Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.

Hay OOC


16} MENTIRAS BLANCAS


Naruto despertó y notó enseguida el leve balanceo con que el agua hacía oscilar cualquier embarcación.

Un dolor punzante le horadaba las sienes y la herida del brazo le molestaba, pero al menos estaba de una pieza. Le costó un triunfo incorporarse en el lecho hasta recostarse en el cabecero del catre porque cada uno de sus músculos censuraba sus movimientos. Cerró los ojos, se masajeó la frente por ver si disipaba el zumbido de la cabeza e inspiró aire profundamente. Poco a poco los fue abriendo para ir abarcando un camarote que no tardó en reconocer, al fondo del cual, medio sentada, medio tumbada en una silla, dormitando, se encontraba Hinata.

Como guiada por un resorte interno, esta se despertó de inmediato, se levantó y se acercó, acomodándose junto a él.

—Cualquier día de estos vas a lograr que te maten. No te guías con osadía sino con auténtica temeridad. —Ese fue su saludo, si bien es cierto que acompañado de una sonrisa distendida y jovial.

—Mira quién fue a hablar. Y que lo sepas: si me hirieron fue por mirarte. —Ella no se lo creyó—. Aunque debo decir que mereció la pena.

Hinata rio jubilosa y con parsimonia se inclinó hacia él y lo besó en los labios. El Conde de Konoha aprovechó su buena disposición enlazándola con el brazo ileso por la cintura y aplicó su boca sobre la de ella con apetito glotón. Prudentemente, Hinata no se dejó llevar y se separó de él cuando las respiraciones de ambos empezaron a entrecortarse.

—¿Cuánto tiempo he estado fuera de combate?

—Dos días.

—¡Dos días por una herida insignificante!

—No te lo creas, perdiste mucha sangre.

—Pues me pareció un rasguño —insistió Naruto.

—Ya. ¿Y por eso te desmayaste? Seguimos las instrucciones del doctor que te atendió, las mismas que las de nuestro matasanos en quien, dicho sea de paso, tengo más confianza que en ese que iba a bordo del barco real.

—¿Estaba la Reina...? Creí ver a una dama.

—Estaba, sí. La mismísima Tsunade armada como si fuera a ir a la lucha, puedo jurarlo, impasible y autoritaria impartiendo órdenes. —Se echó a reír recordando la vehemencia de la soberana dando instrucciones cuando todo hubo finalizado.

—¿En qué estado quedó su nave? Quiero decir si los desperfectos impidieron que continuara navegando.

—No salieron bien parados, por supuesto, pero a la Corona le sobran recursos para su reparación. Entre su tripulación y la nuestra, consiguieron taponar las vías de agua. Por nuestra parte, nada de mucha importancia. Otro cantar fue el del barco de Ao...

—¿Quién es Ao?

—No es. Era. El individuo a quien diste muerte, el sujeto que usurpó mi apellido para atacar a los barcos de la Corona. Ao de Kirigakure.

—Pero, ¿por qué motivo?

—Estuvo a las órdenes de mi padre. Yo no le recordaba, pero sí Umino y otros de mis muchachos. Fue castigado y abandonado en un arrecife por cometer una felonía. Está claro que su móvil era la venganza.

A Naruto no le hacía gracia que ella se refiriese a su tripulación corsaria como sus muchachos, pero no comentó nada.

—La venganza le salió muy cara.

—Era por mí por quien venía, yo también hubiera podido acabar con él. ¿Por qué diablos tuviste que interponerte, Naruto?

—Ese fulano te habría partido por la mitad, cariño, no nos engañemos.

—Es posible —asintió ella, echando hacia atrás un mechón de cabello masculino y acariciando luego el puente de su nariz—. Pero posible o no, era yo su presa, y yo quien debía haberlo matado.

—También te equivocas en eso. Fue mi objetivo desde el mismísimo momento en que se atrevió a retarte.

—Eres todo un caballero, ¿verdad? —se burló.

—Solo trato de protegerte, aunque me está costando alguna que otra herida. —De fondo se oyó la potente voz de Iruka desde cubierta ordenando girar a estribor, y curvó las cejas—. ¿Hacia dónde vamos?

—Regresamos a Tortuga.

—¡¿Qué?! Pero la reina Tsunade...

