Capítulo 21
— ¿Bella? —escuché que aquella voz a la que adoraba susurraba en mi oído—. Bella, despierta —insistió.
Me removí un poco y me esforcé en abrir los ojos, la luz me molestaba pero aún así lo conseguí y en cuanto mi vista se enfocó, la visión que tenía frente a mí me dejó sin aliento. Edward todavía tenía el traje que se había puesto para nuestra boda, aunque la corbata de color dorado ya no tenía el nudo y descansaba colgada en su cuello de cualquier modo. Su cabello estaba despeinado, tenía unas pequeñas ojeras bajo sus ojos, una sonrisa radiante y su mirada completamente iluminada.
— Vamos a aterrizar —dijo todavía sonriendo.
Yo me quedé mirándolo fijamente por un tiempo indefinido... ¿qué se supone que debería hacer? No sabía si era porque estaba atontada por haberme quedado dormida o me había vuelto a quedar colgada de sus ojos, pero estaba completamente paralizada sin poder quitarle los ojos de encima.
Edward sonrió y ver sus dientes brillando hizo que mi corazón diese un respingo, esos mismos dientes mordisqueando la piel de mi cuello, o... oh sí... más abajo en mis pezones... casi puse los ojos en blanco ante una palpitación en mi sexo y mis mejillas enrojecieron al instante en que se imagen cruzó por mi imaginación.
— ¿En qué estás pensando? —susurró Edward acercándose a mí peligrosamente.
Tragué en seco y sentí como, pese a estar sentada, mis rodillas temblaban.
— Na... nada —balbuceé.
— Lo que tú digas —dijo Edward divertido acercando sus labios a los míos, pero justo cuando estaba a punto de besarme se alejó unos milímetros y clavó sus ojos en los míos— ¿En qué estabas pensando? —repitió.
— Edward... —susurré impaciente.
— Sólo dímelo —insistió.
Suspiré...
— Quiero besarte —lloriqueé.
— Pero eso no es lo que pensabas —dijo divertido.
— Edward...
— Sólo dilo, quizás tus... "pensamientos" se hagan realidad —me guiñó un ojo con complicidad.
— ¿Por qué estás tan seguro de que pensaba algo de ese tipo? —pregunté haciéndome la ofendida.
— Te conozco Bella, esa mirada, ese sonrojo... solo tienen un nombre y solo tiene dos vocales... sexo —dijo muy pagado de sí mismo.
Mis mejillas aumentaron su sonrojo... ¿por qué tenía que conocerme tan bien?
— Yo... verás... tú... y... —balbuceé con incoherencia.
Edward rió y se acercó solo lo suficiente para rozar mis labios, fue una simple caricia, un roce suave, pero suficiente para que mi piel se pusiese de gallina y jadease.
— Solo déjalo salir —susurró contra mis labios haciendo que volviesen a rozar los míos tentativamente.
— Tus... tus dientes —gimoteé.
— ¿Qué les pasa a mis dientes? —preguntó orgulloso.
Una vocecita dentro de mi cabeza que me instaba para alejarme y hacerme la desentendida, no me gustaba ese Edward tan pagado que se creía que yo suspiraba por él al mínimo roce, pero la realidad era bien distinta, no necesitaba si un solo roce para hiperventilar, mi simple imaginación hacía el trabajo ella solita y solo con recrear ciertas imágenes en mi cabeza ya me ponía en un estado lamentable.
— Bella —susurró en mi nombre haciendo que su aliento se colase en mi boca y pudiese saborearlo en mi lengua—. ¿Dónde quieres mis dientes?
— Yo...
— Señores pasajeros, le habla el comandante, bienvenidos al aeropuerto internacional de Honolulu —me interrumpió una voz masculina por megafonía.
— Hemos llegado —dijo Edward alejándose y sonriendo como demente.
Dejé salir todo el aire que contenían mis pulmones, mientras sentía como mis manos todavía temblaban ligeramente, mi corazón repiqueteaba con fuerza contra mis costillas y dudaba seriamente de que mis rodillas pudiesen sostenerme en pie. Pero en cambio Edward estaba como si no hubiese pasado nada, como si lo sucedido segundos atrás a él no le hubiese afectado ni lo más mínimo.
