Capítulo 18 JONATHAN Y SOPHIA

Una beldad paseaba en un cálido día de verano junto al Lago Serpentine. Su cabello color chocolate ondeaba al viento de forma tan delicada, que daba la impresión de formar una danza en torno a este; sus hermosos ojos grises parecían reflejar el cielo sobre ella; su piel, blanca y suave como la más delicada porcelana; y su vestido azul pastel, nada parecido a la moda de las chicas de su edad, pues al llegarle hasta las rodillas, y ser un poco suelto desde las caderas, flotaba a su alrededor como pequeñas olas de un mar en calma, perturbado solamente por la suave brisa que formaba leve espuma en su orilla.

Cualquiera que pudiera ser partícipe de ese espectáculo, pensaría que estaba observando a un bello ángel bajado del cielo, para regalar a los miserables mortales con su hermosa presencia. Sin embargo, el ángel no estaba solo. Como todo en la ruleta de la vida, donde encontramos a cada instante retazos de bien y mal, mezclados de formas extrañas e incomprensibles, así estaba la rosa en compañía de la espina; y era esa espina la que Jonathan Stone, vicepresidente de UchihaWorld Company, llevaba cada día clavada en su corazón, haciéndolo sangrar con el solo pensamiento de no poder tocar a su hermosa rosa, Sophia Clary Hamilton.

―¿Va a salir de nuevo, señor? Si en recursos humanos se enteran, podrían amonestarlo por ausencia injustificada del puesto de trabajo.

―Ahora no estoy para tus bromas, Leopold ―advirtió el hombre, hablando entre dientes.

―Jonathan, eres el vicepresidente de esta compañía, y aunque yo solo soy tu asistente, y debería odiarte por eso, te aprecio. Nos estás dando la oportunidad a mi hermana y a mí de tener un empleo en una compañía como ésta ―comentó Leopold, colocándose frente a su jefe―, y es por eso que te digo que lo que haces no es sano.

―No tengo otra opción ―dijo Jonathan apesadumbrado, negando con la cabeza―. Verla es lo único que me sosiega…

―Y el no poder tocarla es lo que te atormenta.

―Eso no será por mucho tiempo ―anunció entre dientes y de forma segura

―. Muy pronto será mi mano la que tome la suya, y será mi boca la que bese sus labios.

―Recuerda que está por comprometerse. Tu hermana dijo ayer que entregarían las invitaciones a la fiesta de compromiso este fin de semana…

―¡No me hables de esa traidora! ―exclamó Jonathan, frunciendo el ceño―. Ella sabe que estoy enamorado de Sophia y como si fuera mi enemiga, está ayudándola con los preparativos para su boda con ese imbécil.

―Es su mejor amiga, su deber es apoyarla.

―Su deber es hacerla odiar al maldito y convencerla de que a mi lado será más feliz que con él o cualquier otro. Leopold suspiró y pasó una mano por su frente.

―Si tu padre llama diré que estás en una reunión con Joseph, y le avisaré por si lo llama a él también. ―Dile a Joseph que, si no quiere que hable mal de él con Lizzy, tiene que cubrirme las veces que lo necesite ―ordenó Jonathan, para enseguida abandonar la oficina de vicepresidencia. Minutos después se encontraba ingresando en el restaurante Rules, en el salón Graham Greene, donde en una de las pocas mesas para los selectos comensales, se encontraban su hermana y la mujer que lo había llevado a regresar a prácticas de adolescentes

. El solo hecho de observarla hacía que su corazón se acelerara y su cuerpo se enardeciera. Muchos días había pasado añorando su compañía, y muchas noches deseando su calor. Ella era delicada, suave, elegante y hermosa, y para él, todo cuanto deseaba. Sophia era la hija de uno de los banqueros más adinerados del Reino Unido, y también el padre más tradicionalista y estricto que una hija pudiera tener. Hija única, Sophia era la luz de los ojos de su padre, quien se vio obligado a educarla en los valores de la moral y la decencia que a su madre poco le importaban; para ella la sociedad, la riqueza y todo lo que representaban, era lo único que tenía valor, y eso intentó inculcarle a su hija.

No obstante, su esposo, que a pesar de su fuerte temperamento era humilde en su trato con los demás, y consciente de que el dinero no define a una persona, sino que ella se construye a sí misma usando a éste como su aliado y no como su dueño, desvió por completo el camino de su adorada niña, encaminándola por el del decoro y el recato. Ella era pura como el agua de un manantial en su nacimiento. Jonathan sabía por su hermana, que por deseo de su padre y por propia creencia de que así debía ser, Sophia se guardaba para la noche de bodas, pero según el pensamiento de Jonathan, ella se guardaba para él.

Antes de conocer a Sophia, Jonathan era un hombre que poco le importaban las relaciones serias con las mujeres, para él era solo tomar y dejar; solo que como dicen, no hay mal que dure cien años, y el suyo acabó una tarde en la que su hermana llevó a casa a su nueva compañera de clase, recién mudada a la capital inglesa, para hacer tareas y presentarla a la familia. Jonathan llegaba de la universidad, cuando un ángel con uniforme se cruzó con él en uno de los pasillos de su casa. Fue la primera vez que su corazón se aceleró por la visión de una mujer, su mente se bloqueó de cualquier pensamiento coherente, y su alma conoció algo que jamás imaginó experimentar: la obsesión.

Su mirada inocente, las mejillas sonrojadas, y esos labios de un rosado natural, hicieron que la deseara de inmediato. Lo único que salvó a la joven de dieciocho años de que ese hombre se le arrojara encima, fue la llegada de su madre Georgina, quien le colocó una mano en el hombro, y luego de darle una sonrisa a la chica, le indicó que se retirara; fue entonces que le habló a su hijo suavemente.