—Su Graciosa Majestad ha decidido no cancelar su reunión con el monarca español. Ha renovado nuestra patente de corso y el barco de Ao nos pertenece, en pago a haberle salvado la vida. Así que seguiremos faenando como hasta ahora, pero con tres naves. He pensado en que se llamen Moon Sea I, II y III. Veremos más adelante quién las capitanea. Te ofrezco el mando de una. ¿Qué te parece?

—¡Que no estás en tus cabales!

A Naruto le dolió que ella siguiera empecinada en llevar una vida azarosa sujeta a la inestabilidad y al peligro permanente. ¿Es que no había tenido suficiente aliciente ya? Lo que él quería era que diera fin a sus actividades, llevársela a Londres, desposarla y tener varios hijos. Por otro lado, estaba disgustado con Su Majestad. ¿Por qué no había puesto las cartas sobre la mesa? ¿Por qué no había confirmado su verdadera identidad? Hubiera sido, creía él, la consecuencia lógica.

También era cierto, que de haberse conducido así, Hinata, sabiéndose burlada, hubiese montado en cólera. Se preguntaba qué estaba tramando Tsunade para dejarlo enrolado en una tripulación de corsarios en lugar de sacarlo del atolladero. Si al menos hubiese podido hablarle a solas...

—Hinata... —la tanteó—. Si yo pudiera ganarme la vida en tierra, ¿estarías dispuesta a abandonar el mar y venirte conmigo?

El semblante de ella se nubló. ¿Dejar su barco? Sus barcos, rectificó. ¿Olvidarse de su tripulación? ¿Renunciar a la aventura y a la libertad? Ni se lo imaginaba.

Pero la idea de vivir junto a Naruto se le antojaba un sueño.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no soporto más que sigas en esta vida de riesgo, una pelea tras otra. Que me cuesta muchísimo asumir que sigas arriesgando tu cabeza, y de paso la mía, por estar pendiente de ti. ¡Por todos los santos, Hinata! ¡Ese maldito Ao podría haberme matado!

—¡Nadie te dio vela en el entierro! —se le enfrentó ella—. Puedo agradecerte que acabaras con él, pero no voy a olvidar que me arrebataste mi propia venganza.

—¡Cristo! —Se dejó caer sobre los almohadones y se cubrió los ojos con un brazo—. Acabaré por odiarte, Hinata, te lo juro. Acabaré por hacerlo.

—Puede que antes lo haga yo, señor Naruto.

—Así que vuelvo a ser señor Naruto.

Hinata quiso ponerse en pie dispuesta a abandonar el camarote, pero Naruto se lo impidió atrapándola y haciéndola caer sobre el lecho. Furiosa, se volvió para agredirlo y él se vio en dificultades para someter a ese torbellino de mujer que lo desesperaba y excitaba a la vez. Consiguió doblegarla no sin esfuerzo, manteniéndola sujeta bajo su cuerpo, y entonces volvió a besarla hasta saciarse.

—Hinata, no entiendes nada de nada.

—¿Qué diantre debo entender? ¡Y Suéltame, Naruto!

—No entiendes que se me encoge el alma cuando te veo luchar. No entiendes que una vida de corsario no es vida para una muchacha. No...

—¡Mi padre era corsario!

—¡Tu padre era un hombre!

—¡Ahí quería yo llegar, maldito seas! —le gritó, hecha un basilisco mientras forcejeaba para liberarse de su abrazo—. Así que no soy más que una pobre mujer, no apta para competir en una tarea reservada a los hombres por tradición, a algún varón tan valeroso como tú. ¡Pobre mujer que se debería a su casa, cosiendo y cuidando de sus mocosos! ¿Es eso?

—¡Sí! ¡Es eso! Cuidando de mí y de nuestros hijos. Porque te quiero. Porque quiero llevar una vida junto a ti, tenerte en mi cama, reír contigo y envejecer juntos.

Vale. Ya lo había dicho. Ahora no había vuelta atrás. O ella le aceptaba o lo mandaba al cuerno.

Hinata enmudeció y se quedó muy quieta. Él aguardó su reacción, tenso y expectante, esperanzado, pero a la vez dubitativo. ¿Le iba a rechazar? No lo creía, pero si así fuera, era capaz de raptarla y llevarla a Londres atada y amordazada, aunque tuviera que pasar sobre el cadáver de Umino y por encima de toda la maldita tripulación del Moon Sea.