Bufé indignada... maldito embarazo y hormonas revolucionadas.
Con el enfado a flor de piel me puse en pie como impulsada por un resorte, Edward me miró todavía sonriendo, el muy... gruñí bajito y me dispuse a bajar del avión. Él me siguió en silencio y una vez pusimos un pie en tierra firme pasó exactamente igual que en las películas, dos bailarinas con cocos en los pechos y faldas de hierba seca, se nos acercaron y nos pusieron el típico collar de flores...
Hawái...
No es que fuese nuestro destino de vacaciones favorito, pero fue un regalo de mis padres pensado y planeado por mi hermano Emmett. Ellos se esforzaron en darnos un regalo a la altura de las circunstancias y pensaron que hacerle caso a Emmett era lo mejor. Que no es que fuese un mal destino, playas paradisiacas, sol, buen clima siempre que no hubiese un tornado... pero era un destino tan trillado que cuando lo pensamos ni siquiera lo admitimos como una posibilidad.
En cuanto llegamos a la cabaña que nos habían alquilado, nos bajamos del taxi y Edward ayudó al taxista a bajar las maletas. Mientras lo hacía no pude evitar mirar al mar, era de noche, había caído el sol un par de horas antes por lo menos, hacía un calorcito interesante pese a estar todo oscuro, una ligera brisa mecía mis cabellos y a lo lejos se oían las olas rompiendo con suavidad contra la arena. Mirando al cielo se podían ver casi todas las estrellas y estas se reflejaban sobre la superficie del mar casi plano...
Unos brazos rodearon mi cintura y las manos de Edward se posaron en mi panza, no pude evitar suspirar cuando sus labios rozaron mi cuello con una suave caricia... quizás no era tan mal destino después de todo, trillado, sí, pero era un jodido paraíso siempre que tuviese a Edward a mi lado.
— Nos traerán la cena en diez minutos —dijo con voz suave—, ¿tienes hambre?
Lo miré por sobre mi hombro y cualquier motivo que hubiese tenido para estar molesta con él se me olvidó en cuestión de segundos... ¿por qué Edward tenía que ser tan malditamente atractivo? Me mordí el labio inferior conteniendo las ganas de abalanzarme sobre él allí mismo, él sonrió de nuevo como suponiendo mis pensamientos y volvió a besar mi cuello, pero esta vez no fue un simple roce, dejó sus labios grabados a fuego sobre mi piel y un escalofrío me recorrió la espalda.
— Edward —lo advertí en un susurro.
— Vamos a dentro, es mejor que te des una ducha y estés lista cuando traigan la cena —dijo alejándose un poco de mí.
Bajé la mirada mortificada por tener que aguantarme las ganas de nuevo y entré en la cabaña con él siguiéndome. Al entrar había un pequeño salón, con solo un sofá, una alfombra y una televisión, después solo tenía tres puertas, una se veía que era la habitación, la otra supuse que el baño y de la otra imaginé que sería una cocina, comedor o algo similar.
Después de rebuscar alguna prenda de ropa fresca en mi equipaje, me metí en el baño y me di una larga ducha, en cuanto salí, con un fino vestido azul, descalza y con mi pelo suelto y todavía mojado, Edward estaba esperándome en la cocina con la mesa perfectamente preparada para que ambos cenásemos. Me senté frente a él y comenzamos a comer en silencio, los minutos fueron pasando y yo no abrí mi boca para decir ni una sola palabra, Edward me miraba de vez en cuando y sonreía, yo solo esperaba que acabase de comer de una maldita vez y poder abalanzarme sobre él para calmar mis ansias de una vez por todas.
Pero Edward no parecía estar de acuerdo conmigo, en cuanto acabó de cenar, se levantó de la mesa casi de un salto y salió de allí diciendo que él también necesitaba refrescarse y se daría una ducha rápida...
¿Rápida?
