermione Granger.
V
Hermione apenas durmió las noches siguientes, hablaba poco con sus amigos, se alimentaba sin apetito y durante su tiempo en el gran comedor sus ojos se desviaban con toda la sutileza posible hacia la mesa de profesores. A veces al ver a Snape allí sentado la sobrecogía una sensación de irrealidad. Era tan improbable que él de verdad estuviera en Hogwarts y que ella le profesara esos sentimientos. Sin embargo había ocurrido.
Pensaba en él constantemente, sin buscarlo, a pesar de que apenas habían conseguido intercambiar un par de palabras en el espacio de varios días. Él siempre estaba rodeado de alumnos y docentes, ella de sus compañeros y amigos.
Si se veían en un corredor sólo podían saludarse y Hermione evitaba sonreírle o fijarle la mirada por muchos segundos. Él por su parte era bueno aparentando frialdad. Granger añoraba los días en que, como su asistente, pasaba tardes enteras en su despacho.
Esa tarde su última clase era DCAO, al menos podría mirar libremente a Prince durante una hora, sin que esto resultara extraño. Sería la dedicada señorita prefecta prestando toda la atención a sus clases y a sus maestros.
La lección correspondiente consistió en practicar hechizos de ataque a un muñeco de práctica. Cada alumno tenía como rival una especie de maniquí de hierro. Prince los observaba lanzar sus maldiciones y corregía sus posturas, pronunciaciones o pases de varita. Hermione entornaba los ojos de cuando en cuando sólo para verlo caminar entre sus compañeros.
En algún momento de la práctica Snape se acercó a ella. Con un aire de incuria le dijo que su postura era demasiado abierta. Le sujetó la muñeca para mostrarle un modo más efectivo de realizar el pase. Hermione sintió como, discretamente, el profesor le deslizaba un papelito entre los dedos y le dedicaba un vistazo fugaz pero significativo.
—Así es como se realiza el pase Granger, siga practicando.
Snape se alejó hacia el otro extremo del aula y no volvió a acercarse a la prefecta ni a dedicarle una palabra durante el resto de la clase.
Cuando Hermione estuvo a solas, en la privacidad de un cubículo dentro de la biblioteca desdobló el papelito que Snape le había dado, inquieta, ligeramente preocupada.
"Ven a verme al campo de Quidditch. Gradas de Ravenclaw, a las ocho de la noche".
En cuanto Granger terminó de leer las letras escritas se desdibujaron. La prefecta sonrió, extrañada de la alegría que estas pocas palabras le habían concedido y comenzó a levantar sus libros. Faltaba poco para la hora indicada.
VI
Snape pasó días sopesando la idea de reunirse con Granger a pesar de lo mucho que deseaba estar cerca suyo. No quería convertirse en un desconocido para sí mismo, en un idiota.
Sabía perder el control cuando se trataba de enfurecer, pero le abrumaban los sentimientos delicados. Tal como Hermione había insinuado.
Se había quedado por ella, pero evitaba tenerla cerca. Tendría que aprender a vivir toda una vida en noventa días, sus últimos noventa días de libertad y aunque quería dárselos a Granger, no sabía cómo hacerlo.
VII
Llovían unas gotas finísimas y frescas, los aires de julio las elevaban hacia el bosque. Hermione caminaba bajo ésta llovizna, no era necesario llevar paraguas porque el agua apenas humedecía un poco su túnica y le refrescaba la cara.
Bajó hacia las gradas mirando el cielo grisáceo y pensando que más tarde las nubes se oscurecerían y habría una tormenta. Pero no en ése momento el campo estaba desierto y silencioso de no ser porque en la parte media, en la sección de Ravenclaw se distinguía una figura vestida con una túnica muy parecida a la que utilizaban los estudiantes. Granger se detuvo a observar la nuca del muchacho. Sin duda era Severus, que se frotaba las manos nerviosamente. Aún no notaba que Hermione estaba acercándose. Se volteó al escuchar sus pasos y se puso de pie de inmediato.
Granger le dio una sonrisa apretada. Él no pudo corresponder. Estaba tenso, acartonado. Jean se preguntó si Snape aún contemplaba la idea de dejar el castillo y su ánimo comenzó a decaer, su sonrisa se diluyó.
—No habrá prácticas hoy, lo sé por Hooch. Podemos estar tranquilos…—murmuró Snape aún envarado en su sitio, sujetándose las manos.
Hermione indagó en sus ojos, él levantó la cara y la observó fijamente. Granger deseó saber en qué pensaba, qué veía en ella, pero inquieta se aproximó unos pasos y se sentó, él se sentó a su lado mirando hacia el campo solitario y los nubarrones que se movían en el cielo como velas de barcos.
— ¿Has hablado con Avery? —preguntó Granger, deseosa de acabar con el silencio.
—Sí, pero eso no importa ahora. —contestó Snape con una voz muy tenue, impropia de él y giró la cabeza hacia la prefecta. La cara de Hermione se asomaba entre la espesa mata de pelo color canela que se agitaba con las corrientes de aire. Severus se permitió una pequeña sonrisa a costa de su acompañante. Granger lo miró de reojo, adivinando que se burlaba de ella disimuladamente.
