¡Hola! Hoy les dejo un capítulo más largo, así que les recomiendo buscar una tacita de té y algunas galletitas, porque estarán un buen rato leyendo jajaja Creo que para muchos este capítulo contendrá algo que ansiaban ver, por eso estoy súper emocionada! Muchísimas gracias por acompañarme en esta historia hasta ahora, espero que les entretenga y les guste mucho.

Saludos especiales a Tuinevitableanto, Annasak2, Girponeki, PaulNoName,, Lili, Wino4ever, Muyr, Sabr1, ClauAsakua K, Yuri, Mia y Claudia. Gracias por sus palabras en los últimos capítulos, son una eterna fuente de inspiración.

Bueno, menos blabla y más acción.


Capítulo 16

Anna nunca se había percibido a sí misma como alguien superficial. En extrañas ocasiones se esmeraba por modificar su propia imagen. Siempre buscaba lucir decente y pulcra, pero no se esforzaba porque naturalmente era una joven hermosa, con un bonito rostro y una armoniosa figura. Claro que, con ocho meses de embarazo el cuento era otro.

Caminaba de un lado hacia otro en la habitación, lanzando ropa por el aire. Ya nada le quedaba bien, y estaba furiosa.

—Horrible —dijo ella, tomando desde las mangas un vestido premamá.

Lo aventó sobre la cama y siguió buscando en su ropero.

¿Anna? —Yoh había tocado a la puerta y había llamado su nombre varias veces, pero ella no cedía—. Ya te lo dije, sólo necesito sacar mi billetera de la mesa de noche y te dejo.

Ella miró hacia la puerta, y bufó molesta.

—¡Y yo te dije que cuando termine te dejaré pasar! —aventó una blusa en dirección hacia la puerta.

Llevaban tres semanas compartiendo la habitación. Tenía algunas ventajas, que no habían logrado disfrutar, pero la pérdida de la privacidad de ambos era una gran variable en contra.

Voy a llegar tarde a mi turno, necesito mi billetera —insistió el Asakura, tratando de ocultar la desesperación con un tono de voz apacible.

—Te voy a meter tu billetera en el…—Anna abrió de mala gana el cajón de la mesa de noche y cogió la billetera del muchacho.

Caminó dando fuertes pisadas hasta la puerta, abriéndola de un golpe.

—¡Aquí tienes! —extendió el objeto contra el pecho de su novio, que miró detrás de ella sorprendido.

—¿Por qué hay tanta ropa en el suelo? ¿No me digas que…? —cubrió su rostro con una mano, pero luego la observó conmovido—. ¿De nuevo? Si quieres vamos de compras mañana.

—No quiero más ropa de gorda —gruñó ella, cruzando los brazos sobre su prominente vientre.

—Te lo digo siempre —el castaño se acercó a la muchacha y se inclinó levemente para besar su frente—. Estás hermosa.

—Y enorme —agregó ella, retrocediendo con el ceño fruncido—. Disfruta mucho a este niño, Yoh, porque será el primero y el último que tendremos.

—Eso dices ahora —dijo divertido él, dándole un abrazo.

Ella se mantenía tensa, tratando de rechazar el afecto de su novio. ¿Cómo osaba darle cariño, cuando ella sólo quería cortarle la cabeza a quien se cruzara en su camino?

Cómo si fuera poco, su queridísimo cuñado se aproximó a ellos, mirando también hacia el interior de la habitación.

—¿Qué huracán pasó por aquí? —preguntó, echándole un vistazo a la pareja con una ceja alzada—. Pensé que al compartir su cuarto, el antiguo desorden de Yoh desaparecería para siempre. Estaba tan equivocado...

—Escucha, Asakura —habló Anna, observando sin demasiada simpatía al mayor de los gemelos—. Si no tienes nada bueno que decir, más te vale quedarte ca…

—Siempre tengo algo bueno que contarles, sólo que ustedes no están listos para oírlo.

—Hao, las hazañas que haces con tus amigas no son de nuestro interés —dijo ella, haciendo a su novio reír.

—¿Ya podemos ver como quedó la habitación? —preguntó Yoh, sonriéndole a su hermano.

El mayor los miró vacilante, apoyando su mentón en una mano, de forma reflexiva. Se había asignado a sí mismo como el encargado de la remodelación del cuarto de su sobrino, pero los futuros padres solían realizar cambios en la habitación, sin la innecesaria autorización de Hao.

—Si prometen no volver a cambiar el color de las paredes a mis espaldas otra vez.

—¡La habitación de mi hijo no puede ser negra! —exclamó la rubia, mientras Hao rodaba los ojos.

—Ustedes confiaron en mí para esta gran labor, y me traicionan pintándola de un color tan aburrido como el celeste.

—Espera, ¿volviste a pintar las paredes de negro? —preguntó Yoh, sintiendo a Anna tensarse aún más bajo su cuerpo.

—Rojo carmesí —contestó él orgulloso.

Notó que la cara de su cuñada se tornaba roja de ira, pero sonrió con sorna antes de que la bomba explotara

—Es broma. Será una sorpresa.

Anna suspiró.

—Recuerda, te queda sólo un mes para que esté todo listo.

—No entiendo por qué no me dejas ayudarte —comentó Yoh, cruzando los brazos—. Ya habríamos terminado el cuarto del bebé.

—Porque tienes mal gusto —dijo Hao, observando de reojo a la rubia—. No lo digo por ti, linda —susurró, tratando de acariciar la mejilla de la muchacha.

Antes de alcanzarla, Yoh sujetó la muñeca de su gemelo, retirándola mientras lo miraba seriedad. Hao lo ignoró y cruzó los brazos.

—…Además, tu juicio está nublado. Cada cosa que hagas sería con Annita moviendo tus hilos por detrás, arruinando mi visión.

—¿Tu visión? —preguntó Yoh, incrédulo—. Confío en gran parte de tu "diseño", pero recuerda que será nuestro hijo y nosotros tenemos la palabra final.

Hao sonrió burlonamente.

—Tranquilo, hermanito. No estoy haciendo nada que no le vaya a gustar a mi sobrino. Entonces, los toques finales de su cuarto se mantendrán como una sorpresa hasta que esté todo listo.

—Bien —dijo Yoh, apoyándose contra el marco de la puerta—. Admito que todo lucía muy bien la última vez que entré a la habitación, así que no creo que los últimos cambios que hayas hecho en secreto sean un desas…¡Diablos! —exclamó, dando un salto hacia el pasillo—. Tengo que irme, ¡adiós!

El muchacho se despidió y corrió hasta las escaleras. Su novia y su hermano escucharon los pasos apresurados de Yoh, hasta sentir un portazo en el primer piso.

—¿También le toca trabajar hoy? —preguntó Hao, extrañado—. Ha estado yendo todos los días.

—¿No te has fijado? —ella suspiró fatigada—. Él insistió en que yo descansara estas últimas semanas, así que sólo Yoh está trabajando.

