Citas
Arregló por décima vez su cabello, lo movió de un hombro al otro, y optó por usar algo de brillo labial. Se miró al espejo una última vez, donde alisó arrugas inexistentes en su ropa, antes de salir de su habitación y bajar las escaleras hacia el comedor.
Habían pasado dos largos meses desde que se había instalado en el templo. Ya no le dolían ni las costillas, ni el tobillo, en lo absoluto, y ese día tendría la revisión final de los médicos en el hospital. Revisión que esperaba le confirmara que ya se encontraba en perfecta forma, y también le permitiera volver a trabajar y regresar a su departamento en la ciudad.
Cada día que pasaba el espejo le devolvía una imagen de sí misma cada vez mejor. Había recuperado peso, ahora tenía un cuerpo aún más voluptuoso de lo que recordaba, su ropa ajustada marcaba tanto su figura que las pocas veces que intentó usarla, a Inuyasha casi se le habían salido los ojos. Su piel tenía un agradable tono melocotón y su cabello se encontraba más suave y brillante que nunca. Estaba bastante convencida de que su apariencia exterior reflejaba verídicamente su interior, puesto que se encontraba tan alegre y llena de vida como nunca. Solo por las noches en la soledad de su pequeña habitación se permitía pensar acerca del por qué, y dudar si eso no sería sino un bello sueño del que en algún momento debería despertar.
Sus recuerdos perdidos no parecían tener intenciones de regresar, al menos por ahora. Esforzarse en ellos la extenuaba y dejaba con un punzante dolor de cabeza, por lo que con el pasar de los días había dejado de intentarlo. Su realidad era tan agradable que dejó de interesarse por sus antiguas preocupaciones. Sabía que debería enfrentarlas en algún momento, pero por lo pronto continuaría disfrutando de su presente.
Tomó una gran bocanada de aire antes de entrar al comedor y sintió su estómago contraerse levemente. Cuando finalmente se encontró allí, su madre le daba la espalda, terminando de ordenar los utensilios que había usado para preparar el desayuno, que ella no había podido tomar dado que debía ir en ayunas a la revisión.
— Buenos días, mamá —saludó, mientras recorría tanto el comedor como la sala con la mirada.
— Buen día, cielo —respondió mirándola, con una sonrisa en el rostro—. Está esperando fuera.
Kagome dejó de buscar con la mirada y se sonrojó al encontrarse con los ojos pícaros de su madre.
— ¿Q-qué? —balbuceó apresurada—. Y-yo no…
Su madre rio suavemente, cubriendo sus labios con el dorso de una de sus manos. Kagome, solo pudo esbozar una pequeña sonrisa al verse sus intensiones descubiertas con tanta facilidad.
— ¿Estás lista? —preguntó su madre, mientras tomaba su bolso y se dirigía a la salida.
Kagome asintió, siguiéndola al exterior de la casa. Era un día hermoso, soleado y agradable, con una pequeña brisa que hacía volar algunas hojas, que naturalmente se desprendían de los árboles. A medida que se acercaban a las escalinatas, Kagome pudo visualizar al joven que se encontraba apoyado sobre el arco, con su característica chaqueta de cuero, jeans y su rebelde, renegrido y largo cabello al viento. Cuando estuvo lo suficientemente cerca los vio, aquellos ojos que la hacían soñar despierta, esas orbes doradas que parecían oro líquido por momentos y miel dulce por otros. Ese día eran oro puro.
— Inuyasha —suspiró para sí misma Kagome, a solo unos pasos de él.
— Kagome —saludó él, extendiendo una de sus manos hacia ella y dedicándole a su madre una pequeña reverencia—, estás muy bella.
La joven que lo miraba con una sonrisa tímida era tan bella que él sentía su corazón querer salirse de su sitio.
Durante esos dos meses la había visitado a diario para desayunar, casi como una religión. Gracias a su madre que lo había recibido como a un comensal más desde la primera visita, instándolo a desayunar con ellos en familia y dejándolos solos todo lo que podía, para que pudieran conocerse nuevamente. Casi sin darse cuenta, habían pasado las semanas, y estas se habían convertido en las mejores mañanas de su vida.