―Jonathan, ella está saliendo con un joven, su nombre es Fiorenzo Dascoli, el hijo del dueño de una empresa textil en Italia.

―¿Por qué me dices eso, madre? ―preguntó entre dientes, con la furia bullendo en su interior, al enterarse que su ángel no era libre.

―Porque necesitas saber a quién te enfrentas. En ese momento comprendió que su madre había advertido los sentimientos que en él afloraron al ver a esa hermosa chica, y sobretodo, que le había dado carta blanca para luchar por ella, para tenerla, para hacerla suya.

―¿Otra vez escapado del trabajo, hermanito? ―confrontó Sakura Uchiha cuando lo vio acercarse a la mesa―. A papá no le gustará.

―Tengo derecho a almorzar, Saku. Y pensé en venir hacia acá a hacerlo solo, pero ya que me encuentro con ustedes, mis bellas damas, creo que aprovecharé sus agradables compañías. No era cierta la casualidad del momento. Jonathan tenía a dos hombres siguiendo a su amada a donde sea que fuere, y le informaban en cada turno de cualquiera de sus movimientos.

Sus obligaciones le impedían vigilarla como deseaba, y era la única forma en que podía cumplir con su deseo por medio de las fotografías que recibía, y los detalles de cada paso que daba.

Minutos antes había recibido una llamada a su línea privada en la oficina, informándole que ella estaba en ese restaurante, y aunque a su padre no le gustaba que se ausentara sin avisarle, él necesitaba verla a como diera lugar, y eso era lo que estaba haciendo en ese momento: observándola, bebiendo cada gota de su belleza, de su pureza, y de su anhelo escondido. Él la deseaba, y sabía que ella también lo hacía, pues el hecho de que ni siquiera se volteara para mirarlo, o que hubiese pronunciado palabra para saludarlo, además de que rehusaba su mirada, era la comprobación a los pensamientos de su mente obsesiva.

«Es mía, solo que no lo quiere reconocer.» ―Sophia… ―Saboreó el nombre en sus labios, haciendo que la chica frente a él se sonrojara con el solo hecho de escucharlo pronunciado de esa forma. Jonathan tomó su mano antes de que ella la retirara de la mesa, y se la acercó a los labios―, tu deslumbrante belleza me ciega, pero si es el precio que tengo que pagar para que al desear reconocerte tenga que explorar tu piel, yo mismo arruinaré mis ojos para siempre.

Y tocando suavemente el dorso de la mano de ella con los labios, la retuvo por un segundo, en el que sacó un poco la lengua, y con la punta probó por primera vez el sabor de su piel, sin apartar ni por un momento la mirada de esos hermosos ojos azules. Sophia los cerró al instante, como embargada por una infinidad de sensaciones que nunca había experimentado, y eso no pasó desapercibido para el hombre que la observaba.

«Él nunca la ha hecho sentir lo que yo con el solo toque de mi lengua, porque su piel solo me reconoce a mí como su dueño.» Ella retiró rápidamente la mano y la ocultó debajo de la mesa. Abrió los ojos y se concentró en el plato aún no servido frente a ella. No se atrevía a mirarlo.

―Eso fue hermoso, Jonathan, ¿de dónde lo copiaste? ―preguntó Saku sarcásticamente, como era su costumbre al tratar a los demás.

―Desaparece. Ahora.

―Cuidado, Sophia. Parece un príncipe azul, pero en realidad es el lobo feroz ―advirtió, para enseguida levantarse y dirigirse a una mesa ubicada en el otro extremo del salón, donde había divisado a unos conocidos.

―¿No vas a decirme algo? ―preguntó Jonathan una vez que se encontraron solos―. ¿Al menos saludarme?

―Buenos días, Jonathan ―susurró la joven sin levantar la vista.

―Sophia, mírame ―ordenó con voz suave, aunque firme, al tiempo que se sentaba en la silla junto a ella―. Regálame la luz de tu mirada.

―Jonathan, por favor, no más ―rogó Sophia, removiéndose nerviosa en su silla.

―No más tú, mi amor. Me matas con tus negativas. Entiende que eres mía.

―Estoy comprometida y me casaré con…

―¡No! ―exclamó Jonathan, ignorando que las personas de las mesas vecinas giraron sus cabezas para observarlos―. No digas su nombre. No profanes tu hermosa boca con su asqueroso nombre. Tú solo debes pronunciar el mío. Deseaba tocarla, tomarla entre sus brazos y besarla; sin embargo, sabía que con eso podía arruinarla. Ella era una joven decente, de buena familia, y un espectáculo de esa envergadura, sin ninguna duda causaría rumores malintencionados y daños a su reputación.

―Pero es a él a quien daré el sí en el altar ―refutó Sophia, más acongojada que complacida por la perspectiva de ese hecho.

―Es el deseo de tu madre, no el tuyo, lo sé. Sabía que tenía solo un par de días para evitar ese matrimonio. Una vez que las invitaciones para la fiesta de compromiso se repartieran, todo habría terminado para él, y eso no lo podía permitir. Su vida sin ella sería un completo infierno, como lo era en ese momento en el que estaba a pocos días de perderla, aunque si la sabía en brazos de otro, en la cama de otro, sería su muerte

. Su mente trabajaba enloquecida para trazar un plan que impidiera el anuncio del compromiso; entendía que ella, por su educación y convicción, no accedería a detener la boda, a menos que algún hecho de fuerza mayor le permitiera desistir ante su familia, y Jonathan sabía qué era lo que debía hacer para conseguirlo.

―Sophia, en un par de días te perderé para siempre ―dijo Jonathan en voz baja, y la miró como si de un ruego se tratase―. Por favor, mi amor, permíteme despedirme de ti. Sophia lo miró por primera vez, y en sus ojos había angustia y desolación.