Pero lo que obtuvo fue el brillo alentador de sus majestuosos ojos perlas acompañado de esta respuesta:

—¿De modo que te has enamorado de mí?

—Eso mismo acabo de confesarte —dijo, hundiendo el rostro en su cuello y abrazándose a ella como si fuera su tabla de salvación—. No te burles, porque así es: estoy perdidamente enamorado de ti y quiero que seas mi esposa.

Hinata consiguió liberar sus brazos para enroscarlos a su cuello. Lo atrajo lentamente hacia ella, buscando de nuevo su boca, el arrebato de unos besos que deseaba más que nada en el mundo.

Mecidos por la marea que balanceaba el barco, al amparo de la noche que sembraba la oscuridad en el camarote, sumiéndoles en el silencio que quebraban sus respiraciones convulsas y el torrente de una pasión que se les desbordaba, volvieron a unirse para bailar la danza eterna del rol de los amantes.

«Tiempo habrá de indicarle a Iruka un cambio del rumbo que ponga proa en dirección a Inglaterra», pensó la joven.

Pero no llegó a contestar a la proposición de Naruto.

Hinata, mimosa, satisfecha y relajada se recostó en el hombro masculino. Se encontraban ya en Inglaterra. Y llevaban muchas horas encerrados a solas en aquella habitación.

Afuera, una llovizna fría en un cielo encapotado y sucio iba tornándose en diminutos copos de nieve, tamborileando contra los cristales de la ventana. Aún quedaban restos de comida sobre la última bandeja que habían pedido y que habían dejado luego en el pasillo, junto a la puerta. No había otro indicio de su presencia en el interior.

Días atrás, habiendo virado en redondo, revocando la idea inicial de atravesar el Atlántico, se habían cruzado de nuevo con la nave de Tsunade, que regresaba a Inglaterra tras su encuentro diplomático con Raikage A. No les sorprendió la petición de la soberana, en realidad una orden encubierta, a que se sumaran a su escolta, demanda que no pudieron eludir, entre otras razones, porque Tsunade regresaba de un humor de perros, consecuencia de su desentendimiento con la Corona española.

Al parecer, había resultado fallida y bronca, porque entre la tripulación real se comentaba que se habían sobrepasado los límites de la cortesía para entrar en la intransigencia, la acusación y el insulto por ambas partes, con riesgo serio de una confrontación abierta de las dos naciones.

Apenas desembarcar y antes de recluirse con Hinata en aquella habitación, Naruto había podido escabullirse el tiempo suficiente como para mantener un aparte con el capitán Kakashi Hatake. Se enteró entonces de que Tsunade estaba valorando un modo adecuado de recompensar a Hinata Hyuga por sus servicios, aparte de haberle entregado ya el barco de Ao.

—Ella no quiere recompensa alguna —le había dicho a Kakashi—. Pero yo sí quiero respuestas, capitán. Necesito saber por qué nuestra Reina no me ha descubierto. ¿Qué trama?

—La conoces Naruto. Nuestra soberana tiene fama de adusta y fría, pero al fin y al cabo es mujer. Naturalmente, no se le pasó por alto el agobio de la capitana Hyuga ni su preocupación al ver que caías inconsciente. Así que, imagino, en lugar de ponerte en un brete, decidió que seas tu mismo el que salga airoso del trance. Está convencida, muy convencida, de que tienes suficiente mano izquierda para evitar que esa muchacha te arroje por la borda una vez se entere de la verdad sobre ti.

—Me enternece su confianza —gruñó Naruto con sorna, que había esperado que fuera la propia Reina quien le librara del aprieto.

—Lo puedo imaginar. —Kakashi se echó a reír—. Tranquilo, sabrás arreglarlo.

—No tengo ni idea de cómo. Lo único de lo que estoy seguro es de que no pienso permitir que, por mi título, y mucho menos por el encargo que me encomendó, se vaya al traste mi futuro.

—Te deseo suerte. —Le tendió la mano.

—Voy a necesitarla —repuso él, estrechándosela.