Estar con Kagome se sentía tan natural como respirar, y había sido testigo en primera persona de todos sus cambios. Día a día sus dolores iban disminuyendo y su apariencia mejorando. Su rostro no se encontraba demacrado ni lastimado, ahora se encontraba rozagante, su piel se sentía tersa al tacto y de un hermoso color que lo encontraba por horas perdido en ella. Su cuerpo había recuperado peso al punto de volverse casi dañino para su vista. Ella no parecía darse cuenta de sus cambios ni lo que provocaban en él, cuando alguna que otra vez había optado por unos jeans y blusas ajustadas que casi lo mataban de la impresión. Su cabello negro y reluciente se agitaba suavemente al compás del viento y emanaba ese dulce aroma que lo envolvía y parecía llevarlo a un estado del que no quería salir.
Si bien ella no podía hacer demasiados esfuerzos durante el reposo que le habían indicado, él siempre que podía, trataba de sacarla a pasear por el templo, o cerca de este, para estirar las piernas y, de paso, pasar a solas algunos momentos lejos de la familia. Donde podía aprovechar para tomar su mano, con la excusa de cuidar sus pasos, o quizá, si tenía un día de suerte, acercarse lo suficiente para poder oler su dulce aroma mientras se detenían bajo la sombra de algún árbol.
Al principio, a causa de los dolores que tenía, esos paseos eran escasos, pero las últimas semanas, eran casi diarios, no tenía muchas excusas para poder tocarla, dado que ya no necesitaba apoyo para caminar, pero se valía de cualquier oportunidad que se lo permitiera, y sospechaba que no era el único que ansiaba esos pequeños contactos, porque cada vez que podía tomar su mano o sus hombros, sentía el pequeño temblor y sonrojo que se provocaban en Kagome, y la quietud en que permanecía, como si no quisiera romper ese momento.
Kagome, tomó su mano al instante y entrelazó sus dedos con fuerza, esbozando una sonrisa aún más grande. Se sentía tan segura a su lado que miles de mariposas parecían danzar por todo su cuerpo, cada vez que lo veían o se tocaban. Lentamente, comenzaron a bajar las escalinatas del templo, donde al final se veía el deslumbrante auto de Inuyasha.
— Es un día muy agradable —comentó la madre de Kagome al salir del hospital—, voy a pasar por el mercado. ¿Cariño te molesta si te dejo con el joven Inuyasha para que te lleve de vuelta?
La revisión había sido un éxito, tanto las muestras de sangre como el resto de los estudios habían salido bien. Estaba en mejor forma que antes incluso. Tanto el doctor Sasaki, como el doctor Sanada, habían firmado el alta y le habían dicho que podía reincorporarse el siguiente lunes al trabajo en el hospital.
— Pensé que… volveríamos a comer a casa para celebrar el alta —dijo Kagome, mirando a su madre confundida.
— La celebración será esta noche —respondió con una sonrisa—, compraré lo necesario en el mercado y haré una comida de celebración con todos. ¿Vendrás Inuyasha?
— Claro que sí señora Higurashi —respondió de inmediato, sonriendo enérgicamente y mostrando la mayor cantidad de dientes posible—. Por ahora… ¿Te gustaría que vayamos a desayunar Kagome?
— Claro —respondió ella temblorosa y emocionada, sabiendo que estaría toda la mañana con él a solas por la ciudad.
— Los dejo entonces niños —declaró su madre, mientras los saludaba con una sonrisa y se encaminaba en otra dirección—, nos vemos en la noche.
Kagome se emocionó ante la posibilidad de estar con Inuyasha todo el día, y una nueva horda de mariposas comenzó a revolotear en su estómago sin hacerse esperar. No recordaba un solo día de esos últimos dos meses donde no lo hubiera visto. Él se había convertido en una necesidad para ella. Cada día se acostumbraba más y más a verlo en la mesa al bajar de su cuarto, lentamente se fue preocupando más por su aspecto, probándose distintos conjuntos o decidiendo si usar un tipo de aretes u otro, o hasta usar algo de maquillaje. Llegó el punto en que bajaba y lo buscaba en la habitación primero que a nadie y una placentera sensación se asentaba en su vientre durante el resto del día al verlo sonreírle.
