19. Por amor o por honor

Ron se presentó temprano en casa de Hermione. Quería verla antes de que se fuera a trabajar. Bueno, y también quería verla al salir de trabajar. De hecho, quizá fuera un buen día para ir a la clínica a hacerse algunos análisis y así verla "mientras" trabajaba. ¡Oh, por dios! ¿A quién quería engañar? Lo que no quería era separarse de ella ni un minuto, se reconoció mientras golpeaba el llamador.

La sonrisa de felicidad del pelirrojo se esfumó cuando le abrió Harry. Sin mediar palabra, le lanzó un directo a la mandíbula que el moreno sólo pudo evitar a medias, lo hizo trastabillar y dio con sus gafas en el suelo.

-¿Qué haces tú aquí? - le espetó, agresivo. - Después de lo que le hiciste anoche a mi hermana, esperaba que hubieras desaparecido del valle.

-Yo no le he hecho nada a tu hermana- respondió Harry con poca convicción, buscando a tientas sus gafas y masajeándose la mandíbula.

-¿Ah, no? ¿Y por qué se ha tirado toda la noche llorando? Nos ha dicho que la dejas... ni te imaginas cómo está mi padre.

-Harry, ¿qué pasa? Se te enfría el café...- Hermione apareció en el recibidor, en bata, y sonrió complacida al ver a Ron en la puerta.

Ron no estaba nada complacido.

-¿Se puede saber qué hace este tipo en tu casa... y qué haces tú en bata?- Ron avanzó por la casa como un elefante en una cacharrería, subiendo el tono de voz.

-Pues estábamos desayunando, hasta que nos has interrumpido- la Hermione más seca hizo acto de presencia, cruzándose de brazo en medio del comedor.- ¿Quieres una tostada?

-No quiero ninguna tostada. Quiero que me expliques qué hace este tipo en tu casa, a estas horas de la mañana, contigo a solas.

-Anoche, al irme de La Madriguera, le pedí a Hermione que me dejara...

Hermione, ya visualizada la situación y muy enfadada por la magulladura que empezaba a aparecer en la mandíbula del exsoldado, tomó el mando con tono glacial.

-No, Harry, no des explicaciones a este bruto. Lo que yo haga o deje de hacer en mi casa, con mis amigos, en asunto mío.- los labios de Hermione formaban una línea recta que presagiaba uno de sus famosos y demoledores ataques verbales.

-¿Asunto tuyo? ¿Meter en tu casa a un hombre que acaba de abandonar a su mujer no es asunto mío? ¡Ah, es que soy un bruto! ¿Qué dicen tus padres de todo esto? - Ron se encaró con ella, señalando acusatoriamente a Harry con su índice.

-Hace algún tiempo que tengo permiso de papá para vivir mi vida y hacer lo que quiera... como hice anteanoche. Entonces no te quejabas tanto.- sentenció la castaña.

Ron se enfureció por completo ante las alusiones.

-¡No irás a comparar nuestra relación con la que tienes con este malnacido embustero! - aulló, loco de celos.

-Mide tus palabras, Ron.- Harry intervino interponiéndose entre el pelirrojo y su amiga.- No ofendas a mis padres, que yo no me he metido con los tuyos. Y nunca he engañado a Ginny: nuestra situación ha sido un error, pero los dos sabíamos que lo era.

-¿Te atreves a decir que mi hermana ha sido un error? ¡Claro, y una vez que te has aprovechado de ella, te largas! - ahora tuvo que ser Hermione la que se interpusiera, porque Ron parecía decidido a llegar a las manos de nuevo.

-¡Cálmate, Ron! Estás hablando sin saber...- Harry le había explicado toda la verdad a Hermione durante la noche.

-¡Calla! - Harry hizo un gesto de silencio a su amiga. No le correspondía a ellos revelar la auténtica situación de Ginny, por más que le doliera perder también la estima del joven Weasley.

-Oh, Harry...- Hermione le acarició la mejilla en un gesto de apoyo y afecto que, por sorpresa, desactivó la furia de Ron.

-No puedo creerme que prefieras apoyar a este tipo antes que a nosotros. ¿Nunca voy a dejar de ser un segundo plato para ti?

Las palabras de Ron dolieron profundamente a la chica, por lo que tenían de imposición y sobre todo porque volvían a tener esa vieja incapacidad para comprender las emociones del otro. Quizá esa dificultad nunca desapareciera, y la complicidad de los últimos días sólo había sido un espejismo.