—Quién lo diría —dijo el castaño, con una amplia sonrisa—. El perezoso de Yoh Asakura tratando de mantener un hogar.

—Y Hao Asakura estancado en la fantástica vida adolescente.

—Vivo lo que me toca vivir —respondió él, con simpleza—. Si ustedes juegan a la casita es porque ustedes se lo buscaron.

—Lo dices como si hubieses olvidado que casi pasas por lo mismo —dijo Anna, apuntando hacia el pecho del muchacho—. Ahora, si me disculpas, seguiré buscando ropa que me quede para poder salir.

—Créeme, no me interesa presenciar ese espectáculo —contestó él, mirando la habitación en ruinas tras la espalda de la rubia.

Procesó nuevamente las palabras de su cuñada y la miró con curiosidad.

—¿A dónde piensas ir?

—Voy a la tienda a comprar algunas cosas —explicó ella—. Me hacen un descuento por haber trabajado ahí.

—Qué lindo —Hao se inclinó sobre la muchacha levemente—. Mándale mis saludos a Tamao si la ves.

La rubia sonrió y entró en su habitación, dándole un portazo en la cara.


Anna caminaba lentamente por la vereda. Su estado físico nunca había sido excelente, era delgada, aunque no muy activa. Embarazada, se cansaba con facilidad. Y ya estaba agotada, puesto que su búsqueda por el atuendo perfecto había sido un fracaso. Lo único que encontró fueron unas calzas de gimnasia oscuras que utilizaba como pantalón y un polerón de Yoh que disimulaba sin éxito su vientre.

Entró a la tienda, agradeciendo que por el momento se encontraba vacía. La única persona presente era Tamao, que la saludó desde detrás del mostrador haciendo una seña con la mano. Anna se acercó en un intento de saludo cordial, pero al notar el cabello resplandeciente y rosa de su ex compañera de trabajo, su amplia sonrisa y su esbelto cuerpo, sintió ganas de asfixiarla. Sacudió la cabeza, qué tonterías estaba pensando.

—¡Anna! —la chica de cabello rosa salió de su lugar de trabajo para hablar con la rubia—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el bebé?

Hace varios meses la rubia supo del pasado de la muchacha y su novio. Fue embarazoso en un principio, pero tanto Yoh como Tamao aclararon que su relación había sido tan intensa como el amor de dos niños puede ser. El gran hito de ese noviazgo fue el primer y último beso que se dieron, demasiado avergonzados como para volver a repetirlo. Anna sabía que si la historia hubiese sido protagonizada por otras personas le habría encantado; un tierno e inocente romance en la pubertad. Aunque, como era su novio el involucrado, no estaba feliz al respecto.

A pesar de todo, con el tiempo Tamao demostró ser inofensiva. Una muchacha muy dulce, tímida, algo torpe, pero de buen corazón. Con el pasar de los meses, habían congeniado bastante bien. Pero nunca, nunca se volvió a pronunciar el nombre de Yoh Asakura en sus conversaciones.

—Sólo quiero que salga luego —admitió Anna, sintiéndose como una fea patata. Tamao rio y observó a la rubia de pies a cabeza.

—Estás resplandeciente —dijo ella, sonrojándose evidentemente.

La rubia le miró con seriedad. ¿Acaso se estaba burlando? La muchacha de ojos rosa notó su expresión petrificante y se puso nerviosa, negando con ambas manos intentando apaciguar su enfado.

—Juro…¡Juro que lo digo en serio! Es que, verás, creo que las mujeres embarazadas tienen algo tan lindo que…

Anna suspiró y alzó el dedo índice, señalando a Tamao que dejara de hablar.

—He escuchado comentarios así muy seguido —dijo ella, guardando las manos en los bolsillos del polerón de su novio—. La gente insiste en que tengo un brillo o algo así, pero no lo puedo ver.

—Pues, de verdad, perdona si te incomodé —se disculpó la muchacha, cabizbaja—. Sólo que, no suelo platicar con muchas chicas embarazadas, es decir, mis amigas nunca han estado embarazadas y yo…

—Tamao, está bien —Anna no tenía intenciones de seguir hablando del tema—. Así que, ¿Hoy estás sola?

—Kanna está en el patio —contestó la chica, aliviada de haber dado vuelta la página tan rápido—. Aprovechó que estaba vacío para ir a fumar.

—El otro día la vi con Hao y… —la rubia se arrepintió de haber traído de vuelta ese recuerdo. Revivió la repulsión al presenciar esa escena—. Olvídalo, mejor no hablemos de eso. Oh, él te mandó saludos.

Tamao suspiró.

—Sólo para molestar, supongo. Nunca me dejaba en paz.

—Es así con todos —aclaró Anna, poniendo los ojos en blanco.

—Al contrario de…—la sonrisa y la voz de Tamao se apagaron.

La rubia se esforzó por no cambiar la expresión de su rostro. No pasaba nada. No pasaba nada.

—Y dime, ¿qué quieres llevar? —preguntó la muchacha de cabello rosado.

Anna agradeció internamente el pacto que ella y Tamao nunca habían hecho; jamás nombrar a Yoh. No tenía que haber incomodidad entre ellas, ¿para qué arruinarlo?

—Traje una lista —respondió la rubia, sacando un pequeño papel de su bolsillo.

Tamao la tomó y sonrió con los ojos.

—Yo hago lo mismo, o se me olvida todo lo que quería comprar.

La rubia había tomado dicho hábito de Yoh. Él era incapaz de hacer un mandado de compras sin una lista con todo anotado. Anna era demasiado orgullosa para admitir que a veces también se le olvidaban algunas cosas, por lo cual era un pequeño secreto que había copiado la técnica de su novio.

Detuvo sus pensamientos al darse cuenta de que necesitaba con urgencia un baño. Estar embarazada la forzaba a ir tan seguido como fuera posible. Odiaba estos dilemas ridículos. De verdad quería que su hijo naciera luego. Mordió su labio, y con un poco de pena, le habló a la muchacha que estaba acompañándola.

—Tamao, ¿no hay problema si paso al baño de la tienda? —preguntó ella, conociendo desde antes la respuesta.

—Por supuesto que no —dijo la muchacha, señalizando el camino—. Ya sabes dónde es. Juntaré las cosas de tu lista, por mientras.

—Gracias, no tardo.

Anna desapareció del lugar, dejando a Tamao sola nuevamente. La muchacha suspiró. No podía imaginar por lo que la rubia estaba pasando. Recordó a su amor de niñez, Yoh, y se le hacía casi imposible pensar en él siendo padre. Sólo recordaba sus ojos grandes y su sonrisa infantil. Era sólo un chico. Se mordisqueó las uñas, con un sentimiento de culpabilidad. No debería estar pensando en él. Ambos habían crecido, y él era novio de su compañera de trabajo.

Tamao comenzó a leer la lista de la futura madre y reunió los objetos en poco tiempo. Se apoyó detrás del mostrador y esperó en silencio a la rubia.

