La reina de tus caprichos

- Candy… Candy… venga, despierta –Aturdida, abrí los ojos para encontrarte sentado a mi lado, castaño y vestido de pinche. Transportada al pasado, me costó orientarme, dudando de donde estaba, o si había soñado quien eras. Seguías con porte serio, pero me hice la desentendida y pretendí no recordar tu enfado, con la esperanza de romper tu resistencia.

- Hola mi príncipe… -contesté, sonriendo perezosa y melosa, mientras me incorporaba en mi litera–. Vaya, parece que volví a quedarme dormida –Te sonreí con intención de lanzarme a tu cuello, pero fallé, al levantarte en aquel momento. Parecía que nos la íbamos a seguir pasando jugando al gato y al ratón.

- Procura no llamarme así, ¿Quieres? –respondiste frío–. Será mejor que vayamos a la sección de personal, pronto nos informaran sobre nuestros turnos y tareas.

Por suerte ya me había cambiado en cuanto nos trajeron los uniformes y no te haría esperar. Más no pude evitar la desolación que me acompañaría durante mi primera jornada. Y yo que me creía que tenía mal genio, estaba descubriendo que no te quedabas atrás, ¿Cómo no me había percatado hasta ahora? ¿Sería a eso a lo que se refiriera la tía Elroy, al decirme que no me rindiera? En ese momento, mientras llegábamos a la sala de personal del buque, decidí que yo, Candy White, iba a conseguir arrancar tu sonrisa antes de alcanzar la noche… ¡Vaya! al mirar el reloj de la sala y ver a través de un ojo de buey, descubrí que ya era oscuro, otra vez… bueno, ¡Pues sería antes del nuevo día!

Te habías acercado a otro de los oficiales y le comentaste algo en confidencia. Deduje que ya le conocías. No regresaste a mí lado, permaneciste expectante, como el resto de personas que estábamos allí. A la espera del reparto de los turnos, y tanto tú como yo fuimos destinados al turno de noche. Yo atendería, preparando las salas comunes y comedores antes de que los pasajeros entraran a cenar y una vez acabaran el último servicio, dejándolo listo para el primer servicio de la madrugada siguiente.

Coincidí contigo en un breve descanso para cenar. Me acerqué y me senté osada a tú lado con mi bandeja. No iba a ser tan tonta de preguntar, con el genio que traías te veía capaz de decirme que no. Seguiste comiendo a tu ritmo como si fuéramos dos auténticos desconocidos– Quizás me equivoqué… -Dejé caer ambiguamente. Me miraste como esperando una mayor elucidación, dispuesto, quizás a claudicar. Pero yo no me refería a ello y tampoco era el lugar adecuado, si realmente queríamos mantener la discreción que tú mismo demandabas-, con lo de no llegar a parecerte a la tía Elroy… Si trabajas con ese genio en las copas, asustarás a los pájaros –Ni siquiera volteé a mirarte. Dos podían jugar este juego y seguí comiendo también a mi aire, pero pude escuchar el leve resoplido que se escapó de tus labios, intentando contener, no supe si tu risa o tu fastidio.

Nuestro turno acabó unas horas antes del mediodía. Volví al camarote decidida a romper con la fastidiosa inercia, pero aún no habías vuelto. Todavía no conocía bien el barco y apenas habíamos zarpado, tras embarcar la totalidad de los pasajeros, así que decidí esperarte allí. Para entretenerme, tomé uno de los escritos de Patty que en su inicio me pareció una carta.

~ o ~

Mi bien amado en la distancia,

.

Océano, tiempo y guerra nos separan.

.

Llamas vagas, las palabras,

aliada soy yo, con las mías.

.

Te tengo aquí conmigo,

en mi abrigo, en mi soledad.

.

La cajita de música que creaste,

tu risa me ha de recrear.

Mis manos son las tuyas, mis párpados tu mirar.

.

Sobrevuelas paisajes terrenales,

yo carnales.

Las montañas que describes en tus cartas,

con mis manos, sobre mi piel, las he de pasear.

.

Sueño abrigar y dar reposo, entre mis piernas, a tu largo batallar.

Sueño abrigar y dar reposo, entre tus brazos, a mi lastimoso añorar.

Sueño, sueño y sueño,

que estás aquí conmigo,

que no hay distancia entre nuestros cuerpos,

ni entre nuestras mentes,

ni entre nuestro avanzar.

Cabalgaremos juntos algún día,

ciertamente,

más ya ahora a solas,

cabalgo contigo, aunque lejos de mí tú estás.

Sueño, sueño y sueño,

porque por el momento, todo lo que tengo es

soñar,

soñar hasta que puedas regresar.

~ o ~

Cuando acabé de leerlo, me quedé un tanto turbada. No me acostumbraba a Patty expresando sentimientos tan ardientes, pero también podía sentir su dolor y añoranza por Stear. Aquello me dio más ánimos para nuestro propósito. Ya no se trataba tan solo de ti o de mí. Pero el ejemplo de la historia de Patty y Stear también me animó a seguir el consejo de tía Elroy.

Esa noche había bromeado para fastidiarte un poco, como lo venías haciendo tú con tu reciente frialdad, pero cuando regresaras hablaría en serio contigo. Guardé los escritos de Patty y noté como el sueño volvía a vencerme tras tantas horas sin descansar. Pero un último pensamiento me asaltó al recordar la manera que Patty describía su experiencia ¿Sería cierto poder sentir así? ¿Usar las propias manos imaginando que son las del bien amado? Otra vez el ardor y las ganas de notarte cerca, me invadieron, pero el sueño pudo más.

Me desperté sin saber exactamente qué hora era y con ganas de ducharme. Estaba tan adormilada que no me percaté del ruido hasta que abrí la puerta del aseo. No había hablado, pero tampoco hubiera podido en aquel momento. Simplemente no hubiera encontrado mi voz.

Allí, bajo el chorro de la ducha, estabas tú con los ojos cerrados, apoyado con un brazo contra la pared opuesta a ti, en toda tu magnificencia y respondiendo a mi reciente pregunta, tal como pasara con la ilustración de "Achille et Briseis". No percibiste mi presencia y yo quedé hipnotizada por el perfil de la tuya. Las gotas de agua resbalaban por tu torso, por tu espalda, sobre contraídos músculos, perezosas saltaban por los vellos de tus fuertes brazos y piernas. Provocaban perseguirlas en su resbalosa carrera.

Respirabas agitado, procurando contenerte y las contorsiones de tu rostro me hicieron dudar, durante un breve instante, de si gozabas o sufrías. No podía dejar de mirarte, notaba que también me costaba respirar a mí, mientras una humedad de diferente origen mojaba mi cuerpo. Tu mano agitaba frenéticamente tu enrojecido miembro, mientras mantenías la otra de apoyo. Parecía imposible que pudieras agitar algo más veloz cuando estallaste, con un acallado sollozo, pronunciando en susurros mi nombre, derribándote contra la pared que te sostenía y empezando a resollar para recuperar tu aliento. Cerré la puerta con cuidado y traté yo también de recuperar el mío, a causa de la impresión.

Continuará…