Sasuke había traído a Tsunade para que les ayudara con el asunto de Sakura, lo que significaba que la mujer pasara todo su día acompañándola. Al final, ella le ayudó un poco con sus clases y horas de estudio, pero por decreto del pelinegro se había decidido que ella siempre tuviera a un miembro del clan a su lado: Itachi, Izumi y Mikoto decidieron turnarse los días, incluso Sasuke. Deméter representaba a una amenaza ante los ojos de todos, y por más que ella pudiera servir para que los recuerdos de Sakura volvieran, no se fiaban de la mujer. Itachi se había quedado el primer día con el pretexto de ver cómo avanzaba el asunto con la rubia, y le llevó a casa después. Izumi apareció después, con el bebé, diciendo que necesitaba salir de la mansión para no volverse loca y que quería pasar algo de tiempo en su casa, viendo las remodelaciones y cuidando al bebé. Mikoto, por su parte, aprovechó un poco de tiempo libre con el pretexto de la cena de cumpleaños de Sasuke, y pasar tiempo de calidad con Sakura. Al final, resultaba complicado que ella pudiera ver a su novio, hasta un par de días antes de su cumpleaños.
—Está en todas partes —se quejó, mirándolo trabajar detrás de su escritorio—. Mi maestra me ayuda mucho con todo, pero estoy harta de verla.
—Bueno, es parte de tu tratamiento, y acordamos que lo llevarías en su totalidad —se encogió de hombros, revisando unos cuantos documentos y restándole importancia a las quejumbrosas palabras de la menor.
—Pero, ni siquiera hablamos tanto de eso. Prácticamente está aquí de vacaciones.
—Se supone que presiona interruptores de forma sutil, no se trata de que te ataque con algo intensivo. Dijo que primero debía evaluar tu situación conviviendo y mencionando temas que parecieran irrelevantes, como buscando puntos sensibles.
—De acuerdo, ahora voy a temer de todo lo que salga de mi boca —dijo, enfurruñada. Una sonora risa salió de los labios del mayor.
—Eres una niña —la acusó—. Solo sigue con lo tuyo, no importa.
—Pero, quiero un día libre, ¿sí? —él alzó una ceja, mirándola por encima de las hojas antes de apartarlas, sobre el escritorio—. Mañana, quiero ir de compras.
—Llévala contigo.
—No quiero. Además, es nuestra velada romántica, ¿recuerdas? Quiero buscar un bonito vestido, algunos accesorios, tu regalo… ella se dará cuenta, ¿entiendes?
—Estoy bastante seguro de que lo sabe —burló.
—Sasuke-kun, no quiero que ella me observe y analice mientras escojo cosas para ti —insistió, mirándolo con firmeza—. Por favor, solo un día, ¿quieres? —él suspiró.
—Al menos tomen el té juntas. Yo la traeré y, después de eso, podremos prepararnos para la noche.
—¿De verdad? —preguntó, con una enorme sonrisa.
—Sí, solo asegúrate de desocuparte luego de la hora de la comida —se encogió de hombros, volviendo a tomar los documentos en sus manos.
—Gracias —sonrió, mirándolo asentir, aunque volvía a concentrarse en sus documentos—. ¿Aún tienes mucho trabajo? Creí que la hora de oficina había terminado y ahora tendrías un poco de tiempo para mí.
—Pasé un rato con ustedes en la tarde, así que me faltó revisar esto.
—Haces demasiado —dijo, para ponerse de pie, rodeando el escritorio—. Ya es suficiente, te hará daño —decidió, tomando los papeles de su mano y sentándose sobre su regazo.
—Oye, estoy usando eso.
—Está bien, solo será un momento —murmuró, rodeándole con su brazo para atraerlo a sus labios, dándole breves y suaves ósculos—. Es mi medicina especial para estrés.
—Es… efectiva, aunque inoportuna.
—Siempre hay tiempo para el trabajo —anunció, volviendo a besarlo.