¡Tamao! —escuchó la voz de la muchacha desde el baño.

La chica de cabellos rosa caminó apresuradamente, y sintió el pulso de su corazón acelerarse. Tenía un extraño presentimiento.

—¿Anna? —preguntó ella, hablándole a través de la puerta del baño—. ¿Por qué me llamas? ¿Está todo bien?

La puerta se abrió despacio. Tamao miró el rostro de la muchacha, pálida y temerosa, como nunca la había visto. Asustada, cubrió su boca con las manos. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Necesito…necesito ir al hospital —dijo Anna, tratando mantenerse en pie con dificultad—. Creo que…— presionó los puños y ahogó un quejido de dolor. Tamao la observó con horror—. Tengo que ir al hospital.


Yoh observaba llegar a una numerosa familia al restaurante. Era un cumpleaños, que se traducía en muchos pedidos, lo cual, a su vez, significaba una enorme propina. Nunca había sido codicioso, pero casi cayó de espaldas cuando supo cuál era el precio de un paquete de pañales. Y no tendría que comprar uno, tendría que comprar cientos de esos.

—Parece que vas a tener suerte —dijo su compañero de trabajo, observando a las personas sentándose en la mesa asignada a Yoh—. Muchas personas, y encima, hay chicas lindas.

—Ves muchachas atractivas en todos lados, Ryu —rio el Asakura, preparándose para ir a atender a la familia.

—Tú pareces ciego —contestó el joven, negando con la cabeza—.¿Será por esa señorita Anna que te tiene tan enamorado?

—Ella me entrenó para no pensar en otras mujeres —bromeó Yoh, dejando al muchacho para enfocarse en su trabajo.

Ryu lo observó alejarse, y sonrió con tristeza. Era apenas un chiquillo, y ya vivía sólo, trabajaba, tenía una relación estable y un hijo en camino. En cambio, Ryu se sentía estancado hace años. No avanzaba, ni retrocedía. Simplemente estaba ahí, averiguando cuál era su propósito en la vida. Su crisis existencial se vio frenada por la vibración del celular de Yoh. El aparato había quedado sobre un mesón. Ryu suspiró. Era un muchacho muy distraído, pero hacía bien su trabajo.

Miró en dirección al castaño, que se encontraba recibiendo las órdenes de la familia. Supuso que se encontraría ocupado por un tiempo.

El aparato siguió vibrando, desesperando a Ryu. Él dudo unos segundos, y sostuvo el teléfono en sus manos. Observó la pantalla, era un número desconocido. Miró nuevamente a la distancia a Yoh, que se encontraba escribiendo pedidos en su bloc de notas. La llamada cesó, haciendo que el joven suspirara aliviado. Pero, al instante, comenzó a vibrar nuevamente.

Ryu llevó el aparato a un lugar más aislado. Había decidido contestar, pero no quería que su jefe lo viera hablando por teléfono en horario de trabajo.

—¿Hola? —preguntó él, nervioso frente al riesgo de ser descubierto—. ¿Con quién hablo?

—¿Yoh? —era la voz de una muchacha—. ¿Eres tú?

—No, soy su amigo del trabajo —contestó Ryu, orgulloso— Soy Ryu Umemiya, Yoh está ocupado ahora, pero puedo dejarle su mensaje.

Soy Tamao… Tamao Tamamura —la voz de la muchacha se escuchaba temblorosa, y muy asustada—. Lo necesito con urgencia.

Ryu alzó una ceja. Su novia se llamaba Anna, ¿No? Rio con malicia; ese Yoh no era para nada tonto. Y eso que lucía tan inocente.

—Ya le diré —dijo, aguantando la risa. Justo en ese momento, vio a su jefe caminando por el lugar—.¡Tengo que cortar, bye!

¡Pero…!

Ryu salió de su escondite y cubrió su boca para evitar reír. Se había enterado de algo muy embarazoso. Necesitaba ir a molestar a Yoh al respecto.


Tamao sintió que su corazón se detenía cuando escuchó que la llamada se había cortado. Observó a Anna, que iba sentada muy incómoda en el asiento trasero del taxi. Su pálida piel y sus ojos vidriosos eran fiel prueba de que necesitaban llegar a un hospital cuanto antes. Gracias al cielo, faltaban sólo un par de minutos.

—¿Y bien? —preguntó Anna, intentando de calmarse a través de respiraciones profundas.

Tamao negó con la cabeza.

—Contestó un compañero de trabajo. Yoh no estaba disponible.

Anna dejó caer su cabeza contra el respaldo del asiento, decepcionada.

—¿Segura que no tienes a nadie más que puedas llamar? —preguntó Tamao preocupada.

—Sólo recuerdo el número de Yoh —suspiró, mirando por la ventana.

Había sido una tonta al salir sola en esas condiciones, con su teléfono celular sin batería. Llevó su mano hacia su vientre, pidiendo en su mente que todo estuviese en orden. Maldijo sus plegarias anteriores, rogando porque su bebé naciera luego. No le importaba llevarlo en ella un par de semanas más.

Cerró los ojos e intentó hacer memoria. Recordaba con suma claridad el número de contacto de su madre y de su padre, pero por razones obvias no pensaba en llamar a ninguno de los dos. Ya había llamado a la casa de los Asakura, intentando contactarse con su cuñado, sin éxito. ¿Cuál demonios era el número del celular de Hao? Su ansiedad crecía, a medida que una extraña sensación recorría su cuerpo. Necesitaba calmarse. Inhaló y exhaló, tratando de concentrarse.

—Es el mismo número de Yoh —susurró la rubia, ante la mirada inquieta de su acompañante—. Sólo cambian los últimos tres dígitos.

Tamao suspiró aliviada. Se sentía fuera de lugar, aún así, era incapaz de dejar a Anna en un momento así. Sólo esperaba que todo estuviera bien.


Yoh notó que Ryu lo observaba divertido. Aprovecharía que se había desocupado momentáneamente para conversar con su compañero. Caminó hasta la entrada de la cocina, en donde acostumbraban a esperar de pie a que alguien requiriera de algún camarero. Desde ahí podían ver todas las mesas de restaurant, y eran vigilados con mayor facilidad por su jefe.

—¿Pasó algo chistoso? —preguntó Yoh, observando con curiosidad al joven.

—Tú dime, campeón —le dio un leve golpe en el hombro, con una sonrisa pervertida.

—Ryu, me caes bien, aunque gran parte del tiempo no sé de qué hablas —admitió el menor.

—Pensé que eras despistado, pero eres más astuto de lo que pensé —comentó Ryu, tratando de actuar con el mayor decoro posible al ver a su jefe a la distancia.

Notó que Yoh tensaba los hombros y se erguía ante la presencia del hombre.

—¿Estás engañando a tu novia embarazada? —preguntó, en un susurro.

Yoh levantó una ceja y sonrió extrañado.