―¿Despedirnos? ―Sí. Te prometo que jamás volveré a molestarte y dejaré que hagas tu vida como la desees. Solo dame un único momento, una oportunidad para imaginar cómo sería, si fuera yo quien ahora te proclamara como suya. ―Extendió la mano por sobre la mesa, y con un dedo acarició suavemente la piel de su antebrazo―. Dame una cena, solos tú y yo. Seremos como dos amigos despidiéndose para emprender un largo viaje. Uno sin retorno.

―No lo sé. Yo… ―Por favor, ten piedad de mí ―rogó, sabiendo qué expresión funcionaba mejor con ese tono de voz―. Él te tendrá para siempre, yo solo pido una cena. Sophia bajó de nuevo la mirada y se retorció las manos bajo la mesa.

―¿Cuándo? Jonathan reprimió una sonrisa de victoria. Ya había accedido y solo era cuestión de tiempo para que su mayor anhelo se cumpliera.

―Mañana en la tarde. A las siete y treinta paso por ti para…

―No. Mi padre preguntará el porqué de nuestra salida. Dime dónde nos encontramos. ―La cafetería que está cerca de mi piso ―indicó Jonathan cada vez más feliz, tratando de no demostrarlo en su rostro―, donde Saku y tú iban cuando salían de clases. Será un lugar discreto y sin personas conocidas. Sophia asintió con una sonrisa tímida, y enseguida se tensó cuando una mano se posó sobre su hombro derecho y apretó levemente.

―Jonathan Uchiha… ―El hombre pronunció el nombre con desprecio―, diría que es un placer saludarte, pero por alguna razón no disfruto verte en compañía de mi futura esposa, a solas.

―Hola, Fiorenzo ―intervino Saku, antes de que su hermano lo hiciera―. Estaba saludando a unos amigos en aquella mesa. ―Señaló, haciendo que el hombre girara para verlos―. Pero no te afanes, no te conocen. Las últimas palabras de la chica hicieron que el rostro de Fiorenzo tomara un color rojo intenso, y su ceño se frunciera con fuerza. Había entendido muy bien la indirecta que le lanzaron: él era nadie, nadie lo conocía, y la sociedad inglesa lo ignoraba.

Si bien Fiorenzo Dascoli poseía el apellido de una familia de tradición italiana, todos sabían que las arcas familiares estaban casi vacías. Solo les quedaba lo que captaban de la empresa textil, que ya no reportaba los grandes ingresos de generaciones anteriores, debido a los malos manejos de su padre y del derroche de él mismo. Por ese motivo él necesitaba contraer matrimonio con una joven heredera, una chica sumisa y tierna, a la que pudiera manejar a su antojo, a ella y a su fortuna.

Esa chica era Sophia, con quien había logrado llegar hasta el punto de estar a días del anuncio del compromiso, gracias a su encanto natural y lo experto que era en ganarse a las mujeres con el don de la palabra; don que había usado con Loretta, la madre de su prometida, hablándole de un mundo de lujos, fiestas y sociedad en Italia, que, según su versión, prefería mantener oculta para no convertirse en el centro de atención, cosa que supuestamente detestaba

. La historia solo había convencido a la madre de Sophia, quien persuadió a su esposo de que su hija no podría encontrar a alguien mejor para casarse, y aprovechándose de la forma de ser sumisa de la chica, le presentó al hombre y poco a poco, palabra a palabra, la hizo aceptarlo; primero como novio, y luego pidiéndole que la complaciera como prometido.

Sin embargo, su madre no contaba con que, al mudarse a Londres, a las pocas semanas de iniciado el noviazgo de su hija con el joven italiano de veintitrés años, la chica conocería al que sería el hombre que le arrebataría el corazón con una sola mirada, para nunca más devolvérselo, y que ese hombre estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de hacerla suya para siempre. Jonathan no había pronunciado palabra alguna. Sus ojos yacían fijos en la mano posada sobre el hombro de Sophia.

Deseaba arrancarle los dedos para que nunca más la tocaran. Deseaba asesinarlo en ese momento, para borrar de la faz de la tierra al hombre que impedía que la joven frente a él fuera suya; aun así, él tenía un plan mucho mejor que ese, arrebatársela de las manos sin que se diera cuenta, y luego…

―Sophia, cariño, Loretta me informó que estabas aquí y quería invitarte a almorzar ―explicó Fiorenzo, mirando a la joven y afirmando un poco más su toque a manera de posesión y orden―. ¿Por qué no vamos a otro lugar donde podamos estar solos? ―Giró su vista hacia Jonathan que se había puesto de pie―, y conversar sobre nuestra vida en pareja ―Sonrió, acentuando la última palabra. Jonathan tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no quitarle esa sonrisa cínica del rostro con uno de sus puños. «Solo es cuestión de horas para que tu desdicha se convierta en mi mayor alegría.» Sophia asintió, y despidiéndose suavemente, salió del salón acompañada de su prometido.

―Sabes que tienes dos días, ¿no es así? ―comentó Saku, tomando asiento. En ese momento llegó el mesero con lo ordenado anteriormente, y al ver la confusión del hombre por no encontrar a la otra chica, la joven Uchiha le indicó que no se preocupara, que solo había cambio de acompañante. Jonathan se sentó frente a ella y esperó a que el mesero se retirara.

―¿A qué te refieres? ―preguntó él, mirando aún la puerta de salida del salón.

―Del compromiso de Sophia y ese idiota ―explicó, rodando los ojos―. Te estás volviendo cada día más bobo. Jonathan giró su cabeza para mirar a su hermana. Si había entendido bien sus palabras, ella estaba a su favor, y al parecer, quería colaborarle.