Era inapropiado, superaba sus límites, y volvía a besarlo con esa intensidad que iba en aumento, hasta que se les olvidaba en dónde estaban o lo que hacían antes de encontrarse, volviendo a los actos amatorios que en primer lugar les hacían perder el control. Luego de aquél primer desliz, Sasuke había tenido un cuidado tal que el hombre debía convertirse en un santo, pero después ella venía a encontrar un sitio sobre sus piernas, se quitaba la blusa, lo atraía y no era capaz de recordar el acuerdo que habían hecho, aunque él apenas tenía vagas vacilaciones porque algo seguía picándole la consciencia. De algún modo, pudo retomar el control y obligarla a darle la espalda, mientras su traicionera mano derecha masajeaba uno de sus pechos, recorría su nuca y hombros con labios hambrientos, y su única mano libre buscaba el botón mágico que podría parar esta locura, salvándolos de la perdición a través del clímax. Mientras la escuchaba, la sentía entre sus dedos y besaba, no existía culpa alguna que lo hiciera arrepentirse de sus actos. La cruda moral venía, peor, tiempo después. No parecía que el crimen fuera tocarla, sin embargo, cuando aquello resultaba en el placer propio… ahí es cuando parecía ser tan injusto, porque no era correcto que él se sintiera bien en nombre de ella, era sucio, era un pecado y jamás sería perdonado.
Capítulo Veintiuno: Himeneo, patrón del matrimonio
Comieron juntos el desayuno y salieron en el mismo auto. Se besaron los labios en símbolo de despedida, él se quedó en el edificio de sus oficinas y ella hizo que el auto la llevara al centro comercial. Invirtió la mayor parte de su mañana en buscarse un atuendo encantador, zapatos y accesorios incluidos, además un delicioso perfume. Después, tomó un bocadillo y un café en una de las tiendas del lugar, esperando la compañía de un hombre al que había llamado para que pudiera ayudarla: Naruto Uzumaki se presentó, como prometido, y pudieron charlar un poco. Evitaron tocar los temas de la última plática, pues ambos sabían lo delicado del asunto, pero al final ellos fueron juntos a una tienda de trajes formales y accesorios para caballeros, porque se le ocurría que era lo más apropiado. La verdad era que habían visitado distintas tiendas de libros, música, entre otras cosas, pero era en vano. Nada convencía a Sakura.
—Un reloj —dijo ella, convencida, mientras miraba en los escaparates.
—¿En serio? —preguntó, sorprendido, el rubio—. No pensé que quisieras darle algo así a Sasuke, Sakura-chan. Pensé que buscarías algo más personalizado.
—Mmh… quizá tengas razón.
—¿Por qué no unas mancuernillas? —ante su propuesta, ella alzó la mirada hacia él—. Sasuke usa trajes todo el tiempo, he visto que por lo general lleva unas con el emblema de su familia, algo que caracteriza a todos los Uchiha —se encogió de hombros—. ¿Por qué no escoges unas para él? Estoy seguro de que las usará.
—¿No es muy poco?
—Hazlo un paquete completo —decidió, sonriente—. Mancuernillas, pinza para corbata, un botón, una hebilla, una cartera, un reloj.
—¿No es demasiado tarde para que hagan todo eso personalizado?
—Quizá haya algo que te guste con solo verlo. Además, hablamos de Sasuke Uchiha, todo el mundo venera el suelo que pisa —rodó los ojos con una sonrisa—. Si les dices eso, lo tendrán para que se lo entregues el día de mañana, en su cumpleaños.
—Quería ser la primera, dándole su obsequio hoy.
—Debimos haber venido antes —se quejó, tallándose la nuca y viendo de forma distraída las cosas en el aparador—. ¿Qué tal una corbata? —tenía que estar bromeando.
—Oh, espera… creo que lo encontré —señaló, entusiasmada—. Tienes razón, hay algo aquí que es perfecto, Naruto —señaló, con su dedo, sobre el cristal, para que él viera.