-Siento mucho que lo veas así, Ron. Yo te quiero, pero si tú no eres capaz de respetar mi criterio, dejarme tomar mis decisiones, si no me quieres tal y como soy, lo nuestro nunca va a funcionar. Cierra cuando te vayas.- Hermione desapareció por el pasillo antes de que las lágrimas que se le agolpaban en los ojos se hicieran evidentes.

Un silencio pesado se instaló entre los dos muchachos. Ron intuyó, como tantas veces, que había metido la pata, pero también se creía merecedor de unas explicaciones.

-¿Me vas a contar lo que pasa de verdad, o no? Digo, suponiendo que haya una explicación a todo esto, aparte de que eres un cabrón. - consiguió que la voz no le temblara.

-Lo único que pasa de verdad es que me voy en el autobús de las doce.

-¡Aleluya!- ironizó Ron.

-Aunque no me creas, estos días en Las Nubes han sido maravillosos para mí, y siempre he procurado ayudar a tu familia.

-Mi familia no necesitaba tu ayuda – instantáneamente, la imagen de un George muy animado se vino a su mente, y se arrepintió de lo que había dicho.

-¿No? - sonrió Harry.- No, desde luego, he recibido mucho más de lo que he dado. Sin embargo, ahí va un último consejo: pídele perdón a Hermione. No se merece la escena que le has montado.

-No te atrevas a hablar de Hermione – Ron, temiendo enfurecerse de nuevo, se dirigió a la puerta para evitar más conflictos.- Y sobre mi hermana...

-Sobre tu hermana no voy a decir nada más. Cuando ella quiera, hablará con vosotros.

Ron lo midió de arriba a abajo, sin entender el críptico mensaje, y salió dando un portazo.

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Harry no había querido que Hermione lo acompañara a la estación de autobuses. Le dijo que prefería despedirse en casa, y dar un paseo por Las Nubes para fijar en su memoria los rincones del pueblo donde había pasado la mejor semana de su vida. La doctora lo abrazó fuertemente y le dijo que, cuando quisiera, allí tenía una casa donde sería bien recibido, y lo dejó ir.

Efectivamente, Harry disfrutó el paseo en la agradable mañana veraniega. Se quitó la chaqueta y se arremangó mientras caminaba, despidiéndose mentalmente de la cafetería, la tienda de Zonko, o el tugurio de Fletcher. Al final de la calle principal adivinó la escuela y el inicio del parque, y ahí sí que le faltó valor para volver, temiendo que las lágrimas que se agolpaban en sus párpados acabaran precipitándose sin control. Recuperó un poco el dominio de sí ya en la esquina de la estación, y allí lo encontró Ginny, que miraba ansiosa a un lado y otro, cargada con su maleta. Al verlo, le sonrió y se acercó.

-Hola, Harry. Ron me avisó de que te ibas a las doce.

-Hola, Ginny. Deja que yo sujete eso…- coger la maleta fue una excusa para rozarle las manos, y también para esquivar su mirada. No sabía lo que quería ver en ella.

-No quería que te fueras sin saber… sin decirte… - Ginny, usualmente tan directa, no sabía cómo dirigirse al que durante unos días había sido su mejor amigo.- Gracias, Harry. Por todo, por estar conmigo, y por decidir que ya no podías estarlo más. Gracias de corazón.

Los ojos verdes del joven se prendieron del rostro de la que, por unos días, había sido la mujer de su vida. No tendría ni una foto para recordarla, pero sabía que no le iba a hacer falta.

-Gracias a ti, Ginny. Quiero que sepas que estos pocos días han sido algunos de los mejores de mi vida. Si tuviera que volver a ayudarte en aquel autobús, lo haría, y si las cosas hubieran sido distintas, por mi vida que nada me sacaría ahora de Las Nubes… - la voz de Harry se quebró.- Lo único que siento es no haberte ayudado realmente con tu padre, pero estoy seguro de que él comprenderá. Échame a mi la culpa, si quieres.

-Esta mañana he hablado con mi padre. Cuando Ron ha llegado con la noticia de que te ibas a las doce, querían venir para acá en son de guerra, y les he contado la verdad. Ya todos saben de mi embarazo, y que tú no eres mi marido.- Ginny lo miró con sencillez y una asombrosa calma, más guapa que nunca.- Ha sido un golpe duro, pero no ha habido reproches. Quizá los habrá, más adelante, pero son mi familia. No voy a estar sola en esto.