―¿Acaso vas a ayudarme?

―¡Oye, soy tu hermana! ―exclamó, claramente indignada―. Además, Sophia es mi mejor amiga. No quiero verla casada con un imbécil que solo la quiere por su fortuna y para tener quién caliente su…

―No…No termines esa frase ―advirtió Jonathan entre dientes. El solo pensar en su amada haciendo el amor con otro, era un gran tormento para él y un ultraje para ella.

―¡Lo que sea! El punto es este, hermanito… ―Se inclinó hacia adelante, y habló de forma confidencial―, Sophia está loquita por ti. Jonathan no pudo evitar sonreír abiertamente. Una cosa era suponer que Sophia lo amaba, basándose en sus reacciones y miradas, y otra muy diferente era que la mejor amiga de la chica, su hermana, le confirmara que esos sentimientos no eran producto de su alma desesperada por ser correspondida.

―Lo está desde que te conoció ―continuó la chica―. Lo sé porque cuando regresó del cuarto de baño, su rostro estaba rojo, y sus manos temblaban. Le pregunté qué sucedía y solo negó con la cabeza. En ese momento tú entraste a saludarme y ella se estremeció al escuchar tu voz; y al tú tomarle la mano y besarla, ella cerró los ojos como hace unos momentos, con una cara de perturbación que creí le daría una apoplejía ahí mismo.

―La quiero para mí, Saku. Quiero quitársela a él de las manos y hacerla mi esposa ―afirmó vehemente, con gran fuerza en los ojos y determinación en sus palabras.

―¿Te imaginas? ―dijo Saku, colocando el codo sobre la mesa y apoyando la cabeza en la mano, al tiempo que suspiraba, mirando a lo lejos con ojos soñadores―. Sophia y tú, Joseph y yo. Los cuatro siendo novios, casándonos, teniendo hijos. ¡Yo quiero la parejita! ¡Eso sería tan lindo!

―No cambies el tema, Saku. Estamos hablando de Sophia, no de Joseph. Y te advierto una cosa ―dijo en tono amenazador, señalándola con un dedo para reafirmar sus palabras―, no te quiero revoloteando alrededor de él. Es mucho mayor que tú y no tienes edad para hablar de matrimonio.

―Eres un hipócrita ―acusó la chica―. Hablas de casarte con Sophia, la acosas, le tienes a dos tipos siguiéndola a todas partes, y hasta fantasías sexuales tendrás con ella. Yo tengo diecinueve años igual que ella, y Joseph veinticinco como tú. ¿Por qué no puedo hacer planes iguales a los tuyos?

―Porque tú eres mi hermana, y hasta que no tengas al menos veintitrés años, no hablarás de matrimonio ni tendrás novio. Ahora, continúa hablando de Sophia. Saku batió la mano, como desechando las palabras de su hermano, y accedió a su petición.

―Bueno, si te quedaste a solas con ella fue para pedirle algo, ¿una cita quizás? Jonathan asintió.

―Mañana a las siete y treinta en la cafetería a la que ustedes iban.

―¿Y cuál es el plan?

―Convencerla de acompañarme a mi piso, para allí… hacerla desistir de la boda ―dijo con una sonrisa calculadora.

―Ya veo. Y… ¿cómo piensas hacer para que ella acceda a ir contigo a tu piso? ―preguntó la chica, mirando a su hermano con una ceja arqueada. Jonathan desvió la mirada, frunció los labios, y luego de unos segundos, haló de su cabello a manera de frustración.

―Aún no lo he pensado ―admitió con un gruñido.

―¡Ay por Dios, Jonathan! ―exclamó la chica, levantando los brazos y rodando los ojos―. Lo que tienes de bonito lo tienes de brutito. Escucha… Al día siguiente, Jonathan se encontraba en la cafetería, media hora antes de lo acordado, por si Sophia llegaba puntual y no lo encontraba, no decidiera regresarse. Gracias a su hermana tenía un plan trazado. Él sabía lo que haría con ella una vez llegaran al apartamento, aunque fue su hermana quien le indicó lo que debía hacer para llevarla hasta allá.

―Jonathan. El hombre se puso de pie rápidamente al escuchar la suave y amada voz a su espalda.

―Sophia, gracias por haber venido. Intentó tomar su mano para besarla, pero ella la escondió tras su cuerpo, impidiéndole su intensión.

―No debería estar aquí.

―Tranquila mi… Será solo una plática de amigos, porque somos amigos, ¿no es así, Sophia? La chica asintió y tomó asiento en la silla que el hombre le ofrecía. Estaba más tímida que de costumbre, pues era la primera vez que se encontraba sola con él, aunque estuvieran rodeados de gente. ―Quiero que me cuentes lo que han planeado para su… vida juntos, de cómo…

―Eso no es correcto ―interrumpió la chica con voz angustiada―. No puedo hablar de esas cosas contigo.

―¿Por qué no, Sophia? Somos amigos, ¿recuerdas?

―¡No somos amigos, Jonathan! ―exclamó para enseguida emitir un gemido lastimero―. Tú no eres mi amigo, no te veo como tal. Por favor, no me atormentes más.

Jonathan deseó en ese momento pedirle que se casara con él, que lo aceptara, que se entregara a él en cuerpo y alma; ofrecerle una vida de amor, devoción y placer incondicional e infinito, en el que ella sería su reina, y él su más fiel esclavo, como debía ser. No obstante, necesitaba tenerla acorralada, sin opciones que elegir, solo la que él le presentara. Necesitaba tenerla en sus manos, y una vez asegurada, obligarla a hacer lo que él dijera. Decidió cambiar de conversación rápidamente. Ya tendría tiempo de declararle su amor de una forma que ella nunca olvidaría. Tomó el sencillo menú frente a él y lo revisó con rapidez.