—Parece simple, pero estoy de acuerdo contigo.
—Quiero verlos en plata y oro —dijo, al vendedor—. Por favor, dime que tienes pinza, botón, hebilla, lo que sea a juego.
—Lo tenemos, madame —respondió el hombre, haciéndola sonreír.
—Genial. Mientras encuentran las piezas, iré a ver unas camisas, ¿te importa? —dijo, Naruto.
—Adelante, te espero aquí —respondió, dejándolo ir. Luego, se concentró en ver los accesorios que había solicitado.
Sobre el cristal, en una servilleta de tela blanca, el vendedor fue colocando las piezas metálicas para que pudiera apreciarlas. Mancuernillas con forma de letra S en una elegante tipografía, además de todos los otros accesorios que habían mencionado, excepto por el reloj, pero le dijeron que podían grabar lo que fuera y estaría en su puerta por la mañana, y un money clip adicional con los mismos detalles. Sakura le explicó que, excepto por la mancuernilla, todos los demás accesorios—que eran grabados— debían tener dos letras en lugar de una. Así, él tendría en cada muñeca una inicial de uno de los dos, y ambas en el resto de sus obsequios, aunque no le dio esos detalles al amable hombre, y fue paciente mientras tomaba su orden en ambos materiales, hablándole de cómo pondría todo en una caja negra grande y elegante con divisiones, colocándole un moño encima.
—¿Sakura? —sin embargo, en medio de su ensoñación y la charla, un hombre había entrado a la tienda, pues la reconoció desde el exterior—. Sakura Haruno, ¿eres tú? —sorprendida, ella no pudo evitar volverse hacia él, un poco confundida.
—¿Sí? —preguntó, devolviéndole la mirada al sujeto—. Disculpe, ¿quién es usted?
—No juegues —la voz del castaño, frente a ella, saltó con poco encanto, mientras él mostraba un gesto preocupado al analizarla de pies a cabeza—. ¿Dónde estuviste estos años? Intenté contactar contigo, quería saber que estuvieras bien, pero no pude encontrarte. Incluso busqué a tus padres y ellos solo se alejaron… después de unas semanas escuché que habías dejado la ciudad por un tratamiento, ¿a dónde demonios te enviaron?
—Perdón, no tengo idea de qué está hablando —afirmó, nerviosa—. A decir verdad, ni siquiera puedo reconocerlo. Lo lamento.
—¡Soy Kiba! —exclamó—. ¡Kiba Inuzuka! Fuimos compañeros de escuela, tú me gustabas, aunque nunca te diste cuenta —dijo, apretando el entrecejo—. Me invitaste un día a cenar a tu casa, con ese estúpido de Sasuke Uchiha, y el hombre se puso como loco de celos, ¿no lo recuerdas?
—Lo siento, no es algo intencional —le explicó—. Yo, tuve una complicación con mi tratamiento, perdí mi memoria hace dos años —sus palabras, aunque eran gentiles, parecían estar afectando de forma negativa al hombre—. Ahora no puedo recordarlo, pero estoy trabajando en eso. Quizá, en un futuro, podré saber quién es usted, así que…
—No me lo creo —masculló, el otro, antes de lanzar su mano a sostenerla por la muñeca, tomándola desprevenida—. Dime, él te está obligando a hacer esto, ¿cierto?
—Di-disculpe —titubeó, tan incómoda que el mismo encargado de la tienda lo notó, así que le hizo un gesto a uno de sus guardias de seguridad—. Por favor, suélteme.
—¡Ese infeliz! —soltó, iracundo—. ¿Sakura, qué es lo que te hizo?
—Por favor, no sé de qué está hablando…
—Señor, suelte a la señorita —un hombre alto, fuerte, se aproximó colocando una mano en el hombro de Kiba—. Le tengo que pedir que se retire del establecimiento.
