Sé que voy mil años tarde. No voy a poner excusas, porque sonarían huecas y de tener la cara más grande que la espalda :(

Decir que estos días de confinamiento (en los que espero y deseo que quien lea mis palabras se encuentre bien) he tenido más tiempo que de costumbre y mi pequeña historia inacabada me vino a la mente. Debería haberla cerrado hace tiempo, pero parafraseando a mi querido Gandalf: "Una escritora no llega tarde ni pronto, llega exactamente cuando se lo propone".

Tras mi breve mensaje, os dejo con el epílogo en cuestión. Será breve, pero tendrá dos partes ;)


EPÍLOGO

Primera parte

Regina paseó los dedos por el contorno de la clavícula de la rubia, expectante. Sentía el temblor de su pulso acelerado recorrerle el cuerpo y sacudirle las manos, así que cerró el puño e inspiró profundamente. Había fantaseado tanto con ese momento que ahora le parecía estar viviendo un sueño. Y los nervios le podían.

Por fin habían conectado, por fin eran sólo ellas.


Emma sintió el tacto de las yemas de sus dedos rozarle la piel, debatiéndose sobre si bajar por su escote o continuar tentándola. Se mordió el labio y dejó escapar un ronco suspiro, anhelando que siguiera hasta adentrarse en su ser. Ella, sin embargo, se detuvo. La chispa de deseo en sus ojos le gritaba que quería continuar, pero había algo que la frenaba. Puede que estuviera nerviosa.

Jamás imaginó verla así, tan ansiosa y a la vez tan tímida. Sonrío con cariño y le acarició la mejilla. Lentamente la atrajo hacia sí, uniendo sus labios en un casto beso.


Sus labios eran suaves, dulces y tiernos. No la besaba con fervor, más bien con cariño. Pero a Regina le sabía a poco. Se olvidó del temblor de sus nervios y se dejó llevar, abriéndole camino a su lengua. La entrelazó con la de Emma, desesperada por ahondar más en su deseo. Ella parecía complacida por el brusco contacto, así que continuó besándola hasta que jadeó. El sonido de sus gemidos iba a hacer que perdiera la cordura. Quebraban la quietud de la habitación y se entremezclaban con su agitada respiración.

Aquella mujer la volvía loca.


Los besos de Regina eran intensos, apasionados. Bañaba cada uno de ellos con los sentimientos que había estado manteniendo a raya durante demasiado tiempo. O al menos así es como lo percibía Emma. Jamás se había sentido tan deseada, jamás había deseado tanto a alguien. Palpó su piel a medida que su cuerpo la empujaba, tumbándola en la enorme cama de matrimonio de su habitación. Pese a que aún estaba húmeda por la lluvia, ardía con una fuerza que creía que la desharía por completo.

Todo su ser vibraba. Y a medida que las manos de la morena se aferraban a ella, Emma sentía una humedad muy distinta. Regina repasó el contorno de sus caderas y se aferró con brusquedad a su trasero. Ella gimió de nuevo, la voz rota. Estaba fuera de sí, se había perdido por completo en su aroma, en el ardor de su piel, en el sabor de sus labios. Empezó a mover las caderas, desesperada.


Si alguna vez llegó a pensar que Emma Swan era una mojigata, la idea ya le había desaparecido por completo de la cabeza. La osadía de la rubia la había dejado anonadada y a la vez había despertado en ella un instinto muy primario. Respondió al movimiento deslizando la mano por su ropa interior. Estaba muy mojada y eso no hacía más que excitarla. En cuanto sus dedos comenzaron a juguetear con ella, no tardó en sentir cómo el cuerpo se le arqueaba de placer. Emma movía las caderas por instinto, al ritmo de sus dedos y ahogaba los gemidos mordisqueándole el cuello. Su aliento hacía que se le erizara la piel.

—Quiero sentirte aún más —le susurró, jadeante, revolviendo las manos en su pelo y acercándose para besarla.

Al separarse Regina tragó saliva, la boca seca de deseo. Iba a ser una noche larga.