Hacía más de veinte minutos que se había encerrado en el baño y todavía no había dado señales de vida. Frustrada me puse en pie y salí por una de las puertas francesas que tenía la sala en uno de los laterales, caminé por una pequeña terraza de madera durante unos pasos hasta que mis pies descalzos se toparon con la arena de la playa, todavía algo tibia después del largo día de sol que nosotros no llegamos a disfrutar por estar sobrevolando el océano.
Me dejé caer en la arena, apoyé mi espalda en el tronco de una palmera y cerré los ojos dejando que el rugir de las olas fuese mi única música de fondo. Eso era un paraíso, era como estar en mitad del Olimpo, pero no todo era perfecto, me faltaba mi propio dios griego para hacer la ecuación perfecta.
Igual que si lo hubiese llamado con el pensamiento, abrí los ojos lentamente y la imagen de Edward vestido simplemente con un traje de baño apareció ante mí, no sabía exactamente de qué color era, ya que solo nos iluminaba la luz de una hermosa luna llena que presidía con majestuosidad el cielo.
Edward se acercó a mí lentamente hasta sentarse a mi lado, pasó uno de sus brazos por mis hombros y tiró ligeramente de mí, entendiendo lo que quería me dejé caer hasta apoyar la cabeza en su regazo. Suspiré cuando sus dedos comenzaron a peinar mis cabellos, cerré los ojos cuando su otra mano hacía círculos en uno de mis costados y en mi espalda. Y casi me siento volar cuando acercó sus labios a mi oído y me susurró que me amaba.
Y ahí estaba... mi paraíso completo.
— ¿Por qué sonríes? —preguntó en un tono dulce.
— Te estoy imaginando desnudo —bromeé.
Rió quedamente y su cuerpo vibró.
— Sé que es mentira, te conozco demasiado bien, señora Cullen, a mí no puedes engañarme —dijo con diversión.
Sonreí todavía más y abrí los ojos para encontrarme con el poder de su mirada verde clavada en la mía, el aire se me atoró en la garganta y comencé a sentir un leve cosquilleo en mi entrepierna... hormonas... sí, las hormonas del embarazo totalmente enloquecidas, tenía que ser eso, si no, no podría explicar cómo era capaz de excitarme con una sola mirada.
— Es... estoy muy a gusto aquí —dije con un hilo de voz.
Edward volvió a sonreír mostrando sus dientes y me estremecí... ¿por qué mi cuerpo tenía reacciones tan obvias? Se acercó de nuevo hasta mi oído y mordisqueó levemente el lóbulo de mi oreja.
— Creo que podría tenerte más a gusto todavía —dijo en un tono de voz que invitaba al pecado.
No pude evitar que un gemido abandonase mis labios y Edward, sin esperar más señal de mi parte se puso en pie y tomándome en brazos, me metió dentro de la cabaña cerrando la puerta tras él con un pie.
Me cargó hasta la habitación y allí me dejó sobre mis pies, se acercó hasta fundir sus labios con los míos y sus manos se enredaron en mi cintura atrayéndome hacia él todo lo que mi pequeña panza nos permitía. Disfruté de ese beso todo lo que pude, lo había anhelado a lo largo de todo el día, lo necesitaba casi tanto como el aire para respirar. Cuando necesitamos oxigeno dejó mis labios y comenzó a descender por mi cuello dejando un camino de húmedos besos que hacían que mis rodillas casi pareciesen de mantequilla.
Ahogando los gemidos tragué en seco e intenté alejarlo aun en contra de mi propia voluntad.
— ¿Quién te ha dicho... que yo estaba dispuesta a esto? —pregunté ahogando un jadeo entre medias.
— Llevas todo el día deseándolo Bella —susurró contra la piel que dividía mis pechos en el escote de mi vestido—, no me digas ahora que no te apetece, porque no me lo creeré.
Se me escapó una risita ante la veracidad de sus palabras, solo quería jugar y hacerlo rabiar un poco, pero Edward me conocía tan bien que eso no era posible.