Harry sonrió.

-Me alegro mucho. Tienes un tesoro en La Madriguera. Y ellos te tienen a ti, y pronto a ese niño, así que todo estará bien. No estarás sola.

"Estarán todos, menos tú. Y eres tú a quien querría ver todos los días de mi vida", pensó Ginny mientras veía como Harry la saludaba con una inclinación de cabeza y entraba en la estación, saliendo de su vida.

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Harry compró el billete con parsimonia, intentando concentrar toda su atención en la dificultosa tarea de contar el importe exacto del pasaje. Quizá así evitara echar una sola mirada hacia fuera, anhelando y temiendo ver a Ginny todavía allí, porque no sabía si podría resistir verla y no irse hacia ella, cogerla en brazos y jurarle que nunca se iría, que mandaba la venta de bombones y a Cho al demonio y que quería ser su marido.

Quizá si no miraba hacia atrás, su resolución de ser honesto y no abandonar a quién tenía derecho a esperar algo de él no flaquearía, y la tentación de dejarse llevar por el amor que, con toda certeza, sentía por Ginny, no triunfaría sobre su deber y su palabra empeñada, ¡qué locura!, cinco años atrás en la vorágine de la guerra.

Con la disciplina de un soldado bien entrenado, avanzó hacia el andén sin desviar la mirada para que esa opción de empezar una nueva vida no creciera en su ánimo, y por esa mirada clavada en las vías no advirtió hasta que no lo tuvo encima que un chiquillo se le echaba encima.

-¡Señor Potter!

Teddy Lupin pesaba menos que el macuto que acostumbraba a transportar Harry, pero su llegada lo cogió tan de sorpresa que tuvo que echar rodilla a tierra para no caer.

-Señor Potter, señor Potter, mi abuela me dijo que se iba y yo le dije que tenía que hablar con usted, porque me dijo que me iba a contar cosas de mi padre y al final no me las contó, y si se va a hora ya no me podrá contar nada, y no puede irse sin contarme nada. – el niño parloteaba y gesticulaba, pero Harry sólo podía pensar en que iba a echar de menos terriblemente la oportunidad de hablar de Remus Lupin. Y que se lo debía a su antiguo capitán.

-Tengo que irme, Teddy, pero te escribiré. Tengo tu dirección, ¿recuerdas que me la diste?

-Pero no es lo mismo, señor Potter… Yo todavía no sé leer bien, yo quiero que me lo cuente.

-Tu abuela te leerá mis cartas, Teddy. – la cara de decepción del niño le partió el ama a Harry, que lo acercó a un banco del andén y lo sentó junto a él.- Pero, mientras llega el autobús, puedo contarte una cosa que me ocurrió con tu padre una vez, y así ya tienes una historia para pensar hasta que llegue mi primera carta, ¿de acuerdo?

La sonrisa infantil le calentó el corazón, y lo hizo pensar en qué fácil era contentar a un niño sin modificar el plan que se había trazado. Pero no era posible contentar a dos mujeres a la vez.

-Una vez, cuando estábamos en el periodo de instrucción, antes de entrar en batalla, yo me encontraba muy mal. Echaba de menos a mis padres, que habían muerto hacía tiempo, y pensaba que nunca iba a ser feliz y no podría soportar los tiempos duros porque me faltaría la fuerza de una familia. Entonces tu padre me contó que, aunque tuviera pocos recuerdos de mis padres, tenía las historias que otros me habían contado sobre ellos, y que esos recuerdos hacían que mis padres siguieran vivos y que desde algún lugar me estarían cuidando. Porque nadie muere mientras hay alguien que lo recuerda, así que Teddy, de alguna forma tus padres todavía están aquí – y tocó al niño sobre el corazón con la punta de sus dedos, para luego tocarse su propio pecho – porque ellos están aquí, en mi corazón, y en el de tu abuela, y en el de Ginny y Hermione y en el de todos los que los conocieron. Y mientras tú quieras saber sobre ellos, ellos no morirán del todo.

El silencio fue roto por la bocina del autobús que se aproximaba, y Harry encargó con la mirada a la señora Tonks que cuidara de su nieto, que se había quedado mudo y pensativo en el banco, mientras él cogía su maleta, subía las escalerillas y dejaba atrás, emocionado hasta las lágrimas y a la vez extrañamente reconfortado, su tiempo en Las Nubes.