—¡Suéltame! —respondió, alzando un poco la voz y sacudiéndose el hombro—. Sakura, escúchame, sea lo que sea con lo que él te esté amenazando, puedes confiar en mí —sus dos manos terminaron en los hombros de ella, asustándola y provocando con ello que se encogiera—. Yo voy a ayudarte, ¿entiendes? No tienes que volver a su lado, sé que te hará daño…
—¡Por favor, suélteme! —gritó, asustada.
Ante el revuelo, los pocos clientes mostraron su interés en la situación, y fue imposible que Naruto ignorara lo que sucedía al otro lado del lugar, moviéndose rápidamente para quitarle las manos de encima. Al mismo tiempo, dos guardias más se sumaron a los esfuerzos, tomando al moreno por los brazos para poder apartarlo de ella, quien terminó refugiada en la espalda de su amigo, ahora un escudo humano listo para contraatacar de ser necesario, particularmente al notar la impresionante resistencia que él ponía.
—¡Sakura, escúchame, puedo ayudarte!
—Por favor, déjeme en paz…
—¡Él cree que le perteneces solo porque prometieron estar juntos, pero eso no le da derecho a tratarte como un objeto! —gritó, en sus últimos esfuerzos, mientras era arrastrado hacia las puertas de la tienda—. ¡Sasuke Uchiha es un infeliz! ¡Ningún matrimonio vale la pena, Sakura!
—¡Cierra la boca! —contestó, Naruto, molesto—. ¿Acaso no escuchaste que ella no sabe nada de lo que le dices?
—¡Tienes que abandonarlo! —insistió, hasta que lo echaron del lugar, arrastrándolo por la acera, aunque seguía gritando cosas que cada vez se oían más lejanas—. ¡Él es malo para ti, Sakura! ¡Seguro él te hizo esto, tienes que irte! ¡Sakura!
La extenuante experiencia dejó a la pelirrosa aterrada, en su sitio. Entre las personas, dos mujeres que estaban ahí intentando hacer compras—probablemente para sus esposos— terminaron por acercarse a ella, en un esfuerzo por tranquilizarla, ofreciéndole apoyo y agua. La culpa de que eso sucediera en una tienda tan renombrada llevó al gerente a ofrecer una compensación a sus clientes, por medio de un regalo o descuento, aunque nada de eso calmaría la sensación perturbadora que ese hombre había dejado en ellos, siendo controlado lejos de la tienda mientras se aseguraban de que Sakura dejara el lugar. Naruto decidió escoltarla hasta el auto y, no siendo suficiente, tomó la decisión de llevarla a casa.
—Llamaré a Sasuke —dijo, en cuanto llegaron a su puerta—. Le diré que venga para que no te quedes sola.
—No, no lo hagas —le pidió, ella—. Estoy bien, Naruto. Ya pasó.
—Incluso si dices eso, parecía que ese tipo te conocía —insistió—. Quizá sabe dónde vives. Debí llevarte a la mansión Uchiha en lugar de traerte aquí, ahí está todo más controlado y creo que podrías estar mejor protegida.
—El acceso aquí es controlado, nadie llegará a este piso porque es privado —le recordó, con una sonrisa amable—. Sasuke-kun ha estado ocupado, y mañana es su cumpleaños. No quiero arruinarlo con algo sin importancia, así que te pido, por favor, que no lo hagas. Yo le diré lo que sucedió cuando él llegue, ¿de acuerdo? Pero será en un momento tranquilo, cuando él pueda ver que estoy perfectamente bien.
—… ¿Estás segura de hacer eso, Sakura-chan?
—Sí, te prometo que, si no sabes nada para el día de mañana, entonces tú puedes buscarle y decirle todo —aseguró—. Solo, déjame manejarlo por hoy, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —suspiró, preocupado—. Si pasa algo antes de que él llegue, no dudes en hacer lo necesario para matar al idiota y luego llamarme, yo te ayudaré con el cuerpo —bromeó, amistoso, pero con un evidente cuidado. Ella sonrió, asintiendo.