Sus manos comenzaron a deslizarse por mi espalda, cada centímetro de piel que acariciaba, aunque estuviese cubierta por la fina tela del vestido, era como si despertase ante su toque y se volviese más sensible al instante.
Mis ojos estaban fuertemente cerrados y si no fuese porque me afianzaba de sus hombros mis rodillas hacía mucho que me habrían hecho caer al suelo. "¡Benditas hormonas!" gritaba en mi mente, las odiaba por hacerme sentir necesitada casi a cada segundo del día, pero en ese momento las amaba porque me hacían sentir todo con el doble de intensidad. Sentí la tela del vestido abandonando mi cuerpo y dejándome solo con mi ropa interior frente a Edward. Lo oí suspirar mientras me miraba y una hermosa sonrisa, sonrisa que apareció en sus labios e hizo que mi corazón casi se parase. Acarició mis brazos con tanto cuidado como si fuese de cristal y me pudiese romper al mínimo roce. Sus dedos, hábiles, descendieron hasta mis manos haciéndome cosquillas en el proceso hasta llegar a la punta de mis dedos y allí enredarse entre ellos.
Me arrastró hasta la orilla de la cama donde me ayudó a tumbarme y él lo hizo a mi lado. Acarició todo mi cuerpo, mis piernas, mi abdomen, mis brazos, mi cuello, mi rostro. Sus manos se movían lentamente haciéndome disfrutar de cada caricia, haciéndome suspirar por si así me deshacía de toda esa sobrecarga de amor que llenaba mi sistema.
Mis manos fueron directamente a su pecho, delinearon sus pectorales y sus abdominales, nunca dejaría de sorprenderme de lo perfecto que era, de todo lo que me hacía sentir y de todo lo que lo amaba, cuando creía que ya estaba al límite de mis sentimientos, un solo empujón más me hacía amarlo todavía con más intensidad.
Sus manos, con ternura y lentitud me despojaron de las dos últimas prendas de ropa que me cubrían dejándome totalmente expuesta ante él, ante mi marido... qué bien sonaban aquellas dos palabras unidas, "mi marido" "Edward Cullen, mi marido" "Bella Cullen, la mujer de Edward Cullen"
Mi fantasía se vio interrumpida por los labios de Edward mordisqueando uno de mis pezones, tal y como me había imaginado en el vuelo. Un gemido abandonó mis labios sin que pudiese evitarlo y mis manos instantáneamente fueron hacia su cabello para enredar mis dedos entre sus hebras cobrizas.
Mi cuerpo comenzó a temblar de anticipación, ya que, mientras mis pechos recibían sus lametones y sus mordiscos, una de sus manos bajó lentamente por mi abdomen y llegó hasta mi pubis donde comenzó a jugar con mis rizos sin ningún pudor.
— Edward —gemí atrayéndolo todavía más hacia mí.
Él rió contra mi piel y uno de sus dedos comenzó a tantear mi sexo, se introdujo entre mis labios sin pedir permiso y llegó hasta mi clítoris casi haciéndome saltar del gusto. Me aferré todavía con más fuerza a su cabello cuando un dedo se adentró en mi interior y mis ojos se cerraron con tanta fuerza que comencé a ver lucecitas de colores.
— Estás tan húmeda —ronroneó contra la piel de mi cuello—. ¿Si tenías tantas ganas por qué no me has dicho nada? Podría haberte ayudado.
— Edward —gimoteé totalmente sin coherencia.
Él rió de nuevo y sus besos volvieron a descender por mi cuello hasta mis pechos. Su mano abandonó mi sexo y casi lo golpeo por dejar de tocarme, pero me contuve cuando esa misma mano separó más mis muslos y Edward se puso de rodillas entre ellos. Sus manos acunaron mis pechos mientras sus besos descendían y ahora estaban en mi ombligo, justo encima de nuestro bebé, que en ese momento pareció dormirse porque no se movía ni un ápice.
Sus labios bajaron todavía más y se perdieron entre mis pliegues. No pude evitar dar un alarido cuando sus dientes rozaron mi clítoris, tampoco cuando su lengua intentaba penetrarme. Mis manos se aferraron a las sábanas y todo mi cuerpo temblaba.
