Gon apretó los dientes, sintiéndose aún más acomplejado por no saber cómo se enfrentaría a lo que fuera que los esperara en el extenso sendero de lodo. Sus compañeros no se quedaron atrás, deteniéndose unos segundos para meditar las incontables desventajas que conllevaba tomar esa ruta.
Las hojas de los árboles volaron sobre ellos por la fuerza de la lejana tormenta, los graznidos de algunos seres voladores llenos de púas avisaron a la parvada que debían dirigirse a la lluvia, de la misma manera que hicieron otras colosales bestias, y el nido de patas que se movían finalmente se derrumbó con el viento.
Sin más alternativas, Kite esperó a que Kurapika o Leorio cuestionaran ese camino, lo cual incompresiblemente no pasó. La desesperación por encontrar alguna mínima solución para su deplorable situación quizá afectó su juicio. Sin importar cual fuera la razón, ambos integrantes del zodiaco confiaron en el plan de la hormiga quimera.
Killua sujetó su estómago y gruñó enjugando su boca con su saliva para quitarse el sabor a sangre que la última arcada trajo consigo. Kite le preguntó en un ademán por su estado, respondió sacudiendo su cabeza para confirmar que se encontraba en condición para continuar.
Incapaces de retractarse, se deslizaron por una empinada pendiente hasta llegar al lago de lodo.
La formación dejó a Gon al centro siendo protegido por Leorio y Killua. Kite desdeñó la molestia de Gon cuando por fin se percató de lo que sucedía, sus amigos estaban siendo habilidosos para mantenerlo dentro de la formación.
A lo alto del precipicio, una figura femenina chasqueó la lengua y arrugó la nariz. Articuló sus dedos y acarició sus uñas reprimiendo sus ganas de intervenir... ellos se habían metido en ese enredo, cruzarse solo supondría un peso más para ambos lados.
Recordó todas las amargas experiencias que tuvo en sus primeros años ahí.
Y alzó su rostro: —Ging...
La formación se deformó entre más avanzaron. Gon aprovechaba cualquier oportunidad que encontraba para poder adelantarse a la línea de Kurapika y Kite o para posicionarse en un punto en el que pudiese actuar solo.
Estaban particularmente a salvo dada la inexplicable falta de bestias a los alrededores. Esa soledad era inusual incluso fuera del continente oscuro, pero más que aterrador, en su situación, resultaba adecuado para mitigar la pesadumbre.
Kite no se quejó de la desobediencia de Gon por esta razón, pero eventualmente la paciencia de Killua y Leorio se agotó.
Gon intentó adelantarse una vez más y la marcha de todos se interrumpió cuando Leorio, con una sombría mirada, le tomó de ambos brazos, sin advertir antes lo que vendría. Gon estaba extrañado de que el más sereno de sus amigos lo desafiara con la mirada como si hubiera perdido toda la empatía por él.
—Me canse de ser condescendiente contigo —masculló.
Leorio era una mecha fácil de encender, lo que eventualmente lo llevaba a molestarse efímeramente. Gon jamás lo había hecho enojar de esta manera y jamás se hubiese esperado que el primer enojo del más alto con el joven Freecss sería tan grave.
El lodo chapoteó con el forcejeó que vino posteriormente. Los brazos del médico temblaron al oponerse a la fuerza que el menor aplicaba para liberarse, no había tenido intenciones de escucharlo una vez más y es que hasta Leorio sabía que evitaban hablar para ser precavidos con aquellas criaturas de oídos agudos.
Sin contar sus pantalones, que ya estaban hundidos hasta las rodillas, Leorio no esperaba enlodar el resto de su uniforme y menos que sería por sumergirse junto a Gon en el fango.
Kurapika había enredado su cadena en la pierna de Gon para derribarlo de un tirón. La cadena rápidamente atrapó a sus amigos aun debajo del lodo, a la vez que una esfera ovalada de cuatro patas cónicas y delgadas se encaminó a ellos.
Una de las criaturas que habitaba en el nido de patas que la tormenta destrozó.
Kite tomó la cadena y la arrojó en dirección a la parte más alta del barranco como si usara una caña de pescar. Ambos pelinegros salieron del lodo y surcaron soltando rastros de barro hasta aterrizar bruscamente contra algunas rocas.