—¿De dónde sacaste eso? —masculló, observando que el jefe se alejaba.

Ambos relajaron su postura e intercambiaron miradas.

—Te llamó una chica desde un número desconocido, con mucha urgencia —agregó, dándole un codazo con complicidad al castaño.

Ryu sacó de su bolsillo el celular de Yoh y lo extendió hacia él.

—Lo dejaste tirado por ahí. Contesté yo, porque estabas ocupado y la muchacha no dejaba de llamarte.

—Gracias, Ryu —él revisó en su teléfono el número que había llamado. No lo reconocía—. ¿Esta chica te dio su nombre?

—Si, una tal Tamao…

—¿Tamao Tamamura? —preguntó Yoh, más confundido que antes.

—Así que la conoces, eh, picarón —le dijo Ryu, pellizcando la mejilla del muchacho.

—Sí, pero no es lo que tú crees —aclaró, rascando su cabeza avergonzado.

Su compañero había dado conclusiones muy precipitadamente.

—No hemos hablado en siglos, ¿cómo tiene mi número?

Ryu se encogió de hombros.

—De todas formas, dijo que te necesitaba —cubrió su boca para ocultar una sonrisa pícara—. Urgentemente.

El Asakura sintió un nudo en el estómago. Un mal presentimiento se formaba en su interior. Que Tamao lo llamara de forma urgente y tuviese su número de teléfono no parecía un hecho para ser ignorado. Por lo menos eso le decía su instinto, que en cualquier otro contexto hubiese esperado a devolver el llamado al terminar de trabajar.

—Ryu —Yoh habló con un tono más serio, esforzándose por no caer en la paranoia. Tranquilo, continuó—. Saldré unos minutos a ver que quería Tamao, ¿me puedes cubrir en caso de que me necesiten?

—Claro, muchacho —le dijo Ryu, dándole una palmada bruscamente en la espalda—. Tú ve y llama a tu amante.

Yoh negó con la cabeza y salió hacia el estacionamiento del patio. Marcó el número de Tamao y esperó ansioso a que contestara.

¿Yoh? —preguntó ella.

Él desconoció su voz, era distinta desde la última vez que la escuchó.

—Hola, Tamao —dijo él, dando un largo suspiro. Sólo estaba siendo paranoico, tenía que calmarse—. ¿Cómo estás?

¡Yoh, estamos en la urgencia del hospital, tienes que venir ahora mismo! ¡Es Anna! ¡Va a tener al bebé!

Ryu se sorprendió al ver a Yoh entrar nuevamente al restaurante, corriendo frenéticamente. Le aventó el delantal que utilizaba para cubrir su ropa y lo miró, pálido como un fantasma.

—Necesito que me cubras por el resto del turno, ¡gracias, eres el mejor!

Antes de pronunciar palabra alguna, el Asakura ya había desaparecido.


Hao llegó corriendo al estar de la urgencia. Agradeció internamente haberse encontrado cerca del hospital, unos metros más y él sería el paciente. Miró en todas las direcciones buscando a la rubia, pero no había ni pista de ella. Sólo un montón de personas con cara de pocos amigos, un niño pequeño vomitando en una bolsa, entre ellos. Tomó una gran bocanada de aire y se dirigió al mesón en donde se encontraba una enfermera registrando a las personas que buscaban ser atendidas.

—Hola, disculpe —dijo él, tratando de normalizar su respiración—. Estoy buscando a una chica.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó la mujer, con los ojos fijos en la pantalla del computador que tenía en frente.

—Anna Kyoyama —contestó Hao, aún agitado.

Impaciente, observó a la enfermera repetir el nombre en un susurro, mientras buscaba información en el sistema virtual.

—Anna Kyoyama, 17 años… —se detuvo y lo miró intrigada—. ¿Eres su familiar? No puedo dar información de su ficha a cualquiera.

—Soy su novio —mintió sin titubear.

No recordó alguna vez en la vida en donde hubiese estado tan ansioso. Sólo cuando Yoh trató de decirles a sus padres que Anna estaba embarazada. Hace meses no se le revolvía el estómago como en aquel entonces.

—Eso sirve —dijo la enfermera, mirándolo con una sonrisa—. Entró hace unos minutos en trabajo de parto, la tienen que estar preparando para su traslado a la sala de maternidad.

—¿Está todo bien? —preguntó Hao, que recordó la voz aterrada de Tamao por el teléfono—. ¿Puedo ir a verla?

—Al ingresar, sus signos vitales estaban un poco alterados, pero no tengo más información —contestó la mujer, encogiéndose de hombros—. No puedes entrar donde la están atendiendo ahora, entró acompañada y no puede haber más de una persona con ella.

Apuntó en dirección a un pasillo más alejado, detrás del estar de la urgencia.

—Por esa puerta doble que ves ahí se la llevarán al servicio de maternidad. Espérala ahí y de seguro la verás en una silla de ruedas con alguna enfermera acompañándola. Felicidades por tu bebé.

Hao se dirigió al lugar que le habían indicado. Esperó afuera de la puerta doble, caminando en círculos como un animal enjaulado. Marcaba el número de su hermano, que para variar no contestaba el teléfono. Yoh era quien debía estar ahí, no él. Aún así, no pensaba dejar a Anna en esos momentos.

La puerta se abrió de golpe, y vio al fin a la rubia. Aunque no iba en una silla de ruedas, iba en una camilla, siendo llevada velozmente por dos enfermeros y un médico. Y no estaba contenta, al contrario, expresaba una mezcla de ira, miedo y dolor que no recordaba haber visto en otra persona. Observó a Tamao, quien iba trotando detrás de ellos. La chica no había cambiado nada en esos años. Hao se acercó a la camilla, con paso acelerado al igual que el resto.

—¿Anna que…? —él se posicionó detrás de uno de los enfermeros, sujetando de la baranda la camilla mientras avanzaban por el pasillo—. ¿Estás bien?

—¡Claro que no estoy bien! —exclamó ella, que se sujetaba con fuerza los bordes de la camilla—. ¿Dónde diablos está Yoh? Lo voy a matar cuando… —Anna gritó de dolor, provocando que Hao y Tamao dieran un salto, asustados.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Hao al doctor, que iba frente a la camilla.

—Un parto prematuro y unas contracciones muy feas —dijo, detrás de su mascarilla quirúrgica—. Pero todo indica que puede tener un parto natural sin complicaciones.

—¿Y el bebé? —preguntó el Asakura, notando que llegaban a un amplio ascensor.

—La ecografía no mostró nada anormal, pero no descartamos sorpresas cuando nazca —respondió el médico—. El elevador será algo estrecho para tanta gente, que uno de ustedes suba con nosotros al tercer piso.

Hao y Tamao intercambiaron miradas. Era obvio quien la acompañaría.

—Yo voy —contesto él.

—¿Familiar? —preguntó uno de los enfermeros, presionando el botón fuera del ascensor.

—Yo soy el padre del bebé —mintió nuevamente.