— Edward... —gemí sin control.
Él no perdía tiempo, solo arremetía contra mí utilizando su lengua y sus dientes como arma, dejándome siempre al borde y alejándose lentamente a un punto menos sensitivo cuando me sentía a punto de caer.
Sin previo aviso, dos de sus dedos se introdujeron e mi sexo, mientras su lengua y sus dientes atacaban mi clítoris con maestría. Sentí como mis paredes se comprimían, como un cosquilleo recorría mi espalda, mis piernas y hasta los dedos de mis pies se retorcieron de gusto. El calor explotó en mi vientre y como si fuese una marea de lava candente, se deslizó por todo mi cuerpo haciéndome casi convulsionarme de placer.
Me dejé caer sobre el colchón totalmente exhausta, con la respiración entrecortada y el corazón tan acelerado que creía que me explotaría de un momento a otro. Edward colocó una almohada bajo mi trasero elevando un poco mis caderas, no sabía exactamente lo que pretendía hasta que sentí su miembro tanteando mi entrada. Me tensé ante lo que se avecinaba, y no me equivoqué, de un solo empujón me penetró hasta el fondo y mis pulmones perdieron todo el aire que contenían. Me sentía completamente llena, Edward encajaba tan bien en mí que me garantizaba que simplemente fuimos creados para estar juntos.
Comenzó a embestirme lentamente, mi cuerpo se mecía con él y cada vez que nuestras caderas se encontraban sentía como el calor de nuevo se acumulaba en ese preciso punto.
Podía ver varias gotas de sudor perlando su frente, la tenue luz de la luna se colaba entre las cortinas y bañaba todo con un brillo plata casi mágico.
Edward se inclinó hacia delante, colocando su cuerpo sobre mí pero sujetando todo su peso con sus brazos estirados. La nueva posición hacía que su miembro se adentrase todavía más en mi interior. Haciendo que el calor ya casi comenzase a abrasar con todo como lo había hecho minutos antes.
Mis ojos se clavaron en sus los suyos, mis manos se deslizaron por su pecho hasta la uve que formaban los huesos de sus caderas. Edward sujetó una de mis manos y las llevó hasta el punto donde nuestros sexos se unían, sentir como su miembro, húmedo y duro como una piedra entraba en mí y volvía a salir, era casi como un sueño, pero suponiendo lo que Edward me había pedido comencé a acariciar mi clítoris mientras él continuaba embistiendo en mi interior sin descanso.
Lo sentí temblar, una gota de su sudor cayó en mi pecho y nuestras miradas volvieron a encontrarse, jadeó con más fuerza de la que lo estaba haciendo.
— No... puedo... más —gimió entre envestidas— me voy... a correr... te voy a... a bañar, Bella.
Mi cuerpo se contrajo por completo al escuchar esas palabras y el orgasmo me azotó con fuerza haciendo que casi perdiese la respiración. Dejé de ser dueña de mi cuerpo, mis piernas temblaban y mis ojos se cerraron. Perdí todo contacto con la realidad y solo volví a la vida cuando el cuerpo de Edward cayó en el colchón justo al lado del mío.
Me atrajo hacia su cuerpo, me abrazó con fuerza y enterró su nariz entre mis cabellos. Podía sentir como su cuerpo todavía temblaba, o quizás era el mío que nos hacía temblar a los dos. Edward inhaló con fuerza y me apretó un poco más. Una de sus manos bajó hasta mi vientre y acarició a nuestro bebé con ternura.
— No sabes cuánto te amo mi Bella... —susurró como éxtasis.
Sonreí y me acerqué un poquito más a él, parecía casi imposible, pero sí, había todavía algo de espacio entre nuestros cuerpos. Cerré los ojos dejándome llevar por el sueño y suspiré con una sonrisa en mis labios. Si lo que nos restaba de luna de miel sería como esa noche, estaba dispuesta a quedarme en esa isla lo que me quedaba de vida.