Sin decir nada, ambos se subieron al convertible de Inuyasha, sintiendo una chispeante electricidad entre los dos. Él condujo hasta un café que se encontraba en la terraza de un rascacielos, con vistas a la torre de Tokio. Desde su hotel lo había visto y sabía que la llevaría en cuanto tuviera la oportunidad. Bendita fuera la madre de Kagome, al dejarlos solos.
— ¡Oh! —exclamó una Kagome boquiabierta—. ¡Es hermoso Inuyasha!
El café era enorme, ocupaba la mitad del piso, dado que la otra mitad era un bar al aire libre, pero a pesar del tamaño, la decoración lo volvía un ambiente muy acogedor y hogareño. Los habían sentado en una mesa pegada a uno de los ventanales en los que mejor se veía la torre.
— Sí, lo es —respondió él, con suavidad, apoyando los codos en la mesa y luego su rostro entre sus manos, mientras su mirada se depositaba en ella, que seguía mirando con ojos brillantes el paisaje—. Hermosa vista.
Kagome notó el tono soñador y volteó a verlo, notando que él no se encontraba admirando el paisaje. No pudo evitar dedicarle una sonrisa suave que le llegó a los ojos entrecerrándolos.
— Esta es la primera vez que salimos a algún lado —mencionó Inuyasha con diversión en su tono—. Luego podríamos ir a pasear por los alrededores, la verdad es que no conozco mucho la ciudad.
— Pero estás aquí desde hace más de dos meses. ¿No? —preguntó ella mirándolo con curiosidad—. En todo este tiempo… ¿No recorriste?
— Estaba esperando a que te recuperaras, para tú pudieras mostrármela —dijo mirándola con una sonrisa mordaz—. ¿Serías mi guía?
— Bueno… me encantaría poder hacerlo, pero el lunes comienzo a trabajar en el hospital, por lo que no voy a contar con mucho tiempo libre… —dijo frunciendo el ceño. Era la primera vez que se daba cuenta de que volver a retomar su vida normal, le quitaría su preciado tiempo junto a Inuyasha.
Durante todas sus visitas, había llegado a conocer muchos aspectos de él. Tanto de su familia en Londres, como de su juventud, y de su recuperación, luego del despertar del coma. Le había dolido comprender que su vida estaba en Londres, e incluso había presenciado algunas de las llamadas de su padre donde le preguntaba por algunos negocios que estaba llevando a la distancia. Esa revelación la había terminado de comprender al mes de verlo día tras día, y si bien le había dejado una grieta en el corazón saber que llegaría el día que debería irse, también le había servido para entender que debía disfrutar cada momento con él, como si fuera el último.
— Sin embargo… —continuó Kagome, ahora más animada—, podríamos recorrer nuevos sitios luego de mi turno y durante mis días libres. Si te parece bien, hay muchos lugares hermosos que me gustaría mostrarte.
— Con una condición —retrucó Inuyasha, con sus ojos dorados brillando ante la expectativa—. Que cada encuentro sea una cita.
Los ojos de Kagome se abrieron de par en par ante la sorpresa. Si bien, las intenciones de Inuyasha, luego de la primera vez que la llevó a su casa desde el hospital siempre habían sido claras, nunca más había dicho nada al respecto. Tampoco la había vuelto a besar o insinuar nada del estilo cuando se encontraban solos. Aunque podía sentir el anhelo en su mirada cada vez que tomaba su mano o de alguna forma la tocaba inocentemente.
Ella se sentía una adolescente cuando estaba junto a él. A pesar de tener más de 21 años, se ponía tan nerviosa ante su contacto, que no podía atinar a responderle o al menos hacerle saber que le gustaba. Era real que nunca había sentido todo esto por alguien antes, por eso es que sus sentimientos le resultaban tan abrumadores y no podía cruzar esa línea, que inconscientemente habría creado, para poder terminar de acercarse a él como lo deseaba.