— ¿Hay algo que te parezca divertido?
—Tus padres te nombraron Hermione por ser el femenino del dios griego Hermes ¿cierto?
— ¿Has leído mitología griega? —preguntó ella, extrañada.
—Pues creo que Medusa te hubiera ido mejor—murmuró él con una sonrisa aguda, un poco maliciosa. Granger torció la boca.
— ¿Ésta es tu manera de halagar a las mujeres? Mi cabello está bien.
Pero mientras decía esto tenía que retirarse algunos mechones de las mejillas. De pronto las manos de Severus le apartaron el pelo. Como antes había hecho le acarició la cara con los pulgares.
Se besaron por primera vez en muchos días, era apenas una casta presión de labios pero el nerviosismo se fue una vez que se separaron.
—Ojalá pudiera ser tu asistente otra vez, podría hablar contigo más seguido.
Prince sonrió con incredulidad.
Hermione adelantó la punta de su dedo índice y delineó el contorno del labio superior del muchacho. Tenía una boca pequeña, de color pálido como el resto de su piel.
Snape la contemplaba obnubilado.
—Eres quizás lo más extraño que he encontrado desde que llegué. —le dijo, con las cejas juntas.
La mano de Hermione se extendió sobre la mejilla del muchacho. No sabía qué pensar, pero tenerlo cerca era placentero, la enervaba. Nunca imagino que al tocarlo llegaría a sentirse de ésa forma, con un extraño peso en el corazón. Snape estaba inquieto por algún motivo.
Granger quiso probar si él correspondería y ladeó la cabeza acercando los labios, esperando. Prince se inclinó en un movimiento delicado y cerró los ojos. Hermione sentía la nariz de Snape clavada en su pómulo, sus labios un poco resecos y sus exhalaciones, que le entibiaban una parte del rostro.
Se apretaron más uno contra otro. Hermione lo abarcó sin esfuerzo, sujetándose de sus hombros y de su pelo. Nunca había besado a alguien así, con un anhelo como ése, una pregunta a la que no podía responderse. Quería descubrir algo sobre Snape, sin saber qué.
¿Por qué tenía ésa mirada? ¿Quién vivía dentro de él? A lo mejor de éste modo llegaría a entenderlo un poco más.
Se abandonó a sus brazos y sin darse cuenta estaba sobre su regazo, aferrada a su espalda mientras la lluvia arreciaba sobre los dos. El cabello de Snape goteaba sobre su rostro. Los ojos del hombre le parecieron inmensos mientras la miraba sin decir una palabra. Eran como piedras, pesaban porque estaban repletos de una emoción sin nombre.
—Quiero estar más cerca de ti. —dijo con firmeza y la alzó un poco para besarla otra vez. Jean se agarraba a los pliegues de su túnica ya húmeda por el temporal. El agua le enfriaba el cuerpo y su mente la abandonaba poco a poco, debilitada por el torrente de sensaciones físicas.
En el umbral que había entre sus bocas rozó su lengua con la del hombre; se encontraron y desencontraron varias veces. Granger apretó los párpados, presa de la euforia. Los minutos discurrían de un modo distinto al natural.
Se separaron cuando la lluvia se transformaba en una auténtica borrasca, pero sus túnicas ya estaban empapadas. Hermione refunfuñó al notar que sus medias estaban pesadas de agua. Snape la observaba con cara de hallarse perdido, como si acabara de despertarse de un sueño muy prolongado.
—Vámonos de aquí, creo que será una tormenta eléctrica… y no dudo que pillemos un resfriado.
Él le sonrió como un niño. Su expresión era radicalmente distinta a la usual. Hermione se preguntó cómo podían convivir estas dos facetas en una sola persona.
—Eres una bruja ¿lo olvidas? No tendremos ningún problema para secarnos. Pero llevas razón…—dijo mirando a las nubes que parecían más rellenas y oscuras que unos momentos atrás—.Es mejor que nos vayamos.
Snape transfiguró su varita en un paraguas y le ofreció su brazo a Hermione. Ambos magos anduvieron hacia el camino que llevaba de vuelta al edificio. Prince no hablaba, pero su boca estaba ligeramente curvada en una sonrisa sutil y volteaba a ver a Granger de cuando en cuando como para asegurarse de que continuaba agarrada a él.
Cuando estuvieron frente al castillo Prince desapareció el paraguas. Los jóvenes se soltaron en silencio. Hermione extrañó el contacto y sonrió a Prince con cierta insatisfacción.
— ¿Cuándo voy a volver a verte?
—Pronto —le dijo él con seguridad.
Se despidieron de lejos, con un asentimiento de cabeza por si alguien llegaba a verlos desde las ventanas.
Hola chicas, un review, uno pequeñito?
El nombre de éste capítulo hace referencia a un libro y película maravillosos, la película se llama Merry Christmas Mr. Lawrence, la protagoniza David Bowie por si alguna es su admiradora, se las recomiendo jaja.
Besos.