Tamao lo miró extrañada, pero no tuvo tiempo de hacer preguntas. La puerta se abrió, y comenzaron a caminar hacia el interior del ascensor.

Anna negó con la cabeza.

—Eres… un idiota… —Hao le tomó la mano ignorando el insulto.

La rubia lo sujetó con fuerza y su cabeza cayó rendida sobre la almohada.

—Es mi cuñado —aclaró ella, como si fuese necesario dar explicaciones.

Los enfermeros intercambiaron miradas, confundidos. ¿Era su cuñado y el padre del bebé? Qué familia más rara.


Tamao observó las puertas del elevador cerrarse. Suspiró aliviada. Tal vez Hao no era el padre del bebé, pero sabía que era parte de la nueva familia de Anna. Ella no era la persona adecuada para estar en ese momento tan importante y personal. Había cumplido con la labor de llevar a la rubia al hospital, y había logrado localizar a alguien de confianza para que la acompañara. Sonrió feliz; había sido algo muy estresante, y lindo. Menos cuando Anna trató de aventarle una botella de suero a una enfermera, eso no había sido tan bonito.

La muchacha de cabello rosado decidió que era tiempo de volver a su trabajo. Su jefe era muy comprensivo y entendería la situación, aunque tampoco quería abusar y quería cumplir con sus responsabilidades. Caminó hacia el estar de la urgencia, localizando la salida. Continuó avanzando, hasta que creyó ver un espejismo.

Yoh Asakura, el chico que le había robado el corazón cuando era una niña, se encontraba frente a ella. Él parecía estar buscando a alguien con la mirada; parecía perdido e incluso asustado. Ella no pudo evitar fijarse en lo mucho que había crecido. Los años habían sido bondadosos con él; guapo, alto, ojos soñadores y… sacudió la cabeza.

—¡Yoh! —al llamarlo, él volteó y sonrió aliviado al verla.

—¡Tamao! Ha pasado tanto tiempo —dijo él, dándole un abrazo.

Ella no alcanzó a procesar cómo se sentía, hasta que él se alejó y la miró.

—¿Dónde está Anna?

—La acaban de subir a maternidad —la muchacha sabía que tenía que estar roja como un tomate, pero no era tiempo de pensar en sí misma—. En el tercer piso. Hao entró con ella.

—¿Está bien?

Tamao leyó sus ojos y notó el temor, la emoción y el amor en su mirada. Sintió una punzada en el pecho; nadie la había mirado así.

—El doctor dijo que el bebé nacerá antes de tiempo, pero le hizo una prueba y todo parecía estar bien. Aun así, no habrá certeza de nada hasta después del parto.

Yoh suspiró. Recién en ese momento, ella notó que el sudor corría por su frente, y que su respiración era irregular. De seguro Yoh había corrido para llegar al lugar.

—Gracias, Tamao —dijo él, llevando una mano al hombro de la muchacha—. Gracias por haber estado con ella.

No esperó una respuesta y avanzó apresurado por el estar de la urgencia, atravesando el lugar en pocos segundos. Tamao lo observó esperando el ascensor. Aun con la distancia que había entre ambos, notaba la ansiedad en el muchacho. Las puertas del elevador se abrieron, y él desapareció en su interior.

Había parecido como un extraño sueño, en donde su subconsciente traía de vuelta a su amor de la infancia, sólo para demostrarle que se estaba convirtiendo en un hombre y pronto tendría su propia familia. Tan irreal que costaba creer que era exactamente lo que estaba ocurriendo. Sonrió melancólica, y dio media vuelta para continuar su camino.


Anna miró hacia el techo. Blanco e inmaculado. Si se esforzaba un poco, podía imaginar que se encontraba en la nada misma. Que lo único que la rodeaba era ese color. Prefería enfocarse en ese pensamiento, desconectándose de su realidad.

Ella estaba recostada sobre una cama, mientras que Hao se encontraba sentado junto a ella. Se encontraban en una sala destinada para atender a dos personas, pero cuando ellos llegaron al lugar la mujer que se encontraba ocupando la otra cama ya se estaba yendo. La mayor parte del tiempo esta silencioso, pero podían oír gritos y llantos de bebés ocasionalmente, que provenían del resto de las habitaciones del servicio de maternidad.

Llevaban algunos minutos solos, pero eran visitados esporádicamente por una enfermera, que chequeaba el estado de Anna. Le habían explicado que el intenso dolor que sentía eran contracciones, que cada vez se harían más frecuentes y fuertes.

Sintió la mano de Hao sobre la suya. Lo miró, con una triste sonrisa, mientras las lágrimas caían por su rostro. Él sonrió levemente y presionó más fuerte su mano.

—Vamos, Kyoyama, creí que morías por conocer a este niño —dijo Hao, apoyando la cabeza sobre la almohada junto a ella—. Siempre decías que querías que naciera luego.

Ella rió cansada.

—Fui tan tonta. No sabía que las contracciones eran tan horribles.

Hao miró el reloj en su muñeca y apretó los dientes. Su hermano no había dado señales de vida.

—Creo que ahora es un buen momento para que me reveles el nombre que eligieron —él secó las lágrimas de la muchacha, que volvió a fijar la vista hacia el techo.

—Sólo después de que nazca.

Su voz estaba temblorosa. Hao odiaba verla en ese estado, tan vulnerable y frágil, porque sacaba esa misma debilidad en él.

—Sabes que todo saldrá bien —se maldijo al instante al notar que había citado a su gemelo.

Se maldijo porque no sólo le hablaba a Anna, sino a él mismo. Le había dolido perder la ilusión de un hijo; no podría tolerar que algo le ocurriese a su sobrino.

—Aún le faltaba un mes —susurró Anna, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos —. ¿Qué pasa si nace con algún problema? ¿Si se lo tienen que llevar a esas horribles incubadoras?

—Nadie se lo va a llevar a ninguna parte —respondió Hao, con seriedad—. Si ese estúpido médico trata de quitarte a mi sobrino, lo golpeo.

Él sonrió al escuchar la risa de la rubia. No era totalmente feliz, pero lograba liberar la presión en su pecho.

—No seas ridículo, Hao. No puedes hacer eso.

—¿Quién dice que no? —preguntó él, aun sujetándole la mano.

—Cualquier persona razonable —contestó ella, limpiando algunas de las lágrimas de su rostro.

Hace exactamente un año ella no hubiese creído que estaría así; en una cama de hospital, vestida con una horrible camisa quirúrgica, llorando como una niña pequeña en la compañía de Hao Asakura. Como le habían enseñado, el llanto, la tristeza y el miedo eran debilidad, y ella no debía permitir ser humillada por cosas tan banales, jamás.

A pesar de las circunstancias, había salido adelante. Notas excelentes, candidata a una buena beca universitaria, en una relación estable y un embarazo que hasta ese día había llevado un transcurso normal. Pero el nacimiento imprevisto de su bebé había sacudido su mundo. Era algo que se había salido de sus planes, y que no podía controlar. Se sentía pequeña, e indefensa, aborreciendo cada segundo de esa sensación.