—Un aspirante político no debería decir eso, pero lo haré. Ahora ve, sé que tienes una cita con la señorita Hyuga. No llegues tarde.
—Le explicaré, no te preocupes.
—Adiós —insistió, agitando su mano en el aire, para entrar a su hogar.
La sensación de que lo que había sucedido el día de hoy era importante no la abandonaba desde hace un rato. Apenas pudo tranquilizarse, las palabras de Kiba parecieron hacer ruido en su mente, dando vueltas e intentando descifrar a qué se refería. Sin embargo, eso la llevó a pensar en lo que su propio novio le había dicho en el pasado: que no era un buen hombre, que la había lastimado, que sus intenciones eran malas y que seguramente ella se había ido por su culpa, en primer lugar, y que ella lo odiaba. Todo eso, repitiéndose constantemente, la hizo correr escaleras arriba, hacia su habitación. ¿Y si era verdad? ¿Y si Sasuke tenía razón? ¿Y si, al final, ella lo odiaba tanto que no podía soportar la idea de amarlo? Se detuvo frente a su puerta, pues había perdido el aliento, y miró a su alrededor. ¿Cómo iba a saberlo? Pero, si era así, si ella de verdad lo odiaba y Sasuke, a pesar de todo, la amaba… ¿por qué quería que ella recuperara su memoria? No tenía sentido, no podía comprenderlo. El pecho le dolía al ser consciente de su ignorancia, pero no podía soportar el simple hecho de imaginar que terminaran separándose porque en el fondo, por más que pudiera amarlo, lo detestaba con todo su ser. Necesitaba saberlo. Necesitaba respuestas, y esta sensación no desaparecería hasta que lo supiera, así que iba a encontrarlas.
[…]
Antes de las cinco de la tarde, Sasuke volvió a su edificio. Había hecho que trajeran a Tsunade, así que la rubia lo estaba esperando en la sala de espera del lobby. Claramente aún existía una tensión entre ambos, no importando que había terminado por acudir a ella para solicitar su ayuda. Él prometió renunciar a sus vidas futuras con tal de recuperar las memorias de Sakura, y no le preocupaba, pero había una fuerte enemistad entre ambos. Él entendía que ella había tenido que ver con su abandono, en alguna de sus vidas hizo que Hermes lo escupiera. Ahora, sin embargo, tenía que contener todas sus frustraciones porque solo le interesaba el bienestar de Perséfone, la mujer a la que siempre amó.
—¿Por qué me hiciste venir solo para tomar el té? —cuestionó, retadora como de costumbre.
—Al principio, mi intención era que pasaras el mayor tiempo posible con Perséfone. Ella pidió la mañana libre, así que la dejé. Pero, anoche —suspiró, cansado—, volvió a suceder… y temo que ya no podré seguir conteniéndome.
—¿Entonces a eso vine? ¿A ser un cinturón de castidad? —soltó, retórica, alzando una ceja—. Creí que podrías controlarte.
—Te equivocas, Deméter —respondió, irritado—. No te llamé para proteger la virtud de mi esposa… hice que te trajeran aquí porque decidí que ya no tiene sentido seguir fingiendo con todo esto. Tarde o temprano, Sakura va a odiarme, ya sea porque descubra la verdad, porque recuerde todo o porque se dé cuenta de que le he estado mintiendo.
—¿De repente te importa? —bufó, burlona.
—Voy a decirle la verdad —al escuchar aquello, ella alzó ambas cejas, sorprendida—. Le diré todo, así que es bastante probable que quiera alejarse de mí. Eres la única persona que puede ayudarla, tienes que estar ahí para protegerla y apoyarla.
—¿Hablas en serio?