— Citas… —murmuró ella sonrojándose—. Me encantaría Inuyasha.
— Declaro que esta es nuestra primera cita entonces —dijo él sonriendo orgullosamente—. ¿Ordenamos?
El desayuno terminó antes de lo que a Kagome le hubiese gustado, era tan agradable estar junto a Inuyasha que no deseaba que el tiempo avanzara. Cuando salieron del edificio él tomó su mano y entrelazó sus dedos, mientras comenzaban a caminar hacia la torre de Tokio y Kagome no pudo más que sonreír como una boba.
La tarde pasó en un abrir y cerrar de ojos, habían recorrido toda la zona antes de percatarse que el atardecer se acercaba. A Inuyasha se le ocurrió verlo desde algún lugar alto y volvieron al edificio del café, pero esta vez fueron al bar para ver el ocaso al aire libre.
— Este lugar es muy hermoso también —comentó Kagome, cuando se acercaron a una de las barandas a observar la puesta de sol—. ¿Cómo los descubriste?
— Bueno, mi hotel tiene vista a la torre y por las noches veía luces desde este edificio, por lo que pregunté en la recepción y me hablaron tanto del café como del bar —respondió posicionándose detrás de ella—, me imaginé que te gustaría.
— Sí, es m-
Kagome no pudo completar su frase, porque en ese instante pudo sentir los fuertes brazos de Inuyasha rodeándola desde atrás. La calidez de su abrazo se extendió en ella como una manta, al igual que su aroma varonil. Nuevamente quedó inmóvil, sin poder responder, más que permaneciendo en silencio de aceptación.
— Perdón —murmuró Inuyasha en su oído con suavidad—, me cuesta controlar mis impulsos cuando estoy contigo.
Podía sentir la calidez de su pequeño cuerpo en sus brazos, como así también el pequeño temblor característico que la recorrió. Su aroma era casi intoxicante, lo envolvió completamente al punto de entrar en un trance del que no quería salir.
Ella completamente perdida en sus sensaciones, no pudo más que asentir suavemente con un sonrojo que Inuyasha pudo notar con claridad y que lo hizo sonreír y cerrar aún más su fuerte abrazo a su alrededor.
El atardecer pintó el azul del cielo con grandes vetas de colores cálidos, que parecían a juego con la joven pareja que observaba el horizonte en completa armonía. Pasaron los minutos, y luego las horas, hasta que finalmente, solo quedaba el cielo poblado de estrellas sobre ellos.
— Mamá —llamó Kagome por enésima vez—. ¿Estás segura de que esto me queda bien?
— Claro que sí Kagome —respondió con una sonrisa mientras la miraba en el espejo—, a Inuyasha le encantará, ya lo verás.
Un tenue sonrojo llegó a las mejillas de la pelinegra, mientras tomaba su pequeño bolso y salía de la casa, para encontrarse con Inuyasha al pie del templo.
Hoy, como todos los días anteriores tenían otra cita, aunque esta era diferente, era la más formal de todas, porque celebrarían la vuelta al trabajo con una cena elegante. Inuyasha la había llamado avisándole que había reservado en un restaurant en el centro de la ciudad, que su padre le había recomendado y pasaría a recogerla a las ocho de la noche.
Kagome, con ayuda de su madre, había optado por un solero rojo, con un corpiño cuadrado ajustado con finas tiras que lo sostenían, del cual salía una falda suelta y que llegaba hasta medio muslo, en una impecable línea A. Había combinado con unos tacones y un pequeño bolso, ambos negros y sobrios. Sabía que a Inuyasha le gustaba su cabello suelto, era un comentario común siempre que se veían, por lo que únicamente optó por tomar una pequeña porción de cabello con un pasador invisible, para dejar a la vista uno de sus oídos donde llevaba un arete en forma de enredadera, que le ocupaba todo el arco y que destellaba a la luz. No utilizó mucho maquillaje, ya que el vestido y el arete llamaban suficiente la atención, por lo que su gran accesorio era un brillo labial que le daba un aspecto húmedo a sus labios.