Los brazos de Gon lo levantaron por inercia y de este mismo modo corrió con urgencia a la orilla del acantilado para regresar. Soportando el dolor del aterrizaje, Leorio alcanzó su caja de primeros auxilios y de esta sacó lo primero que alcanzó para lanzarla con tanta determinación por detenerlo que inconscientemente añadió un toque de nen.
Un envase chico salió disparado como una bala, dirigiéndose directamente a la nuca ajena. Cuando el frasco estuvo a milímetros de esta, Leorio percibió otro pequeño objeto lleno de nen chocando justo para frenar el proyectil. El impacto fue tan potente que contusionó la cabeza de Gon.
Se giró turbado y se afligió por la suplicante mirada de su amigo.
Leorio vaciló y de la comisura de sus ojos escurrieron un par de lágrimas que se llevaron un poco del barro de su rostro. Gon no pudo distinguir esto porque el choque entre los dos objetos lo había dejado significativamente aturdido de todos sus sentidos, siendo complementado por sensaciones desorientadoras.
Aprovechando la ofuscación, Leorio alcanzó el brazo de Gon y lo hizo recostarse boca abajo para que pudiese ser espectador de la batalla sin llamar la atención de otros peligros.
Gon estaba obtuso, demasiado para apenas poder saber a qué se enfrentaban sus amigos.
Era como ver algún antecedente de los arácnidos que ya conocían, solo que esta en particular contaba con cuatro patas, un vientre con notables crías creciendo dentro y un tamaño desmedido. Compulsarlo con las arañas era ridículo porque a pesar de la similitud, esta no tenía más que un liso ovalo por cuerpo y dos pequeñas patas entre las cuatro que tocaban tierra, no tenía aspecto alguno, colmillos o alguna característica que lo hicieran intimidante además de su potente e inquietante tonalidad negra.
Las dos pequeñas patas a sus costados gesticularon como si de tentáculos se trataran y se contrajeron antes de que una de las patas apuntara a Kite.
Con una terrible velocidad la pata se alargó buscando atravesar a su objetivo, lo cual no consiguió por unos míseros centímetros que la hormiga quimera puso entre ellos.
Kurapika emanó nen de cada poro y sus ojos escarlata rielaron al activar el Emperor Time.
Los tentáculos de la araña se alzaron y se menearon antes de contraerse para en menos de cinco segundos golpear cientos de veces cada punto donde Killua se desplazaba para esquivar. Moverse dentro del espesor de fango no habría supuesto ninguna dificultad si el trasladarse no hubiese alzado el lodo, creando puntos ciegos que la criatura no dudó en usar a su favor.
Gon trató de enfocarse al menos una cosa de las que sucedían, pero todo estaba desarrollándose a un ritmo incomprensible. Killua y Kite eludían cada agresión alejándose eventualmente para hacer que el cuerpo ovalado bajara de su excesiva altura. Debía estar desvariando incluso al ver a Kurapika golpeando el estómago de la bestia con tanta potencia que habría podido jurar que el Kurta siempre fue un potenciador o transmisor.
Quizá el único desvalido de nen no pudo notarlo, pero era irrebatible que aquello había sido una torpe combinación de ambas categorías que Gon consideró antes.
El rubio no había tenido experiencia tratando de coordinar dos tipos de nen. Nunca consideró esa posibilidad porque su condición no se lo permitía y porque hasta ese entonces usar una sola había sido más que suficiente. Aun así, su novato golpe figuró una minúscula grieta inquietó a las crías en el vientre.
Tal turbación hizo que dos patas del arácnido se deformaran antes de dividirse en otro par que atacaron con más agilidad sin dar tiempo. Sin levantar lodo y rotando limpiamente para abalanzar sus patas, la criatura desplegó sus tentáculos y atacó a Kurapika para sacarlo de esa delicada zona.
Cuando logró posicionar al Kurta fuera, sus extremidades se encogieron a su lugar de origen y las patas se volvieron a juntar para atacar con todas sus fuerzas al más escurridizo de ellos, Killua.
Al verse imposibilitado de escapar, destinó el nen a sus pies y a sus manos para detener la cónica extremidad. Se deslizó un par de metros sujetado de la pata cuya punta alcanzó a perforar su pecho.
—¡No me fastidies! —vociferó descargando una gran cantidad de electricidad que no afectó ni en lo más mínimo a la criatura.