—No juego cuando se trata de ella —frunció su entrecejo, mirándola de forma despectiva—. No me interesa lo que hagas ahí adentro, siempre y cuando te asegures de cuidar de ella. Tampoco quiero que te aproveches de su vulnerabilidad, haz que recuerde todo como dijiste que harías —poco a poco, su tono de voz se endureció. Era el mismo de antes, cuando se presentó ante Sakura, mostrándole esos ojos que reflejaban una sed de sangre—, de lo contrario, olvidaré lo que te prometí a cambio de eso y te mataré yo mismo.
—Al fin te muestras como realmente eres —siseó, provocativa—. Bien. Haré que ella recuerde, y cuando lo logre con mi propio mérito, tú te encargarás de desaparecer, por la eternidad.
—Es un trato.
La propuesta era, básicamente, que el clan Uchiha continuara con el nombre y el imperio tras su muerte, pero el día en que Sakura Haruno recordara su pasado, todos ellos dejarían de rendirle tributo al dios del inframundo y su emblema. Lo único que él sabía era que, una vez que ellos se olvidaran completamente de él, con algo de suerte podría volver una última vez, pero solo sería para poner orden, antes de despedirse eternamente de este mundo. Ni siquiera él era capaz de comprender lo que eso significaba a largo plazo: existía la posibilidad de que terminara como un alma mortal, volviendo al inframundo para recibir un destino merecido; también era posible que volviera a su forma de Dios, aunque podría o no salir de la tierra de los muertos; sin embargo, entre todas las opciones, no podían ignorar que una de ellas fuera su total desaparición del universo, esfumándose sin más. Hades no le temía a la muerte, pues uno no podía asustarse de sí mismo. Sin embargo, le horrorizaba seguir haciéndole daño a la única persona que le importaba en esta basta eternidad, y tenía que detenerse.
—¿Dónde está Sakura? —preguntó, al mayordomo, apenas llegó.
—Llegó hace un tiempo, fue directamente a su habitación, señor —respondió, el hombre—. ¿Quiere que vaya a buscarla, mi señor?
—Eso no será necesario —decidió, Tsunade, en voz alta—. Ella sabe que estamos aquí, vendrá en cualquier momento. En realidad, deberían retirarse. Todos ustedes —señaló, buscándose un sitio en la sala de estar—. Inmediatamente.
—¿Disculpe, madame?
—Hágalo —contestó, el pelinegro—. Tendremos una discusión privada, así que tómense el día y abandonen el edificio.
—Claro, señor.
Rápidamente, el hombre se encargó de hacer que todos salieran. Tsunade y Sasuke comprendían que, dados los poderes latentes de Sakura, era un riesgo para humanos comunes y corrientes el quedarse ahí. Ellos se retiraron rápidamente, tanto que resultó un poco impresionante, y no mucho después pudieron escuchar la puerta de la habitación de la chica cerrarse. Él sirvió un par de tragos para ambos, y luego se sentó al otro lado de la sala, esperando a que ella viniera a ellos, pues sus pasos se escuchaban por el pasillo, hasta que se asomó, justo donde uno giraba hacia las escaleras.
—Sakura —dijo él, de forma distraída. No podía mirarla. Sentía que, si la veía, entonces no podría continuar con sus planes—. Ven a sentarte.
—Sasuke-kun —los pasos continuaron hasta un lado de la sala, pero ella se detuvo. No parecía cómoda con la idea de tomar asiento con ambos quienes, de repente, le parecía que estaban tramando algo—, quiero que me digas el nombre de tu esposa.
Como si la fuerza de atracción de la tierra hubiera aumentado, de repente la habitación se sintió con un aire un poco más pesado. Ninguno de los dos adultos, en los asientos, estaba preparado para escuchar aquella pregunta, especialmente con un tono de voz que, desde el principio, evidenciaba sufrimiento. A decir verdad, si hubieran puesto suficiente atención, los dos habrían notado que el jardín interior parecía estarse marchitando, que el aroma en el pent-house no era tan floral y agradable como solía serlo, que el estado de ánimo de la doncella de las estaciones había decaído a un punto en que todo a su alrededor estaba afectado. Les tomó un momento tomar la fuerza suficiente para alzar sus miradas, pero solo se encontraron con ella, usando un bonito vestido informal de color negro, el que había comprado esa mañana. Estaba arreglada, prácticamente, pero era claro que no pudo maquillarse, pues sus ojos aun parecían irritados a causa del llanto. Él apartó su bebida en un movimiento lento, temiendo que un paso en falso ocasionara un grave daño, como si fuera un demonio lo que tenía dentro y no una deidad.
