Cuando las enormes puertas de roble se abrieron, los chicos pudieron contemplar el esplendor del gran comedor. Las paredes estaban recubiertas de hiedra y flores dándole el aspecto de un bosque mágico. En vez de velas flotando había un montón de motas de colore iluminadas que daban las sensación de ser pequeñas hadas. Las cuatro mesas de las casas estaban retiradas al fondo llenas de canapés y bebidas.

Los chicos fueron entrando contemplándolo todo, atónitos. De las flores de la pared salía una música suave que envolvía toda la estancia. Sarah, Magie y el profesor Godenhorn hicieron un excelente trabajo.

Algunos de los profesores habían aceptado asistir al baile. La directora se había arreglado para la ocasión, llevaba una sobria túnica escarlata con adornos dorados en los puños y el bajo. No llevaba su habitual sombrero, en su lugar llevaba uno también rojo con una gran pluma anaranjada. Minerva McGonagall no era la única que había aceptado la invitación. El profesor Heraclitus Godenhorn también estaba allí, luciendo una túnica violeta estampada de manera desigual con espirales plateados, se había peinado sus rizos dorados de querubín hacia atrás y detrás de la máscara daba la sensación de que llevaba sus enormes ojos azules levemente perfilados. Junto a él estaban Erik Lodbrook y el profesor Potmos, ambos con túnicas de gala negras. Al otro lado de la estancia estaban Sam junto a Hagrid quien vestía una especie de traje peludo. Johanna sonrió al verle pues pensó que le recordaba a Chewaka.

Para animar la fiesta, el profesor Godenhorn subió el volumen de la música de un golpe de varita y los estudiantes poco a poco se animaron a bailar. John bailaba con Sarah mientras que Magie sacaba a bailar a Ginger. Emma y Johanna estaban hablando animadamente al lado de la mesa de canapés cuando Edward Endless se les acercó. Con una reverencia teatral miró a Emma a los ojos y le pidió un baile. Emma, un poco avergonzada, miró a su amiga pidiéndole perdón con la mirada por dejarla sola. Johanna le sonrió y asintió con la cabeza. Se sirvió un poco de zumo de calabaza mientras veía a su amiga alejarse con el chico rubio. Cogió un canapé de la mesa y se lo metió entero en la boca. Aun que ya llevaba dos meses en el mundo mágico seguía asombrándose de lo bien que cocinaban los elfos domésticos. Siguió saboreando un canapé tras otro hasta que terminó con la bandeja, cuando se dio cuenta intentó alejarse del sitio un poco avergonzada, pero casi al instante, esta se volvió a llenar de canapés.

- Johanna, que tal si te relleno la copa. – Morpheus se estaba acercando a ella con una sonrisa pícara.

- Si, muchas gracias.

Johanna le acercó la copa que aún contenía un poco de zumo de calabaza y él la rellenó disimuladamente con el líquido ámbar de su petaca. Johana le dio un sorbo.

- Así está mucho mejor. Por cierto. ¿Qué estás haciendo aquí solo? ¿No deberías estar hablando con alguien?

- No creo que él esté por la labor. Me lo dejó muy claro la última vez.

- No seas tonto, yo te ayudaré. Solo te pediré que me des la petaca a cambio, si tú también te vas, necesitaré un incentivo para no irme a la cama.

Morpheus sonrió, le dio un largo sorbo a la petaca y se la entregó a la chica. Johanna se la guardó en su pequeño bolso y se dirigió hacia donde estaba Sam. Este le dedicó una sonrisa en cuanto la vio acercarse.

- Estás muy guapa. – Le dijo el chico sonriendo.

- Ya me gustaría a mí.

Entonces, la chica se acercó más a Sam y le susurró algo al oído que le hizo enrojecer. Sam levantó la vista y su mirada se cruzó con la de Morpheus, quien lo estaba observando a lo lejos. Este le hizo una señal con la cabeza y salió del gran comedor, esperando que el pelirrojo le siguiera.

- ¿A qué estás esperando? – Le dijo la chica. – Anda ve.

Sam abandono la sala siguiendo los pasos de Morpheus y Johanna volvió a quedarse sola. Miró a su alrededor los profesores ya se habían ido y apenas quedaba gente en el gran comedor. Emma y su pareja seguían bailando y Johanna pensó que sería mejor irse.

Salió del gran comedor, no tenía ganas de irse a dormir, así que decidió darse una vuelta por los jardines con la compañía de Black. Lo encontró en la puerta de la cabaña de Hagrid, como siempre, y juntos se fueron hasta la orilla del lago donde se sentaron. Black se acurrucó al lado de Johanna y le dio unos leves toquecitos con la cabeza para que le acariciara. La chica sacó la petaca del bolso e iba bebiendo a la vez que acariciaba al perro con la otra mano. Después de toda la tensión de los exámenes, por fin tenía la mente libre. En un par de días tendría que elegir si seguir en el mundo mágico o si abandonarlo sin recordar nada. Estaba claro que ella quería seguir aprendiendo, porque por fin estaba en el sitio de donde pertenecía, pero había algo que le rondaba por la cabeza y le incomodaba. Desde hacía unos días tenía un nudo en el estómago, que hasta entonces había atribuido a los nervios propios de los exámenes. Pero dado que la sensación persistía aún con los exámenes terminados, debía tratarse de otra cosa. Se tumbó en la hierba húmeda dejando volar sus pensamientos, sin poderlo evitar se le fueron cerrando los ojos. Imágenes borrosas iban pasando pos su mente, medio dormida medio despierta, los hechos de aquellos dos últimos meses se le repetían en la cabeza y en todos los recuerdos aparecía él. Siempre él, estaba en todas partes. Sin saber cómo, sus pensamientos pasaron a centrarse en solo en él, la primera vez que lo vio, el primer enfrentamiento, sus múltiples discusiones, su olor a hierbas y especias, el beso… De repente se incorporó desconcertando a Black que se había quedado dormido junto a ella. La sensación de presión en el estómago había aumentado. No podía creer que su cuerpo reaccionara así ante la indiferencia de un hombre al que despreciaba. Tenía que ponerle remedio.