Así que allí estaba ahora, debatiéndose entre la espada y la pared, sin saber muy bien cómo explicarle a Hinata quién era en realidad y los motivos que le habían llevado al Moon Sea. Deseaba fervientemente poder ir con ella a las mejores modistas para encargarle vestidos, sombreros, joyas, y todo cuanto deseara. Soñaba con que se engalanara como una dama, pasear con ella por las calles de Londres, acudir a veladas musicales... Presentársela a su madre.

La cuestión era cómo ir introduciendo en la mente de Hinata que había otro tipo de vida al margen de la mar, de modo que se fuera integrando en el entorno social que él podía proporcionarle, hasta el punto de apreciarlo e ir disfrutando de las compras y los bailes como cualquier joven. Creía que terminaría haciéndolo. Sin embargo, horas antes, se lo había propuesto como de pasada y ella se había echado a reír, para responderle que ya tenía vestidos suficientes en los arcones del Moon Sea y, además, gratis, tomados, por supuesto, de los navíos que habían abordado. E incluso se permitió añadir mordaces comentarios a propósito de la moda femenina española, que no era de su gusto.

Hinata parecía dichosa pero no le engañaba. Él creía conocerla razonablemente bien y sabía que su mirada, huidiza a veces, y sus silencios, la remitían a la añoranza de un pasado demasiado cercano.

No erraba en su apreciación. Hinata había aceptado que amaba a Naruto Uzumaki con locura, que él la correspondía, pero le costaba trabajo dejarse llevar por la ilusión de un futuro que no dejaba de ser una incógnita para ella. En su mundo, en el mundo que había conocido hasta entonces, todo podía acabar al instante siguiente. ¿Quién le aseguraba que en el mundo que Naruto le prometía no iba a pasar otro tanto? Fantaseaba, sí, con renunciar a la vida del mar, con poseer una pequeña casa por la que corretearían unos cuantos chiquillos, a la espera cada noche de la llegada de un esposo.

Pero, ¿no cabía la posibilidad de que él se cansara de llevar una existencia insípida? Sabía que era un hombre forjado en los vaivenes de la aventura y el peligro, como ella misma, no en vano se habían conocido en un lugar tan bronco como Tortuga. ¿Y si era ella quien terminaba por abjurar de la monotonía familiar? Una cosa u otra echarían por tierra sus sueños y destrozarían la felicidad que ambos anhelaban.

Cuando ella entraba en esta fase de dilaciones, a Naruto, que la veía ausente, le asaltaba la desagradable sensación de que ella estaba a punto de escapársele entre los dedos.

Volviendo al reducto físico de su cuerpo, acarició su cabello oscuro y rompió el silencio que se habían impuesto.

—¿En qué piensas, mi amor?

—En que va siendo hora de que salgamos de este cuarto y hagamos acto de presencia, si no queremos que Iruka irrumpa aquí dentro, temeroso de que nuestro romance nos haya extenuado.

Así era como ella le encantaba a Naruto, distendida, irónica y resuelta.

—Eres tan hermosa, tan hermosa, tan hermosa, Hinata.

—Tampoco vos estáis mal, caballero. Y antes de que pidamos un baño y nos vistamos, ¿qué tal si vuelves a hacerme el amor?

—Señora mía, no medís bien el alcance de vuestras palabras. Eso no se le puede pedir a un hombre que se precie, por más que acabe agotado —bromeó. Pero ya la estaba colocando bajo su cuerpo y emprendía la búsqueda de las delicias del suyo.

—Tienes las manos ardiendo, Naruto —le susurró, al tiempo que le mordisqueaba el lóbulo—. Espero que el resto de tu cuerpo esté... a la altura.

—Eres una deslenguada. —Acarició entre sus dedos el cabello oscuro.

—Pero a ti eso te gusta, ¿no?

—Cierto. Me gusta.

Naruto puso manos a la obra. Retiró una manta de la cama y la extendió en el suelo, frente a la chimenea, y después tomó a Hinata en brazos y la depositó sobre ella, relamiéndose, como un gato glotón y haciéndola reír.

Ella enroscó sus brazos en su cuello, pegando sus pechos enhiestos al tórax masculino. Él empezó a acariciar por entre los muslos, encontrándola preparada para él, así que no espero más y la penetro, embistiendo una y otra vez y acallando los gemidos de Hinata en su boca.

—Te amo —le confesó Naruto.

Y el Conde de Konoha se dedicó una y otra vez a su exclusiva atención, esperando una respuesta por parte de Hinata, que no llegó.