Aumentó la presión de la punta y perforó unos centímetros más.
Una cadena estimulada por nen transmisor golpeó la pata e hizo que esta retrocediera, dejando caer al ojizarco.
Gon jadeó entreabriendo los labios, sus ojos perdieron brillo y rasguñó el suelo. La culpa e impotencia le estaban quemando, no podía apoyar y Leorio estaba inhibido por su causa. El egoísmo había sido característico en él y rara vez se detenía a sí mismo en sus impulsos. Siempre era aprehendido por sus compañeros, que esta vez no fuera la excepción le hizo darse cuenta de que carecía de más desarrollo del que pensaba; era débil, siempre lo había sido, pero su verdadera insuficiencia era en su autocontrol.
Kurapika intentó una vez más unir ambos tipos de nen, pero siendo ahora en su cadena. Llevó un vaivén inestable en la que se focalizó en no ser golpeado y no perder de vista al arácnido de ahora seis patas, las cuales se transformaron en diez cuando Killua se unió de nuevo al combate para ayudar a Kite a sobrellevar los asaltos.
Alzó su mano y las cadenas se desvanecieron haciendo que sus compañeros retrocedieran abruptamente. La criatura flexionó todas sus extremidades por un golpe invisible dado por la cadena de Kurapika, quien cayó de rodillas tras asegurarse de haber aprisionado al arácnido.
—Lo lograron —susurró Gon atónito por esa estrategia.
Leorio tragó y asintió dudoso.
El rubio sudaba exhausto y el golpe que dio no había sido tan potente como el primero. Killua estaba encorvado por el agujero en su pecho y parecía consternado. Por el bien de ellos dos, Leorio imploraba que ese fuera el final, sin ellos Kite no podría combatir.
—Killua, en su vientre —señaló Kite.
—Lo tengo —notificó una vez que activo gyo para localizar la indistinguible hendidura.
Se acercó a la criatura preparándose para usar ko en el momento correcto. El animal lucho por liberarse de las cadenas, sus patas no podían unirse ni dividirse, no era como si pidiera piedad, más bien parecía que los amenazaba a pesar de su posición.
Los tentáculos habían estado ondulando, estirándose y encogiéndose para deformar sus patas fallidamente, por lo que su siguiente movida fue completamente impredecible. Las extremidades se menearon frenéticamente a velocidades apenas perceptibles, uno se alzó al punto más alto que pudo y el otro finalmente se destinó al vulnerable Kurta.
Killua pudo distinguir este hecho gracias al gyo, pero no había posibilidad de que lo alcanzaran a tiempo y menos de que Kurapika pudiera reaccionar para esquivar si es que su condición siquiera se lo permitía.
Con su último suministro, Killua dejó fluir su nen por todo su cuerpo transmutándolo en corrientes de electricidad que lo rodearon en un instante para poder usar su habilidad; Godspeed. El lodo salió despedido a los lados, la extremidad continuó su trayecto para atravesar a su objetivo y cuando un rayo inició por la tormenta lejana, Killua embistió a Kurapika.
Ambos salieron expulsados a la vez que el tentáculo atravesó la superficie. La cadena de Kurapika se desmaterializó y la criatura finalmente se liberó.
—¡Huyan! —chilló Kite.
El arácnido se fijó de inmediato en las presas que se le escaparon y se lanzó a ellos en un colérico intento por acabar con ambos de una vez por todas. Las diez patas se distribuyeron para cerrarles las rutas de escapé y sus tentáculos se alistaron para apuñalarlos.
El tiempo corrió a una velocidad sumamente lenta con la repentina aura morada que recorrió el lugar con ímpetu, helando inclusive a la misma criatura. Kite apareció detrás del arácnido, haciendo que este hundiera sus tentáculos en su ovalado cuerpo para unir todas sus extremidades en las cuatro iniciales, consiguiendo así colocarlas como un escudo que contuvo el golpe de la pelirroja.
Leorio recuperó la noción y recibió a sus compañeros, quienes aprovecharon esa distracción para escapar. Killua tosía y le temblaban los brazos mientras que Kurapika jadeaba apoyándose del hombro de Leorio, podrían haber desmayado en esas condiciones de no ser por la adrenalina, la cual aumentó al encontrarse con la ausencia de Gon.