―¿Deseas tomar algo? Treinta minutos después, los dos se encontraban terminando sus pedidos en silencio, tal como había sido toda la cena ligera. Solamente habían cruzado pocas palabras, al escoger qué comerían y al comentar el sabor de lo elegido, mientras que Sophia no levantaba la mirada de su comida, Jonathan aprovechaba para observarla y detallarla a su antojo; y fue ahí cuando todo comenzaba.

―¿Tienes alguna pastilla en tu bolso? ―preguntó Jonathan, frunciendo el ceño―. No me siento bien. Sophia levantó la cabeza y lo miró de forma preocupada.

―¿Cómo que no te sientes bien?

―Estoy algo mareado… No lo sé. ―Se pasó una mano por la cara, que ya se encontraba consternada por el malestar que su cuerpo sentía―. Creo que iré a lavarme la cara… Intentó levantarse, pero sus piernas no soportaron el peso del cuerpo y cayó sentado nuevamente sobre la silla, al tiempo que emitía un gemido de dolor.

―¡Jonathan! ―exclamó Sophia, levantándose y colocándose a su lado―. ¡Dios! ¿Qué tienes? Por favor, dime algo.

―Me siento muy mal, Sophia. No sé qué tengo, me quiero ir.

―Enseguida nos vamos, ¿puedes caminar? Estás pálido. Tengo miedo.

―Señorita, ¿está todo bien? ―preguntó uno de los dos meseros de la pequeña cafetería.

―¿Podría ayudarme a llevarlo a su auto? Está muy pálido y mareado, no sé qué pueda ser, voy a llevarlo a un hospital.

―¡No! ―exclamó Jonathan, para enseguida soltar otro gemido―. No es necesario, solo necesito recostarme un rato y estoy seguro que se me pasará.

―Pero… ―intentó refutar la joven. ―Sophia, ayúdame a llegar a mi piso. Está aquí cerca, tú sabes dónde.

Por favor, solo quiero acostarme. Sophia asintió, no muy convencida de que esa fuera la mejor solución, y luego de que Jonathan pagara la cuenta, a pesar de las protestas de ella, entre los dos meseros lo subieron al asiento del copiloto de su auto, mientras que Sophia tomaba las llaves del Aston Martin azul modelo 74. Haciendo acopio del curso privado de manejo que su padre le había hecho tomar, condujo unas cuantas calles hasta el edificio donde Jonathan vivía, y con ayuda del vigilante, lo ayudó a entrar.

―No se preocupe, la señorita puede ayudarme a partir de aquí ―dijo Jonathan al vigilante que tenía intenciones de entrar con ellos al ascensor.

―No hay problema, señor Uchiha, yo puedo subir un momento.

―Ya le dije que no es necesario ―respondió Jonathan entre dientes, mirándolo fijamente a los ojos. El hombre entendió la sutil orden y se limitó a asentir y retirarse. Jonathan se recostó en una de las paredes del ascensor, y le hizo señas a Sophia para que se acercara. ―Abrázame, Sophia, me siento desfallecer. La joven obedeció al instante, y permitió que él le pasara un brazo por los hombros, al tiempo que ella trataba de tomarlo por la cintura.

―Debiste dejar que el vigilante nos ayudara. Si te desmayas no podré soportar tu peso.

―Ya te acostumbrarás a soportar mi peso sobre tu cuerpo ―dijo de forma sugerente, solo que la mente inocente de la chica no logró comprender la insinuación. Llegaron al piso de Jonathan e ingresaron. Sophia solo había estado una vez allí, y fue en compañía de su amiga, por lo que se sintió nerviosa al estar a solas con él. Aun así, su preocupación por la salud del hombre era mayor. Jonathan la guio tambaleándose a su habitación, cruzaron el umbral, encendió la luz, y en un ágil movimiento del pie, cerró la puerta sin que la chica se diera cuenta. Al llegar junto a una gran cama ubicada en el centro del cuarto, se dejó caer en ella, sin soltar la mano de Sophia.

―Voy a llamar a Georgina para que venga. ―No, no necesito a mi madre, solo te necesito a ti ―dijo, aferrándose a la mano de ella y atrayéndola un poco hacia sí, mientras ella miraba nerviosamente la puerta y trataba de mantenerse alejada―. Tú eres mi medicina. Solo tú, mi amor, puedes aliviar el dolor que siento. Sophia se puso tensa, y en un rápido forcejeo, logró liberar su mano y dirigirse a la puerta.

―Llamaré a Saku para que… Las palabras se atascaron en su boca cuando Jonathan volvió a ajustar con una mano, la puerta que ella había conseguido abrir solo un poco. Él había sido tan rápido en su movimiento al levantarse de la cama y correr para impedirle el paso, que no tuvo tiempo de reaccionar. Él le rodeó la cintura con un brazo, la estrechó contra su pecho, manteniéndola de espalda, y le habló al oído.

―No es a mi hermana a quien deseo desnuda en mi cama ―dijo, recorriéndole el contorno de la oreja con la lengua. ―Jonathan, no hagas esto, por favor ―rogó Sophia, cerrando los ojos y estremeciéndose, claramente afectada por las sensaciones que la embargaban. En un rápido movimiento la giró, y abrazándola, quedaron frente a frente, con los rostros a pocos centímetros de distancia.