La enfermera volvió a entrar, esta vez con una expresión confundida en el rostro. Puso las manos en su cadera y miró con seriedad a Hao.

—¿Eres realmente el padre del niño? —preguntó ella, inclinándose levemente hacia el muchacho.

Él y Anna intercambiaron la mirada, sin estar seguros de qué estaba ocurriendo.

—Podría serlo —dijo Hao.

La enfermera miró a la rubia alzando una ceja. Anna supuso que la profesional pensaba que debía ser una prostituta o algo así, pero estaba demasiado cansada como para reclamar por esa mirada acusatoria que le dirigía.

—Hay otro chico en la estación de enfermería insistiendo en que es el padre del bebé —explicó la mujer, cruzando los brazos—. Así que mejor aclaren el asunto, porque sólo puede entrar un familiar.

—Al fin llegó Yoh —susurró Hao, levantándose del lugar.

Observó a Anna, que en lugar de alegrarse parecía una bomba a punto de estallar.

—No te ves tan feliz, ¿eh? ¿Le digo que prefieres que yo sea el padre?

—Ese maldito —masculló entre dientes, sentándose con dificultad en la cama—. Ya se las va a ver conmigo.

—Veo que vuelves a estar de buen humor —comentó divertido Hao.

Ella soltó un largo suspiro, tratando de calmarse.

El Asakura rogó a los dioses que su sobrino no heredara el carácter de su cuñada, o ya tendría que buscar otro lugar para vivir. Se alejó de la cama de Anna, pero antes volteó a verla. Para su próximo encuentro, la muchacha tendría un bebé en sus brazos. No sabía cómo sentirse al respecto. Era una sorpresa esa sensación de agobio, cuando el hijo ni siquiera era suyo. Apenas podía imaginar lo que pasaba por la mente de Anna y de su hermano en esos instantes.

—Nos vemos —se despidió él, antes de dejar la sala.

—Hao…

El muchacho se detuvo bajo el umbral de la puerta. Miró sobre su hombro a Anna, que le regalaba una leve sonrisa

—Gracias por haber estado aquí.

—Cuando quieras, Anna —respondió Hao, guiñándole un ojo.

Dejó la sala en donde se encontraba Anna para encontrarse con su hermano. Dejó el servicio de maternidad y llegó hasta una pequeña sala de estar frente a una recepción. No tardó en divisar a Yoh, que se encontraba sentado en una silla, agitando una pierna hacia arriba y abajo, con el rostro cubierto con ambas manos. Hao dio un paso hacia él, e Yoh alzó la mirada. Se alzó de la silla al instante, dando una zancada hasta su hermano.

—¿Cómo está ella? —preguntó Yoh, sujetando de los hombros a su gemelo—. ¿Está todo bien? No me permiten entrar a verla…

—El doctor dice que todo está bien —dijo Hao, notando que el cuerpo de su hermano se relajaba—. Un parto prematuro, pero al parecer sin complicaciones… ¿Dónde estabas? Te llamé un millón de veces.

—Estaba haciendo mi turno… Vine corriendo y no escuché el teléfono —contestó rápidamente el menor, sin ánimos de dar explicaciones—. ¿Ya puedo ir a verla?

Hao resopló.

—Sí, sí, ve con ella. Yo llamaré a nuestra familia para avisarles que el bebé ya va a nacer.

—Gracias, hermano —dijo Yoh, que sin pensarlo dos veces se lanzó contra su hermano para darle un abrazo.

Hao lo recibió tenso, sin esperar ese gesto.

—No puedo creer que ya haya llegado este día.

El mayor dio un suspiro y relajó su cuerpo, abrazando de vuelta a su hermano. Tenían la misma edad, sólo los separaban escasos minutos de diferencia, pero para él siempre sería su hermano pequeño.

—Ve antes de que Anna venga por ti y te asesine.

Yoh asintió y le dio la espalda a su hermano, caminando hacia la puerta por la que el mayor había salido anteriormente. Hao observó a su gemelo irse, y se sentó en el lugar que el menor había estado ocupando anteriormente. De verdad estaba pasando.


El futuro padre se encontraba buscando la habitación que la enfermera le había indicado. Caminó a través del largo pasillo del hospital, escuchando al pasar algunas voces y lloriqueos de bebés. Detectó la puerta de la sala en donde le habían dicho que se encontraba Anna, y con cada paso que daba el tiempo parecía volverse más lento.

Sentía su corazón agitado latiendo dentro de su pecho. No estaba preparado para lo que venía; todo había sido demasiado repentino. Pero pensó que, aunque su hijo hubiese decidido nacer en un mes más, se hubiese sentido igual. Yoh siempre había profesado que había que tomarse las cosas con calma; que no había que preocuparse de nada, y había que recibir lo que el universo quisiera con los brazos abiertos. Sin embargo, creyó que nunca en su vida había alcanzado un nivel de ansiedad tan alto como hoy. Su hermano le había dicho que todo estaba bien, lo cual había minimizado en cierta parte su temor y sus nervios. Atribuía su taquicardia a la emoción y a la incertidumbre frente a lo desconocido.

Antes de entrar a ver a su novia, respiró profundamente. Tenía que estar tranquilo. Tenía que ser su soporte.

Abrió la puerta, y al instante fue saludado con una almohada golpeando su rostro.

—¿DÓNDE ESTABAS METIDO? —vociferó Anna, desde la cama.

Durante su embarazo, se había convertido en una experta aventando objetos por el aire. Era digna de los juegos olímpicos.

Yoh enmudeció. Su novia, en esa bata quirúrgica, en la cama con sábanas blancas. El aroma a limpiador. Era real.

—¿Te vas a quedar ahí parado? —preguntó ella irritada, sentada con bastante incomodidad—. Ven aquí y tráeme esa almohada.

El Asakura, obedeció, agachándose para recoger la almohada. Caminó hasta Anna, que no le quitaba los ojos de encima. Sus mejillas rosadas y el sudor cubriendo su frente de daban un aspecto frágil, pero su expresión iracunda la hacía amenazadora. Ella movió levemente su espalda hacia adelante, mientras Yoh acomodaba el cojín detrás de la rubia. Se paró junto a su novia, quien en cualquier momento podría gritarle. Él exhaló, no le extrañaba haber sido recibido de esa forma.

Anna cruzó los brazos firmemente sobre su abdomen, asesinando al muchacho con la mirada. Lo observó acercándose lentamente a ella, con el propósito de abrazarla. ¿Cómo se atrevía a tocarla, después de haberla hecho esperar tanto? Estaba furiosa, quería golpearlo, quería gritarle. Ya no lo necesitaba ahí, quería que se fuera, que se llevara esa estúpida sonrisa suya y desapareciera. Pero, si estaba tan molesta, ¿por qué lo estaba abrazando de vuelta? ¿por qué estaba llorando, mientras lo rodeaba con sus brazos con más fuerza?