Cuando llegó al pie del templo, lo encontró de espaldas junto a su auto, pero el ruido de sus tacones le hizo notar que ella estaba ahí por lo que al girar pudo verlo vestido con traje y su corazón dejó de latir por un momento. Estaba tan elegante, con un hermoso conjunto negro a juego con una corbata azul cobalto que resaltaba sus ojos, que esa noche parecían miel líquida, y su cabello renegrido largo y suelto, dándole un aspecto algo salvaje dentro de la elegancia. Mordió su labio ante un pequeño espasmo placentero que le recorrió el cuerpo entero, cuando los sensuales ojos dorados, la recorrieron de arriba abajo con una mirada cargada de lo que parecía un llameante deseo.
Inuyasha casi pierde la respiración al verla llegar, era una visión. Una visión sensual y casi ominosa. Había visto sus torneadas y hermosas piernas antes, pero ese vestido no hacía más que acentuar el exquisito tono de su piel. Cuando sus ojos llegaron al escote se creyó morir, un rayo de deseo lo invadió y tuvo que utilizar todo su autocontrol para no lanzarse sobre ella, había vislumbrado el inicio de sus pechos antes, con alguna que otra prenda al tenerla cerca, pero eso era otro nivel. Nunca había si tan consciente de sus curvas antes, lo estaba volviendo loco. Su rostro que siempre era tan angelical, también parecía poseído por la sensualidad, ese peinado y su arete le daban un aire especial, y supo que esa noche sería una de las más difíciles de su vida, porque si no quería parecer una bestia, debía esmerarse por actuar lo más caballero que pudiera.
— Estás… estás…—comenzó balbuceante—, endemoniadamente hermosa Kagome.
— Tú… también —respondió ella trabando su mirada chocolate en los dorados—, Inuyasha.
Llegaron al restaurant en lo que pareció una eternidad, porque esa energía eléctrica que se desataba en el auto cada vez que estaban solos, era casi insoportable. Cuando ingresaron al lugar, Inuyasha casi se arrepiente de haberla traído cuando vio las miradas que los hombres le dedicaban a su Kagome, sintió una mezcla de celos y orgullo, al saberse acompañado por la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida. Y con una sonrisa de soñador, la acompañó a la mesa que les habían asignado.
— Este es sin dudas, el lugar más elegante que he pisado en mi vida —comentó ella al sentarse—, gracias.
— No tienes que agradecerme —respondió mirándola serio—, será el primero de muchos.
Kagome sonrió con suavidad, sin querer pensar en que el reloj interno que marcaba su tiempo con Inuyasha no hacía más que correr. Esa noche se concentraría en disfrutar, como todos y cada uno de los momentos que Inuyasha le regalaba con su presencia. Y si lo lograba, intentaría demostrarle algo de lo que ella sentía por él, ya que no soportaba seguir quedándose estática ante cada demostración que él le hacía.
Cenaron y charlaron animadamente, las risas fluyeron como el agua y las miradas se volvían más y más profundas con el paso de la velada. La comida era exquisita, como así también la bebida, que tenía a Kagome más suelta de cuerpo. Al final una banda en vivo se dispuso a tocar algunas melodías lentas que convocaron a muchas parejas a la pista de baile.
— Quiero bailar contigo —espetó Kagome con una sonrisa, mientras se ponía de pie algo tambaleante—. ¿Me acompañas?
— No soy muy bueno en esto —respondió al tiempo que se ponía de pie para sostenerla, pero continuó rápidamente al verla esbozar un pequeño puchero que le envió una señal directa a su corazón—, pero a ti no puedo negarte nada.
Se dirigieron a la pista, y antes de que Inuyasha pudiera definir cómo debía posicionarse para bailar, ella echó sus brazos alrededor de su cuello con suavidad y le murmuró al oído, dejándolo con cada nervio alerta.
— Solo sigue la música.