―Eres tú quién me atormenta, mujer ―colocó una mano sobre una de las nalgas de Sophia y la acercó más a sus caderas, haciéndola sentir la potente erección que lo embargaba, logrando que soltara un fuerte gemido y se removiera en sus brazos―. Siente cómo me tienes desde el día en que te conocí. Te deseo, Sophia, te deseo como nunca he deseado a ninguna otra mujer, y esta noche ese deseo se convertirá en placer, tanto para ti como para mí. Sin más demora, estrelló los labios contra los de ella, como había deseado desde hacía mucho tiempo, como había imaginado y anhelado a cada hora de sus días. Los labios de Sophia sabían mucho mejor de lo que creyó posible.

Ella se removió contra él, tratando en vano de liberarse del posesivo abrazo, pero no era consciente de que su cuerpo se unía más al de él, y sus brazos se aferraban a su cuello, haciendo todo lo contrario a lo que su mente le ordenaba. Jonathan la levantó del suelo y la llevó hasta la cama para colocarse sobre su cuerpo. Liberó sus labios y comenzó a repartir besos por su mandíbula, siguiendo por el cuello y concentrándose en saborear esa zona; mientras que sus manos, ávidas de dar placer, recorrían el contorno del cuerpo amado sobre la ropa

. ―Por favor, no lo hagas ―rogó Sophia en un jadeo, inclinando la cabeza hacia atrás para darle más acceso. Jonathan ignoró sus súplicas, pues por su accionar, sabía que no era eso lo que deseaba. Era su conciencia y no su corazón ni su alma las que hablaban, porque estos lo hacían a través de su cuerpo. Se arrodilló, sentándola en la cama sin dejar de besarla. Buscó la cremallera del vestido y la deslizó hacia abajo junto con este, dejándola solo con su sujetador cubriendo sus pechos. En otro ágil movimiento, desabrochó la prenda, y una vez librada, la arrojó al otro lado de la cama, acostando de nuevo a la chica en ella.

Sophia estaba tan embargada por el cúmulo de sensaciones, que solo se percató de que sus senos estaban expuestos al escucharlo hablar. ―Eres perfecta, mi amor, y eres solo mía. La chica emitió un grito de sorpresa al darse cuenta de dónde tenía él fija la mirada, e intentó cubrirse con los brazos. Jonathan la tomó por las muñecas, y despejando el camino, se agachó y abrió la boca sobre un rosado y protuberante pezón. Sophia gimió cuando sintió la húmeda y caliente lengua hacer un círculo alrededor de su rosado capullo.

Sin pensarlo, arqueó la espalda en un mudo ruego porque no se detuviera. Él le liberó las manos y ella aprovechó para aferrarle el cabello. Por un momento su mente le gritó que lo separara, que no era correcto lo que estaba sucediendo, solo que su cuerpo hizo todo lo contrario y lo acercó más, disfrutando del placer que le brindaba tanto con su boca como con una de sus manos, que no dejaba de masajear y pellizcar suavemente su otro pecho. Sin embargo, Jonathan deseaba más. Incorporándose, desabotonó levemente su camisa, y terminó sacándola por encima de la cabeza.

Miró de nuevo a Sophia a los ojos y se topó con su mirada suplicante y confusa. Sabía de la batalla que se estaba librando en ese momento en su interior; lo correcto y lo deseado luchando ferozmente por vencer, y él era el único que podía inclinar la balanza a su favor. Se acercó a ella nuevamente, colocando los brazos a cada lado de la cabeza de ella, y sus rostros a solo centímetros de distancia.

―Te amo, Sophia, y sé que tú también me amas ―afirmó con suavidad, y continuó al ver que ella iba a responderle―. Tu cuerpo me pertenece, al igual que todo tu ser. Ni tú ni nadie puede negarme el derecho a tomar lo que es mío. Nadie. Solo mírame a los ojos, así como lo haces ahora, y dime que no me amas, dime que no me deseas, y te juro que te dejaré ir. Dímelo. Sophia no despegó ni un solo segundo la mirada de esos ojos que la hipnotizaban, y su boca no pudo pronunciar las palabras que deseaba. Eso bastó para hacerle entender al hombre cuáles eran sus verdaderos deseos.

―Eso pensé ―dijo Jonathan con una sonrisa de satisfacción, que hizo a Sophia pensar que había caído en manos del mismísimo demonio. Sin demora, él le terminó de sacar el vestido y luego los zapatos, que retiró entre besos y caricias a sus pies; y por último, la prenda que más deseaba fuera del cuerpo de ella, esa fina tela que tenía el descaro de ocultar de él, lo que tanto había soñado observar, saborear y penetrar.

Sin pedir permiso, tomó el borde se las bragas y las bajó, hasta dejar a su amada completamente desnuda y jadeante en su cama. La observó de los pies a la cabeza, detallando cada parte de su perfecto cuerpo. Sus pechos, redondos y firmes, coronados por unos pezones rosados, que él no veía la hora de volver a probar; su cintura, pequeña y adornada por un bello ombligo en media luna; y sus caderas, esas que resguardaban un triángulo de risos que lo llamaba a explorar lo que ocultaban tan celosamente.

―Así te deseaba, y así te tendré. Su miembro también deseaba liberación, y él no demoró el proceso, quitándose los pantalones al tiempo que la ropa interior, quedando en el mismo estado que ella. Sophia, gimió y desvió la mirada.

Nunca antes había visto a un hombre desnudo, y él no era cualquier hombre, era alto, fuerte, con los músculos bien definidos, un hermoso rostro; pero lo que la asustó y al mismo tiempo la excitó, fue ese miembro viril, totalmente erecto frente a ella. Jonathan entendió su reacción. Por mucho que lo deseara, ella era inocente, y era su deber guiarla, procurando su placer. Tuvo que reaccionar de inmediato cuando vio que hacía el intento de levantarse.