No era la primera vez que sus sentimientos la traicionaban, pero ya ni siquiera sabía si sus emociones tenían algún nombre. Nuevamente, sus mejillas estaban húmedas, mientras las cristalinas gotas rodaban por su rostro, cayendo en el hombro de Yoh. Sollozaba en su cuello, mientras lo escuchaba susurrar palabras de consuelo.

—Perdona, ya estoy aquí… —su voz suave y compasiva no lograba apaciguar su llanto.

Había tenido tanto miedo. Se sentía diminuta, como una muchachita insignificante que no estaba lista para ser madre. Quería retroceder en el tiempo, y estar recostada en su cama junto a Yoh, sabiendo que su bebé estaría seguro en su vientre y que nada pasaría durante un buen par de meses.

—Se suponía que nacería en un mes —aún se sentía traicionada por su propio hijo.

Ese pequeño aún no nacía, y ya se atrevía a sorprenderla de esa forma.

—Lo sé, lo sé —repitió Yoh, besando la frente de su novia.

No quería que notara lo aterrado que estaba. Sólo uno de ellos tendría el lujo de tener un ataque de pánico, y era el derecho indiscutido de la madre.

—Ni siquiera está listo su cuarto —continuó Anna, alejándose un poco del muchacho para mirarlo a los ojos—. Y no… y no traje un bolso con su ropa, ni sus pañales, ni nada...

—Anna, no te preocupes por esas cosas —dijo él, acariciando la espalda de la rubia—. Son detalles… Lo importante es que tú estás bien, y nuestro hijo está bien.

—¿Y si pasa algo en el parto? —preguntó ella, cuyos ojos vidriosos reflejaban temor puro—. ¿Si no lo hago bien, y algo malo ocurre?

Yoh suspiró. Mantenerse fuerte y sereno era difícil cuando él mismo tenía esas dudas. Eran posibilidades que no podían ser descartadas. Pero estaban fundamentadas en el miedo y la inseguridad. Todo saldría bien; lo había decretado.

—Prometo que todo resultará a la perfección, ya verás —enmarcó el rostro de la muchacha entre sus manos, mirándola fijamente a los ojos.

Era una promesa imposible, pensó ella, porque Yoh no podría controlar nada de eso. Nadie sabía realmente qué esperar. Sin embargo, en los ojos del muchacho había confianza y determinación, reconfortando a la rubia. Ella tomó las manos de su novio, y sonrió levemente.

—Esa es mi chica —susurró él, sonriendo ampliamente.

Secó las lágrimas remanentes en las mejillas de su novia, y cogió sus manos.

—Tú puedes con esto. Eres Anna Kyoyama, la persona más fuerte que conozco.

Ella rio con ironía, recostándose nuevamente, apoyando su cabeza en la almohada que había lanzado hace unos minutos.

—Hecha un mar de lágrimas… —dijo ella—. Desde que te conocí he llorado como nunca en mi vida.

—Es porque le he dado emoción a tus días —rio él, acariciando la rubia cabellera de su novia. Se sentó a su lado, apoyando el mentón sobre el colchón de la cama.

—No puedes culparme sólo a mí, es Hana quien te está causando tanto sufrimiento.

—Es un niño travieso —dijo ella, sonriendo ante la mención del nombre de su hijo.

Llevó la mano hasta su vientre. No extrañaría estar tan enorme. Lo único bueno de ese abdomen es que podía poner paquetes de galletas sobre él, sin necesidad de una mesa.

Como si se estuviese vengando de sus pensamientos, su cuerpo comenzó a torturarla nuevamente. Anna soltó un quejido, y presionó con fuerza la mano de Yoh. Él la miró aterrorizado, no sabía qué diablos estaba pasando.

—¡Anna! —exclamó él, inclinándose sobre ella, imponente al no saber qué hacer—. ¿Qué pasa? ¿Qué te duele? ¡Iré a buscar a alguien!

Yoh intentó de levantarse, pero ella lo impidió, jalando de su mano—. No te vayas… —susurró.

—Pero… necesitas una enfermera, iré a…

Anna negó con la cabeza, hundiéndola en la almohada mientras ahogaba un grito. Siempre había gozado de buena salud; nunca había sufrido de cólicos, sólo un par de dolores de cabeza y resfriados insignificantes. Las contracciones con las que cursaba momentáneamente eran agudas y horriblemente molestas.

Yoh la observó preocupado, pero acató la orden de su novia, sosteniéndole la mano mientras notaba que su cuerpo volvía a la normalidad.

—¿Estás bien? —preguntó él, notando que Anna parecía recuperarse paulatinamente.

—Son contracciones —dijo ella, mirando al techo como antes, buscando distraerse—. Cada vez son más fuertes, y más seguido… Yoh, este será el único niño que vas a obtener de mí.

—No esperaba más —bromeó él, tratando de aligerar el ambiente. Tomó su mano y la besó.


Hao estaba impaciente. No tenía de cuánto tiempo había pasado, pero ya estaban demorando demasiado. Encima, Yoh había apagado su teléfono, así que no contestaba ninguno de los mensajes que le había enviado. ¿Había algún problema con Anna? ¿El bebé estaba bien? No tenía puta idea.

Había hablado recientemente con sus padres y con sus abuelos, relatándoles que su sobrinito había decidido nacer un mes antes de lo presupuestado, porque claro, era el hijo de Anna, y a él tampoco le decían qué hacer.

Pensó en la muchacha, y se reclinó sobre el respaldo de la incómoda silla en donde estaba sentado. Cuando la conoció, parecía ser una mujer inquebrantable. Altanera, terca, fría. Pésimo humor, nula paciencia. Hermosa e inalcanzable. Pero, sorpresa, un día era la novia de su gemelo. Él idiota y simplón de Yoh Asakura había logrado enamorar a esa chica. Y por supuesto, él estaba loco por ella. De pronto, se había vuelto parte de su familia. De su hogar. Ya no era únicamente la novia de su hermano; era Anna, y la quería. Había conocido una faceta de ella que pocos habrían imaginado.

Se levantó de su lugar y buscó alguna máquina expendedora. Necesitaba mantenerse ocupado para deshacerse de esas cursilerías. Estaba fuera de sí, él no solía ser tan sentimental. Mientras compraba una barra de chocolate en la máquina, pensó en que él sólo se había abierto de manera completa a ella. Observó el dulce caer. Tenía que dejar de pensar en Anna. Ella estaba a punto de dar a luz a su sobrino, y estaba prohibido para él mirarla de otra forma. Cogió la barra de chocolate, y volvió a sentarse en donde había estado previamente. Abrió el envoltorio apresurado y mascó un trozo del dulce como un animal.

Necesitaba conseguir una novia urgentemente.