Les despertaron unos golpes insistentes en la puerta.

Hinata protestó quedamente cuando Naruto la zarandeó para que se levantara. Él se puso en pie y ella se resistió y se estiró cuan larga era porque no deseaba salir del refugio caliente donde se encontraba. Pero la llamada se repetía, así que se levantó a regañadientes porque Naruto ya se vestía a toda prisa.

—¡Un momento! —gritó él más que respondió.

Abrió por fin Naruto e Iruka se coló en el cuarto sin pedir siquiera permiso. Echó una mirada hacia Hinata, envuelta aún en una manta, sacó un papel doblado del bolsillo de su pelliza y lo estampó en el pecho de Naruto, que apenas lo tomó al vuelo.

—Si podéis dejar por un momento lo que sea que estabais haciendo, deberíais leer esta nota: la Reina nos invita a palacio.

—¿Qué? —Hinata se apresuró a quitarle el documento a Naruto.

—¡Joder! —se lamentó él. Era justo lo que le faltaba.

—Es cierto —musitó la joven, sin acabar de creérselo—. Estamos invitados. —Se le escapó una risita complacida—. Es fantástico, ¿no les parece? —Tanto Iruka como Naruto la miraban ceñudos—. ¿Qué les pasa? ¿No les hace ilusión?

—Ninguna —contestaron al unísono.

—No me decepcionen, caballeros. Yo, desde luego, pienso acudir. Encargaré una casaca nueva y luciré el sable de mi padre. —Devolvió el papel a Naruto que, con la mano extendida, pretendía leerlo.

Naruto lo repasó y lo arrojó sobre la cama.

—Por si no has leído bien, Hinata, no es una simple visita, se trata de una fiesta. Ya puedes ir olvidando la casaca y el sable y ve pensando en otro atuendo. ¡Maldición! —barbotó, considerando que esta novedad no se le presentaba en el mejor momento.

Todo se le estaba poniendo cabeza abajo. Aún no había encontrado el modo de confesarse ante Hinata porque creía que sería más conveniente arrancarla un sí definitivo a que se casaran, antes de contarle toda la verdad. Solo necesitaba un poco más de tiempo, pero otra vez más, Su Graciosa Majestad, que parecía disfrutar metiéndole en aprietos, le dejaba, como suele decirse, con el culo al aire.

Ahora, en cualquier caso, había que salir del paso sin demora porque Hinata debería lucir adecuadamente, como correspondía a una dama. Tenían que actuar y deprisa. Y solo conocía a una persona que podía ayudarles: su madre.

Hinata se había quedado muy callada.

«Desde luego, no puedo presentarme vestida como un corsario en una fiesta de palacio, Naruto está en lo cierto».

La ropa en sí no era un problema, por mucho que le fastidiara tener que embutirse en metros de tela; el problema era si sabría estar a la altura. Llevaba toda una vida habituada al mar, comportándose como un marino más, y aunque era cierto que había recibido educación, era evidente que distaba mucho de acercarse a las maneras sociales exigidas en veladas de este calibre.

—Podemos declinar la invitación —comentó sin ninguna convicción, con un cierto brote de pánico.

—A Tsunade no se le declinan las invitaciones —gruñó Iruka.

El Conde de Konoha volvió a blasfemar entre dientes. ¡Algo más de una semana, por amor de Dios! Conseguir que Hinata se dejara ver entre la nobleza, como una auténtica dama en tan escaso tiempo le parecía imposible, pero no le quedaba otro remedio que intentarlo. Si su madre no era capaz de llevar a cabo el milagro, nadie lo era. Y él estaría a su lado en todo momento para que la muchacha no se encontrara fuera de lugar.

Una hora después, de nuevo a bordo del Moon Sea, Naruto estaba perdiendo la paciencia porque ella revolvía un arcón y otro mostrándole vestidos, pañoletas, abanicos y algunas joyas en espera de su aprobación. Él se limitaba a negar una y otra vez con la cabeza. Confecciones en color guinda, verde, negro, ámbar, pero sosas todas ellas, sin ningún realce, demasiado simples. Tal vez correctas para mujeres de más edad, pero nunca para ella. Hinata poseía un cuerpo delgado, grácil, delicado y él quería que la ropa se lo magnificara.