―Tengo que salir de aquí. Él se acercó y colocó todo su cuerpo sobre ella, reteniéndola. Con la mano derecha recorrió el contorno del cuerpo de la chica, y al llegar a sus caderas, su mano tomó un rumbo diferente, adentrándose entre sus piernas y ahuecando su sexo, para apretarlo con suavidad.

―¡No! ―Ya no hay marcha atrás, mujer ―susurró él, encontrando su punto más sensible y haciendo círculos suaves en derredor―. Lo que tanto deseamos se hará realidad ahora mismo. Para afirmar sus palabras encontró el canal privado, y dando un leve toque, enterró su dedo corazón en él, sin dejar de estimular su sensible botón con el pulgar. Sophia lanzó una fuerte exclamación de sorpresa y molestia, y se removió bajo el cuerpo de él, sin ser consciente de que ese hecho solo lograba enardecerlo aún más.

Él no desistió, encorvó un poco su cuerpo y agachando la cabeza, tomó en su boca el pezón que anteriormente no había saboreado. Sophia jadeaba y gemía. Su respiración estaba completamente acelerada, y los movimientos que hacían los dedos de él en su sexo, entrando y saliendo, la estimulaban, haciéndola experimentar sensaciones como nunca antes. Jonathan sentía el dolor de meses de deseo y obsesión, y al notar que ella estaba a punto de tener un orgasmo, se detuvo.

―No… ―pidió Sophia, mirándolo suplicante. ―He estado esperando tanto tiempo por presenciar un orgasmo tuyo, que solo deseo que se produzca conmigo dentro de ti. Se colocó eficazmente entre sus piernas abiertas, y ubicando su glande en la entrada, comenzó a penetrarla lentamente, hasta que, con un suspiro, traspasó la barrera de tu pureza.

Sophia gritó, y Jonathan deseó que el dolor de ella se convirtiera en suyo. Aunque sabía que para ella sería más fácil de esa forma, porque el ardor pasaría más rápido al ella no tener tiempo de pensar en lo que estaba sucediendo.

―Tranquila, mi amor ―susurró en su oído―. Ya pasará el dolor, y será el placer el que te haga gritar. Deseaba moverse, comenzar a embestir contra ella de forma loca y desenfrenada; no obstante, la amaba, y ya le había causado un dolor imposible de evitar, por lo que no lo aumentaría por su propio placer.

De los ojos de Sophia se derramaron un par de lágrimas que él recogió con sus labios, para enseguida, repartir suaves besos por todo su rostro. Su miembro latía en la cálida cavidad, pero el latido de su corazón, al saber que ya era suya, opacaba cualquier otra necesidad. Continuó con las tiernas caricias y las dulces palabras, mientras Sophia trataba de normalizar su respiración, hasta que sintió cómo las caderas de ella, se levantaron, buscando un mayor contacto del que ya poseían. Esa era la señal que él necesitaba.

Apoyándose en sus rodillas comenzó a embestir a su amada, al tiempo que en un apasionado beso, hacía a su lengua entrar a la boca de ella, explorando, saboreando y degustando cada parte; mientras que su miembro entraba y salía de su sexo, encajando perfectamente en el que sería su refugio favorito. Lo que antes había sido protestas y negaciones, se convirtieron en gemidos y súplicas de más por parte de ella. Estaba aferrada con fuerza a él, abrazándolo y atrayéndolo hacia sí lo más que podía. Los dos deseaban todo el contacto posible, buscaban fundirse el uno con el otro, sintiendo que sus pieles estorbaban para lograr su cometido. Ellos eran uno en ese momento, y así deseaban permanecer para siempre.

Sophia, tomando más valor, empezó a repartir besos húmedos por el cuello de él, mordiendo suavemente cuando creía que estaba a punto de perder el conocimiento. Jonathan estaba extasiado. Deseaba hacerla sentir al máximo todo lo que él sentía en esos momentos, por lo que, en un solo movimiento, se arrodilló sin salir de ella, atrayéndola consigo. Sophia quedó sentada en su regazo, con su miembro penetrando hasta el fondo, y él la tomó por las nalgas para ayudarla a subir y bajar a su antojo.

―Jonathan… Te amo… ¡Oh, sí! Te amo tanto. Él al escuchar esas palabras, que no provenían de un pensamiento razonable, sino de la misma pasión desenfrenada y un corazón enamorado, aumentó la velocidad de sus embates, gruñendo y jadeando al tiempo que devoraba los pechos de ella. Hasta que llegó lo que tanto había esperado. Sophia comenzó a temblar, aferrándose a él con sus brazos, y contrayéndose instintivamente alrededor del miembro de Jonathan, dejó caer su cabeza hacia atrás, exhibiendo para el hombre que amaba, el primer orgasmo de su vida. Él estaba embelesado con ese glorioso espectáculo.

Ver a la mujer que amaba locamente, corriéndose con él en su interior, fue la visión más sublime que jamás había podido observar, y dejándose llevar por la maravillosa sensación, encontró su propia liberación y se derramó en ella, abrazándola, gritando sus nombres al unísono, demostrándole al mundo que se pertenecían, y que nada ni nadie podía impedirles sentir todas esas emociones.

―Mi padre me va a matar ―dijo Sophia minutos después, cuando su respiración ya se había normalizado, y su cabeza yacía recostada en el fuerte pecho de él, sintiendo cómo su amante acariciaba su espalda desnuda.

―No lo hará ―afirmó Jonathan―. Después de todo, la boda se celebrará. Sophia se removió de su abrazo, embargada por la humillación y la tristeza, e intentó sentarse en la cama, pero él se lo impidió.

―Tengo que irme. En mi casa deben estar como locos buscándome ―explicó la chica―, y Fiorenzo…

―No vuelvas a repetir ese nombre nunca más ―ordenó Jonathan entre dientes, rodando y quedando de lado, frente a frente con ella―. Lo olvidarás, y tus labios no lo pronunciarán nunca más.