Contra todo su instinto de supervivencia, Gon llegó hasta el lago de lodo sin poder más que observar cómo Kite era arrinconada estratégicamente. Se había prometido protegerla y salvarlos a todos, comprender a Ging ya no estaba en sus planes después de darse cuenta de que no lo alcanzaría. Sin nen aquello era imposible a lo igual que apoyar a sus amigos.
Corriendo a la zona de batalla, se dispuso a cumplir ambas promesas. Si conseguía distraer a la criatura, Kite tendría reincorporarse con el resto y podrían marcharse dejándolo a él atrás.
Distrayéndose al notar a Gon, la hormiga quimera obtuvo dos cortes profundos en sus costillas y en su rostro. La pata de la criatura apuntó a Kite para acabarla y en ese momento Gon irradió algo indistinguible que lo propulsó hasta la pelirroja.
El impacto hizo eco y alzó el lodo como una ola, impidiendo que los tres a lo alto pudiesen saber que sucedió.
Gon sujetó a Kite entre sus brazos y volteó.
Una mujer había detenido el ataque con un arma blanquecina que sostenía en sus manos; se asemejaba a la funda de un estoque sin mango. De un empuje echó la extremidad del arácnido lejos y posteriormente sus uñar crecieron estimuladas por nen hasta formar otro estoque con el que se protegió de otro asalto.
Los dos menores recularon antes de desertar de esa batalla.
Esa persona que les salvó los miró marcharse junto el resto de su equipo, poniendo especial cuidado a la dirección que tomaron para poder alcanzarlos después. La bestia no perdió el tiempo y atacó a matar.
—¡¿Quién ha sido?! —se exaltó Leorio.
Nadie respondió, oscilaban entre el cansancio, el escepticismo y el dolor de las heridas. Leorio quedó absorto, preocupado por saber cómo tratar a Kite debido a que era posible que sus órganos no estuviesen organizados de la misma manera que los humanos.
Corrían como si todo aquello no les afectara. Posiblemente se debía a saber que había alguien más ahí a parte de ellos y desconocer sus intenciones.
Killua se detuvo y una arcada lo hizo inclinarse. Raspó su garganta tratando de expulsar nada con tanta fuerza que la herida en su pecho comenzó a sangrar con abundancia.
—Leorio, ¿qué hacemos? —consultó inmediatamente Kite.
—No puedo atenderlo aquí —respondió.
No porque no pudiera realmente, Kurapika y Kite no estaban en condiciones de defenderlos si algún depredador aparecía y de detenerse la adrenalina se mitigaría, por lo que ambos estarían exhaustos y las heridas les afectarían por fin.
Necesitaban encontrar un refugió cuanto antes y Kite pareció entender esto ya que, sin importarle su estado, cargó a Killua para que pudiesen continuar.
Un efímero sonido agudo los alcanzó, haciendo que la cabeza de todos diera vueltas. Era demasiado fino para siquiera pensar que fue emitido por alguna bestia. Por inercia todos cubrieron sus oídos a excepción de Kite, que se vio imposibilitada por no soltar al de piel alabastro.
Aun con un insoportable mareo, Gon la alcanzó antes de que se desplomaran. Leorio también asistió y buscó el pulso de Kite en diferentes puntos de su cuello hasta que lo encontró. Gon se llevó a Killua a su espalda y se apresuró a Kurapika. El cansancio finalmente hizo desfallecer el rubio.
Leorio también acomodó a Kite en su espalda y gritó: —¡Vamos, Gon!
El camino se deformaba constantemente, tuvieron que usar su instinto para orientarse y para no chocar, sin saber exactamente a dónde se dirigían o que debían buscar está vez.
Leorio se llevó una mano a sus ojos para enjugarlos, en algún punto comenzó a llorar al llenarse de coraje.
Una lanza cayó desde cielo y los hizo frenar de golpe. Buscando de dónde llegaron, miraron a los lados también buscando por dónde escapar sin darse cuenta de que más lanzas venían en camino para aprisionarlos.
Rodeados por esas armas hechas de uñas, ambos se prepararon para defender a sus compañeros con sus propias vidas.
La responsable de ello apareció frente a ellos aterrizando desde las alturas a un lado de la prisión que hizo. Era una mujer de pelo verde amarrado en una coleta que apuntaba al cielo por algunas cintas, que sobresaltaba por su holgado y delgado suéter.