En cuanto a las joyas, no podía negar que disponía de una buena provisión de esmeraldas, zafiros y rubíes a cuenta de los abordajes, pero sin las prendas adecuadas, no dejaban de ser meros abalorios.

La joven se estaba desmoralizando ante tanta negativa. Nada parecía ser del agrado de Naruto, aunque, a decir verdad, tampoco a ella le llenaba lo que veía.

Cerró la tapa del último arcón de un golpe seco.

—¡No voy a ir a esa maldita fiesta! Ni es mi sitio ni estoy dispuesta a hacer el ridículo. Busca una excusa, qué sé yo, que me he puesto enferma.

Él se acercó, la abrazó por la cintura y apoyó el mentón en su cabeza.

—Lucirás maravillosa si me dejas ayudarte y regalas toda esta basura. Confía en mí.

—¿Basura? ¿Regalarlos? Estos vestidos son caros y de buena calidad.

—Para otra mujer, tal vez; no para ti.

—¿Y las joyas?

—Demasiado pomposas.

—¿Tú crees? —Lo aceptó, desprendiéndose de la que tenía aún en la mano, que lanzó encima del camastro.

—Yo solo me quedaría con algo sutil, en todo caso.

—Pero Naruto...

—Déjame que te compre algo sencillo que haga resaltar tu candidez.

—¿Yo, cándida? —Se rio con ganas, pero no fue más que una artimaña para relajar su frustración.

—Cámbiate. Ponte este vestido de momento, es el menos anodino. —Le entregó uno sencillo, de un verdoso apagado—. No te preocupes, conseguiremos otros más acordes a tu figura. Confía en mí y todo acabará bien.

—Voy a hacerte caso. —Empezó a quitarse el jubón de cuero—. ¿Estás seguro de que no podemos excusarnos ante la Reina?

—Por nuestro bien, no podemos.

—¡Por todos los tiburones del...!

Naruto la silenció con un beso y luego dijo:

—Saca esas expresiones de tu diccionario, cariño. Una dama no jura como un corsario.

—¿A cuántas damas has conocido?

—¿Qué?

—A cuántas has conocido, Naruto.

—¿Qué importancia tiene eso ahora?

—Simple curiosidad.

—Hinata, las mujeres fueron... —Dudó. ¿Cómo se puede explicar a una mujer que uno no había sido un monje, pero tampoco se había pasado la vida de cama en cama?—. No significaron nada para mí. Y ahora solo vivo para la única que me vuelve loco: tú.

—Pero no soy una dama.

—Eso es algo que se puede enmendar.

Ella lo miró esperanzada, tal vez existía de verdad un modo de que ella pareciera otra persona, tal como él decía. Hasta entonces nunca le había preocupado demasiado su aspecto ni su figura. Tampoco su modo de comportarse porque, al fin y al cabo, los lugares y las gentes que frecuentaban solo le obligaban a mostrarse firme y autoritaria. Pero era innegable que, desde que conociera a Naruto, se había desarrollado en ella la necesidad de aparecer más bonita y femenina.

—¿Te gustaría que aprendiera a moverme socialmente como una de esas mujeres a las que has conocido?

—¡Dios no lo quiera, querida mía!

Hinata no dijo más, se alejó unos pasos de él, saliendo al pequeño balcón de proa. El aire azotó sus cabellos y Naruto, que la siguió, se encontró con que sus mechones le acariciaban el rostro cuando la enlazó por el talle.

—Conozco a una persona que te ayudará, tanto en el vestuario como en tus... ¿vamos a llamarlos toscos modales?

—¿Una de tus antiguas conquistas?

Naruto dio rienda suelta a una risa franca.

—Tiene cincuenta años y me ha visto nacer, pero sí, la conquisté apenas llegué al mundo. Es toda una señora.

—¿Cómo es posible que un tipo como tú, un vulgar corsario, tenga relación con una mujer así?

—No siempre he sido corsario, mi amor, recuérdalo. Lady Kushina es una buena amiga y también puedes confiar en ella.

—¡Oh, está bien! —se rindió.

—Iré a visitarla, le hablaré de ti y volveré a buscarte a la posada. ¿Estás de acuerdo?

Ella le acarició el brazo, dejó caer su cabeza sobre su pecho y pidió:—Vuelve pronto, por favor. En este entorno estoy perdida.

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Continuará...