—Sakura —habló suave—, ¿qué es lo que sucedió?
—Fui de compras esta mañana —dijo, alzando su mirada hacia él—, y un hombre me interceptó, dijo que me conocía, y a ti también. Él dijo que tú no eras bueno para mí, que me harías daño. Armó un alboroto en la tienda, ¿sabes?
—¿Qué? —soltó, sorprendido—. ¿Te hizo daño? ¿Qué demonios te dijo?
—Dijo tantas cosas que no pude sacarme de la cabeza —claramente, hacía un gran esfuerzo por decírselo—. He pasado todo este tiempo pensando en eso, en cada palabra que me dijo, lo asustada que me sentí y lo mucho que él insistió.
—Ven aquí, no te preocupes —dijo, eliminando el espacio entre ambos, para sostenerla entre sus brazos—. Estás bien, ¿entiendes? Estás a salvo.
—No pude dejar de pensar en eso —lloriqueó, correspondiendo a su gesto—. Estaba volviéndome loca pensando que, si él tenía razón y tú también, no soportaría la idea de odiarte. No puedo hacerlo, ¿de acuerdo? Es imposible para mí…
—Está bien, no pienses en eso.
—Siempre lo he sabido, Sasuke-kun —estaba llorando, contra su pecho—. No necesitaba que me lo dijeras, siempre supe que sin importar lo que sucediera, no tengo la fuerza para odiar a alguien a quien amo tanto. Ya te amaba antes de que me encontraras —sus dedos se apretaron en torno a la espalda de él—. No voy a dejar de amarte, sin importar lo que hayas hecho antes o lo que hagas después, así que no me importa lo que quieras decirme ahora —lo había notado—. No me interesa la estúpida intervención que ustedes dos hayan organizado para mí, puedo entender qué es esto que siento en mi corazón. No es algo que una persona olvide, así que ahora puedo entender por qué lloré cuando apareciste en Yoshino, buscándome.
—Sakura —murmuró, separándose un poco de ella, para mirarla—. Aun si dices eso, lo que sucedió entre nosotros es más grave de lo que crees. No puedo conformarme con que decidas que lo que sientes ahora es suficiente, porque no tienes toda la información.
—Pero, no es solo ahora —respondió, sosteniendo sus manos—. Esto ha sido así desde siempre, desde antes de que yo viniera aquí, desde antes de perder la memoria.
—No sabes de lo que hablas —la parsimoniosa voz de Tsunade se escuchó, al fondo, pero los verdes ojos de Sakura se volvieron hacia ella, en un gesto negativo que brilló en su mirada, dejándola un poco incrédula en su sitio.
—No tiene nada que ver con usted, maestra —aseveró, tranquilizándose inmediatamente después, para verlo a él—. Te lo dije, supe desde el principio que romperías mi corazón —sus manos se elevaron, hasta sostenerlo por su rostro—, sin importar eso, lo hiciste antes y lo seguirás haciendo, pero no me importa. Seguiré aquí, Sasuke-kun. Seguiré contigo. Seguiré amándote.
—Detente —suplicó, en un suspiro, mientras bajaba su mirada—. No puedes decir eso… no quiero que lo hagas.
—Está bien, yo también rompí el tuyo, ¿cierto?
—¿Qué? —él alzó sus ojos, tan solo para verla. A pesar de las lágrimas, a pesar de la tristeza, había una amable sonrisa en su rostro—. Sakura, ¿qué estás diciendo?