―Pero… me voy a casar con él.

―No, tú te casarás conmigo. Sophia lo miró con sorpresa. ―Las invitaciones al compromiso se repartirán mañana ―explicó aceleradamente―. Nos casaremos en menos de tres meses. Jonathan sonrió con ternura, como si no le importara el alegato de la chica. Tomando entonces un mechón de cabello de su amor, lo enredó en los dedos y aspiró su aroma, para luego, darle un suave beso en la nariz.

―No has entendido, mi amor ―afirmó, mirándola como si le explicara algo a un niño pequeño―. Si no rompes tu compromiso con ese imbécil y te casas conmigo, yo iré con tu padre y le diré lo que acaba de suceder.

―Jonathan…

―¿Qué crees que dirá cuando se entere? ¿Cómo crees reaccionará? ―preguntó con la misma voz calmada y suave.

―Es que… ―Estoy seguro que no querrá que se sepa que su hija, terminó en la cama de otro hombre, días antes de anunciar su compromiso, y te obligará a casarte conmigo, para evitar el escándalo que estoy dispuesto a formar si no accedes. Le sonrió y volvió a besar su nariz; la atrajo hacia su cuerpo, y cerró los ojos, como si se dispusiera a dormir. Sophia lo miraba con la boca abierta, sorprendida con las palabras que acababa de escuchar, y sobre todo, por la tranquilidad con que fueron dichas y la calma que mostraba en su rostro. Jonathan la había amenazado, y pretendía dormir abrazado a ella como si nada hubiese pasado.

―Estás completamente loco ―increpó aún sin poder creérselo. ―Es tu culpa mi estado de demencia ―respondió Jonathan sin abrir los ojos.

―¿Tienes idea de lo que dirá mi madre? Se va a volver loca. ―Sophia, mi amor, no busques más excusas, que ni a tu corazón ni a mí nos importan ―comentó, acurrucándose más junto a ella―. Solo tienes dos opciones, o casarte conmigo por las buenas o por las malas. Tú decides. Sophia parpadeó varias veces y sus ojos se llenaron de lágrimas, al tiempo que su corazón se aceleraba y una ola de grandes emociones la recorría.

―¿Cre…Crees poder impedir el matrimonio?

Jonathan abrió los ojos al escuchar el tono sollozante de la que ya podía decir era su mujer. ―No me ilusiones falsamente, Jonathan ―continuó―. No soportaría albergar esperanzas que luego serán desechadas. Él le colocó una mano en la mejilla y la besó largamente, demostrándole cuánto amor le tenía y que jamás la abandonaría.

―Sé que tu padre no está de acuerdo con tu matrimonio con ese idiota, y él y mi padre son buenos amigos y me tiene en buena estima. Él me aceptará ―afirmó―. Si no lo hace te raptaré y te llevaré lejos para formar una vida juntos, solos tú y yo. No permitiré que nada ni nadie te aleje de mí.

―Te amo tanto, Jonathan. ―Yo también te amo, no te imaginas cuánto. Sophia le sonrió, derramando más lágrimas en el proceso, y besándolo con todo el amor que su cuerpo desbordaba. ―Levántate, Jonathan. Jonathan la miró extrañado.

―¿Por qué me pides eso? ―Levántate, Jonathan, se hace tarde ―apuró Sophia, colocando una mano en su pecho y empujándolo un poco.

―Pero… ¿tarde para qué, mi amor?

―¡Jonathan! El grito despertó al hombre inmediatamente, sobresaltándolo. Miró a su alrededor y encontró a la mujer que amaba caminando de un lado a otro, con una bata de seda color vino tinto, que se ajustaba provocativamente a su figura.

―¡Levántate de una vez! Es la fiesta de compromiso de tu hijo y todavía estás tirado en esa cama, durmiendo. Jonathan sonrió al escuchar el regaño de la mujer. Había soñado con la forma en cómo se la había arrebatado al maldito que en la actualidad se encontraba casado con una heredera francesa, cuya familia había caído en las redes del estafador, y según aseguraban los comentarios, el matrimonio había sido todo un infierno para la mujer.

Miró de nuevo a su esposa, y fijó su atención en el bamboleo de caderas que esta producía al caminar aceleradamente. Bajó entonces la mirada, y apartando las sábanas, observó la erección que el sueño que había tenido, y la visión que contemplaba bajo la suave seda, le ocasionaban. Se levantó de la cama, caminó hacia Sophia sin que esta se diera cuenta, y aferrándola por la cintura con un brazo, la puso contra la pared, quedando él a su espalda y apretándola contra la estructura.

―Jonathan, se hace tarde ―recordó Sophia en voz baja.

―Estaba soñando con la vez que te hice mía ―susurró en su oído―. ¿Y sabes algo?, quiero repetir. Con la mano libre buscó la extensa abertura que tenía la bata a un costado, y haló de ella, rompiendo la tela y levantándola, para dejar el trasero de Sophia expuesto.

―Llevas treinta años repitiendo ―jadeó la mujer, mordiéndose el labio inferior. La hizo inclinarse hacia adelante, agarrando sus caderas que quedaron levantadas hacia él, y agachándose detrás de ella, acercó la boca a su sexo. Pasó su lengua por toda la extensión de este, deteniéndose en el punto exacto, y chupándolo con fuerza, haciendo que ella gimiera y su cuerpo se estremeciera. Se levantó de nuevo, agarró su miembro y lo colocó en la entrada de su esposa.

―Y quiero más. Y entró en ella, haciéndola gritar de placer, tomándola como desde hacía treinta años, y como lo haría hasta que su cuerpo no se lo permitiera más.