Yoh recordó que cuando Anna se hizo la prueba de embarazo. Pensó que tendrían un par de minutos antes de obtener el resultado, porque las películas siempre lo mostraban así. Desde ese entonces, supuso que tendría que dejar de confiar. Hoy, ese pensamiento volvía a su mente, mientras corría detrás de la silla de ruedas de Anna hacia la sala de parto en donde nacería su hijo.

En las películas, la madre llegaba al hospital, tenía al bebé y listo.

En la vida real, Anna llevaba horas con contracciones horribles, exhausta, adolorida, y con un desprecio total hacia el hombre que la había embarazado.

—¿Segura que no quiere la epidural? —preguntó la mujer, mientras una colega le entregaba a Yoh un delantal.

—¡Ni loca dejo que me pinchen con esa aguja gigante! —exclamó, para quejarse nuevamente ante el dolor que sentía.

—Anna —pidió él, mientras se ponía la prenda—. ¿Podrías reconsiderar…—?

—Tú… —siseó, mirándolo con el ceño fruncido—. Si vuelvo a oír una palabra de ti te voy a… —gritó mientras se aferraba a las barandas de la silla de ruedas.

Las enfermeras le pidieron a Yoh que esperara un poco afuera de la sala, primero tendrían que entrar ellas para preparar a Anna. Él observó cómo se llevaban a su novia al interior de la habitación, terminando de abrochar las tiras del delantal que le habían entregado.

Los gritos cesaron, y el pasillo quedó en silencio. El castaño miró la puerta cerrarse tras ella. Tenía razón, no volverían a tener un hijo jamás. El muchacho sería afortunado si su novia permitía que él la tocara de nuevo.

Con la vista fija en la puerta, se dio cuenta que estaba a punto de ser padre. Antes de los dieciocho años. Aun estudiando. Aun acostumbrándose a vivir solo. Su vida nunca volvería a girar en torno a él, sino en su familia.

La puerta se abrió, y una de las enfermeras le indicó que ya podía entrar a la sala. El muchacho enderezó su postura. No había vuelta atrás. Caminó hacia donde la mujer le había señalado, despidiéndose para siempre de su adolescencia.

Para variar, la sala tenía un color blanco inmaculado. El olor del desinfectante inundaba el lugar. Los profesionales de salud estaban alrededor de Anna, que buscó con la mirada a su novio con desesperación.

—¿Dónde estabas? —preguntó con un hilo de voz, mientras él se paraba junto a ella.

—A unos pocos metros de ti —respondió, conmovido ante los ojos vidriosos de su novia—. ¿Cómo estás?

—Asustada —admitió ella, tragando saliva al ver en dirección al doctor que la estaba examinando—. ¿Y tú?

—También —rio él, nervioso. No obtenía nada con seguir ocultándolo—. Pero confío en que todo saldrá bien.

—Lo repites tanto —dijo Anna, dedicándole una leve sonrisa—, que comienzo a creerlo.

—¿Recién ahora? —preguntó con gracia, mientras sujetaba una de las manos de la muchacha.

Ella asintió, sonriendo ampliamente.

—Señorita Kyoyama —dijo el médico, mientras se ponía una mascarilla—. Le daré unas indicaciones que tendrá que seguir para que todo esté perfecto. Trabajemos en equipo y tendrá a su bebé en un abrir y cerrar de ojos, ¿está bien?

Los jóvenes intercambiaron miradas, con sonrisas nerviosas y ojos brillantes.

—No es buena recibiendo órdenes —susurró Yoh, sólo para que su novia lo escuchara.

Temblorosa, presionó aún más la mano del castaño.

—Tú puedes con esto.

—Mientras no te desmayes —respondió ella, entrelazando los dedos con su novio—, todo estará bien.


Hao realmente deseaba que el resto de su familia no estuviera viviendo en Izumo. Porque sabía bien que, aunque lo intentaran, era imposible que llegaran en menos de dos horas a la ciudad. Él permanecería sólo a la espera de su sobrino hasta que se dignara a nacer. El aburrimiento no mejoraba su ansiedad. Su mente divagaba por terrenos extraños e imposibles.

Lo único bueno es que sus padres habían gestionado a la distancia el pago de una habitación privada para Anna, así que, cuando ya hubiese salido del parto, podría recibir más de una visita, lo que se traducía en que Hao al fin podría abandonar esa horrible sala de estar.

Claro que, no sabía si preferiría estar en una habitación encerrado con un bebé llorón.

La vibración del celular en su bolsillo fue lo más emocionante que le había pasado estando sentado ahí. Desbloqueó la pantalla y vio que su hermano al fin había decidido encender su teléfono. Le había enviado un mensaje que no contestaba a ninguno de los textos de Hao le había enviado anteriormente.

"Ven, estamos en la sala 310" era lo único que decía. Hao gruñó para sí mismo.

—Gracias por tanta información, Yoh —masculló, emprendiendo paso hacia donde su gemelo le había dicho que fuera.

Notó que su corazón se había acelerado nuevamente. Estaba harto de ese palpitar inusual, tanto cambio lo dejaría con alguna enfermedad cardíaca. Recordó a Anna, completamente deshecha, y pidió a los dioses que por favor el panorama al que se enfrentaría fuese diferente.

Tocó la puerta de la sala que les habían asignado a Yoh y Anna, esperando lo que pareció una eternidad.

Pasa —escuchó la voz de su hermano, y no distinguió angustia ni pena en su tono. Una buena señal.

Ingresó a la sala, un más pequeña que el lugar en donde Anna había estado anteriormente, pero era privada, lo que garantizaba que no compartirían con ninguna otra mujer embarazada. Tenía más muebles destinados a la comodidad; un sofá y un sillón, dos mesas de noche y un pequeño armario.

Sin embargo, nada de eso era más relevante que la pareja que se encontraba pacíficamente sobre la cama. Yoh estaba sentado en el borde de la cama, y Anna estaba sentada en el centro de esta, con su cuerpo cubierto bajo las sábanas. Ambos miraban con amor hacia un pequeño bulto que se encontraba en los brazos de la rubia.

Hao sintió que su corazón se saltaba un latido. "Necesito un médico" pensó, frente a su latir irregular. Caminó despacio hacia la pareja.

—Hermano —dijo Yoh, sin elevar mucho la voz—. Te queremos presentar a tu sobrino.

El mayor de los Asakura no podía articular palabra alguna. ¿Se había metido en un sueño?

Su gemelo alzó la mirada para ver a Hao, con una gran sonrisa, y una expresión que el hermano mayor nunca había visto en Yoh. Amor, orgullo y una paz que había sido alcanzada sólo gracias a la presencia de esa criatura. Los mismos sentimientos se reflejaban en el rostro de Anna, quien con sumo cuidado descubrió de su cobija al pequeño bulto en sus brazos.

Los ojos de Yoh se volvieron hacia el bebé, un infante regordete de mejillas rosadas, que dormía plácidamente en los brazos de su joven madre.

—Su nombre es Hana Asakura.