—Yo te dejé —contestó, deslizando sus manos hasta su pecho, dando un mínimo paso hacia adelante—, hace dos años, casi tres… me fui de esta casa, dejándote con el corazón roto cuando pensaste que te había abandonado.
—No, tú te fuiste por mi culpa.
—Pero estoy de vuelta. Regresé al sitio al que pertenezco —afirmó, mirándole hacia arriba—. Este es el lugar en el que debo estar: a tu lado. Es lo correcto, porque yo soy tu esposa, ¿cierto?
Se quedaron helados, en sus sitios. Tanto Tsunade como Sasuke perdieron el aliento, mientras dejaban que sus expresiones los delataran. De alguna forma, Sakura había descubierto todo, así que las intenciones de confesarle la verdad se habían ido directito al carajo, pues ella ya lo sabía. Y, aun cuando tenía la información en su poder, ella seguía de esta forma, cerca de él. Estaba claro que no había recuperado su memoria, era otra cosa: alguien le había transmitido la información. Fue entonces que cayó en cuenta de ese bastardo de Kiba Inuzuka, a quien debió haber asesinado cuando tuvo la oportunidad, y no permitir que llegara tan lejos. En un principio, al igual que Piritoo, ese imbécil había venido a su hogar para robar a su mujer. Ahora, él había dicho algo innecesario que terminó por convencer a la menor de una equivocación.
—¿Él te lo dijo? —estaba molesto, por supuesto.
—No, nadie me lo dijo —afirmó, aferrando sus manos a él—. Yo… llegué tan preocupada por lo que él dijo, y pensaba en demasiadas cosas, así que hice algo malo: husmeé en tu oficina, pero no había nada sobre mí. Así que recordé que jamás había entrado a tu habitación y, en tu closet, encontré una caja de madera que estaba escondida. Vi las fotos, del día de nuestra boda y de los eventos a los que me llevaste. Teníamos las mismas argollas, ¿cómo pude olvidarlo?
—Lo olvidaste, porque eso fue lo que quisiste —susurró, con una mirada adolorida.
—Por supuesto que no —decidió, sonriendo—. Eres mi marido, el hombre al que amo… no entiendo por qué quisiste mantenerlo en secreto y fingir que teníamos otro tipo de relación, pero ahora tiene sentido. Tú me quisiste desde el principio y nunca fui tu protegida, ¿cierto? Y yo te amo, así que no importa nada más. Vamos a ser felices, a partir de ahora, como esposos.
—No, no —respondió, tomando sus manos—. Yo te dije, ¿recuerdas? Te conté cómo obligué a mi mujer a casarse conmigo… ¿no te das cuenta de eso?
—Si me obligaste o no, carece de importancia porque yo te quiero.
—Sakura, no lo entiendes —insistió, sosteniéndola con firmeza—. Tú me odiabas… te obligué a casarte conmigo, nunca me quisiste así que no dormimos juntos, ni siquiera compartíamos habitación, y tú te fuiste para pedirle a esa mujer que me borrara de tu mente.
—Eso no tiene sentido. Sé que te quería desde entonces. ¿Por qué querría olvidarte?
—¡Porque intenté abusar de ti! —exclamó, alzando la voz, sorprendiéndola—. Intenté abusar de ti… cuando me di cuenta, hui a esconderme, te fui infiel y tú lo viste por accidente —lo estaba mirando, sin poder creerlo, pero sus ojos se llenaban de lágrimas pues, en su interior, una parte de ella le decía que eso era verdad—. Te engañé… lo hice entonces, y lo hice durante estos años. No soy un buen hombre y, definitivamente, no soy un buen esposo.
—… pero —su voz se quebró.
—Lo lamento, pero tú me abandonaste porque no podías seguir estando a mi lado. Esa es la única verdad, Sakura.
—Pero —rápidamente, las lágrimas se apoderaron de su rostro, mientras ella apretaba con fuerza sus manos—. Pero, Sasuke-kun… yo te amo.
[Continuará…]