Se levantó colocándose bien la falda del vestido y tras darle las buenas noches a Black se dirigió al castillo. Decidida, puso rumbo a las mazmorras. Llamó a la puerta del despacho, no sabía qué hora era pero tampoco le importaba. Llamó un par de veces más hasta que se abrió la puerta. Al otro lado le esperaba impasible la figura de Severus Snape, aún con su túnica. Johanna entró sin esperar que le diera permiso y cerró la puerta tras de sí.

- ¿Se puede saber qué haces aquí? – Preguntó el hombre con ira contenida.

- Cállate, es hora de que hable yo. – El corazón de Johanna iba a toda velocidad, no sabía cómo había reunido el valor para presentarse allí, seguramente el líquido ámbar de la petaca de Morpheus había tenido gran parte de culpa.

Snape se quedó estupefacto ante el ímpetu de la chica. Tardó unos segundos en ser consciente de la situación y el atuendo de ella.

- ¿De qué vas disfrazada? – Preguntó con sarcasmo.

Ella le ignoró y fue a sentarse. Llegó tambaleándose a la silla de enfrente del escritorio del profesor y con un gesto le indicó que se sentara. Snape estaba totalmente estupefacto por el comportamiento de la chica, pero decidió hacerle caso y sentarse. Encima del escritorio había un vaso y una botella de wisky de fuego medio vacía. Johanna cogió el vaso que aún contenía restos del licor y lo rellenó, vació la mitad de un sorbo y lo dejó en la mesa.

- ¿Es que no aprendes de tus errores? – Le dijo el profesor apartando el vaso y la botella del alcance de la chica.

- De eso quería hablarte yo. De errores. – Johanna había cogido valor tras el último trago para decirle lo que tenía que decir. – No te caigo bien, tú a mí tampoco. Lo que sucedió la última vez que estuvimos solos aquí abajo, nunca pasó. Los dos somos adultos y creo que podremos sobrellevarlo con normalidad.

Johanna se levantó.

- Y ahora, lo realmente importante. – Miró a su profesor a los ojos que seguía con el rostro imperturbable. – En dos días tendré que decidir si sigo con toda esta locura o no. – Le señaló con furia. – Tú serías el único motivo por el que me iría de aquí, nunca me ha gustado incomodar a los demás y está claro que soy una molestia para ti.

Snape también se había puesto de pie. Quería decir algo pero las palabras no le salían por primera vez en mucho tiempo.

- Está claro que soy una molestia para ti. Así que decido quedarme deberíais buscarme otro tutor y si no es posible y te causo tanto desagrado no te preocupes que me iré para no volver. – Era consciente de que estaba siendo exagerada, pero estaba frustrada tras la indiferencia e ignorancia del profesor a la que había estado sometida.

Enfurecida, Johanna se dirigió a la puerta dando por concluida la discusión. Snape sin saber por qué le cogió del brazo y la acercó. La chica lo miró desconcertada y enrojecida, el corazón le latía a toda velocidad. Lentamente se acercaron. Johanna tenía los ojos abiertos de par en par y lo miraba atónita. Snape, la agarraba con fuerza, furioso y asustado a partes iguales. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo la soltó con brusquedad. Johanna se tocó el brazo dolorida y lo miró confusa. Él ya se había dado la vuelta. La chica salió del despacho y cerró la puerta recostándose en ella hasta quedar sentada en el frío suelo con la espalda apoyada en la puerta de roble. El profesor, desde el otro lado, apoyó la cabeza en la puerta y susurró un leve "quédate" sin suficiente fuerza para cruzar el grosor de la puerta. Furioso consigo mismo le pegó un puñetazo a la pared desgarrándose la piel de los nudillos.

Allí se quedó unos minutos que parecieron horas. Se tocó la mano dolorida, la sangre le corría por los dedos. Se acercó a la estantería y puso un poco de esencia de murtalp en un cuenco para poner la mano herida. Entonces se dio cuenta de que el vaso donde había bebido la chica seguía allí. Con la mano sana acarició el borde del vaso donde sus labios habían rozado. Se acordó de sus ojos de conejito asustado cuando la agarró del brazo, tan azules y grandes, y reconoció para sus adentros que aquella noche estaba muy hermosa. Vestía los colores de Slytherin y le sentaban francamente bien. Se avergonzó de sus pensamientos pero estaba demasiado agotado como para frenarlos. Se había fijado en que había cambiado el color azul de las puntas del pelo por el negro y descuidadamente pensó en si todo eso había sido por él. Alejó esos pensamientos de su cabeza y se recordó a si mismo que nadie nunca haría nada para llamar su atención en ningún sentido que no fuera para molestarlo.

Se limpió la mano ya cicatrizada y se fue hacia su habitación. Se lavó la cara y los dientes, se quitó la túnica y se metió en la cama. Seguía dándole vueltas a lo que había pasado hacía un momento. No sabía por qué había agarrado a la chica. ¿Qué pretendía? ¿La habría besado? Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Aquella fue otra noche agitada para el profesor de pociones, pero esa noche los protagonistas de sus pesadillas no eran serpientes gigantes ni mortífagos furiosos, sino una joven de larga melena rubia y enormes ojos azules que lo contemplaban desafiante. En su sueño ella le besaba como había hecho aquél día, pero aunque él tratara de deshacerse de la chica, ella no se lo permitía.