El no perdió tiempo de rodearla por la cintura y a disfrutar de su perfume que lo envolvía y parecía penetrar cada uno de sus poros. Cuando ella comenzó a moverse, él simplemente la siguió. Antes de darse cuenta, se encontraban bailando completamente ajenos al mundo exterior.
Kagome se sentía en un sueño, gracias a que el alcohol la había relajado un poco, había podido acercarse a él como quería. Ahora con sus brazos alrededor de su cuello y su rostro pegado al pecho, rodeada de su perfume que la volvía loca, se sentía volar. La música, el ambiente y ese hombre, eran perfectos. Todo era perfecto, y no quería que esa canción terminara jamás.
Lamentablemente para ambos, la banda se despidió y ellos, como el resto de las parejas, debieron volver a sus mesas. Kagome seguía sintiendo que caminaba entre nubes, mientras Inuyasha necesitaba calmarse para tranquilizar una parte de su cuerpo que no dejaba de latir.
Finalmente, luego de unos cuantos minutos más, salieron del restaurante hacia el auto que ya los esperaba en la puerta. Inuyasha se encargó de que Kagome subiera primero y luego entró él. Comenzó a conducir hacia el templo con calma, porque no quería despedirse de ella todavía. Sin embargo, sabía que era tarde y que su turno comenzaría temprano y debía descansar. Para cuando llegaron a las escalinatas del templo, Inuyasha se bajó del auto y se ofreció a acompañarla hasta su casa, para extender todo lo posible, cada segundo extra que tuvieran juntos.
A medida que se acercaban a la entrada, Kagome se ponía más y más nerviosa, toda la relajación del alcohol la había abandonado, y no quería que esa noche terminara sin al menos poder abrazarlo nuevamente. Ya en la puerta, y luego de que Inuyasha le deseara buenas noches con suavidad, ella lo tomó de la manga del traje en un impulso.
— ¿Quie-quieres un café? —preguntó sin saber qué más decir para retenerlo.
Inuyasha asintió dubitativo, y por indicación de ella subió a su habitación, mientras Kagome se quedó en la cocina preparando el café. Cuando ella entró a su cuarto y dejó las tazas sobre su escritorio, donde Inuyasha se encontraba sentado, se sentó en su cama. Ambos se quedaron mirando atentamente enfrentados, ninguno sabía qué decir, porque nuevamente esa atmósfera electrizante los había rodeado y cualquier palabra se sentía fuera de lugar.
— Suerte mañana —dijo Inuyasha para romper el silencio—, puedo pasar a buscarte a la salida, si es que puedes.
— Me encantaría —respondió Kagome casi jadeante, de repente se sentía acalorada, y sofocada.
— Quizá debería irme —murmuró él poniéndose de pie, el ambiente se tornaba denso y difícil de soportar para él, que lo único que deseaba era saltar como una bestia sobre ella—, sé que te levantas temprano.
Cuando se acercó para saludarla, el beso que iba destinado a su mejilla, terminó en sus labios, porque Kagome giró su rostro de improviso en el instante justo. Y solo eso bastó para romper su autocontrol. Pasó una de sus manos por la nuca de ella y acercó su rostro para besarla casi con rudeza. Kagome gimió suavemente ante la intensidad y esa oportunidad fue aprovechada por su lengua para poder ingresar a su boca.
Por unos momentos solo se escucharon sus respiraciones agitadas, mientras sus lenguas recorrían sus bocas y bailaban entre ellas a un ritmo demasiado sensual. Inuyasha no pudo evitarlo y antes de notarlo se encontraba sobre Kagome, ambos recostados sobre su cama. Dejó sus labios, para recorrer lentamente su mandíbula y luego su níveo cuello.
— Inu-ya-sha —gimió Kagome suavemente con sus ojos cerrados, completamente perdida en el placer que sus caricias le generaban.
Escuchar su nombre en ese tono, lo despertó del deseo que lo consumía. Se separó de su cuello y la miró a sus ojos chocolate que ahora lo miraban bien abiertos.
Continuará…
